CAPÍTULO 4: ENTRE LÍNEAS.

¡Felicitaciones, Kanroji! —gritó tan fuerte como su mente creyó hablaba normalmente—. ¡Pasaste la selección final en apenas seis meses! ¡Increíble!

El cabello en delicados tonos rosados parecía moverse con el temblor de su cuerpo mientras la tímida sonrisa de agradecimiento y felicidad absoluta comenzaba a formarse en el rostro pálido. El sonrojo en sus mejillas, recordatorio de que Mitsuri Kanroji no estaba acostumbrada precisamente a recibir cumplidos por sus logros.

Maestro… —comenzó. Y se detuvo. Los ojos de fuego parecían corregirla sin palabras—. ¡Gracias, Rengoku-san!

¡Hm! —gritó. Siempre gritando—. ¡Hagamos lo mejor que podamos en este camino que tendremos juntos! ¡No como Maestro y alumna! ¡Sino como aliados!

Y el llanto llegó a sus lagrimales por dentro de sus mejillas. Como una ola de calor que inundaba cada poro de su blanca piel. El rostro ahora empapado en agua salada, no importaba cuánto intentara drenar o contenerlas.

¡Haré lo mejor que pueda! —gritó. Imitándolo. Siempre llorando.

Cuando Mitsuri Kanroji pasó la selección para convertirse en cazadora de demonios, fue un acontecimiento que inundó de felicidad la casa de los Rengoku. Al menos, a dos de sus tres habitantes: porque tanto Kyoujuro como Seijuro no dejaban de felicitarla. La joven de cabellos extrañamente bicolor siempre recordó la calidez respirada en esa enorme casa antigua. En el aroma a césped verde y húmedo del gran patio trasero donde Rengoku no dejaba de entrenarla como Mizunoto. Donde vio por primera vez la tímida figura de Iguro Obanai. Cuando supo lo que era que otra chica la mirara con cariño y no desconfianza al cruzar la pequeña calle de tierra y atender sus heridas menores en casa de Kei Fujikari. Los días y tardes y noches de arduo entrenamiento entrelazados con la calidez de sentirse en una zona segura. Exactamente ahora, que el rostro pálido de la joven doctora parecía darle una reprimenda al vendar las heridas de sus muñecas.

—Convertirte en Hashira no te exime de no cuidar tus heridas, Mitsuri-san.

A veces, Kanroji no podía identificar con claridad la cadencia firme de su voz con la suavidad de sus facciones. Del cabello claro recogido de su rostro para permitirle trabajar con facilidad. De las pecas en el puente de su nariz. De saberla, era la misma chica que en noches anteriores reía junto a Kyoujuro y Seijuro mientras cenaban dulces.

—¡L-lo lamento! —se excusó con sinceridad.

—¿Por qué te disculpas? —la examinó con una ceja graciosamente levantada—. No es como si me hubieses lastimado a mi.

—¡Pero te estoy causando molestias!

—Tu nunca serás una molestia.

—Es que…

—Que esté enfadada con el cabeza de alcornoque al que llamas Maestro cuando no está mirando, no significa que esté enfadada contigo.

Mitsuri quedó en silencio mientras sentía el leve picor de los ungüentos sobre la delicada piel de sus brazos. El aroma a hierbas y alcohol llenando sus sentidos. La brisa trayendo el leve pero persistente efluvio de las glicinas en el jardín de Kei. Ese mismo árbol crecido de un brote que Rengoku le había obsequiado hace años, cuando aún eran niños. Una historia que solo conoció por boca del hermano pequeño del flamante nuevo Hashira de la Flama, porque había ocurrido mucho antes de que comenzara su entrenamiento conjunto. Casi al mismo tiempo en que Oburo fuera rescatado por Shinjuro Rengoku. Como si ese árbol de glicinas representara algo más que el deseo de protección de Kyoujuro hacia la joven doctora que ahora terminaba de curar las laceraciones de su piel.

—¡Rengoku-san al fin se convirtió en un Hashira! —le dijo sonriendo. Las manos pálidas acariciando los nuevos vendajes—. ¿No estás feliz, Kei-san?

Los ojos de un azul claro como el cielo pestañearon muchas veces. ¿Feliz? Claro que lo estaba. Ese había sido el objetivo de su mejor amigo desde que hablaron por primera vez. La razón por la que el imbécil no descansaba. Ni dormía. Y sonreía aún cuando no quer…

—Desde luego que lo estoy —respondió. La mano blanca acomodando los cabellos rosados tras la oreja izquierda de la chica ahora sonrojada hasta el cuello.

—¡E-eh! —quiso decir. No pudo. Porque algo la interrumpió.

—¡Parece que se están divirtiendo sin mi!

La voz tan potente como un huracán de fuego llegó desde la puerta del estudio que en años pasados perteneció a su padre. Los ojos de un dorado rojizo intenso parecieron brillar como si se hubieran abierto a la vida en ese instante. El aroma a madera que sabía, venía de él. Tan fuerte como lo era la sonrisa brillando como el astro más presente.

—¡Rengoku-san! —gritó Kanroji—. ¡Bienvenido! ¿Ha visto a Shinobu-san?

El muchacho de cabellos dorados rió sin que nada de lo dicho fuese gracioso. Y aún así, su sonrisa se contagió. Los amplios hombros subieron y bajaron como el compás sincronizado del sonido de su potente voz.

—¡Estoy totalmente dado de alta y listo para volver al trabajo! —dijo con firmeza.

El rostro pálido de su mejor amiga lo observaba de soslayo. El cabello claro recogido en una cola de caballo alta y sin adorno alguno. Ese kimono oscuro con flores que mimicaban sus ojos. Sin palabra alguna, pareció leerlo y hablarle en silencio. Porque la única voz que se oyó fue la de Kanroji, poniéndose de pie y saliendo como flecha encendida por la puerta que Rengoku había dejado libre.

—¡Seijuro seguro tiene dulces preparados! —dijo feliz—. ¡Le diré que los traiga para celebrar!

Y la risa se esfumó en degradé mientras el cuerpo de la voluptuosa Hashira del Amor se alejaba cruzando la calle de tierra. El grito del nombre de su hermano aún en los labios, mientras su mirada se dirigía aún a la chica que no se había movido de su sitio en todo este tiempo.

Los años le habían dado a Rengoku la capacidad de comprender a su mejor amiga con la facilidad de quien lee un libro por octava vez. Había estudiado sus facciones con la misma intensidad que los pergaminos de su padre para convertirse en Hashira. Conocerla desde hace tanto tiempo le había dado ventaja suficiente para saber cuándo debía agachar la cabeza. Cuando traerle dulces. Cuando reír. Cuando no hablarle. Y conocía esa mirada en ella: preocupación, frustración y ganas contenidas de gritar en su pequeño pecho.

—Volví a casa, Kei-chan —dijo.

Su sordera se había convertido en parte de su vida desde que destrozó sus propios tímpanos: ese era el motivo por el que gritaba más que de costumbre. Y sin embargo, al hablarle, solía hacerlo confiando en las vibraciones de sus pies, bajando el volumen de su voz. Como si quisiera, solamente, hablarle a ella.

Notó la mueca de molestia en sus labios. Cómo fue capaz de torcerlos en una línea recta y firme. La comisura hacia abajo, como si se mordiera desde dentro. Las piernas poniéndose de pie antes de caminar hacia él con la parsimonia que la caracterizaba. Siempre con ese aroma en su piel: hierbabuena y glicinas. Quizá su aroma favorito junto con las patatas dulces de su madre.

La mano pálida y delgada se estiró hasta casi acariciar la herida recién suturada que exhibía justo en el comienzo de su cabello: y es que había sido bastante profunda. La Luna Inferior que venció le dio el grado de convertirse en el nuevo Hashira de la Flama, reemplazando a su Shinjuro. Y aún cuando las palabras de su padre al darle la noticia habían destrozado su corazón, ahí estaba él. Feliz, regresando a casa con sus heridas curadas y listo para volver a…

—No estás del todo recuperado, Kyoujuro-kun. ¿Verdad?

La voz de Kei tenía ese efecto en él: el traerlo a Tierra. Volverlo a la realidad. Unirlo al universo donde vivía.

—¡Claro que estoy bie…!

—La sutura aún no cicatriza. Tampoco la de tu torso, por la forma en que estás encorvado —los ojos fijos en él—. Creí que el nuevo Hashira de la Flama podría disimular un poco mejor el estado deplorable en que quedó.

Silencio.

Silencio.

Silencio.

—¡Tienes toda la razón! —gritó tan fuerte que la hizo retroceder unos milímetros, acompañado de la estrepitosa risa que siempre se volcaba fuera de sus poros.

Claro que iba a reaccionar así. ¿De qué otra forma podría? Para él, esa frase significaba que la cara de malos amigos que tuvo hasta ese instante se había ido. Y es que Kei acostumbraba a preocuparse de más. ¡Siempre lo había hecho! Cada vez que se iba a una misión, aún cuando lo despedía con un hasta pronto, sabía que por dentro estaba preocupada. Era el mismo semblante disimulado que su madre mantenía con Shinjuro. El mismo temblor en su mano derecha. La misma sonrisa pálida. Los mismos ojos suplicando que volviera.

Y así lo hacía. Él siempre volvía a su padre. A su hermano. Y a ella. Porque siempre, se había prometido, volvería a su mejor amiga. Desde esa vez que a los quince partió a su primera misión.

—Mitsuri-chan seguramente ya está esperándonos con Seijuro-kun —le dijo calma. El rostro sin una pizca de molestia—. Será mejor no hacerlos esperar.

Y pudieron cruzar la calle de tierra nuevamente. Como ese río inamovible que los separaba por las noches.

.

.

—¡Estoy muy feliz por tí, Rengoku-san! —había gritado Kanroji.

El hermoso rostro colorado de reír y llorar y beber. No necesariamente en ese órden. Y era Seijuro quien perseguía a la bella Hashira para que descansara por dos segundos sentada en un lugar.

—¡Gracias por haberme apoyado siempre, Kanroji-san! —respondió. Los brazos cruzados sobre el pecho. La espalda firme como una roca—. ¡Trabajemos juntos a partir de ahora!

—¡Estoy segura de que hasta Shinazugawa-san estará feliz cuando vengas a la primer reunión como Hashira oficial!

Rió con fuerza. Tanta que él mismo sintió dolor en sus abdominales. Aún recordaba ese encuentro meses atrás. Donde desarmado se defendió y logró lo que suponía, era un halago del Hashira del Viento.

—¡Lo espero con ansias! —exclamó Kyoujuro.

La noche avanzada había dejado el té y los dulces y la cena y ese jugo de uvas que Kanroji había malfuncionado como alcohol en la mesa, lista para ser levantada. Las linternas alumbrando el interior de la sala. Aun tratando de hablar en un volumen calmo para que Shinjuro no se enfadara con ellos. ¡Ah!, porque sí. Claro que la noticia no había sido de su agrado. Claro que había minimizado su logro. Claro que lo había ridiculizado. ¡Pero lo había consegu…!

—¡Eso es, Rengoku-san! —habló Kanroji ahora finalmente sentada junto al hermano menor de los Rengoku—. ¡Vamos a proteger a todos como siempre me has enseñado!

La voz de Mitsuri resonó como campanas claras. La risa de Kyoujuro la siguió. Incluso la sonrisa tímida de su hermano menor.

Y por algún motivo, su voz no se escuchó. Y el pecho le dolió. Y algo pareció despertar una molestia poco más abajo de su vientre. Y la tibia sonrisa de costado que tenía en ese instante, desapareció junto con el ceño fruncido que no supo, se formó en la fina piel de su rostro.

—¿Estás bien, Kei-chan? —Mitsuri habló desde su lugar.

¿Eh?

—¿Eh…?

—¿Te sientes mal? ¡Oh, no! ¡Te llevaré a un doctor! —gritó queriendo levantarse.

—Mitsuri-san, Kei-san es una doctora… —trató de hablar Seijuro sosteniendo los brazos de la joven. ¿Cuánto alcohol podía haber en el té de cebada y jugo de uvas fermentado?

Kei pareció ver la escena en cámara lenta. Y hubiese estallado en risa en cualquier otro momento que no fuese ese. Cuando el dolor de su pecho, sin explicación, subió hasta la garganta.

—Estoy bien, Mitsuri-chan —le dijo. La sonrisa tranquilizadora que pudo dibujar con mayor sinceridad—. Pero creo que me iré a dormir.

Y antes de que pudiera ponerse de pie sobre las tablas de madera lustrada, sintió un pesado movimiento a su lado. Y el rostro de Rengoku la estaba ahora mirando con una sonrisa.

—¡Te acompaño! —exclamó.

No era extraño que lo hiciera. De hecho, esa costumbre se remontaba a cuando eran niños y Ruka le sugería hacerlo. Luego, como un mantra, se convirtió en costumbre. Por eso no le pareció extraño verse reflejada en los ojos claros del muchacho frente a ella. Y sin embargo, se negó tres veces. Le respondió cuatro. Y solo cuando cruzaron la calle de tierra y estaban de pie en silencio bajo el árbol de glicinas siempre en flor, supo que le había ganado, de nuevo. Como siempre desde que se conocían. Y fue entonces que el muchacho volvió a hablar.

—¿Estás bien, Kei-chan?

Silencio.

Silencio.

—Le dije a Mitsuri-chan que s…

—Pero yo te conozco, y no lo estás.

Silencio.

Silencio.

—No es nada importante —le dijo.

—¡Claro que lo es! —exclamó. Los ojos en ella. El aroma de las glicinias en sus sentidos—. ¡Puedes decirme lo que sea!

—Es que no hay nada que decir, Kyoujuro-kun. Estoy muy feliz por todo lo que has logrado.

—¡Lo sé y te lo agradezco! —respondió—. ¿Pero?

¿Pero?

Pero.

Ese pero. Claro que sabía cuál era ese pero. El mismo que se había plantado en su mente desde el invierno en que su padre murió hacía más de cinco años. Antes que su madre se mudara por no tolerar vivir en esa casa que ya no podía llamar hogar. El mismo que sentía en sus venas cuando las personas a su alrededor parecían depender de otros, solo porque otros eran más…

—Pero pienso que no podemos depender de ustedes para siempre.

Kyoujuro la miró con detenimiento. La respiración profunda. La espalda derecha. Los brazos al costado del cuerpo. ¿Depend…?

—No me mal entiendas —continuó la joven de claro cabello atado en una cola de caballo despeinada—. Cada palabra de tu madre era cierta hasta el núcleo. El fuerte debe proteger al débil.

Silencio.

Silencio.

—Pero depender del fuerte nos hace aún más débiles, Kyoujuro-kun —murmuró—. Y francamente, no quiero que tú, o Mitsuri-chan, o Iguro-kun terminen cargando más sobre sus espaldas de lo que ya hacen por todos nosotros.

—¡Pero eso quiero! —la interrumpió.

El sonido de su voz golpeando el aire nocturno. El frío sobre ambos. La luna brillando con intensidad. La risa de Kanroji al otro lado de la calle. Los transeúntes que aún paseaban tranquilos sabiendo que estaban protegidos porque él estaba ahí.

—Eso quiero, Kei-chan. ¡Protegerte! ¡A todos! Eso es lo que todos queremos. Por eso lo hacemos —le dijo. La mirada tan pura como la nieve que comenzaba a derretirse por el sol—. ¡Lo hago porque está bien! ¡Porque quiero hacerlo! ¡Y te agradezco que te preocupes por nosotros y por todo lo que haces siempre!

¿Por qué estaba sonriéndole ahora? ¿Por qué parecía brillar en la oscuridad? ¿Por qué…?

Kei llenó los espacios en blanco.

Porque frente a ella estaba Kyoujuro Rengoku. El Hashira de la Flama.