Disclaimer: Esta historia y sus personajes no me pertenecen. La historia es de Brigid the Fae y los personajes son de Rumiko Takahashi, yo únicamente traduzco.
Capítulo 6
Kagome se despertó con el sonido de ligeros ronquidos detrás de su cabeza y, por un momento, olvidó todo lo que había ocurrido. Ver la luz asomando a través de sus cortinas en el rostro del Inuyasha humano fue todo el recordatorio que necesitó. Inuyasha no había empezado a compartir su cama de nuevo, como había esperado. No, estaba durmiendo incorporado a los pies de la cama, igual que como había hecho la primera vez que se había dividido.
No era que estuviera enfadada por la división. Bueno, evidentemente había molestia porque Inuyasha estaba siendo un terco, pero la pequeña parte egoísta de ella quería regocijarse con que iba a tenerlo de una forma u otra. Era horrible, porque estaba realmente preocupado por su bienestar. ¿Por qué no podía haber visto ella eso antes?
—No es culpa tuya —la sobresaltó una voz murmurada. Era el Inuyasha humano, que le dirigía una sonrisa torcida—. Buenos días —susurró.
—Buenos días —susurró ella en respuesta, acomodándose en su almohada. Kagome se dio cuenta demasiado tarde de que su expresión debía de haber reflejado sus pensamientos.
El Inuyasha humano se puso un poco más cerca de ella.
—Aun así, nos habríamos dividido —dijo—. No vayas a pensar que es algo que has o que no has hecho.
—Podría haberle dicho que no al Inuyasha youkai. —Sus ojos bajaron a las cuentas que todavía colgaban alrededor de su cuello. Inuyasha seguía siendo Inuyasha, sin importar la forma, y podría haber evitado la pelea que se había apoderado de su habitación—. Inuyasha estaba tan enfadado… si yo no hubiera…
—Si no lo hubieras estado haciendo ya, le habrías permitido lo mismo al youkai.
—Yo…
—Eres nuestra esposa, Kagome. No te obligaríamos, pero las cosas han estado tan tensas… es comprensible… —Tuvo que aclararse la garganta antes de poder continuar. Nunca se dijo qué había estado haciendo Kagome, pero había sido capaz de averiguarlo. Así que, si el youkai se había metido y lo había ofrecido, bueno…—. Mira, si hubiéramos estado en la posición contraria y tú te hubieras dividido…
Kagome vio que sus mejillas rosadas se pusieron más rojas. A Inuyasha se le habían puesto los ojos vidriosos, claramente perdido en cualquiera que fuera la idea que no terminó. No sabía cómo sería posible que ella se dividiese en tres formas, pero solo podía imaginarse la exhaustiva lista de sucias fantasías que se le estaban ocurriendo. Deben de ser absolutamente sucias. Se esforzó al máximo por no reírse.
Él probablemente no sabía que le estaba dando toquecitos en la pierna.
Se mordió el labio, estirándose los pocos centímetros que había entre ellos para pasar los dedos por la piel desnuda de su pecho. El Inuyasha humano estaba perdido en su aturdimiento mientras ella exploraba las pendientes y las dobleces de sus músculos. Incluso rodear su ombligo con su dedo no le había sacado ninguna reacción y sabía que allí tenía un poco de cosquillas. Cuanto más abajo iba, más se acercaba a la tela estirada de sus calzoncillos. Incapaz de contenerse, trazó ligeramente el bulto mientras movía las piernas para rodearlo con ellas. No era como si pudiera irse a ninguna parte, estando entre ella y la pared, pero si iba a distraerse de ella, quería divertirse un poco.
En cuanto su dedo se metió entre los pliegues de los calzoncillos, el Inuyasha humano volvió en sí.
—¿Qué haces? —susurró con pánico, viendo la delicada mano metiendo aquel dedo dentro de la hendidura de la tela y… podía avergonzarse más tarde del sonido que hizo, pero en ese momento estaba dividido entre dejar que Kagome siguiese o agarrarla por la muñeca.
—Te doy los buenos días —respondió con descaro, meneando el dedo hasta que tocó la punta de su pene—. Te fuiste a otra parte y él quería saludar…
El Inuyasha humano tragó saliva cuando su dedo frotó lánguidamente su cabeza. Un dedo. Estaba tan exaltado con sus pensamientos de tres Kagomes pidiendo sus caricias… no estaba seguro de que tuviera suficientes extremidades para darles a todas la atención adecuada a la vez, aquel único dedo iba a hacerle soltar la carga.
—T-Tienes que… p-parar…
—¿Por qué?
—P-Porque… —Era temprano. Estaba duro. No tenía suficientes neuronas funcionando para terminar la frase.
Kagome cerró el espacio y le dio un suave beso en los labios.
—¿Y si quiero, Inuyasha? —Hizo lo que le pidió y sacó el dedo de sus calzoncillos, pero el suspiro que él soltó fue efímero. Apoyó la palma contra su estómago y volvió a empezar a descender—. ¿Y si quiero hacerte sentir bien esta mañana? ¿Me dejarás?
—Yo… —Joder, eso fue un gemido. Si hubiera estado más despierto, habría visto que Kagome le estaba devolviendo sus palabras. La noche anterior había estado molesto por no tener intimidad con ella. Acababa de decirle que, si la situación hubiera sido diferente, si el youkai lo hubiese ofrecido, aun así habría dicho que sí. Bueno, ahora Kagome le estaba ofreciendo ambas cosas y él sabía lo que quería decir—. Solo… si yo también puedo tocarte.
La forma en que se movió para acercarse mientras deslizaba la mano por debajo de la cinturilla de sus calzoncillos, pasando la pierna por encima de su cadera, fue su respuesta. El Inuyasha humano cubrió su boca con la suya, tragándose su gemido mientras su mano se metía rápidamente entre sus piernas, acariciando los pantalones cortos cada vez más húmedos con avaricia. Su mano apretaba y se deslizaba al compás de sus caderas, que corcoveaban. No habría creído que estuviera tan desesperado, pero su cuerpo era un puto mentiroso.
El Inuyasha humano se inclinó hacia Kagome, poniéndola sobre su espalda mientras su mano hurgaba en la cinturilla de sus pantalones cortos. Si hubiera tenido garras, habrían estado en dos piezas y hubiera sido un problema para su yo futuro, pero tal y como estaba, no podía intentar esa clase de maniobra a menos que quisiera aguar la fiesta. Y en cuanto sus dedos se empujaron contra sus húmedos pliegues y empezó a buscar su clítoris, supo jodidamente bien que haría falta la mismísima muerte para conseguir detenerlo.
Kagome no sabía cómo la había puesto sobre su espalda. Se suponía que era ella la que tenía el control. Esto era todo para Inuyasha, pero no pudo pronunciar las palabras. Diablos, era un milagro que no estuviera gimiendo su nombre en voz alta. Cada vez que Kagome sentía que estaba cerca, él la besaba profundamente y la necesidad se veía tragada por el deslizamiento de su lengua contra la de ella. El Inuyasha humano movió la mano, frotando la base contra su clítoris mientras sus dedos se hundían dentro. La mano que rodeaba su pene se movió más rápido, apretando cada vez que se acercaba a la punta.
Si él iba a hacer que se corriera, lo iba a arrastrar con ella.
—K-Kagome… —dijo con una exhalación, apartando los labios de los de ella. El Inuyasha humano presionó la frente contra la de ella, luchando por recuperar el aliento. Kagome no ralentizaba y podía sentir que cada fibra de su ser se tensaba. Se sentía tan bien tenerla bombeándolo así, pero había detenido el movimiento de su mano, sus dedos seguían enterrados en sus húmedas paredes—. Kago… me… —salió casi como un ruego, pero no estaba seguro de si quería que se detuviera o que fuera más rápido.
Su cuerpo tomó la decisión antes de que pudiera hacerlo su boca. Dos movimientos más y sus caderas empezaron a sacudirse erráticamente contra su mano, llenando su palma y el interior de sus calzoncillos con la pegajosa semilla.
Kagome no pudo contener el estremecimiento que sintió cuando él se corrió en su mano, todavía moviéndose contra él mientras resistía las oleadas de placer. Sabía que ella no iba a terminar y, en el momento, no le importó. Ver la forma en que el rostro de Inuyasha se relajaba mientras se desarmaba hacía que valiera la pena perderse un orgasmo de gemidos frenéticos. La forma en la que presionó su rostro contra la curva de su cuello mientras gemía, besando la piel, fue igual de satisfactoria. No era lo que había planeado en lo referente a la intimidad, definitivamente no cómo él lo había dicho la noche anterior, pero era un comienzo.
—¿Habéis terminado?
Ambos humanos en la cama se quedaron paralizados ante el sonido, moviéndose para ver a un hanyou molesto conteniendo un sonrojo mientras fulminaba con la mirada la pared que tenía enfrente.
—Nuestra compañera no ha terminado —dijo el youkai desde detrás de Kagome—. Qué vergüenza, humano. Pensaba que tenías mejor control sobre tus necesidades…
—Vale. ¡Deja tú que Kagome te meta mano a través de tus calzoncillos y veamos el buen control que tienes antes de colapsar!
—No puedo. No llevo nada puesto… —Para probar más lo que decía, el Inuyasha youkai retiró las mantas, descubriendo no solo su desnudez, sino la forma en que la mano del Inuyasha humano estaba todavía enterrada en los pantalones cortos de Kagome junto con el caos que había causado en sí mismo.
A Inuyasha no debería haberle sorprendido nada de lo que vio. Su lado youkai se estiró de nuevo lánguidamente en la cama, dejando que colgase todo. Su lado humano hurgó para sacar la mano mientras Kagome se miraba la suya, salpicada con su semilla. Había decidido que era demasiado temprano para limpiarla de la forma fácil y empezó a gatear hacia el youkai para coger los pañuelos.
—¿Vas puto en serio? —le siseó a su mitad humana al verlo meterse los dos dedos mojados en la boca.
—¿Qué?
Inuyasha gruñó. No podía ganar. El youkai se folla a Kagome el día anterior. Ahora el humano le mete los dedos a primera hora de la mañana. Al menos, de los dos, tenía menos problema con el lado humano porque no había riesgo significativo con su forma de actuar. Pero eso no hacía mejor el despertarse con toda la cama sacudiéndose como si estuviera partiendo nueces.
—Por favor, es demasiado temprano para eso. —Kagome tiró los pañuelos en el cubo de la basura junto a su escritorio.
—Curioso, yo podría decir lo mismo…
Giró sobre sus talones para ver al hanyou sonriéndole. Estaba de broma. Kagome se estaba preparando mentalmente para una pelea, ¡y él estaba bromeando con ella! Ver a Inuyasha sonriendo así de nuevo le había levantado los ánimos probablemente más que si hubiera terminado. Y lo habían despertado…
—Perdona por… —Hizo un gesto hacia la cama, donde el youkai estaba vagueando todavía. Todavía desnudo.
Inuyasha sabía a lo que se refería, pero vio una oportunidad y la aprovechó.
—Sí, lo mismo digo. Por desgracia, él es parte del paquete…
—¡Eh! Tengo tu paquete aquí mismo…
Ver al Inuyasha youkai bajar la mano y mover su pene adelante y atrás no era lo que Kagome necesitaba. Tampoco el hanyou, que cogió los calzoncillos que le pasó Kagome y los lanzó a la cabeza de su lado youkai.
—¡Vístete, porque no vas a bajar desnudo!
Ella negó con la cabeza mientras se escabullía por la puerta, dirigiéndose al cuarto de baño. Al salir al pasillo, ya pudo oler el desayuno haciéndose.
Sango se sorprendió al encontrar a Kikyo en su puerta esa mañana, se sorprendió incluso más al enterarse de que quería conversar con ella. Desde que había recibido su nueva vida, Sango no podía recordar un momento donde la antigua sacerdotisa hubiera querido hablar exclusivamente con ella, siempre era en compañía de Kagome o de Kaede. Al principio, pensó que podría haber sido a causa de sus actos en relación con los fragmentos de la perla, y por cómo le afectaría luego a Kohaku, lo que evitaba que buscara tiempo a solas con ella.
La verdad era que Kikyo era socialmente inepta y ya no sabía cómo comportarse. Y Sango podía empatizar con eso.
—¿Puedo ofrecerte algo de beber? —preguntó, haciéndose a un lado para dejar que Kikyo entrase en la cabaña. La tetera todavía tenía agua caliente, la suficiente para servirles una taza a cada una. Sango vio que la otra mujer acunaba con cuidado la taza en sus manos—. ¿En qué estás pensando?
Era extraño verla con aspecto atribulado cuando la mayor parte del tiempo que se la había encontrado en el pasado había expresiones de indiferencia.
—Me temo que puedo haber hecho algo imperdonable. —Kikyo se llevó la taza a los labios para beber y Sango pudo ver que quería seguir hablando, pero que había vacilación—. Kagome me va a odiar. Ha sido amable y generosa con su amistad y, como una tonta, la di por sentada.
—Pasara lo que pasase, no puedo ver a Kagome estando tan molesta como para no atender a razones —ofreció Sango, rememorando todas las veces que había presenciado las peleas con Inuyasha. No recuperaba la razón siempre inmediatamente después de las peleas, pero entraba en razón…—. ¿Puedes contarme qué…?
—Inuyasha se ha dividido otra vez.
No iba a sacar conclusiones precipitadas, pero teniendo en cuenta quién lo decía, era difícil. Demasiadas ocasiones en las que su mejor amiga había llorado en su hombro debido a su ahora marido y a la mujer que estaba sentada enfrente de ella lo hacían muy difícil. Sango tragó saliva, preparándose mientras preguntaba:
—Cómo… ¿cómo te hace pensar esto que Kagome te va a odiar? —Sí, quería saber por qué Inuyasha se había dividido de nuevo, pero eso podía depender de lo que Kikyo dijese a continuación.
Definitivamente, no era lo que Sango se esperaba.
—A Inuyasha le preocupa que Kagome se quede encinta antes de que termine los estudios, y sus lados youkai y humano…
—¿No opinan igual? —Por la forma en que habían actuado con Kagome meses atrás, Sango no podía imaginarse que fueran a cambiar de opinión, especialmente ahora que ella había unido su alma a la de él. ¿A lo mejor están más seguros de sí mismos? Pero la cuestión más apremiante era cómo estaba conectada Kikyo al evento—. No comprendo por qué Kagome iba a odiarte por esto.
Cuando su tez clara empezó a enrojecer, Sango sintió que se le hundía el estómago. ¿Siente algo por Inuyasha?
—Me recuerdas atravesando la aldea para llevarle la comida. —Era una afirmación y sonaba mucho a coartada, lo que no ayudó a tranquilizar la mente de Sango en lo más mínimo—. A medida que me acercaba a donde estaba trabajando Inuyasha, había algo que no parecía estar bien. No conseguía que me respondiese. Cuando lo encontré… estaba volviendo en sí. Los tres él.
Kikyo agarró la taza entre sus manos con un poco más de fuerza y Sango se preguntó si debía intentar quitársela antes de que la rompiera. No eran tazas caras, pero estaba más preocupada por que Kikyo se cortase si se hacía pedazos bajo la presión.
—A mí eso no me suena mal. Kagome apreciaría que te comportases como una amiga para Inuyasha y que velases por su bienestar.
—¡Los lados humano y youkai estaban desnudos, Sango! Vi al marido de mi amiga en un estado prohibido…
Sango estaba a mitad de un sorbo y supo el momento en que se le cerró la garganta, porque el té empezó a volver a subir y salió por su nariz. Se deshizo en fuertes toses mientras se tapaba la nariz, intentando coger aire. ¡¿Era de eso de lo que iba esto?! ¡¿Kikyo hablaba en serio?! Cuando al fin encontró de nuevo su voz, estaba áspera.
—¿Qu-Qué…?
—¡Las otras formas de Inuyasha estaban desnudas! —repitió Kikyo—. Ya estoy en terreno inestable con Kagome en lo relativo a Inuyasha y, cuando descubra que lo he visto todo de él, se va a poner furiosa!
Una respiración honda, luego otra. Sango dejó su taza a un lado, no fuera a volver a cogerla por fuerza de costumbre.
—Te lo prometo: Kagome no se va a enfadar. Si acaso, apuesto a que se va a reír de ello.
—¿Cómo puedes decir eso?
—Porque yo le di un buen vistazo la primera vez que descubrimos que Inuyasha se había dividido. —Sango se sumergió en cómo se habían esfumado de la cabaña la noche antes para que Inuyasha pudiera hacerle confidencias a Kagome y que, a su regreso al día siguiente, se encontraron a dos Inuyashas desnudos persiguiéndose por la cabaña—. El Inuyasha youkai no es vergonzoso —añadió, sintiendo que sus propias mejillas se calentaban ante el recuerdo.
—No, no lo es. —Kikyo se cubrió la cara con las manos—. ¡Me siento terrible, Sango!
—No has hecho nada malo…
—¡Miré, Sango! ¡Dos veces!
No hizo nada por ayudar a las angustias de la otra mujer, pero lo único que pudo hacer Sango en respuesta fue encogerse de hombros.
—¿Y? Hemos viajado juntos durante años, Kikyo. Ha pasado varias veces que nos hemos visto desnudos los unos a los otros, no a propósito, por supuesto, pero seguimos siendo amigos.
Kikyo bajó la mirada a sus manos.
—No eras anteriormente una pretendienta…
—¿Eh? Kikyo… ¿Inuyasha y tú de verdad…?
—No lo sé —suspiró—. ¿Pensaba que podríamos serlo? Si hubiera usado la perla y él se hubiera podido convertir en humano… ahora veo que ese deseo no habría sido el correcto para destruirla. Inuyasha nunca quiso convertirse en un humano completo, solo fue para tener mi compañía. —Kikyo apartó la mirada y Sango pudo ver que su rostro cambiaba de la melancolía a la amargura durante el más breve instante—. Yo, que mantuve mis comunicaciones con Onigumo en secreto. Él estaba dispuesto a renunciar a sus opciones para hacerme feliz. Para que ninguno de los dos estuviese solo.
—Ahora veo por qué estás tan alterada por que Kagome esté enfadada contigo. —Sango sonrió suavemente—. Inuyasha debe de sentir lo mismo, lo que hizo que se dividiera, ¿ves? Tiene miedo de arrebatarle a Kagome sus opciones. —Se levantó y fue a sentarse al lado de Kikyo—. Voy a decirte lo que le diría a Inuyasha… y que le he dicho en el pasado, en realidad. Ten fe en que funcionará. Kagome es mucho más comprensiva que la mayoría de personas que he conocido a lo largo de mi vida. Si va a enfadarse con alguien, será con Inuyasha por no habérselo contado antes e, incluso entonces, no estará enfadada mucho tiempo.
Fue un momento incómodo el que siguió, cuando Sango se estiró y le dio a Kikyo un abrazo con un solo brazo, pero necesitaba que la otra mujer comprendiese que no era culpa suya. Todo era un extraño conjunto de circunstancias y, tras tres años de cosas estrambóticas, cualquiera pensaría que sería fácil hastiarse de ello.
—Todavía… ya sabes… ¿sientes algo por Inuyasha? —Sango tenía que saberlo, pero se sentía extraño preguntar.
—Como amigo. No… No creo que me haya importado él más que como eso. —Kikyo sonó avergonzada de decirlo en voz alta—. Yo era mayor y, si no hubiera sido sacerdotisa, mi camino habría conducido al matrimonio y a hijos. Creo… que puedo haber estado proyectando lo que pensaba que quería en Inuyasha.
—¿Qué quieres ahora?
Esta vez fue Kikyo la que se encogió de hombros. Sango se levantó, poniéndola de pie mientras hablaba de dar un paseo hasta el arroyo para nadar un poco. El tiempo era soleado y cálido y podría venir bien para «lavar las inseguridades». Kikyo se dejó arrastrar, dispuesta a intentar lo que fuera.
—Esto son sandeces.
—No es verdad… —Kagome se interrumpió antes de repetir al Inuyasha youkai palabra por palabra—. Inuyasha solo me va a acompañar hasta la puerta. No es como si fuera a ir a clase conmigo y, dado que no te quieres poner el pañuelo que te di…
—¿Cómo sabes que no lo tengo puesto ahora mismo?
—No te tapa las orejas…
Inuyasha quiso derribar de un golpe a su yo youkai, pero tuvo que contenerse, ya que iban caminando por la calle. Al menos, él había tenido el sentido común de ponerse la cubierta. Picaba mucho menos que la gorra de béisbol y no le presionaba tanto las orejas. Además de que la tela… podía haber olido a Kagome. Se le ocurrió algo de repente mientras miraba al youkai, a quien no le importaba en lo más mínimo lo que los mirones decían sobre él.
—Encontraré una forma de reemplazar la tela, Kagome.
Ella se dio la vuelta, confundida.
—¿A qué te refieres?
—Si la lleva donde no podemos verla, no sé cuántas veces habrá que lavarla para que sea adecuada de nuevo.
El Inuyasha youkai actuó ofendido ante esa afirmación.
—Que sepas que estoy limpio —señaló—, y si resulta que llevo la tela que nos dio nuestra compañera en otro sitio que no es mi cabeza, se merece saber que ha sido dispuesta cuidadosamente para estar presentable cuando la vuelva a ver.
Kagome se sintió mal por cualquier peatón que resultase presenciar a tres del grupo de cuatro jóvenes adultos con la mirada fija en la zona de la cadera de uno con diversos niveles de decepción, vergüenza e incredulidad. Era un milagro que nadie se parase a preguntar por las orejas o las marcas del Inuyasha youkai, porque ella no habría sido capaz de explicarlo. En lugar de hacer como que estaba parcialmente disfrazado para un evento en su templo, habría entrado en pánico y habría soltado que el pañuelo verde que le había dado para esconder las orejas de «atrezo» estaba actualmente atado alrededor de su pene como un lazo.
El Inuyasha humano suspiró a través de la nariz.
—¿Es por esto por lo que te llevó tanto tiempo bajar las escaleras? Sabes que Kagome no va a volver hasta esta tarde. ¿Vas a ir por ahí con eso puesto todo el día?
—Sí. No. De verdad que no quiero saber la respuesta a eso. —Kagome giró sobre sus talones tan rápido que su falda gris de tablas bailó. Ya iba escasa de tiempo cuando salió de casa porque los tres Inuyashas no la dejaban ir a clase sola. El hanyou quería intentar trabajar un poco, pero los otros dos querían despedirse de ella y él no podía confiar en ellos estando solos en público. Luego estuvo la debacle de taparse las orejas y ahora tenía que ahogar la imagen que el Inuyasha youkai le había metido en la cabeza antes de que empezaran las clases.
Al menos sabía con lo que posiblemente se encontraría al llegar a casa.
—Además, al menos uno de nosotros va de verde —dijo el youkai con un mohín.
—¡No puedo cambiar los colores del instituto!
—No sé, me gusta el azul —comentó el Inuyasha humano, estirándose para cogerle la mano. Kagome le dirigió una sonrisa, pero eso se convirtió en vergüenza cuando continuó—: Los calcetines oscuros hasta la rodilla te enmarcan los muslos mucho mejor que los blancos y tu abrigo solo acentúa tus caderas…
—¡Vale, ya basta! —chilló Kagome—. ¡Ya casi hemos llegado y no necesito que nadie me pregunte por qué estoy tan roja!
—Tío, ya casi es hora de que empiece la clase. —Eri se levantó de su pupitre y empezó a pasearse—. ¿Dónde creéis que está Kagome?
Yuka observó con leve irritación a la otra chica que se paseaba delante de su pupitre. Estaba intentando terminar lo que le quedaba de deberes porque se había quedado dormida temprano la noche anterior. No ayudó que Eri la hubiera llamado queriendo hablar de la serie de médicos que estaban viendo ambas y que quisiera intercambiar teorías sobre si el cirujano jefe había sobrevivido o no al accidente de coche, y si era siquiera un accidente. Al final, había decidido llegar temprano al instituto para terminarlos, demasiado cansada tras escuchar teorías conspiratorias ficticias como para centrarse en ecuaciones químicas.
Y Yuka estaba segura de que era un ataque planeado por parte de la madre del exprometido al que habían dado calabazas, que había dicho que se lo haría pagar por cancelar la boda de su hijo a pesar de haberla sorprendido chupándosela a un tipo aleatorio en su coche aparcado en el supermercado.
Todavía no estaba lo bastante despierta, pero tenía que entregarlos en un par de horas y, si Eri no paraba de pasearse, iba a tirarla por la ventana.
—¿Creéis que se fue a entrenar? —se acercó y susurró Ayumi, consiguiendo eficazmente que Eri parase de moverse. «Entrenar» era la palabra en clave que habían decidido usar para cuando Kagome volvía al pasado. No se alejaba mucho, ya que se habían enterado de que la estaban entrenando como sacerdotisa de una aldea. La excusa no funcionaría con sus profesores, pero entre ellas era mejor que apegarse a la enciclopedia de enfermedades que había acumulado durante los últimos tres años.
Eri negó con la cabeza.
—Lo dudo. Está demasiado centrada en conseguir que sus notas se mantengan donde están, y el examen de este viernes podría hacer que bajasen de nuevo.
Yuka echó la silla hacia atrás, necesitaba levantarse para estirarse. A diferencia de Eri, que quería hacer una muesca en el suelo con la que tropezase, caminó hasta las ventanas para mirar hacia los terrenos del instituto. Los verdes intensos pronto cambiarían a naranjas, rojos y amarillos… lo que sería hermoso por derecho propio, pero había algo agridulce en que se aproximase el otoño. Siempre había disfrutado de los festivales y de las temperaturas más frías, pero cuando llegase el invierno y acabasen las últimas celebraciones, no había nada que esperar con ansias. Tal vez por eso me pongo triste con el cambio de estaciones.
Apoyó los antebrazos en el alféizar y vio a los últimos estudiantes cruzando la puerta abierta. Tenían tiempo, afortunadamente, pero sería poco. No iban a poder merodear por los pasillos con los amigos antes de clase. Yuka parpadeó, inclinándose hacia delante hasta que la punta de su nariz se presionó contra el cristal. Tenía en la punta de la lengua llamar a sus amigas y decirles que Kagome iba a aparecer, pero su voz la abandonó al ver al chico con vaqueros y de largo pelo negro.
Le estaba dando la mano.
Ella lo había besado en la mejilla.
Yuka sintió que se le hundía el estómago. Si hubiera sido otra persona, habría parecido un momento dulce, pero esta era Kagome. Que estaba casada con el hanyou Inuyasha, si le habían informado correctamente. Entonces… ¿por qué estaba besando a este chico desconocido? Inuyasha no parecía el tipo de chico que tendría una relación abierta…
Oh, Kagome, ¿qué has hecho?
