"¡Bu!"

Pego un golpe con ambas manos sobre la mesa de la biblioteca a la vez que ahogo un grito y dos manos se clavan en mis costillas proporcionándome un golpe seco.

Giro la cabeza aún con el corazón en la boca para ver a Kim, que me sonríe pícara mientras se sienta a mi lado y la asesino con la mirada. "¿Estás loca?" Le grito mientras ella se ríe divertida.

"Te veía tan concentrada que pensaba que te habías paralizado." Ella me pellizca levemente el brazo, a lo que alzo la mano como si fuera a pegarle un coscorrón y ella se encoje, aunque sabe que no le pegaré.

"¡Shh!" Nos giramos y aprieto los labios en dirección a la señora Mika, la bibliotecaria, en una muda disculpa. Ella nos mira con reproche y una clara advertencia antes de bajar la vista y seguir a lo suyo.

"Esa señora necesita un polvo." Declara mi amiga y yo la miro horrorizada.

"¡Kim! ¡Mika debe tener más de sesenta años!" Esta chica no tiene filtros.

"¿Y qué? La mujer no creo que le haga ascos a uno de todos estos jovencitos fuertes, guapos y salidos." Señala alrededor como si estuviéramos rodeadas de dichos especímenes.

Niego con la cabeza. "Estás enferma." Se lo digo muy en serio, aunque se me escapa la risa floja.

Kim abre sus libros conteniendo la risa y observo cómo comienza a leer de forma distraída sus apuntes.

A veces me da envidia no sólo lo guapa que es, que lo es y mucho. Su media melena de color cobrizo natural brilla tanto que a veces destella, sus siempre divertidos ojos grises miran suspicaces y tiene un cuerpo de infarto. Pero no sólo eso la hace increíble, sino lo extrovertida y simpática que es con todo el mundo.

Suspiro pesadamente mientras pienso que yo jamás seré así.

Miro disimuladamente mi jersey de punto dos tallas más grande, mis tejanos desgastados y mis zapatillas converse negras, a las que les hace falta la jubilación.

Mi pelo no es ni de lejos tan interesante, moreno azulado, meh. Lo llevo largo hasta la cintura, por lo que suele dar bastante trabajo y lo llevo siempre en una trenza de lado.

Lo único que podría gustarme de mí misma, son mis ojos, del mismo color ambarino que tenía mi madre, sólo que tras las gafas que siempre llevo, es imposible que nadie los vea.

Kim siempre insiste en que me ponga lentillas, pero me niego a tocar mis globos oculares.

No es que me considere fea, ni tampoco me lamente constantemente por mi aspecto. Sé que tengo buena figura ya que soy bastante dedicada con el ejercicio.

Es sólo que no es en lo que más me esmero, aunque a veces me gustaría.

Podría decirse que soy insegura.

Cuando llevamos un par de horas estudiando, mi amiga insiste en que salgamos a tomar un café frente al parque a unas calles del campus, a lo que no me niego.

"Eres una exagerada, la mujer está estupenda y seguro que aún tiene rolletes." Miro a Kim con la boca abierta mientras caminamos.

"Kim, la señora Mika lleva casada treinta y cinco años con el mismo hombre, y tiene tres hijos."

Kim me mira con las cejas alzadas sin dejar de caminar. "¿Y tú cómo sabes eso?"

Ruedo los ojos. "Todo el mundo lo sabe, lleva toda la vida de bibliotecaria en esta universidad." Al llegar a la cafetería, se abre la puerta automática.

"Pero a nadie le amarga un dulce". Añade Kim alzando las cejas y sonriendo de manera sugerente.

Le echo un rápido vistazo cansado a mi amiga antes de mirar al frente cuando BUM.

Me llevo las manos a las gafas, pues acabo de darme de cara contra alguien que más que de carne y hueso, parece que fuera de hormigón. Me disculpo rápidamente mientras me quito las gafas y las observo detenidamente. Parece que han cedido un poco. Bueno, nada grave.

"Oh Dios, discúlpame, he entrado sin mirar, yo..." Unos brazos me sujetan y cuando percibo un olor a aftershave que conozco muy bien. Me paralizo. Es triste después de tantos años que aún tenga ese efecto en mí, pero no puedo evitarlo y casi quiero gemir de frustración.

"No pasa nada Akane, relájate". Cuando levanto la vista, Shinnosuke sonríe de un modo un poco como pensando que soy bastante rarita. Debo de haber perdido la capacidad de hablar, porque pasa el suficiente tiempo como para que me de un leve empujoncito en el hombro. "¿Seguro que estás bien?"

Reacciona, Akane.

Parpadeo rápidamente y me enderezo automáticamente. Le echo un vistazo rápido a Kim, que me mira apretando los labios y alzando una ceja. " Sí...". Carraspeo. "Sí, gracias". Esta vez consigo que mi voz casi no tiemble.

Veo que se inclina hacia mí con los ojos entrecerrados e instintivamente, doy un paso atrás. Él suelta una risa divertida. "Tus ojos son bastante claros, nunca me había fijado".

Claro, en años de comidas, cenas y reuniones de nuestras familias no le ha dado tiempo ni siquiera a prestarme atención más de dos minutos. Me sorprende que incluso sepa mi nombre.

Me sonrojo con fuerza y estoy a punto de girarme y salir corriendo cuando una voz irrumpe de la nada y un brazo le pega un puñetazo en el hombro a Shinnosuke. "¿Vamos o qué? Estáis en medio de la entrada, por si no os habíais dado cuenta". Un chico aparece a su lado y sé que no le había visto antes.

Me da tiempo a ver que tiene unos bonitos hoyuelos, pero aparto la vista rápidamente, me coloco las gafas con torpeza y susurro un leve Lo siento, antes de rodearles e ir con Kim a buscar una mesa donde pueda desear con tranquilidad que me trague la tierra. "¿Qué le has hecho a la chica?" Oigo que la misma voz grave pregunta.

Al sentarme, sé que Kim me está mirando y que alterna entre la entrada y mi cara mortificada. "Tranquila, ya se van... aunque no te quita ojo de encima" Su voz con ese tono fanfarrón.

Levanto la cabeza como un resorte para mirarla y susurrar. "¿Quién, Shinnosuke?" Casi me atraganto.

Ella hace una mueca y niega con la cabeza.

Miro muy lentamente a la entrada, y el chico al que no conozco, alto como él sólo y de pelo moreno que cae sobre sus ojos, me lanza una última mirada divertida antes de finalmente salir por la puerta, justo por donde mi obsesión personal acaba de irse.