En el que Temari y Sakura hablan de cosas serias; Naruto se empacha de ramen para olvidar las penas; Kankuro y Sakura hablan y toman café; Mikoto y Fugaku reflexionan sobre sus hijos y ohmygod ; y Kankuro tiene un pequeño problema de rating M.

- La voluntad de fuego (Suna)

- Naruto Uzumaki, estudiante modelo (Konoha)

- Entrar en tus visiones (Suna)

- 30 años, dos hijos y la tormenta que se avecina (Konoha)

- Sabor a agua salada (M) (Suna)

N/A: Hola!

Espero que disfrutéis de leer este capítulo tanto como yo de escribirlo. El último drabble/escena/oneshot/nosécómollamarlo es brevemente M, pero quería avisarlo. También M por lenguaje en todo el capítulo.

¡No olvidéis darle mimos al fic con comentarios, suscripciones, recomendaciones, etc!


La voluntad de fuego

Hay un niño que le preocupa. Tiene los ojos marrones muy grandes, el pelo color pajizo y apenas habla, y aunque su peso y altura están dentro de los baremos aceptables un niño sano (pesa lo que tiene que pesar, come lo que tiene comer) rehuye a los adultos cuando los ve. Se esconde debajo de las mesas. No juega con los demás niños. Parece que ve fantasmas en los pasillos y grita aterrado.

Un día Sakura entró en el pabellón infantil y se lo encontró ahí, solo, encogido en una esquina. Le dijo " ¡Hola! ", con su mejor sonrisa, le dijo " ¿cómo te llamas?" con toda la dulzura, y le dijo " no tienes que tener miedo, te voy a ayudar " con firmeza y simpatía, como pensaba Sakura que se arreglaban las cosas. No funcionó y el niño miró fijamente los ojos verdes durante unos segundos y se echó a llorar inconsolablemente. No dejó que nadie le abrazara.

Le habla de él a Temari, una tarde que están recostadas en los divanes de unas de las salas del palacio. Los fines de semana en que consigue encontrar un rato para descansar, las dos aprovechan para entrenar juntas, ir a darse un masaje y cotillear un poco. A veces, simplemente, charlan y toman un té, demasiado cansadas como para hacer nada más allá disfrutar de las tardes perezosas mirando por la ventana.

A Sakura le cae bien la hermana mayor. Es práctica, segura de sí misma, divertida y siempre parece saber lo que quiere. Es un tipo de mujer que le inspira a superarse, a ser mejor, diferente.

- Lo que me cuentas me recuerda a Gaara de pequeño. - Temari pone peso en cada una de sus palabras, como si quisiera marcar el paso con ellas. Es una manera muy curiosa de hablar que solo ha visto en dos personas antes: Tsunade y su mad re. - No dejaba que nadie estuviera cerca de él a parte de mi tío, y después… ya sabes.

Sakura le da un sorbito al té caliente, sintiéndose levemente culpable. A veces se olvida de que una vez Gaara fue un niño infinitamente roto. Le cuesta recordar quién era antes de ser ese muchacho inusualmente serio que toma decisiones con la sabiduría de un anciano. Ese chico que tenía miedo de sí mismo, y que a fuerza de llamarle monstruo, se había convertido en uno. A veces se olvida, sí. Los hermanos hacen que sea fácil no tenerlo en cuenta, con sus bromas, con la manera en la que se cuidan entre ellos, con la naturalidad con la que se tratan. ¿Cuánto han tenido que perdonarse entre ellos? Es admirable.

- ¿Crees que puede tener un bijuu?

- No… quiero decir, ¿cómo es su chakra?

- El chakra es totalmente normal. Bastante pequeño, de hecho. No parece que sea ese tipo de casos.- Ha entrado un rayo de sol del atardecer y le ilumina la cara, todas sus pecas bailando en la luz anaranjada - Pero hay otros cuadros clínicos que encajan también. Personalmente creo que es un caso claro de estrés postraumático por algún tipo agresión que vivió.

- ¿Agresión? ¿Quieres decir... sexual?

Puede ser. Yo apostaría más por violencia física, golpes por parte de algún cuidador, pero no podemos descartar nada.

Temari frunce los labios. Lanza una mirada enfadada al aire.

- Es horrible, Sakura.

- Lo es. La cuestión es que no deja que nadie se acerque. Nadie. Ni las enfermeras, ni los otros niños. Tampoco parece que hable nuestro idioma, así que no sé cómo comunicarme con él. Y es un problema, porque si pudiera tocarle podría aliviar los terrores nocturnos con un poco de chakra y evitar que se autolesione cuando le dan ataques de pánico, reducir la presión arterial y el ritmo cardiaco…

- ¿Puedes hacer eso? Curar con chakra ese tipo de síntomas.

- Puedo, según el caso. - Es uno de las cosas de las que más orgullosa está. El gran trabajo de su vida, como le gusta llamarlo - En Konoha, Ino y yo conseguimos hacer un protocolo de uso de chakra para paliar los síntomas de enfermedades relacionadas con el estrés, la ansiedad o los episodios traumáticos. Lo hemos aplicado en adultos con buenos resultados, pero nuestro objetivo era extenderlo a niños. Para que no haya más casos como Naruto. O Gaara…

- Me acuerdo. Lo leí en tu propuesta de mejoras del hospital. - Temari se sienta en el diván y los pies tocan el mármol frío del suelo y se encoge un poco - Parece interesante. ¿Queríais hacer un ensayo, no? Con los niños. Por eso lo del pabellón infantil y todo esto.

- Exacto. Hemos aplicado el tratamiento con los otros niños, y parece que funciona aunque habrá que hacer un seguimiento exhaustivo de varios meses para poder estar seguros. Pero me niego a que uno se quede atrás. - Levanta la mirada verde, llena de fuerza- Tengo que encontrar una solución.

Típico de los shinobi de La Hoja, piensa Temari mientras le ofrece otro té, esa pasión interna que tiene n. La voluntad de fuego o como lo llamen. La ha visto en Shikamaru, quejándose entre murmullos de sus compañeros, pero incapaz de abandonar a sus amigos; la ha visto en Naruto, el bocazas más leal y testarudo del que nunca se ha tenido noticia; y la ve en Sakura ahora, dejándose la piel en cuidar a los demás aún a costa de descuidarse a sí misma. Hay que quererlos como son , al tiempo que saca la bandeja con las dos tazas llenas de nuevo, cabezotas y todo.

Sakura pasa unos minutos muy concentrada pensando en soluciones y Temari cree que tiene una idea que podría ayudar, pero tarda un rato en encontrar las palabras porque cada vez que piensa en cómo fue su infancia siente como si una zarpa le presionara las entrañas hasta hacer zumo con ellas. Y cuando por fin habla lo hace muy muy bajito, como si hubiera un dragón justo a su lado al que temiera despertar porque entonces todo ardería en llamas. Sakura se tiene que inclinar para escucharla:

- Cuando Gaara era pequeño tenía un osito de peluche. Ruffy-ruffy-kun . Lo llevaba a todas partes. Era su único amigo - esta esa zarpa otra vez, apretándola dentro, clavándole las uñas y se le ponen dos lágrimas en la esquina de los ojos pero las aguanta - Nosotros no éramos muy buenos hermanos, ¿sabes? Bueno, yo no lo fui. Me daba miedo. Kankuro siempre le cuidó más, nunca dejó de insistirle en lo que estaba bien y estaba mal. Aunque le amenazara de muerte.

- Tuvo que ser muy duro, Temari…

- Sí, lo fue. - se muerde los carrillos - la cosa es que el peluche era lo que más le importaba del mundo. Cuando lo perdió… fue una catástrofe. Siempre lo achuchaba y dormía con él y pensaba que a lo mejor este niño del que me hablas… podría tener algo así. Un juguete o algo.

- Es una buena idea. Para generar confianza, ¿no? Es muy buena idea, de hecho.

Se quedan un instante en silencio y Temari no sabe en qué momento la mano de Sakura ha llegado a su rodilla, apretando levemente.

- No es tu culpa, ¿sabes? Ni de Kankuro. Ni de Gaara. No es tu culpa. Erais niños.

La rubia se muerde los labios porque Sakura ha interpretado exactamente lo que pensaba. No suele hablar de esto con nadie. Alguna vez, a sus amigas, estando borracha; un día de niebla intensa en Kiri, con el Nara. Es un tipo de trauma que tiene guardado con llave en algún lugar de su alma, y le sorprende que con Sakura las palabras le salgan tan fáciles.

- Fuimos crueles. Le hicimos un monstruo.

- Fuisteis niños con adultos negligentes. - Es una mano pequeña y suave, y no parece la de un ninja en absoluto. - Es una costumbre muy fea del mundo shinobi, la de poner a niños con responsabilidades que no les corresponden.

- Es la vida que hemos elegido.

- Eso no quiere decir que no podamos mejorarla.

Sakura habla con un tono de nubes de algodón, y lejos, entre las notas mullidas, Temari percibe otra vez esa chispa, esa fuerza y siente que la voz la mece suavemente. ¿Es así lo que se siente cuándo alguien te cuida? Ha pasado tanto tiempo que no se acuerda.

- No podíamos hacer otra cosa. Nuestro padre era difícil de complacer. Teníamos miedo.

- Es normal. Cualquier otra persona habría actuado de la misma manera.

- No estabas allí, Sakura. Era terrorífico, estábamos tan solos… Mi madre había muerto y yo no estuve a la altura.

- Estás siendo demasiado dura contigo misma. - Temari no se había dado cuenta nunca de lo verdes, verdes que son los ojos de Sakura, es como sumergirse en un campo de heno. - Aunque fuese verdad que lo hiciste mal, cosa que dudo… Lo cierto es que no puedes cambiar el pasado. Solo te queda trabajar el futuro. Mira todo lo que has construído, lo unidos que estáis ahora.

- ¿Tú crees?

- Sí… me dais un poquito de envidia. Yo nunca he tenido nada así. - los mechones rosas le enmarcan el rostro y se vuelcan sobre la comisura de los labios cuando habla - Sois mi familia aquí. Y por lo que a mí respecta, no podría haber encontrado otra mejor.

Sakura sonríe con calidez y da sorbitos al té mirando por la ventana, el cielo entreverado entre la noche y el día. Temari contempla el perfil determinado, la mano aún en su rodilla y se da cuenta de que ese niño tiene mucha suerte de haber dado con alguien como ella.


Naruto Uzumaki, estudiante modelo

Este año el principio de marzo en Konoha es húmedo y frío. Se han ido alargando los días, pero las nubes del norte han venido acompañadas con lluvias torrenciales y un viento inmisericorde que se mete en los huesos y atraviesa las ventanas. La gente se cruza por la calle y no saluda, buscando refugio en el lugar más cercano; y los campos de entrenamiento están abandonados y vacíos. Hay un grupo de shinobis que cruzan la calle principal a paso rápido, probablemente camino a las puertas principales. Y a parte del sonido del agua repiqueteando contra los tejados y el aullido del viento, la ciudad está en un silencio inquieto, inusualmente tranquila. Excepto, claro está, en cierto puesto de ramen. Cualquier persona, animal o espíritu que pase a 200 metros puede saber que dentro está Naruto.

Quejándose.

- Pero Kakashi-sensei, ¿por qué tengo que estudiar esto?, ¿no es suficiente tortura aprenderme los ríos del País del Fuego? ¡Hay como 200! ¡Y ni siquiera son importantes!

A su lado, Kakashi, con su pose desgarbada y su aspecto estudiadamente apático, pasa una página de Icha Icha Paraíso y suspira. Se lo explica otra vez:

- Naruto, pasaste los exámenes chunin de milagro. De hecho, los pasaste porque eres tú. Cualquier otra persona con tu examen teórico los hubiera suspendido. Así que no puedes acceder a jounin a menos que nos aseguremos de que tienes ciertos conocimientos mínimos.

- ¡Pero los otros jounin no lo han hecho!

- Porque fueron antes chunin, Naruto, y aprobaron todo. Este año, como excepción, vamos a ponerlo para todos los que accedan a este puesto. No sería justo de otro modo.

Naruto le mira con los ojos entornados mientras sorbe fideos. No se fía.

- ¡¿Y por qué tengo que hacer un examen práctico también?!

- Eso, concede Kakashi mientras cierra el libro con la página debidamente marcada, es un poco más difícil de explicar.

- Bueno, es para asegurar que todos los aspirantes tengan las mismas oportunidades. No parece justo que si tú eres excelente en tus habilidades prácticas, pero no así en las teóricas los otros candidatos menos capaces se vean afectados si su caso es el contrario. Si a ti te damos facilidades, ellos también deberían tenerlas.

Era la única solución a la que había llegado Tsunade. A todo el mundo le pareció lógico menos, por supuesto, a Naruto.

- ¿Y por qué tengo que saberme la lista de los jutsus prohibidos?! ¡Si están prohibidos es por algo!

Ha llegado a hora de aceptarlo, piensa Kakashi, estoy realmente viejo para esto. Debería retirarse en algún sitio con aguas termales donde aceptasen perros antes de que fuera demasiado tarde.

- Naruto, un Hokage tiene que saber estas cosas. Te lo ha explicado Jiraiya, te lo ha explicado Iruka, te lo ha explicado Tsunade-sama y te lo he explicado yo. Por mucho que te quejes no vas a cambiar nada.

- ¡Pero es que es taaaan aburrido!

Y Kakashi está a punto de levantarse y dejarle a él con un tomo bastante denso sobre "Cualidades de los metales en la aplicación de jutsus" a ver cómo se las apaña, cuando por fin llega la caballería. Ya pensaba que no vendría.

- Kakashi, ¿qué querías?

- ¡Yo, Sasuke! Ven aquí.

La relación entre Kakashi y Sasuke siempre es tensa. La jovialidad forzada de uno contrasta con la indiferencia autoimpuesta del otro, y aunque parecidos entre ellos, siempre parece que el lazo que los une está a punto de tensarse y romperse como la mecha de una bomba a punto de estallar. Aún así hay cierto aprecio y respeto y conviven con la armonía suficiente para que Sasuke se acerque a su antiguo maestro y mire de reojo a Naruto que le observa con cara de sospecha.

- Tenemos una misión de la Hokage, Sasuke, para tus ratos libres.

- Hn.

- Hay que ayudar a que Naruto apruebe el examen jounin.

- ¿Qué?

- ¡NO! ¡NO! ¡NO! ¡El bastardo no puede ayudarme! ¡Es demasiado cruel! Seguro que me mete en un horrible genjutsu en donde estoy repasando una y otra vez los tipos de plantas medicinales del sur de Ame. NO.

- Piénsalo como un aliciente para estudiar más.

Realmente compungido por la idea, Naruto no tiene más remedio que pedir el quinto plato de ramen para consolarse. Sentado el taburete de al lado, Sasuke le mira con una alegre sonrisa sádica. Kakashi se apoya en la barra y se plantea si esto es realmente buena idea.

- ¿Voy a ser el sensei del descerabrado este? Hmpf. Será una pérdida de tiempo.

- ¡¿Qué quieres decir con que es una pérdida de tiempo?! ¡Pienso aprobar con sobresaliente!

- No aprenderás nada. Además, te he oído quejarte de que no quieres estudiar a 3 calles de aquí. ¿Estás seguro de que la Hokage no tiene a alguien mejor para esto, Kakashi?

- Estoy seguro. Hemos concluído que eres el mejor perfil.

- Eso no tiene sentido. ¡¿El mejor perfil, Kakashi-sensei?! El bastardo no puede enseñarme nada. Siempre le gano cuando luchamos.

- No me ganas. - Se pone a la defensiva mientras coge el plato de ramen que le ofrece Ayame y lo agradece con un leve inclinamiento de la cabeza - Y claro que puedo enseñarte cosas, si eres medio bobo.

- Sasuke es ya ANBU y fue el jounin más joven de vuestra generación así que conoce bien lo que te exigirán. Hemos pensado que también te enseñará cuestiones relaciones con los clanes. Técnicas, organización, divisiones políticas, etc. Es una buena oportunidad para que aprendas sobre ello de manos de un miembro directo.

- ¡El cabrón de él solo me enseñará cosas de los Uchiha! ¿Por qué no me puede enseñar Hinata-chan? Ella también es de un clan. ¡Era la heredera!

No ocurre muchas veces que Kakashi Hatake esté incómodo. Es un espectáculo digno de ver, teniendo en cuenta su actitud normalmente despreocupada por, bueno, absolutamente todo. De ahí que Ayame se quede mirando fijamente cuando le nota tenso, se retuerce aquí y allá, tartamudea un poco, se pone colorado, tamborilea los dedos y se sube la máscara hasta que casi le roza las pestañas.

- Bien… mmm… creemos que…. mmm…. quizá si estudias con Hinata-chan te puedes… distraer. Quizá te cuesta más concentrarte.

- ¿Concentrarme? - levanta la mirada hacia su antiguo maestro e ignora deliberadamente que Sasuke parece divertidísimo con la conversación. Esto sí que te hace gracia, ¿eh? - ¿Por qué dices eso?

- Mm… Hinata-chan y tú… estáis bueno, se os ve muy bien juntos, pero quizás estáis en una fase de vuestra relación que hace que os volquéis más en… conoceros.

Anatómicamente.

- ¿Eh? Kakashi-sensei, ya sabes que no soy la persona más rápida pillando información, ¿qué me quieres decir? ¿no te parece bien que Hinata-chan y yo salgamos?

- Lo quiere decir Kakashi es que Hinata-chan es tu novia y que cuando estáis juntos estáis como atontados . Me sorprende que no os haya atropellado nadie cuando camináis por la calle.

No menciona que todo el mundo sabe que se meten mano en el muro de detrás de la academia, y básicamente en cualquier momento en que creen que están a solas; y Kakashi parece aliviado de que no comparta esta información. Ayame sirve un sexto bol de ramen.

- Ah. Pero ¡puedo hacerlo! ¡Puedo concentrarme y estudiar con Hinata-chan! ¡Cualquier cosa menos el malnacido dándome clase!

- ¿Puedes?

- ¿Mm? ¿Que si puedo qué?

- ¿Que si puedes concentrarte y estudiar con Hinata-chan? Sé honesto, Naruto.

Los ojos de Kakashi le contemplan mientras le da vueltas a la pregunta. Mira el ramen. Piensa en Hinata-chan, en sus paseos, en sus manos pequeñas y suaves, en su pelo oscuro, en sus ojos, en sus labios tiernos, en su cuerp… ok, vale, no puede. Baja la cabeza en signo de derrota.

- No.

- Entonces será mejor que lo haga Sasuke, ¿no?

- ¿En serio no puede ser otro?

- Órdenes de la Hokage, Naruto. - Kakashi da por cerrado el debate - ¿Y tú, Sasuke, aceptas? No te llevará mucho tiempo. 5 o 6 sesiones que puedes hacer en tus descansos de aquí a septiembre.

- Hn. - asiente. No es que le entusiasme la perspectiva, pero la idea de torturar a Naruto con aburridísimo material sobre política interna tiene cierto encanto - Además mi hermano va a estar en el equipo examinador. Me lo comentó hace unas semanas.

- ¡¿Qué?! ¡Kakashi sensei, NO puedo competir con Itachi! ¡Es un genio! ¡Lo sabe todo! ¡Es imposible que apruebe y siempre seré chuunin y nunca podré casarme con Hinata-chan porque su padre no me aceptará!

- Por alguna razón misteriosa su padre ya te acepta, idiota.

- ¡DEJARÁ DE HACERLO!

Kakashi suspira y se rasca la barbilla, ¿en qué está pensando Sasuke? No debería haber dicho eso. Saber quiénes son los examinadores es el tipo de información que da ventaja a unos candidatos sobre otros. Pero, en honor a la verdad, poner a los mejores shinobis de la aldea a ayudar a Naruto a que apruebe el examen no es, ni por asomo, un trato igualitario. De perdidos, al río .

- En efecto, Itachi Uchiha es uno de los nombres propuestos para el comité examinador - lanza una mirada de advertencia a Sasuke, para que no deslice más datos sensibles - pero no es el único. Tendrás que prepararte bien, Naruto. Como has dicho, Hiashi querrá tener como yerno a un jounin.

Es mentira, claro. Hiashi está en las nubes con la felicidad que irradia su hija a la que nunca ha visto tan exultante, pero quizá es el aliciente que Naruto necesita para estudiar debidamente.

- Y Sasuke, por favor: todo esto será inútil si no llega vivo al examen.

Y con esto, y un plof , se marcha de Ichiraku's.

Sin pagar, por supuesto.


Déjame entrar en tus visiones

Ni siquiera el invierno es amable en Suna. A las noches heladas y ventosas, les siguen días de un sol brillante que quema la piel y bajo el que arden las plantas. Da igual lo que haga, o qué se ponga, porque Sakura siempre termina sudada y todos sus trajes elegantes han sido sustituidos por ropa cómoda de verano; la melena suelta ahora es un perenne moño desangelado que al menos le permite tener la nuca despejada. Se frustra cuando le cae una gota de sudor sobre el papel y se emborrona un poco la escritura. Nunca en su vida había deseado que lloviera tanto como ahora.

- Tienes un aspecto horrible, no sé si lo sabes.

No se molesta en levantar la cabeza de las historias clínicas que está revisando y se sopla el mechón rebelde que le cae sobre los ojos.

- ¿Has venido solo a meterte conmigo o hay algo en concreto que me quieras decir?

- No. Solo quería venir a decirte que tienes un aspecto preocupante. - desde el dintel de la puerta del despacho, con unos papeles en la mano Kankuro somete a Sakura a un escrutinio visual- Mala cara. Pálida como un cadáver, ya sabes.

Sí, ya sé . Se ha mirado en el espejo. Se ha visto. Entiende el comentario de Kankuro, pero no ha dormido bien, eso es todo. Una mala noche. En realidad, otra mala noche. Hay muchas de estas últimamente. Sakura sueña a menudo. Tropieza en pesadillas, se ahoga en terrores.

(Aparece el primer paciente al que perdió, desangrado en una batalla. Se ve a sí misma intentando reanimarle pero las vísceras se pegan a sus uñas hasta que se transforman en enredaderas que trepan por sus extremidades. Aparece su madre el día que la encontró muerta en el suelo de la cocina, hermosa y hierática como una princesa y cuando se abalanza sobre el cuerpo, salen bichos de todas partes, de la nariz, de la boca, los ojos verdes de Mebuki ahora son dos escarabajos que echan a volar. Aparece el equipo 7 atravesado por barras metálicas, las cabezas cercenadas, y va corriendo a ayudarles pero unos dedos viscosos la retienen y tiran de ella hacia la oscuridad hasta que una fiera la devora entre sus dientes.)

Hace tanto tiempo que pasa que no le da importancia.

- No he dormido bien. Eso es todo. - Le invita con un gesto para que pase y se siente con ella - ¿en serio solo has venido a decirme eso? Estoy seguro de que tienes en la agenda otras cosas más importantes.

- Las tengo, pero no las quiero hacer. Y aunque no lo creas, criticarte es la mejor de las opciones. Era eso o darte este sobre. - lo zarandea frente a sus ojos antes de dejarlo encima de la mesa - Es de tu gente favorita en Suna. El Consejo. Directamente para ti. No tienes que darme las gracias.

Sakura mira la carta con cierto asco y lo tira encima de otro montón de papeles. Lo último que le hacía falta esa mañana eran los mensajes pasivo-agresivos de esos viejos snobs amargados.

- De mal humor hoy, ¿eh? ¿Algo que quieras compartir conmigo?

- Nada importante. - Se pasa las manos por los ojos como una niña pequeña - Insomnio por cosas tontas. Trabajo, pacientes, la típica nostalgia por Konoha.

- Eres un médico ninja, estoy seguro de que has estado muchas más horas sin dormir y no tenías esa cara que tienes hoy. Me inclino por pensar que algo más te pasa.

- Tanto interés por mi bienestar me tiene conmovida, Kankuro. Y que sigas llamándome fea no parece que ayude en absoluto - le sonríe pero no parece que le esté convenciendo - Solo es un poco de sueño.

Delante de ella la mirada marrón la contempla con cierta severidad. Es la primera vez que lo ve así, preocupado. Es desconcertante. Kankuro no parece satisfecho con lo que ve, así que busca con los ojos dónde está la cafetera y cuando la encuentra da un salto y añade sin discusión que va a hacerles un café. Sakura está demasiado cansada como para negarse.

Le ha dicho, se autojustifica mientras le ve coger un par de tazas de la estantería y rellenar el filtro con el café, una verdad a medias. Porque es cierto que se fue a la cama comida por las dudas sobre la viabilidad de una nueva técnica que estaba aplicando y con el estómago volcado preocupada por su padre después de una carta especialmente melancólica. Pero lo que la ha desvelado son esos sueños, el sudor frío que la recorre al despertarse de pronto, con el flequillo pegado a la frente y la respiración agitada.

(Una vez, cuando tenía 16 años y estaba en una misión de reconocimiento cerca de la frontera con el País de las Tierra, se despertó con un ataque de pánico, rodeada por la oscuridad del campamento que había instalado con el equipo. Sentada en su saco de dormir, pensó que nadie la había oído pero cuando se giró, descubrió a Kakashi poniéndole una mano suave en el hombro "solos son sueños, Sakura, no te van a hacer daño" y no sabe aún cómo hace Kakashi para tener siempre la palabra justa, ser siempre la presencia exacta, pero se quedó haciendo guardia a su lado hasta que se le volvieron a cerrar los párpados. Nunca hablaron de ello.)

Dan sorbos pequeños, cada uno esperando que el otro empiece la conversación. Sakura aprovecha para analizar brevemente la expresión de su acompañante. No sabe dónde se ha ido el gesto burlón del rostro, para dejar paso a los labios apretados y la frente fruncida. A lo mejor siempre ha sido, piensa. A lo mejor lo que he conocido hasta ahora, era solo un personaje. Porque al fin y al cabo, ¿qué sabe ella de Kankuro? Que hace bromas, que es amable, que cuida a su gente, que cada día le parece más guapo; pero nada más. Un hombre tras una sonrisa insolente y una máscara tan real como metafórica.

- Yo… hay días que tampoco duermo bien. Creo que por cómo era Gaara de pequeño. Me atormenta un poco todavía. - Deja que el significado que hay tras esas palabras cale en el ambiente - Así que lo que hago es ir al taller y montar y desmontar marionetas. Me relaja. Y como la abuela Chiyo me dejó bastantes cuando murió, algunas muy sofisticadas, ando entretenido. - Se curva el extremo de la boca mientras baja la cabeza y la sacude como si fuera un perrito mojado. A Sakura le enternece. - ¿Tú qué haces?

Buena pregunta. Sakura tamborilea los dedos contra la porcelana de la taza y suspira. Dependía . Dependía del tipo de sueño. Dependía del momento. Dependía de cómo se encontrara. A veces estudiaba, otras salía a correr, otras cocinaba, otras limpiaba. Otras, como la noche anterior, se quedaba mirando el techo con la mano en la frente presa del miedo y las lágrimas.

Anoche.

Anoche soñó con Sasuke.

Y el sueño, inicialmente, era como tantos otros que había tenido desde que había entrado en la adolescencia. Sueños románticos en los que se agarraban de la mano, iban a una cita, tenían un hijo; sueños eróticos que aparecían en su mente cuando estaba a punto de ovular - no podía más que maldecir a sus hormonas por jugarle estas malas palada - y que la despertaban excitada hasta que lo solucionaba con los dedos jugando en su interior, imaginando cómo sería tirar del pelo negro de Sasuke mientras él perdía la lengua entre sus piernas.

Pero ayer las manos de Sasuke se transformaron en patas de pájaros y le abrieron el abdomen mientras le decía que la quería. Ayer Sasuke la llamó molestia. Ayer Sasuke se transformó en un monstruo, un cuervo con cabeza de serpiente que le inyectaba veneno y la observaba sin moverse mientras ella desesperaba intentaba curarse a sí misma con un chakra que salía de sus manos y era negro, oscuro, plagado de coágulos de sangre con los tomoes del sharingan brillando. Ayer Sasuke vio cómo se moría y no hizo nada para salvarla.

Pero nada de esto se lo diría a Kankuro.

- Pues estudio. A veces hago deporte o cosas de casa. Nada entretenido, la verdad.

- ¿Estudias? Empollona hasta el agotamiento, nunca mejor dicho.

- ¡No tengo muchas más cosas que hacer!

- Si algún día te apetece, pásate por taller. Puede que esté allí y al menos nos haremos compañía. - sonríe y la oferta parece honesta y sencilla y Sakura siente que se le infla el corazón con agradecimiento - Aunque quizá te traiga malos recuerdos, con las marionetas y todo esto. Sé que puede ser un poco tétrico.

No lo dice por eso. Lo saben los dos. Lo dice por Sasori, porque su cuerpo de madera cuelga en una de las paredes. Y es curioso, aunque están unidos por el hombre que casi les mató a ambos, jamás hablan de ello. Es un tema que evitan, temerosos de que los buenos momentos que comparten, terminen siendo amargos. Hoy también esquivan la conversación.

- Me parece una buena oferta. Te invitaría también a mi casa, pero no creo que te apetezca ponerte a limpiar el polvo a las 5 de la mañana.

- Siempre estoy dispuesto a hacer algo por el polvo a las 5 de la mañana.

Estaba tan serio que se había olvidado de esta parte de él. Le alivia el cambio de tema.

- Te lo he puesto en bandeja, ¿no?

- Ha sido demasiado fácil, no lo podía dejar escapar.

- Igualmente creo que es mejor que hagas estos comentarios aquí y no delante de tus genin. Por el qué dirán, ya sabes.

- Oh Dios - deja la taza de café vacía en la mesa y se pasa la mano por la cara, un poco horrorizado por el recuerdo - empezaste tú, no sé si te acuerdas. Pero las consecuencias las padezco yo: no te puedes imaginar lo insufribles que han estado desde entonces. Me preguntan aproximadamente 3 veces al día que cuando nos casamos.

- ¿Tú y yo?

- ¿Quién si no?

- No sé, Kankuro, he oído que eres hombre de muchas mujeres.

Se tensa casi imperceptiblemente y da gracias de que Sakura esté en ese momento mirando por la ventana y no se de cuenta.

- No hagas caso a todo lo que escuchas en Suna, somos una nación de mentirosos.

Sakura levanta las cejas claramente sorprendida. Podría definir de muchas maneras a los habitantes del País del Viento. Rudos, cerrados, obstinados, brutalmente orgullosos. Muchas cosas menos mentirosos

- ¿Entonces, no tengo que creerme lo que me cuentas?

- Eso es lo que le digo a mis alumnos, pero insisten en que soy su sensei y que les tengo que enseñar cosas - se encoge de hombros, con la mirada inocente de un gamberro al que le han pillado en mitad de una travesura - ¿No te parece increíble?

Lleva un rato resistiéndose, pero al final no le queda más remedio que reírse. Es una risa que le aligera el peso que la acompaña desde la noche anterior, y hace que la niebla que tiene en la mente se disipe y los músculos se relajen. Kankuro se levanta, aparentemente satisfecho con su cometido.

- Sigues teniendo una cara horrible pero al menos te has reído. Algo es algo. - Recoge las dos tazas vacías y las enjuaga en el pequeño lavabo que hay en una esquina - Así que me iré ya. Tengo un equipo de niños que entrenar y tú mucho trabajo.

Quizá no se ha dado cuenta o quizá lo hace adrede pero cuando levanta las brazos y se estira para destensar los músculos, la camiseta se levanta y se asoma el inicio de la línea de la cadera, dos líneas hendidas marcando un camino peligroso, y entre ellas una fila de pelo oscuro que va desde su ombligo hasta perderse en los pantalones. Y hay algo en él decididamente cálido, absolutamente insufrible, indudablemente atractivo que hace que Sakura pierda un poco las palabras y sienta calor en las mejillas y en la nuca. Tiene que hacer uso de los años que se ha pasado fingiendo que no devoraba con la mirada a Sasuke, para recuperar la compostura:

- Si a todas las mujeres les dices que tienen mal aspecto, no tendré más remedio que aceptar que todo lo he oído de ti es mentira.

Está ya casi en la puerta cuando se gira, la sonrisa burlona de nuevo en su rostro.

- No des tantas cosas por supuesto, Sakura. Un día te enseñaré todos mis trucos.

- Estaré esperando.


30 años, 2 hijos, y la tormenta que se avecina

Cada miércoles por la mañana Mikoto Uchiha sale a hacer la compra. Haga frío, calor, lluvia o viento, los pasos suaves la llevan por un recorrido memorizado y perfeccionado a lo largo de los años. Sale de casa, gira a la derecha y empieza saludando a los más ancianos del clan, preguntándoles por su salud, hijos y nietos; y cuando avanza recto se detiene a comprobar que las flores que decoran el jardín de entrada del distrito están creciendo fuertes, y a continuación cruza las puertas hacia el centro de la ciudad, circunvalando las tapias que separan a los Hyugas y los Uchihas. Compra primero la carne y el pescado, y sigue por los puestos de verduras importadas del País del Té, ( ¡con los mejores tomates de temporada ), y las legumbres y el arroz y termina en la confitería ( "Desde Tiempos del Segundo Hokage. Especializados en dango ") para comprar dulces. Le saludan en las tiendas con un buenos días Uchiha-sama al que ella responde inclinando la cabeza levemente y al que quita importancia con una sonrisa tímida. A veces, si el tiempo es bueno y no tiene prisa, se para a conversar con ellos. Tras décadas yendo a los mismos sitios, ha visto a varias generaciones detrás de los mostradores y ha sido testigo de cómo la vida ha ido pasando por todos y cada uno de ellos, cómo han aparecido bebés, bodas, enfermedades, muertes repentinas, éxitos trabajados. A base de interacciones pequeñas y preocupación honesta, Mikoto ha ido construyendo vínculos que han conseguido rebasar la claustrofobia de su apellido, el título que ostenta, y disfruta de esa bocanada de aire fresco de su vida habitual, porque aunque lo acepta gustosa, no deja de ser una responsabilidad que ella nunca quiso. Y puede que en otra vida no hubiera sido la encargada de dar a luz a un heredero para el clan, no hubiera tenido que preocuparse del sharingan ni de la condena que cargan entre los ojos y la sangre, ni de todas esas discusiones políticas que ocupan más conversaciones en su día a día de lo que le gustaría. Jamás lo dirá en voz alta pero hay días en que ser la matriarca de uno de los clanes más poderosos del mundo, le agobia.

- Mikoto.

Pero a veces, concede al ver a su a marido de pie a un par de metros de ella, ser Uchiha tiene sus beneficios.

Se queda parada, cargada con las bolsas y sonríe.

- Fugaku. ¿Qué haces aquí, querido?

Y es extraño que después de 30 años desde el primer beso que compartieron, Mikoto siga sintiendo esos nervios cuando le ve, un calor que disipa la escarcha de ese miércoles helado en Konoha.

- La reunión con la Hokage ha terminado más pronto de lo esperado. - Se acerca y coge dos de las bolsas que lleva su mujer - Iba hacia casa y he pensando que podía ayudarte con la compra.

Asiente con agradecimiento y aprovecha para alisarle el faldón que asoma por debajo del chaleco militar. No hay mucha gente a la que le favorezca el uniforme de la policía militar de Konoha, pero ahí está su marido, extremadamente atractivo, hinchado en dignidad. Cuando empiezan a andar, la gente se pone más firme, esperando una revisión, involuntariamente tensos por la autoridad que emana de Fugaku. Pero Mikoto, que le ve cada mañana despertar con legañas y en primavera con la nariz roja por la alergia, sabe que eso es solo fachada y simplemente se concentra en disfrutar de la compañía de un hombre permanente ocupado. Le dice que ya ha terminado con los recados, pero que si quiere pueden ir a comer algo juntos. Hace mucho frío , comenta mientras se echa aliento en las manos y se las frota, y me gustaría tomar un té calentito.

Y Fugaku, que no puede decirle que no a su mujer más de una vez a la semana, se deja llevar hasta un local nuevo junto a la calle principal con cuidado de no pisar las placas de hielo que se forman junto a las fuentes y bajo las cornisas de las casas. Es un sitio grande pero acogedor, bien iluminado e invadido por el olor a dulces, y a parte de un grupito de chicas y una pareja de adolescentes acaramelados, están ellos solos. Casi como en una cita. Sentados en una de las mesas alejadas de las ventanas, repasan el menú mientras hablan de los eventos del día. Mikoto pregunta por la reunión (" La Hokage está alineada con nuestra postura, pero no con los términos que ofrecemos" ) y Fugaku por lo que ha comprado ( "Poco, los chicos no estarán en casa hasta mediados la semana que viene" ) y entonces comparten entre ambos la mirada preocupada que tienen desde que sus dos hijos forman parte de ANBU.

La gente ni siquiera puede intuir lo mucho que quiere Fugaku a Itachi y Sasuke. Creen que es un padre ausente, un hombre serio e intransigente obsesionado con la disciplina y el clan. Un shinobi que defiende que ser Uchiha va por encima de cualquier cosa, incluso de tu propia familia. Mikoto reconoce que es verdad, que puede que haya dejado que los valores de poder y fuerza hayan permeado en la manera en la que han criado a sus hijos. Han sido unos padres estrictos y exigentes en cuanto a lo que pedir a unos niños; hasta el punto de que el favoritismo hacia el hijo mayor ha roto los puentes con el pequeño. Pero Mikoto entiende que han sido, sobre todo, unos padres como tantos otros que simplemente no han sabido hacerlo mejor, y que para un hombre como Fugaku, acostumbrado a pensar en términos de batalla, amar es un verbo que le resulta demasiado abstracto y volátil y que se le escapa de las manos cuando lo quiere utilizar. Ella sabe las noches que se pasa despierto angustiado por si sus hijos volverán vivos a casa; sabe que el tiempo en la ducha lo utiliza para ir repasando en su cabeza las discusiones con Sasuke, pensando cómo podría haberlo mejor; sabe que a veces se arrepiente del peso que pone sobre los hombros de Itachi, condenándole a repetir los sacrificios por las ridículas parcelas de poder de la política del clan; y que en muchas ocasiones querría simplemente mandar al infierno a todos los Uchiha, ese nido de serpientes y egos frágiles que tiene controlar. Su mujer ha visto que todos estos preocupaciones han ido cristalizando en las líneas de la frente y las canas que pueblan el pelo castaño, y solo cuando se van a dormir consigue relajarse y la mira desde su lado del colchón, ve lo vulnerable que es y no puede evitar quererle un poco más.

Hace tantos años que están casados que Mikoto sabe desde hace rato que su marido pedirá la tartaleta de limón, como hace siempre, y que tendrá que recordarle que el médico le ha recomendado no tomar tanta sal. Él ya no se queja cuando ve que su esposa sigue sin dejar las sandalias perfectamente alineadas y no le queda más remedio que colocarlas él; y esa misma noche, cuando cenen en silencio, alabará su cocina y le agradecerá el tiempo que ha dedicado a preparar la receta. Son ya tres décadas, dos hijos, casi un golpe de estado, y muchos errores en la espalda y la única certeza que tienen es que siempre estarán juntos. Se casaron jóvenes, presionados por las familias, siendo amigos desde la infancia y con el pulso de la guerra soplándoles en las espalda. Se casaron pensando que podrían morir cualquier día y resultó que la vida les privilegió con amor, estabilidad y fortuna. Y aunque ya no exista el ardor de los primeros años; si les preguntan por separado, dirán que ahora es mejor, más sereno y profundo. La pasión es un líquido inflamable que se evapora con facilidad, y sin embargo, Fugaku busca aún sus besos varias noches al mes y no parece que le importen las arrugas, ni que se conozcan de memoria cada rincón de su cuerpo. Y aunque asumieron hace muchos años que nunca tendrán la hija que buscaban, agradecen que el mundo le haya dos hijos fuertes y sanos, y apenas piensan en el bebé que perdieron y al que nunca pudieron ponerle nombre; porque al fin y al cabo, han tenido el enorme privilegio de haber sido muy felices.

Y en esa sensación de calma que ofrece el amor maduro, comen y hablan de los nuevas obras que harán en las calles del distrito, la necesidad de poner nuevos adoquines; critican a las nuevas generaciones y cómo van relajando sus obligaciones ahora que la paz perdura; comentan qué le puede haber pasado a Sasuke últimamente para qué esté tan extraño, y debaten por qué Itachi lleva posponiendo tanto tiempo el compromiso con Izumi. Hablan y entonces se quedan en un silencio cómodo, relajados en su presencia, interrumpidos por el sonido de la máquina de café y por las chicas de la esquina, que estallan en carcajadas. Si se hubieran reído más bajo, pensará Mikoto en los siguientes meses, no habría pasado nada de esto; no habría estado de pronto atenta a su charla, ni se hubiera puesto en guardia al oír el nombre de su hijo menor ( ¿Y qué tal con Sasuke-kun, Mei-chan? ), y por supuesto no habría sido tan indiscreta cómo para ponerse a escuchar una conversación ajena.

Pero una madre es una madre, y finge que picotea las migas del pastel, mientras afila el oído sin levantar la vista del plato, disimulando:

- ¡Oh, fue fantástico! Todo un caballero, muy generoso y dulce.

- No deberías ilusionarte, Mei-chan. Sasuke es un gigoló. Hoy está contigo y mañana con otras dos.

- Hmpf, eso dicen… ¡Pero es que no sabes cómo besa! Y bueno, ya sabéis… todo lo demás es también… bastante extraordinario.

- ¡Ah, Mei, esas cosas no se cuentan!

- ¡¿Cómo que no se cuentan?! Yo quiero saber todos los detalles. ¿Es verdad que es muy hábil con la lengua?

Risitas. La tal Mei parece que duda un poco antes de seguir, en un tono más bajo.

- Es un genio comiéndolo t-o-d-o. Me volvió loca, no paré de gritar toda la noche ¡Pero lo más impresionante es el aguante que tiene! Es insaciable…

- Ahora que Haruno no está, tiene que tener energía para regalar…

- Bah, no creo que esos dos hicieran nunca nada.

Lanzan ciertos bufidos de incredulidad.

- Pues ella se lo pierde… porque no me había corrido así en la vida.

- ¡Mei!

- ¡Mei-chan!

Suficiente.

Azorada y con el corazón en un puño, Mikoto se esconde detrás de la taza de té. Hay cosas, está segura, que una madre no debería saber de sus hijos, y los usos y costumbres que tienen en la cama está sin duda en el top de la lista. Y no es que quiera pecar de inocente: hace tiempo que ha asumido que sus dos hijos son dos hombres adultos, muy atractivos, que gozan de bastante éxito entre las mujeres y es consciente de que, sin duda, la moral afectivo-sexual se ha ido relajando desde que ella y Fugaku empezaron juntos; pero de ahí a oír que tu hijo es un fornicador en serie y que además esto parece ser un asunto de dominio público, hay un largo trecho que hace que se le revuelva un poco el estómago. Porque al fin y al cabo, piensa mientras se acaba el té de un solo sorbo, no sólo es que sea su hijo; es que es un respetado miembro de la comunidad, el segundo hijo del líder del clan más importante de la aldea, y si bien es un poco naíf pensar que iban a ser vírgenes eternamente, las normas del clan sobre las relaciones antes del matrimonio son, cuando menos, conservadoras. Así que , deja la taza sobre la mesa, espero que Fugaku nunca se entere.

Pero son 30 años, 3 décadas, 6 lustros, 10950 días, y muy mala compañera de vida tendría que ser si al levantar la vista no notara los nudillos blancos de su marido, la inusual fuerza con la que sujeta el tenedor sobre el último trozo de tartaleta. Mal habría ido su matrimonio si no supiera leer en sus ojos esa mezcla de vergüenza, de rabia, de asco, de temor, y de, sobre todo, decepción. Y poco conocería cómo funciona la dinámica de su familia si no pudiera predecir la tormenta que desencadenará esto.

Él también lo ha oído.


Sabor a agua salada (M)

Kankuro ha besado a un montón de mujeres. Más de las que está orgulloso de reconocer, muchas menos de las que le atribuyen las malas lenguas. Fue un amiga de Temari la que, cuando tenía 13 años, le rozó de manera tentativa en los labios y le enseñó que hay que usar todo el cuerpo para poder hacerlo bien.

Después de ella, vinieron otras. De algunas recuerda el nombre (Natsuki, la primera chica a la que desnudó después de un entrenamiento, tenían los dos 16 años; Kaori, pelo rizado y piel oscura. Le rompió el corazón cuando se enteró de que estaba prometida con un aristócrata del País del Rayo, tenía 18) y de otras ni siquiera recuerda su perfume. Han ido pasando por su cama y por sus manos en un flujo más o menos constante y de las formas más variadas. Kunoichis de su mismo curso, civiles atraídas por el prestigio de su estirpe, hijas de mercaderes que pasaban en caravanas y a las que daba la bienvenida con piropos, funcionarias que soltaban risitas cuando les traía un té a mitad de la mañana, camareras fácilmente impresionables con un juego de marionetas, embajadoras de otras naciones a las que les susurraba al oído todos y cada uno los secretos de Suna.

En cualquier parte, a veces incluso a cualquier hora. En los pasillos del palacio del Kazekage, en despachos vacíos, en los callejones oscuros de la ciudad vieja, al pie de las murallas, en su taller de marionetas. Manos y besos y gemidos que se pierden en las noches heladas del desierto y que le han dado cierta reputación de seductor y chico malo.

Y aunque a veces su hermana se lo comente con cierto retintín ( ¿Qué, Kankuro, hoy tampoco has dormido? ) no es que le importe en absoluto. Porque, al fin y al cabo, no le debe explicaciones a nadie. Son ya demasiados años solo, sin más cuidadores de su vida que sí mismo. ¿A quién le va importar? ¿A la madre muerta, el útero que sólo servía para generar vasijas para demonios? ¿A el padre cruel y negligente que quiso asesinar a su hijo? ¿A los tíos y familiares que les miraban con asco y odio? ¿A su emocionalmente distante hermana, cargada con la culpa, hundida en las responsabilidades? ¿A su hermano, despreciado por todo el mundo, temido por su propio reflejo? ¿A él mismo, oculto bajo mil máscaras, incapaz de enfrentarse a sus propios demonios? Como si la consecuencia fuera mucho peor que la causa. Kankuro se acuesta con ellas porque puede y porque quiere; porque cuando las seduce, las toca y las embiste no piensa; porque los cuerpos cálidos hacen que duerma mejor por las noches, sin las pesadillas que le acompañan preguntándose si pudo hacerlo mejor, si pudo haber sido diferente; sin el remordimiento de haber perdido a demasiada gente; sin la culpa no de no haber sido suficiente. Un mejor hijo, un mejor amigo, un mejor hermano.

Y a ellas, a las chicas, tampoco parece importarles. Se ríen en sus brazos y gimen en su oído. Algunas repiten y otras no. Algunas se marchan por la noche y otras se quedan enredadas en las sábanas. Algunas fingen que no le conocen, y otras van a buscarle. Como la de esta noche. Una morena de piel blanca, ojos azules y piernas kilométricas que frecuenta los mismos bares que él cada viernes. Debe de ser la tercera o cuarta vez que se lían y Kankuro ya se conoce donde están los interruptores de la luz en su apartamento cuando abren la puerta y entran tropezándose entre piernas, besos y pisotones. Ella le dice ssshh no quiero despertar a los vecinos y él le dice es una pena porque pensaba hacerte gritar y le muerde la oreja en respuesta y le desabrocha el pantalón. Caen, uno encima del otro, revueltos en el sofá y ella se pone a horcajadas mientras Kankuro ya sin camiseta le desabrocha blusa y sujetador con dos movimientos magistrales. Dedos de marionetista murmura contra su piel mientras le acaricia los pezones en círculos perfectos y baja los labios para morderlos. Succiona un poco, a medida que nota la calidez en el bajo vientre, la humedad de ella a través de las minifalda. Le gusta la sensación de control que le da cuando tira su cabeza hacia atrás y deja escapar un grito de placer y Kankuro tiene que taparle la boca. No tarda mucho en notar las manos delgadas adentrándose en su ropa interior y agarrándole la polla desde la base, sacudiéndola de abajo a arriba.

- ¿Tienes prisa hoy?

Otro gemido mientras baja poco a poco por su torso, se entretiene lamiendo lentamente la piel suave en torno al ombligo. Ella le suplica que siga, él obedece.

- Sí, - es difícil entenderla entre gemidos ahogados, con la cara hundida en la tela del sofá intentando sofocar el placer - tengo turno de noche a las 12. Y a mi jefa no le gusta que lleguemos tarde.

Kankuro no separa la boca cuando una mano la levanta por la cintura y la otra guía con delicadeza la espalda hasta apoyarla en el asiento. Observa las tetas redondas y las saborea con la mirada: ni grandes ni pequeñas. Perfectas. Las agarra con la mano y las retuerce un poco y debe estar haciéndolo bien porque los gemidos suben en intensidad. Él también tiene prisa, porque quiere follarla ya, quitarle las bragas de vez, perder la cabeza unos minutos. Deja los pechos y mueve las manos hacia el interior de los muslos los dedos hurgando bajo la ropa interior, los otros levantando la falda poco a poco. Tan cerca, tan húmeda, que casi puede olerla.

- Qué mala tu jefa, ¿no? - el índice ha alcanzado el clítoris y la chica recuerda exactamente por qué le quiso buscar esta noche, lo hábil que es cuando la toca. Apenas ha pasado unos segundos y ya está a punto de explotar en un festival de colores.

- La verdad es que Haruno-san es una verdadera zorra. Siguesiguesigue - la voz suena ahogada mientras Kankuro baja los besos desde la clavícula hasta el inicio del pubis y va trazando un camino de saliva con los labios levemente abiertos. Se salta el trozo de ropa y empieza el camino a la inversa, subiendo desde mitad de los muslos.

Y se supone no debería hacerlo, claro, porque está a punto de empezar a meterle la lengua hasta el fondo, y ella le tiene agarrado del pelo, empujándole hacia el centro de gravedad de su cuerpo. Todo instinto le dice que no es el momento de preguntarlo, pero Kankuro no puedo evitarlo:

- Haruno-san - habla contra los pelos rizados del pubis, tremendamente empalmado, con ganas de empezar con las estocadas - ¿como en Sakura Haruno? - abre los pliegues con los dedos y su lengua sube hacia arriba y hacia bajo, y luego en torno al clítoris haciendo círculos perfectos

- Ah.. sí…la misma - nota como se arquea cuando su lengua empieza a recorrer los pliegues - Dios, .ro, cómemeentera , nopares .

Y Kankuro lame, chupa, introduce la lengua por la entrada, separa los mechones oscuros, nota su erección rozando la tela del sofá y se entretiene 1, 2, 3 minutos, succionando el clítoris duro, empapándose de fluidos y la chica volviéndose loca, mordiendo cojines para evitar que los gritos armen un escándalo. Se corre rápido, arqueándose como un gato, los pezones rígidos, los músculos relajados, pero aún en guardia porque sabe que a Kankuro le gusta metérsela justo después. No suele esperar a que se recupere, le gusta notar la vagina blanda antes de follarla, llevarla de orgasmo en orgasmo sin parar, en un montaña rusa. Así que se abre totalmente de piernas, y cierra los ojos mientras espera la embestida, el choque de caderas, los testículos cargados rebotando contra su culo. Pero pasan los segundos y no nota nada. Nada . De hecho, tiene que levantar la cabeza para mirar qué pasa, si es que ha interpretado mal el ritmo y es su turno para hacer algo; pero lo que ve es que Kankuro se separa, visiblemente empalmado, y se sienta en el borde del sofá, confundido. Como en un trance.

- ¿Estás bien? - cierra las piernas y se acerca a él, la falda arrugada por la cintura - Se te ve… pálido

Y el shinobi realmente quiere explicarle, quiere decirle que sí, que ahora mismo sigue, que desde luego esto no es un gatillazo, quiere decirle "mira cómo me tienes" señalándose el pene todavía duro, pero solo le sale una mentira:

- Sí, es que… no me encuentro bien. Eso es todo. - Lleva una sonrisa amplia que no llega a los ojos mientras entona una disculpa - Lo siento mucho. Me habré pasado con el sake.

La chica asiente y musita "no pasa nada" mientras coge la blusa del suelo y se cubre como puede. Y Kankuro hace lo propio, busca su ropa por la habitación y se viste en silencio.

- ¿Seguro que estás bien? Te puedo acercar al hospital ahora y..

- ¡No! Al hospital no. No hace falta. - Coge aire y la mira con cierta urgencia, como si lo que hubiera dicho fuera la mayor tontería del mundo - ¿Cómo voy a ir al hospital por esto? - Se inclina hacia ella, le acaricia la cara, la besa en los labios y le guiña un ojo antes de irse - Te veo otro día, preciosa. Y te compenso por este desastre.

Y no deja que responda, porque abre la puerta y cierra de golpe en cuestión de segundos. Se aleja a paso rápido por las escaleras, agradeciendo el aire frío de la noche, caminando con dificultad porque la erección no baja e incapaz de entender qué ha pasado para que de pronto, sin más explicaciones, sin ningún tipo de aviso, se le hayan quitado las ganas de seguir. Quizá la chica no le gustaba tanto como pensaba. Quizá han repetido demasiadas veces. Quizá realmente se ha pasado con el sake.

Evita pensar que en su boca el sabor salado del sexo se mezcla con otro, mucho más amargo, que ha aparecido en cuanto a oído lo de Haruno-san zorra.

¿Qué clase de persona diría eso de Sakura?


N/A:

¡Hola!

Dejo por aquí esta segunda parte de Invierno.

MUUUUUUCHAS GRACIAS POR LOS COMENTARIOS SOIS LOS MEJORES

*lanza confetti*

Una vez más, confío en que os haya gustado. Personalmente, me he reído mucho escirbiendo a Naruto y he querido dar protagonismo a Mikoto y Fugaku, que merecen un poco de intimidad también. En cuanto a Kankuro, quería darle un poco de historia para que n fuera meramente un interés amoroso.

Confío en que la historia se pueda seguir bien. A lo mejor os parece muy fragmentario pero todo se dirige a un mismo punto y a crear una serie de conflictos y que tengan una base real, que no vengan de la nada. Por cierto, si veis erratas, o faltas de ortografía por favor, decídmelo. Intento revisar mucho y muchas veces el texto (demasiadas, quizá) pero es difícil verlo todo, y además por algún motivo mi procesador de texto odia que escriba en subjuntivos y me los cambia a tiempos verbales absurdos que me vuelven loca.
Y para terminar, en el próximo capítulo (Primavera, ya sabéis) habrá más avances reales entre Sakura y Kankuro, y basnatnte espacio dedicado a Sasuke, que por cierto se va a meter en un lío monumental por lo que va a necesitar la ayuda de Shisui y su hermano y no puedo negar que eso me pone muy contenta. No sé cuándo estará disponible, porque en el proceso de revisión estoy poco inspirada y no quiero publicar nada que no me convenza cómo está escrito.

¡En fin, una vez más muchasmuchasmuchasmuchasmuchasmuchas gracias a quienes os habéis molestado en valorar este fic positivamente!
Dadle mimos, dadle amor, dadle corazones, comentarios, recomendaciones y si queréis criticarlo, adelante, pero siempre con respeto.
Un abrazo,
rojocereza