CAPÍTULO CUATRO

-¿Cómo siguen tus heridas Kagome?- preguntó Rin mientras caminaban.

-Ya no me duelen, creo que esta noche podré quitarme los vendajes, muchas gracias Rin- respondió la miko, incapaz de quitar la mirada de sus marcas en el cuello.

-¿Te gustan Kagome?- dijo la joven llevándose la mano derecha a la nuca. La otra chica movió su cabeza avergonzada.

-Lo siento, no debí…-

-De qué estás hablando- la interrumpió Rin riendo- estás marcas son un orgullo para mí, quiero que todos las vean y las admiren, porque son el reflejo de la persona que amo.

-Oh… entonces tus marcas… ¿no son de temporada?- la combinación de palabras le sonó extraña, estaban intentando reproducir parte de la explicación de Akane y Sakura. Rin volvió a reír.

-No, las mías son permanentes. Yo ya he elegido a mi compañero de vida, Kagome- respondió con una sonrisa.

Un sentimiento extraño se alojó en el pecho de la sacerdotisa, algo parecido a la pena aunque más amargo. Sin embargo, se las arregló para devolverle la mueca.

"¿Por qué es que de pronto me han entrado ganas de llorar? ¿Estoy acaso celosa de Rin y Sesshomaru? No tiene ningún sentido, qué me pasa", Kagome movió la cabeza apartando sus pensamientos.

Continuaron andando hasta la carpa central del campamento, mucho más grande que las demás. Su interior estaba iluminado por antorchas. La carpa estaba rodeada de heno y pieles que Kagome dedujo que se utilizaban como asientos en las reuniones. Al centro una mesa grande estaba cubierta de mapas y sobre ellos varias piedras de colores.

Rodeando la mesa se encontraba Sesshomaru junto a tres youkais quienes movían las fichas planeando la estrategia de la próxima batalla.

Rin salió de la carpa dejando sola a Kagome con los demonios, sus miradas de depredadores se posaron en ella. Sin saber qué hacer o qué decir Kagome les devolvió la mirada desafiante. Si las intensiones de Sesshomaru eran sinceras, sobre ser parte del comando, no podía demostrar temor ante un grupo de bestias.

-Señores, esta es la sacerdotisa de la que les hablé- la presentó escuetamente Sesshomaru.

-¿Una humana? ¿Has perdido la cabeza?- espetó uno de los youkais escupiendo. Los demás gruñeron en asentimiento.

-¿Cómo sabes que no utilizará sus poderes contra nosotros o que no es una espía del Este?- insistió otro.

El tercero no dijo nada, pero Kagome notó como la analizaba con la mirada, una mirada negra que le causó repulsión.

Antes de que Sesshomaru pudiera interceder la joven caminó con paso firme hacia la mesa. La diferencia de contextura y altura entre ella y los demonios se hizo evidente, pero ella mantuvo su cabeza alzada, orgullosa:

-Mi nombre es Kagome, y soy la sacerdotisa más poderosa de las Tierras del Oeste, fui yo quien acabó con la existencia de Naraku, un enemigo que ustedes ni si quiera le hicieron frente. Estoy segura que puedo ayudarlos a derrotar al enemigo del Este, sea quien sea, pero primero van a tener que respetarme- sentenció.

"Qué carajo Kagome, de verdad te quieres morir", la recriminó su voz interior, "No. Después de todo lo que he pasado no voy a soportar que un grupo de bestias me insulten", pensó mientras se concentraba en contener la mirada incrédula de los cuatro youkais.

-La miko será parte del comando. Quien se oponga puede ir a proteger su territorio por separado- dijo sereno Sesshomaru. Los demás pusieron mala cara y uno de ellos resopló, pero no se atrevieron a contradecir la orden.

Kagome miró a Sesshomaru con agradecimiento y este asintió casi imperceptiblemente con la cabeza de forma cómplice.

"Sesshomaru cree en mí, tanto como para desafiar a los Señores del Oeste", pensó la joven y su corazón se sintió más liviano.

La sacerdotisa identificó al grupo como los cuatro señores de las Tierras del Oeste, siendo Sesshomaru el más fuerte e importante al controlar la mayor parte del territorio. Sin embargo, los otros tres Eiji, Hiro y Iwao eran demonios del mismo rango.

Eiji de tez oscura y ojos blancos era el de mayor tamaño, superando a Sesshomaru por una cabeza. Llevaba pantalones color crema con hilos de plata y su torso desnudo estaba atravesado por marcas blancas como tatuajes tribales, al igual que su craneo que lo llevaba al rape. No tenía armas a la vista.

Hiro al igual que Sesshomaru llevaba el cabello largo por debajo de las caderas, pero el suyo era negro azabache. Su rostro pálido estaba pintado por dos franjas rojas, el mismo color de sus ojos. Vestía un Hakama y Hitoe negro que a Kagome le recordó el traje de Inuyasha. Una espada enfundada blanca sobresalía de su cintura.

Iwao era una bestia qué expelía elegancia, alto, delgado, vestía un traje rojo con bordados dorados en sus puños y en el dobladillo de los pantalones. Un cinturón a juego completaba el conjunto. Su cabello castaño y ondulado era dos tonos más oscuro que su piel canela. Llevaba consigo un báculo de madera, coronado en la parte superior por una especie de gema, parecida a un rubí.

Era este último quien no le quitaba los ojos de encima a Kagome y por lo mismo ella hizo un esfuerzo adicional por esquivar su mirada. "Este imbécil me pone los pelos de punta", pensó.

En la reunión los demonios discutieron sobre los próximos avances. Sus tropas habían ganado terreno en el Este, pero se toparon con una barrera protectora que no podían romper. Hasta ahora las fuerzas del Oeste habían logrado consolidar su presencia en la zona, pero los ataques purificadores ponían en peligro los avances. Era necesario unir todas las fuerzas para avanzar. Partirían en unos días.

-Quiero ver a los youkais heridos por este tipo de ataques- exigió Kagome.

Los cuatro salieron de la carpa y se dirigieron a la improvisada enfermería que estaba al final del campamento, y con razón. Un olor a podredumbre emanaba de las heridas que estaban siendo tratadas con plantas medicinales. Era evidente que la mayoría no sobreviviría.

El youkai a quien dedicaban su visita estaba inconsciente en un lecho de paja. Kagome lo examinó con determinación.

-Efectivamente, estas heridas fueron provocadas por armas purificadas, lo que relentiza o bloquea el proceso de curación de un youkai y logra impactos más profundos que los que producen armas corrientes- explicó Kagome.

-¿Puedes curarlo?- preguntó Hiro desafiante.

-Sí, pero tomará tiempo, tiempo que no tendremos si son heridos en medio de una batalla- respondió Kagome mientras se arremangaba las mangas del kimono para comenzar a trabajar: puso sus manos sobre el cuerpo de la bestia y una luz emanó de ellas, quebrando de a poco el hechizo purificador.

-Mañana necesitaré reunirme con todos quienes tengan un mínimo poder purificador, y díganle a sus guerreros youkais que alisten sus armaduras y armas. Puedo aplicar un protector para resguardarlos de las tácticas enemigas. Sin embargo, no será posible proteger sus cuerpos con esta técnica, no lo soportarían. Es lo mejor que puedo hacer con el tiempo que nos queda- concluyó Kagome.

-Es suficiente- dijo Iwao en tono aprobatorio antes de darse media vuelta, seguido por los otros dos.

"¿Qué tiene este tipo? Hasta su voz me revuelve el estómago", pensó Kagome mientras continuaba sanando al demonio herido.

-Miko- la voz de Sesshomaru la hizo levantar su mirada, los otros Lords se habían adelantado. Kagome se quedó esperando la respuesta, pero Sesshomaru no movió sus labios y se giró para irse.

"Es peligroso dejarla aquí sola, no ha sido marcada, todos lo saben. Probablemente ella ni si quiera sabe a lo que se enfrenta", le removió la conciencia la voz interior de Sesshomaru, "No es asunto mío", se respondió a regañadientes continuando su camino.

Kagome no prestó atención a la extraña intervención. Tenía una vida que salvar. Le tomó unos 30 minutos, pero logró deshacerse del bloqueo purificador. Observó maravillada cómo el cuerpo del youkai retomó su ritmo de curación. Kagome sintió la mano del demonio tomar la suya con debilidad.

-Mujer, ¿qué ha pasado?- su voz era a penas un susurro, aún se encontraba muy débil.

-No te preocupes, pronto estarás bien- le respondió.

-Gracias, miko- dijo el demonio antes de caer rendido por el sueño.

"Uff, al menos alguien es agradecido por aquí", pensó Kagome incorporándose.

Estaba drenada energéticamente, aunque sus heridas ya estuvieran casi recuperadas aún no se sentía ella misma, pero estaba segura que con una buena noche de descanso estaría como nueva.

Se dispuso a caminar hacia su carpa, pero una fuerza la envolvió por la espalda y la arrastró hasta lo profundo del bosque. Kagome ni si quiera alcanzó a gritar.

FIN DEL CAPÍTULO