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Dos almas
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Sakura
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Observé fascinada el remolino de tierra que se formó a diez metros de dónde me encontraba, sentada sobre el pasto verde y bajo la sombra de un enorme árbol cuyas raíces sobresalientes servían de asiento para mis amigos. Una vez que se disperso el fenómeno, volví a prestar atención en lo que decía uno de mis amigos, me había quedado absorta por unos segundos.
—El segundo año es un asco —se quejó Kiba, el más revoltoso del grupo, su cabello castaño y sus grandes ojos negros lo hacían ver amigable a cualquiera—. Sólo estoy contando los días para estar en tercer año, ¡nunca más volveremos a ser pupilos!
Lancé una carajada haciendo un escándalo por la mueca en su rostro, era muy divertida. Advertí de sus miradas de pena, mi risa era muy rigurosa que podía escucharse en todo el pueblo.
Nos encontrábamos en hora libre, el maestro de Filosofía fue a la ciudad por unos inconvenientes, así que la clase entera andaba fuera del aula disfrutando del día cálido y fresco. Por lo menos hasta que comenzará la otra clase y tendría que recluirme soportando el calor que se encerraba, daba gracias al cielo que las ventanas eran enormes y se filtraba gran cantidad de aire.
—¿Sigues molesto por qué uno de tercero te reprendió por coquetearle a su novia? —inquirí maliciosa a sabiendas de la respuesta.
Mi amigo me miró con mala cara y se cruzó de brazos afirmando la pregunta que se respondía por sí sola.
—Ya supéralo, han pasado dos días donde no dejas de fastidiarnos con lo mismo —opinó Neji, recostado a mi lado, se dedicaba en admirar las ramas del árbol que nos brindaba una reconfortante sombra.
No me cansaba de verlo, especialmente sus ojos de un extraño color similar a la perlas, sus rasgos apuestos y cejas moderadas. Se dejaba crecer el castaño y el look le sentaba de maravilla dándole un aire más atractivo a mis ojos. Su sonrisa retorcida revelaba sus perfecta dentadura. Y su cuerpo ejercitado gracias al fútbol, era mucho más alto que yo y tenía que inclinarse para besarme.
Todo él era apuesto. Inteligente, atleta y audaz. Me había enamorado del mejor chico del mundo.
—Lo dices tú porque tienes novia —lo escuché quejarse—. Y crees que nunca te será infiel...
Me sentí ofendida por su comentario y le di un golpe a puño sobre su brazo. Se quejó falsamente sonriendo de lado alegando que se trataba de una broma.
—A eso, querido Kiba, se le dice confianza de la pareja —chistó mi mejor amiga, Tenten. Una chica de cabello castaño oscuro, muy parecido al de Kiba, su piel clara combinaba con sus ojos chocolates. Muy expresiva y cariñosa con nosotros, especialmente conmigo.
Siempre hemos estado juntas desde que tengo la suficiente memoria para recordar. Debido a que en el pueblo sólo existía una instalación para cada nivel educativo, estuvimos en el mismo preescolar y aula. Después de todo, no habían muchos niños de edades similares, así que las clases se reducían de diez a quince personas a lo mucho.
Neji nos presentó inocentemente a los cuatro años, y desde ese día fuimos inseparables. Nadie nos lograba sacar de la verdad y pasábamos todo el tiempo que podíamos juntas, una y mugre, una unión inseparable.
Tenten era mi única amiga, mi confidente, mi hermana de otra madre y mi compañera de locuras. Lo que a mi me faltaba, lo compensaba ella y viceversa. Entre las dos, yo me ganaba el título de la más cuerda, su carácter se acercaba mucho al de Kiba, revoltosa y honesta.
—Sakura, eres muy buena para Neji —dijo Kiba un frotándose dónde le asenté el puño.
Sonreí un poco aparentando seguridad.
—Hum, soy buena para cualquiera.
—¡Ja! Que presuntuosa me salió la niña.
—Era un decir —formé un puchero por su comentario. No soy ese tipo de chicas, en cambio, no me gustaba ser egoísta con todo en general—. No imagino el resto de mi vida sin Neji-kun —aseguré sintiendo mis mejillas arder. Me sonrojo por cualquier cosa.
—Que cursi —dijo Tenten juntando ambas manos y utilizando un tono de voz infantil.
A mi confesión, volteé a mi novio ilusionada en recibir una sonrisa retorcida o un giño de ojo, una reacción prevista cada vez que yo sacaba a flote mi lado empalagoso. Sentí mis mejillas arder por las imágenes recreadas en mi mente intrépida.
Sin embargo, la expresión sombría y la sonrisa claramente forzada de Neji me desconcertó por completo. ¿Por qué sentía cierta renuencia en sus gestos? Solamente dije la verdad, no podría imaginarme el restos de mis días sin sostener ésta relación, vivir juntos en comunión, y tal vez, cuando alcancemos un estado de madurez mental, casarnos...
Tenten decía que estoy loca para pensar en matrimonio a esta edad. Y en lo más recóndito de mi mente también lo aceptaba, ¿qué persona cuerda lo considera a sus diecisiete años? Aunque en la etapa dónde me encuentro, es normal soñar con ello, incluso una vida a su lado.
—Oh, ¿te comió la lengua el ratón o qué? —el modo serio en que lo plantó Kiba me confundió más. Él miraba persistente a Neji.
—No —de inmediato Neji se sentó pasando un brazo por mis hombros, acercándome a su pecho de forma... ¿Posesiva? Fruncí el ceño desconcertada—. Sólo consideraba muy bien mis palabras.
—Imaginó que debes de tener alguna especie de miedo al matrimonio o algo por el estilo —comentó distraídamente Tenten.
A lo mejor fue mi imaginación o producto de azote de calor, pero me pareció ver atisbos de ira en los ojos de Kiba. Incluso soltó un siseo entre dientes.
Está vez pude ver a respuesta la advertencia en la mirada de Neji.
—O probablemente busca un halago empalagoso para deslindarse —dijo tajante el castaño.
Neji me soltó dispuesto a llevar la situación a otro nivel.
—¡Bueno! No discutan, no quiero limpiar sangre —bromeé en un intento tangible en desviar la tensión que se había formado gracias a sus absurdos rodeos sin sentido. Es más que obvio que Kiba intentaba crisparle los nervios a Neji por diversión.
Fue en vano, siguieron desafiándose con la mirada sin dimitir por ambas partes. Me preocupó por un momento puesto que, no sé veían dispuestos a ceder.
Miré a Tenten buscando su ayuda. Ella se veía tensa pero sin borrar su sonrisa desinteresada, muy propio de su personalidad: desentenderse de las peleas infantiles alegando que eran inmaduros y ella no tenía la intención de mimarlos.
—¡Representantes de clase!
Volteé a mis espaldas visualizando al presidente del cuerpo estudiantil, de pie a unos diez metros de donde nos encontrábamos. Agitaba su brazo sobre la cabeza en un gesto amigable.
Mi salvación.
—¡La junta comienza en cinco minutos, apresúrense!
—Cierto, me había olvidado —mascullé aliviada.
Íbamos a discutir sobre el festival cultural de la escuela, un evento igual de grande que los del pueblo. Una de las cosas que me causaba un poco de pereza. Me gustaba ver los puestos y consumir los dulces que venían de los puestos de los pueblos vecino, pero era otro cuento encargarse de la coordinación. Trataba de verle el lado positivo a todo, al final podía dar una vuelta por el lugar a sabiendas que puse todo mi esfuerzo para que las personas disfrutaran del evento.
Me incorporé sacudiéndome la hierba que se adhirió a mi falda. Las manos de Neji no me lo impidieron. Alargue mi mano atrapando el brazo de Kiba para llevarlo conmigo, el no me dejaría aburrirme sola, también era su obligación. Lo jalé sin mucho esfuerzo y el no se resistió, muy bien, ponía de su parte. Un avance notorio.
—Andando jefe —así le decíamos en broma—. Iremos a la junta, nos aplastaremos en las sillas mientras comemos unos chocolates y escucharemos el embrollo del festival.
Finalmente Kiba dejó de comerse, literalmente, a Neji con la mirada y se volvió a mí con una sonrisa natural como la nunca hubiera mantenido una batalla de miradas, la tensión de sus fracciones se aplacaron de golpe.
Al contrario de Neji, que siguió apretando la mandíbula irradiando enojo por los poros.
—Debes calmarte, recuerda que no lo dice en serio —le murmuré para que sólo él me escuchara.
Sus ojos perlas me enfocaron de momento, asintiendo con la cabeza, desvío su cabeza evitando mirar a Kiba y tratar de no tomar en gravedad el insignificante roce.
Con una mirada de paulatina, le pedí en silencio a Tenten que vigilará a Neji por mí en lo que restaba de las clases. Ella me correspondió alzando los pulgares detrás de mi novio, en un gesto afirmativo. Menos mal que podía confiar que ella apaciguaría un poco a mi novio. Me gustaría hacerlo a mi manera, pero la junta apremia.
—Nos vemos en la salida —me acerqué dispuesta a besarlo, pero un jalón en mi blusa me impidió comenzar mi acto. Perpleja, me encontré siendo casi arrastrada por mi amigo.
Él rio jovialmente agitando su mano en despedida en dirección a Neji que compuso un gesto malhumorado.
—No creo que necesites el beso por ahora, podrás sobrevivir el resto de las clases sin ella —aseguró Kiba juguetón, como si el choque de personalidades fuera una simple fantasía. Por lo menos, de su parte parecía ser cierto.
Albergue una vaga esperanza de lo sucedido minutos atrás no afectaría severamente a la relación de Kiba y Neji. Y dudé por un segundo al detallar a la lejanía, a Neji caminar en dirección contraria completamente furioso. Seguía sin entender el verdadero punto de la disputa y su flote de enojo sin una razón en concreta.
Kiba me soltó de inmediato, con un porte tranquilo y sereno, caminamos en silencio hacia el edificio principal, la pintura seca se caía a pedazos revelando un constarte con el color original, de beige y crema, no se veía la mayor diferencia. Las grietas provocadas por el pequeño temblor del año pasado seguían ahí, sin amenaza alguna, goteando por la falla de la tubería interna, nada de que preocuparse.
Cruzamos el arco de piedra pisando el suelo de mármol azul, muy resbaloso para mí gusto. Un enemigo mortal a mi condición y pérdida de equilibrio. Que irónico. Pase a tener el control sobre mi cuerpo de la cintura para arriba, era un desorden total en las extremidades de abajo, apenas y continuaba sincronizando mis piernas: izquierda, derecha, izquierda, derecha. Apoyar bien la planta de los zapatos y tensar las piernas al pisar el concreto.
Era como si nunca hubiera practicado ballet. Si la señorita Kurenai me viera así, se sentiría muy decepcionada de mí.
Recordé entonces lo que me rondaba en la mente hasta hace unos segundos.
—Kiba, intenta no... irritar a Neji muy seguido, ya sabes como es cuando se enoja —le dije aparentando serenidad. Dispuesta a saber la razón oculta, no permití verme expuesta—. Tus comentarios fuera de lugar no tuvieron gracia.
—Se enojo porqué se sintió demasiado aludido —renegó Kiba sin borrar su sonrisa divertida, sus ojos negros me enfocaron con cierta tensión.
—Aún así...
—Ya —disipó el tema agitando su mano, su gesto se endureció y la seriedad atacó su rostro, al parecer recordó un detalle amargo—. Te aseguro que no le afectará en lo absoluto mis palabras si no lo toma en serio.
Suspiré frustrada. Que mala forma de cortar con la conversación, no tenía el más mínimo interés en arreglarlo, o eso pensé hasta que lo vi detenerse frente a una máquina despendedora y obtener los pokys de los que tanto nos gusta a ambos.
Cuando nos escogieron como representantes de clases al principio del curso, al dirigíamos a nuestra primera reunión y pasamos por ese mismo pasillo, nos dimos cuenta que una cajita de pokys tanteaba peligrosamente la superficie, debatiéndose en caer o permanecer en su lugar acogedor. Kiba, entusiasmado de conseguir dulces sin gastar ninguna moneda, interrumpió su calma al darle una buena patada a la máquina y la cajita cayó sin contención al fondo.
Simbolizando a nuestro primer día, cada vez que nos llamaban a una junta, veníamos directo a la máquina a conseguir los dulces. Un ritual cotidiano que dejaba en claro nuestro lazo inquebrantable de amistad. Kiba era uno de mis mejores amigos varones. No es lo mismo estar con él que con Tenten. La interacción que mantenía con él resultaba ser más tosca y divertida.
—Sin importar qué, no debes olvidarte de nuestro pequeño aperitivo —se acercó extendiéndome el paquete. Sus ojos se expandieron un poco y la curva de sus labios formaron una amarga sonrisa, un destello de culpabilidad resplandeció en sus generosos ojos—. ¿Me perdonas por ser un mal amigo?
¿Cómo no hacerlo si ponían esa expresión arrepentida?
—No es para tanto, tampoco es que se hubiesen goleado entre sí —alegué concediéndole su dicha. Le di un ligero golpecito en el hombro dándole la certeza que lo había olvidado.
En el fondo, quise ignorarlo. El hecho de que me pidiera perdón de esa manera tan falsa, en el sentido que ocultó sin éxito la tristeza de su voz, al igual que sus ojos de caídos. La incertidumbre en considerar que no sólo se disculpaba por ello persistió. Un susurró en mi mente colaboraba que existía un trasfondo en todo este asunto. Desde la extraña discusión con Neji hasta la tristeza disfrazada en sonrisas cálidas de Kiba.
Fue demasiado tarde para mí. Lo grave desesperadamente en mi conciencia y no me dejo tranquila por el resto del día.
-o-
No vi a Neji por la tarde.
Lo busque por todo el instituto, pues no quería marcharme a casa de esa forma. Apuesto que estaba resentido porque me dejé llevar por Kiba sin resistirme o reprocharle. Pero no tenía porqué llegar a ese extremo de faltar a su palabra.
Encontré a Tenten cerca del aula y le pregunté por él, me dijo que se fue en cuanto terminó la última clase sin decirle nada.
—Pensé que se encontraría contigo —informó confundida.
Mi humor se transformó en una fina capa negra sobre mi ser al enviarle mensajes y él simplemente los ignoraba. El hecho de que volviera la situación a una discusión indirecta y actuará de esa forma retraída, me molestaba mucho. Por favor, no era un niño. Ni siquiera el problema fue conmigo.
Colmó mi paciencia al décimo mensaje y desistí en contactarme con él. No arriesgaría mi dignidad por un berrinche de su parte.
Pensé en ello mientras me dirigía a casa pedaleando sin prisas la bicicleta.
Últimamente Neji buscaba cualquier pretexto para "enojarse" conmigo, desde los más absurdos detalles. Como la ocasión que Kiba me estrujara entre sus brazos frente a él de forma amigable, y después, estando a solas, sacó el tema a relucir dejando tan claro como el agua los celos que tenía por Kiba.
Solamente me reí sin tomarlo en cuenta, él sabía que mis sentimientos no cambiarían por mi amigo. Kiba no tenía esos pensamientos amorosos conmigo, me respetaba en ese sentido. En el fondo, no creía que Neji desconfiara de mí de esa forma.
—Oh —me detuve en el jardín de mi casa, abriendo los ojos por la repentina compresión. Un destello revelador aclaró mi punto de vista.
Todo lo que sucedió en la tarde, su sonrisa forzada por mi confesión, la cólera dirigida a Kiba y que le diera igual mis mensajes, fue producto de sus estúpidos celos.
Gruñí inconforme. ¿Por qué se dejaba guiar por los celos? Nunca le he dado motivos para que dude de mis sentimientos por él. Me era incomprensible sus acciones irracionales, me afectaba más de lo que pensé en su momento. El nudo que se transformó en mi garganta no persistió incluso a tragarlo con fuerza, siguió instalado en mi estómago, pesándome más a cada segundo.
¿Qué tan necio era para no ver la realidad? Cegarse por la desconfianza, no tenía ni pies ni cabeza. Incluso para mí. ¿Hasta dónde llegaría? No podía olvidar los malos ratos que me sometan su desplante e indiferencia.
Yo... no deseaba cansarme con el noviazgo, porque sabía que empezaría a doblegarme por completo.
Decidí alejar mis problemas en cuanto cruce la puerta de la casa, no dejaría que Karin o mamá se percataran de mi estado de ánimo y así empezarán a cuestionarme. No tenía ganas de responder a su preocupación.
Inhalé por la boca. Debo componer mi mejor sonrisa sin aparentar ser falsa.
Dejé mis cargas de lado al plantarme en la sala escuchando el suave susurró de una hermosa persona, el ver a mi madre sentada en el sillón más grande, tejiendo a gusto una bufanda colorida me alegraba el corazón. Por un momento se veía tan viva y sana, era como sí no tuviera ninguna enfermedad mortal o emocional.
Su imagen nítida de hace cinco años acudía a mi mente sin malicia, su dulce melodía inundaba mis oídos y su cálida sonrisa disipaba los males. Mi conciencia se transportaba a un mundo donde solamente estábamos las dos, y el alivio al estar entre sus brazos porque sabía que nada me haría daño mientras mamá estuviese conmigo.
Otro nudo en la garganta amenazó mi serenidad. Alejé con esfuerzo la idea de que, tal vez, pronto su luz se apagara su no tenía buenos progresos con la anemia.
—Sakura, mi niña.
Se percató de mi presencia tan pronto. Le sonreí de oreja a oreja y no dudé en sentarme a su lado.
—¿Qué haces? —pregunté.
—Tejo una bufanda para Sasori —maravillada, pasó las manos por el trazo de hilos unidos y coloridos. No me resistí a la imagen mental de mi hermano con la bufanda, estaba segura que lo utilizaría tan solo por ver la sonrisa alegre de mamá.
—Pero falta mucho para otoño —le recordé.
—Es para la prosperidad, así tendrá una bufanda para cada día —sus dedos dejaron las agujas y dirigió su atención a mí—. ¿Cómo te fue en la escuela?
—Uh... —murmuré ahogándome en un pozo profundo—. Muy tranquilo. Kiba me regalo unos pokys.
—¡Oh! Ese niño tan encantador, no lo he visto últimamente por aquí.
A menudo Kiba y Tenten pasaban las tardes en la casa, después de hacer los deberes veíamos películas o holgazaneábamos un rato, y partían antes que papá llegara del trabajo pues no quería meternos en problemas.
Siempre deseaba con todo mi ser que en Neji pasara la mayor parte del tiempo en la casa, bromeando con Sasori y llevando una conversación civilizada con Karin, convivir con mamá, y posiblemente, tener la aprobación de papá.
Pero él se negaba a crear problemas con mi progenitor, estaba al tanto de sus malos tratos hacia mí y no quería exponerme. Por ello, evitaba acercarse demasiado cuando papá andaba cerca. Lo motivaba para que hiciera nuestra relación oficial frente a papá, y él decía que seguía esperando el momento exacto para hacerlo.
Retomé la conversación.
—Estamos un poco ocupados con el festival, pero pronto vendrá a verte.
Escuché pasos resonar por la escalera, y la indiscutible aparición de mi hermano me extraño por completo, no era normal que él estuviera tan temprano en la casa, comúnmente llegaba a media noche.
Sus ojos resplandecieron al verme.
—Hola pulga, pensé que tardarías más. Karin me comentó sobre la reunión.
Le había enviado un mensaje a mi hermana notificándole mi posible retraso.
—Sólo vimos aspectos generales.
Lo observé hacer una señal a la cocina a espaldas de mamá, indicándome que me esperaba ahí. Y desapareció por el umbral hacer ruido para no advertir su retirada.
Le hablé a mamá.
—Se me antojo un chocolate caliente, ¿quieres un poco?
Mebuki sonrió sin dejar de tejer la bufanda.
—Gracias cielo. La verdad es que me está dando un poco de frío, me sentaría bien.
Tras depositarle un beso en la mejilla, me dirigí a la cocina pensando en el posible tema de conversación entre nosotros, esperaba que no se limitará a fastidiarme con los apodos.
Sasori estaba poniendo agua en la tetera, su espalda se enderezó en un movimiento y sonrió cuando me planté a su lado.
—¿De qué querías hablar hermano? —pregunté interesada mientras me estiraba para hacerme de las tazas del anaquel.
—¿Acaso no puedo llamar a mi hermanita casualmente y decirle que se ve más enana de lo normal? —se burló divertido.
Entrecerré los ojos dejando sin delicadeza las tazas sobre la mesa, él ensancho su sonrisa divertida disfrutando de mi irritación.
—Puedes, pero sabes lo que te conviene.
—En ese caso. Pareces un mapache con esas ojeras.
—Mira quien habla, eres el vivo retrato de un zombi con hambre.
Entonces él echo la cabeza para atrás soltando una corta carcajada. El sonido disipó la irritación y se convirtió en una risa involuntaria, amaba estos momentos con mi hermano. Se sentía cotidiano y real.
—No, gracias. Que Karin conserve ese puesto —alegó él sin aliento.
—Eso sí que no —Karin cruzó dignamente la puerta y se plantó frente a nosotros cruzada de brazos—. Miren nada más, los descubro en medio de la cocina asimilándome con un cuerpo putrefacto, eso no es para nada hermoso.
Ambos le dedicamos una mirada de burla.
—¡Shh! —nos cayó antes de que algunos de los dos dijéramos ingeniosidades. Caminó al refrigerador buscando agua fría—. A propósito, ¿ya le dijiste, Sasori? —nos miró paulatinamente.
¿Decirme que cosa?
Confundida por la pregunta, me giré a mi hermano que suspiró entre dientes y se enderezó apoyando su espalda baja en la barra. Una sombra de resistencia cruzó por su rostro antes de, finalmente, hablar.
—No me concedieron el permiso para acompañarlas a Tokio —musitó apretando los puños sobre la camisa.
—Hum... —con que eso era lo que le inquietaba.
Al darnos cuenta de lo avanzada que resultó ser la enfermedad de mamá, el doctor de pueblo, Hiruzen, nos recomendó tratarla en unos de los hospitales de la ciudad más cercana, Tokio. Contactó a un viejo amigo y recibíamos un enorme descuento en las consultas y terapias. El dinero que se reunía se consumía mayormente en las medicinas y parte de la cuenta del hospital. Del hospedaje no nos preocupábamos ya que nuestros tíos vivían en la ciudad e insistían que permaneceremos en su casa mientras estuviéramos ahí.
En realidad, lo que trataban con las consultas y medicamentos era la leucemia impidiendo en parámetros débiles su progreso, alargándole a rasgos menores su vida. La decisión fue difícil: elegir entre la leucemia y la psicosis, una sería prioritaria que la otra, y todo por nuestros escasos recursos. Se eligió la que acabaría con su cuerpo más rápido, aunque su estando mental se consideraba a menos rasgos siendo controlando por pastillas. No estábamos seguros si algún día volvería a identificar el pasado con el presente y se abriría paso a la lucidez.
Volví a concentrarme al ver que mis hermanos esperaban una respuesta.
Cada vez que viajábamos a Tokio, nosotros acompañábamos a mamá. Sasori pedía permiso por unos tres días cada dos semanas, a situación, compensaba su descanso con jornadas dobles. Aunque nosotras le insistiéramos que no era necesario sacrificarse de esa manera, Sasori alegaba en acompañarnos.
—¿Tu jefe considero qué es excesivo los permiso? —traté de adivinar.
—No, lo entiende perfectamente.
—No comprendo, ¿por qué no te deja ir?
Sasori torció la boca en un gesto pensativo y un poco contenido a contestar. Intercambio una mirada rápida con Karin y supe que se trataba de algo que deseaba mantenerme oculto. Aquí vamos de nuevo, intentando a toda costa ocultarme las cosas.
—Se trata de... un simple inconveniente... por así decirlo —dudó en continuar—. Los jefes de la fábrica llegarán en estos días y todos debemos estar ahí.
Apenas percibí la mentira en su voz. Lo dijo tan seriamente que flaqueé por un segundo, y la posibilidad se intensificó al percibir a Karin jugar con el vaso vacío.
Entrecerré los ojos inclinándome a él, ignorando el silbido agudo que empezaba a emerger de la tetera al fuego.
—Me estás mintiendo —lo acuse.
—Te estoy diciendo la verdad.
—O parte de ella —rectificó Karin. Rodeó la barra para ir directamente a la estufa y apagar la hornilla—. Sasori, pienso que ella debe saberlo, no le afectará en nada.
—¿Saber que cosa? —refuté de inmediato.
—Solo que se hará falsas esperanzas —Sasori ignoró mi pregunta, habló con voz ronca, como su no hubiera bebido agua en semanas.
Comencé a irritarme por tantos rodeos.
—Yo decido si me hago vanas esperanzas o no —aclaré de nuevo. En un intento de que aflojara su lengua, suavice mi expresión al punto que parecía preocupada, un efecto que resultó eficiente en mi hermano—. ¿Qué sucede?
Sasori suspiró resignado bajando sus hombros, derrotado a la idea de confesarlo.
—Cómo te dije, los jefes vendrán a la fábrica, no a supervisarla, más bien su visita será para ascender a varios trabajadores a supervisores de planta —se detuvo, expectante a mi reacción. Cuidé mi expresión serena hasta que acabará de hablar—. Obtener ese puesto abre paso a más privilegios y la paga aumentará. Y bueno, estoy en la lista de posibles candidatos.
Abrí ligeramente mi boca, asombrada por la noticia.
—Sasori, ¡eso es magnífico! —afirmé sintiéndome feliz por él—. Te aumentarán el suelto.
Genial, habría más posibilidades de tratar completamente a mamá si Sasori recibía un aumento.
—Es una posibilidad. No quería decírtelo para no preocuparte en dado caso que no lo consiga —detuvo a regañadientes mi emoción mirándome con cautela. Él conocía el rumbo de mis pensamientos al asociarlos con la enfermedad de mamá. Por eso se rehusaba a confesármelo desde el principio.
Temía que la desilusión fuera muy fuerte para mí que no lo soportaría. Pero se equivocaba, en dado caso podía resistirlo, no soy tan débil, no vencerían fácilmente.
—Es ganancia que te consideren —objetó Karin a mis espaldas. Escuché un utensilio chocar en la taza, de seguro estaba haciendo el chocolate para mamá—. No dudamos que pasaras cualquier prueba que se te cruce. Eres demasiado listo y tenaz.
Mi sonrisa volvió.
—Y eso aumenta las posibilidades.
—¿Y qué tal si no apruebo? —murmuró por debajo, apenas logramos escucharlo. Rastros de frustración marcaron sus fracciones, sufría encerrado en sus pensamientos negativos—. ¿Qué sucederá si las decepciono a ustedes? Confían en mí y no sé si soy capaz de apoyarme en conocimientos.
No lo dudé. Me acerqué a él para abrazarlo por la cintura, pasando mis brazos hasta entrelazar los dedos sobre su espalda, apoyé mi cabeza en su torso, esperando a que mi gesto le brindará consolación a su tubulado corazón. Pronto sentí un pesor más, Karin se unió a nuestro abrazo, pasó una extremidad por mis hombros y la otra la colocó entorno a los omóplatos de Sasori, brindándole consuelo. Ambos eran un poco más altos que yo alternando su estatura, Karin reposó su barbilla en mi cabeza y Sasori inclinó su mentón.
No se resistió a nuestra muestra de afecto, también movió sus brazos para rodearnos cálidamente.
—No debes cargar con la responsabilidad tú solo. Para eso estamos aquí nosotras, somos la hermandad más fuerte de todos los tiempos —dijo Karin soltando risita débil—. Nada ni nadie quebrantara nuestras esperanzas.
—Así que, si nosotras creemos que lo conseguirás, debes tener más fe en ti y tus habilidades —alcé mi cabeza para mirarlo. Sus ojos avellana se alteraron de hito en hito entre Karin y yo. Después soltó una ligera risa.
—Tienen razón, debo confiar más en mi capacidad. Ah, ¡no sé qué haría sin ustedes, pulgas! —su voz se escuchó más optimista.
Vi sonreír a Karin mostrando su dentadura cual se ocultó cuando las manos de Sasori se posaron en nuestras cabeza para hacer de nuestro cabello un revoltijo. Formé un puchero, me trataba como una niña pequeña.
Mi cabello terminó peor que un nido de pájaros. Resoplé ante el mechón que cayó con gracia sobre mi frente y mis perversos hermanos mayores de mofaron de mi aspecto.
Por un segundo disfruté la armoniosa interacción. No todo los días podíamos estar los tres en el mismo lugar en el momento exacto de conciencia. Ya sea por el trabajo o la escuela, pasábamos poco tiempos juntos por las tardes, y pase a esto, nuestro lazo de fraternal seguía fortaleciéndose todos los días. Ayudaba el hecho de que teníamos la misma preocupación con mamá.
Mantuve con éxito la sonrisa por el resto de noche. No permití que nada del exterior perturbara los momentos con mi familia, ni si quiera Neji y su indiferencia.
-o-
Una de mis sonidos favoritos, era sin duda, el traqueteo del tren. Me fascinaba escuchar las ruedas de metal deslizándose en las vías ásperas, avanzando sobre el camino construido a un destino en particular, recorriendo entre las pastizales y sumergiéndose en la naturaleza. Parte del viaje retornaba en sentarse en los asientos de cuero, pegada a la ventana y sin perder ningún detalle del exterior.
A los que pertenecían en lleno a la ciudad les podían parecer espantoso la sensación de los pequeños respingos y el sonido grave que producía su motor, incluso el típico "¡Chu! ¡Chu!" que emitía entre ratos. Lo veía en los rostro ajenos, su ceño crispado en descontento al refunfuñar y el ligero encogimiento de hombros, perdían su vista en el periódico o televisor frente a ellos.
¿Cómo no les podía agradar tal sonido maravilloso?
O tal vez se trataba de mí. Crecí la mitad de mi vida repitiendo este viaje constantemente que, mis hermanos se hicieron amigos del conductor y teníamos asientos reservados en una fecha y hora estipulada.
—Sakura, guarda lo que tengas a la mano, ya estamos por llegar —aconsejo Karin, estaba sentada frente a mí y mamá a mi lado, adormecida. Leía una revista de moda que reposaba en la mesa, no aparto sus ojos rojos de las hojas.
Moví mi cabeza al asiento continuó y la ausencia de Sasori peso en mi estómago, sobre todo, porque su lugar lo ocupaba mi padre. Hasta ahora se mantenía tranquilo observando las noticias transmitidas por la televisión. Incluso daba la imagen de una persona serena, normal en parámetros positivos. Me sorprendió que se ofreciera a acompañarnos pues él no le gustaba hacer este tipo de viaje. A lo mejor empezaba a darse cuenta de su error y de alguna forma deseaba enmendarlo.
Sus ojos verdes me enfocaron sin ningún rastro de molestia, más bien se mantenía solemne. Volvió a enfocar su atención en la televisión.
Uh, hoy estaba siendo optimismo.
Cerré el ejemplar de El perfume sobre mi regazo, ni siquiera le había dado un vistazo. Mi atención lo captaba el exterior.
El viaje a Tokio lo recorríamos en el tren del medio día, no duraba más de cuatro horas en llegar a la civilización, de hecho, Konoha era el pueblo más cercano a la ciudad, por ello no estaba tan desactualizado como pensaban muchos. La diferencia radicaba que conservaba plenamente la naturaleza, digna de una fotografía de revista, rebosando de una belleza inigualable, nada podía comprarse en este mundo.
Conocía perfectamente esta parte del paisaje, un extenso campo de flores coloridas y a medio brote, árboles enaltecidos por los rayos del sol, asombrando a las personas por su resplandeciente naturaleza. La hierba de un intenso verde centellante, acariciado por la suave brisa de primavera, y de tan solo visualizarlo, me entraban las ganas de bajarme del vagón de un salto y recostarme en el aspecto mullido del pasto, mirando el cielo azul cubierto por esponjosas nubes blancas.
Pronto la visión desapareció. Un muro se interpuso demasiado rápido obstruyendo la vista. Los vagones fueron sumergidos por unos segundos en la oscuridad, y después, la luz se abrió paso por las ventanas.
En ningún momento aparte los ojos. El duro concreto se desvaneció en un efecto similar a un reflejo revelando el cambio de panorama. Las vías del tren situadas sobre una colina lo bastante alta para vislumbrar lo que yacía a sus pies y se extendía majestuosamente por las próximas hectáreas.
Desde ahí, observé con interés la gran ciudad de Tokio, los edificios alzándose impetuosamente, rodeados de los mismo, pero más pequeños inmuebles creando un conjunto de hileras visibles, cerca de la colina. Más alejado, varias casas y otros establecimientos barrían con toda la superficie. Era imposible concebir el número, y sabía que solamente veía una parte de la ciudad, los puntos lejanos lo compraban. Rodeado de montañas verdes con puntas blancas, donde las nubes traspasaba el pico sin prisas.
Pronto llegamos a la estación, el tren se detuvo lentamente y las altavoces nos indicaron la primera parada de la ciudad, dónde nosotros debíamos desbordar.
Una voz resonó por los altavoces anunciando la parada.
«Tokio, distrito 3, andén 12. Favor de desbordar por el vagón 5. Repito. Tokio, distrito 3, andén 12. Favor de desbordar por el vagón 5».
Sonreí abiertamente. Al fin arribamos a la ciudad.
-o-
La casa de mis tíos estaba situada en un barrio sumamente tranquilo, un poco alejada del gran bullicio de la ciudad, y lo agradecía de sobremanera. No estaba acostumbrada a la vida agitada de este lugar, caminar entre la muchedumbre y escuchar los autos ir y venir, me intranquilizaba un poco.
Como siempre, tenían una habitación disponible para nosotros. Karin y mamá dormirían ahí junto a papá. Yo iba a refundirme al cuarto de mi primo. Él me cedía amablemente su cama y sacaba un futon para dormir en el suelo, las horas transcurrían tan rápido que apenas y nos poníamos al corriente de nuestras vidas de las dos semanas que no nos veíamos y dormíamos a altas horas de la madrugada.
Solté un suspiro de aburrimiento. Hace una hora llegamos a la casa y no sabía qué hacer. Estaba impaciente en el momento que mi primo cruzara la puerta con su sonrisa de oreja a oreja, digna de un comercial, y se emocionara al verme ahí un día antes de lo previsto. Quería contarle tantas cosas.
Recosté medio cuerpo sobre la barra de la cocina, mirando de frente la televisión, se transmitía un programa de comedia realmente entretenida hacía reír a Karin y mamá, y las hubiera acompañado a las risas si no fuera porque recordé a Neji en ese instante y la vez que lo obligué a ver ese mismo programa conmigo. Fue una tarde muy agradable, rodeada entre sus brazos y sintiéndome protegida en su presencia.
Más, sin embargo, dentro de mí sentía que algo en él cambió desde la últimas semanas. Lo excusaba en mi mente al decirme que se trataba de la escuela o la situación emergente del posible divorcio de sus padres.
Desde ese punto de vista, era razonable hasta para mí. También me afectaría una situación similar, pero irse por los absurdos celos, eso sí que no estaba dispuesta a soportar.
Mi celular emitió un pitido, un mensaje había llegado. No dudé en averiguar de quien se trataba, y no me sorprendió, cómo pensé en un principio, al verificar que se trataba de Neji.
» Neji-kun: No te vi hoy en la escuela, ¿estás enferma?
Fruncí el entrecejo confundida. El hecho de que me enviara un mensaje de lo más casual me aturdió. ¿No recordaba que se molestó conmigo por una insólita y misteriosa razón? Tal vez él lo había olvidado, pero yo no. Su indiferencia cada vez era más insoportable y dejaba una marca negativa.
Sospese el ignorarlo, pero recordé que la noche anterior le envié un mensaje explicándole que mi viaje a Tokio se adelantaría a petición del doctor de cabecera de mamá. Lo consideré durante unos minutos como tonta el recibir una respuesta que nunca llegó. Así que lo dejé estar con un nudo en la garganta y mis ojos humedecidos.
¿No leyó el mensaje?
Sin dejar de pensar en las posibilidades, busqué el dichoso aviso entre la conversación y lo encontré de inmediato, era el último que yo le envié. Lo leí cuidadosamente, remitía donde y porque falté a la escuela hoy.
Aspiré con ganas. Bueno, no me afectaba repetírselo una vez más pase a lo obvio.
» Yo: Anoche te avise que no iría hoy. El doctor nos pidió hacer la cita un día antes, salimos apresurados.
Su respuesta no tardo en llegar.
» Neji-kun: No tengo ningún mensaje tuyo.
Jadee incrédula por su descaro. ¿Sólo le importaba el mensaje? Ahora que lo pensaba, ni siquiera se centra en su molestia. Escribí apretando la pantalla con tanta fuerza que no me importo si lo rompía.
» Yo: Estoy bastante segura que lo hice. Pero claro, estabas tan enojado que me ignoraste el resto de la tarde.
» Neji: No trates de justificar tu mentira con mis celos. Por lo menos yo tengo motivos para estarlo, y tú no tienes motivos no al mentirme.
—¿Mentirte? ¿Cuándo lo hice? —susurré apretando mi puño libre.
Está vez no reprimí la maldición que salió involuntariamente de mis labios. ¿Qué se creía este chico? ¿Miss Universo masculino para establecerse a sus reglas? Me mordí el labio inferior tentada a darle cuerda a la discusión, pero un destello de lucidez atravesó mi mente y cambié de opinión. No tenía porqué amargarme la tarde con esto. Cuando llegara al pueblo lo resolveríamos hablando frente a frente.
Con la furia latente. Reprimí mi instinto asesino y le escribí de nuevo.
» Yo: Hablemos con calma cuando nos veamos dentro de unos días. Yo te aviso cuando esté en mi casa.
Después de enviarlo, el celular resbaló entre los dedos y no hice amago de detener que se estallará un poco contra la barra. El sonido no distrajo a Karin o a mamá, y lo agradecí, debía estar componiendo toda clase de expresiones coléricas, lo que las llevaría a preguntar, y no deseaba que se enteraran de los problemas amorosos.
La ira seguía zumbando en mis oídos recordándome sin pudor los momentos fatídicos de mi relación con Neji. Uno tras otro, desde hace unas semanas. No entendía cómo pudo cambiar drásticamente de un momento a otro, sustituyendo lo dulce con amargo.
Al pensarlo detalladamente, había una razón detrás de su comportamiento. Más allá de sus celos o indiferencia al enojarse. Presentía que no era lo único que le molestaba, existía otro motivo y yo no estaba enterada, por su puesto.
El recuerdo del posible separación de sus padres, se intensificó en mi mente con aplomo enfriando lo suficiente mi cabeza para pensar con claridad desde un punto objetivo, claro, si acaso existía desde ese ángulo.
¿Por qué las relaciones eran tan complicadas?
Gruñí lanzándole un vistazo a mi celular, Neji no respondió mi mensaje, así que di por hecho que aceptaba sabiamente mi evasiva a una pelea. Al igual que yo, no quería generarla sin sentido. Sabía reconocer sus errores, y eso me calmaba un poco a la distancia.
Decidida a olvidar la angustia que se materializaba en mi pecho, metí el aparato en el bolsillo delantero de mi short y bajé de un salto del la silla alta. Me adentré a la cocina buscando la melena pelirroja de mi tía y la encontré cerca de la estufa preparando la cena.
—Tía Kushina, ¿Podría prestarme la bicicleta? Me estoy aburriendo de esperar a Naruto, mataré el tiempo dando una vuelta por el parque —oculté muy bien la pesadez de mi voz al hablar.
Sus enormes ojos azules se entornaron a mi dirección, acogedores y alegres. Uzumaki Kushina me sonrió radiante y por un segundo la imagen de Naruto la sustituyo, de su madre había heredado tal rasgo fuerte de su personalidad. Ella era una mujer de tamaño promedio, gracias a ello, su larga cabellera pelirroja reluciente le llegaba a los muslos, ahora estaba atado en una coleta alta. Su fracciones delicadas y madurez contribuían a su exquisita belleza, su entusiasmado carácter la hacia ver muchos años menos de lo que en verdad poseía.
Ella era la prima de mamá. Siempre estaba al tanto genuinamente de su avance. La única familia que mantiene el contacto con nosotros. En más de una ocasión ha insistido en apoyarnos económicamente con el tratamiento de mamá. Pero las molestias de papá dieron por sentado la negativa.
—Sabes que no tienes que pedirlo, es tu bicicleta —dijo lanzándome una mirada de advertencia.
—Y ya les dije que hasta que no viva en Tokio, seguirá siendo de Naruto —fui lista, me alejé unos pasos al marco de la puerta evitando que Kushina me lanzará el tenedor, así de impulsiva reaccionaba.
Suspiró rindiéndose tan pronto.
—Eres imposible niña.
Sonreí triunfante y ella me devolvió el gesto.
—No tardes mucho, Naruto ya no tarda en regresar de la universidad.
—Vale, estaré de vuelta en una hora —avisé en voz alta para que Karin y mamá escucharan mis intenciones.
De Kizashi no había rastro, así que debía aprovechar el momento. No quería que papá impidiera la salida improvisada.
—Ten mucho cuidado Sakura —Karin me miró desde el sillón, preocupada de que saliera sola. La ciudad era cinco veces más grande que el pueblo y temía a que me extraviara entre las calles confusas.
—No te preocupes, no iré muy lejos —aseguré con aplomo para tranquilizarla. Le mostré mi celular y cartera—. Te marcaré cuando esté de regreso.
Salí corriendo de la casa mientras aseguraba el casco sobre mi cabeza que recogí del vestíbulo. Localicé la bicicleta roja apoyada en la cerca y me monte sobre ella, era un poco más grande que la mía pues Naruto constaba de una estatura enorme, sus piernas largas se adaptaban a los pedales, en cambio yo, tenía que ir obligadamente pedaleando en pie su bajaba a prisas.
Recorrí la calle principal de la colonia sin prisas, teniendo en mente la discusión que no surgió con Neji gracias a nuestro autocontrol. El sutil aire me ayuda a serenarme lentamente y no dar paso a los pensamientos negativos y llenos de rencor e ira. Pronto se aplacaron, disipándose como la capa de humo, alejándose dejando huella en el pecho con un ahogo soportable. Respiraba en calma y mi rostro lo demostraba.
El vagar por los tramos me reconfortaba, pero no se acercaba para nada del pueblo donde vivía. El único lugar que podía asimilarse era un enorme parque situado a dos manzanas de la casa de mis tíos, cerca de la primera estación del metro. La acerca albergaba varios establecimientos de diversos tipos, desde una tienda de música hasta una panadería. Esa parte de la colonia se envolvía en un ambiente parsimonioso, no existía tanto bullicio como en el centro. Y los automóviles aparecían cada cierto tiempo.
A esta hora el parque estaba un poco despejado, pero aun así se podía apreciar una cantidad perceptible de gente, en sí, la superficie cubría media manzana, por lo que había un extenso campo de pasto verde y un camino trazado por árboles con pétalos violetas cuyas ramas retorcidas formaban un enorme y largo arco. Del lado contrario, un espacio despejado con senderos por donde la gente caminaba, y a los costados se alternaban árboles que brindaban una sombra refrescante e invitaban a sentarte bajo su cobijo. Más allá, un área de juegos infantiles en su apogeo, risas de niños, ladridos de perros, la gente hablando entre sí.
Quedé encismada en el panorama.
Pronto localicé lo que venía buscando desde un principio. Un carrito de helado, el señor siempre visitaba este lugar todos los días a la misma hora, y a mi me gustaba comprarle porque le vertía a los helados chocolate en líquido y enormes chispas de chocolate. Además que, los sabores eran únicos e inigualable, explotaban en la boca creando una ilusión demasiado empalagosa y deliciosa, el frío recorría la garganta estremeciendo mi pecho.
—Ya lo estoy saboreando.
Pedaleé rápido pero cuidando por dónde iba, esperando no atropellar a nadie con mis descuidos, atenta a mi alrededor a la defensiva pues no sabía en que momento mis pies y el destino hicieran de las suyas, se me hacía extraño estar un día sin tropezar. Ya sea porque no amarré los cordones o cruzar sobre una roca, eran contadas las veces que he caído montada en la bicicleta, podía estar segura de una salida triunfal, tenía buenos reflejos e indiscutible manejo con el transporte de dos ruedas.
Pase a esto, no me sorprendió lo que sucedió a continuación, aunque no lo esperaba de ese modo.
Un niño de pronto apareció corriendo del franco derecho, su pelota rebotó en el suelo y se detuvo a medio metro de mi camino, y el pequeño se interpuso frente a la llanta sin percibir el peligro frente a él. Escuché un grito ahogado, seguramente de la mamá con el corazón en la mano ante el accidente que se avecinaba.
Reaccioné tan rápido como pude que apenas y lo discerní, preferiría lastimarme yo que darle una buena embestida al pequeño. Sin dudarlo, giré el manubrio en dirección opuesta, un segundo después rozando el cuerpo del niño.
Y lo que pensé que había acabado, sólo pudo empeorar.
—¡Cuidado! —grité conmocionada por el peligro inminente que representa en ese instante.
Había una persona en mi camino y sería imposible hacer otra maniobra, estaba a escasos centímetros de mí.
Solo vi un par de ojos negros enfocarme sin interés alguno para después pasar a sorpresa al ver la bicicleta yendo directo a él.
Mi mente no lo proceso bien. El dolor provocado por el rebote de mi cuerpo con el manubrio de la bicicleta fue brutal que me lo impedía de momento. Después salí suspendida a un lado y caí sobre el pasto que amortiguo demasiado el pequeño descenso, apenas y sentí el impacto. Tampoco rodé cómo pensé al momento de embestir el cuerpo que estaba en el momento exacto, supuse que gracias a la velocidad en la que iba, no fue tan grave.
Permanecí boca arriba tratando de regular mi respiración errática, escuchaba voces y el lloriqueo del niño. Temí que el impacto lo haya alcanzado. El ardor en mis codos persistió incluso cuando me senté de golpe y la cabeza me dio vueltas por mi imprudente acción, debí esperar unos minutos.
—¡Oh! ¡Lo siento tanto señorita! ¿Se encuentra bien? —la señora, probablemente la mamá del niño, estaba a mi altura moviendo sus manos sin saber si ayudarme o pedir disculpas primero.
—Estoy bien, no me lastime tanto —intenté encogerme de hombro y una ligera punzada atravesó en la espalda.
—Le ruego que me disculpe, mi hijo no vio por donde iba y...
Agité mi mano agradeciendo su preocupación. Deslicé los ojos a mi alrededor observando el pequeño alboroto, y entonces vi otro cuerpo tendido en el suelo. Me horrorice a tal punto del pánico. ¡Era la persona que atropelle al cambiar de dirección! Aguante la respiración, él no se movía.
Apuesto que me puse tan pálida que la señora se asustó.
—¿¡Acaso lo maté!?
La señora se apresuró a sacarme del error.
—No, no. Cuando intentamos ayudarlo se negó levantarse, al parecer quiere permanecer en el suelo hasta que el dolor cese.
—Que alivio...
Solté el aire que retuve por unos segundos, agradeciendo a Dios que no haya matado a nadie. Ahora podía considerarme un peligro andante en bicicleta en medio de la sociedad.
Percibí la inquietud de la señora por sus gestos, enfocados en mí y la persona involucrada. Le sonríe brindándole tranquilidad.
—No se preocupe por él, señora. Me encargaré del resto. Después de todo, giré a su dirección sin percatarme que venía de frente, debí tomar otro atajo —aclaré en cuanto su hijo empezó a gritar que quería ir al baño.
—Pero estás herida —señaló instantáneamente los ligeros raspones de mis brazos.
Los detallé girando los brazos, un pequeños rasguños y apenas se percibía la sangre, nada de que alarmarse. Y tampoco me alteré, tenía varias cicatrices menores en las rodillas a causa de tantas caídas en la niñez, disminuyeron un poco cuando empecé a practicar ballet.
—No hay pena sin sangre —aseguré—. Además, ya estoy acostumbrada, de verdad. Así que váyase despreocupada.
La corrí sutilmente con un gesto. Su preocupación era excesiva y comenzaba a incomodarme.
La señora me miró sumamente apenada por la situación. No se cansó de inclinarse hasta que su hijo insistió rigurosamente, partieron a prisa por el paso peatonal en busca de un baño público.
—Veamos...
Deslicé a la persona tendida en el suelo, me apresuré a levantarme y sacudir la tierra y pasto de la parte de atrás de mi short. Avance a su dirección notando que los curiosos se habían dispersado y los que pasaban a su lado, clavaban su mirada extrañada en el cuerpo, y a un lado, la bicicleta desparramada con las llantas moviéndose en el aire.
Permanecí estática a unos centímetros del sujeto, no se movía ningún milímetro que temí que en verdad la señora me haya mentido con respecto a que estaba totalmente vivo. Digerí muy rápido la idea. Mi mala se hizo presente hoy con malicia que hasta un involucrado fue arrastrado conmigo.
Armándome de valor, tomé aire por la nariz y me preparé para recibir gritos y reproches, después de todo, lo embestí con la bicicleta.
—Disculpe... ¿se encuentra bien? —pregunté temerosa a no recibir respuesta.
Esperé dos segundos, y un alivio inundó mi pecho al escucharlo suspirar bruscamente, su espalda de elevó al movimiento dando indicación de su respiración. Una exquisita paz llegó a mi pecho, menos mal que sí respiraba bien. No sé qué sería de mi persona si en verdad lo hubiera lastimado de algún modo, entraría en pánico, estaba segura. Esto no se asemejaba a cuando mataba los insectos de la casa, para nada.
No obtuve respuesta, debía estar muy molesto como para darme una. Aún así, no me di por vencida. Me acerqué otros dos pasos, ahora a la altura de las costillas. Lo detallé un poco de la cabeza, tenía puesto una gorra azul oscuro.
—Uh, ¿le ayudo a levantarse? Debe dolerle... —mi voz fue perdiendo fuerza a medida que observaba impactada un líquido rojizo aparecer lentamente desde un costado del sujeto, se expandía por el suelo y al reflejo del sol parecía ser... sangre.
Quede totalmente paralizada y mis piernas temblaron como gelatinas. Mi transformaron en una capa de horror y miedo ante lo que producía mi mente desenfrenada.
No, no, no, no. Sangre, mucha sangre y luego llegaría la inmune muerte.
—¡Estás sangrando! —chillé asustada.
La insólita idea del desenlace me alteró silenciosamente que no me moví para nada cuando él empezó a hacer movimientos indicativos que se levantaría del suelo. Apoyó las manos a los costados y elevó su torso, cerré los ojos al asumir que la herida donde brotaba la sangre estaba a esa altura, pero la curiosidad pudo más que la negación y terminé abriendo un párpado, esperando un ataque a mi corazón desembocado por el nerviosismo y desespero.
Él terminó de enderezarse dándome la espalda, fue entonces que se escuchó un sonido metálico, obligó a mi vista buscar el origen y encontré algo que sin duda, me devolvió el alma, incrédulamente, al cuerpo.
Entre el charco de "sangre" reposaba una lata de aluminio apachurrada. Leí con suspicacia la leyenda "jugó de verduras" y me pareció un insultó enorme. Estaba segura que alguna fuerza misteriosa se estaba burlando de mi capacidad intelectual al no concebir la posibilidad de que el líquido fuera los restos de un dichoso jugo enlatado.
Por fin, en serio, por fin logré respirar sin culpa de haber asesinado a una persona.
O más bien, seré la asesinada aquí.
La persona se volteó completamente revelando su aspecto. Y yo, deslumbrada, atiné a encogerme de hombros mientras lo observaba con curiosidad genuina.
No se trataba de un hombre mayor como pensé al principio, esto no hacía justicia al aspecto de este joven de piel clara que aparecía un ángel, similar a mi tono de piel. Era un poco alto, calculé mentalmente alcanzaba a mi hermano sin mucho problema, de hombros anchos y cuadrados y piernas largas. Sus manos se movieron a su cabeza, supe que su cabello era azabache por el mechón sobresaliente de la visera de la gorra que se acomodó fácilmente. Luego, sus brazos colgaban a los costados como dos extremidades sincronizadas con su mente, pronto un dedo largo y masculino señalaba la mancha en su sudadera. Y la mirada que me lanzaba, dejaba a la imaginación un posible reproche silencioso.
Alcé más la vista logrando vislumbrar su rostro contraído en un ceño ligeramente marcado entre sus cejas fijas y negras, nariz recta y pómulos perfectos para un joven de su calibre. Unos ojos carbón y profundos se clavaban en mí, dejándome paralizada por la sensación de que intentaba ver más allá del exterior. Sus labios finos se curvaron en una mueca de impaciencia. Un segundo más y pensé en su posible edad, no pasaría de los veinte años, o posiblemente era una de esas personas que su apariencia se tragaba los años.
Regresé brutalmente de mi divagación al escuchar alaridos de un perro. Un Husky de pelaje blanco y negro en la parte del lomo, se acercó a prisas entre nosotros y se inclinó para lamer los restos de jugo inservible en el sueño. Por la mirada de reprimiendo que le dedicó el joven supe que era el dueño del canino.
Aparté la mirada de sopetón y la baje esperando que interpretara mi gesto en son de vergüenza por lo ocurrido con la bicicleta, no por que lo miré fijamente durante unos segundos. Sentí la sangre acumularse en mis mejillas, ojalá y no se percate de ello.
¿Qué sucedía? ¡No lo veas así! Me dije al recobrar la compostura. No debía pensar esas cosas de otros chicos cuando tenía novio, Neji. Me infundí el valor necesario al enfriarme la cabeza. Se trataba de un desconocido atractivo, nada más.
Uno que había arrollado torpemente con mi bicicleta.
Viéndolo desde ese punto, era muy descortés de mi parte no disculparme adecuadamente.
Lo miré de nuevo, pero él se entretenía viendo al perro lamer el suelo desesperado. Volví a tomar aire por la boca y empezar a hablar.
—¡P-Perdóname por haberte arrollado! Ese niño se atravesó en mi camino y temí herirlo, así que hice mis maniobras y no me fije que venías del lado contrario. En verdad, en verdad, ¡lo siento! —las palmas de mis manos sudaron frío, y un estremecimiento calo mi cuerpo al ver que él se limitaba a mirarme, sin decir nada. Así que, más nerviosa que al principio, proseguí—. Hasta pensé que te había matado al ver la sangre... digo, el jugo debajo de ti. Menos mal que no estás herido, no creo que te entusiasme una ida al hospital —hablé demasiado rápido y con las palabras atropelladas, inquieta ante la apatía del chico cuyos ojos se entrecerraron intentando separar mis palabras y darle significados coherentes.
Agaché de nuevo la vista, y mis ojos se toparon con una libreta mediana tirada en el suelo, me alertó el pasar de las hojas, un susurró silbante, no poseía ningún contenido. Dirigí mi vista a él y de nuevo a la libreta.
Trague grueso. Ahora sabía porque también estaba enojado. Sus ojos no se apartaban de mi, vi claras señas de reclamo. Quería hacerlo, pero, ¿por qué no me reprochaba?
Me apresuré a recogerla y sacudirla dispersando el polvo que había estropeado su aspecto. Se la tendí sonriendo un poco renuente.
—Otra vez me disculpo. Te compraré otra si es necesario.
Ahora sí no contuve que mis cejas se juntaran en un gesto de irritación. Él desvío la mirada a otro lado, ignorándome por completo, ni siquiera agarró su libreta dejándome como una tonta. Eso no me gustó ni una pizca. Me contuve a refunfuñar entre dientes al recordar que él era mi no-víctima. Debía ser cortés, entregarle su libreta e irme a casa, Naruto debía estar esperándome.
Permanecimos en silencio por unos largos segundos, mirándonos entre sí tratando de descifrar nuestros pensamiento, tenía la esperanza de que por fin dijera que aceptara mis disculpas y agarrara su libreta cual apretaba con fuerza a medida que transcurría la tensión del ambiente. ¿Qué quería? ¿Qué me postrara a sus pies pidiendo clemencia o una vida de servidumbre? Por supuesto que no, ¡es un desconocido!
—Bueno ya —dije alzando las manos al aire, acercándome más a él—. En verdad lamento lo sucedido —mi furia aumento al ver que miraba a mis espaldas.
Estuve a punto de gritarle de indignación pero, una parte de mi conciencia me obligó a procesar y digerir lentamente los hechos presentados desde el inicio, justo en el momento en que le grité que se apartara porque tenía la posibilidad de apartarse a tiempo. Él pudo fácilmente esquivado en cuanto se lo advertí.
Algo dentro de mí se abrió paso al entendimiento el asimilar el "escuchar mi advertencia". Por su puesto, no lo había pensando antes. ¡No lo esquivo porque no escuchaba bien! A lo mejor era sordo. ¿Qué otra explicación habría? A menos que decidiera ignorar a la gente, era la única opción viable.
Gemí encogiendo mi cuerpo en un gesto de sorpresa y vergüenza. A veces podía ser muy despistada en querer interpretar la situación. Y sin duda, esta vez no sería la excepción. ¿Por qué no me di cuenta antes? Él no podía escucharme, y yo ridículamente me disculpaba sin tomarlo en cuenta.
Lo vi de reojo, él mantenía un rostro confuso y sus labios torcidos demostraban molestia, me miró cómo si fuera una especie de espécimen raro, y eso me ofendió. Tampoco estaba tan loca... creo.
Llevé mis manos a los costados de mi cabeza y empecé a murmurar para mí, encismada en mi delirio.
—Siempre tan despistada, ¿cómo no me di cuenta de qué es sordo? Por eso no se apartó en cuanto le advertí. Debí proveerlo desde el principio cuando casi me asesina con la mirada. Diablos, debería pedir ayuda urgentemente, soy un peligro para la sociedad. Jamás volveré a pisar los límites de la casa y me castigaré por esto sin comer mi apreciable helado de chocolate...
Estaba tan sumergida en mi monólogo que no me di cuenta de que el chico se había acercado tres pasos, y acompañado de un gruñido audible, jaló la libreta de los manos. Desconcertada, elevé la cabeza intentando comprenderlo. Me di cuenta que escribía en una de las hojas del cuaderno. Oh, ya veo porque la trae consigo, lo utilizaba para comunicarse con los demás sin necesidad de gestos.
Tuve extrema curiosidad en saber lo que plasmaba, y estuve a punto de estirar el cuello y averiguarlo por mi cuenta cuando de repente él volteó la cara de la libreta a mí dejando expuesto la respuesta a mis inquietudes.
Enfoque mi vista en las letras, tenía una caligrafía fina y legible. No como la mía, toda patosa que parecían pequeños monstruitos.
Analicé con la mente en blanco, significado de las siguientes cuatro palabras:
"Soy mudo, no sordo".
Por un segundo, no me moví, los ojos se mantuvieron presos en la palabra "mudo", tratando de encontrarle el significado. Era uno de esos momentos que olvidaba el más insignificante detalle del mundo. Comencé a balbucear a medida que la vergüenza recorría todo mi ser, una vez más, sentí mis mejillas arder terriblemente y apreté los dientes tratando de no gritar de frustración.
¿Por qué me sucedía esto a mí? Me lamenté en mi mente. Acababa de ofender a un chico mudo —y desconocido— al creer que era sordo porque no contestaba. Estaba segura que me gane su inmenso odio. De antemano sabía que ser mudo y sordo no era lo mismo, y por supuesto, mi cerebro no concibió esa idea, ¡era la más cercana y factible!
Él seguía sin moverse, con una expresión indiferente, esperando mis palabras.
—Yo... quise ofenderte, en serio. Pensé que era sordo porque no respondías, di por hecho que no escuchabas —junté mis manos al frente y lo miré con súplica esperando que esta vez aceptara mis disculpas.
Esta situación ya no solamente involucraba el hecho de que casi se vuelve mi víctima, no, ya es personal. Lo ofendí de esa forma y mi conciencia no estaría en paz hasta que él me disculpara, y todo por mi pequeña mente indispensable e imaginativa en otro asuntos. Debía utilizarlo para deducir correctamente.
El chico suspiró después de unos segundos y agitó su mano mientras desviaba la vista, dando por sentado que no le afecto en absoluto que lo confundiera con un sordo. Al perecer estaba un poco acostumbrado.
Me sentí culpable en ese momento. Sobre todo, porque él no tenían que pasar este mal rato por culpa de mi mala suerte.
—Gracias por aceptar mis disculpas. En verdad estoy apenada —confesé sonriendo nerviosa. Sus ojos se entornaron en un gesto de resignación y cierta molestia por tantas disculpas que le pedía. Miré de nuevo la libreta empolvada—. Te puedo compensar la libreta...
Dejé de hablar al ver que él volvía a escribir rápidamente sobre la hoja para luego mostrármela.
"No es necesario chica rosada".
—¡Oye! —exclamé formando un mohín con mis labios. Siempre lo mismo con ese apelativo
El chico enarcó una ceja interrogante por el repentino cambio de actitud.
—Sé que mi cabello es de un color raro. Y sí, es natural —aclaré entrecerrando los ojos, siempre me preguntaban si me lo teñía—, pero no me gusta que me digan así, tengo un nombre: soy Haruno Sakura.
Le sonríe amigablemente extendiendo mi mano para que la estrechara. Sentía extrema curiosidad por saber su nombre, nunca había conocido a una persona muda. El aire misterioso y estoico que emanaba repelía sin contención a quién se le acercaba, pero mi la intriga podía más que eso; sus ojos oscuros parecían dos gemas sin fondo, solitarios y sin propósito o una pizca de alegría.
Más bien, identifiqué frustración contenida, tristeza y soledad. Me sobrecogió el corazón. ¿Cómo una persona podía reflejar esas emociones? Debía tener una vida sumamente difícil con su discapacidad. Pero esto no lo hacía diferente a la sociedad, al contrario, era una persona valiente y tenaz al desenvolverse en este mundo hipnótico y prejuicioso ligado a las apariencias de todos.
Insistí con la mirada sin borrar mis gestos amigables. No bajé mi mano en ningún momento.
—Vamos, ya me presente, ahora es tu turno de revelarme tu nombre.
Él seguía renuente. Incluso torció la boca en un gesto de negación.
—¿Sabes? Puedo ser muy insistente cuando me lo propongo... —deje la frase a medias a sabiendas que él lo interpretaría.
No tardo mucho en gruñir entre dientes y escribir su nombre en una de las hojas, vaya, no pensé que accedería. Llegué muy lejos y me regocije internamente.
—Uchiha Sasuke —leí en voz alta. Lo miré acercándome otro paso con la mano al aire—. Un gusto no-víctima.
A regañadientes y emitiendo un gruñido, él estrechó mi mano, su piel me pareció cálida, me fije en las oscuras pulseras de cuero y plástico que adornaban sus muñecas. Su rostro desviando y una mueca de inconformidad me dejó con muchas dudas. Al parecer no soy de su total agrado.
La parte consolante de este asunto era que estoy en armonía con mi no-víctima.
De pronto, él clavó su vista detrás de mí, sus ojos se abrieron un poco en sorpresa y separó los labios y volvió a cerrarlos en una fina línea. Pronto, retiró su mano y la llevó detrás de su nuca, frotándola, sus ojos se entrecerraron. No supe interpretar sus acciones.
—¿Sucede algo?
Escuché una especie de silbido a mis espaldas. Uno muy agudo y terriblemente conocido para los oídos al remontar la vez que accidentalmente le clave un alambre a la llanta de la motocicleta de Karin.
Pero ahí no había ninguna motocicleta.
Lentamente, y con miedo por lo que encontraría, me giré sobre mis talones buscando con la mirada el pequeño transporte. Seguía en el suelo con la diferencia de que el perro Husky estaba acostado pegada cerca de ella y mordisqueaba la llanta trasera, el sonido provenía de un hueco del plástico a la altura de los pedales.
No me moví sin asimilar que el perro había reventado la llanta con sus finos colmillos. Pensamientos incoherentes e incompletas fluían en mi mente. La bicicleta... que no era mía oficialmente, la llanta... el perro hambriento y su alarido de felicidad, cómo su estuviera ejecutando las mejores de sus hazañas.
—Moriré en manos de tía Kushina —musité con un hilo de voz. Mis piernas temblaron y no tuve tiempo de gritar o maldecir al aire. La sorpresa todavía bloqueaba mi temperamento.
Con una mirada incrédula, me giré de golpe a Sasuke esperando ver su respuesta a las acciones de su can. Él tenía los hombros elevados y las manos metidas en los bolsillos delanteros de su pantalón, y la cabeza ladeada a un costado evitando la mirada furiosa que le dirigía.
Rechiné los dientes y hablé con ironía contenida.
—Amigo Sasuke, tu lindo perro se comió la llanta de la bicicleta que todavía no es mía, ¿crees que no está demás hacerte responsable? —sonreí forzadamente.
Él abrió la boca, dudando un poco y la volvió a cerrar. Sus ojos consternados bailaron entre su perro, la libreta y yo para después preferir evadir mi mirada.
Y yo me lamente audible mente volviendo a fijarme en la bicicleta desparramada y el perro que seguía masticando entusiasmado la llanta, ahora inservible.
¿Ahora que haría con ella?
¡Hola queridas (os) amiwas (os)!
Aquí les traje el tercer capítulo es esta historia que apenas está comenzando. Desde la perspectiva de Sakura, en verdad me cuesta trabajo intentar ponerme en el papel de personaje pero al final resultó (?
Por lo menos, ya se encontraron nuestros protagonistas, ¿cómo fluirá esto de ahora en adelante? Eso lo veremos en el próximo capítulo, como siempre, no tengo fecha pero trataré de traerlo lo más rápido posible ;)
¡Muchas gracias por su apoyo y por ser tan pacientes! Mil gracias c:
Nos leemos pronto.
¡Alela-chan fuera!
