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Anhelo del corazón
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Sakura
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Recuerdo que cuando era niña, me detenía en el sendero situado de camino a casa, con el suelo cubierto de piedras y polvo bajo mis pies, la hierba en contorno y con el aire golpeando sutilmente mi rostro, bañándome de libertad; para admirar pausadamente los pétalos de cerezo que caían en una danza dignamente coordinada. El aire los movía formando un remolino a mi alrededor, a veces pensaba que era un fenómeno especial dedicado a mí haciendo honor a mi nombre, en otras, que era simplemente una coincidencia.
Una muy peculiar.
No he dejado la idea, incluso en este momento, que estoy recurriendo el mismo lugar montada en la motocicleta, sólo gire la cabeza y estiré el brazo para atrapar un pétalo rebelde que cayó cerca de mi cabeza.
Sin duda alguna, mi lugar favorito en el mundo era este, donde podía respirar sin limitaciones, ser yo misma, y libre.
El ruido de la motocicleta inundo mis oídos haciéndome recordar que debía agarrarme de su cintura para no caer. Aparte la vista del árbol de cerezos con cierto pesar y continuamos el trayecto estipulado.
Alejándome del árbol.
Pasamos sobre el puente donde por abajo pasaba el pequeño río de agua cristalina, continuamos por una calle pavimentada cuyo tramo terminó tan pronto como inicio. En Konoha, las calles eran de tierra y piedras, empinadas de mala gana. Pero el disgusto era compensado por el paisaje: montañas alzándose con impotencia, el río recorría a sus pies y la vegetación verde y abundante. Nada se comparaba con este panorama digno de la naturaleza.
No tardamos en llegar a nuestra casa de dos pisos con un jardín en aceptables condiciones, hileras de flores adornaban el pasto resaltando su singular belleza, colores vivos y duraderos.
Baje de la motocicleta de un salto torpe, casi caigo al suelo de boca pero mi equilibrio me ayudó. El casco me sofoca así que me lo quite de inmediato. Como de costumbre el cabello quedo pegado a mi cuello y me disgusto. Lo alborote con ganas y escuche la risa de mi hermana mayor.
—Deberías cortarlo si tanto te molesta —comentó. Su voz sonó amortiguada pues no se había quitado el casco.
Bufe. La observe quitarse el casco revelando su larga melena roja.
Mi hermana Karin, era mayor por cuatro años. Una mujer hermosa, su abundante cabellera pelirroja le llegaba a media espalda. Alta, de complexión delgada. Ojos rojos un poco rasgados y piel blanquecina. Las sonrisas que esbozada siempre me reconfortaba. La gentileza y su personalidad carismática, un tanto grotesca y sarcástica la hacia única en su especie.
Toque mi cabello. A diferencia de Karin, el mío era de color rosado (extraño, ¿no?) y mis ojos verdes. No puedo comentar mucho sobre mi cuerpo ya que apenas cumplí los diecisiete años. Aunque claro, cada quien tiene lo suyo.
—Lo cortaré si algún día llegas a vender tu motocicleta —le moleste sabiendo que ni por un millón de dólares entregaría a su amada "pancracia". Que originalidad de apodo, ¿no?
Karin se inclinó a su motocicleta abrazándola cual niño se niega soltar su juguete favorito, negando varias veces con la cabeza:
—¡Jamás venderé a mi bebé!
Me reí.
—¡A este paso primero lloverán vacas!
Entre risas, ingrese a la casa anunciando mi llegada, me quité los zapatos y los deje a la derriba, no los acomodaba al instante, antes que nada quería ver a mi madre, es lo primero que hacía después de volver a casa.
Subí las escaleras de dos en dos y me precipité a la primera puerta, no espere más e ingrese mostrando mi mejor sonrisa. No hay nada más confortarte que ver el rostro de mi madre enfocarme y devolverme el gesto, admirar las arrugas cuando sonreía siempre alegraba mi tarde, y sus ojos verdes brillar de emoción. Un amor inocente y puro.
—Mamá.
—Mi princesa, ¿vienes escuelita? —me preguntó.
No podía evitar sentir la misma resignación de todos los días: la que te retorcía el estómago y no te dejaba en paz durante todo el día. La sensación me era familiar, pero no me acostumbro a ello. Nunca lo haría.
Pase a al dolor, sonreí cuando volvió a replicar.
—Has vuelto muy tarde. Es más del medio día. ¿Será que tuviste algún problema con un amiguito?
—No mamá. Salgo a esta hora. Karin fue a buscarme —le expliqué como siempre mientras me acercaba para besarle la frente y sentarme a su lado. Quería contarle un millón de cosas, pero me retuvo el cansancio de sus ojos.
Ella siempre descansaba en la cama, leía libros o tejía bufandas aun en primavera y verano. Su condición no le permitía moverse mucho tiempo, se fatigaba demasiado, o le dolían muchos los huesos. Gracias a eso, nos quitaba mucho tiempo de convivencia lo cual detestaba. Pero deseo abrumarla al platicarle mis problemas, bastante tenía con los propios.
Me percaté de los nuevos hematomas en sus brazos, le pregunté cómo se los hizo y me respondió que fue un descuido al chocar con el umbral de la puerta. Nada de qué preocuparse.
—No hablemos de mis problemas. Mejor dime cuando viene a visitarme tu novio. Quiero decirle unas cosillas y que no es edad para que tengan una relación. Deben de esperar hasta la secundaria o preparatoria.
Me rasque ligeramente la nuca ante la mirada risueña de mi mamá.
Neji y yo somos novios desde hace unos cinco meses. Fue lo típico: amigos que se hacen novios. Lo conozco desde que éramos niños. Cuando él me lo pidió salte y chillé de la emoción. Es un chico fuerte y protector, sencillo y un tanto… frío. Pero conmigo se comporta diferente. Lo mejor es que asistíamos en la misma preparatoria y aula.
—Mamá, él no puede venir porque… —busque una respuesta rápida ¿Cómo explicarle una vez más que Neji no ponía un pie por qué papá no sabe de nuestra relación? —… nos dejaron mucha tarea.
«Bravo Sakura, que excusa más estúpida», pensé sonriendo un poco nerviosa por el grado que llega mi idiotez.
—¿Cómo va a ser eso? los maestros no deberían hacerlo, apenas son unos niños —ella pareció indignada.
—Ya mamá. Haré que Sasori hable con los maestros —aseguré agarrando sus manos frías, las apreté y sonreí al recordar la hora—. ¿Ya tomó sus pastillas?
—No quiero nada de eso. Son porquerías.
—El doctor dijo que le ayudan a disminuir la fatiga y el dolor de huesos. Así puede tejer y caminar por la casa.
Me dirigí a la cómoda de un costado y metí mis manos entre los cajones buscando las pastillas que mamá siempre escondía con el fin de no tomárselas. La miré con ojos entrecerrados intentando que me dijera la ubicación del frasco pero se negó a cooperar a formar un mohín. Parecía una niña de cinco años, berrinchuda y necia.
Perfecto, si no me ayuda lo encontraría por mis propios méritos. Ella es muy predecible a la hora de esconder las pastillas, siempre recurría a los mismos lugares. No tendría problemas para encontrarlo.
Busque en todos los cajones sacando ropa y chucherías, jale con demasiada fuerza las pequeñas puertas y metí medio cuerpo al interior. Solté un chillido al ver una pequeña araña y trague grueso, un escalofrío recorrió mi cuerpo y cerré los ojos para no ver al animal. Intenté salir para poder respirar mejor, pero en el proceso me golpeé la coronilla contra la madera.
Salí de allí sobándome la cabeza, susurrando maldiciones al objeto inanimado.
—¿Te dolió mucho cariño? —preguntó mirándome con inocencia. Quise creer que era genuina.
—No —dije irónica pero pareció no notarlo puesto que me advirtió que tuviera cuidado.
Resignada por el carácter noble de ella, volví a meterme en el interior, está vez me agache de más. Rebusque rápidamente. Vi de reojo, entre las bolas de estambres, el frasco blanco de pastillas. Sonreí triunfante al tomarlas. Salí de allí sin golpearme y se las mostré a mamá sin variar de expresión.
Ella se mostró horrorizada.
Se las entregué junto con un vaso de agua, se negó cual niña pequeña, pero tras componerle una mirada de súplica, dudó y procedió a tomarse las pastillas. Espero que se sienta mucho mejor después.
—Ya. Ya —advirtió después de tomarse las pastillas y hacer toda clase de muecas de asco—, déjame acariciarte el cabello —señaló su regazo.
Incluso si no me invitará, lo hubiera hecho. Incliné mi cuerpo a ella apoyando mi cabeza sobre las mantas, acomodé los brazos a sus costados para no lastimarla y solté un suspiro pesado al sentir las manos de mamá acariciarme el cabello. Pronto empezó a tarantear una canción, mi favorita y dormite mientras divagaba entre pensamientos claros.
Mamá siempre lo hacía, hacerme sentirme como una niña pequeña inocente, audaz, curiosa y amada; porque para ella lo sigo siendo. La enfermedad que ataca su cerebro hace que vea todo distorsionado con la realidad. Para ella, tengo la edad de una niña de diez años, por el tiempo que mamá empezó a tener los síntomas.
Se trata de una enfermedad mental: Psicosis, distorsión de la realidad. Aunque es un concepto general. Al principio no entendía del todo de que se trataba, era una niña después de todo. Pero mi curiosidad y deseo de ayudarla en todo lo que fuera posible sobrepasaron, y puse manos a la obra e hice mis propias investigaciones. Busqué en internet los síntomas de mamá hasta que di con una enfermedad parecida. Me encontré con conceptos y recabé la información necesaria para entender el padecimiento.
La psicosis es un conjunto de enfermedades mentales y alteraciones a nivel cerebral. Es decir, las neuronas (células que componen el sistema nervioso) tienen dificultades para desarrollar sus funciones, como si el cerebro sufriera un desorden. Esto se traduce en una grave distorsión con la realidad que produce severos trastornos de la conducta y una pérdida importante de un adecuado contacto con la realidad. En algunos casos, las personas que se ven afectadas se pierden o apagan las emociones y sentimientos, se deteriora la voluntad y la espontaneidad en el lenguaje, lo que produce a largo plazo un déficit o pérdida en sus capacidades afectivas, laborales y sociales.
Afortunadamente mi mamá no llegó a ese extremo, si no que se vio afectada por los delirios, con pensamientos de contenidos erróneos, irracionales, ilógicos y sin posibilidad de corregirlos a pesar de que se le indiquemos o probemos su error o falsedad. Y son causados por algún factor orgánico y exterior, por daño a nivel de la estructura cerebral a consecuencia de un trauma severo o algún golpe severo en la parte del cerebro.
Sigo sin descubrir cuál fue el trauma o accidente que propicio esta enfermedad en mamá. Se lo he preguntado a papá millones de veces, pero no da razones. Se expresa de muy mala forma de ella, dice que está loca.
Cuando esto sucede, arrugó la frente y pongo mala cara. Odio que papá diga eso de mamá sólo porqué ella confunde la realidad de esa forma. Cree que mis hermanos y yo apenas vamos en la primaria y secundaria —Karin y Sasori—. Después de un tiempo nos permitimos dejar que lo crea, descubrimos que intentar hacerla entender no sirve de nada.
De hecho, debería salir de la habitación, caminar y respirar aire puro. Pero debido a la leucemia se fatiga mucho.
Si, ella parece un saco de enfermedades, uno grande y horripilante contenedor, y el exterior en perfectas condiciones para un huésped.
El tipo de leucemia que le diagnosticaron meses atrás, era la mieloide aguda que se caracteriza por el crecimiento sin control de las células mieloides que se extendían en todo el cuerpo y de una forma rápida. Genial, ¿no? Como una plaga que infecta sin compasión la sangre. E interfieren en la producción de glóbulos rojos, glóbulos blancos y plaquetas.
A causa de esto sufre fatiga (por lo que no puede hacer mucho movimiento), infecciones recurrentes y aparición de hematomas con facilidad.
El tratamiento consiste en diversas quimioterapias, terapias con fármacos y trasplantes de células madre. Y por supuesto que mamá no acepto nada de eso. Sólo asistió a una quimioterapia y juró que jamás volvería a visitar un hospital para repetir el proceso. Los odiaba. A duras y apenas acepto el tratamiento de las pastillas.
Por no recibir un tratamiento adecuado su vida se acorta cada día. Viajamos cada dos semanas a Tokio para su chequeó y se gasta una fortuna en los medicamentos. A este paso no sé cuánto seguirá aquí, conmigo.
¿Irónico? Si no tiene una cosa, tiene otra. En ocasiones me cuestionó si mamá hizo algún mal en el pasado. Estar llena de enfermedades es desgracia y castigo. Ella era una persona dulce, cariñosa y justa. No entiendo porque le sucede todo esto.
Rezó todos los días para que ella se mejore. No me imagino el resto de mi vida sin mamá.
No podría soportar su perdida.
—¿Sabes que te amo mi princesa? —mamá interrumpió mis pensamientos con sus cálidas palabras.
—Siempre me lo dices. Yo también te amo mamá.
Esperé a que terminará rendida ante el cansancio y durmiera. Me levanté lentamente de la cama tratando de no hacer mucho movimiento para no despertarla. Una vez triunfal mi acción, salí cautelosa de la habitación. El escape perfecto. Si alguna vez se me ocurriera fugarme de la casa, seguramente nadie se daría cuenta.
Sonó mi celular provocándome un sobresalto. Me alejé de la puerta a paso rápido hasta el borde de las escaleras. El sonido taladraba ruidosamente mis oídos, aturdiéndome. El dichoso "beep, beep" cual detestaba. Anoté mentalmente cambiar el tonó a uno más animado.
Noté que era una llamada de Neji. No dudé en contestar con una sonrisa.
—Neji-kun, ¿me extrañas tanto? No hace mucho que nos vimos —le recordé con gracia. Seguramente interpreto mi entusiasmo porqué suspiro.
—Veámonos donde siempre en una hora —me dijo sereno.
Mordí el labio inferior, pensativa. Una invitación tentativa cual no quería rechazar, pero era mi turno de cocinar el almuerzo y tenía deberes pendientes.
Aunque...
Giré sobre mis talones y observé el reloj del pasillo esperando ver una hora adecuada. Casi chillo de la emoción. Perfecto, el tiempo justo.
—Ahí estaré.
Neji colgó inmediatamente y yo quedé en medio del pasillo con mi sonrisa estúpida ante la idea de nuestro encuentro. Agité la cabeza y baje rápidamente las escaleras para cocinar un guisado decente, de lo contrario, escucharía el griterío de papá por la noche, lo cual me irritaba. Prefiero ahorrarme las molestias, aunque a veces él se las empeñaba para hacerme daño con sus palabras.
Tras media hora de cortar vegetales y carne —y casi mocharme un dedo—, la comida quedo lista y exquisita. El olor inundo mi nariz y tenté en tomar una porción. Pero era consciente de que me atrasaría.
Me encogí de hombros y tomé un plato. Nada se interpondría entre la comida y mi estómago, ni siquiera mi novio.
El primer bocado me extasió por completo, ¡exquisito! no todos los días cocino de las mil maravillas. Lastimosamente en las circunstancias que aprendí no eran la adecuadas, todo a lo golpe.
Debido a la reciente enfermedad de mamá, mi papá, Haruno Kizashi, tuvo que trabajar el doble de tiempo para conseguir dinero y comprar las medicinas de mamá; Karin congeló sus estudios en la Universidad para entrar a trabajar como cajera en una tienda de víveres que está a media hora de aquí; y Sasori, mi hermano mayor de veinticinco años, doblaba turno en una fábrica para pagar mis estudios.
Obviamente también quise dejar de estudiar para trabajar. No me parecía justo que ellos sacrificaran tanto para darme mucho. Y por supuesto, Sasori y Karin se negaron rotundamente. Aquello me hizo sentirme inútil porque no podía ayudarlos de la misma forma, así que trataba de compensarlo al hacer los labores de la casa, pero no es lo mismo. Nunca lo sería.
Al terminar de comer, lave los platos y me sambutí un vaso de agua. Solté un sonido para nada femenino y subí las escaleras de dos en dos. Entré como un remolino a mi cuarto en busca de mi toalla y me dirigí al baño para ducharme lo más rápido posible. Afortunadamente no soy de esas chicas que tardan largas horas en el baño. Sólo entro a lo que voy y salgo sin siquiera secarme el cuerpo, con el cabello bastaba. No como Karin, que, sin exagerar, duraba dos horas dentro del baño haciendo quien sabe que cosa. Así que cuando ella iba a tomar una ducha, preguntaba primero si alguien deseaba entrar antes que ella.
Escogí lo primero que vi en el armario, un conjunto simple de blusa verde ahogada y short corto. Tomé los tenis blancos ocultos debajo de la cama, metí lo necesario en mi fiel mochila que me acompañaba a todos lados y salí corriendo al pasillo para plantarme en la puerta de frente.
—Karin —llamé tocando la puerta con insistencia.
En menos de un segundo abrió la puerta. Sus ojos rojos me interrogaron con la mirada.
—¿Qué?
—Saldré un rato… ¿podrías vigilar a mamá? Vendré antes de que te vayas a trabajar —le supliqué con la mirada.
—¿Irás con Neji? —interrogó con un brillo desagradable en los ojos.
Apreté la mandíbula mientras asentía. Sé de sobra que Neji no le era del todo de su agrado. No entiendo el porqué. Una vez ella me dijo que él no era lo que aparentaba, pero tampoco me dio razones. Concluí que era porque simplemente no lo soportaba.
—Sabes que pienso respecto a ese tipo.
—Es mi novio, Karin.
—Más bien un idiota que aparenta ser alguien que no es. Puede que se conozcan desde niños, pero todo el mundo esconde secretos.
—Te he dicho millones de veces que no lo ofendas. No te ha hecho nada.
Ella bufó y esbozó una sonrisa irónica. Me picaron las manos y las apreté, furiosa.
—Como sea. Luego no vengas a mí chillando y maldiciéndolo porque diré: te lo dije.
—No comprendo porque lo odias, ¿qué te hizo para ganarse tu despreció? —pregunté a la defensiva aferrándome a las correas de mi mochila para evitar hacer un acto imprudente.
Karin me observó por unos largos segundos, sus ojos rojos no dejaron de verme con seriedad hasta que suspiro al componerse los lentes. Debía pensar en su argumento, creí que me lo diría, empero, agarró el pomo de la puerta con intenciones de terminar la charla.
—No llegues tarde —y cerró la puerta en mis narices.
Fruncí el ceño mientras salía de casa, consternada por su actitud. Siempre que se hablaba de Neji su humor era insoportable. La mayor parte del tiempo insistía que rompiera con él, pero me niego a cumplirlo. Quiero a Neji y no pienso dejar de ser su novia.
Monte mi bicicleta. En ella me transportaba para ir y venir de la escuela cuando Karin no podía recogerme —que es la mayor parte del tiempo—. Es un poco pequeña por lo que tengo que pedalear de pie. No tengo mucho que presumir, pero apreciaba tenerla conmigo, me facilita el traslado en el pueblo.
Partí por el inestable camino de tierra y rocas rumbo al cotidiano destino. El movimiento provocaba turbulencia en la bicicleta, pero me había acostumbrado después de tantas vueltas. Mejor evitaba el camino rocoso yendo por la hierba de los costados. Afortunadamente tenía la altura necesaria para no quedar atrapada entre sus tallos. Más de una vez me caí, lo que lograba que farfullara entre dientes, abochornada por la situación, agradecía enormemente que no hubiera nadie a mi alrededor como para presenciar mi vergüenza.
Crucé el puente velozmente. Por un segundo lo recorrí con la mirada recordando que aquí fue donde Neji me pidió ser su novia. Sonreí fugitivamente y observé de reojo un par de niños jugar en la orilla del río que atraviesa debajo del puente. Me asustaron y detuve la bicicleta en seco para advertirles.
—¡Oigan niños! —grité agitando mi mano para llamar su atención. Inmediatamente dejaron de jugar y fijaron su vista en mí—. ¡No jueguen en el río, podrían caerse al agua!
Gracias a Dios los niños se largaron a reír mientras subían la pequeña cuesta y se perdían entre los árboles del camino improvisado. Sonreí aliviada, el tan solo imaginarme que podrían caerse y ahogarse me recorría un escalofrío.
Retome mi andar más apresurada.
Pasé por el centro del pueblo, en la calle principal donde se agrupan una hilera de puestos de todo tipo, la gente se amontonaba por la tarde, por lo que tuve que dejar de pedalear y sentarme para seguir mi camino empujando la bicicleta con los pies. Desde abajo salude a medio mundo con una sonrisa alegre, me preguntaron por mamá y mis hermanos; yo recurría más este lugar que cualquiera de mi familia. Aquí todos conocen a todos, nadie es la excepción.
Salí de la calle dejando atrás el bullicio de la tarde. Giré la cabeza a un costado al pasar por un campo abierto, el aire se encarga de menear sutilmente el pasto y las ramas de los árboles que rebosan de flores. Los pétalos no tardan en caer y juntarse con la corriente de aire e irse lejos de sus ramas. Las viviendas de un piso se amontonan en una serie de casas y pequeñas casuchas, tan coloridas y cálidas. Pero una en particular siempre atraía mi atención.
La última de la línea, que no era precisamente una casa, sino un salón de baile. No podía evitar detenerme casi a los pies del camino de piedras y observar nostálgica su fachada pintada de un color café claro, en la parte inferior colgaba un letrero rojo con la leyenda: "Salón de Danza de Konoha". Las ventanas rectangulares con protecciones que permitían ver al interior, y la puerta de roble viejo delata su antigüedad.
Si me acercaba un poco, podría apreciar el interior: un extenso salón de madera brilloso, en el lado derecho se encontraba los gigantes espejos que reflejaban el campo junto con los tubos de apoyo y práctica. Del lado izquierdo era exactamente un gran ventanal que daba vista al prado y sus gentiles árboles. En la parte detrás están los vestidores, bodega y oficina. Todo pulcramente limpio, presentable y acogedor.
O lo era antes.
Lo triste para mí es ver que, en la puerta de roble, dos tablas cruzadas impedían el paso, la pintura de las paredes se caía en pedazos, las ventanas rotas reflejan el abandono y el letrero deteriorado se agitaba ante el viento.
Agité la cabeza recordando mi encuentro con Neji. Así que seguí mi camino dejando atrás el gran salón, con la nostalgia apoderándose de mi pecho.
Desde que tenía cinco años me intereso el baile debido a que cada primavera se hacía un festejo en el pueblo recibiendo la estación creyendo que sería de bendición para las cosechas. Dentro de ello, se exhibía un baile como demostración. Cuando tuve conciencia lo añoré, siempre insistía a mamá de ir a la celebración para no perderme ninguna interpretación.
Fue hasta que cumplí los ocho años que mamá conoció a Kurenai, una joven recién casada que se mudó, que era bailarina profesional. Mamá la ánimo para que abriera un salón de baile porque estaba segura de que muchas niñas asistirían, yo fui una de las primeras. Recuerdo lo feliz que estaba al enterarme que me inscribiría a las clases de ballet.
Siempre esperaba con entusiasmo todos los días a que dieran las tres de la tarde, me vestía con medias blancas y leotardo negro, jalaba mi bolso que siempre mamá preparaba mientras me encontraba en la escuela, impaciente a que me llevara a las clases.
Las tres horas que pasaba ahí eran maravillosas. Claramente las primeras clases fueron un dolor de cuerpo y pies, pero lo valía. Eran más mis ganas de aprender algo que realmente me apasionaba que deje de lado los lloriqueos, y mientras me divertía, practicaba todos los días sin falta. Aprendí la mayoría de los saltos, y mi flexibilidad que en un principio era fatal, fue abriéndose paso con mucha práctica y esfuerzo.
El compromiso estaba ahí, la maestra continuamente decía que podíamos llegar más y más lejos siendo disciplinadas, astutas, perseverantes y responsables. Nos visualizaba a como un grupo de bailarinas que danzarían con zapatos de puntas y dejaríamos atrás la de piel.
Fue hasta que cumplí los doce años cuando mi maestra me notificó que estaba lista para utilizar las puntas al igual que mis amigas. La dicha fue grande, los cuatro años que transcurrieron entre arduos entrenamientos dolorosos valieron la pena porque por fin tuve la capacidad para ejecutar la danza en puntas.
Pero no todo fue como lo esperé. Mamá colapso de su enfermedad y fue necesario sacarme de las clases de ballet antes de que siquiera empezará a ahorrar para mis nuevas zapatillas. Tuve que resignarme al ver por la opresión económica de la familia.
Me lamente en silencio, lloré lo necesario al estar encerrada en mi habitación y expulse mi dolor. Pase a que Kurenai insistió que no era necesario que le pagara por el momento las clases, pero que consiguiera las zapatillas, no logré hacerlo.
Al final no tenía caso porque Kurenai se fue del pueblo debido a que su esposo Asuma recibió una oferta de trabajo en la ciudad y se mudaron allá. Desde entonces no han vuelto y el grupo se disolvió. Nadie en el pueblo poseía los conocimientos de Kurenai, y no hicieron mucho esfuerzo para recuperar el salón.
Sin embargo, esto no era impedimento alguno a que me hiciera un tiempo y me encerara en mi habitación a practicar todo lo que aprendí. No lo hago todo los días, ni siquiera tengo la misma complexión de hace un tiempo o la flexibilidad. Era más por costumbre que cualquier otra cosa. Muy en el fondo de mi corazón, seguía con la esperanza de que, tal vez, algún día volveré a retomar las clases.
Sin darme cuenta llegué al pie de la pradera. Sonreí al ver el gran árbol de manzanos sacudiéndose gentilmente al compás del viento, el sonido tranquilizo mis oídos y cerré por un momento los ojos. Adoro como me arrullaba e invitaba a sentarme debajo de su sombra y quedar atrapada en un sueño profundo, sin preocuparme por nada.
Bajé de la bicicleta y corrí hasta donde Neji, se encontraba trepado en una de las ramas, esperándome. Al escuchar el sonido de mis pasos, vio sobre su espalda y me dedicó una sonrisa de lado.
Bajó de un saltó para extender sus brazos hacia a mi, recibiéndome con un poco de renuencia, al final busco mis labios y me beso. Aquello no me sorprendió, siempre me recibía de esa forma, desesperado, necesitado de mi presencia tal y como yo me sentía al estar lejos de él.
—Extrañé tus besos Saku —me susurró al oído.
Me estremecí ante su aliento y reí por debajo, apoyando mi cabeza en su pecho, logre aspirar su aroma, el perfume de chocolate me fascinaba. Me gusta escuchar que me extraño, aunque era una tontería. Es tierno conmigo.
—Pues deberíamos besarnos, así dejaré huella en tu mente y pensarás en solo en mí —dije con una sonrisa de lado pasando mis manos por su cuello. Los miré bajo mis pestañas. Y él insinuó una sonrisa sugerente.
Las tardes con él son mágicas. Nunca dejaría de pensarlo de esa forma. Al reunirme con él, olvido todos mis problemas. Él era mi medicina, aliviaba espontáneamente mi dolor.
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Estaba haciendo los deberes de matemáticas, no era mi materia predilecta, así que batallo para poder concentrarme, fue en ese momento que un toque en la puerta me desconcentró por completo, no pude evitar soltar el lápiz con un movimiento brusco, agité mis manos en mi estado de frustración antes de levantarme e ir a ver de quien se trataba.
¿¡Quién osa a interrumpirme en mi momento de paz!?
Alcé la cabeza antes de abrir la puerta y farfulle unas cuantas verdades a quien me interrumpía. Inmediatamente la figura de Sasori se dejó entrever pasar el umbral con gracia. Sonrió como si no hubiese cometido alguna travesura, que perverso hermano mayor.
—Hola pulga.
Mis dientes rechinaron al ver su sonrisa burlona. Le gustaba fastidiarme con ese apodo, porque supuestamente cuando era niña siempre me quejaba por ser tan enana y no poder jalarle los cabellos cuando me molestaba.
—Sasori, ¿sabes que acabas de interrumpir una importante sesión de matemáticas? —murmuré entre dientes esperando una buena excusa para olvidar golpearlo en el estómago.
Él enarcó una ceja riéndose disimuladamente. Obviamente complacido por su intromisión y mi frustración.
Sasori era un hombre adulto o eso aparenta porque a veces era infantil. Su delirio era hacernos bromas y sonreír, pero en ocasiones permanecía pulcro. Físicamente se parecía a Karin, compartían el mismo color de cabello, pero sus ojos eran de color avellana, oscuros, intensos y centellantes.
—Siempre lo hago a estas horas… Y me sigo sorprendido el como puedes concentrarte pase al coro de fondo —dijo entre dientes divertido y miró detrás de mí, directamente a la cama.
Me giré instantáneamente con la vista clavada a una de las camas donde yacía durmiendo Karin de forma recta, sus piernas colgando al aire y el estómago descubierto. Me pareció ver un hilo de saliva escurrir por la comisura de sus labios cuales se entreabrían en un sonido ronco. Reprimí una risa. Si no fuera porque desde pequeña me acostumbre a sus ronquidos que parecían trompetas, ya me hubiera lanzado por la ventana.
—Afortunadamente no me afecta. Me hice inmune a sus ronquidos —lo dije con orgullo y una sonrisa triunfante adornó mi rostro.
Se rio un poco cerrando los ojos y suprimió un bostezo llevándose la mano a boca por instinto, aunque falló estrepitosamente y terminó por abrir su boca como un león hambriento.
—Ya cómeme —bromeé intentando arrebatarle una sonrisa, lo cual conseguí, segundos después las comisuras se elevaron.
—No, porque de seguro sabes horrible —contradijo divertido y lo miré ofendida por el insulto, luego su rostro se suavizó—. A todo esto, ¿cómo estuvo mamá hoy?
Sentí una opresión en el pecho y un escalofrío me recorrió el cuerpo, aparté la mirada justo en el momento que sus cejas se juntaban y su expresión cambiaba a una severa. No deseo ver su rostro cambiar a una de tristeza al contarle que mamá tuvo delirios más de lo normal, pero tampoco quería mentirle, tenía derecho a saber de los retrocesos de mamá. ¿Se puede complacer ambos deseos sin verse afectado?
Suprimí el remordimiento que asechó como una sombra en mi mente. Sasori no se merecía más preocupaciones, tenía suficiente con el trabajo y la indiferencia de mi padre.
—Sakura —apresuró impaciente ante mi silencio.
Cerré los ojos de inmediato, temiendo a verlo decaer.
—Mamá estuvo delirando en el tiempo que iba a danza, insistió mucho en ir al Salón. Tuve que llamar a Hiruzen-san —el doctor de pueblo— para que la sedara.
No vi su expresión porque no me atrevía abrir los ojos, pero me lo imagine: una transformación del semblante pulcro a uno decaído, ojos tristes que rebosaban de desdicha y una mueca de resignación ante las circunstancias. Sasori evitaba mostrarse vulnerable frente a nosotras, pero en ocasiones, como esta, fracasaba.
Somos humanos y necesitamos sacar todo el dolor de alguna forma. Como fuera. Gritar, llorar, golpear, destrozar cosas; como fuera. No sé podía acumular tango dolor en el pecho por mi no tiempo sin verse afectado. En algún momento se tenía que expulsar.
Y está es la de él.
—Que día tan fatídico ¿no? —musitó con desgano.
Se refería a los daños colaterales. En sí, la enfermedad de mamá no ocasiona un problema severo para nosotros, si no lo que provoca con sus arranques. No era culpa de ella, lo entendimos con el paso del tiempo, pero no se podía evitar la frustración por no poder arreglar el problema. Seguiría ahí incluso hasta la muerte.
¿En que estoy pensando? Abrí los ojos se sopetón aturdida por el rumbo de mis pensamientos. Sofocada, froté la base del cuello y elevé la mirada observando a Sasori con los labios apretados y ojos fijos en el suelo sin reparar en mí.
Debería ser difícil para él lidiar entre la penumbra de este problema. Me sentía mal por él y siempre intentaba apoyarlo en todo lo que estuviera a mi alcancé, pero en ocasiones sé que no es suficiente lo que me llevaba a un punto de frustración e ira al sentirme inútil.
—¡MALDITA SEA! ¿ES QUE ACASO NO HAY NADIE DESPIERTO? —La voz demandante y a grito de papá llegó a nuestros oídos, tensándonos a ambos.
Sasori elevó la cabeza de sopetón, sus hombros tensos respingaron y sus piernas permanecieron inmóviles, esperando algún tipo de peligro. Atiné a morder el interior de mi mejilla mientras avanzaba a la puerta para ir a la planta baja.
Que momento inoportuno de gritar. En verdad que papá no tenía consideración de mamá y Karin. Se limitaba a ser egoísta y pensar solo en él. Todas las noches era lo mismo, la rutina se escurría entre las líneas del tiempo y ocupaba un lugar demandante en mi vida lo cual no deseaba. Anhelo que se acabe ya.
Baje corriendo las escaleras. No pase por alto que mi hermano me pisaba los talones, podía sentir su respiración cerca de mi nuca, me pregunte si su nivel de estrés explotaría esta noche, deseche la idea tan pronto como apareció.
Al llegar a la cocina, me planté cerca de la barra observando a mi padre dándonos la espalda, movía bruscamente las ollas de la estufa en busca de nada en concreto, solamente para alborotarnos. Una oleada de desagrado me sucumbió que fue sustituida por resignación y cobardía.
—Hola papá… —saludé serena esperando una reacción diferente a la que estaba acostumbrada. Él me respondió con una mirada dura. Me tensé, sería lo mismo de siempre—. ¿Le sirvo la cena?
—Yo lo hago. Ve y continúa con tus deberes —replicó severo Sasori acercándose a la barra para tomar uno de los platos limpios.
Abrí la boca para decir que no tenía caso que se esforzara, al final papá lo impediría a toda costa, llenando la habitación de aberración e insultos. Tal y como sucedió segundos después.
—Deja que la estúpida de tu hermana lo haga, de que algo sirva —dijo papá sin mirarnos. Se concentró en tomar asiento en una de las sillas y esperar su comida, la costumbre a veces es tan fuerte.
Me concentré en cerrar los puños y centrarme en murmurar en vez de gritar y contradecirlo. Me acerqué a mi hermano negando silenciosamente con la cabeza y sustituí sus manos por las mías para tomar el plato. Haría las cosas rápido para no soportar su mal genio. No quiero estar cerca de papá en un radio de diez metros a la redonda.
Estaba acostumbrada a sus insultos —pero no quería decir que me agrada, al contrario, lo detesto— que ya no me afectan demasiado. Claramente no era el caso de mi hermano, que odia que papá nos insultara a Karin o a mí y enfrentaba a papá llegando al punto de los gritos.
Yo ni siquiera opinaba, ¿Cómo podría, aun sabiendo lo que me llegaría a continuación? Una vez objeté y me fue muy mal. El tan sólo pensarlo se me enchinó la piel. Negué ante los recuerdos que amenazan a mi mente pasiva. Nada de emociones pesimistas guiados a la autodestrucción y desdicha.
—Padre, no insultes así a Sakura —escuché a Sasori muy molesto lo que me distrajo un poco.
Trague grueso al dejar el plato servido frente a papá. Me debatí en si dar media vuelta y subir a la segunda planta o quedarme ahí para que Sasori no cometiera ninguna imprudencia.
Y, como era de esperarse, me quedé plantada cerca de la estufa para tener un mejor ángulo del rostro de Sasori. Intervendría si veía intenciones de acercarse, no quería que mi hermano sufriera algún daño.
—Yo le digo como se me de la gana porque esta es mi casa. Y tú aquí solo eres un mantenido —las duras palabras de papá calaron en mi mente—. Sino quieres vivir bajo mis reglas, puedes largarte cuando se te antoje. No me importa lo que hagas en absoluto.
Sasori apretó los puños a sus costados, la ira recorrió sus ojos y su semblante se crispo de rabia. Dio un paso, pero no el suficiente. Él se limitó a murmurar entre dientes algo que no alcancé a escuchar y partió por la puerta sin dirigirme alguna mirada.
Suspiré aliviada. Menos mal que no se enfrentaron, me extraño que Sasori no le insultara o reprochara por sus malos tratos, él al igual que Karin y yo, estábamos hartos de tener que soportarlo. Sí, es nuestro padre, pero todo tenía un límite, y él no nos respetaba, ¿cómo espera que nosotros lo hagamos? Una cuestión que le planté a mamá. Lo cual me respondió que, aunque sea malo, debíamos guardarle respeto.
La poca calma que conseguí tras reflexionar un poco, se esfumo en un segundo. Papá escupió la comida y me salpicó en el rostro, atiné a cerrar los ojos y una imagen fugaz paso por mi mente, una escena similar, y tal vez con los mismos resultados.
Oh no…
—¿Quién demonios cocinó hoy? ¡Es asqueroso! —replicó enfadado dejando caer los cubiertos en la mesa. Se giró a mi para mirarme con el ceño fruncido y labios apretados.
—Perdona papá, no pude cocinar. Mamá se ofreció a hacerlo… —balbuce encogiéndome de hombros.
—¿Cuántas veces te he dicho que no dejes que la inútil de tu madre cocine? No sabe hacer nada. Se esconde en pretextos absurdos para no atenderme —azotó las manos en la mesa rechinando los dientes.
Por primera vez en la noche lo miré ceñuda y la ira recorrió mi cuerpo que tembló de rabia. Él seguía necio a aceptar que mamá no podía revolotear —incluso estando enferma mentalmente— desde que se detectó la leucemia meses atrás. Desde entonces, me he involucrado más en los quehaceres de la casa.
—Le recuerdo que mamá está enferma. ¿Es que no puede entenderlo? —repliqué apretando los puños intentando alejar el escozor de las palmas. Le dirigí una mirada un tanto desafiante lo cual provocó que su rostro se contrajera de rabia.
A él no le gustaba que le contestara, tuviera o no la razón.
—¡No seas impertinente! —gritó arrastrando su mano por la mesa llevándose consigo el plato y vaso que cayeron al suelo haciéndose añicos.
Me sobresalte ante el sonido que inundo mis oídos. Pocas veces lograba asustarme con sus expresiones, y está es una de esas porque su mirada desprendía rabia y odio, todo dirigido a mí. Un escalofrío recorrió por mi columna al percibir el peligro en sus ojos y retrocedí lentamente ante la figura de papá cercándose de mí, trate de alejarme lo más rápido posible, pero logró frenarme al jalarme del codo para acorralarme contra la pared. El impacto me obligó a cerrar los ojos y sentí sus dedos rodear en mi garganta, impidiéndome toda habla.
Intente con todas mis fuerzas hablar, el dolor se extendía por mi pecho y escaseaba el aire. Me vi reflejada en sus ojos: una perfecta mueca de horror marcaba mi rostro. Mi corazón se acelero más de lo habitual.
—Escúchame bien, Sakura. Que sea la última vez que Mebuki pisa esta cocina. No quiero volver a probar esa asquerosidad —me amenazó ejerciendo más presión. Un jadeo escapo de mis labios—. Y no vuelvas a cuestionarme. Te recuerdo que soy tu padre y me debes respeto, es lo mínimo que merezco por mantenerte.
Las lágrimas amenazaron inútilmente mis ojos por más que las retuve, estaban ahí, traicionándome, ¡odiaba esto! Sentirme indefensa bajo su presencia sin oportunidad de defenderme al saber las consecuencias, era más fuerte que yo. La incapacidad de contradecirlo me dejaba paralizada por completo.
Solloce por el dolor, boquee en busca de aire, no me atrevía a tratar de apartarlo. Él se dio cuenta de mi estado y refunfuño, su bigote que se movió de forma absurda y bufo por debajo al soltarme como si mi tacto le quemara.
Por fin conseguí dar una bocanada de aire tan grande que ardió en mi garganta, el dolor sucumbió mi pecho al instante que mis latidos se volvieron frenéticos, juro que podía escucharlos en mis oídos.
—¡Deja de llorar estúpida! Mujer tenías que ser —escupió y finalmente salió de la cocina, dejándome sola.
Esperé un segundo a desapareciera por la puerta para que me derrumbara de nuevo. Respirando entrecortadamente, dejé que todo el peso se viniera abajo, caí de sentón al suelo con la mirada perdida y deseosa en vislumbrar alguna luz de esperanza. De pronto me sentí diminuta en un lugar completamente oscuro, sin salida alguna.
Alcé la cabeza dejando que las lágrimas de impotencia e ira recorrieran mi rostro hasta caer por mi barbilla. Siempre lloraba por cualquier cosa, odio esta parte de mí, chillona y sensible ante los problemas, por más que me repetía una y otra vez que debía olvidarlo, lo recordaba agrandando mi desdicha. Cubrí mis ojos con las manos en un intento vano de frenar el llanto que se abría paso en un susurro silencioso.
¿Por qué papá me trata de esta forma? Por más que le doy vueltas al asunto, no encuentro una respuesta lógica. ¿Será por qué Karin se reveló mucho antes y no dejaba que la tocase, o será que no era capaz de levantarle una mano a Sasori al saber que podía hacerle frente? Aún así, a los tres nos repudia a menudo, no tenía mucho contacto mas que lo necesario.
Nos miraba arraigado con un deje de arrepentimiento de su mirada. ¿Se arrepentía de tenernos? A menudo me lo cuestiono y no podía evitar contestar de forma negativa. Entonces, ¿por qué se casó con mamá? Tampoco entiendo porque ella decidió estar con él, es la definición perfecta de un tirano.
Quiero desaparecer, hacerme más diminuta e irme de aquí sin ningún lugar en concreto, de este mundo para ya no sufrir. ¿Las dolencias se convertirán en dolor algún día? Quisiera flotar en un punto en la nada, sin ninguna preocupación más que respirar. Y en un momento, caer al vacío sin remordimiento. Pienso que es más reconfortante que estar viva.
El escozor en el cuello persistía por frenar mis quejidos y lamentos, me rasqué intentando disipar el ardor, con fuerza hasta dejar roja mi piel, pero no pude retener el daño. Más que físico, el lamento era emocional que crecía a cada segundo. Mordí mi labio inferior en un intento desesperado por no gemir, la garganta se cerró y mis pulmones exigieron aire.
—Eh, pulga.
Me sobresalté por la sorpresa. No lo escuché llegar a mi lado, sentí su tacto en mi cabello lo que me obligo a retirar los brazos y alzar mi rostro mientras hacia un esfuerzo inútil por retener las lágrimas. Apreté los labios sin mirarlo cuando las manos de Sasori acariciaron mis mejillas. No quiero que él se entere de lo que hizo papá, pero es inevitable, sé que notó las marcas de mi cuello porque detuvo de repente sus caricias y sus dedos se tensaron sobre mi piel.
Le aparté la mano con delicadeza e intenté esconder la evidencia con mi blusa, rogando que dejara pasar este detalle. Pero, no fue así, se alteró un poco.
—Ese maldito viejo, ¡de nuevo se atrevió a ponerte una mano encima! —Sasori tembló afectado por la rabia, sus ojos se tornaron peligrosamente oscuros y temí lo peor al verlo ponerse de pie.
Iría a golpearlo.
Me incorpore de un salto y lo detuve a tiempo, incluso antes de que diera el segundo paso directo a la boca de los problemas, le rogué que no fuera con papá, no soportaría que saliera lastimado por defenderme. No quiero hacerle daño de esa forma. Nunca han llegado a los golpes.
—¡Estoy harto de verte todos los días así! —estalló a gritos alejándose de mí para rodear la mesa. Aliviada, contemple que se posicionó del otro lado, lejos de la puerta. Se detuvo de golpe y me miró con rabia contenida—. ¿Acaso te gusta que te traté así? Dime que no eres masoquista, sería lo peor.
—¡Por supuesto que no! —exclamé sorprendida, abriendo los ojos. La pregunta me tomo desprevenida, y por fortuna respondí con la verdad—. No eres el único que esta harto de esta situación, a mí es a quien maltratan, no a ti —susurré lo último con voz ahogada y apretando los puños sobre la mesa. ¿Qué se creía?
Nos miramos con diferentes expresiones intentando adivinar los pensamientos del otro. Mis ojos penetraban en los suyos y viceversa. Mi mandíbula temblaba sin control y las lágrimas seguían escurriendo por mis mejillas. En un momento no logré enfocarlo, pasé el dorso por mis ojos limpiando al rastro de vulnerabilidad.
—Lo siento, sólo quiero… —se detuvo confuso, titubeo y rodeo la mesa acercándose a mí, no retrocedí al ver sus intenciones de abrazarme, dejé que me estrechara en sus brazos para hundir mi rostro en su pecho y respirar con paz—. No. Juró que falta poco para largarnos de aquí, lejos de papá y de sus malos tratos.
Quería creerlo, anhelar ese lugar lejos de papá, de todas las preocupaciones que lo involucraban, de las noches con miedo a la espera de que se enojará y se cobrará conmigo. Me atosiga vivir con este temor, que, aunque no deseo aceptarlo, le tengo pavor a mi propio padre.
Me pregunto si algún día podré disipar el miedo e inseguridades de mi vida. Creer que este tiempo son de pruebas y oscuras oleadas de confrontaciones que serían aliviadas tras el deseo de abrir los ojos y enfocarlos en el camino que dirige a la paz y alegría para mi corazón oprimido por las dolencias que desgastan uno.
Primer capítulo chicas ~~
¿Qué les pareció? Sinceramente tuve que hacerles varias correcciones pues es la primera vez que escribo en primera persona hehehe, espero no haberlas decepcionarlas, sean gentiles conmigo ;-;
Sobre el capitulo, empezamos bien angust con la enfermedad de Mebuki, estuve investigando tango como pude para que no fuera nada incoherentes las explicaciones cx. Me pareció interesante esto, y empezamos con las teorías y nuevas preguntas que no dejan dormir cx ¿Qué sucedió para que ella terminara así?
¿Quién odio al padre de Sakura? – alza su manita-
¡Y Neji!
Aclaro, nuevamente, que esto es SasuSaku chicas, pero como saben, hay que preparar todo. (hola drama) no extrañen mucho a Sasuke, ya aparecerá.
Gracias por sus comentarios chicas, creo que esta siendo aceptaba en buenos términos cx.
¡Feliz navidad (atrasado) y año nuevo! Sean felices, abracen a su familia, perdonen con el corazón en la mano, les hará bien.
Alela-chan fuera.
