Disclaimer: Los personajes de Slam Dunk y del universo Naruto no me pertenecen.
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Capítulo 5
Prioridades
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See the stone set in your eyes
See the thorn twist in your side
I'll wait for you...
Rukawa tamborileó los dedos al compás de la pegadiza melodía de la canción que Ino le había recomendado, escuchándola una vez más mientras seguía recostado en su cama, mirando hacia la oscuridad de su habitación. Minutos después, de repente, se preguntó si ella estaría escuchando la misma canción en esos momentos, pero se deshizo de ese pensamiento inmediatamente, dándose la vuelta sobre la cama, rebobinando la cinta otra vez mientras suspiraba, confundido.
¿Qué había de malo con él últimamente? Estaba molesto, eso lo entendía, no era la primera vez que se sentía enojado; lo que no podía comprender era el motivo. Le habían ganado a Takezono, y él se había lucido en el partido, igual que siempre. Todo había salido bien; y entonces, ¿por qué estaba tan molesto? Sí, quizá había mirado con atención por primera vez al público; demasiadas veces, probablemente, sin saber qué esperaba encontrar hasta que recorrió todas las tribunas y notó que ella no estaba. Ino Yamanaka no estaba en el partido; ella le había mentido. En ese instante se dio cuenta de algo, y sus ojos se abrieron con sorpresa; estaba molesto no porque ella no hubiese ido a verlo, lo estaba porque él deseaba que fuera. De verdad había esperado verla alentándolo desde las gradas, y Kaede nunca había deseado que alguien estuviera allí para él, ni siquiera sus padres, y la primera vez que lo había hecho le habían fallado, y ahora no sabía cómo lidiar con ello. Era demasiada confusión para un chico de solo quince años, sobre todo para alguien como él, a quien nunca le había interesado nada ni nadie más que el baloncesto. Y ahora, de repente, de la nada, esa chica aparecía en su vida, y sin hacer el menor esfuerzo se había metido en su cabeza, confundiéndolo de esa manera.
Rukawa no podía entenderlo; nunca se había sentido de esa forma con nadie, mucho menos con alguien a quien apenas conocía. ¿Qué tenía ella de especial? ¿Qué era lo que le había hecho para que se sintiera de esa forma, al punto de que al final el partido había pasado a un segundo plano? Frustrado, el muchacho suspiró, llevándose las manos a la cara mientras la canción volvía a terminar; y de nuevo rebobinó el casete, pero apagó su walkman cuando escuchó que su madre lo llamaba para cenar, dándose cuenta de que, una vez más, estaba hambriento y apenas lo notaba. Otro problema que había comenzado con la llegada de esa chica.
Su madre le sirvió porciones grandes, como hacía siempre después de un partido; Rukawa no sabía cómo se enteraba, porque él rara vez hacía comentarios al respecto, pero siempre lo sabía, y aunque nunca se lo decía en voz alta, él apreciaba que lo notara. Pero ese día no; ese día no podía apartar su mente del enojo y la frustración que Ino le provocaba, y apenas si probó bocado, aunque tampoco se dio cuenta de ella.
—Hijo, ¿estás bien?
Kaede no pudo ocultar su sorpresa cuando su madre habló en la mesa. El silencio, por lo general, era muy apreciado en su casa, y nunca nadie hablaba durante la cena. No obstante, encogiéndose de hombros, le dio un mordisco a su carne y movió la cabeza de un lado a otro.
—Sí.
—Pareces molesto —insistió su madre; Rukawa movió la cabeza una vez más, hablando con la boca llena de arroz.
—No lo estoy.
—Kaede, te conozco... —su madre suspiró, otra cosa extraña en ella —Pero está bien si quieres mantener tus secretos; de cualquier forma me enteraré si hiciste algo malo —le dijo, con una sonrisa, y Rukawa la miró, levantando una ceja. Su madre tenía un extraño sentido del humor a veces.
—Terminé —anunció, buscando salir de esa situación incómoda, y aunque todavía tenía espacio para más comida levantó su plato y salió del comedor. Quizá, si dormía un poco, se olvidaría de Yamanaka Ino y todo volvería a ser como antes.
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Ino estiró los brazos al cielo apenas salió de casa, sonriendo al sentir la brisa fresca en las mejillas. La mañana era bastante fresca para mayo; el sol brillaba en lo alto, los últimos botones de cerezo empezaban a florecer y el viento arrastraba los delicados pétalos rosados lejos, esparciéndolos hacia el resto de la ciudad.
Ino bostezó antes de revisar sus patines y empezar a deslizarse hacia la escuela, yendo un poco más lento al llegar al parque y mirando hacia todos lados, buscando encontrarse con Rukawa, pero no había señales de él. Esperó durante algunos minutos pero no apareció, así que Ino se rindió y siguió con su camino, sola, igual que todos los días.
Rukawa era un chico extraño; a veces parecía agradable, otras no lograba entenderlo. Le recordaba a Sasuke, su amor de la infancia, pero Kaede era distinto, él tenía metas y objetivos claros, pero, aunque era algo torpe con otras personas, tenía algo que lo hacía muy enigmático. Quizá por eso muchas chicas de su escuela estaban enamoradas de él, aunque también era muy alto y apuesto, pero no eran ninguna de esas cosas las que llamaban la atención de Ino. Por una razón que no podía explicar, estar con Rukawa era agradable, quizá porque a él no le interesaba hacerla sentirse cómoda, o su apariencia; él la trataba con el nivel justo de cortesía e indiferencia, como Sasuke lo hacía. Tal vez era un problema suyo el siempre fijarse en chicos así, pero de todas formas nunca había conocido a alguien tan curioso como Kaede Rukawa, porque hasta Sasuke tenía amigos, mientras que él parecía no tener ninguno. Quizá ella podría ser su amiga, pensaba a veces, pero Kaede parecía ser ese tipo de persona al que debes acercarte muy lentamente para evitar que salgan huyendo. Ino era muy perceptiva para esas cosas.
Sonriendo ante el pensamiento, Ino se sujetó a un poste de luz para girar en una esquina, teniendo que sujetarse la falda cuando una ventisca repentina se levantó, desatando el lazo rojo de su uniforme.
—¡Oh, no! —exclamó, estirando una mano para atraparlo, pero la tela se deslizó entre la punta de sus dedos, deslizándose en el aire hacia la calle.
—¡Lo tengo! —exclamó una muchacha, estirando su brazo para tomar la pañoleta el aire antes de que tocara el suelo, e Ino posó sus ojos claros en ella. Era bonita, no muy alta, delgada, de cabello castaño y piel blanca. Tenía un rostro amable y una sonrisa ingenua. Las dos chicas que estaban con ella tenían rasgos similares, excepto que una tenía el cabello muy corto y una mirada tímida, y la otra llevaba el pelo peinado en dos coletas y tenía labios gruesos y grandes —¿Es tuyo?
—¡Gracias! —la joven Yamanaka se deslizó hacia ellas para recuperar su lazo, sonriéndole a las desconocidas, que la miraron con sorpresa.
—¡Oh! ¡Eres la chica que viene del extranjero! ¡Qué coincidencia! —dijo la muchacha que había tomado su pañoleta, ampliando su amable sonrisa —¡Mucho gusto! Mi nombre es Haruko, Haruko Akagi, y voy en el salón 1 de primero.
—Yo soy Matsui —dijo la chica de labios gruesos, extendiéndole una mano —También voy en el salón 1 y amo tu cabello... ¿Es natural?
Ino sonrió, algo desencajada con la extraña pregunta, pero rápidamente se distrajo al oír la suave voz de la tercera chica:
—Y-Yo soy Fuji. Mucho gusto en conocerte —dijo esta tímidamente, haciendo una reverencia.
Ino entonces les sonrió a las tres. Ellas eran las primeras que le hablaban desde que se había mudado, y hacía tiempo no estaba con otras chicas de su edad, pues sus compañeras parecían evitarla, a excepción de las chicas del club de tenis, pero ellas eran mayores.
—El gusto es mío. Mi nombre es Ino.
—¡Oh, que nombre tan bonito! —exclamó Haruko Akagi, entrando en más confianza —Y me sorprende lo bien que hablas japonés.
—Es que soy japonesa —respondo, ya acostumbrada a que la gente me mire con sorpresa —Tengo ascendencia europea, por eso la gente suele creer que soy extranjera.
—Ah, pero tienes unos ojos muy claros y bonitos, no les hagas caso —dice Matsui, suspirando con añoranza —También me gustaría tener unos ojos así.
—Oh. Gracias.
—¡Hey! ¿Quieres venir con nosotras a la escuela? —propuso Haruko, a lo que sus amigas asintieron.
—¡Sí! ¡Desde ahora podemos ser tus amigas! —añadió Matsui con alegría, e Ino la miró, contagiándose de su alegría. Los chicos en Japón tenían una forma extraña de hacer nuevos amigos.
—Claro —rió, empezando a patinar junto a las tres muchachas en dirección a la escuela, respondiendo algunas preguntas de la curiosa Haruko, que le hablaba como si se conocieran de toda la vida. A Ino le agradó al instante.
—Por cierto, he querido decirte que el otro día un chico de Shoyo fue a la escuela a buscarte —le comentó de pronto, llevándose un dedo a los labios con gesto pensativo —, pero como no te conocía no lo hice. Supuse que era tu novio o algo así, porque era muy apuesto.
—¿Un chico de Shoyo? —Ino frunció los labios, pensativa —Qué extraño. No conozco a nadie de esa escuela... ¡Ah! Excepto a un jugador con el que hable una vez... Era muy alto, de cabello oscuro y gafas... ¿Era ese?
—No, lo siento. No llevaba gafas, ni era muy alto. Pero parecía agradable y muy respetuoso.
—Qué extraño... —Ino frunció los labios, pensativa, pero la voz de Haruko no la dejó cavilar mucho al respecto.
—Oye, Ino, después de la escuela iremos por un helado, ¿quieres venir?
Ino le sonrió una vez más, entrando en la escuela y olvidándose por un momento de Kaede y todo lo demás.
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Tener amigas otra vez era agradable, porque al menos ahora no se sentía tan diferente y sola en la escuela. Rukawa faltaba a clases seguido, y cuando se veían, él solo lo ignoraba. Ino se preguntaba si seguiría molesto por no haber ido a su partido, pero él nunca decía nada.
Por otra parte, había empezado a pasar tiempo con Haruko, Matsui y Fuji, tanto en los almuerzos como fuera de la escuela. Las tres iban al cine, a comer, a patinar, e incluso las chicas habían comenzado a ir a apoyarla a sus partidos de tenis, y era estupendo volver a sentir que pertenecía a un grupo, pero cuando estaba en clases, sin Haruko y las demás, no podía dejar de pensar en Rukawa y la forma en que parecía querer evitarla cada vez que la veía, incluso cuando iba a verlo practicar al gimnasio, era como si su presencia le molestara. Ino no entendía por qué, así que se le ocurrió preguntar.
—¡Kaede! —Lo llamó cuando todos sus compañeros comenzaron a salir a la hora del almuerzo, pero aunque estaba segura de que la había escuchado, Rukawa solo salió del salón, ignorándola, mientras Haruko, Matsui y Fuji se aparecían en el pasillo, mirando la escena con sorpresa.
—Entonces... ¿Eres amiga de Rukawa? —preguntó Matsui, levantando las cejas con sorpresa. Ino suspiró, todavía mirando hacia la puerta por donde Rukawa se había ido.
—Mmm...No creo que "amiga" sea la palabra correcta. Más bien somos compañeros de clase. Él es muy reservado.
—Ay, pues que suerte la tuya. Muchas de las niñas de la escuela están como tontas por él. Incluyendo a...
—¡N-No creo que a Ino le interese saber de eso! —exclamó Haruko rápidamente, sonrojándose de pies a cabeza, aunque Ino no le prestó atención.
—¿Y-Y qué hay de ese guapo y misterioso chico de Shoyo? ¿Ha vuelto a buscarte? —preguntó Fuji de pronto, logrando cambiar el tema de conversación.
—No lo sé. No creo... Disculpen un momento —dijo, pasando de sus amigas para correr fuera del salón —¡Rukawa! ¡Kaede, espera! —volvió a llamarlo, persiguiéndolo por el corredor hasta alcanzarlo al fin en las escaleras y tomándolo del brazo para llamar su atención. Solo entonces él dejó de caminar y la miró, sin ninguna expresión en el rostro, liberándose rápidamente de su agarre, como si su tacto le produjera asco.
—¿Qué quieres?
—Yo... —Ino vaciló, algo confundida por los gestos y el tono hosco del muchacho —He querido disculparme contigo, pero no me has hablado en semanas —señalo; Rukawa entonces parpadeó, mirándola con sorpresa. Sin embargo, de inmediato desvió la mirada cuando un grupo de chicas de tercero se acercó a las escaleras.
—Estoy ocupado.
Y sin decir más la rodeó y siguió con su camino.
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Rukawa corrió junto al océano, intentando ganarle al sol al llegar al parque cerca de su casa, desacelerando el paso para poder respirar con más calma y bajar su ritmo cardíaco poco a poco, deteniéndose junto a un bebedero para hidratarse; y levantó la mirada apenas reconoció la risa que llegaba a sus oídos desde las canchas, acercándose cautelosamente, pero no demasiado, al reconocer el largo y brillante cabello rubio de Ino Yamanaka a través de la alambrada.
Ella estaba sentada en el suelo, acompañada de la hermana del capitán Akagi, la chica que siempre iba a ver sus prácticas. Las dos usaban ropa deportiva, y se veían como si también hubiesen estado corriendo.
—Entonces, ¿te quedarás en Shōhoku? —dijo la hermana del capitán Akagi de repente, y Kaede, escondido tras un árbol desde el cual podía ver mejor, agudizó el oído sin proponérselo —Porque, digo, dicen que la Preparatoria Kainan es la mejor escuela del estado. Lo sé porque mis padres querían que Takenori asistiera allí, pero a él solo le interesaba el equipo de básquetbol.
—Sí, bueno... —Ino hizo una pausa y estiró las piernas sobre el pavimento —Mis padres creen que es la mejor opción, pero me siento cómoda en Shōhoku... Además, ahora tengo amigas.
—Oh, pero seguiremos siendo amigas aunque te cambies de escuela —rió la hermana del capitán —Yo creo que estarás bien donde decidas quedarte.
—Gracias. Pero aún no lo sé. Digo, es una gran oportunidad para entrar a una buena universidad en el futuro, sin embargo... —Ino suspiró, y Rukawa, lentamente, empezó a alejarse, convenciéndose a sí mismo de que nada de lo que había oído podía afectarle.
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—Muy bien, señor Fujima, está a punto de reprobar dos clases, lo cual no es muy grave, pero, teniendo en cuenta que es usted alumno del tercer año, y que los exámenes de ingreso a la universidad son muy rigurosos, esa cantidad es inaceptable.
Kenji Fujima miró a su preceptor por una milésima de segundo antes de bajar la vista hacia sus rodillas, inclinando la cabeza en señal de respeto.
—Lo sé. Lo siento, Okihiko-sensei. Prometo esforzarme más la próxima vez —susurró, haciendo que el pequeño hombre frunciera sus cejas negras y pobladas.
—Bueno, quisiera creerte, Fujima, pero con las finales para las nacionales tan cerca, ¿cómo podré estar seguro de que vas a dedicarle el tiempo necesario a tus estudios? Es decir, sé que para ti el baloncesto es una prioridad ahora, pero debes preguntarte a ti mismo si es eso realmente lo que quieres hacer en un futuro —dijo, mirándolo con seriedad —Siendo francos, ninguna universidad te aceptará solo siendo bueno en deportes. Debes tener calificaciones aceptables si quieres estudiar una carrera.
—¿Una carrera? —el más joven parpadeó, pensativo.
—Sí. ¿Ya pensaste en lo que quieres estudiar cuando termines la preparatoria? ¿A qué universidad piensas asistir?
—¿Universidad? —Kenji parpadeó nuevamente, aún más azorado. Desde el año anterior su meta se había fijado solo en el campeonato nacional, nunca había tenido en cuenta que, siendo ese su último año de preparatoria, debía empezar a pensar en la universidad y el examen de ingreso. Eso era algo que aún se veía muy lejano para él, pero ahora lo golpeaba como un balón fuera de control.
—¿Aún no eliges universidad? —el preceptor frunció el ceño, revisando su informe académico, escéptico —Este es tu último año, y veo que no has tomado ninguna clase preparatoria.
—Es por los entrenamientos —se defendió Kenji —Ahora dirijo el equipo, y es una gran responsabilidad.
—El equipo, ¿eh? —el preceptor se ajustó las gafas para mirarlo fijamente, haciendo un gesto con los labios —Te preguntaré algo,¿qué quieres del futuro, Fujima? ¿Quieres estudiar una carrera o piensas dedicarte al baloncesto toda tu vida? —le soltó, haciendo que Kenji abriera los ojos, sin esperarse esa pregunta tan directa.
—Yo...No lo sé, señor.
—Mmm. Debes pensarlo muy bien, muchacho —dijo el hombrecillo, moviendo la cabeza de un lado a otro mientras anotaba algo en un papel con su letra puntiaguda y uniforme —Aún estás a tiempo, pero debes tener en cuenta que estás en un momento crítico de tu vida, y todas las decisiones que tomes en adelante podrían definir o arruinar tu futuro —le dijo, extendiéndole la hoja —Por lo pronto, por pedido de tus padres te inscribiré en una clase preuniversitaria. Comienzas hoy mismo, así que ajusta tu agenda. Y trata de subir esas notas.
—Sí, señor —todavía algo turbado, Kenji reverenció al hombre y tomó el papel que este le ofrecía antes de levantarse y salir de la oficina, leyendo las indicaciones escritas en tinta china mientras suspiraba.
—¿Y bien? ¿Qué te dijo? —la serena voz de Torū Hanagata llamó su atención apenas la puerta se cerró tras él. Fujima entonces resopló un mechón que caí sobre sus ojos, empezando a caminar hacia la salida.
—Que piense en lo que quiero hacer al acabar la escuela: si dedicarme al deporte o estudiar una carrera —bufó, enseñándole el papel —Mis padres le pidieron que hablara conmigo para subir mis notas y así poder entrar a la universidad.
—¿Y tú qué quieres? —preguntó Hanagata, mirándolo con atención mientras Fujima se encogía de hombros.
—No lo sé. Me gusta el baloncesto, y es algo en lo que puedo ser realmente muy bueno, pero no me veo a mí mismo viviendo de eso... Digo, sería estupendo, ¿pero qué posibilidades tengo? Hay muchos que son mejores que yo. Tal vez nunca lo lograría.
—Pero puedes jugar para la universidad, y de ahí ves qué sucede.
—Primero debo entrar en la universidad —Kenji sonrió de lado, pasándose una mano por el cabello —Diablos... Esto de crecer es difícil. Quisiera que la escuela jamás terminara.
—Es inevitable —Hanagata se encogió de hombros —Entonces, ¿vendrás a supervisar la práctica en la tarde?
—No puedo —el capitán gruñó —Hoy empiezo las clases de preparación. Pero lo compensaré mañana. Entrenaremos a las siete en punto, antes de entrar a clases, avisa a los demás. Tengo que reprogramar todo el calendario de prácticas. No dejaré que perdamos por mi culpa.
—¿Estás seguro? —preguntó su amigo, cauteloso. Kenji se detuvo en medio del corredor para observarlo— Fujima, si necesitas subir tus calificaciones, podemos buscar otro capitán... No es que me guste la idea, pero quizá...
—No voy a dejarlos —Kenji negó con vehemencia —Llevo dos años al frente del equipo, no voy a perderme esto.
—Lo sé, y lo entiendo. Pero si sigues dirigiendo equipo debes estar al cien por ciento con nosotros.
—Lo estoy.
—¿Seguro? Oye... Eres nuestro capitán, el mejor que hemos tenido, pero también tienes que pensar en subir tus notas. Ya sabes que, como tú, lo más quiero es ganar las nacionales, pero aunque perdamos y duela, eso no nos modificará nada, solo nos iremos a casa sin un reconocimiento. En cambio, este es tu último año de escuela...
—Tú también estás en tercero.
—Sí, pero yo sé que el baloncesto solo es un hobbie, y mi ingreso a la universidad no corre peligro —respondió Hanagata, encogiéndose de hombros una vez más —Pero creo que estoy exagerando. Solo te atrasaste en dos clases, no es el fin del mundo. Sin embargo, tal vez deberías planear bien en lo que vas hacer.
—Tal vez —Kenji gruñó, parándose junto a los escaleras, pero sin bajar junto a Hanagata —Debo pensarlo bien. El examen de ingreso será una pesadilla...
—Mientras tanto, yo me encargaré del equipo por hoy —advirtió Torū, bajando dos peldaños más —Tú tómate la tarde, y cuando te sientas listo y ordenes tus prioridades, regresa a dirigirnos. Solo intenta que sea antes de las nacionales.
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Secándose el sudor de los ojos, Kaede Rukawa inclinó su cuerpo hacia adelante, recargando las palmas de las manos sobre sus rodillas, tratando de recuperar el aliento perdido antes de tomar otro balón de la canasta y lanzarlo al aro, rebotando contra el tablero en su lugar.
Frustrado, Rukawa lanzó otro tiro de tres puntos a la canasta, fallando al hacer que la pelota de nuevo rebotara y volara lejos de la cancha. Entonces el chico tomó otro balón, pero antes de que pudiera lanzarlo sus tenis resbalaron sobre su propio sudor y él cayó de espaldas, golpeándose los codos al intentar detener la caída.
—¡Maldición! —gruñó, levantándose para quitarse la camiseta, y con rabia secó el suelo, arrojando la prenda lejos después.
—¿Rukawa? —escuchó que lo llamaban cuando estaba a punto de intentar otro tiro, y al girar la cabeza vio el rechoncho y bonachón rostro del profesor Ansai saliendo de las sombras, mirándolo con sorpresa —¿Qué haces aquí todavía? Y con las luces apagadas... Ya casi oscurece afuera —le dijo, sonriendo igual que siempre.
—Debo entrenar —gruñó el muchacho. Respetaba al director, pero no se sentía de humor para conversaciones. Esa vez robotó el balón hasta estar bajo el aro, dio un salto para depositarlo dentro de la canasta, pero puso demasiada fuerza en la muñeca y la pelota rodeó el aro antes de caer a la izquierda, rebotando con un sonido hueco, frustrando aún más a Kaede, que, agotado, se dejó caer al suelo, limpiándose el sudor de la frente con un brusco movimiento de su mano. Y el profesor Ansai, aunque casi siempre parecía distraído o ausente, siguió observándolo fallar en silencio, hasta que, presionado por su presencia, Rukawa pudo anotar una clavada, girando el rostro para mirar al director y ver su aprobación, pero el hombre parecía concentrado en otra cosa.
—¿Sabes? En todos mis años como profesor he aprendido a observar a mis alumnos —comentó después de unos incómodos segundos de silencio, poniendo ambas manos sobre su prominente barriga mientras Rukawa se daba la vuelta del todo para enfrentarlo, frunciendo el ceño con intriga —Y en estos últimos días te he observado a ti, y me di cuenta de que algo ha estado preocupándote.
—Estoy bien —graznó Kaede, desviando la mirada para volver a enfocarla en el aro, lanzando otro tiro libre que falló.
—Entiendo... —el director se inclinó con algo de esfuerzo y tomó un balón, haciéndolo girar sobre su regordete dedo índice; luego, con una facilidad casi vergonzosa para Kaede, dio un salto hacia atrás y encestó una canasta de tres puntos, sujetándose la espalda luego de que esta crujiera bochornosamente —Vaya. Creo que ya estoy muy viejo —sonrió, simpático; Rukawa no dijo nada, pero con la poca dignidad que le quedaba se puso de pie, recuperó uno de los balones e imitó el movimiento de Ansai, al fin logrando encestar.
—Excelente. Ahora inténtalo desde abajo de la canasta —el anciano le alcanzó otro balón, y estuvieron así un rato, hasta que Kaede decidió descansar otra vez. Tenía los brazos entumecidos y sus piernas exigían un descanso, por lo que, aunque intentó mantenerse de pie, Kaede cayó sobre una de sus rodillas, sin poder contener los temblores del agotamiento.
—Muchacho —la serena voz del director Ansai llamó su atención nuevamente, y con la poca fuerza que le quedaba Rukawa se levantó para enfrentarlo, secándose, una vez más, el sudor de la cara —No estás obligado a decirme qué es lo que te aflije —Ansai tomó otro balón, haciendo una nueva canasta de tres puntos con apenas esfuerzo —; pero si quieres hacerlo, voy a estar aquí, igual que tus maestros y compañeros de equipo —le soltó, y Rukawa, aunque sorprendido por sus palabras, solo se dio la vuelta, ignorándolas.
—No me pasa nada —ladró, dando una profunda y briosa inhalación mientras recuperaba el balón que el director acaba de encestar y lo apretaba entre sus manos —Es solo que... He jugado al baloncesto desde que tengo memoria —comenzó a relatar, casi por inercia, mirando fijamente las estrías del balón de goma roja —Incluso en mis recuerdos más lejanos siempre he estado jugando. Lo he sabido desde siempre; nunca quise dedicarme a otra cosa; nunca he tenido otras prioridades, o siquiera pensamientos que no se relacionaran con el básquetbol —admitió, apretando el balón entre sus manos con un poco más de fuerza mientras seguía observándolo con fijeza —Pero ahora...
—¿Ahora?
—Temo estar perdiendo el control —admitió. El ex profesor se acercó a él y lo miró, sin ocultar su sorpresa.
—¿El control de qué?
—De mis pensamientos. De mí —Kaede apretó los dientes, como si decir aquello fuera demasiado difícil —Quiero decir, todo lo que quería al iniciar el año era concentrarme en el baloncesto, nada más. Y ahora... Ahora esta...cosa en mi mente me hace sentir extraño. Es como si yo tuviera todo el control sobre mí mismo, y de repente...de repente es como si no lo tuviera. Me porto extraño, hago cosas extrañas, cambio mi rutina y todo para... —Rukawa suspiró, dejando caer el balón de sus manos, que rebotó un par de veces con un sonido hueco antes de perderse por uno de los costados —Para nada —musitó, más para sí mismo, aunque de igual forma su director lo oyó.
—Así que es eso. Te han herido, ¿verdad? —respondió el obeso docente, con esa voz de anciano sabio que a veces era increíblemente molesta. Y Kaede lo miró, sorprendido por su observación, sin poder evitarlo.
—No es...
—Aaah... La juventud puede ser un regalo maravilloso, mi querido Rukawa, pero eso no significa que sea fácil —le sonrió, sin darle tiempo a negar nada —Te entiendo. Tienes una meta clara, un objetivo al que le apuntas; lo tienes en la mira, y cuando crees que todo fluirá como lo deseas, de pronto conoces a alguien que lo pone todo de cabeza, ¿verdad? —dijo, risueño, y Rukawa parpadeó, desencajado y extremadamente incómodo con el rumbo de esa conversación.
—¿Cómo sabe...?
—Por favor. Puede que ahora sea viejo, pero una vez también fui joven, y sé por lo que estás pasando.
—Lo dudo —Rukawa de nuevo se dejó caer al suelo, sujetándose la cabeza con ambas manos, agradeciendo que el mono pelirrojo no estuviera cerca para verlo portarse de forma tan patética —Éste tipo de cosas no me pasan a mí. Yo solo soy bueno en el baloncesto porque nada más me interesa.
—Y temes que si tienes algún otro interés eso afecte tus habilidades en el básquetbol. Y eso incluye otras personas.
—No es solo el básquetbol —admitió tras eso, mirando la punta de sus tenis —No quiero sentirme así de...extraño. No quiero que nada cambie.
—Mira, Rukawa —el rechoncho director suspiró, apenas poniendo las manos tras la espalda, en pose de maestro comprensivo —las prioridades son importantes, pero uno no siempre puede controlarlo todo, y cuando eso pasa, no significa el fin del mundo. Tú eres muy joven aún, por eso mi consejo es que disfrutes de la vida. El resto vendrá solo —aconsejó, haciendo que Kaede frunciera el ceño, levantándose de un salto, con cara de ofendido.
—Yo solo quiero disfrutar del baloncesto —dijo, agachándose para tomar su camiseta y dándose la vuelta para salir del gimnasio hacia el patio, inesperadamente topándose de frente con Yamanaka Ino, que en ese momento salía de las canchas de tenis.
Ella se quedó quieta al verlo, igual que él, mientras sus miradas se encontraban por un segundo. Sin embargo, Rukawa apartó la suya al instante, pasando de ella para dirigirse hacia la escuela, pero deteniéndose antes de dar el tercer paso, girándose una vez más hacia Ino, que seguía de pie donde se había quedado.
—Escuché que vas a cambiarte de escuela —le soltó, y ella volteó, parpadeando con confusión.
—¿Eh?
—Hazlo —siguió él, sin explicar nada —Shōhoku no es tu lugar —le dijo, dándole la espalda nuevamente, pero ahora fue ella quien no lo dejó marcharse.
—Kaede, espera —Ino volvió a sujetarlo del brazo, y otra vez Kaede sintió que su tacto le quemaba, y eso debió ser evidente, porque ella lo soltó de inmediato, aunque no retrocedió —¿Hice algo que te molestara? ¿Por qué te portas así conmigo? Si es por lo del partido, lo siento. Sé que debí estar ahí como tu amiga...
—No somos amigos —la cortó, sintiendo que todo el enojo que llevaba dentro se canalizaba únicamente en esa chica, y no quería tenerla cerca —Y ya déjame en paz —gruñó, ahora sí alejándose sin mirar atrás.
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El domingo fue día de limpieza, así que todos pudieron salir temprano, a excepción de quienes tenían prácticas en los clubes deportivos. Luego de terminar de limpiar las ventanas del primer piso, Ino tomó sus cosas y esperó por Haruko y las demás en la salida; ellas siempre asistían a las prácticas del equipo de baloncesto, y la habían invitado a unírseles, pero prefería mantenerse lo más lejos posible de Kaede Rukawa fuera del salón.
Aún no entendía porqué le había dicho que debía irse de Shōhoku de esa forma tan extraña y violenta; luego, él siguió ignorándola en clases y en los pasillos, como si su presencia de verdad le disgustara, y aunque hubiese preferido descubrir el porqué, Ino no iba a rogarle, por lo que empezó a evitarlo también, lo que no era muy fácil teniendo en cuenta que él parecía estar en cada lugar al que mirara. Fue por eso que comenzó a pensar seriamente en la propuesta de sus padres sobre cambiarse de escuela. Asistir a Kainan iba a ser una gran oportunidad, como le habían dicho, no solo porque extrañaba poder comunicarse en inglés con otras personas, sino porque era la mejor opción para poder entrar a una buena universidad en el extranjero. Ino solo se había mudado a Japón porque sus padres creían que era lo mejor para ella, pero nunca había sido su idea quedarse allí por el resto de su vida. Desde esa perspectiva, asistir a la preparatoria Kainan era lo correcto, y sin embargo, aún así no se sentía como si lo fuera.
—¡Hey, Ino! —Haruko Akagi salió del gimnasio con un enorme chico pelirrojo del que se despidió antes de alcanzarla. Y tras ella llegaron Fuji y Matsui, saliendo del mismo lugar —¡Te perdiste una excelente práctica! ¡El equipo de baloncesto ha mejorado mucho, y con las habilidades de mi hermano y Rukawa no dudo que podamos ganar el campeonato! —le dijo con entusiasmo, a lo que ella sonrió, sin estar interesada en realidad.
—¿Y dónde estabas? —preguntó Matsui, poniéndose a la par. Ino se encogió de hombros y las cuatro comenzaron a caminar hacia la salida.
—Me quedé en el patio. Hace un día muy bonito.
—No te gusta mucho el baloncesto, ¿verdad? —preguntó Fuji, y la joven Yamanaka se encogió de hombros.
—No, en realidad no conozco mucho el deporte... Pero como sea, ¿a dónde quieren ir? —cambió el tema para evitar que sus pensamientos volvieran a Rukawa, y para su buena suerte ya nadie hizo comentarios del equipo se basketball.
El resto de la tarde, las cuatro fueron a pasear por la ciudad; fueron a la playa, comieron helado y después visitaron el parque que estaba cerca del muelle, el mismo que Ino había querido enseñarle a su primo Santa cuando había ido a visitar a su familia, y se subieron a casi todos los juegos, comieron dulces y pasearon hasta que el sol comenzó a ocultarse, quedándoles solo un juego por visitar.
—Me dan miedo las alturas... —murmuró la tímida Fuji mientras se acercaban a la noria. Ino, de mejor ánimo que esa mañana, le sonrió y tomó su mano para darse prisa.
—¡No hay nada que temer! En Londres, mis padres y yo nos subíamos al London Eye todo el tiempo y nunca pasó nada. ¡Y esa noria sí que está alta!
—¡Anda, Fuji! Serán solo un par de vueltas y luego volveremos a casa. Yo sostendré tu mano, ¿sí? —Haruko tomó la mano de su amiga y ambas se adelantaron con sus boletos en la mano, seguidas por Matsui, mientras Ino se quedaba atrás, terminándose su jugo de tomate para arrojar la lata a la basura.
—¡Ino, date prisa! —exclamó la muchacha de labios gruesos cuando el operador de la noria detuvo una cabina para ellas y Haruko se acomodó dentro junto con Fuji.
—¡Ya voy! —Ino corrió hacia ellas, intentando subir tras Matsui, pero el operador la detuvo.
—Lo siento. Solo cuatro personas por cabina —indicó, y solo entonces las chicas notaron a la niña que ya estaba dentro.
—Oh, está bien. Esperaremos la siguiente —Matsui intentó bajar, pero Ino la detuvo.
—No, está bien. Ustedes ya están arriba. Yo esperaré la siguiente —le dijo, dando un paso lejos del juego.
—¿Segura? —preguntó Haruko desde adentro, y echándole un vistazo a la asustada Fuji, Ino asintió.
—Sí. No se preocupen —sonrió, dejando que el hombre cerrara la cabina. Había costado mucho convencer a Fuji de subirse, y no haría que se arrepintiera teniendo que subir y bajar del juego.
La noria entonces giró de nuevo y el operario abrió otra cabina. Ino observó brevemente dentro. Estaba ocupada únicamente por un chico de cabello castaño con las piernas cruzadas que miraba el paisaje.
—Adelante —indicó el operador del juego, y viendo que no había nadie más esperando Ino subió, haciendo que el chico se moviera de su cómoda posición. Entonces, él la miró, enderezándose y abriendo los ojos con sorpresa. A Ino le causó gracia su actitud, pero decidió que lo mejor sería no reírse del desconocido. La puerta entonces se cerró, y la rueda comenzó a girar una vez más, elevando la cabina hasta su punto más alto en solo un par de minutos. Ino se maravilló con los colores del muelle y el océano por la tarde, pero de reojo no podía dejar de notar que su acompañante se veía muy tenso, y se preguntó si era debido a su presencia, pero además de eso había algo en él que le era profundamente familiar; y, a juzgar por la forma en que él seguía observándola dedujo que parecía estar pensando en lo mismo. Así que, con su mejor sonrisa, se aclaró la garganta y sonrió, mirando al extraño con simpatía.
—Disculpa, pero... ¿Nos conocemos? —preguntó, y él se sobresaltó brevemente, bajando la mirada de inmediato, como si estuviera contrariado.
—N-No —pronunció, su voz temblando ligeramente. Luego suspiró, y su tono sonó más pausado y tranquilo —Bueno. En realidad sí. Quiero decir... Te he visto en mi escuela.
—Oh. ¿También vas a Shōhoku?
—A Shoyo —respondió él —Jugaste contra nuestra escuela hace algunas semanas y nos cruzamos por casualidad. Yo... Mi nombre es Kenji. Fujima Kenji. Voy en tercer año —dijo, dudando unos segundos, pero al final le tendió una mano, e Ino hizo lo mismo, extendiéndole la suya con delicadeza.
—Ino —ella le sonrió, y cuando sus manos se tocaron notó que la suya era más grande que la suya y muy cálida, aunque se sentía un poco áspera, pero su tacto era agradable —Voy en primero —le sonrió una vez más, y él bajó la mirada, apenado —¿Estás bien?
—Sí, sí —respondió el chico de inmediato; aunque era mayor, actuaba como un niño avergonzado, y eso hizo reír a Ino —Solo...no me esperaba encontrarme con alguien más en este juego, mucho menos menos contigo... Si puedo preguntar...¿por qué estás aquí, sola?
—Oh, no estoy sola —anunció, y Kenji la miró de inmediato, con ojos bien abiertos —Vine con mis amigas, pero no cabíamos todas en la misma cabina, así que me pusieron contigo. Qué coincidencia, ¿no crees?
—Sí —él sonrió por primera vez, e Ino sintió que sus mejillas reaccionaban calentándose, pues tenía una bonita sonrisa. En realidad, era un joven muy apuesto —Pero no me molesta tener compañía —añadió, sacándole otra sonrisa a Ino antes de que posara sus ojos azules de nuevo en el paisaje por unos minutos mientras la noria se detenía, dejándolos en la cima.
—¿Es la primera vez que vienes? —preguntó entonces, porque odiaba el silencio, y los segundos comenzaron a parecerle eternos allá arriba. El chico de Shoyo negó con la cabeza y se recargó sobre la palma de su mano, mirándola fijamente por un momento antes de volver a desviar la mirada.
—No... Este era mi lugar favorito de niño, y a veces vengo aquí a pensar. Es un buen lugar estar a solas con tus pensamientos.
—Oh, lo lamento. No quise molestarte —Ino enderezó la espalda para verlo mejor, igual que él.
—No, no. No me molestas. Por el contrario, creo que es más agradable estar aquí contigo que solo con mis pensamientos —y ahí estaba de nuevo esa sonrisa. ¿Acaso él intentaba coquetear? Ino se sonrojó de solo pensarlo, pues la idea no le desagradaba para nada, así que una vez más le sonrió de regreso. Y entonces recordó algo, y cambió su sonrisa por un gesto de intriga.
—Así que Shoyo, ¿eh? Qué curioso... Mis amigas me dijeron que un chico de Shoyo estaba buscándome el otro día —comentó, observando la reacción de Kenji con atención —Y ahora te encuentro a ti aquí...¿no estás acosándome o sí?
Él se estremeció al instante, pero rápidamente se dio cuenta de que era un juego, y le sonrió otra vez, levantando las manos con inocencia.
—No. Te juro que esto fue completa casualidad. Pero, aunque no lo creas, admito que fui yo quién preguntó por ti en Shōhoku
—¡Estás bromeando! —Ino saltó sobre su asiento, sin saber si debía sentirse halagada, aterrada o esas dos cosas juntas. Sin embargo, la risa musical de Kenji la convenció de que no tenía nada de qué preocuparse con ese chico.
—No, yo fui a buscarte.
—¿A mí? ¿Pero por qué, si no nos conocemos?
El sonrió de lado, con más confianza. Se veía aún más apuesto cuando hacía eso.
—Porque me gustas. Y quería pedirte que aceptaras salir conmigo —le soltó, como si hablara del clima. E Ino parpadeó, sin saber qué hacer o qué decir. Por lo general los chicos no eran así de directos con ella; ella era la directa con los demás, y ahora, en la situación inversa, no sabía cómo responder —Y no quiero que pienses que me estoy aprovechando —siguió él, inclinándose hacia adelante lentamente. Definitivamente le estaba coqueteando ahora —Pero creo que no es casualidad habernos encontrado hoy.
—Entonces sí me seguiste.
—No. ¡Es el destino! —aseguró Fujima, alzando el dedo índice con severidad —Diciéndome a mí que debo invitarte a salir, y a ti que debes aceptar.
Ino levantó una ceja, divertida.
—¿Eso dice?
—Estoy bastante seguro.
—Vaya. Eres bueno en esto —Ino sonrió, igual que el muchacho de Shoyo, que se veía mucho más relajado ahora, y eso lo hacía lucir increíblemente encantador para ella. Y Fujima pensó lo mismo sobre ella; Ino se veía mucho más hermosa cuando sonreía, si es que eso era posible, y su corazón se aceleró al notar que le estaba coqueteando también. ¿Es que tal vez tenía una oportunidad con ella? Pensar en eso, mientras compartía aquel reducido espacio con la bella muchacha, hizo que repentinamente todos sus problemas desaparecieran.
