Me llamo Akane.

Supongo que podría dar una descripción detallada sobre lo poco interesante que soy. Pero es que precisamente, no me considero interesante.

Lo más destacado que me ha pasado últimamente es que al fin, he aumentado una talla de sujetador, aunque tampoco es que sea nada que salte a la vista.

En cuanto a lo demás...bueno, digamos que soy una persona a la que catalogar como invisible, es lo más correcto.

Fuera del campus y por supuesto...dentro de él.

''¡Au!'' Levanto la vista ajustándome las gafas y compruebo con una vergüenza terrible, que alguien acaba de intentar sentarse sobre mí.

''Perdona, no te había visto.'' Takeo, un chico con el que comparto ciertas clases desde que empezamos la carrera, se disculpa rápidamente con una mueca divertida antes de apartarse y buscar otro hueco entre las gradas, hablando distraído con otro chico que no reconozco.

Genial, soy tan invisible que ni me ven sentada. Ruedo los ojos e internamente ruego porque nadie haya visto semejante horror.

Levanto la vista disimuladamente para mirar alrededor y todos parecen ir a lo suyo, concentrados en los jugadores visitantes que calientan en el campo, a punto de jugar contra nuestro equipo. Estoy a punto de suspirar tranquila cuando mis ojos se topan con los de Sakura..

Me sonríe burlona desde su asiento unas filas más arriba y niega con la cabeza como diciendo: patética.

Me agarro los puños de mi cardigan mientras noto que mis mejillas se encienden, a la vez que Sakura se gira hacia su ejército de mini arpías, seguramente para contarles que casi me aplastan porque soy menos visible que el viento.

Sakura Miyuri es un dolor de muelas. Aunque no puedo decir que sea una de esas personas que hacen de tu vida un infierno, tampoco es ningún angelito.

Se divierte haciendo algún comentario sarcástico a mi costa o mirándome como si me perdonara la vida a veces.

Fuera de eso, me deja vivir relativamente tranquila.

Intento hacer como que no ha pasado nada y me concentro en mirar al campo. Hace un frío que te mueres y podría perfectamente estar en casa, calentita y con mi querido amigo Net, de apellido flix...pero las fuerzas de mi pequeña obsesión son más pesadas, y el motivo por el que me estoy helando tiene nombre, camina y respira.

Un estruendo hace que gire mi cabeza en dirección a la entrada del campo. Las gradas aúllan a nuestro equipo que está haciendo su aparición, vestido con la equipación reglamentaria; camiseta y bermudas con los colores de la universidad, blanco y granate.

Todos gritan y vitorean mientras yo me muerdo el labio ansiosa, ajustándome las gafas para ver si consigo un vistazo del chico cuyo nombre no debo pronunciar. No a menos que quiera que me miren como si me hubiera vuelto loca por solo decirlo en voz alta.

Cuando unos ensordecedores y vergonzosos gritos femeninos casi me dejan sorda, sé que ha aparecido.

Me pongo de puntillas y ahí está. Se me corta la respiración, me sudan las manos y noto el corazón en la garganta.

Shinnosuke.

Observo como su imponente figura de hombros anchos y torso largo, sale tranquilamente al campo, sujetando sus guantes de portero en una mano y sacudiendo su pelo castaño y rebelde con la otra.

Pudiera parecer que no es consciente de la atención que atrae, pero oh sí... lo sabe. Su rostro seguro y su media sonrisa le delatan. Sus ojos azul marino escaneando la multitud.

Quizás sea una idiota sin remedio… Quitando el quizás.

Estar colada por él desde que teníamos nueve años no era lo más inteligente para alguien como yo, pero era lo que había. No es que fuera la única que giraba la cabeza cada vez que pasaba caminando con total seguridad por los pasillos, ni la única a la que se le paraba el corazón.

De lo que estaba segura, es de que era la única a la que él no veía.

Al menos, hasta ese momento.