Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de Brigid the Fae y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.

Capítulo 3

No me puedo creer que vaya a decir esto, pero la miko tenía razón, hanyou.

—Cállate, youkai —gruñó Inuyasha lanzando otro árbol cortado al montón. Tenía más que suficiente para cortar en tablones, pero la irritación por su anterior charla con Kikyo hizo que arrancase algunos árboles más cuando se marchó. No tenía derecho a irritarse, lo sabía. Pero ¡ella tampoco lo entendía! Se suponía que los youkai en general eran más viriles y, como él era un hanyou, eso no debería haber sido algo por lo que hubiera tenido que preocuparse tanto. De hecho, las cosas habían estado yendo bien entre ellos hasta hacía un mes. Hasta hacía un mes, se le había asegurado que la medicina que Kagome había estado tomando era suficiente. Y entonces… había recibido un visitante indeseado en forma de pulga.

Myoga había decidido aparecer una vez más por la aldea, dado que la batalla había terminado y ya no había amenaza. Probar una vez la sangre de Inuyasha fue suficiente para saber que Kagome y él se habían marcado y la pulga se había puesto naturalmente eufórica.

¡Ha ocurrido! ¡Ya veo que se ha unido a la señorita Kagome! ¡Son noticias maravillosas, mi señor! —La pulga había hecho una pausa antes de preguntar—: ¿Puedo preguntar cuándo nos honrarán con hijos?

¿De qué diablos hablas? —Había fruncido el ceño, pellizcando a la pulga entre sus dedos—. Kagome no se va a quedar embarazada en un futuro próximo, Myoga. Tiene hierbas para prevenir eso…

Myoga pareció preocupado.

¿Está seguro, amo? ¿Cómo puede estar seguro de que estas hierbas vayan a evitar que tenga a sus hijos?

Están hechas especialmente para esto. —Entrecerró los ojos—. ¿Hay algo que no me estés contando?

Solo que, como hijo del gran daiyoukai, usted sigue siendo un youkai poderoso, incluso como hanyou.

Mientras Myoga divagaba sobre que Inuyasha portaba más que solo el linaje de su padre, el hanyou deseó haberse golpeado el cuello con un poco más de fuerza. El monólogo se había adentrado en territorio que podría haberse pasado la vida sin conocer sobre varias hazañas sexuales de los inuyoukai y, lo que era más importante, todo lo que tuviera que ver con su viejo y su madre… simplemente no.

Pensó que atravesar el pozo ayudaría. Tal vez tener el punto de vista de otras personas en la época en la que se crearon estas hierbas. Naturalmente escogió el momento en el que Kagome estaba en el instituto. Había buscado primero a mamá, pero solo encontró al abuelo el único día en que reunió el valor para hablar sobre este asunto. Había sido más que incómodo preguntarle al anciano lo que sabía sobre la medicina que se tomaba su nieta sin decir directamente que estaban follando como conejos en celo. O que lo habían estado haciendo. La charla con Myoga lo había vuelto cauto.

Escuchó al anciano explicar que, mientras que los anticonceptivos tenían sus fortalezas, nada podía prevenir mejor un embarazo no planeado que la abstinencia. Al menos había tenido la decencia de no dirigirle al hanyou una mirada de desaprobación mientras hablaba. Si lo sabía, no soltó prenda.

Con eso, había dejado de iniciar cualquier contacto íntimo con Kagome. Si la excitaba aunque solo fuera un poco, su aroma lo volvería loco. Por mucho que fuera una mierda (y le pusiera los huevos azules) se resistía. Cualquier cosa que pudiera haber hecho en el pasado que pudiera haber conducido a que se desnudaran y jadearan, la había detenido. Por supuesto, esto significaba que Kagome lo había descubierto y había entendido que se estaba haciendo el difícil.

No podía estar más lejos de la verdad. Duro, sí. Joder… se habría ofrecido desnudo en bandeja si supiera que no se quedaría encinta antes de que estuvieran listos.

Kikyo no sabía cuánto lo reconcomía rechazar a Kagome a cada ocasión en que ella intentaba iniciar algo. Tenía que mantener su palabra. No iba a quedarse embarazada antes porque él no tuviera autocontrol. Pero saber cuánto estaba sufriendo ella lo destrozaba. Incluso sin su unión podía oler su decepción, pero ¿que pensase que no era deseable? ¿Que había hecho algo para hacer que la evitara?

Inuyasha soltó un gruñido y partió el tronco que tenía en las manos por la mitad. ¡Estaba en la mierda en cualquier caso!

Podrías simplemente decirle la verdad —señaló su lado humano.

De nuevo, no me puedo creer que vaya a decir esto… otra vez, pero estoy de acuerdo con el humano.

—¡Queréis callaros de una vez! ¡No le voy a decir nada a Kagome…! —Inuyasha soltó el tronco partido, agarrándose la cabeza. ¿De dónde había venido esa ola de mareo? Sacudió la cabeza, esperando despejarla y extendió la mano hacia el siguiente tronco—. Pronto terminará los estudios y entonces dará igual.

Hubo silencio y por una vez pensó que les había abierto los ojos a sus dos lados. Inuyasha partió el tronco y lo tiró en el montón, yendo a por el siguiente. Su mano vaciló al agarrar el siguiente tronco y volvió a sacudir la cabeza. ¿Qué diablos le pasaba hoy? ¿Que Kikyo le regañase lo había vuelto estúpido de algún modo? ¿O le pasaba algo a Kagome? Aparte de estar enfadada con él, no había notado nada más que estuviera mal en su enlace. Intentó quitarle importancia y concentrarse. Tenía trabajo que hacer e iba a aprovechar el silencio.

Una pena que fuera un corto alivio temporal.

Kagome tiene que saberlo…

Nuestra compañera se merece saberlo…

Si no dejas de evitarla, ¿qué va a pensar?

Sé perfectamente lo que pensará. Pensará que hemos tomado una decisión de la que nos arrepentimos y eso… no… es… verdad…

Sabemos que tenemos razón, hanyou…

Y no vamos a soportar esto…

Inuyasha chilló cuando un dolor agudo resonó en su cabeza. Parecía como si lo hubieran empalado con una espada. Por instinto, se llevó la mano detrás de la cabeza para buscar cualquier cosa que pudiera haberlo causado, solo para acabar con las manos vacías. Tenía que haber venido de dentro, al igual que el mareo que volvía a recorrerlo. Se le nubló la vista y la sensación de la bilis subiendo por su garganta hizo que cayera de rodillas. No podía ver, no soportaba pensar y ahora tenía ganas de vomitar… ¿el qué, exactamente? No había comido desde la noche anterior. El martilleo estaba empeorando y podía jurar que oía el latido de su corazón en sus oídos claro como el agua.

¿Qué pasa?, pensó débilmente. Le tembló el cuerpo mientras intentaba ponerse de pie, solo para colapsar en la suave hierba junto al hogar que había estado construyendo. K… Kagome… Tenía que ir a buscarla. Disculparse. Compensárselo. Su testarudez estaba incluso empezando a considerar decirle la verdad, porque algo iba mal.

Tenía que levantarse.

Tenía que llegar al pozo.

Su mundo se volvió negro cuando lo que le quedaba de fuerza salió de su cuerpo, cayendo de frente contra la hierba.


Kikyo agarró el asa de la cesta con más fuerza de la necesaria mientras caminaba fuera de la aldea. El hanyou no había regresado para comer con el grupo y sabía perfectamente que no estaba quinientos años en el futuro. Se estaba esforzando por evitar a Kagome si podía y ahora que sabía por qué, estaba indecisa sobre cuán enfadada debía estar con él. Inuyasha tenía miedo. Tenía todas las razones para tenerlo, porque no sabía mucho de lo que deberían haberle enseñado de pequeño. Sin embargo, había consolado a Kagome en aquella caminata de regreso al pozo, escuchando a la chica disculparse por llorar en su hombro y preguntando por qué Inuyasha no la deseaba. La derrota en su voz… había enfurecido a Kikyo, porque no era alguien que se rindiese fácilmente.

Sí, seguía muy enfadada con Inuyasha. Incluso con su excusa, la ira se estaba tragando la simpatía a cada paso que daba hacia la cabaña en construcción. Su instinto empezó a advertirle de que las cosas no estaban como las había dejado horas antes. Se le erizó el vello de sus brazos a medida que se acercaba al claro.

Algo no iba bien. Había demasiado silencio.

Debería haber oído gruñidos y juramentos, al menos el sonido de la construcción en proceso. El silencio era más que preocupante.

—¿Inuyasha? —llamó, solo para no recibir nada en respuesta.

Apretó la mano alrededor del asa mientras aceleraba el paso. Kikyo volvió a llamar, intentando no adelantarse a los acontecimientos. Él estaba bien. Tenía que estarlo. Solo estaba ignorando sus llamadas porque seguía irritado con ella. Si hubiera pasado algo, estaba segura de que Kagome habría vuelto a través del pozo. Pero a medida que se acercaba, más pánico empezaba a nublarle el juicio y a apoderarse de sus pensamientos.

Cuando volvió a llamar su nombre, fue casi un grito.

—¡Inuyasha!

Al fin, al fin, oyó su voz y por el tono distante sonaba como si estuviera al otro lado de la cabaña.

—¿Por qué diablos gritas?

Kikyo apretó los labios. ¿Cómo era el truco que le había enseñado Kagome? ¿Respirar hondo y contar hasta diez? A cada paso que daba a través del claro, perdía la habilidad de pasar del cuatro. Los pasos lentos se convirtieron en zancadas y estaba a punto de darle su merecido por haberla asustado de esa forma.

—¿Yo? —casi gritó a medida que se acercaba a la cabaña—. ¡¿Tienes el valor de hablarme así por estar preocupada?! ¡Eres inconcebible, Inuyasha! Te juro que cuando te agarre te…

En cuanto Kikyo dio la vuelta a la esquina de la cabaña, gritó, para desagrado de los oídos del hanyou. Y de los del… youkai. El humano no se inmutó, pero tampoco debía de haber apreciado el sonido agudo.

—¡¿QUÉ TE HA PASADO?!

—Puedo explicarlo —empezó el hanyou.

—¡¿POR QUÉ ESTÁS DESNUDO?!

El humano a la izquierda de Inuyasha se incorporó e intentó taparse.

—Sí, en cuanto a eso…

Kikyo acalló al trío que tenía delante. Notaba la cara como si le ardiera de lo sonrojada que estaba. Giró sobre sus talones y empezó a abrir la cesta en sus manos temblorosas.

—¿Por qué no me cuentas qué haces dividido… otra vez? ¿Esto es lo que pasó aquella vez? —Dejó la cesta en el suelo en cuanto consiguió lo que estaba buscando—. Ten… dejaste esto en la cabaña de Sango y Miroku en algún momento. —Apenas giró la cabeza ante el movimiento a su derecha para ver la forma youkai de Inuyasha de pie delante de ella, desnudo como había venido al mundo y sin molestarse en cubrirse.

Puede que hubiera bajado los ojos.

Dos veces.

Vio lo suficiente para preguntarse cómo hacía Kagome para caminar, y entendía por qué le decepcionaba que ni siquiera la besara últimamente.

El Inuyasha youkai cogió el montón de ropa de la sonrojada mujer y le tiró todo menos los calzoncillos al humano que estaba sentado en el suelo. No tenía ningún problema con ir sin ellos, pero se los puso por reacio respeto a la tranquilidad mental de la mujer. Nunca entenderé por qué el hanyou pensaba que sentía algo por esta mujer. Es demasiado… puritana. No hay chispa como con nuestra compañera.

El Inuyasha humano se apresuró más a vestirse que el youkai. Incluso ahora tenían momentos incómodos entre ellos. La verdad era que no quería añadir que ella se lo quedara mirando mientras estaba desnudo como otro más. Por no mencionar cuando Kagome descubriera que había visto… mierda. Maldijo por lo bajo y se subió los vaqueros hasta las caderas. Kagome iba a matarlo. Matarlos. Algo así. Iba a estar cabreada… de eso estaba seguro.

—Esto podría haberse evitado si nos hubieras hecho caso desde el principio —le gruñó al hanyou mientras se subía (con cuidado) la cremallera.

—¡¿Tengo que haceros caso a vosotros?! —resopló Inuyasha, poniéndose en pie sobre piernas temblorosas—. ¿Un lado humano que suelta nuestros pensamientos más íntimos y un lado youkai cuyo proceso mental pasa de pelear a follar? Y una mierda… ¡me va perfectamente así!

Kikyo se acercó al hanyou y lo agarró del brazo para sostenerlo cuando empezó a tambalearse.

—Claramente no es así. —Lo destruyó con una mirada antes de que pudiera protestar—. Tienes que arreglar esto.

—Sí, no me digas —gruñó el Inuyasha youkai.

—¡He dicho shhh! —dijo entre dientes sin mirar al youkai. Si lo hubiera hecho, habría visto que su expresión mostraba todo tipo de sentimientos de excesiva ofensa ante su comentario—. Fuera lo que fuera que provocase… esto otra vez… tienes que encontrar la solución. Tienes que hablar con Kagome y contarle la verdad. Te juro, Inuyasha, que te tiraré yo misma al pozo si me lo discutes.

—Teniendo en cuenta que nos clavaste al Goshinboku, me lo creo —comentó el humano.

El Inuyasha youkai gruñó, todavía disgustado por verse silenciado por una miko y estiró sus extremidades.

—No me lo tienes que decir dos veces, Kikyo. —Sonrió.

—No me gusta esa expresión. —Inuyasha frunció el ceño. La había visto demasiadas veces antes cuando se habían dividido por primera vez. Sabía que aquel imbécil estaba tramando algo. Siempre tramaba algo.

—Bien. Tú puedes quedarte aquí rascándotela con los humanos. Yo tengo trabajo que hacer.

El hanyou debería haberlo sabido. Debería haber anticipado que, en realidad, cuando su lado youkai se marchó corriendo en dirección al pozo, su grito de «¡Vuelve aquí, gilipollas!» iba a caer en saco roto.

El orejas peludas tenía oído selectivo.

—¡Kagome me necesita! —fue la alegre respuesta mientras desaparecía entre los árboles.

El Inuyasha humano se giró para mirar al hanyou.

—Eso no ha hecho ningún bien…

—Sí, sí… lo sé —gruñó Inuyasha, pasándose una mano por la cara. Mierda, no había tenido intención de ir al futuro en un tiempo, pero ahora…—. Kikyo, ¿estarás bien volviendo a la aldea tú sola?

—Claro —contestó, frunciendo el ceño ante la pregunta—. No soy una inválida. ¿No vas a comer la comida que hizo Kaede?

—No puedo. Tengo que detener al youkai. Sea lo que sea que está tramando, no puedo dejar que se vaya de la lengua con Kagome antes de que pueda explicarlo.

Kikyo asintió, encorvándose para recoger la cesta. La comida no se iba a echar a perder, pero aun así le irritaba haberla llevado hasta allí para nada. Estaba segura de que el kitsune estaría más que contento de ventilársela. Un repentino chillido hizo que levantara la mirada para ver al Inuyasha humano siendo lanzado sobre el hombro del hanyou.

—¡Eh! ¡Eh! ¡No tengo calzoncillos, recuerdas!

—No es problema mío.

—Será mejor que lo conviertas en tu problema, porque es lo único que lleva puesto el youkai.

—… Mierda.

Antes de que Kikyo pudiera preguntarle a Inuyasha qué debía decirle a los demás, había desaparecido. Al Inuyasha humano se le podía oír incluso después de que desaparecieran, gritando porque lo llevaran de un lado a otro como un saco de arroz sobre un carro tirado por una mula que bajaba por un camino lleno de baches. Ella negó con la cabeza y suspiró, dándose la vuelta para empezar a bajar por el camino hacia la calle principal de la aldea.

Se estaba convirtiendo en un día tremendo.


—Voy a hacer los deberes —dijo Kagome al llegar a lo alto de las escaleras. El tónico que le había mezclado Kikyo en la aldea había aliviado su dolor de cabeza, pero todavía tenía una sensación de vacío porque Inuyasha la rechazase. Aunque no la había rechazado abiertamente, ¿no? No, no lo había hecho. Incluso Kikyo le aseguraba que ese no era el caso. Se sentía culpable por haber llorado en el hombro de la mujer de camino al pozo. Kikyo había soportado duros tratos y apenas lo mostraba. Que sollozase porque el otro integrante de la fallida relación de la miko no le estaba dando afecto a su mujer le parecía muy… despreciable.

Suspiró mientras cerraba la puerta, pasándole el cerrojo por si acaso. Souta no estaba en casa, pero estaba claro como el agua que iba a irrumpir en su habitación con preguntas inútiles si no lo hacía. La pila de trabajo sobre su escritorio no parecía en absoluto atrayente, incluso si iba a darle más tiempo libre si se ocupaba de ella en ese momento.

Por supuesto que no —intervinieron sus pensamientos—. Quieres algo duro, sí… y no te valen las matemáticas.

Kagome gruñó. Por supuesto que el lado cachondo de su mente iba a intervenir. Esperaba que la lógica la convenciera de ponerse con sus deberes, pero en cambio obtenía… No va a pasar, Melocotón. No tenía ni idea de por qué había nombrado Melocotón a su libido. Inuyasha se ha encargado de ello.

Si Melocotón tuviera forma, se habría encogido de hombros.

¿Y? Eres una niña mayor. Ya sabes cómo atenderte.

¿Estás sugiriendo…?

¡Claro que sí! —dijo Melocotón con orgullo—. Conoces tu cuerpo mejor que cualquier otra persona. Sabes cómo hacer ronronear a esa gatita…

Kagome soltó un chillido mientras sentía su rostro arder. No podía negar que se había consentido en más de una ocasión, pero escuchar que sus pensamientos lo expresasen así… ¡sonaba como si fuera insaciable! Bueno… tal vez últimamente no iba muy desencaminada.

Sabes que quieres —incitó Melocotón—. Regálate un buen o…

Tal vez si estuviera sola en casa. Eliminó esa idea rápidamente. Aunque… tal vez no estaría mal liberarme un poco. Esa cama grande parecía intrigante y Dios sabía que tenía suficientes recuerdos en ella para llenar su inspiración. Kagome se detuvo al lado de su cama y se mordió el labio en contemplación. No… No puedo hacerlo. Inuyasha olerá si yo…

¡Y debería! —dijo Melocotón con firmeza—. ¡Tiene que saber que te ha dejado con las ganas! ¡Deja que huela que tú tomaste las riendas!

Pero ¿qué va a decir?

¡No puede decir nada! ¡No puede negarte y esperar que sigas como si nada! Al menos no estás mirando hacia otro lado para correrte. Es por tu propia mano que, tengo que recordarte, ya la tenías antes que su pene. —La voz de Melocotón pareció desinflarse mientras asimilaba eso—. Es decir, sí… no se compara con ese buen estiramiento… o con lo bien que te llena con cada embestida… pero ¡es rascar esa picazón de excitación!


El Inuyasha youkai observó con fascinación mientras Kagome paseaba por su habitación, mascullando para sus adentros. Había entrado por la ventana y había encontrado la habitación vacía. Luego la había oído anunciar en el pasillo que se iba a su habitación a trabajar. Al entrar en pánico, se había metido en el armario justo antes de que girase el pomo. No podía arriesgarse a que le hiciera preguntas todavía, pero luego se dio cuenta de que había pasado el cerrojo de la puerta y de que estaba atrapado en el armario. Había estado a segundos de buscar unos pantalones (ella había creado toda una sección para su ropa moderna) cuando oyó un suave suspiro. El youkai abrió la puerta un mínimo, con una sonrisa extendiéndose en su rostro.

Oh, esto sí que era interesante.

Kagome estaba acostada contra las almohadas con unos pantalones atractivamente cortos y una camiseta. Su sujetador estaba en el suelo, desechado, dándole a una mano la habilidad de bajarle el tirante del hombro para ahuecar su pecho sin restricciones. La otra mano…

Su pene se tensó contra la apretada tela de sus calzoncillos mientras observaba a la otra mano moviéndose bajo la cinturilla de esos pantalones cortos. No necesitaba ver que ya estaba mojada. El aroma picante de Kagome penetraba el aire, por no mencionar la ola de excitación que sintió en su unión. El Inuyasha youkai se mordió el labio para no verse tentado a gemir ante ese panorama.

Ella no podía saber que estaba allí. No… todavía no, en cualquier caso. Por ahora quería saber hasta dónde iba a llegar, lo que iba a hacer, dejando que su mano acariciase lentamente su longitud mientras observaba.

Su compañera estaba necesitada y observarla tocándose le hacía querer darle una patada en el culo al hanyou. Una cosa sería que ella lo hiciera para tentarlo (y vaya si lo hacía), pero esto no era tentación. Era desesperación. El hanyou había estado descuidándola y era obvio que había llegado a un momento crítico. La vio retorcerse bajo sus propias caricias (joder si era excitante), pero también le hacía querer ayudar. Darle más satisfacción de la que podían proporcionarle sus dedos. Al menos responder a su llamada.

Giró lentamente el pomo de la puerta del armario y salió, cerrándola lo más silenciosamente posible. Su compañera todavía no se había dado cuenta de que se aproximaba a la cama, tenía la cabeza contra las almohadas mientras la mano de sus pantalones se movía con más rapidez.

—Inuyasha… —gimió, con los ojos cerrados con fuerza.

—¿Sí, Kagome? —intentó mantener la voz normal, pero ahora que estaba justo a su lado, joder, su aroma chocó contra él como un golpe de reiki. En su lugar, le salió ronca, y si ella no se daba cuenta de que estaba excitado solo por su voz, su mirada posada en el gran bulto ciertamente lo hacía. No pareció sorprendida de ver las marcas o los ojos rojos que la observaban mientras se tocaba.

Kagome negó con la cabeza y frunció el ceño.

—Genial. Incluso mis fantasías se están haciendo realidad. Debo de estar muy excitada si estoy viendo a Inuyasha ahí de pie mirándome.

—¿Crees que esto es un sueño? —Se arrodilló y colocó los brazos en el borde de la cama, con cuidado de no tocarla. Todavía no. Estaba empezando a convertirse en su mantra. El aroma de sus fluidos cubriendo su mano y sus pantalones cortos lo estaba mareando y sabía que si miraba hacia abajo vería lo húmeda que estaba la tela negra. Era todo lo que podía hacer para no inhalar visiblemente su aroma, pero no pudo evitar oler discretamente.

Así fue cómo descubrió las lágrimas antes de que cayeran.

—¡Por supuesto que es un sueño! —resolló, una lágrima bajó por su mejilla—. ¡Inuyasha no está aquí! ¡Está en la época feudal trabajando en una casa que ni siquiera me deja ver! Mi propio marido no quiere tocarme…

Le tembló el labio interior y fue la gota que colmó el vaso. El Inuyasha youkai se movió para colocarse en el borde de la cama, poniendo los brazos a cada lado de Kagome mientras se inclinaba para quitarle las lágrimas con besos.

—Confía en mí, compañera —susurró—. Esto es de todo menos un sueño. Estoy aquí mismo y, créeme, fui un tonto por rechazarte. Nunca tuve intención de hacerte daño, Kagome.

La sensación de sus labios contra sus mejillas y por su nariz… que parecía real. Kagome parpadeó para quitarse lo que quedaba de lágrimas y levantó la mirada hacia el preocupado hanyou que estaba encima de ella. Había dejado salir a su lado youkai por alguna razón, pero en ese momento no se molestó en cuestionarlo. Inuyasha estaba allí, con ella, y se estaba disculpando. Eso era lo único que quería.

Que se inclinara para besarla en los labios era aún mejor. Después de lo que parecía una eternidad sin ni siquiera un beso suyo, la suave presión la hizo estirarse para tirar de él y profundizar el beso. Quería más que solo un ligero roce de sus labios y él estaba más que feliz de obedecer. La forma en la que su lengua atravesó sus labios solo sirvió como un recordatorio de que se había perdido mucho más. Kagome se apartó y miró a Inuyasha a los ojos.

—Si vas a parar, tienes que decírmelo ahora —susurró, temiendo que si hablaba más alto rompería la ilusión.

Menuda mala suerte tendría.

El Inuyasha youkai no debería haberse sentido herido porque dijese eso. Después de todo, el hanyou le había dado razones para dudar de que le fuera a dar lo que necesitaba. Necesitaba certeza ahora más que nada que él pudiera hacer con sus caderas y planeaba hacer eso completamente en cuanto le hiciera entender su mensaje. Bajó la mano, le agarró la que había estado en sus pantalones y se la llevó a los labios.

—¿Cómo podría parar cuando me has dado un aperitivo así? —ronroneó, sonriendo por cómo le ardió la cara.

No se habría sonrojado si no se hubiera dado cuenta de que la había visto masturbándose y él se regocijó lamiéndole la mano hasta dejarla limpia mientras ella lo miraba. Por si acaso, gimió mientras saboreaba su sabor, chupando cada dedo que había estado dentro de ella un rato más del necesario.

Kagome quería estar molesta porque hubiera entrado en su habitación mientras se tocaba. Quería gritarle por dejarla durante semanas con las ganas. Quería… quería que embistiera contra ella hasta que sus piernas se convirtieran en gelatina. Con la forma en la que la estaba mirando mientras le lamía la mano, tenía plena intención de hacerle eso mismo. En cuanto recuperó su mano, la bajó y se sacó la camiseta, tirándola al suelo. Sus manos bajaron a la cinturilla de sus pantalones cortos antes de que él pudiera hacerlo, porque aunque a ella no le importaría que destrozara un par viejo, estos eran nuevos. Se bajó los pantalones y las braguitas hasta la rodilla antes de que él los cogiera y los bajara lo que quedaba de camino.

El Inuyasha youkai no pudo contenerse. Era inapropiado a todos los niveles, pero esta era su compañera. Estaba en su derecho de llevarse el montón de tela a la nariz y olerlo. Tampoco había sido capaz de contener el gruñido bajo de apreciación.

—Has estado pensando en mí. —Sonrió, tirándole la parte de abajo al suelo. Sus orejas captaron el chillido de vergüenza. Era demasiado adorable, pero era su Kagome, y no la querría de otra forma.

Bueno… podía pensar en algunas posiciones, pero aparte de eso…

Los calzoncillos fueron la última prenda en caer al suelo y tuvo que ir con cuidado para no destrozarlos. Todavía no estaba seguro de dónde estaba el resto de la ropa en el armario y el humano estaba en la época feudal con los pantalones. Mierda… era verdad… no tenía tiempo. Sabía que lo seguirían y que si no le daba a Kagome la liberación que necesitaba antes de que intervinieran… Se preguntó si le dejaría llegar al suelo antes de que empezase a utilizar el rosario. Una Kagome cabreada era una cosa. Una Kagome cachonda y reprimida cabreada era cien veces peor.

Quería saborearla, lamer de sus muslos la humedad que había bajado por ellos, pero no había tiempo. El youkai tuvo que conformarse con un buen lametón a través de sus pliegues. Iba a tener que ser suficiente esta vez y, si no le estallaba todo en la cara, tal vez podría compensárselo. Ciertamente ya estaba lo suficientemente mojada para que no fuera a ser un problema.

—Te preguntaría si estás lista para mí, pero eso sería perder el tiempo —bromeó, alineando la punta de su pene con su entrada. El Inuyasha youkai no esperó a que respondiese antes de enterrarse hasta el fondo y soltó un gruñido bajo al sentir su húmedo calor rodeándolo. ¡Joder, echaba de menos esto!

Kagome echó la cabeza hacia atrás ante la sensación familiar de él llenándola. Melocotón tenía razón… ¡nada se comparaba con esto! Cuando sintió sus manos agarrándola por las caderas y levantándole el trasero, lo miró, y la rápida embestida en el nuevo ángulo le hizo estampar una mano contra su boca para ahogar los gemidos. Cielos, había ido profundo con esa. Otra embestida y lo apretó deliberadamente, sacándole un siseo de sus labios.

—¿Compañera? —jadeó cuando lo volvió a hacer.

—No… estoy sola en casa —susurró—. Tenemos que ser… silenciosos. —Cómo, con la forma en la que estaba entrando en ella y frotándose contra su clítoris a cada embestida, no tenía ni idea. Se sorprendería si su madre no los oía en algún momento.

El Inuyasha youkai se detuvo, moviendo las orejas para escuchar con atención en busca de sonidos que se aproximaran. Mierda, no había pensado en que la familia estuviese en casa cuando se enterró hasta los huevos. En realidad, no estaba pensando en nada. Pero… solo oía un par de pies en el piso de abajo. Los de mamá. El anciano debía de estar en otro lado de los terrenos del templo y no había oído a su hermano pequeño ni una vez desde que había entrado en casa. Se movió, sentándose de rodillas y atrayendo a Kagome para que se sentase a horcajadas, todavía enterrado dentro de ella.

—Entonces deberíamos ir rápido —susurró en su oído cuando ella pasó los brazos por sus hombros—. Si lo extendemos, te haré gritar.

Kagome no pudo contener el estremecimiento mientras su aliento le hacía cosquillas en la oreja, ni la forma en la que lo apretó de nuevo mientras su lengua salía para trazar la marca sobre el hombro de ella. Oh, sí… Sí que había echado de menos que la tocara allí también. Tenía aquel efecto encantador de enviar ondas de placer justo hacia su centro.

—Por favor, Inuyasha…

El youkai ajustó su agarre, trayendo cada una de sus piernas para que colgasen contra el doblez de sus brazos antes de agarrarle el trasero con firmeza.

—Agárrate a mí —gruñó antes de volver a embestir contra ella.

—Oh, Dios —gimió, enterrando su cuello en su hombro. Esta no era una nueva posición, pero con la forma en la que la estaba agarrando… no podía moverse. No podía hacer nada más que aguantar y apretarlo mientras él embestía contra ella a una velocidad alarmante. Podía sentir la forma en la que sus garras se enterraban en su piel, incluso con las yemas de sus dedos agarrándola firmemente, casi esperaba ver que le dejaba las marcas.

Las portaría con orgullo, sin importar lo culpable que él fuera a sentirse después.

El Inuyasha youkai podía sentir cómo con cada embestida Kagome se acercaba más al límite. Había echado tanto de menos esto que, tan pronto como viera que el hanyou estaba solo, definitivamente iba a darle una buena paliza. Nunca entendería cómo pensaba que negarle este placer a su compañera era una buena idea. Joder… ¡estaba a punto de explotar! Su resistencia y su virilidad estaban recibiendo un buen golpe debido a su obligada abstinencia, pero teniendo en cuenta la forma en la que Kagome gemía contra él, a ella no le importaba. Necesitaba esto. Bueno… necesitaba mucho más que solo follar, en cualquier caso.

—Kagome —llamó—. Mírame.

A Kagome le costó echarse hacia atrás para mirarlo a los ojos. Estaba tan ida, tan cerca del límite, ¿y él quería que lo mirase? ¿Por qué? Ya casi estaba, ¿y él quería hablar? ¿Ahora?

—¿Inu… yasha?

Apoyó la frente contra la de ella, acariciándole la piel que sabía que había marcado mientras bajaba el ritmo hasta embestidas poco profundas.

—Te amo —murmuró, observándola mientras asimilaba las palabras. A Kagome se le iluminaron los ojos y la sonrisa que le dirigió hizo que se le encogiera el corazón. Dos palabras no deberían tener tanto impacto sobre ella como lo tuvieron en ese momento. Capturó sus labios en un profundo beso mientras volvía a incrementar sus embestidas. Era imposible que fuera a conseguir que se mantuviera callada cuando llegase y, con la forma en la que lo estaba apretando a cada embestida, él tampoco iba a ser capaz de quedarse en silencio.

En algún momento, Kagome tendría que disculparse por las marcas que dejaron sus uñas en los hombros de Inuyasha. Sin embargo, la ola del orgasmo que la golpeó hizo que se olvidase de todo menos de la sensación de estar entre sus brazos. La forma en la que la apretó contra él mientras la llenaba con su liberación. Cómo gruñó contra sus labios mientras sus movimientos se espaciaban antes de quedarse quieto. Le bajó suavemente las piernas para que volviera a rodearlo, pero no la dejó apartarse incluso después de salir de dentro de ella. Por ella, perfecto. No pensaba que pudiera moverse aunque quisiera.

El Inuyasha youkai enterró la nariz en la curva de su cuello e inhaló su aroma, satisfecho de que una vez más su aroma estuviera sobre ella y dentro de ella. Como debe ser, pensó, dejando un suave beso en su hombro. Sentía que todo era como debía ser. Ambos estaban exhaustos, satisfechos y contentos con no moverse en un futuro próximo. Un gruñido bajo escapó de sus labios cuando sintió que los dedos de Kagome subían para rascarle las orejas. ¿Por qué había estado preocupado antes…?

—¡¿Qué coño estás haciendo?!

Oh. Por eso.

El repentino grito hizo que los dos mirasen hacia la ventana. El youkai parecía molesto, pero Kagome estaba alarmada. ¡Esa voz le resultaba muy familiar, pero no tenía sentido! Cómo… pasó la mirada de entre donde estaba sentada en el regazo de Inuyasha y la ventana… por donde Inuyasha estaba entrando de un salto… junto con su forma humana…

—¿Qué coño estás haciendo? —repitió el hanyou con un gruñido aterrador.

Estaba cabreado.


Nota de la traductora: ¡Muchísimas gracias a Ferchis-chan, Sassykag, Rodriguez Fuentes y Paula Valadez por vuestros reviews en el capítulo anterior! Siempre me alegro mucho de recibir estas notificaciones.

Como veis, solo nos queda un capítulo para estar al día con la versión original en inglés. En principio, y salvo que me cambien los planes en el último minuto, debería estar listo para subirse puntualmente el lunes. En caso de que vea que me voy a retrasar, lo anunciaré por Facebook, pero si finalmente hay retraso, intentaré subir el capítulo a lo largo de la semana que viene. No debería tardar más que eso.

¡Espero que me dejéis vuestros comentarios!