Disclaimer: Todos los personajes de Naruto y Naruto Shippuden pertenecen a Masashi Kishimoto.

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En un mundo donde todos nacen con un alma destinada a acompañarlos por el resto de la vida, todos esperan conocer algún día a su alma gemela.

Almas gemelas hay de muchos tipos, y hay más de una forma de identificarlas, pero existe un par de almas que fueron las primeras en enlazarse al inicio de los tiempos. Aquellas que son dos partes de una misma alma, como las fuerzas del yin y el yang. Las almas del sol y la luna.

Cuenta la leyenda que ambas almas se amaban tanto que renunciaron a su inmortalidad para reencarnar eternamente como humanos con la esperanza de, en cada nueva vida, poder estar juntas.

Pero, ¿es esta historia en verdad tal y como la conocen actualmente? ¿O hay algo más allá de lo que cuentan las leyendas?

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Especial: Inicios (parte 2)

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Le tomó un siglo aproximadamente volver a animarse a escabullirse entre los seres terrestres.

Aquella villa que había observado de lejos hacía tantos años ya no existía como tal, ahora solo quedaban unos pocos de los descendientes de aquellas personas.

Los humanos no vivían mucho tiempo. La mayoría, si tenía suerte, llegaba a vivir unos treinta años. Muchos niños morían sin llegar a madurar debido a enfermedades, y las mujeres muchas veces no sobrevivían su primer parto. En este caso específico, una nueva enfermedad para la cual nadie estaba preparado acabó con la vida de al menos dos tercios de los habitantes del lugar. Los sobrevivientes, a pesar de sufrir su luto, parecían dispuestos a seguir adelante y reconstruir. Tal vez decidieran marcharse y comenzar de nuevo en otro lugar, pero el Sol no podía hacer más que especular. No leía mentes ni nada por el estilo, al fin y al cabo.

Viajó por todos los caminos que encontró, aventurándose por un lugar nuevo cada vez. Se mantuvo a una distancia prudente de los humanos, pero los espiaba de vez en cuando si le ganaba la curiosidad.

Siempre regresaba a su puesto antes del anochecer, con renuencia. El impulso de quedarse y que la Luna volviera a bajar aunque fuera para regañarlo era grande, pero lo venció cada vez. Hasta aquel día. Aquel día no pudo resistirse y esperó el anochecer. Lo que lo tomó por sorpresa fue notar que la Luna ya estaba ahí, esperándolo.

—Harás las cosas difíciles, ¿no es cierto? —le dijo, mirándolo a los ojos con esas piscinas tan oscuras como el cielo nocturno.

—Estabas esperándome. —murmuró el Sol, haciendo caso omiso a sus palabras.

Se miraron en silencio durante unos segundos que parecieron eternos.

—No deberías estar aquí. —la Luna retomó la discusión de aquella vez, su inexpresivo rostro haciendo juego con la monotonía de su voz.

—Tú tampoco.

El pelinegro no le contestó.

Entonces, el Sol se acercó. Estiró su mano y tomó la del contrario esta vez sin que hubiera ningún intento de apartarse por parte del pelinegro. Al tocarlo, sintió como si toda su existencia la hubiera vivido solo esperando por este momento. Fue como si las piezas del rompecabezas encajaran a la perfección, como si este fuera el verdadero motivo por el cual estaba vivo.

Sin pensarlo dos veces, le dio a su mano un apretón y lo jaló consigo, comenzando a guiarlo, caminando en dirección al bosque.

—Ven conmigo, te mostraré todo lo que he visto. —le dijo con una sonrisa, instándolo a seguirlo.

Escuchó un suspiro a sus espaldas y, unos instantes después, la mano que sujetaba devolvió el gesto y le apretó también.

—Tú en verdad… eres un idiota.

Curiosamente, en lugar de sentirse ofendido, sus palabras solo lo hicieron reír.

SNS

Le mostró los árboles del bosque y los lugares donde dormían las diferentes criaturas. Lo guio al mismo arroyo en el cual se había bañado siglos atrás e incluso le enseñó de lejos la aldea humana, iluminada apenas por algunas antorchas además de la poca luz disponible en la noche.

Varias horas después, se encontraban recostados en el pasto de una llanura, contemplando el cielo nocturno desde la perspectiva terrestre.

—La Tierra en verdad es hermosa. —murmuró la Luna, su mirada fija en las estrellas del firmamento.

—Lo es. —confirmó su acompañante, que estaba aproximadamente a medio metro de él.

Estar así le hacía sentirse extrañamente en paz. Tener por primera vez la compañía de alguien más hizo que su corazón se calentara. Deseaba poder seguir así, deseaba que pudieran tener la libertad que tenían los seres humanos para vivir sus vidas, sin importar lo efímeras que fueran.

—Mentí. —dijo entonces la Luna. —En realidad quise hacer lo mismo que tú, quise bajar aunque fuera por unos segundos y ver la Tierra con mis propios ojos.

El hombre a su lado giró el rostro para verlo, topándose con su perfil. Podría quedársele mirando por el resto de la eternidad, sin dudas, y jamás se cansaría. El ligero brillo que lo rodeaba lo hacía lucir etéreo, pero estaba seguro de que incluso sin su apariencia celestial seguiría viéndose igual de hermoso.

Estuvieron en silencio durante unos minutos, hasta que el Sol preguntó:

—Hey, ¿de qué color son mis ojos?

La Luna se volteó a mirarlo con una ceja arqueada.

—No me he visto aún. —sonrió avergonzado, explicándose.

—Dorados. —le respondió entonces con voz plana. —Y tu cabeza está en llamas. —comentó con los ojos en blanco.

El Sol rio con ganas, llevando sus manos detrás de su cabeza para estar más cómodo.

—Sí, una niña humana me dijo lo mismo. Me llamó "señor cabeza de fuego".

— ¿Hablaste con una humana? —preguntó su compañero entre sorprendido y escandalizado, la tensión irradiando de su cuerpo.

Tener contacto con los humanos era peligroso. No eran como el resto de las criaturas, el saber de su existencia podría poner muchas cosas en riesgo. El Sol había sido un estúpido al dejarse ver e interactuar con una humana. Aunque, claro, ya a estas alturas era evidente que no tenía mucho sentido de autoconservación.

—Bueno, no fue exactamente intencional. Ella me encontró. —trató de defenderse. —De todos modos, aún era pequeña y falleció hace mucho tiempo. Si dijo algo probablemente pensaron que tenía mucha imaginación.

—Hn. —murmuró el otro, tranquilizándose con sus palabras.

Hubo otro momento de silencio, ojos dorados observando a su acompañante disimuladamente.

—Hey. —volvió a llamarlo el Sol. — ¿Tienes un nombre?

El hombre de ojos oscuros lo miró como si le hubiera hecho una pregunta muy tonta y ridícula.

—No necesito uno. —respondió con sequedad. Sin embargo, el de cabellos de fuego no se amedrentó.

—Oh, eso pensaba yo, pero ahora que nos conocemos, ¿cómo se supone que voy a llamarte?

—No hará falta, esto no se repetirá.

¿Qué? —exclamó, sentándose de golpe, apoyándose con los brazos mientras le dirigía una mirada llena de desesperación. — ¡No puedo solo regresar y fingir que todo esto jamás pasó!

El otro hombre le dirigió una mirada tranquila, pero seria.

—No tienes que fingir que jamás pasó, solo recordar que no puede volver a ocurrir.

—No puedo hacer eso. —aseguró y su mirada se suavizó. —Y sé que tú tampoco. Lo sientes, ¿no es así? La conexión que siempre ha existido entre nosotros.

Su mano derecha se estiró y tomó la izquierda del contrario, entrelazando sus dedos mientras el pelinegro se sentaba, tenues brillos azulados reflejándose en sus largos cabellos. Inconscientemente, acercó un poco sus rostros, escaneando cada detalle de sus facciones.

—Está prohibido. —insistió la Luna.

— ¿Quién lo dice? ¿Alguna fuerza del más allá? ¿Por qué no podemos decidir qué hacer con nuestras vidas? —no pudo evitar que la voz le fallara, un nudo instalándosele en la garganta. —No quiero tener que renunciar a esto. Saber que estabas ahí aunque no pudiera verte es lo único que me ha motivado a seguir.

—Ya casi es hora de que amanezca. —fue toda la respuesta que obtuvo, como si el pelinegro hubiera decidido deliberadamente ignorar todas sus palabras, también soltándose de su agarre.

El Sol apretó los labios y empuñó las manos, las cuales le temblaron ligeramente por la fuerza que ejercía. Observó el perfil de la Luna, quien había girado el rostro para evitar mirarlo.

Quiso rebatirlo, quiso hablar y tratar de convencerlo de lo contrario, de que ambos tenían el derecho de ser libres a pesar de la tarea que se les había encomendado. Porque tenían ese derecho, ¿cierto? Obligarlos a pasar el resto de su existencia en soledad era simplemente demasiado cruel, ¿no es así?

Se irguió del suelo al igual que su acompañante y tercamente volvió a tomar sus manos entre las suyas, alzándolas hasta sus labios para dejar un beso en ellas en un impulso. La cabeza de la Luna se tornó violentamente en su dirección, pero esta vez sus ojos refulgían escarlatas con un patrón que asemejaba un par de flores de sangre que giraban sin cesar. Su rostro se mantenía impasible, pero esos ojos reflejaban tanta soledad y agonía como el mismo Sol sentía, solo que él no estaba dispuesto a hacer algo al respecto para no arriesgar el delicado equilibrio que dependía de ellos.

—Sé que temes tener un destino que no está escrito, las consecuencias de renunciar y el querer ser libre… Pero, ¿en verdad prefieres vivir hasta el fin de los tiempos así, dejando que ambos seamos miserables hasta que todo esto nos consuma?

El pelinegro solo lo miró, sus ojos entrecerrándose apenas un poco.

—Encontraré la manera de obtener nuestra libertad sin poner en peligro este mundo. Significa tanto para mí como para ti, no podría solo dejarlo perecer por mi egoísmo. —le prometió, apretando ligeramente sus manos.

—Eres demasiado ingenuo. —soltó al final la Luna cuando el Sol comenzó a brillar y desvanecerse lentamente.

— ¡Tú en verdad eres un teme! ¡Lo único que haces es llevarme demasiado la contraria! —se quejó el de ojos dorados, sintiendo como el cuerpo que había creado se iba desmaterializando con pequeños destellos blancos y amarillos.

El pelinegro sonrió de medio lado.

—Entonces tú eres un usuratonkachi, uno muy terco.

Lo último que escuchó de él fue su risa antes de que la calidez en sus manos se esfumara junto al hombre que segundos antes había estado junto a él.

Su pecho se sintió vacío y pesado, como si hubiera perdido el motivo de su ser.

Se quedó ahí, sobre la hierba, observando cómo, minutos después, el sol aparecía por el horizonte, iluminando el mundo con su luz y dando paso a la oportunidad de un nuevo día y que la vida del planeta despertara y todo se llenara de color.

El día era hermoso, pensó, pero no tanto como aquel que lo volvía posible.

—Quisiera creerte, pero no podemos cambiar lo que somos ni el propósito por el que estamos aquí. —murmuró al aire, sus ojos fijos en aquel astro que emitía luz desde el firmamento. —Puede que envidie a los humanos por eso. Sus vidas son efímeras, pero tienen el poder de moldear su propio destino. Un poder que jamás podremos poseer.

Su vista descendió a sus pálidas manos humanas, las cuales extrañaban el toque ajeno, y sus ojos regresaron a ese color oscuro que tenían originalmente.

Con un suspiro, permitió que el cuerpo humano en el cual se había materializado para bajar a la Tierra se desvaneciera, dejando nada más que un rastro de luz tras de él, luz que pronto se borró mientras regresaba al lugar al que pertenecía y del cual nunca podría escapar.

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Desde aquel día, sus encuentros solo fueron en aumento. Al principio, el Sol bajaba a la Tierra apenas durante algunas horas, una vez cada diez años. La Luna se mantuvo renuente de volver a acompañarlo, al menos las primeras ocasiones, hasta que su añoranza por reunirse con el Sol en su planeta protegido terminaba volviéndose demasiada.

Entonces ambos se encontraban y recorrían la superficie terrestre juntos, sin limitarse a un solo lugar. A veces caminaban sobre la playa, a veces iban hasta lo más profundo de los océanos, queriendo ver y conocer todo.

El Sol siempre lo tomaba de la mano y lo guiaba con él, una enorme sonrisa brillando en su rostro. Pronto comenzó a sonreír con él, aunque sus sonrisas eran apenas perceptibles en comparación. Pronto comenzó a tomar su mano con iniciativa propia. Pronto se encontró a sí mismo bajando a la Tierra desde antes de que el Sol lo hiciera, acortando los intervalos entre sus reuniones, volviéndolas más y más frecuentes. Pronto, en lugar de una vez cada diez años, se veían al menos una vez cada año. En lugar de un par de horas, estas se transformaban en días o noches enteras.

Pronto se vio consumido por la esperanza que su contraparte le ofrecía y se permitió fingir que existía algún futuro diferente al cual estaba escrito para ellos.

— ¿Alguna vez has imaginado cómo sería ser humano…? —preguntó un día el Sol, de la nada. — ¿… y vivir una vida mortal, moldear nuestro propio destino?

La Luna solo lo miró.

No era la primera vez que el rumbo de sus conversaciones terminaba así, pero nunca esperó que esa fuera la ocasión en que todo daría un cambio drástico.

Era una propuesta y una decisión que tomar.

— ¿Renunciarías a tu inmortalidad por esa oportunidad? ¿Por la oportunidad de ser libre?

¿Renunciar a mi inmortalidad?

La mirada en esos ojos dorados era intensa, seria como pocas veces la había visto, y llena de expectación.

—Porque yo sí lo haría. —continuó, tomando ambas manos del pelinegro con firmeza. —Te amo y sé que lo sabes. También sé que tú sientes lo mismo por mí, y no quiero pasar el resto de la eternidad conformándome con esto. Te necesito conmigo, ya no puedo seguir fingiendo que cada momento que estamos separados no me destroza por dentro.

Amor.

Era una palabra tan sencilla y aun así la única que podía expresar al menos una fracción de lo que el Sol sentía por la Luna, aunque sus sentimientos fueran mucho más profundos y permanentes de lo que un humano pudiera sentir.

Era el único nombre que podía darle a esa conexión que compartían, y eso era algo que hace muchos años había descubierto.

El Sol amaba a la Luna porque era literalmente su otra mitad, el único para él, pero… ¿estaba dispuesto a sacrificar todo lo que era y conocía por ese amor?

Sin ninguna duda.

Y por ese amor valía la pena hacerlo todo.

—Si fuéramos humanos, ¿cómo estás tan seguro de que volveríamos a encontrarnos?

El Sol le sonrió y tomó sus manos, quedando de frente a él en medio del valle en el que se encontraban. El cielo coloreaba el ambiente con tonos rosas y naranjas, señalando el momento en que el día terminaba y la noche comenzaba. Pero nada de eso era importante en esos momentos.

—Sé que siempre podré encontrarte. En una o mil vidas, mortal o inmortal, estamos conectados, nuestras almas son dos y al mismo tiempo una.

Era una idea tonta. Es más, ¡era completamente ridícula! Debían de estar locos, ambos. Pero, aun así… Aun así la Luna se encontró a sí mismo deseándolo más que nada.

¿Estaba siendo ingenuo? Dejarse llevar por una fantasía como esa… Nunca antes alguien había hecho algo como lo que el Sol proponía. Podría tener una resolución desastrosa, podrían estar poniendo en peligro lo que por tanto tiempo se habían esforzado en conservar.

Pero…

—Esto es lo más estúpido que llegaremos a hacer jamás. —masculló el pelinegro, frunciendo el ceño.

—Bueno, al menos seremos estúpidos juntos.

—Hn, usuratonkachi. —y, cuando el Sol se inclinó hacia él con la intención de unir sus labios por primera vez, la Luna se lo impidió colocándole dos dedos sobre la boca. —Primero demuéstrame que tus palabras son verdad. Bésame solo entonces, cuando seamos libres de nuestras ataduras.

Ojos dorados se clavaron en los suyos, una promesa reflejada en ellos.

El Sol volvió a entrelazar sus manos y, por alguna razón, se sintió más ligero.

Cerró los ojos, permitiéndole a su espíritu ser libre.

Ninguno de los dos notó el brillo de sus palmas unidas, ni la mirada de un tercero escondido entre las sombras.

Cuando abrió los ojos por última vez, solo vio luz.

¿Así se sentía la muerte?

No era como lo imaginó. Era más cálida y esperanzadora de lo que originalmente hubiera pensado. En lugar de parecer el final, solo podía sentirse como un nuevo comienzo.

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N/A: Quise esforzarme por actualizar esta historia hoy antes de que pasen meses XD

Está será la última actualización hasta nuevo aviso pero no porque esté dejando la historia en hiatus, sino porque esta y la próxima semana al fin voy a poder operarme los ojos y no voy a poder estar usando computadoras ni viendo nada con pantallas. Así que, hasta que me den el visto bueno, no voy a estar escribiendo ni actualizando ninguna de mis historias. Creo que será hasta después de mayo que pueda volver a actualizar.

En fin. Espero que este capítulo les haya gustado y espero verlos pronto :D