¡Hola todo el mundo! ¿Me extrañaron? RE QUE NO PERO IGUAL GRACIAS POR ESTAR.

Fue un descanso muy, muy, muy largo. Se acerca el parate de verano en mi país, por ende y pese al trabajo, no estaré con tanto estudio encima. Por ende, espero poder darle continuidad semanal a esta historia, o al menos no colgar meses T_T

Hace muchísimo tiempo quiero escribir esta historia sobre Rengoku, pero francamente no me animaba. Lo quiero demasiado jajaja, y espero de todo corazón poder hacerlo bien.

¡Gracias a todos desde ya!, y les ruego que si les gusta dejen comentarios, una estrellita, y si tienen críticas también lo hagan. Todo lo que sea constructivo y respetuoso es siempre bienvenido.

¡Espero que les guste!


CAPÍTULO 1: SOL.

Lay me down

Let the only sound

Be the overflow

What the water gave me - Florence + The Machines

Fuerte. Siempre más fuerte.

Es lo que su mente repetía día y noche. Cada vez que sus manos pequeñas quedaban cubiertas de esquirlas y pequeñas ampollas que ardían como el mismo infierno. En cada instante que el sol hacía brillar su cabello oro y fuego y cegaba sus ojos al estar en el cenit de su trayectoria astral. Cuando su padre sonreía con cariño, la voz oscura y potente llamándolo por su nombre. Palmeando la cabeza hirviendo bajo el sol de verano. Explicando algo sobre entrenar duro pero no sobreexigir su cuerpo antes de tiempo.

Y siempre le sonreía. Porque así era Kyoujiro Rengoku ante sus padres. Un pequeño sol. Un puñado de polvo de estrellas que reflejaban la luz con la potencia de millones de antorchas encendidas. Y eso se reflejaba en el blanco de sus dientes al asentir y correr tras los pasos de Shinjuro Rengoku. Tras esa espalda amplia y cubierta de cicatrices oculta bajo el haori blanco en patrones de fuego. La espalda que admiraba. La espalda que esperaba poder equiparar como un ejemplo para quienes vinieran detrás.

Fuerte. Siempre más fuerte.

Eso pensaba al comer con prisa. Bocado a bocado de los alimentos preparados con el amor de su madre. Fuese carne, verduras, arroz, patatas dulces, pescado o cualquier tipo de combinación, sabía delicioso. El cariño de las manos de Ruka Rengoku quedaba impregnado en todas las partículas que adquiría su cuerpo, y lo preparaba para su entrenamiento vespertino.

La voz de su padre lanzando risotadas al aire era la música de sus almuerzos. El rostro consternado de su madre preocupada de que algún trozo demasiado grande de patata quedara atragantado en su laringe al verlo devorar todo con tanta celeridad. Pero así comía. Degustando todo con rapidez. Comía como hablaba. Como quería mejorar. Rápido y con fuerza.

Cuando el 10 de mayo pasó, Kyoujiro había cumplido ocho años. Un niño, decían los vecinos que lo vieron nacer. Un hombre, decía su padre. Un chico grande, se llamaba a sí mismo. Porque poder sostener una espada de madera o bambú entre sus pequeños dedos ya lo hacían mayor que hacía dos años, cuando apenas soportaba su peso. Y cortar el aire con ella demostraba cuánto había crecido. Y el viento entrando en sus pulmones lo preparaban para lo que vendría más adelante. Y él se sentía feliz.

Cuatro días después del 10 de mayo, Ruka y Shinjuro le dijeron que tendría un hermano. Y estalló en felicidad. Incluso al ver a su madre sentada frente al fuego durante horas cada siete días, porque así le habían dicho, su hermano tendría su mismo color de cabello.

Ocho días después del 10 de mayo, Kyoujiro notó que la enorme posada frente a su casa se llenaba de nuevos muebles. La ironía de decir nuevos muebles antiguos. Pero eran nuevos para él, porque jamás los había visto antes. Como nunca notó la cantidad de flores azules en el pasto siempre verde del jardín tras los altos maderos que comenzaban a levantar para marcar el ingreso.

Kyoujiro recordaba todo lo que veía. Todo lo que olía. Todo lo que escuchaba. Lo hacía para aprender a ubicarse en tiempo y espacio. Como parte del entrenamiento que su padre le daba a diario. Porque era el hijo del Hashira de la Flama. Descendiente de la familia portadora de ese título en tiempos que él aún tenía problemas en calcular. Por eso entrenaba sus sentidos a diario. Porque él era como su padre. Quería ser como su padre. Sería como su padre.

Y por eso, por su capacidad de retener en cada sentido las partículas del momento, es que nunca olvidó eso.

El aroma de los dulces recién hechos. La sonrisa de la alta pero menuda mujer que acompañaba al hombre robusto y vestido con una sencillez elegante y cálida. El mismo que se inclinaba con respeto frente a su padre. Las labradas manos tendiendo los regalos acostumbrados para quienes, efectivamente, serían sus vecinos de ahora en más. La voz de su madre dándoles la bienvenida. El aroma a jazmines de invierno aún cuando era verano. Y el color del kimono de la figura tras la pierna de la alta mujer que luego conocería como Ena-san, por el resto de su vida.

Un color azul tan pacífico como el de las campanillas azules, como solía llamar su madre a los jacintos que habían comenzado a florecer cuando un hombre extranjero las trajo de tierras lejanas. El color que se reproducía en la mirada luminosa tras una cortina de finas hebras rojizas. No del color sangre furioso de su propio cabello. No, no era eso. Era del color del atardecer a última hora. Cuando comienzas a ver los destellos de luz azul de la noche. Cuando las glicinas se mueven con el viento. Cuando las luciérnagas dan su bienvenida en los jardines de su propio hogar.

Las manos blancas y delgadas. Mucho más frágiles que las suyas, pero engarzando con fuerza la falda blanca del kimono de su madre. Las mejillas pálidas como si escaparan del sol. El camino de pequeñas marcas casi transparentes en su nariz cuando podía verla y no se refregaba contra la tela. Y los ojos azules que pasaban de sus padres a los suyos, al vientre poco abultado de su madre. Y se posaban en él. Con la misma expresión que suponía, reflejaba la suya.

Once días después del 10 de mayo, Kyoujiro vió por primera vez a Kei Fujikari.