|2| Palabras mudas

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Sasuke
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Me levanté sobresaltado y ahogando el gemido que amenazó mi garganta, los latidos de mi corazón zumbaron en mis oídos a clamando de atención; el mareo impidió ordenar los pensamientos, terminé apoyando una mano en el colchón y frotando con la otra el rostro.

Estaban de vuelta las sombras que perturban mi mente día y noche, oscuros páramos agazapándose tras los pajares de los días desolados. No las soporto, me asfixian.

Froté mi pecho en un intento vano de regular la respiración que amenazaba en acelerar. El sudor frío recorría la frente, escalofríos internos avivan mi mente.

Odio la forma en que me familiarizo con las pesadillas y el saber cómo lidiar con ellas, tantos años luchando contra mis miedos transformados en sueños, que se estaba volviendo... normal.

Soy débil al dejarme arrastrar por la oscuridad.

Mis manos acalambradas viajan a la cabeza, alboroté mi cabello y enterré las uñas en el cuero cabelludo. La desazón en mis manos persistió hasta que me enfoqué en recordar respirar adecuadamente.

«No pienses en el dolor».

Solté un siseó hastiado. Los parpados amenazaban en cerrarse... no, entonces la negrura me arrastraría con fuerza al hueco más profundo de mi conciencia.

Suspendido en pensamientos negativos y el desosiego volvería.

Tomé aire por la boca concentrándome para que los recuerdos no llegaran a mi mente y perturbaran el resto del día. Por nada del mundo quería rememorar las pesadillas. De por si la desilusión me golpeaba con fuerza al despertar por las mañanas y saber que todo lo que viví hasta ahora fue absolutamente real.

Cansancio. La palabra que definía perfectamente mi despertar.

«No recuerdes datos deprimentes».

Me caería excelente un vaso de agua, disolver el nudo formado en la garganta y posteriormente gritar como loco que detesto esta parte del día.

Cosa que nunca sucedería. Lo más lejos que llegaría a expresarme eran con gestos.

Un pequeño gruñido atrajo mi atención, acercándome a la superficie del mundo subconsciente oculto en mi mente. Retiré las manos esperando un suceso nuevo lo cual resultaba complicado, si lo comparaba con el extraño fenómeno de las estrellas fugaces, estas me apuntarían riéndose sin cesar.

Fijé la mirada en las colchas donde sobresalía un par de orejas caídas, y más abajo un hocico se abrió ligeramente mostrando varios colmillos caninos, los ojos grises revelaban miles de sentimientos sinceros. De una forma reconfortante.

Me estiré por completo para acariciar la cabeza de mi perro, Hunter. Su sola presencia acaparaba las emociones negativas, y con tan solo verlo, recordaba su procedencia. Lo que recibía con provecho ya que me distraía impidiendo rememorar cosas desagradables.

Tener un perro fue la menor decisión que pude tomar.

«Estoy bien» articulé con los labios sin emitir ningún sonido y asentí con la cabeza afirmando el hecho, tratando de convencerme por completo. Necesitaba creerlo.

Hunter me miró cierta sospecha considerando la opción de que le estuviera mintiendo. Torcí el gesto desganado. Hasta hace unos segundos me retorcía en la cama ante mis pesadillas. Por supuesto que tardaría en recuperarme.

Un poco absurdo que él adivinara mis pensamientos tomando en cuenta que se trataba de un perro, y yo... algo definidamente humano, mejor para pensar, sin duda alguna. Aunque no debía subestimarlo. Un terrible error que los humanos cometemos frecuentemente con las cosas más insignificantes.

Me dejé caer de espaldas sobre el colchón soltando un suspiro enloquecedor. La tensión de los hombros disminuyó un poco al fijar mi vista por la ventana y admirar los matices azules adornando el cielo sobre la ciudad. Las nubes apenas aparecían yendo a viento de popa aceptando su procedencia.

¿Dejaría qué les arrancaran las esperanzas, y después esfumarse en un segundo? Esa nube estaba marcada por un destino: disolverse en alguna parte de su camino y nada podrá impedirlo. Tomaría su lugar en el mundo al concluir su misión. Luego, sobre el mar, volvería a formarse otra idéntica destinada a la misma trayectoria y final.

Así sucesivamente creando un bucle.

Nadie se cuestionaba por el acontecimiento normal o mezquino, se conformaban en saber que el suceso se repetía una y otra vez sin precedentes.

Pero yo sí deseaba saber más: ¿a dónde va la nube y por qué debía hacerlo? ¿era necesario que naciera una copia barata de su esencia? ¿acaso le dieron elección? ¿aceptó la misión encomendada sin rechistar o se reveló ante la causa provocada?

Cerré los ojos alejando los pensamientos carentes de sentido. Demasiado pronto para profundizarlos. O, mejor dicho, muy temprano.

Removí las piernas entumecidas por el peso de Hunter y consideré dormir hasta escuchar la alarma de las nueve. Las clases eran muy flexibles durante las mañanas de los lunes, la primera era a las once y treinta, y la impartía un viejo descuidado que llegaba veinte minutos después de la hora.

Ah, quería dormir. Soy muy cuidadoso en ese sentido, por el temor a las pesadillas adquirí cierta manía de tomar la noche como día y viceversa, el resultado: desastroso. En ocasiones unas ojeras pronunciadas surcaban mi rostro, cabeceaba en las clases y andaba sumergido en mi mundo receloso a que alguien invadiera mi zona de confort.

Aprovechaba que estaba despierto para estudiar o leer algún libro interesante. Aunque a veces me llegaba el sueño a la hora adecuada y no lo impedía pase a saber el desenlace.

Parpadeé perezoso y emití un bostezo, demasiado silencioso para mi gusto, nunca me acostumbraré de todo a esto. Mis ojos se humedecieron irremediablemente y giré sobre mi franco izquierdo dispuesto a descansar.

Y lo hubiese hecho sino fuese porque en ese momento fijé la mirada en el reloj digital que reposaba en el mueble. Entrecerré los ojos enfocando la hora logrando identificar los primeros números.

10:36. Hora en que debería estar caminando —o corriendo— a la universidad.

Maldición, ¡eran más de las diez!

Bastó un segundo de comprensión: la alarma de mi celular no sonó, por ende, no me levanté a tiempo y ahora iba tarde, tendría que correr a la universidad para llegar a tiempo. Ni siquiera los veinte minutos que otorgaba el viejo bastarían.

Aparté bruscamente las cobijas y de un movimiento torpe me levanté de sopetón, aún me encontraba adormecido. Escuché el lloriqueo de Hunter y volteé a verlo por unos segundos. Me miraba con alegría y sus orejas caídas se movieron un poco, su cola provocaba un sonido ahogado al ser golpeada contra el colchón.

Negué con la cabeza indicando que no podía regresar a la cama. Hoy no me podía dar el lujo de llegar tarde. Si fuese otro día normal, no lo dudaría.

Tras formular un «quieto» con mis labios y un movimiento con la mano derecha, me giré al armario en buscar de un conjunto de ropa.

Recorrí la puerta revelando la ropa colgada en los ganchos, la mayoría eran tonos oscuros y grises, una que otra prenda llamativa fue a parar en mi sosa colección. Escaneé todo con la mirada en busca de una prenda refrescante, se percibía el calor del exterior aun con el aire acondicionado en función.

Las gruesas chamarras impedían la visibilidad, las jalé a un lado y así tuve el panorama completo.

No entendía a mamá y su afán por comprar tantas de ellas, con dos tenía más que suficiente. Utilizaba la primera hoy y cuando me la quitaba para lavarla, me ponía la otra. Muy ingenioso.

Cierto, era tarde.

Un poco acelerado, tomé lo primero que vi. No reparé si era decente o no. Ese aspecto de lucir presentable ante la sociedad se trataba un hilo descuide hace ya bastante tiempo, comprendí que tratar de encontentar a las personas era lo mismo que alimentar su ego: no tenía un límite. Se regocijaban por la atención brindada convirtiéndose en sujetos interesados por lo que pueden ofrecerle los demás. No lo contrario.

Y no iba ser el bufón de la sociedad arraigada y prejuiciosa. Por supuesto que no.

Mientras caminaba a la puerta le silbé a Hunter. Salió disparado de la cama cruzando por la puerta en cuanto la abrí, corrió por el pasillo directo a las escaleras soltando alaridos entusiasmados, seguramente se dirigía a la planta baja, específicamente al patio trasero a dejar sus necesidades biológicas.

Caminé apresurado al baño dispuesto a tomar una de las duchas más rápidas de la semana. Y apenas era lunes. Qué increíble manera de empezar el día.

Sarcasmo, como me agradas.

—¿Sasuke?

Paré en secó ante el llamado de mamá que salía de la puerta continua perteneciente a su habitación. Me extraño verla envuelta en su piyama, recién levantada con su cabello azabache alborotado, ojos oscuros somnolientos cuales se restregaba con el dorso de la mano. Ella siempre ha sido madrugadora. A las seis en punto ya estaba en la cocina preparando el desayudo para nosotros, una vieja costumbre.

En realidad, en apariencia me parezco demasiado a ella, cara bonita, ojos negros y rasgados. Algunos gestos compartidos, fracciones similares y nariz de ángulo perfecto. Pero en el carácter éramos desconocidos, totalmente opuestos en cierto sentido. Mamá era amable, paciente, benevolente y bastante amorosa con sus hijos. Eso sí, solo hazla enojar y pareciera que se te aparece el mismo diablo en persona.

Y yo soy... un pedazo de escoria humana.

Mis pensamientos casi se desvían a terrenos peligrosos si no fuera porque ella habló, salvándome sin saberlo.

—Pensé que los lunes dormías hasta tarde —me dijo extrañada mostrando confusión.

—"Son más de las diez" —gesticulé con las manos tan rápido que pude y avancé al baño. No abrí la puerta porque su reacción me causo confusión.

Las comisuras de sus labios se alzaron formando una sonrisa divertida, burlándose de mí. ¿Qué le parecía gracioso? Por supuesto, ¿qué más podía esperar de mi madre? A veces se comportaba así.

—No, son más de las seis y menos de las siete —indicó apuntando a mis espaldas sin borrar su expresión suponiendo lo que venía a continuación.

Pasmado, giré sobre mis talones y posé mi vista en el reloj colgado al final del pasillo. Había uno cerca de la habitación de Itachi que era muy precipitado a la hora de respetar. Su agenda laboral estaba meticulosamente escrita por minutos. Apenas y podía respirar.

Los segundos pasaron donde solamente escuché el pasar de las manijas. Tic tac. Tic tac. Tic tac. La grande reposando en el número seis, y la pequeña... a la par.

Estupefacto, agaché la mirada apretando el puño derecho rechinando los dientes. Mierda. Apenas amanecía y yo estaba afuera de la cama.

Lo sabía. Debí tomar ese curso en línea dónde enseñaban a interpretar la hora gracias a la posición del sol, me hubiera servido de mucho en cuando enfoqué mi atención en el cielo y las nubes.

No volveré a ignorar los anuncios del Internet.

Escuché la ligera risa de mamá a mis espaldas, se burlaba de mí y no lo escondía. Me viré reclamándole con la mirada, no me gusta ser motivo de burla. Ella intentaba contener al cubrirse la boca con su mano, un esfuerzo inútil, por cierto.

Carajo Itachi. Esta la pagarás muy caro.

—Perdona hijo, no lo pude contener. ¿Quién habrá cambiado el horario de tu reloj? —lanzó la pregunta aparentando inocencia.

Ah... conozco perfectamente esa expresión. A mí no me engañas.

"¿Es en serio mamá? ¿quién más vive en esta casa además de nosotros dos?" —me indigné al ver que la diversión no desaparecía de sus gestos.

—¡Oh! Hunter, ¿cómo pudo hacerte algo tan horrible? —se cuestionó cambiando de expresión a una sorprendida.

¿Y ahora culpaba al perro? Estaba más que claro quien había sido el responsable.

Marqué mis gesticulaciones demostrando la molestia que sentía. La miré con el ceño fruncido mientras ella se acercaba a mí. ¿Qué iba a hacer?

Se detuvo frente a mí y, poniéndose de puntitas, plantó un beso en el entrecejo provocando que la irritación se disipara muy pronto. Suspiré relajando mis fracciones y postura. No podía enojarme si hacía eso.

Años atrás ella tenía que agacharse hasta quedar a mi altura y besar dicha parte, ahora se esforzaba para alcanzar mi frente.

—Ya relájate, es muy temprano para que te enojes —dijo peinando con sus dedos mi cabello—. Iré a prepararles el desayuno. Ve y despierta a Itachi —sonrió dulcemente y se alejó por el pasillo comentando al aire que el sol se sentía cálido.

La vi desaparecer lentamente por las escaleras entonando una pieza muy conocida para mí que hasta los bellos de mis brazos se erizaban al escucharla.

En cuanto el sonido desapareció por completo, froté suavemente la nuca mientras meditaba el método más efectivo sin dejar de enfocar mi objetivo: la primera puerta de la izquierda.

Gozaría ver su rostro desconcertado.

Querido hermano, el que ríe a lo último, lo hace mejor.

/*/

Después de despertar a Itachi, decidí ir a la facultad y encerrarme en la biblioteca a culminar los estudios que dejé a la mitad la noche anterior; apenas pude discernir las palabras impresas en los libros, se perdían entre el hilo de mis pensamientos.

Pase a poseer una memoria fotográfica —para mi desgracia en ocasiones— y lograr sacar a flote las materias, de nada servía cuando divagaba en mi mundo. Apenas me distraía y al regresar a la conciencia los minutos ya habían transcurrido.

Pisar la universidad tan temprano no me entusiasmaba, pero ahí estaban los libros que necesitaba. No había otra opción a menos que decidiera reprobar el examen de matemáticas aplicadas y, por lo consecuente, la materia.

Sinceramente no le tomaba importancia a la carrera, empero, si fracasaba no soportaría la pesadumbre de mamá y sus constantes preguntas sobre mi paz mental: "¿acaso estás teniendo de nuevo esos pensamientos?". El que yo reprobara la materia le alteraba en otro sentido.

Las mamás normales se enojarían con sus hijos por su falta de atención y en ver que el dinero invertido en la matrícula se malgastaba, o, por el contrario, les motivarían a seguir adelante con palabras alentadoras alegando que en los estudios eran altibajos cuales superar.

Pero Mikoto no. Se preocupaba innecesariamente a que yo tuviera pensamientos peligrosos y actitudes ariscas, y, a consecuencia no centrara mi atención en los estudios; de por sí con mi forma de ser no podía hacer nada al respecto, lo primero se controlaba en ocasiones. Así que cada vez que mis notas disminuían, ella solía cuestionarme, escudriñando mi cerebro.

Pase a que yo lo justificaba asegurando que las calificaciones no definían a un estudiante, seguía preocupándose. Creo que su instinto maternal dudaba de mi expresión pulcra. En esos momentos debía actuar de la mejor manera posible encubriendo el verdadero motivo con tetras.

Seguía esperando ese día en que se libere completamente de mis cadenas, no merecía cargar con todos mis demonios personales, tampoco Itachi. Ambos habían soportado demasiado mis estupideces y terminaron afectados de forma negativa, más mamá. Le repetía constantemente no estuviera tan atenta a mi estado emocional. Ni siquiera yo lo estaba. Solo fingía hacerlo para evitar una recaída, porqué en realidad, no sé qué diablos hacer con mi vida.

Colgué la mochila y funda del portátil en mi hombro. Era refrescante tomar una ducha por las mañanas, relajaban mis músculos entumecidos. Solté un bostezo mientras tomaba la gorra azul que reposaba en el escritorio y me dirigí a la puerta. Antes de cerrarla, verifique con la mirada el entorno, no olvidaba nada importante.

Tranquilamente bajé las escaleras, de fondo distinguí la voz de mamá e Itachi, platicaba, pero no comprendí nada. Al llegar al pie del escalón asomé un poco la cabeza por el umbral y los vi, mamá preparaba café y mi hermano sentado en una de las sillas picaba algunas frutas.

Fácilmente ambos podíamos hacernos pasar por gemelos, o bueno, años atrás apenas y lo conseguíamos. Poseíamos el mismo color de cabello al igual que los ojos y piel clara, de estatura similares —tan solo me falta unos centímetros y lo alcanzaba completamente—, pero él tenía veinticinco años por lo que ganaba más rasgos maduros, además se dejaba creer el cabello y lo peinaba en una coleta baja. Siempre fue muy ojeroso y no era impedimento para que las chicas lo consideren apuesto, al parecer le daba el toque de hombre guapo, o eso entendí cuando lo explicó Izumi, su novia.

Me desvié a la sala dejando mis cosas sobre el sillón de tela. Un extraño escalofrío recorrió mi cuerpo y busqué a mi alrededor, tenía la sensación de que algo había cambiado desde la noche anterior.

Las paredes pintadas de color crema daban la sensación de paz o por lo menos así lo percibía. La sala era espaciosa pase a tener el juego completo de sillones azules, una mesita negra de noche dónde reposaba un florero con un gran girasol —las favoritas de mamá— y de vez en cuando las tazas de café cargado en medio en las noches donde decidía pasar mi insomnio viendo programas. De frente la televisión plana colgaba en la pared con una pequeña repisa repleta de películas, y de bajo un mueble cuya superficie albergaba diversos marcos de fotos conmemorativas, me taladraban inevitablemente la vista tantos recuerdos.

A mamá le gustaba hacer manualidades. Creaba los portarretratos teniendo la firme creencia que colgar fotografías espantaría los malos recuerdos. Debía estar desesperada de ver buenos resultados pues había muchos de ellos. Revelaba un momento especial cada mes, así que pronto iría a comprar lo necesario para que yo le colgara otra repisa.

Mis ojos se enfocaron en algunas fotografías. No recuerdo mucho de mi infancia antes de los ocho años, o más bien, de ese día en concreto, mi cerebro había encerrado esa parte de mi existencia en una caja cuya llave no tenía acceso.

Ah, pero cuando se trata de recordar el día en que empezó mi desdicha, todo era nítido.

Tomé la fotografía más cercana, era yo a los seis años montado sobre un enorme coche de juguete. Quisiera volver a sentir la alegría que reflejaba mi rostro de seis años, o la gran sonrisa digna de un comercial. O las palabras salir de lo más profundo de mi corazón y transmitirla por mi boca.

—¡Ya está servido el desayuno!

Apenas y le presté atención al aviso, como si estuviese a miles de kilómetros y no pudiera alcanzarla.

Otras palabras penetraron mis oídos, pero con otro tono de voz.

Desesperación.

«¡Mi niño! ¿Estás bien? ¿Qué sucedió? ¿Alguien te hirió...? ¿Sasuke? ¡Sasuke!»

Un pequeño sobresalto producto de mi cuerpo me alejó de mis recuerdos, algo pasó entre mis pies. Bajé de inmediato la mirada indagando y vi a Hunter olfatear debajo del sillón, seguramente en busca de un juguete, se rindió muy rápido pues alzó la cabeza para mirarme y después se fue corriendo por el pasillo.

Eso estuvo demasiado cerca.

Sacudí la cabeza alejando todos los recuerdos negándoles la entrada, y me dirigí a la cocina-comedor para comer.

Apenas crucé el umbral y mi vista se detuvo en la mesa. Huevos fritos y tocino, fruta picada, pan dentro del pequeño cesto, café negro bien cargado y jugo de naranja se extendían en un exquisito olor incomparable. El hambre se presentó reclamando en un ligero gruñido y alargué la mano con la intención de tomar una pieza de pan, pero me detuve en seco al ver a mamá torciendo los labios, mirándome, o, mejor dicho, lo que estaba sobre mi cabeza.

Aquí vamos de nuevo.

—Te he dicho que dentro de la casa no utilices la gorra —riñó con firmeza e inmediatamente me quitó la prenda—, me impide verte a la cara.

Observé sin expresión cómo la colgaba en el respaldo de la silla, se giró a mí cruzando los brazos cruzados sobre su pecho. Sus pupilas se clavaron en mi mente y esa expresión de inquietud me perseguía por las noches.

No reclamé y desvié mis ojos evadiendo los suyos. Más que para no hacerla enfadar, fue por resignación.

Me senté en mi lugar dispuesto a comer, Itachi ya lo estaba haciendo y sin consideración. Pareciera que no había comido en años. Admitía que sorprendía su hambre voraz y que se metía toda clase de comida chatarra y no engordaba.

Al notar mi presencia, dejó de comer y esbozó una sonrisa deseándome los buenos días, advertí de la mofa sobre sus labios, pero en sus ojos siempre aparecía un brillo genuino deseoso a que le respondiera a mi manera.

Despertar después de una pesadilla y ver esto de mi hermano seguía incomodándome un poco en el sentido opuesto, todavía no me acostumbro del todo a sus muestras de afecto. De niños siempre fue así de expresivo y yo lo aceptaba sin rechistar, pero algo cambio dentro de mí ese día. Entonces creí que ya no era normal recibir tanto... cariño, o más bien, me sentía extraño por qué sé que no lo merecía, y de inmediato decaía al punto de inflexión.

Mamá no tardó en sentarse a mi lado y agradecer por los alimentos. No le presté atención pues tenía la mirada fija en un punto del plato y comiendo de manera automática. ¿Por qué de repente sentí este vacío en mi corazón?

Desvanécete ya, maldición, estoy desayunando. Quería disfrutar la comida por lo menos.

—Itachi, esa porción es tu hermano.

Saliendo de mi ensoñación apenas logré ver que Itachi acercaba peligrosamente su tenedor a mi plato con la intención de robar el único pedazo de tocino. Eso sí que no. Se lo impedí dándole un ligero manotazo y gruñéndole. Él frotó su mano "lastimada" de forma dramática.

—Merezco su comida como tregua —alegó apuntándome con el arma, o, mejor dicho, el tenedor. Entorné los ojos y lo miré como desinteresadamente—. Él atacó primero al levantarme haciendo sonar el silbato cerca de mi oído.

Ah, lo decía por eso. Yo pensé que se refería a la vez que le puse un enorme sapo sobre su cabeza mientras dormía, cortesía de su cumpleaños.

Mamá lo ignoró olímpicamente al masticar un pedazo de manzana. Itachi se lamentó ruidosamente por su falta de atención. Me miró fingiendo molestia y yo le sonreí de lado.

Satisfacción, ven a mí. Se lo merecía por levantarme tan temprano a sabiendas que me desvelé intentando estudiar matemáticas aplicadas.

—Mi madre confabula con mi hermano menor, que injusticia —farfulló masticando el huevo.

Sin borrar la sonrisa burlona de mi rostro, llevé un pedazo de tocino a mi boca saboreándolo frente a sus narices. Él entrecerró sus ojos y levantó magistralmente el tenedor dispuesto a intentar de nuevo robar el tocino, yo imité rápidamente su acción.

Si quería batalla, se la daría.

—Suficiente Itachi, deja que Sasuke desayune en paz —nos miró a los dos con advertencia. Sin darnos opción, bajamos los utensilios tragando grueso—. Tú empezaste al cambiar el horario de su reloj.

Al parecer se ofendió puesto que abrió su boca y soltó un «¿Ah?» lleno de indignación y enterraba con fuerza el tenedor en el huevo que le quedaba. Me apiade de la comida, no quisiera estar en su lugar.

—No hay pruebas que me incriminen. Además, tenemos a dos sospechosos más: Hunter —apuntó al perro sentado a mi lado esperando a que un desafortunado pedazo de comida cayera al suelo— y mamá. Ambos sabemos que es imposible por parte de Hunter, lo que nos guía directamente a la culpable: Mikoto —la miró intrigado—. Es la mente maestra detrás del crimen casi perfecto.

Mamá solamente rodó los ojos por las conjeturas de Itachi, pero la sonrisa por si sola admitía su diversión.

"Ya deja de ver películas baratas de detectives" —hice con desgano los gestos.

—¿Por qué? Ayudan satisfactoriamente al crecimiento intelectual de mi cerebro —rebatió negando con la cabeza. Al ver que yo alzaba las manos dispuesto a contestarle, se llenó la boca con pan, una clara señal de escapatoria.

Y en ocasiones similares me preguntaba cómo consiguió trabajo. ¿Evaluaron su salud mental o pasaron de alto que en ocasiones fingía ser un idiota? Aunque debía admitir que se mantenía firme en su trabajo y secretamente me sentía orgulloso de él. No por algo fue uno de los mejores de su generación.

Después de terminar la preparatoria, Itachi se enlistó en la academia policíaca de la ciudad con el sueño de convertirse en un famoso detective, no fue nada fácil para él, o más bien, le seguía costando ascender. Lamentablemente nuestro historial paterno dejaba mucho que desear y más con la ley, lo que complicaba su estancia en la comisaría.

Cada vez que él regresaba a casa por las noches y le preguntaba por su día, Itachi ocultaba muy bien su pesar con una sonrisa y recitaba lo mismo: "vamos progresando hermanito".

Llevaba tres años fingiendo creerle.

Él mentía, y yo lo sabía. Lo peor, era que no tenía el valor para hacerle frente, ¿cómo podría yo, cuando también los engañaba a diario? ¿Con qué derecho si soy inútil a la hora de expresarme?

Por eso detesto la carrera de Itachi. Todos los días convivía con personas que solamente juzgan sin siquiera conocer la historia completa. Como si supieran cada detalle y hubiesen estado ahí en el momento exacto en que ocurrieron las cosas, actuaban prepotentes demostrando la carencia de su inteligencia.

Nadie apunta a la opción de "sufrir" porqué le apetece.

No se elegía, ocurría sin previo aviso. Sólo aprendes a lidiar con el dolor o te rindes en el intento y buscas la única alternativa que seguramente mitigará las emociones encontradas dentro del pecho.

Simplemente... dejar de respirar.

Ah, maldición, no quiero recordar.

—¿Sasuke?

Me sobresalté al sentir una mano sobre mi hombro.

Lo hice de nuevo.

Bajé la mirada a mis manos, frotaba con insistencia el área de las muñecas cubiertas por una pulsera de plástico ocultando lo que una vez ejecuté desesperado al creer, absurdamente, que era la última opción.

Las cicatrices seguían visibles, un poco más claras que el resto de mi piel. Un tatuaje en mi conciencia y el fijo recordatorio de mi cobardía.

Elevé los ojos observando a Itachi y mamá, lucían demasiados inquietos por mi estado de ausencia. Odio las emociones que acaparan sus expresiones contraídas porque alimentaban mi incertidumbre. Se movieron dispuestos a levantarse de sus lugares y los detuve abruptamente al afilar mi mirada severa.

"Estoy bien" —apenas moví la mano. La opresión en mi pecho se intensificó al ver la angustia en ambos pares de ojos.

No soporté la transformación de la calma a un caos invisible a nuestro alrededor y terminé levantándome de la silla dispuesto a lavar el plato. Huyendo de momento.

Era indigno de su preocupación.

Me frustraba de sobremanera perderme en mis pensamientos sin tomarle importancia a lo que ocurría alrededor. Centraba toda mi atención en la problemática que atravesaba y bloqueaba los sucesos exteriores que amenazaban mi integridad mental. Lo peor era que no me percataba de inmediato de mi estado, si no hasta sentir el tacto de otra persona.

Ocurría pocas veces, y agradecía que jamás lo haya experimentado en la universidad. Bastante tenía en lidiar con mi existencia como para escuchar palabrerías de terceros. Luego no contenía las ganas de asentarles un golpe, lo cual ocasiona un desastre, ya había tenido ciertos problemas en ese aspecto.

Solté un suspiro al terminar de secarme las manos. Sentía el pesor de sus miradas sobre mi espalda. Cerré los ojos. No tenían por qué preocuparse demasiado, ya había atravesado por estos arranques tantas veces.

Quería decírselos, mas las palabras nunca saldrían de esta boca muerta en vida.

"Conduciré el auto" —informé a mamá mientras me acercaba a ella.

Sus ojos no me perdieron de vista cuando incliné mi cabeza plantándole un beso en mejilla, despidiéndome de ella.

Le sonreí un poco cuando agarró mi mano dirigiéndola a su mejilla transmitiendo cierta paz que no dude en aceptar. Cerré los ojos por unos segundos escuchando su voz recordándome que estuviera fuerte ante las adversidades, pronto saldría de esto con mucho esfuerzo y llegaría un haz de luz que iluminaría mis días.

No respondí ni tampoco abrí los párpados. Evitaría que vislumbrara la tristeza en mis ojos. Vivía atormentado por mis recuerdos e ideas concretas que me era difícil concebir tal posibilidad. Me parecía egoísta arrastrar a más personas y condenarlas a padecer conmigo.

Me alejé de ella y agarré la gorra del respaldo, la coloqué sobre mi cabeza con rapidez sin levantar la mirada, entonces vi que Hunter mordía la pata de la mesa en un intento desesperado por llenar su estómago. Me causo un poco de gracia, igual de dramático que mi hermano.

Me puse de cuclillas a su lado y a escondidas le entregué un pedazo de pan que guardé para él, lo devoró de un sólo bocado. Tras acariciarle la cabeza, troné un par de veces los dedos haciendo un movimiento hacia arriba y él aulló ligeramente despidiéndose con la lengua de fuera.

Estiré las piernas y alcé la mano hacia Itachi en forma de despedida. Muy bien, no dijo nada. Era hora de mi escape triunfal.

Estaba por cruzar el umbral cuando...

—Espera un segundo enano.

Entorné los ojos. Itachi y sus queridos apodos.

Suspirando, giré sobre los talones y lo miré con cierto aburrimiento. Su expresión lo delató por completo. Iba a protestar.

—Es lunes, me toca conducir el auto —me recordó con obviedad.

Lo ignoré a propósito y caminé por el pasillo hasta la madera dónde se colgaban las llaves. Desde ahí pude admirar al susodicho aparcado en la acera y detrás una camioneta pequeña de color rojo.

Mi antigua motocicleta terminó destrozada por completo tras un pequeño accidente y me quedé sin transporte, por lo menos hasta que reuniera el dinero necesario para comprar otra, pero ya no me apetecía andar en ella. Y mamá estuvo de acuerdo.

Como yo andaba en motocicleta, a ella le pertenecía la camioneta e Itachi el otro auto que empezamos a compartir desde entonces.

Al principio, él me llevaba hasta la facultad y después se iba a la estación de policía que estaba del otro extremo de la ciudad, a consecuencia llegaba tarde al trabajo y corría el riesgo de ser despedido. Para evitar esto, decidimos turnarnos en los días que utilizaríamos la carcacha conforme a nuestras actividades.

Que ingenuos fuimos. No pudimos concordar y terminamos discutiendo sobre los días predeterminados.

«En otras circunstancias incluso te donaría un hígado para salvarte la vida —había dicho Itachi escondiendo su diversión tras una capa de seriedad—, pero permitir que utilices el auto más días que yo, eso nunca».

Vaya adulto responsable que se ponía a pelear el automóvil con su hermano menor.

Mamá intervino a tiempo alegando que peleábamos por cualquier cosa y terminó estableciendo los días. Elaboró un calendario semanal cual pegó en la parte inferior del refrigerador. El metal de una manzana animada cuyos ojos parecían del exorcista me causaba escalofríos.

Itachi lo conducía los lunes, miércoles y domingos; y yo los martes, jueves y sábados. Los viernes no podíamos utilizarlo —reglas de Mikoto, por supuesto— a menos que hubiese una urgencia de vida o muerte.

—Sasuke lo conducirá por hoy. Es tu castigo por hacerle esa broma —le informó mamá a Itachi.

Regresé justo en el momento exacto para presenciar su mueca de horror y me complació. Al parecer a Itachi no le agradaba la idea de montar el autobús en plena hora pico; la sensación de los cuerpos pegajosos sobre él y olor a sudor deprendido de poros ajenos, desagradable, seguro.

Y debía agradecer que no iría en metro, era mucho peor. Yo lo experimentaba casi todos los días.

—Madre, ¿ya dije que te amo? —dijo Itachi acercándose a ella con intenciones de abrazarla creyendo que tal vez así la hiciera cambiar de opinión.

Negué con la cabeza. Debía desistir ya, ambos sabíamos que cuando mamá daba una orden, no había fuerza humana que le hiciera cambiar de opinión.

—Me lo recuerdas todos los viernes por las mañanas —dijo mamá mientras lavaba los platos restantes, por detrás, Itachi emitió un quejido lastimero. Luego me lanzó una mirada sobre su hombro con ojos entrecerrados, culpándome de su desgracia.

"Gané".

Y con una sonrisa de auto eficiencia, me despedí de ellos agitando las llaves.

/*/

Lancé un quejido por quinta vez concentrándome en no atropellar a cualquier pobre diablo que se me atravesará. ¿Es que acaso eran estúpidos para no percibir el peligro? Carecían de sentido común, estoy seguro. Seguía cuestionándome cómo demonios acabaron en la universidad si no podían fácilmente evitar el auto.

O en verdad les valía un comino sus vidas o lo hacían para molestarme.

En un arranque de ira hice sonar con fuerza el claxon aturdiendo al chico rubio que casi arrollé segundos atrás. Sus ojos azules me buscaron de inmediato. Mantuvimos un corto contacto visual y estuve tentando en mostrarle el dedo grosero, pero él se desentendió muy rápido pues se dirigió a la chica que lo acompañaba, de esta si tuve el reconocimiento de siempre: un rechazo malicioso.

Apreté los labios tratando de ignorar el vuelco en mi pecho. Desviaba constantemente mi conciencia a otros detalles de menor importancia —como tratar de no matar a alguien, por ejemplo—. Era pesado y desagradable vivir cargando con la sensación de vacío. Consumía lentamente mi ser y desgarraba sin compasión mi alma. Tenía miedo de que algún día arrancara mis emociones y me convirtiera en una caja inservible cuyo contenido irrelevante fuera rechazado por completo.

Los observé alejarse al interior del edificio de la facultad de leyes, lado opuesto a donde me dirigía. Tan impertinentes sin saber lo que sus acciones provocaron en otros. Aparté las manos del volante y las pase por mi rostro conteniendo las ganas de gritar a sabiendas que apenas y emitía un extraño sonido.

Regulé un poco mi respiración alejando, agradecía enormemente que la campana haya sonado en cuanto llegué al estacionamiento. Ahora no había ningún alma merodeando por ahí, podía estar un poco más tranquilo y caminar con normalidad hasta la biblioteca sin tener miradas quisquillosas sobre mí.

Con cierta dificultad avancé hasta una plaza vacía y estacioné con cuidado el auto. Agarré las mochilas que tenía a un costado, apagué el motor guardando las llaves en el pantalón y salí dando un portazo expresando mi frustración.

¿Por qué no se iba de mi mente aquella expresión de la chica? No debía tomarle importancia, ¿será que me estoy volviendo un estúpido atento a las opiniones de los demás?

En absoluto. Tardé la mitad de mi vida en convencerme de que nunca obtendría la aceptación de la gente, no tomarlos en cuenta era lo mejor. Las vendas de mis ojos cayeron muy rápido y la burbuja que me aislaba de la maldad humana se rompió. En ese momento me di cuenta de que no valía la pena esforzarse por ser como los demás querían cuando no tenías la capacidad para lograrlo.

El mundo me presionaba para que yo siguiera su absurdo sistema, querían que hablara porque estaba acostumbrados a ello. Pero tenía un impedimento, era mudo gracias a un severo trauma causado por el hombre que aportó su espermatozoide para darme la vida y se aprovechó de ello. La fatalidad me perseguía desde ese momento, y no había día que no me culpara por ser tan débil y cuestionarme diversos desenlaces aceptables a partir de ese fatal suceso.

Pero sólo eran suposiciones. La realidad golpeaba irremediablemente mi rostro en cuanto intentaba emitir las palabras. No debía sorprenderme al no escuchar ni sentir nada.

Me pesa la nuca, lo froté con la mano esperando eludir la repentina sensación de ahogo, pero a la vez mi respiración amenazaba en acelerarse y abrir paso a un nuevo episodio.

Sin dejar la acción, apoyé medio cuerpo en el capote mientras palpaba con la otra mano el bolsillo delantero en buscando la cajetilla de cigarrillos. Lo extraje de un movimiento y puse uno entre mis labios dispuesto a calmarme. Acerqué la flama del encendedor a la punta y di una calada, ansioso en sentir el sabor amargo y frenar los próximos indicios.

Observé impasible el humo salir de mi boca y nariz ascendiendo desinteresadamente. Una línea deforme, uniéndose a la contaminación de la ciudad, a las esperanzas vanas de mí corazón, y las ilusiones de un niño truncados en la nada. Congelados en el limbo, sin intenciones de salir a flote por el temor a que lo agredieran nuevamente.

Jugué el encendedor con mis dedos. De cierto modo fumar ayudaba en apaciguar los daños colaterales que cargaba solo en mis hombros, sin compartirlos con nadie. ¿En quién confiar? Si daba la más mínima oportunidad, destrozarían lo que restaba de mi esencia.

Entonces sí estaría totalmente perdido.

—¿Ya desayunaste cómo para estar fumando tan temprano?

No me sorprendió la presencia de aquel hombre pase a estar divagando —de nuevo— en mis pensamientos. Retiré mi vista de enfrente y la enfoqué a mi costado.

El maestro Yamato se detuvo a unos cuantos pasos cerca del auto. Su mirada viajo del cigarro entre mis labios a mis manos. La tristeza marcó su rostro. ¿Qué le importaba a él lo que yo hacía?

Agaché la cabeza y clavé la vista en el suelo sin desocupar mi boca. No lo hice por intimidación, si no porqué dentro de unos segundos escucharía de nuevo su incuestionable discurso y no tenía ganas de verlo directamente y prestarle atención.

—¿Sabes lo que contiene el cigarrillo? La sustancia principal es la nicotina que va directamente al cerebro...

Y dejé de escucharlo. Me parecía más interesante observar mis tenis blancos ligeramente manchados de tinta azul por la parte inferior. Lo moví un poco averiguando si nada más se trataba de esa área.

Sinceramente me aburría prestar oídos a la misma cantaleta casi todos los días pues la historia de Yamato era muy famosa entre las clases que impartía.

Gracias a su severa adicción por el alcohol y cigarro, su esposa e hijo lo abandonaron. Antes él trabajaba para mantener su vicio dejando de lado a su pequeña familia. No teniendo suficiente, engaño a su mujer y se lo recalcó estando ebrio. Al parecer ella no soportó sus maltratos y terminó por huir de su hogar.

Él destruyo desde adentro lo que se le fue otorgado. Tuvo una sola misión: ser feliz. Pero no supo valorarlo hasta que lo perdió por completo. ¿De qué sirve arrepentirse por lo que no se podía recuperar?

Que afortunados eran algunos, y muy tontos, por cierto. No a todos se les presenta la oportunidad de llevar una vida normal con la posibilidad de alcanzar la paz y felicidad.

Debió aprovechar, pero le ganó su egoísmo y prefirió la mala vida.

Por eso, cada vez que veía a uno de sus alumnos fumando, sometía a la clase entera a una charla sobre "las consecuencias de las adicciones".

Yo no me catalogaba un adicto... quería creer. Más que nada mi independencia a los cigarros era con el propósito de frenar la ansiedad y ciertos pensamientos desviando mi atención en otra parte, al igual que disipar un poco la tensión.

Claramente no lo hacía frente a mamá. Nos había inculcado desde muy pequeños a que tanto cómo los cigarros, alcohol y drogas eran dañinas para la salud, y que no deseaba ver a unos de sus hijos postrados en una camilla a causa de alguna enfermedad derivada de toda esa porquería.

La comprendía completamente pues quedó marcada desde la muerte de mi abuelo. Él fue un viejo temerario y con mal carácter —seguía creyendo que mamá fue adoptada, de ninguna forma podría ser hija de un hombre tan huraño cómo él— que contrajo cáncer pulmonar gracias al tabaco. Dos años fumando una cajetilla diaria tenía que acarrear alguna enfermedad mortal.

Pero no murió por eso. Una noche pegó un grito desgarrador y no se volvió a escuchar nada.

Un paro cardiaco acabo con su vida. Que irónico, pereció de la manera menos inesperada.

Así que era normal que mamá haya quedado con un triste recordatorio.

Recuerdo la primera y única vez que atrapó a Itachi fumando en la adolescencia, lo castigo sin salidas con sus amigos por tres meses enteros y hacer los quehaceres de la casa. Alegó que después de cumplir la mayoría de edad tendría la suficiente disposición para decidir si acabar lentamente con su vida o no, pero mientras tanto tendría que obedecerla sí o sí.

Por supuesto que ahora Itachi fuma moderadamente, cuando se estresaba o enojaba, una forma de sacar las cosas que no debían prevalecer. A mamá no le agradaba, pero lo entendía un poco sin dejar de insistir que desistiera.

Ellos dos habían pasado por tanto dolor gracias a mí. Así que no me quiero imaginar su expresión en cuanto me descubra. Hacía todo lo posible para no causarle más dolor con mis acciones.

Se preocupaba de más, procuraba mi bienestar y se comunicaba todos los días preguntándome si tenía algún problema en la universidad o trabajo.

Y para mantener esa sonrisa en su rostro, no fumaba frente a ella, le mostraba cierta parte de mi interior, pintando un muro de colores vivos en un intento desesperado en ocultar la madera carcomida por las polillas del martirio.

Lo valía.

—... piensa cuidadosamente en lo que haces.

Afortunadamente alcancé a escuchar la última frase de su monólogo. Al parecer no se percató de que me divagaba en mis pensamientos mientras hablaba, la visera cubría casi todo mi rostro desde ese ángulo.

Alcé un poco la cabeza apenas mirándolo sin expresión, seguía en su vista clavaba en mí. A lo mejor se dio cuenta y decidió ignorarlo. O tal vez no le importo.

Retiré de mis labios el cigarro casi consumido y le eché un vistazo. Quién iba a pensar que esto calmaría las terribles ansías que antes me atormentaba.

De nuevo enfoqué al maestro Yamato, esperaba mi siguiente acción.

Lo dejé caer al suelo, y una vez ahí, arrastré lo que quedaba con la punta del zapato.

—Un cigarro menos, un día más de vida —citó él sonriente.

Compuse una mueca al ver su alegría suponiendo que recapacité al escuchar su discurso. No lo hice por él, claro que no.

Antes de cruzar el umbral viré un poco la cabeza vislumbrando apenas el cigarro aplastado cerca de mi auto.

Caminamos hacia el edificio sumergidos en silencio. Yamato ya no siguió hablando, y lo agradecía, me calan los sermones ajenos, sobre todo porque no podía responderles como tal. Era limitado el grupo de personas que sabían la lengua de señas en la universidad y él no entraba en ese aspecto.

El maestro se detuvo en la siguiente intersección. Por fin dejaría de seguirme.

—Sé que es imposible pedirte que no fumes más.

Cierto.

—Así que por hoy te los decomisaré —extendió su mano hacia mí y sonrió ligeramente, me le quedé mirando con frunciendo el ceño.

Entonces comprendí. No me agradaba la idea de darle mi único método de alivio, pero tampoco quería estar cerca de él.

De mala gana le entregué la cajetilla de cigarros, no esperé a que me dijera media palabra más y pasé de largo dirigiéndome al pasillo repleto de casilleros. Me llamó, pero no regresé.

Avancé en dirección a la biblioteca a dónde en un principio debí dirigirme. En mi campo de visión irrumpieron un grupo de estudiantes, los cuatro llevaban las mismas camisas naranjas que los identificaba como parte de baloncesto de la universidad.

Caso error pasar por ahí con esos idiotas merodeando.

Continué avanzando encogido de hombros y con la vista clavada en el suelo ajeno al bullicio a mi alrededor pasando desapercibido como de costumbre. Era un punto lejano, marginado de la sociedad, y lo peor era que me estaba acostumbrado a ello.

En estos instantes lo aceptaba, pero sólo para impedir futuros contiendas.

—¡Oye, mudito! No creas que no te vi —lo escuché claramente acompañado por un par de risas. Lo ignoré como de costumbre acelerando el paso, había aprendido que las riñas no resolvían mis problemas con ellos... de momento, era muy temprano para golpearlo, aunque ganas no me faltaban—. ¡Por lo menos dime si me escuchaste! Me dejas con la duda.

Jodete Hidan.

Rápidamente ingresé a la biblioteca antes que decidieran darme alcance y empezar su juego favorito: sacarme de quicio hasta que yo golpeara primero. A los ingratos les divertían molestarme. Un par de veces nos hemos enfrentado y, por supuesto, terminaba hecho trizas, después de todo eran cinco contra uno. Sabía defenderme, sí, pero no podía contra cuatro idiotas.

Mis pensamientos se enfriaron cuando cerré la puerta y recargué mi espalda en ella sin dejar de mirar el suelo. Apenas lograba identificar mi respiración, ahora eran tan suave y apenas percibible. No sentía la adrenalina cómo otras veces.

Dejando de lado la irritación, ande con más calma por las mesas buscando con la mirada el área de matemáticas, al identificarlo identifiqué, me dirigí hasta ahí dispuesto a tomar los libros.

Mis ojos inevitablemente captaron un póster pegado con cinta adhesiva en la madera del estante, a la vista de todo el mundo. Era muy llamativo, de diferentes texturas y las letras enormes llamaban la atención.

Y entonces la imagen del cigarro tirado y aplastado en el suelo llegó a mi mente. Una idónea comparación se estableció.

Ese pedazo de basura era yo: un chico de diecinueve años cuyos sueños fueron aplastados inesperadamente a temprana edad, y que, tras ser consumido por las llamas de la desolación, una huella infestada por el rencor quedó marcada en su vida. La incertidumbre había consumido la mayor parte de sus emociones y siempre se mantenía en lo más bajo de la escala social sintiéndose inútil.

Si tan solo pudiera cerrar los ojos olvidando lo que soy en vida y recrear una nueva dónde no existían las limitaciones y temores. Que nada me detuviera, ni siquiera las burlas y agresiones. Dejar que el sufrimiento y angustia resbalaran por mi cuerpo hasta caer al pozo de la negligencia, perdiéndose en lo más profundo de mi ser.

Lo deseaba tanto que, si fuera remotamente posible, lo daría todo para hacerlo realidad.

Solté un bufido al estar repasar lo último, ¿qué tonterías pensaba? Jamás se haría realidad, estaba alucinando más de la cuenta, ¿me estará afectando el cigarro?

Intenté calmarme al frotar mi nuca y retomé mi andar al fondo del pasillo recordando con cierta amargura lo que decía el cartel.

«Soñar no cuesta nada».


¡Hola!

Después de tantos meses, por fin les traje el segundo capítulo de esta historia que apenas está emprendiendo el vuelo. ¿Qué les pareció? ¿turbio ¿un campo de flores? ¿muy cliché?

Quiero dejar en claro que la historia será narrada por Sasuke y Sakura como ya se habrán dado cuenta con esto.

Sobre el capítulo, Sasuke ahhh, es un joven lastimado y rencoroso con su padre y la vida, preguntándose porqué a él tiene que cargar con esa discapacidad cuando no la pidió. Sufre mucho y no lo demuestra intentando sobrellevar todo, pero las personas tenemos límites. Los plasmé de esta manera por una razón.

¿Dudas? -risa-

Sobre las actualizaciones: quienes leen RTN saben que estamos a capítulos de terminar, así que hasta que eso suceda, actualizaré. No se preocupen, después de eso serán constantes los capítulos. Wiiii~~~~

En fin, ¡gracias por leer!

Alela-chan fuera.