Disclaimer 1: Fanfic sin ánimos de lucro. The Loud House es creación de Chris Savino, propiedad material de Nickelodeon Intl, y está bajo licencia de Viacom International Media y Jam Filled Entertainment.
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Vínculos
IX
Réquiem de chocolate amargo
Hershey, Pennsylvania
6 de noviembre de 2021
8:23 am
103 de la avenida Trinidad
A estas alturas, no extraña su vida previa.
De hecho, desde que se mudó por culpa de un montón de idiotas, su vida ha tenido días más o menos llevaderos, muchos de ellos tirando a ser una basura como la enorme mayoría de su vida después de tratar con patanes, matones y aquellos que, considera, la dejaron a su suerte.
No tiene nadie a quien llamar. Es mejor así, porque las pocas veces que intentó hacer algo por sí misma en esa área de su vida ha sido con resultados desastrosos. Y con mayores motivos agradece eso. Ya desde antes evitaba tratar a la gente que creyera tener las agallas de querer trabar conversación con ella. En el autobús le trae malos recuerdos, en el transporte público encuentra patanes y locos, en casa de sus compañeros se topaba con un montón de idiotas farsantes, pretenciosos e hipócritas.
Agradece por las medidas de distanciamiento social. Cuando el estado entró en contingencia (el 16 de marzo, fecha que tiene en su calendario como un festivo personal como "Adiós Imbéciles"), prácticamente se encerró. No quiso saber nada de nadie que no fueran sus padres, abuelos y algún otro pariente, y apenas viera a alguna persona que le tuviera lástima, cuando no alguna simpatía, lo trató con desprecio brutal.
Aún peor. La única persona que pudo interesarse en ella de forma genuina que acudió el año pasado por su cumpleaños terminó con pérdida total de la vista por una cantidad extrema de aerosol de pimienta. Los padres de esta chica amenazaron a los suyos con demandar, cosa que no sucedió en cuanto el oficial de la policía decidió no intervenir con una adolescente que, juzgó de forma sensata o quizás cobarde, estaba en pleno periodo menstrual.
Escucha el llamado de su madre a desayunar. Su estómago reclama aquella clásica negligencia, pero realmente no quiere tener que verles la cara. No cuando se trata de pasar otro día frente a su laptop aguantando la perorata de sus maestros, las idioteces de sus compañeros en línea o, peor aún, que su gato interrumpa la clase queriendo jugar con un ratón de tela.
-¡Stella! ¡Es la tercera vez que te hablo! -exclamó su madre- ¡Tu burrito se va a enfriar!
Stella… odia ese nombre.
Los recuerdos más dolorosos le vienen de su tiempo previo a Hershey. Más en concreto, a Royal Woods, Michigan. Todos esos recuerdos se asocian con ese nombre.
En la puerta, del lado de su habitación, tiene una nueva foto impresa suya con las cinco personas que cambiaron para mal su vida. Molesta, tomó unas cuantas shuriken y las arrojó contra la foto, recordando qué demonios pasó con cada uno al dar en el blanco antes de vestirse.
Primera estrella ninja en hacer blanco, Zach Gurdle, cabeza. El último amigo que le habló antes de irse. La tenía harta de sus idioteces sobre el espionaje de la CIA. ¿No le cabe en la cabeza que es la Agencia Nacional de Seguridad la que realiza el espionaje interno?
Segunda, Clyde McBride, en una pierna. Cobarde, pusilánime… no pudo superar el hecho de que su "hermano" se fue. Maldito dependiente y estúpido enamorado de, no se guarda decirlo, una zorra que jamás le hizo caso y de una estirada que también se largó.
Tercera, dando de lleno en el pecho. Le causó problemas con esos matones, y en especial con aquella fulana, Taylor. Jamás debió sentarse junto a él antes que el muelle del asiento saltara, le rasgara la falda y tirase el sándwich de Zach sobre ella, menos permitirle pasarle estiércol fresco para intentar sacarle las manchas. La cuarta shuriken también dio contra la imagen del chico, justo en la entrepierna… ¿quién demonios permite hacerse el ciego cuando su prima le ofrece experimentar? Solo un sureño idiota, uno llamado Liam Hunnicut.
Quinta, de nueva cuenta en su entrepierna, Russell "Rusty" Spokes. Le coqueteó apenas supo que su último blanco intencional se quedará en Canadá. En un arranque de increíble estupidez, la arrinconó tras bambalinas en ese show de talentos. No niega que Liam y Zach se lo quitaron de encima, pero el acoso se intensificó. Hubo reclamos, pero el proceso fue inexistente. Prefirieron darle atención a la conmoción que significó que los quintillizos Fox robaran y destruyeran una ambulancia a una estudiante que padecía al mismo tiempo acoso sexual y escolar.
Última shuriken… y la puerta se abrió en cuanto la lanzó.
-¡Stella Zhau! ¿Qué te he dicho sobre usar armas en la casa? -exclamó la señora Zhau en cuanto la shuriken se incrustó en la puerta, pasando a milímetros de su rostro.
-No apuntar a nadie vivo -respondió con voz grave y afectada, muy distinto del tono jovial y amable que la caracterizaba años atrás.
-Dije, y te repito, "no se permiten armas en esta casa" -regañó la mujer-. Tu burrito se va a enfriar, y tu papá no está de humor para quedarse aquí después de desayunar.
-Odio los burritos que él hace -objetó desdeñosa Stella.
-Que sea la última vez que usas armas en la casa. Es la quinta puerta que destruyes en el año, y si vas a lanzar esas cosas más te vale que no lo hagas.
-Si, má -respondió sarcástica Stella.
-La próxima que hagas eso, tu privacidad pasará a ser pública -amenazó la señora Zhau-. Ahora baja a comer. Tienes visitas abajo. Stella.
-¡Es Dilim, Judy! -exclamó por lo bajo Stella, yendo a recoger sus shuriken.
En cuanto cerró, maldijo a su madre. La siente demasiado exigente, y no es para menos. Sus calificaciones no eran problema, pero siempre le exigía que hiciera vida social, que haga cosas normales y dejase de estar encerrada todo el tiempo, que su piel vuelva a tener ese bonito tono bronceado de antes y no el color aceitunado que le confiere un aspecto cadavérico.
Último blanco, y el que más proyectiles recibió… Lincoln Loud. El chico que le arruinó la vida por largarse a Canadá.
.
El centro médico Milton S. Hershey, llamado así por el fundador de la ciudad y de la compañía chocolatera que lleva su nombre, no le pareció tan lúgubre como se veía por fuera. Todo un pabellón fue habilitado como zona de cuarentena para los contagiados desde que se decretó la contingencia en la ciudad, lo que hizo recapacitar a Lincoln sobre las medidas que se tomaron en cada estado. No así el Hershey Lodge, hotel que el condado de Derry destinó para que los visitantes locales y extranjeros pasen diez días como zona de control, del que dicho nosocomio es el punto más cercano.
El camino desde Royal Woods les tomó mucho más tiempo del planeado. Cuando Lori se había recobrado de la resaca que le provocó Luan, se resistió a decirle que Clyde le dio la dirección de Stella y estuvo a nada de quedarse a dormir en el tiro de la escalera, pero Lucy tuvo la gentileza de explicarle bajo qué motivos pudo haberlo hecho, obviando el mero distanciamiento emocional que, con seguridad, ella pudo haber tomado.
Con él, su madre y un par de chicas pasaron los diez días de cuarentena obligada que los visitantes foráneos a Pennsylvania debían cumplir antes de hacer cualquier cosa. No eran muchas las personas que estaban instaladas, pero al menos la pasaron lo más cómodo posible.
De Rita, Lincoln no puede quejarse. Con los resultados negativos antes de dejar Michigan, no se siente mal de haber pasado al menos los últimos cinco días comiendo chocolate mientras veía un videoblog de ebanistería, avanzar su novela y recortaba las puntas de su cabello con orzuela. No vino tanto por placer, sino por el mero hecho de que su hijo no ha podido obtener su permiso y por evitar aburrirse en casa con el segundo Halloween que los demás pasaron confinados.
En cuanto al resto, no niega que Ronnie Anne sea una compañía de viaje agradable a su modo. Apenas la vio entrar por su puerta hace diez días, esta le explicó que su capacidad pulmonar se vio bastante mermada. Eso le obligó a tomar terapia un tiempo, aunque la propia latina admite que no podrá volver a oler ni saborear nada, ni podrá usar popotes por haber sido testigo de una intubación en el hospital donde estuvo internada.
Sobre Sid, puede decir que mantiene esa sonrisa que siempre le caracteriza, no obstante que su madre perdió su trabajo en el zoológico de Great Lakes City por falta de visitantes, su padre, ella misma y su hermana padecieron en un principio de violencia racial apenas salían y estuvieron a nada de ser desalojados por el dueño del edificio donde rentaban precisamente por falta de pago.
De no ser porque la tía Frida de Ronnie Anne sufrió otra crisis nerviosa por el encierro que su marido debía atender, sus abuelos no se permiten el lujo de salir como quisieran y su madre está de pésimo humor por tener que ir cubierta a más no poder en turnos de hasta veinte horas desde hace más de un año, la latina se habría quedado en casa. Aún mejor para ella, cuando Bobby le ofreció llevarlas a pasar el rato con Lincoln pretextando una salida para ver a Lori no se lo pensó dos veces. Entre los departamentos, el hospital y la ahora monótona vista del Burger Blast frente a su ventana, está un poco fastidiada y prefiere cambiar un poco de aires.
Estaba jugando una especie de bingo que Ronnie Anne llamaba Lotería, siendo Sid el árbitro, cuando Rita entró en la habitación que servía como alojamiento con los resultados de las pruebas PCR que les fueron practicadas recién hace unas horas.
-Tengo buenas y malas noticias -dijo Rita, un poco desalentada.
-¿El museo de Hershey cerró? -cuestiona Ronnie Anne, un poco irónica.
-Esas eran las buenas -responde Rita, un tanto desanimada.
-Eso no se oye bien -murmuró Lincoln.
-Las malas -continúa Rita-, el vecindario al que quieres ir pasa por un foco rojo de contagios. Tendremos que rodear si quieres hablar con… ¿cómo se llamaba?
-El camarón -dijo Sid, siendo ignorada por completo tras alzar dicha carta.
-Stella -responde Lincoln-. ¿Y qué van a hacer.
-Voy contigo -contestó Rita-. No voy a dejar que te arriesgues en un lugar que no conoces.
-Tampoco tú lo conoces.
-Legalmente estás a mi cargo, jovencito. Si te quedaste con Lori fue porque no tuvimos muchas opciones -añadió Rita-. Además, no es como si ella quisiera tomarse el año sabático.
-Nosotras nos quedaremos aquí -dijo resignada Ronnie Anne-. ¿Qué podría hacer aquí si los parques están cerrados?
-Sin olvidar que tu abuela me mataría si se entera de que te contagiaste de nuevo -agregó Sid, dejando de lado la carta del Borracho a un lado.
-Por lo menos ya estoy vacunada.
-¡Oye! Por lo menos la pasaremos bien -animó Sid-. Lejos de Carl, de Adelaide, del Mercado, de Laird...
-¡Eso es privado! -protestó Ronnie Anne.
-Lori me dijo de ese chico -rió Lincoln-. ¡No me malentiendas! A ella le contó Bobby.
-Ese chismoso…
-¿No quieren que les traigamos algo? -cortó Rita, viendo la tensión que Ronnie Anne empieza a relucir.
-Lo que sea, da igual si no puedo oler -responde Ronnie Anne, conteniendo su molestia.
-No puedes quedarte así para siempre -animó de nuevo Sid-. ¿Qué es lo peor que podría pasarte?
Con una mirada inusualmente dura, Ronnie Anne calló a Sid.
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El domicilio en cuestión no es tan fácil de alcanzar, y menos con una amante del chocolate medio embrutecida por el olor que emanan las plantas y bodegas de Hershey's. Si de algo sirviera imaginar a su madre y a sus hermanas en su Lugar Feliz, definitivamente sería esa localidad de Pennsylvania lo más próximo al Cielo en la tierra.
Apenas saliendo del hotel, Lincoln tuvo que hacer un esfuerzo enorme para que Rita le siguiera el paso hasta poder abordar un taxi que los llevó sobre la avenida Chocolate hasta la oficina del corporativo, de ahí pasando el zoológico y cruzando por la curva de la avenida Trinidad hasta dar con el 103, una casa de dos niveles pintada en azul cielo y con el tejado negro. Aunque la vista le parezca vagamente familiar, lo cierto es que el peliblanco tuvo que hacer acopio de fuerzas ya no para disuadir a su madre -quien se molestó de no haberse detenido en una tienda en el camino- sino para tocar a la puerta.
Más por reflejo que por precaución, dio tres golpecitos a la puerta de roble.
Por esta, al abrirse apareció una mujer de facciones asiáticas, cabello negro recogido en un moño y vestida de suéter y camisa azules y falda negra. Por el aspecto que esta tiene, se ve que apenas va de salida, y la sorpresa de verlo no le es algo grato.
-Tiene que ser una broma -gruñó Judy Zhau, resignada-. ¿Qué quieres, Loud?
-Vine a… hablar con Stella -responde Lincoln, un tanto nervioso.
-Y supongo que tu madre vino contigo como apoyo -señaló desdeñosa la oriental, viendo a Rita saludar agitando la mano de reojo.
-En realidad, ella me trajo -replicó Lincoln.
-Está bien -suspira resignada Judy-. Sólo entrarás tú, Loud. Ella esperará afuera. No confunda, señora, una precaución con falta de educación. Enseguida le traigo un café.
-Gracias -responde escueta Rita.
Nada más entrar, Lincoln sintió cómo era rociado con alcohol de setenta grados. Con acritud, su anfitriona deja ver que, pese al tiempo transcurrido, no le guarda mucha simpatía.
-Espera aquí -indicó la señora Zhau-. Le diré que hay visitas para ella.
Unos pocos segundos después de verla subir, escuchó una discusión. Le inquieta enterarse de que Stella tiene armas. Hasta donde recuerda, ella es pacifista convencida. Tal y como Clyde le había advertido una vez que se enteró antes de dejar Royal Woods, su amiga se ha trastornado en serio.
-Es la segunda puerta a la izquierda en la planta alta -dijo la mujer, señalando la escalera-. Yo en tu lugar, no esperaría ser bien recibido.
-¿Por qué lo dice? -preguntó Lincoln.
Sin respuesta, Lincoln subió las escaleras. Tiene demasiado que contarle a Stella y, sobre todo, escuchar de ella, de sus motivos para darle la espalda al grupo.
Tal y como le dijera la señora Zhau, fue a la segunda puerta del lado izquierdo del corredor, señalada con una placa con una palabra extraña, Dilim. Nota que tiene fisuras demasiado perfectas como para que sean daño por el paso del tiempo o putrefacción de la madera por un pésimo barnizado.
Haciendo un examen más minucioso, se da cuenta de que es daño con cuchillas. Un tanto aterrado, tragó saliva y golpeó la puerta.
Al abrirse, todo recuerdo que tenía de la apariencia de la alegre chica que conociera en el autobús de la escuela se borró por completo. Ante él, la cadavérica figura de elevada estatura y porte deprimente bajó la mirada. Era imposible, pensó, que esa chica es Stella Zhau.
-Hola -saludó Lincoln con amabilidad.
-Vaya -dijo Stella, visiblemente insultada-. Parece que Taylor Swift abrió una cuenta de Onlyfans.
Asqueada, la chica retrocedió y azotó la puerta contra la cara de Lincoln.
~o~
Su madre fue muy explícita esta vez. Dados los sucesos previos con Lincoln, a partir de ahora las niñas tendrían que darle cuentas de a quién traen a casa, horas en que hay visitas y en que estas ya deban irse. Cualquier asunto relacionado a la cena tendría que discutirlo con su padre y le dejaron un itinerario muy parecido al que solía dejar Lori.
Habían pasado ya diez días desde que Rita se había ido a Pennsylvania, y tener que estar de nuevo al mando no le agrada mucho. Todo cuanto le dijeron es que su hermano tenía un pendiente con alguien, aunque siendo tan realista como puede permitirse no espera que a Lincoln le vaya tan bien como quisiera. Menos aún sabiendo de quién se trata.
Del mismo modo, Luan hizo una nueva visita, la segunda en mucho tiempo. La anterior solo había venido por algunas cosas junto con esa chica rara con quien fue puesta en cuarentena en el búnker de Lisa, mas esta vez vino sola.
La encontró preparando tostado francés con brioche, algo de jamón frito y rebanadas de tomate asado. Por lo que le ha contado, en la universidad había tenido poco tiempo para cocinar y terminó harta de cenar pizza y burritos congelados desde antes de que Maggie se graduara. Este, por la pandemia, se lo tomó como año sabático.
-Que bueno que estás por aquí -dijo Luan, un poco ofuscada-. Necesito que sirvas el jugo.
-De acuerdo -acepta Leni, pretendiendo sonreír.
-Sabías que necesitaba un… ¿par de manos extra? -añadió Luan, riendo del chiste-, ¿entiendes?
Suspirando por ver que a Leni no le causó gracia realmente, Luan perdió el buen semblante con que había despertado.
-¿Sabes qué me gustaba de animar fiestas? -preguntó Luan, más bien sin esperar respuestas.
-No me des de nuevo esa charla -pidió Leni, dejando esa sonrisa en el recuerdo-. Hagas lo que hagas, no sirve.
-¿Otra vez ese sueño con Lori?
-La encontré hace semanas en el restaurante.
Narrando lo mejor que pudo, lo cual fue bastante fluido debido a que Luan ya había preparado un par de tazas de té verde fuerte para Lucy -lo bebe como relajante- y Lola. Le decepciona a la comediante que, en el fondo, a Leni le siga afectando algo que fue su culpa.
-¿Sólo se fue y se llevó a Lincoln de ahí? -cuestionó Luan, no tan sorprendida como debiera. Leni solo asintió- Sé que va a sonar tonto, pero las dos están actuando como un par de tontas.
-No dejan de remarcarme que soy tonta -murmuró Leni.
-No tonta Leni -corrige Luan-. Tontas… ¿cómo debo decirte esto? Como idiotas.
-No te entiendo.
-Supe que Lori se está tomando su tiempo para ver si puede terminar de estudiar en Fairway como parte de un programa de intercambio. Ella no está tan bien como tú.
-¿Y por qué no habría de estarlo? -preguntó Leni, intranquila- ¿Por qué no estudió donde quiso?
-Ella hace el intento por superarlo. ¿Por qué tú no lo intentas? -cuestionó Luan.
-Dejé de intentarlo cuando Luna se graduó, ¿lo recuerdas?
-Cómo olvidarlo -rió Luan por lo bajo-. Sam se retrasó un año por ella y terminó por graduarse conmigo mientras Luna se quedó comiendo malvaviscos toda una noche cuando supo que ella se iba a esa escuela donde la becaron al cien por ciento.
-Creí que fue por meterse con alguien parecido a Lincoln -teorizó Leni.
-Ella era su novia -aclaró Luan-. Rompieron cuando Luna se fue a Lansing, pero ese no es el punto.
-¿Y cuál es?
-Trata de superarlo, ¡no sé! -exclamó Luan, alzando los brazos- Haz algo más que ser la segundona en una tienda de ropa, empieza a cocinar, cultiva algo, ¡todo sirve!
-¿Incluso la hierba seca de la lata en la cochera? -preguntó esperanzada Leni.
-Eso… es demasiado fuerte para ti -meditó Luan en voz alta, incómoda por descubrir que Leni halló su provisión personal de hierba-. Si a mi me preguntaras, creo que eres más de…
-¿Fumas esa porquería? -cortó Leni, molestándose.
-De vez en cuando -se sincera la comediante-. A veces los ensayos se ponían muy pesados en la preparatoria, y el encierro no lo hizo mejor.
-Creí que era de Luna.
-Sólo lo probó una vez, tampoco es para que vayas contando eso.
-¿Y yo puedo contarlo? -preguntó una tercera voz que se sumó a la charla.
En el quicio de la puerta trasera, Lola no luce para nada aburrida. Todavía en su camisón, la menor de las gemelas ostenta una sonrisa que, con facilidad, le sería muy útil para que le dieran un millón de dólares por hacerlo.
-No vas a decirles nada -sentenció Luan.
-¿Por qué no lo haría? -preguntó Lola, ufana- Algunos de los suéteres de mamá querrán saber qué estropeó el suavizante después de aplicarlo.
-¿Cómo las botellas de licor que ibas a plantarle a Lynn por no llevarte con Lana a la casa de Meli Ramos? -cuestionó Luan.
-¿O el berrinche que hiciste porque Lori y Lincoln no estuvieron en su octavo cumpleaños y lo terminaste arruinando para Lana? -secundó Leni.
-¿O las veces que chantajeaste a Luna con revelarle a papá que se llevó Vanzilla la noche de su graduación y terminó asquerosa? -remató Luan.
-No tienen pruebas de eso -responde Lola, temeraria.
-Entonces no querrás que el señor Sprinckles pierda la cabeza a manos de Eunice y Maria Antonieta -advierte Luan, un tanto siniestra. Lola solo se encogió sobre sí-. Me alegra que recapacites. ¿Tienes algo más qué decir?
-Lily me pidió que les dijera que quiere las cortezas tostadas aparte y el pan sin tostar -respondió Lola, resignada a estar contra las cuerdas-, y Lisa dijo que esperará a que salgas para ir a casa de Darcy.
-¡Pero si ya está listo el desayuno! -alegó Luan.
-Y mamá dejó claro que no es su turno para salir hasta pasado mañana -apuntó Leni al ver la tabla que dejaron pegada al refrigerador.
-Lisa me cambió el turno ayer. Ahora saldré a casa de Roxanne pasado mañana.
-Dile a todas arriba que van a bajar a desayunar y punto final -sentenció contundente Leni.
Entre maldiciones, Lola abandonó la cocina. En su desplante, escuchó un aullido de Charles y luego un chillido, seguido de un "¡Deja de morderme, perro estúpido!" y pasos que, de seguros, pasaron a ser vacilantes.
Luan no está sorprendida. Cuando ella misma se fue de casa, Lucy a menudo se quejaba con ella de lo pesada que Lynn se ponía. No era muy de preferir un sistema que debía colapsar a la primera, pero de ahí al puño de hierro de la quinta mayor, casi suplicaba que el encierro fuera una dulce muerte con Leni a cargo y no la tortura que significó la deportista.
-¿Vas con Lola o sirves la mesa? -ofreció Luan.
-Iré a ver qué necesita -respondió Leni-. Es la tercera vez que Charles la muerde.
-Recuerda lo que dicen -observó la comediante-. "perro que ladra no muerde", ¿entiendes?
Contra lo esperado, Leni se guardó esa risa. Admitió que el chiste fue bueno, pero hace tiempo que el humor más sencillo ya no le parece tan gracioso como antes. Con eso en mente, fue a ver qué tal quedó Lola después de su incidente con Charles.
~o~
Si había algo con lo que Clyde se siente inseguro todavía es en ir al vecindario donde viven Lori y Lincoln. No obstante, no va a verlos.
Hasta donde sabe, Lincoln decidió tomar el riesgo de ir a Pennsylvania a hablar con Stella frente a frente y justificó en la escuela esa ausencia como "neumonía atípica", mientras que Lori se verá el fin de semana con Bobby a Great Lakes City.
No. La visita es más bien para Trent. El chico, para variar, decidió aprovechar para organizar una nueva fiesta, pero dados algunos sucesos el problema es más que obvio.
-Quiero que me respondas algo -dijo Trent, nada más le vio alcanzar el piso-. ¿Qué demonios le ve la gente a esa loca?
-¿A qué loca? -preguntó Clyde.
-A la hermana de Lincoln -responde Trent-. Esa bruja es una amargada que solo le arruina las cosas a medio mundo.
-¿Por qué lo dices?
-Porque he escuchado que en la fiesta de Jordan se puso impertinente -respondió lastimoso Trent, limpiando sus lentes-. ¿Tienes idea de lo vergonzoso que es que te interrumpan en la cama?
No tuvo que responder a eso. El recuerdo que Clyde tiene en mente de la noche del cumpleaños quince de Chloe. Él se había dado una escapada alegando que necesitaban leche y estuvieron a nada de consumarlo de no ser porque Simon Sharp, a la postre vecino de su novia, les cortó el momento mientras él la embestía con la cadera. Incluso este había olvidado que iba a pedir algo de azúcar y había visto lo suficiente como para tener con qué recrearse esa noche.
-Prefiero no responder a eso.
-Como quieras -continúa Trent-, pero el caso es que la última vez que hice una fiesta aquí ella trapeó el piso conmigo y lo terminó así, de la nada -añadió chasqueando los dedos.
-¿Y eso importa? -cuestionó Clyde, intrigado.
-¡Mi reputación se fue para abajo, McBride! -exclamó Trent- Gracias a la hermana de Lincoln no puedo ni ver a nadie a la cara. ¿O te gustaría que una chica te humille contra el muro frente a tus invitados?
-Me ha pasado mucho -suspira Clyde-. Luego te acostumbras.
-¡A mi nunca me humilló una chica, Clyde!
-Y a mi seis. Siete si contamos a Emma, pero…
-¿Emma? -interrumpió Trent- Eso fue un suicidio.
-Ella no fue un… -estuvo a punto de corregir Clyde-…, ¿sabes? Creo que te doy esa.
-El punto es que ninguna chica me ha humillado.
-¿Quieres, por favor, dejar de hacerte la víctima? -pidió el moreno, quitándole a Trent las palabras de la boca.
-Lo siento.
Respirando hondo, Clyde no tuvo muchas dificultades para dar con el problema de Trent. El chico es demasiado orgulloso para admitir que una chica, con el atenuante de que es mayor y obviamente más experimentada luchando cuerpo a cuerpo, barrió el piso con él.
-Deberías de dejar de prestarle importancia a eso, ¿quieres? -planteó Clyde- No te acostumbras, pero eso seguro te puede ayudar.
-¿Y cómo puede ayudarme eso? -respingó Trent.
-Te puedes acostumbrar poco a poco, como con Jordan golpeando a Richie y a Lance en los juegos de quemados.
Pensando un poco en ello, Trent ninca se detuvo a pensar. Con Pacowski él a menudo estuvo en el equipo de Jordan, pero siendo que él estuvo en clase de Pham las cosas no pudieron ser peores. A menudo su grupo era emparejado con el de Bolhofner, y siendo franco consigo mismo él era la razón por la que Chandler se lucía, haciendo lo posible por sabotear a sus coequiperos. ¿Cómo se lo agradecería? Causando que Joy le perdiera interés y saliendo tanto con el pelirrojo como con Drew, siendo este último quien la embarazó y forzó a abandonar la escuela.
-Dime si tenías algún plan -dijo resignado Trent.
-¿Y por qué crees que solo quedamos Liam y yo? -preguntó retórico Clyde- Nunca fue lo mismo Clyam McHunnicut que Clyncoln McLoud.
-¡Perdón! -dijo disculpándose el castaño- Es solo… que Richie se quedó solo, Lance está por mudarse a Great Lakes City y Artie se quedó de ver con Mollie para enviarle unas tareas a Lincoln.
-Creí que los papás de Mollie no querían que Lincoln y ella se hablaran de nuevo.
-Ella siempre busca excusas para buscar a alguien cuando le interesa.
Con eso en mente, ambos entraron al departamento de los Gagnon a pasar la tarde, sin nada más por hacer que tontear con frituras y beber algo.
~o~
Después de que la señora Zhau y su madre le enderezaran la nariz -gracias a Stella, quien al azotarle la puerta se la rompió-, Lincoln había pensado en renunciar a hablar con ella. Sin embargo, lo más que hizo fue sentarse contra la entrada a la habitación de su antaño amiga y empezó a hablar.
Muy diferente era la situación en el exterior. Con la familia fuera, a regañadientes los Zhau le pidieron a Rita que le eche un ojo a la casa. Lincoln no lo sabía, pero una vez que aquella tarde de Acción de Gracias tuvo resultados desastrosos por causa de sus primogénitas su madre dejó en el borrador aquél proyecto del cazador de tesoros de cabello blanco.
-Dime si al menos estás escuchando -suplicó Lincoln, un poco desolado, apenas terminó de contar sobre su vida amorosa en Windsor.
No hay respuesta. Nada.
-¿Sabes? Creo que me hiciste mucha falta -meditó en voz alta-. Recuerdo esa vez que todos creímos que buscabas que te "sacáramos del agua". Todo eso fue por ver una estúpida telerrealidad. Acepto que todos estuvimos ciegos a lo que querías decirnos, a lo que nos decías sin decirlo.
Aún nada. Sólo las aves canoras del exterior, algún auto y, si acaso, algún niño que decidió romper el encierro casero o faltar a la escuela y salir por su cuenta.
-Habría traído un poco de sopa casera de mi papá, pero ahora no estoy en buenos términos con él -continúa, cambiando el tema-. La verdad, ya lo sabes. Acepté que Canadá podría no ser tan malo, pero me costó acostumbrarme los cuatro primeros meses. No fue lo mismo pasar las fiestas sin mis hermanas o sin ti y los chicos. Hice amigos, tuve novias, pero no fue lo mismo -suspira abatido-. ¿A quién podría haberle pedido una segunda opinión cuando empecé a salir con… con ellas? ¿o con quién podría intentar espiar las duchas? ¡No con Rusty! -aclaró- Y menos después de lo que me contaron que te hizo.
Por fin un sonido. Aunque fueran un par de pesadas botas militares las que azotaron contra la puerta y una especie de cuchillas clavándose contra la madera, Lincoln agradeció eso.
~o~
Por primera vez, desde esas dos noches en la cochera en casa, se había quedado sola. Había intentado convencer a Bobby de ir a Royal Woods. Empero, al quinto día, y luego de haber confundido al gato de los Gagnon con una especie de rata mutante de las películas de ciencia ficción de Lincoln, consideró que era mejor idea notificar al casero y al portero que no estaría los siguientes cuatro días.
Le sorprendió lo mucho que Great Lakes City ha cambiado con los años precedentes. A diferencia del Mercado, que gracias al trabajo de Ronnie Anne y Carl (este de mala gana) logró mantenerse a flote, varios de los locales que encontró a su paso habían cerrado, cosa que no le sorprende, o cambiaron de giro.
También le sorprendió saber que muchos de los vecinos del edificio se habían ido. El viejo Nakamura, Georgia -dejando a Miranda con avisos en línea buscando compañeros de departamento-, don Vito Filiponio -fallecido cuando en la Casa Blanca acusaban sin razones válidas al cigarrillo electrónico de las entonces inexplicables neumonías-, incluso Maybelle -quien se mudó a Royal Woods-, de alguna u otra forma, se vieron afectados.
No le dejó el auto a Lincoln. Todavía sigue sin poder estacionarse bien, por lo que no quería arriesgarse a que Lydia sufriera un nuevo rasguño que lo mande al taller. Por suma, la semana pasada había fallado su tercera prueba consecutiva al impactar el vehículo de pruebas que le asignaron con el de cierto pelirrojo.
En vez de ir a los departamentos 2-A y 2-B, fue directamente al Mercado.
Entrando, encontró al viejo Héctor en el mostrador. Usando máscara, una careta improvisada hecha con pedacería de botellas desechables y correas elásticas, el viejo comerciante luce su cabeza ya totalmente calva salvo por el tupido mostacho que le caracteriza, a pesar de tener una cara más agria que de costumbre al acomodar los billetes de la lotería del estado.
-Lo siento -dijo Héctor con un humor más agrio que su propio rostro-, si vienen de Salubridad ya les dijimos que desinfectamos el local hace una hora.
-Perdón por molestar, señor Casagrande -saludó Lori-. ¿Está Bobby?
-¡Ah, Chihuahuas! -exclamó sorprendido el viejo, arrojando al suelo varias tiras- ¡No vuelvas a hacer eso, m'ija!
La risa de Lori tras su máscara apenas y se escuchó.
-¿Me decías? -pidió Héctor, una vez compuesto del susto.
-Bobby -responde Lori-. ¿Está aquí?
-Ah, eso -dijo Héctor, llevando la mano al mentón-. Fue por María y Carlota al hospital. Desde que bañaron a mi hija con cloro el año pasado no ha sido el mismo.
-¡¿Cómo que la bañaron en cloro?! -dijo exaltada Lori, fingiendo haber olvidado el incidente.
-De seguro no lo escuchaste -describe el viejo-. A muchas enfermeras y doctores los bañaron así porque según ellos son idiotas crédulos del coronatimo.
-Tiene que estar bromeando.
-Todo eso son patrañas -dijo Héctor agitando los brazos-, ¡pero jamás me había ido tan bien!
-Lo digo por los baños de cloro -acotó Lori.
-Ah, si, eso -rectifica el viejo comerciante, un poco desanimado-. A María la bañaron en cloro en el metro un par de veces y varios taxistas más le negaron el servicio. Con el último que lo hizo Bobby se puso loco y estuvo detenido un par de meses por lesiones.
Una vez tuvo algo de información que no quería tener ("voy a tener que hablar en serio con él", se dijo), subió al segundo piso. Con la idea de esperarle en su cuarto, empezó a considerar la idea de sacarse el suéter que lleva y atarlo sobre su cuello.
Quien le abre la puerta, para no variar, es Carlos. El catedrático últimamente ha adelgazado lo bastante para que pudiera hacer uso de sus ropas más estrechas, aunque le ha explicado que es más a resultas de haberse metido de nueva cuenta con los "Viernes de torta".
-Acabo de hablar con Bobby -anunció Carlos-. Dijo que ya están a dos cuadras de aquí y que ansía verte.
-Muchas gracias, tío -respondió Lori, tomando asiento en la cama.
Un tanto cohibido, el casi cincuentón se limitó a salir de la pieza.
No considera que sea una novia muy invasiva, pero lo menos que puede hacer por él es, admite con cierta pesadez, recoger el desastre que tiene. Con la ropa de cama revuelta y algunas de sus cosas desperdigadas, no le cuesta mucho trabajo acomodar, cambiar y doblar lo que ya estaba puesto.
Entre la ropa revuelta, Lori encuentra un celular de modelo reciente. Lo último que ha sabido es que la pandilla de gatos de la cuadra había sido mermada por un elevado número de contagios y, para variar, la gran mayoría ofreció gran resistencia. En una de esas incursiones, Bobby había perdido su teléfono, pudiendo reponerlo a las pocas semanas de la captura y sacrificio de aquellos animales. Desde entonces, la única forma que tiene su familia para contactarle en la calle o en el Mercado es llamar a la persona que le acompañe, generalmente Par, su madre o Ronnie Anne si está en la calle o a la oficina del viejo padre de familia si está trabajando.
Revisando el aparato, le parece tierno que tenga como fondo de pantalla su última selfie como pareja antes de la pandemia, parados frente a uno de los toboganes frente a una alberca en el parque Remington de Windsor junto a sus hermanos y el pequeño tarado que sigue siendo Carl. Conociendo a Bobby, la contraseña era tan predecible como usar "Contraseña" en un lenguaje alfanumérico leet muy elemental.
"Intente de nuevo", decía la pantalla una vez que lo intentó.
No es tan estúpida como para intentarlo de nuevo. Resolvió apagar los dos teléfonos, sacar la tarjeta de memoria del celular de Bobby para insertarla en el suyo y vería que tiene almacenado.
Carpeta tras carpeta, todas fueron desfilando ante sus ojos. Nombres como Paz Halberd, Monica Cruz, Marina Mathews, Gretchen Ketola y el suyo propio daban nombre a algunas de ellas. Salvo por si misma y Paz, todas ellas eran compañeras suyas en la Escuela de Negocios de Chavez, y a Halberd estuvo a nada de estrellarle un puñetazo en la cara en la noche que decidiera vandalizar la bellota de la entrada a la preparatoria junto a Roger y Carol, de no ser porque esta le hizo honra a su apellido.
De haberlas visto hace cuatro o cinco años, habría estallado en furia y le habría pedido una explicación después de machacarlo a punta de golpes con una barra de pan o un peluche. Empero, después de lo que supo que a Bobby le tocó recién, lo último que quiere es tener que lastimarlo.
Por simple reflejo, se decidió a escuchar algo de música hasta caer dormida. No supo en qué momento llegó su novio, pero sí con quien en cuanto llegó, y más importante aún, lo que tenía en brazos.
-Hola, Bebé -saludó amoroso Bobby, despertándola-. ¿Recuerdas que hace tiempo te conté que Gina estaba embarazada?
-No -dijo desconcertada Lori, esperando a ser un poco mimada.
Con lágrimas en los ojos, visiblemente conmovido, Bobby se recostó junto a ella. Este le comunicó que la nueva integrante de la familia Santiago al fin llegó al mundo en perfecto estado de salud.
~o~
Luego de dejar a Luan en el aeropuerto, se dirigió a la tienda. La señora Carmichael, enterada de la renuncia de Mollie hace días, decidió arriesgarse y no aceptarla. Más aún, tuvo que explicar a la madre de esta que ella no es precisamente una empleada modelo y, siendo franca, le dio prioridad a alguien que solo se quedó por presiones en lugar de alguien bastante más eficiente.
No es cosa de que los papeleos le aburran tanto como que prefiere hacer trabajo en el piso de venta. A final de cuentas, todo ello se antoja aburrido cuando de cubrir una ausencia se trata.
No ha recibido llamada alguna desde la víspera de Halloween. A los pocos chicos que tuvieron las agallas de salir a pedir dulces, esperando tener un botín más sustancioso que el año anterior, les llegó una profunda decepción al ver que de dos casas sacaron a sendos encapsulados sobre la avenida Cluverius. Por si fuera poco, la vista de un grupo de paramédicos con protección sacando una bolsa para cadáver bastante voluminosa a tres calles al norte de Olive terminó por disuadir a la chusmita de cumplir con su cometido.
Leni recordó que lo único bueno para los Loud fue que Lucy decidió montar un recorrido virtual del laberinto. Lo hizo con la ayuda remota de Luna, de modo que tuvo tal éxito que incluso, a dos horas de haber terminado con el infantil, se dio el lujo de montar uno solo para adultos, abundante en gore y aullidos que prácticamente violentaban los oídos de la audiencia, mismo que tuvo que repetirse las siguientes tres noches hasta que la policía dejó una notificación de la Corte por alterar el orden público.
Estaba por irse a almorzar cuando la figura de Helen Nordberg se plantó en la puerta.
-Quiero hablar con mi hija -ordenó Helen.
-Está en su descanso -dijo Leni, buscando evitar que escale-. Puede venir a hablar con ella si eso le sirve.
-Creo que no me entiende Leni... -insistió Helen-…, aunque debe ser normal. Toda familia no cristiana debe tener siempre más de un hijo idiota, así que lo diré despacio para que me entienda. ¿Dónde está Mollie?
-Me dijo que iría al café Rosato, en el segundo piso -confesó Leni.
Crítica, Helen observó detenidamente a Leni. Nota que algo la perturba mas no puede decir bien qué demonios lo ocasiona, aunque el parecido con aquél potencial violador es más que evidente… idea que rechaza. Considera que nadie, por muy listo que fuera, tendría un familiar que hiciera un esfuerzo enorme por ocultar si es estúpido o algo.
Leni sintió un escalofrío en su espalda mientras aquella mujer hablaba de forma despectiva en su cara. Desde aquella mañana habría querido evitar que la llamaran idiota. Lo mismo sus amigos más cercanos que clientes habituales que solían tratarla como tal no tenían motivos para hacerlo, y sus hermanas menores -sumándose Lincoln una vez que la señora Carmichael le explicó su situación- evitaban hacerlo si podían. Y ella viene para hacerlo como si de cualquier otra persona se tratara. Ni siquiera Luna, en sus arranques de ira por el tiempo que estuvo a sus espaldas, lo hizo.
Una vez que se fue aquella mujer, Leni entró rápido al sanitario y se mojó la cara, agitada, sin importar que su rímel se empezara a correr.
-No eres idiota, Leni -empieza a repetir una y otra vez-. Entiéndelo, Leni, ¡no eres idiota!
Lavando una y otra vez su cara, no prestó atención a los llamados por el timbre desde el piso de ventas. Solo hasta que la señora Carmichael entró como si nada. Para entonces, Leni mostraba un aspecto emocionalmente patético.
-Necesitas vacaciones -dijo esta apenas entró al cubículo del baño, escuchando todavía ese mantra-. Ahora que lo pienso, no has tomado vacaciones desde… nunca -recuerda-. ¿Me estás escuchando, Leni?
Saliendo y olvidando lavarse las manos, la pelirroja toma a su empleada por los hombros y, sin más, la obliga a mirarle directo a la cara.
-Lo voy a repetir solo una vez -insistió Carmichael-. Vacaciones. Tómalas. No voy a aceptar que transfieras tus días. ¿Te quedó claro?
Leni solo asintió.
-No me gusta prescindir de personal cuando la venta del Viernes Negro se acerca, así que necesito que te tomes unos días. No es un despido, no es un recorte y no es un descanso obligatorio. Son tus vacaciones. No sé por qué te pusiste así, pero si es por tu trabajo aquí está claro que tienes que calmarte.
Rompiendo el contacto, la gerente se dirige a la puerta, mas una palabra salida de los labios de Leni la detuvo.
-Idiota…
-¿Cómo me llamaste? -cuestionó la pelirroja.
-Me… me llamó idiota -contestó Leni-. La mamá de Mollie. Dijo que toda familia tenía un hijo idiota y…
-Con que fue eso.
Buscando en sus bolsillos, la señora Carmichael no tardó en encontrar una tarjeta de presentación que más bien parecía la del dueño de un casino. Con reservas, leyó el contenido de la misma
Julian Schiller
LCSW, PhD, SC
1429 Pontiac Rd.
Royal Woods, Michigan
16-20 hrs
-¿Por qué me da la tarjeta de un psicólogo? -preguntó Leni.
-Aquí entre nos, es mi terapeuta -confesó la señora Carmichael-. Gracias a él mi hijo dejó de mojar la cama y es más abierto con otros niños. ¿Por qué no pruebas a hablar con él?
-¿No se tiene que estar loco para ir al psicólogo?
-No soy la persona adecuada para que hables de tus problemas -admitió la pelirroja-. Ya tengo suficiente con escuchar los problemas de mi hermana sobre su nueva mudanza. Puedes aprovechar estos días para ir.
Incómoda con la idea, Leni solo se lava de nuevo la cara y prometió pensarlo.
~o~
Por mucho que se ha querido esforzar, lo más que ha sacado de todo esto ha sido una nariz rota y un profundo desprecio que no estuvo dispuesto a aceptar. Apenas ha tomado bocado y, cansado de hablar, había pedido papel y bolígrafo para escribir una carta que planea pasar por debajo de la puerta.
-Me rindo -dijo resignado Lincoln-. Tú ganas.
No obtiene respuesta.
-No sabía si de verdad querías escucharme, pero yo sí quiero escucharte una última vez -continúa Lincoln-. No quiero que lo último que me hayas dicho antes de irme fuera sobre una cantante y su sitio porno, pero… -titubeó nervioso-… si existe algo de la chica que conocí en el autobús escolar de Royal Woods… quisiera saberlo.
No tuvo respuesta de nuevo, siendo esta vez la definitiva. Suspirando un poco, Lincoln se retira hasta la escalera, echando un último vistazo a la puerta, sin saber que la puerta se entreabrió un poco.
-Cuídate, Stella -dijo despidiéndose-. Espero volverte a ver como amigo, si quieres.
Bajando por la escalera, encuentra a ambas madres y al señor Zhau, un hombre delgado y bastante más alto que su cónyuge por dos cabezas y media.
-Espero que entiendas que no toda la gente que quisimos alguna vez nos vuelva a aceptar, cariño -consuela Rita, caminando ambos hacia la avenida Chocolate-. A todos nos llega a pasar.
-Nunca debí irme -dijo Lincoln, decaído.
-Tienes razón -admitió Rita-, pero tuviste tus razones. No eran las mejores, pero hiciste todo lo que pudiste hasta el final para estar con tus amigos. A mi me pasó casi lo mismo cuando tu abuelo, tu tía Shirley y yo nos mudamos a Royal Woods.
-¿Tú, mudarte? -pensó Lincoln en voz alta- No te creo.
-Era por mi último año de preparatoria -narra Rita-. Los amigos que dejé en Detroit no dejaron de reprocharme por qué rayos lo hice. Al final, solo me reencontré con Marianne y fue mi dama de honor. Del resto… -suspira con pesadez-… apenas y tuve noticias, pero dejaron de hablarme más o menos cuando nació Luan.
-Suena a que no eran tan amigos al final.
-A todos nos pasa con alguien siempre -razonó Rita-. Lo mismo que a tus hermanas llegó a pasarles me pasó y te está pasando, pero no por eso tienes que rendirte. ¡Ya encontrarás a alguien más!
-Nadie como Stella, mamá -dijo Lincoln, asumiendo la idea.
-¿Y por qué tienes los labios pintados de negro? -cuestionó Rita, recibiendo un encogimiento de hombros por respuesta.
Sin más qué hacer en aquella ciudad, ambos, madre e hijo, se encaminaron al hotel.
.
Una vez que la batería de su teléfono murió, lo puso a cargar. No escuchó todo lo que Lincoln le dijo al tener puestos sus audífonos, creyendo que debía ser todo un patético intento por agradarle de nuevo.
"De todas las personas que me arruinaron la vida -pensó con amargura-, precisamente él tenía que venir. ¿Qué demonios hice para merecer esto?"
Si arrojó una bota a la puerta, fue porque sintió la necesidad de hacerlo. Desconocía si se había ido o no, cosa que jamás pudo confirmar después de, esperó, haberle dado aunque sea un poco de lo que se tuvo merecido.
No fue sino hasta la mañana siguiente que se dignó a levantarse de la cama. Ya estaba dormida para cuando sus padres la buscaron para cenar, por lo que, estando ausentes ambos, dejaron que el plato de la víspera pasara de ser cena a desayuno.
Contempló el -juzgó- patético intento de estos por animarla la noche anterior. Una hamburguesa doble con piña y queso doble, papas fritas en espiral y salseros con catsup, mostaza dulce y pepinillos agridulces, todo ello frío, fueron a parar al refrigerador antes de tomar un tazón, algo de leche y hojuelas de maíz.
Una vez arriba, y degustando ese insípido cereal sin cubierta alguna ni otra compañía que no fuera leche descremada en el camino, abrió su puerta y resbaló.
-¡Maldita seas, Judy! ¿Cuándo dejarás de tirar mis cosas? -retó Stella, un poco gimoteante.
Buscando la causa de su resbalón, encontró una hoja doblada en tres, estando sellada con una marca de labios de color negro.
Maldiciendo para sí, empezó a leer en voz baja.
Los chicos y tú siempre tuvieron razón.
Esto, para mi, se trató siempre de ti. Habría hecho lo posible por buscarlos en Acción de Gracias, pero ese día fue para la familia de sangre. No tuve ni el tiempo ni la suerte para buscarlos, porque en Canadá no debí haber faltado ese fin de semana.
Después de todo este tiempo, no valió la pena venir. Me dejaste claro que no merezco tu amistad.
No tenía firma. Tan solo una dirección en Royal Woods y un número por si quería hablar con él… lo que jamás va a pasar.
Sintiendo un enorme peso en sus hombros, Stella se dio cuenta de lo que echó a perder la tarde anterior, cayendo en la cuenta de que no volverá a ver a Lincoln… no al menos abiertamente.
Por primera vez en mucho tiempo, se permite sonreír, como una estrella que quiebra la negrura de la noche.
~o~
Junio 5 de 2021
*Aparece un chico rubio de ascendencia europea con una copa servida con daikiri de fresa en las manos, vestido de traje negro, camisa azul y con un pendiente de pica de la baraja francesa... había presupuesto para Liam Hemsworth paea su voz, pero solo porque Latinoamérica solo nos alcanzó para Óscar Flores en México y Héctor Indriago para el resto de hispanohablantes*
Buen día, damen und herren, déjenme presentarme. Los que leyeran el fiasco que fue Deportación, ya me conocen y, sobre todo, conocen a mi "encantadora tía" Tilda, ¡que el infierno se la trague! Los que no, mi nombre es Julian Schiller. Trabajador social, psicólogo y terapeuta. Mis credenciales me fueron dadas por la universidad Laval de Québec y homologadas en Yale.
Iré al grano. Mi... er... padre putativo... está muy ocupado con asuntos del todo intrascendentes...
*Aparece el autor en estado eufórico coreando "¡azul!" alternando con tres toques de corneta*
... En fin. ¿Qué le puedo decir, además de agradecer a su nombre la ayuda prestada de nuevo por Reila Vann? Sin ella, el arco de la joven Zhau sería una basura.
Según lo que me dejó para comentarles como siempre hace... meh. Es aburrido, pero conviene recordarlo. La industria turística, al día de hoy, ha recibido daños incalculables de ese Stück Scheiße virus. Con las restricciones de viaje, sean cuarentenas, filtros y cierres portuarios, los pocos puntos que recibían y al día de hoy reciben viajeros, lo hacen prácticamente a cuentagotas. Solo trabajadores y viajes esenciales, y debo decir que fue estresante. Por suerte, se desarrolla lo que llaman "turismo de salud" con tal de vacunarse. Algo nada ético, debo decir, mas ¿qué digo? Hago trampa en los naipes. Ergo, sería hipócrita decir que no lo hagan si pueden. Porque en serio, ¿a quién le gusta que lo salten en la fila?
Herr J0nas Nagera, es mi deber informarle que no de nada por descartado con la señorita Nordberg. Debo reconocer que tiene carácter, pero dadas las condiciones en que su madre y los Loud quedaron en todos los niveles, cabe esperar lo peor. Sobre el chico McBride y la señorita Sammet, no dejó nada por decir, aunque debo anticiparle algo. Hoy, ya vimos cómo evolucionaron las cosas con esa chica. Los cambios de la pubertad y las condiciones en que esta se dio no obraron sino para crear una persona más bien huraña. Poco dada a querer tratar a las personas, y debemos agradecer que lo más probable es que no la volvamos a ver. Ya dependerá del autor.
Debo dejarles con una clara advertencia que doy en mi consultorio. El pequeño bastardo sigue ahí aunque termine todo lo que los chinos pudieron o no haber iniciado. Me despido a nombre de Sam the Stormbringer, y tengan un buen día.
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*De regreso al domingo anterior por la noche, Sam sale con una vieja camisa de Cruz Azul a su patio y mienta madres*
¡Chingaste a tu madre, Santos! ¡Este año SÍ FUE EL BUENO!
