Un sentimiento de compresión engullo a los semidioses cuando la mirada del humano recayó sobre ellos, y la frialdad no estaba en su mirar, en su lugar, la aprehensión fue todo lo que vieron.
El reflejar de aquellos ojos azules vislumbró destinos lejanos, y ellos vieron a través de él.
Un hombre cansado, su alma malherida negándose a descansar, a ceder antes la muerte. Una entidad que ansía llegar a casa, no obstante, sus anhelos son ignorados ante los bienes mayor.
Los humanos eran pecadores, pero no todos entraban en la misma bolsa. El hombre ambiguo protegía a los inocentes, aquellos que nada que ver tenían en los asuntos de esos tontos y arrogantes seres sobrenaturales.
Una sorpresa sucedió. Cuando Perseo miro esos ojos fijamente, un poder desconocido le permitió al niño ver una fracción de recuerdos dolorosos.
Su percepción quizás no era buena, pero definitivamente lo cambio para mejor. No podía entender ese trágico destino, y aun así proteger a la humanidad.
Un hombre que todo lo perdió. Que sin lazos vago por el mundo enfrentando males que la humanidad no podría hacer frente, y luego estaba ese líder con tres bigotes zorruno, él también era intimidante, no obstante, tenía un aura rebosante de bondad y alegría que hacía que inmediatamente confiaras en su persona y pusieras tus esperanzas sobre él.
El hombre mayor era el sol, la esperanza del mundo. La luz que daba vida al mundo. No obstante, Uzumaki Boruto era diferente. Su camino era difícil y trágico, un destino donde la oscuridad aflora los temores mortales; una oscuridad hecha para proteger, donde la maldad combatía contra otra.
No era como su padre, quien purgo su oscuridad. No; él se convirtió en ella, como consecuencia su carácter se apaciguo. A pesar de tanta oscuridad, a pesar de tanta sombra a pesar de tanto dolor, en vida sigue continuando.
—Veo que están bien—El suave tono del chico lo tranquilizo. Con cuidado miro los alrededores, supervisando el estado del grupo—Nada mal, para unos semidioses—. Elogio, su tono fue genuino.
En su cuello, yacía un collar esmeralda con adornos dorados que se asemejaban a una celda. Su cabello ya no era dorado en su totalidad, mas no quedaba rastro del sol. Sin embargo, la esencia en sus ojos quedo.
Esos ojos tan azules que profundizaban el simbolismo misterioso del infinito y ambiguo mar, donde los monstruos abundan, esperando ser liberados para el caos, solamente causar.
—¿Qué harán ustedes, cazadoras? —continuo el joven con una pregunta—. ¿Huirán? Ja.
Su voz sonaba llena de gracia, como una burla pesada.
Artemisa lo ignoro, sabiendo como era su personalidad mientras no molestaran a ese humano, nada grave iba pasar. Dirigió su mirada de una manera suave a los nuevos semidioses, relajando su expresión afligida.
—¿Quiénes… son ustedes? —pregunto Bianca.
—Quizá sería mejor, mi querida niña, saber primero quien eres tú. Veamos, ¿Quiénes son tus padres?
Bianca miro con nerviosismo a su hermano, que seguía contemplando maravillado a Artemisa y al pelirojo.
—Nuestros padres murieron—dijo Bianca—. Somos huérfanos. Hay un fondo que se ocupa de pagar nuestro colegio, pero…—titubeo. Pensó que los demás no le creían—. ¿Qué pasa? —Pregunto—. Es la verdad.
—Tu eres una mestiza—Dijo Zoé Belladona, cuyo acento era difícil de situar. Sonaba anticuado, ahora que la pensaba, las palabras de aquel hombre también eran anticuadas, casi no podía entender esas palabras—. A fe mía que uno de vuestros progenitores era un mortal. El otro era un olímpico.
—¡Increíble! —exclamo Nico—. ¿Hablas de los dioses?
—¡Ni hablar! —gritó Bianca con voz temblorosa—. ¡No lo encuentro nada increíble!
Nico se había puesto a dar saltos.
Bianca se encontraba desconcertada, sentía como su corazón latía con apuro, una creencia imposible quería a su mente quebrantar, eso pensaba, hasta que sintió que una mano femenina toco su hombro.
—Tranquila—dijo con voz suave, Annabeth. Una sonrisa adorno su rostro tras la emoción de Nico, cabía la posibilidad de que sean hijos de unos de los tres grandes, o eso quería creer.
El mundo era cruel, los semidioses no eran tan diferentes a sus padres, llenos de prejuicios y expectativa sobre la vida y los demás.
Boruto lo sabía, desde que cayó a este mundo se dispuso a investigar, existían cuatros panteones, entre ellos los creadores de la vida y sus máximos destructores, seres omnipotentes, omnipresente, inconsciente, entre otras cosas, entidades que las mentes mortales no podrían comprender.
Obstinadamente intento comprender, sin embargo, tenía el presentimiento de que una iluminación tocaría su consciencia y despertaría su verdadero poder como descendiente de un legado antiguo.
Ahora que lo pensaba, se preguntaba donde se hallaba el impostor que lo insulto y lo trato como si no fuera el hijo del séptimo hokage, mientras el otro sujeto presumía ser el real.
Y entonces le vino la posibilidad de que pudo haber caído en una realidad diferente. Pero no fue posible, dado que no hizo ningún uso de los portales, ya que no tenía motivos para ellos.
Cabía la posibilidad de que fuera descendiente de su familia, por parte de su hermana menor, no sabía ni estaba interesado, solo quería desgarrar los secretos ocultos que su familia le oculto, del por qué fue dejado de lado.
Ignorado, como si fuera un fantasma después de los sucesos de aquel evento, de aquella profecía que su maestro escucho ilógicamente y le dijo a su padre.
—"Niño de los ojos azules, un día caerás y al mundo destruirás"
Como si fuera poco, su padre al enterarse de esto, incluso su familia, le dieron la espalda.
Claro que algunos casos les ayudaron, pero fue nada más para mantener la reputación de la aldea y del héroe. Un hijo de un monstruo ignorado, el ciclo familiar una vez más se repitió.
Su abuela no sufrió demasiado en su infancia, su estado era anónimo.
Su padre, Uzumaki Naruto, cayó bajo el odio de la aldea, por culpa de la necedad de un anciano, que, si bien comprendió su decisión, fue ingenuo al creer que las personas no tendrían odio del zorro que aniquiló su hogar y a sus seres queridos les quito.
Y, por último, él, Uzumaki Boruto, fue dejado de lado en plena etapa de adolescencia, no ayudo que la relación entre él y su familia de por si fueran tensas, aquella profecía que su maestro conto fue simplemente la gota que colmó el vaso.
A partir de ese incidente, ellos lo ignoraron, y no ayudo que un chico desconocido para él, ingresara como un integrante de la familia. Un chico de lo cual su padre empatizo, y dividió su tiempo como líder de la aldea y se encargó de criar al chico junto a su madre.
Como cualquier adolescente, le dolió que eso sucediera. Tantos esfuerzos que hizo para llamar la atención de su padre para que cuidase y criase a su hermana menor, pero de un momento a otro, un chico hizo que su padre cambiase de parecer.
En algún momento de su vida, se separó de su equipo, y su maestro lo acogió en su misión, quiso enmendar su error con entrenamientos, guiándolo para que no se consumiera por la oscuridad, también le enseño como salir de ella en caso de que algo así sucediese.
Se había ido de viaje por sietes años, sietes años donde formo nuevos lazos, lazos que lo motivaron a proteger la tierra e incluso enfrentar a los Ootsutukis.
Ahora entendía todo, sus recuerdos regresaban pacientemente. Sin embargo, tenía un sueño donde se enfrentaba al chico que su familia acogió, podía ver como aquel chico no supiera quién era él.
Tal cosa lo enojo, ¿Acaso su padre olvido su pasado? ¿Por qué no empatizo siquiera con su hijo biológico con toda esa experiencia acumulada?
Un sentimiento de amargura peso su corazón, la ira que tenía fue suficiente como para soltar más poder de lo que tenía, y mato al chico en el proceso con dificultad.
Fue entonces cuando un sentimiento de culpa carcomió su mente, sabiendo que el muchacho era inocente, la profecía del dios conejo no le ayudo en lo absoluto.
Vio un par de imágenes en su mente.
Sus manos tenían sangre que se derramaban hasta caer al suelo, el filo de su katana también deslizaban la sangre, miro abajo, y encontró los cadáveres de su familia asesinados bajo su yugo, incluso maestro inevitablemente cayo antes su ira.
Incluso cuando su mente quiso emitir emociones para que sintiera culpa, nada le provoco, la indiferencia fue todo aquello que sintió.
El karma.
Su maldición provoco esto, esa marca lo convirtió en un monstruo incapaz de sentir emociones reales. En seres como los Ootsutsuki, monstruos incapaces de sentir emociones, siendo casos raros que experimentaran emociones como los humano, es decir eran más propensos a sentir emociones negativas que positivas, es por ellos, que muchas veces fueron la encarnación del mal.
—¿Boruto? —Llamo Artemisa, sacándolo del trance—¿Estas bien? —preguntó preocupada.
El pelirojo asintió, y rápidamente quiso olvidar los recuerdos recientes para centrarse en el presente.
—Estoy bien—Dijo— aprecio su preocupación, ¿A quién esperamos?
Un silencio adormeció a las cazadoras que se le quedaron viendo en silencio. La diosa de la luna suspiro.
—A mi hermano…
