Aclaración: cada vez que aparezca un diálogo —"Así mero" es porque Sasuke está empleando el lenguaje de señas.
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Todos deberíamos ser estrellas
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Sasuke
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Estaba acostumbrado a escuchar el silencio en la cual se sumergía el auto cuando manejaba —a excepción si llevaba conmigo a Hunter o mamá e Itachi— que era la mayor parte del tiempo. En ocasiones se me ocurría encender la radio para distraer mis pensamientos y no fueran a terrenos peligrosos y así evitar atropellar a alguien. No quería salir en las portadas de los periódicos... otra vez.
A esto me refería con desviar mis pensamientos a direcciones incorrectas. Maldecía con todas mis fuerzas cuando mi memoria se empeñaba en recordar aspectos dolorosos. Serene mi mente y retraje los dedos sobre el manubrio.
El estar consciente de la presencia femenina en asiento del copiloto hablando de cualquier trivialidad, intranquilizaba mi mente. La interacción que tenía con chicas era demasiado nula y especialmente a las que hablaban demasiado —por que yo no podía responder de la misma manera, para variar—. Y si no fuera por la maldita llanta de la bicicleta que Hunter se encargo de destruir, a esta hora estaría en casa recuperando las horas de sueño perdidas por el insomnio.
La miré de reojo. Sakura comentaba respecto a las coloridas flores expuestas en la floristería dónde detuve el auto a causa del semáforo rojo. Su menuda figura se encamaraba a la puerta pegando la cara al cristal, de alguna manera tuve la sensación de que deseaba traspasar la barrera para tocar las flores con sus pequeños dedos.
—¿Alguna vez haz visto un campo repleto de flores? Es extraordinario —comentó poniendo su mano sobre el cristal.
Enfoqué la vista al frente tratando de no prestarle la debida atención. Aceleré con cuidado. Me interesaba poco sus gustos.
Y pensar que al principio se veía gruñona y demasiado energética. Una actitud que yo repelía a toda costa, demasiadas palabras involucradas y actitudes agrias cuales poner para repeler interacciones, no era bueno tratando de socializar con las personas.
Después de que Hunter se comiera la llanta, tuve que atender a la responsabilidad de pagar la composición de la bicicleta que, a palabras de ella, no era suya. Sakura dudó al principio cuando me ofrecí a llevarla en mi auto hasta el taller más cercano que conocía. Al ver su gesto, la miré con el entrecejo fruncido y le escribí "lo tomas o lo dejas". Así de simple y sencillo. No iba a perder mi tiempo en tonterías.
No me agradaba la idea de estar junto a alguien ajeno a mi vida cotidiana, pero tampoco iba a deslindarme de las consecuencias de las acciones de Hunter de esa manera. Ella tomó las propias cuando prácticamente me arrolló con la bicicleta, aunque fue en parte mi culpa, iba tan distraído divagando en mis pensamientos como para enfocar mi atención en el inminente peligro.
Contrabajo podía con mi existencia como para estar al pendiente a lo que ocurría a mi alrededor. No estaba dentro de mis prioridades.
En cierta parte me lo merecía, y lo sabía, porque minutos atrás estaba sentado en la banqueta bebiendo jugo de verduras y fumando mientras observaba como Hunter le hacía maldad a cualquier persona y yo me burlaba internamente de su desgracia.
Sin duda, el castigo divino actuó demasiado rápido en mi contra.
Ella prácticamente fue ese golpe. Aún sentía el ligero dolor en mi abdomen y estómago, apostaba que en la mañana el resentimiento en los músculos sería terrible. Perfecto, un día repleto incómodo por el dolor.
¿Qué más faltaba en agregar por hoy? Además de las posibles pesadillas.
—Uh... ya me dio hambre —murmuró ella al ver de reojo un restaurante. Luego, pareció percatarse de sus palabras y dio un respingo mientras se volvía a mi dirección y agitaba las manos al negar con la cabeza—. ¡No lo dije con la intensión de sentirte comprometido o culpable!
Me límite a mirarla por un segundo y apartar la vista. Remonte lo que me advirtió cuando entro al auto.
«—Tengo novio. Te lo digo porque si intentas algo sospechoso, no dudaré en golpearte o gritar hasta que tus tímpanos revienten».
¿Y a mí que me interesaba si tenía novio o no? No estaba considerando nada en particular. Sé que debí obviar la situación, pero no podía simplemente ser indiferente al asunto. Ante todo, tenía los valores que mamá me inculcó y los aprendí sin querer, ahora la conciencia se me removía un poco al pensar en la otra alternativa que consideré en un principio.
Lo pensé. En realidad esa fue la excusa que inventé al momento. Ahora no quería rememorar lo que en verdad sentí. No fue atracción por su aspecto o la culpabilidad. Fue algo más profundo que no sabía describir a ciencia cierta.
Detuve el auto en el siguiente semáforo contando impaciente los segundos para que cambiará de color. Mis manos se aferraban al volante, movía los dedos en son de librar la tensión que comenzó a acumularse en mi pecho. En estos momentos como deseaba un cigarrillo para apaciguar mi ansiedad.
El ladrido de Hunter, sentado en los asientos traseros, me distrajo. Le lancé una mirada de advertencia por el retrovisor y Sakura volteó la mirada a él con esa sonrisa que no desaparecía de su rostro, ¿no se le entumecerán las comisuras al estar mucho tiempo expandidas?
—Dejando de lado que devoraste la llanta de la bicicleta, eres demasiado lindo.
Ella le acarició la cabeza y Hunter se dejó mimar. Normalmente mordería la mano desconocida que se le acercara con ese fin, sin embargo, pareciera que por una razón le agradaba esta chica.
—¿Cómo se llama? —me preguntó.
No tuve oportunidad de esbozar una mueca irónica, el semáforo cambio de color e hice avanzar el auto. No tardaríamos en llegar a nuestro destino, entre más rápido se resuelva este problema, mejor. Sentía cierta tensión a mi alrededor, la sensación de vacío en mi pecho se intensificó sobre todo al verla a ella, tan sonriente y tratándome de manera normal.
Lo hacía porque yo pagaría la reposición de su bicicleta.
Lo hacía porque tenía remordimiento por haberme arrollado.
Lo hacía porque sentía lástima de este mudo.
Reprimí las ganas de gruñir audiblemente sólo porque el sonido que saldría sería sumamente extraño. Una especie de ronquido. Uno de los pocos sonidos que podía emitir resultaba ser espantoso y horroroso a oído de cualquiera.
Un motivo más para ser la burla de la sociedad arraigada a aceptar la diferencias de otras personas, guiándose por prejuicios absurdos y carentes de sentido. Y yo, por su puesto, no encajaba en el mundo secular. Era tachado y discriminado.
Solté el aire por la nariz en cuanto reconocí la calle, estábamos a segundos de arribar.
—Con que su nombre es Hunter —dijo ella.
Aparqué frente al taller de bicicletas y me permití echarle un vistazo. Ella no borraba su expresión mientras rascaba el pecho de Hunter con su mano derecha y la otra sostenía la placa, de ahí había obtenido el nombre.
—Un nombre adecuado para él —aseguró asintiendo con la cabeza y mirándome amigable—. No puedo tener perros en casa, pero me encantan mucho.
Y siguió haciéndole mimos a Hunter.
Quise decirle, o más bien, expresarle que no necesitaba su hipocresía, pero me límite a mirarla indiferente intentando intimidarla lo suficiente para que no siguiera hablando. Ella, o no se daba cuenta de mi estado de humor o le valía por completo mis intensiones.
Me irritó. ¿Cómo una persona tan pequeña llevaba a frustrarme? Ni siquiera la conocía.
Apague el motor y apreté el botón del tablero para que las ventanas bajaran puesto que Hunter se quedaría en el auto. Proseguí en abrir la puerta para sacar la bicicleta del maletero.
—¡Oh! ¿Es aquí? —la escuché bajar.
Metí la llave en la cerradura y alcé la puerta de la cajuela revelando la bicicleta, por lo menos cupo con unos buenos golpes, para sacarlo no sería difícil, bastaba con jalarlo. Y fue exactamente lo que hice a continuación. Utilicé cierta fuerza moderna y en menos de unos segundos, estaba apoyada en el suelo con la dueña a su lado, mirando la llanta destrozada con una mueca.
—No quiero imaginarme la cara de mi tía si llevara la bicicleta así —expresó sonriendo nerviosa.
Solamente gruñí a respuesta y caminé dejándola atrás, la sentí seguirme hasta la enorme casa de dos plantas y un extenso jardín de pasto verde. Me fijé de las bicicletas desparramadas en la entrada, varias bases de diferentes tamaños colgados en las paredes al igual que las llantas, herramientas esparcidas sin ningún orden en específico. Nos detuvimos al pie de la cochera y no tardé en encontrar a la persona encargada del lugar.
El chico estaba sentado en un banquito poniéndole aceite a la cadena de una bicicleta morada. Tan concentrado se encontraba que no se percató de nuestra presencia hasta que Sakura habló.
—¿Hola?
El sujeto volteó al escuchar una voz femenina, parecía ser un extranjero por los rasgos de su rostro, rubio y de ojos verdes. Y la estúpida sonrisa parecía como si se hubiera sacado la lotería por la aparición de Sakura.
Desvié la vista a mi pantalón enfrascándome en sacar la cajetilla, me limitaría a ser un espectador.
—Hola hermosa señorita, ¿qué puedo hacer por ti? —se acercó a nosotros limpiándose las manos con un trapo sucio atento a Sakura. Pronto se percato de la bicicleta y su estado, dedujo el porqué de nuestra visita.
—La llanta recibió cierto daño inesperado.
Sakura tomó la palabra a sabiendas que yo no podría. La dejé a cargo y terminé de sacar un cigarro, atento a lo que diría, solamente necesitaba saber que harían con la bicicleta, pagar la composición y después largarme.
—Creo que necesita un parche —comentó ella en cuanto él empezó a examinarla más de cerca.
—Esta belleza está destrozada —murmuró el extranjero marcando su acento—. ¿Qué le sucedió?
—Hum... Digamos que alguien intento comérsela —dijo Sakura haciendo referencia al perro en el auto.
Los tres viramos a dicho lugar, Hunter yacía encamarado en la ventanilla trasera, al darse cuenta que le prestábamos atención, lanzó un alarido emocionado reafirmando su hazaña.
—Será imposible un parche, el agujero es muy grande para que aísle el aire. Es necesario cambiarla por una nueva —dio el veredicto tocando el asiento de la bicicleta y alternó la mirada entre ambos.
—Entonces dices que necesita una nueva —quiso asegurarse ella alzando ambas cejas.
—Es la única manera si quieres que tu bicicleta ande de nuevo.
Los ojos verdes de Sakura me encontraron de inmediato y supe que me preguntaba silenciosamente si acaso accedería a que le cambiará la llanta, obviamente sería un gasto mayor.
¿Qué más daba? Ponerle parche o una llanta nueva, lo importante era que volviera a andar y alejarme de ella. Empezaba a incomodarme atraer su mirada a cada minuto. Y no era porque sintiera dobles intenciones en sus acciones, si no porque... parecían ser sinceramente amigable que parecía una completa mentira, lo que me inquietaba de sobremanera y obligaba a mi mente ordenarle a mi cuerpo alejarse lo más posible antes de creerlo por completo.
Era una ilusión mía. Nadie —a excepción de mamá y mi hermano— estaría tan loco como para tratar genuinamente a un mudo.
Asentí estando de acuerdo.
Sakura me miró unos segundos más buscando algún signo de molestia. Mantuve mi rostro serio sin exponer mis emociones.
Retomando su ligera sonrisa, ella miró al chico.
—Cámbiale la llanta, por favor.
—Será todo un placer preciosa.
No me quedé a presenciar el intento de ligue del extranjero. Caminé al auto para tranquilizar a Hunter, quería salirse por la ventanilla y correr por el lugar, lo dejaría andar pero no tenía ánimos de vigilarlo. Conseguí que se mantuviera quieto al darle una de mis pulseras —la que tanto mordía y no se rompía—, se echó sobre el asiento trasero y quedó entretenido mordisqueándolo hasta que se casara.
Me apoyé en la puerta retomando el cigarro en mi boca, lo encendí sin dejar de observar a Sakura que hablaba apresuradamente por teléfono mientras veía cómo el chico hacía su trabajo, no alcancé a escuchar que decía por la distancia, pero no me intereso en lo absoluto.
Di la primera calada, el sabor amargo inundó mi boca y percibí cierto alivio a mi mente. Era cuestión de costumbre: cada vez que fumaba comenzaba a sentirme un poco más relajado. Contemplé el humo salir de mis labios uniéndose a la corriente de aire, sería una noche fresca.
Bajé la mirada clavándola al frente, comprobado una cosa al ver que ella no se acercaba a mi y permanecía cerca de la cochera.
Cómo pensé desde un principio, ella se mantenía a mi alrededor impulsada al remordimiento —por arrollarme— y conveniencia —a que pagará la composición de la bicicleta—. Si no, ¿cuál sería el otro inexistente motivo de su cercanía?
Una parte de mi lo comprendió totalmente. Era más entretenido estar con un chico que podía expresarse de la misma forma que ella, a tratar de interactuar con una persona de escasa disposición de, por lo menos, hacerse entender debido a su mudez. Al permanecer lejos, no tendría que desesperarse por intentar adivinar mis respuestas no formuladas.
No me consideraba alguien interesante y tampoco podía atinar en general a parecer una persona normal. Más bien, soy la clase de marginado que no podía emitir palabras y no servía de nada entre el mundo.
Era alguien incomprensible a vista de los demás. No todos tenían conocimientos básicos en lenguaje de señas, a consecuencia, les hastiaba y aburría eternamente estar conmigo. Ignorando una forma de comunicación singular y enigmática.
Las únicas personas que se esforzaron en aprenderlo y tener un perfecto dominio para comunicarse conmigo fueron mamá e Itachi. Gracias a que ellos establecían la interacción e intentaban por todos los medios que pusiera de mi parte para hacerme entender, la cordura no había abandonado mi vida.
Ambos me mantenían con los pies en la tierra, por lo menos, con la disposición de no preocuparlos demasiado. Ellos eran las únicas personas que les importaba mi vida y me aceptaban tal y como soy. Pasé a que yo estuviera renegando con todas mi fuerzas la mudez, permanecían a mi lado sin titubear de su decisión.
Hasta la fecha, seguía creyendo que mi discapacidad se trataba de un absurdo sueño cual no había despertado. Al final, parte de esto fue mi culpa, no tuve la fortaleza mental para soportarlo, y me encerré espontáneamente a mi trauma, dejando que me perjudicara a largo plazo.
Todos los días por las mañanas la realidad me lanzaba un golpe directo en el estómago, tan fuerte que me sacaba el aire. Las pesadillas llegaban como oscuras sombras a atormentarme por las noches volviéndolas heladas y era incapaz de permanecer en paz por unas horas.
Dolía hasta los huesos. Quemaba mi mente, estrujara mi corazón marchito y rompía mis ilusiones.
Quiero salir de esta maldita pesadilla cuanto antes.
—¿Sasuke?
Sentí un sutil toqué en mi hombro y reaccioné apartando la mirada del suelo. En ese momento me di cuenta que había estado divagando en mis pensamientos, ni siquiera me percaté en el momento en que ella se había acercado a mi con la cabeza inclinada tratando de ver mi rostro ligeramente agachado y ocultado por la gorra. Sus fracciones se contraía por soportar en oler el humo del cigarro.
Maldición. Perdí la noción frente a ella.
—¿Estás bien?
Asentí con la cabeza alzando la cabeza y desviando el rostro. Estaba seguro que se dio cuenta de mi desconexión con la realidad. Llevé la mano al cigarro y tiré las cenizas a un lado, esperaba que evadiera el tema.
—¿En serio? No es por contradecirte pero... tienes el ceño muy fruncido —apuntó dicha parte con su delgado dedo.
De inmediato relajé toda mi expresión evitando que volviera a señalar detalles de mi rostro y exponerme más de lo que debía. No la miré, me concentré en fumar el cigarrillo casi consumido entre mis labios.
Ella suspiró al darse cuenta de que obviaría su presencia. Se apoyó en el auto, a un lado de mi manteniendo una distancia prudente. Su vista clavada al frente observando al extranjero que trabajar en la bicicleta.
Mientras retomaba mi acción de expulsar paulatinamente el humo de mi boca, me pregunté porque estaba aquí en vez de allá hablando con él.
—¿Sabes? En realidad no soy de la ciudad, vivo en un pequeño pueblo a unas horas de aquí —dijo de pronto atrayendo, sin pretenderlo, mi atención.
Despertó mi curiosidad. No había imaginado en ningún momento que fuera de campo. Su apariencia no lo reflejaba.
A regañadientes debía admitir que esa chica tenía cierto encanto comenzando el tono de su piel tan clara como la mía resaltando sus dotes físicos; y su rostro, uno de sus rasgos llamativos eran sus ojos verdes, similar a la piedra jade, tan expresivos de emociones positivas en cuestión en pensamientos oscuros. Una nariz respingada, cejas delgadas —y rosadas, ahí supe que en verdad su cabello es de color natural— y una frente cubierta por un flequillo escondido detrás de su oreja, no llevaba pendientes o algún collar. Su largo cabello rosado que sería capaz de distinguir a varios kilómetros, liso y en las puntas se ondulaban un poco y estaba amarrado en una coleta alta.
Los rasgos de una adolescente enmarcaban su rostro y aspecto. Traté de calcular su edad pero no estime un número arriba de los veinte años, sobre todo por su vestimenta.
Su estatura le rayaba a menuda comparado con mi tamaño, apenas y alcanzaba mi hombro. No era totalmente esbelta, pero lo ocultaba bien con esa camisa ahogada y ese short de mezclilla que le llegaba arriba de la rodillas, y sus piernas largas, al final unos tenis negros con una agujeta mal amarrada cerraban el conjunto. No miré demasiado su cuerpo para no parecer un depravado, pero noté que poseía atribuciones únicas para una chica de su edad.
—Por eso no conozco muy bien la ciudad, podría perderme con facilidad entre las calles —siguió diciendo ignorando mi pequeño desvió de pensamientos a su apariencia—. Espero no tener problemas graves por tardar demasiado.
Vacilé un segundo al intuir que comenzaría una charla, y no disponía de ánimos para escucharla. Debía pagarle al chico rubio, montar el auto y partir a casa. Sin embargo, su expresión encendió mi interés y la miré intentando descifrarla.
La sonrisa de su rostro había desaparecido por completo, su mirada se dirigía al cielo que comenzaba a oscurecer dándole la bienvenida al ocaso, una línea rojiza al final de las casas brindándonos la prueba inédita de nuestra existencia, el contemplarlo y verlo desaparecer nos hacía participes de un interminable ciclo natural donde somos meros espectadores de la naturaleza en el mundo.
Uno dónde nací para sufrir el peor de los castigos de la iniquidad: quedarme sin voz. Y ni siquiera sabía que había hecho mal en mi corta vida.
Porque ciertamente no lo merecía. Nadie lo merecía.
Las urracas gritaron, el sonido rasposo nos atrapó a ambos por unos momentos, mirando a la misma dirección admirando como avanzaban directo a los límites del cielo rojizo y se perdían con los últimos rayos del sol. Pronto fueron tan lejas e imposibles de captar.
De un momento a otro, ella desvío la vista a otro punto y permaneció en silencio por un buen rato.
Me pregunté la razón por la cual Sakura no volvió a sonreír y se limitó a mantener su mirada en el cielo, vagamente le presté la debida atención que la tenía tan absorta hasta que separó sus labios para hablar.
—Tengo este pensamiento ahora mismo: todos deberíamos ser estrellas —afirmó contemplando la lejanía.
Traté de ignorarla con todas mis fuerzas, lo intenté. Pero una inexplicable curiosidad embargó mi ser y la necesitaba de saber que pensaba, se instaló inevitablemente en mi mente. Me llevó a concentrarme en lo que ella admiraba desde mi lado.
No tardé en encontrarlo. Varios puntos blancos habían aparecido en la parte más oscura del cielo, brillando intensamente desde el espacio, viéndose tan pequeñas e inútiles desde aquí. ¿Por qué estaban ahí cuando la luna se encaraba de reflejar la luz nocturna? No tenían un trabajo en especial.
¿Ella se refería que todos deberíamos ser estrellas inservibles en medio de la oscuridad?
Vaya forma infantil de pensar.
Eché mi cabeza hacia atrás para soltar el humo, ella se percató de mi amago de sonrisa irónica, no mostró molestia de que me haya burlado de su pensamiento, más bien pareció comprenderlo.
Así que prosiguió a explicarse.
—Todos deberíamos ser estrellas. Deberíamos ser así de brillantes e imponentes. Sin permitir que las personas intenten apagarnos diciéndonos que no somos nada en la vida o meros sacos inservibles; que nos engañen con mentiras disfrazadas de sutiles palabras de doble propósito que cortan nuestras ilusiones; que sus opiniones y críticas destruyan nuestros sueños, metas o anhelos; y que pisoteen nuestros corazones despojándonos de nuestras capacidad de amar. Pero, lo más importante: por nada del mundo, que no nos arrebaten las ganas de vivir.
No tenía pensamientos exactos para expresar una respuesta de lo que acababa de escuchar. Estático, mi ser se volvió un torbellino de pensamientos incoherentes y sin algún fin. Sentí el latido de mi corazón pegando sutilmente contra mi pecho.
Mi vista seguía clavada en su rostro, no pude apartarla. Di otra calada al cigarro esperando ansioso lo que seguía. Y ella, soportando el olor del humo tras arrugar su nariz, continuó hablando sin darse cuenta de mi reacción interna.
—Quisiera ser así de pequeña y lejana emocionalmente sobre los problemas que me quejan, no dejando que me estresen lo suficiente para volverme loca. Afortunadamente lo estoy consiguiendo a creces —rio débilmente—. Es extraño, ¿no? Pensar que una estrella por si sola no se ve importante, pero, al juntarse con otra y así sucesivamente, nace una enorme y compleja constelación. Ese fenómeno hermoso representa los sentimientos que compartimos con las personas que amamos. ¿Te has dando cuenta? Desde que una estrella nace, ya es alguien en este mundo.
Mi mente permaneció en blanco al concentrarme en mirarla sin expresar nada, cuando por dentro, las emociones batallaban entre sí por ser la dominante.
Otra calada y había acabado el cigarro. No me había dado cuenta del tiempo que me tomó en consumirlo. Dejé caer la colilla al suelo y la aplasté extinguiendo su calor.
Al alzar la vista, Sakura me miraba esbozando una ligera sonrisa, y, por primera vez en la noche, atisbos de pesar acudieron a sus ojos.
No veía falsedad.
No veía compasión.
No veía lástima.
Solamente una absoluta tristeza combinada con dicha, por una razón inexplicable se instalaron en sus orbes. Ella seguía sonriendo como si no se estuviese quemando por dentro.
Me di cuenta de eso, sabía identificar con cierto esfuerzo las emociones de los demás si eran expresivos. Sakura dejó ver su sufrimiento tras sonreír de esa forma.
—Perdón por decir tantos disparates, haz de pensar que en verdad estoy loca —se disculpó un poco apenada.
Y aún así brillaba aunque la oscuridad a su alrededor fuera inmensa y amenazara en arrastrarla al agujero negro.
Me límite a no pensar en sus palabras, con los brazos cruzados sobre el torso, apreté con fuerza mis bíceps.
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Después de pagar la composición de la bicicleta, la tomé antes que Sakura pudiera hacerlo y lo metí de nuevo a la cajuela. Ella se había quedado de pie en la orilla de la calle, ceñuda y asimilando que me ofrecí —de nuevo— a llevarla hasta su casa.
Desde el principio, Sakura tenía la intención de regresar en bicicleta, y yo estuve en total de acuerdo con tal de alejarme de ella.
Pero ahora que lo pensaba seriamente, dónde sea que viviera estaba seguro que era muy lejos. No iba a dejarla ir sola, la oscuridad se precipitó muy rápido sobre nosotros y las estrellas brillan desde la distancia, incrementando su número. Dijo que no vivía en la ciudad, podría perder con facilidad a estas horas de la noche.
Normalmente no dejaba que los impulsos se sobrepusieran ante el sentido común. Sin embargo, esta vez no supe identificar quién actúo sobre quién. No me quedó de otra más que aceptarlo y dejar que la situación fluyera por sí sola.
Después de que el extranjero terminará de cambiarle la llanta, llegó el momento de irme, más mi conciencia se removió un poco al ver la oscuridad de mi alrededor y pensar en Sakura andando en la bicicleta, sola por la ciudad cuando dijo que no conocía el entorno.
Simplemente no pude ignorar ese hecho.
A regañadientes a mi conciencia, le di a conocer que la llevaría a casa en auto, pero ella repuso muchos pretextos alegando que ya no era mi responsabilidad o interés puesto que ya había arreglado la bicicleta y podía regresar por su cuenta, puesto que no quería verse como una aprovechada.
Y a contradicción, le escribí que se divirtiera con los matones que se encontrará por la zona. Así de brutal lo recibió que aceptó tras pensarlo unos segundos y agradeció al deslizarse sobre el asiento del copiloto.
En el transcurso de regreso, el silencio fue el principal factor dentro del auto, nuestra respiraciones apenas y eran escuchadas por el otro. Y ahora estaba un poco más relajado gracias a la tranquilidad.
Ella no habló cómo en un principio, pero mantenía esa sonrisa en su rostro mientras veía la ciudad sumergida de luces parpadeantes y de múltiples colores. Maravillada de cada puesto por el cual pasábamos, no se perdía de nada. Reflejaba la imagen de una pequeña niña descubriendo por primera vez el mundo exterior, como si en el pueblo donde vivía no existieran esta clase de cosas superficiales. Era como si allá admirara otra clase de belleza.
Me guio una vez que llegamos al parque dónde nos encontramos, en realidad no estaba demasiado lejos desde ese punto, un par de kilómetros de distancia cuales abarque en menos de unos minutos. Por esa parte el tráfico no era muy concurrido.
Disminuí la velocidad a medida que me acercaba a la calle indicada y seguí recto unos metros más hasta que ella señaló la casa de sus tíos, de fachada azul y un pequeño jardín con flores a brote.
Detuve el auto frente a la casa y quite los seguros automáticos. Sakura que fue la primera en quitarse el cinturón y salir en busca de su bicicleta. Me bajé del auto para ayudarla. Pronto se subió a la acerca empujando la carcacha.
Cerré la cajuela y me reuní con ella que enfocaba la casa con cierta resignación y me pregunté por sus pensamientos.
Intenté buscar disimuladamente la razón de su cambio de actitud pero no encontré nada. Las cortinas de los ventanales estaban corridas, las luces eran amortiguadas por las telas blancas.
—Gracias por traerme, Sasuke —me distrajo su melodiosa voz. Giré mi cabeza a su dirección encontrándome con esa sonrisa afable sobre sus delgados y rosados labios.
Me encogí de hombros y negué con la cabeza esperando que interpretara lo que quería decir. En realidad, no esperaba un agradecimiento de forma que logrará transmitir esas emociones verdaderas. Sus ojos no mentían.
Desde que obtuve esta condición, desarrollé exitosamente la habilidad de interpretar los sentimientos de las personas mediante sus ojos y acciones. Era muy útil a la hora de saber quién estaba a gusto a mi alrededor o no, podría saber quién era falso o no.
Por eso me abrumaba las genuinas intenciones de Sakura. Pero no me dejaba atrapar lo suficiente y considerarlo como tal.
—Fue muy agradable conocerte —dijo sincera, y lo pude percibir en sus cálidos ojos. De la forma que alguien habla con un amigo, sonriéndome como si me conociera de toda la vida. Fui incapaz de apartar mis ojos de su rostro—. Espero que cuando venga de visita a la ciudad, nos encontremos por causalidad.
Bufé sonriendo de lado con ironía. Obviaría sus palabras sin remordimiento.
Cualquiera que lo viera desde afuera, creyera que Sakura intentaba ser agradable para tomarla en cuenta como posible ligue. Yo no era ignorante de mi atractivo, se limitaba en cuanto las mujeres se enteraban de ello.
Por eso no buscaba amor unilateral. No estaba interesado.
Pero a esta menuda chica de ojos verdes, no le importó un absoluto mi mudez porque ni siquiera me veía con ojos románticos. No, la calidez que expresaba iba dirigido como si se hubiera reencontrado con un viejo amigo.
Amigo.
¿Desde cuando había olvidado esa palabra?
Yo no tenía amigos.
Todos me abandonaron desde que comencé a ser problemático en la escuela media. Y no lo lamentaba, en lo absoluto.
Le sostuve la mirada en silencio, únicamente escuchaba el cantar de los grillos alentándome a, por lo menos, expresarle una seña en agradecimiento.
Un segundo... ¿Agradecimiento de qué?
—Y perdóname si mañana amaneces con dolor de cuerpo por haberte arrollado —se rió por debajo mientras avanzaba por el camino del jardín y se despedía con la mano.
No le dediqué otro segundo. Me apresuré a la puerta del coche.
Tal parece que no esperaba un ademán de mi parte, desde el principio ella sabía que no tendría interés en hacerlo y aún sabiéndolo, lo hizo. Expresó su sincero agradecimiento sin esperar a ser correspondida como al principio.
Me dejé caer en el asiento, y tras cerrar la puerta y encender el motor, escuché a Hunter lloriquear por la ausencia de Sakura. Le agradó más de lo que supuse de un principio.
Le eché un vistazo al espejo del exterior a medida que me alejaba. Visualicé apenas su silueta, se había quedado al pie de la puerta observándome partir.
Conduje por la ciudad esperando no causar ningún accidente al remover mis pensamientos. Los alejé de mi mente todo el camino hasta mi casa.
No dejes que se estabilicen, pensé con fervor.
Y no comprendía porque intentaba alejarlos a toda costa.
En menos de media hora me encontraba aparcado detrás de la camioneta de mamá. Dejé que Hunter revoloteara en el patio, agarré el suéter y mochila de la parte trasera y cerré las puertas colocando el seguro automático.
Caminé con rapidez a la puerta, antes de ingresar, silbé llamando a Hunter que olfateaba las plantas del vecino, vino a mi corriendo eufórico y pasó a un lado para entrar a casa. Escuché la exclamación de mamá en que no se subiera a los sillones.
Una vez adentro, identifiqué la voz de Itachi y me extraño, normalmente regresaba unas horas más tarde. Me acerqué al borde del umbral y lo encontré sentando en la mesa tratando de quitarse de encima a Hunter que luchaba por lamerle la cara.
Mamá estaba parada a un lado del refrigerador por lo que se percató de inmediato de mi presencia, y sonriéndome, me dio la bienvenida.
—Por fin llegas hijo.
—Te gané hermanito, llegué antes que tú y eso que vine en metro —alegó juguetón Itachi logrando quitarse a mi perro de encima. Se sacudió el saco mientras observaba el suéter que agarraba con mi mano—. ¿Acaso estuviste jugando con Hunter sobre la tierra? Parece un harapo.
Me límite a entonar los ojos recordando mi ida al parque y el momento exacto dónde crucé miradas con esa chica.
Maldición. Necesitaba despejar mis pensamientos, lo ideal, para mi sería encerrarme en mi habitación por el resto de la noche. No quería que ellos se percataran de mi ansiedad.
—"Iré a dormir" —gesticulé y di la media vuelta tratando de escapar.
De pronto sentí un pequeño jalón en la cabeza, mamá me había despojado de la gorra. Bufé por debajo al girarme a ella con el ceño fruncido. Mamá me devolvió el gesto con más autoridad.
—Hasta que te quites la gorra estando adentro, dejaré de hacerlo —objetó muy segura de sí dejándolo en el respaldo de la silla junto al suéter. Después me sonrió con dulzura—. Siéntate, te estábamos esperando para cenar.
No tenía apetito gracias a mi crisis interna, dudaba que pudiera probar un bocado de lo que haya cocinado.
Pensé en un forma de eludir la cena.
—"Pasaré por hoy, tengo pendientes" —mentí e intenté salir a pie, pero mamá interceptó mi camino parándose frente al umbral con los brazos cruzados.
Su mirada determinante no daba entrada a negaciones. En ocasiones podía ser muy persistente.
Reprimí un gruñido.
—Vas a sentarse a probar bocado. Hoy no desayunaste y dudo mucho que hayas tenido cabeza para comprar algo al medio día.
—"Tomé un jugo de verduras".
—No es comida al igual que el cigarro —protestó, había identificado el olor sobre mi. Entorne los ojos—. Me preocupas, desde que comenzaste la universidad has adelgazado un poco.
—Son gajes de estudiar su carrera mamá, es un enorme sacrificio —intervino Itachi quien ya había pasado por esa etapa, le agradecí su ayuda—. Pero mamá tiene razón hermano, por lo menos preocúpate por llevarte algo a la boca. A este paso enfermaras y será peor.
Suspiré tratando de parecer que lo consideraba. Sabía que había perdido un poco de músculo, más que nada, últimamente me sumergía por completo en los proyectos y no me preocupaba por comer lo suficiente para mantener un equilibrio. Aunque no me importaba estar flácido, no había a nadie a quien debía impresionar.
—"Muy bien, comeré algo".
Alargue mi mano para tomar una manzana del cesto, se las enseñé elevando la comisura de mi labio y me escabullí por la puerta escuchando sus resoplidos de resignación.
Celebré en silencio mi victoria. Consideraré en comer hasta engordar para verlos aliviados en ese aspecto. No se merecían las pequeñas preocupaciones que les otorgaba por mi imprudencia.
Al abrir la puerta me recibió la penumbra de mi habitación, la ventana abierta daba paso al aire frío del exterior. El espacio tenía las misma sensación de desaliento al igual que mi corazón, frío y sin expresar la suficiente motivación para continuar en lo que resta de la noche. Nada ahí me levantaba el ánimo lo suficiente para traer algún rayo de esperanza a mi desesperación muda.
Ni siquiera las partituras olvidadas sobre la mesa, los libros empolvados del estante o los audífonos conectados al reproductor.
Lancé la mochila sobre la cama, mis pies descalzos me dirigieron a la ventana y así observar al extenso cielo con las diminutas estrellas destellando de energía pura a miles y miles de kilómetros sobre la superficie de la tierra, en otro universo.
¿Qué era lo que sentía en mi pecho al impedir concretar un significado realista? Comenzaba a quemarme intensamente por dentro, extendiéndose como una mancha sobre mi cuerpo, hundiéndome más en esta desesperación.
Simplemente, debía olvidado. Sería lo mejor.
Traté de convencerme mientras me apoyaba en el marco de la ventana sin apartar la vista del cielo. En algún momento, las estrellas se hicieron gigantescas sobre mi existencia, agobiándome con su esencia, quitándome la desesperación por unos segundos, y pensé que, tal vez, esa chica tenía razón.
Todos debíamos ser estrellas rebosantes de energía pura para contagiarla a otras personas.
Lo recuerdo perfectamente. Una vez fui una estrella sobre esa superficie, dentro de mi burbuja que repelía cada desánimo por continuar. Era un niño después de todo, no dejaba que las burlas infantiles me afectaran.
Incluso después de esa desgracia que azotó a mi familia, traté de sobrellevarlo con todas mis fuerzas, todavía me quedaban las ganas de vivir a toda costa. No importando cómo fuera, lo necesitaba.
Desde ese momento mi luz empezó a parpadear amenazando con apagarse en cada prueba o en cada obstáculo. Me volví muy sensible al percibir los sentimientos y cambios drásticos sobre mi familia. Nunca imaginé que la causa de nuestra decaída total vendría de una de la personas que más amé en el mundo.
Mi padre decidió simplemente abandonarnos, dejando que nos ahogáramos con nuestros problemas. Se llevó consigo las ganas de vivir de todos, especialmente las mías. Y el saber que él, mi padre, no soportaba mi nueva condición, me quebró por completo.
El padre que una vez consideré como un héroe, mi protector y con quién estaba más ligado, consideró que yo era un niño inservible. Una prefirió rendirse y huir como un cobarde, como si simplemente dejara atrás un perro callejero. No, un perro tendría más suerte que yo.
Mi luz se extinguió por completo, dejé de emitir mi cálida esencia y comencé a agonizar lentamente.
Desde ese día, no había tenido intenciones de volver a encontrarle un sentido real a la visa, me limitaba a andar por el mundo sin más, sin propósito. Después de todo, ¿a quién le importaría si aparecía una nueva estrella en el cielo?
Soltando un perceptible suspiro, busqué en la mochila la cajetilla de cigarros y en encendedor, normalmente evitaba tener esos pensamientos para no alterarme de una forma que no podía librarme solamente fumando.
Vaya desastre emocional en el que me he convertido.
Encendí el sexto cigarrillo del día.
Esa noche tuve pesadillas, y en las siguientes, no dejé que las palabras dichas por esa chica, Sakura, tomarán la debida importancia en mi día a día.
Solamente se trató de un encuentro casual, nada especial que recodar, no había nada importante que quisiera atesorar.
No era el tipo de persona que creía que el mundo se trataba de interacciones sociales. La soledad en el exterior siempre fue una de las cosas de las cuales estaba acostumbrado. Evitaba ser traicionado por la espalda o preocuparme por cosas innecesarias.
Siempre había sido mi destino estar solo.
Por eso, me propuse a olvidar a esa chica de un distinguido cabello rosado y ojos verdes.
Porque nunca volveríamos a encontrarnos.
O eso le hacía creer a mi mente, puesto que, en una parte de este corazón desconocido y que sólo latía por costumbre, se grabó con fervor aquel rostro desconocido.
"."
Martes a medio día, y estaba destrozado por completo.
Mi mal día, o madrugada comenzó día anterior cuando el jefe del restaurante dónde trabajaba los fines de semana tocando el piano, me pidió, o más bien rogó que cubriera a mi compañero que se hacía cargo del puesto entre semana. No me negué, después de todo pagaría el doble y nunca estaba demás un dinero extra.
Lo que no esperé fue que el dichoso evento se extendiera por horas y saliera a las tres de la madrugada.
Y para el colmo no había terminado el extenso ensayo literario de un maldito libro de física para ese mismo día. Llegué a casa sentándome en la primera computadora que vi para terminar el trabajo. Tuve una hora para dormir. Al final me lancé sobre el sillón a aprovechar los sesenta minutos que pasaron volando.
Luego se me hizo tarde por estar pasando el dichoso archivo al USB que entregaría, afortunadamente me tocaba llevar el auto, pero el tráfico no contribuyó en nada. Me dieron ganas de estampar el auto con el de frente que se negaba a avanzar.
Desaforadamente no cobré ninguna víctima.
Todo marchó bien desde que llegué justo a tiempo a la universidad, milagrosamente no me tope con el grupo de Hidan durante el receso de la mañana y me mantuve despierto base a café cargado y mascando disimuladamente chicle, concentrarme a toda costa en mantener los párpados abiertos durante las dos clases de teoría de mecatrónica. Escuchar al maestro me aburría en ocasiones y sólo pedía con fervor que se acabara la clase cuanto antes.
Al terminar la hora fui directo a las mesas del exterior a conseguir algo para comer, y ahí fue dónde regreso mi mañana de mierda.
Ahora me encontraba sentado en una de las mesas del campus teniendo un hambre voraz, con un intenso dolor de cabeza, haciendo un peculiar movimiento con el lapicero contra la libreta y apretando el tabique de mi nariz con los dedos y manteniendo los ojos cerrados.
Y solamente me preguntaba una maldita cosa: ¿en dónde y cómo demonios perdí el USB que poseía el trabajo de una semana entera?
Quería gruñir de frustración y aventar todo lo que había encima de la mesa contra el suelo, pero lo pensé bien, ahora mismo no podría costear fácilmente una laptop nueva. Gemí silenciosamente tratando de encontrar la serenidad que necesitaba.
Lo recordaba perfectamente, escuché un sonido extraño por el pasillo que dirigía a la sección de casilleros cerca de los baños. Había vuelto sobre mis pasos con la vista en el suelo escaneando cada cosa, papel o chicle pegado, pero nada era lo que deseaba encontrar.
Así que deduje que alguien más lo encontró y se adueñado de él.
Y aquí se presentaba la problemática: había extraviado el trabajo de una semana perdida. No me preocupaba mi calificación, si no, me llenaba de ira el empeño y horas de sueño sacrificados en ese ensayo. Simplemente no podía permanecer sentando en mi lugar observando con tranquilidad a los demás entregar sus trabajos.
Alcé la vista retirando la mano de mi rostro. La pantalla estaba encendida en la página "nube" dónde respaldaba mis archivos. Seguía cuestionándome en que momento de la madrugada no se me ocurrió subir el archivo a la página, así por lo menos tendría un respaldo completo. Pues por el momento poseía el archivo inconcluso. Tendría que rescribirlo todo, y vaya que si era muy extenso lo que redacté.
Al digerirlo, traté sin éxito encontrar el punto de calma, sentía que en cualquier momento mandaría todo a la mierda y saldría por las puertas del campus rindiéndome. Me tenía hastiado todo. Restregué mis párpados con los dedos en un intento de apaciguar el sueño que me invadía. La consolación que necesitaba era saber que solamente faltaba asistir a una materia y luego tendría oportunidad de dormir.
Le eché un vistazo a la hora, tendría una hora y media para terminarlo, si agilizaba mis movimientos, cambiaba palabras y reducía un poco el texto, podría acabarlo antes de la próxima materia.
Me apresuré a comenzar cuando antes. Troné mis dedos entumecidos y a los pocos minutos los deslizaba rápidamente sobre el teclado ignorando el bullicio de fondo, copiaba las notas de la libreta que me servían de apoyo.
En un momento dado, sentí una presencia pararse frente a la mesa, no le presté atención especulando que estaba de paso.
No fue así.
La silla vacía fue arrastrada y una mochila roja apareció frente a la laptop.
Elevé los ojos encontrándome con un chico rubio que me miraba con sus expresivos ojos azules y esbozaba una sonrisa amigable.
Un recuerdo pasó por mi mente al ver esa expresión. Lo presencié en aquella chica pelirrosa, Haruno Sakura y sus palabras caladoras que permanecieron en mis sueños.
Reprimí la frustración. Se suponía que ya no la recordaría.
—Eres Uchiha Sasuke, ¿o me equivoco? —el rubio habló, su voz era un poco chillona.
Lo miré indiferente, ¿cómo conocía mi nombre? Consideré que era más famoso de lo que pensé por mi discapacidad. No lo negué o afirmé, tenía la esperanza que creyera que era raro y se marchara por su cuenta. Así que simplemente pretendí como si no estuviera ahí y continúe con mi trabajo.
Él se sentó tomándose la libertad de hablarme como si nada.
—Vamos, sé que eres esa persona —aseguró inclinándose a mi, por inercia detuve mis manos y afilé mi mirada hostil a su dirección, esperaba que entendiera la amenaza implícita—. Shikamaru me dijo que siempre utilizabas una gorra oscura y traías pulseras —señaló las que tenía alrededor de mis muñecas.
Él me miró expectante esperando a que respondiera. Mantuve mi expresión seria.
Me sonaba el nombre de Shikamaru de alguna parte... ah, era el que se sentaba a mi lado en la clase de teoría y se la pasaba recostado sobre la mesa solamente escuchando todo lo que decía el maestro, y milagrosamente obtenía una buena nota. Él era uno de los pocos que no le molestaba mi presencia, se sentaba cerca de mi porque sabía que jamás entablaría una conversación y estaríamos en completo silencio, al perecer le agradaba estar en paz.
Al parecer a Shikamaru se le olvidó mencionarle a este sujeto que soy mudo. Podía esperar sentado por la eternidad y jamás escuchar una palabra de mi parte.
—Y ya aclarado el punto, también me dijo que eres el mejor haciendo ensayos —no le tomó importancia a mi silencio y continuó hablando como si hubiera obtenido una respuesta—. Y yo, bueno, tengo que entregar uno en la siguiente clase, si no apruebo, tendré que repetir la clase. Por lo que...
Se calló al ver que yo retomaba mi antigua actividad ignorando a propósito su existencia. No lo miré pero supuse que tendría una mueca de molestia.
Perfecto, se iría en unos segundos.
O eso pensé.
Algo rechinó. Dejé mis manos al aire para observarlo arrastrarse sobre la silla rodeando la mesa quedando a menos de treinta centímetros de mi. Por el estridente sonido, fuimos blanco de miradas curiosas de nuestros alrededor que de inmediato volvieron a sus asuntos al no encontrar algo interesante que observar.
Lo pensé por un segundo. De seguro me exigiría que hiciera su ensayo si no quería ser golpeado o difamado, era sorprendente el grado en que podía infiltrarse la información de mala fuente entre todas las facultades.
Y claro, yo no me dejaría vencer. Comencé a sentirme ansioso por descargar mi ira en su rostro. Estaba colmando mi paciencia.
—Así que —él resaltó las palabras a propósito. Entrecerré mis ojos amenazantes—, me preguntaba si tan sólo podrías darle un vistazo a mi ensayo y señalarme en dónde estoy mal para corregirlo.
La mueca en mi rostro permaneció intacta. Debía admitir que eso no lo esperaba.
—¡Por favor, ayúdame! —casi imploró—. Parte del semestre depende que apruebe esta materia al entregar el ensayo. Te daré lo que quieras, en serio, estoy en un apuro.
Se calló unos segundos, y al ver que yo seguía con mi expresión seria sin intensiones de hablar, retomó su habla.
—¿Qué tal si te pago la comida durante dos semanas?
Y eso tampoco lo vi venir.
Lo miré incrédulo creyendo que se trataba de una vil broma.
—Sí, también creo que dos semanas es muy poco, ¡te pagaré la comida por un mes entero! —al parecer mal interpreto mi expresión y reajustó su propuesta creyendo que no estaba conforme con su primera opción.
¿Desde cuando alguien en ese lugar me pedía las cosas "por favor" y, además, pagaría por mi ayuda?
Tomando las posibilidades, sería uno en un millón.
Él seguía mirándome mientras juntaba sus manos al frente y rogaba con gestos, cada vez se acercaba más a mi y yo estaba tentado a poner mi mano sobre su rostro y alejarlo de sopetón. Invadía considerablemente mi espacio personal.
—Te lo pido, no te molestaría si supiera que no eres el mejor —y seguía insistiendo.
Quería expresarle que desde el primer segundo me fastidió, pero me límite a rodar los ojos.
¿Qué hacía? Era claro, darle una rotunda negativa porque yo tenía mis propios problemas, que él se las arreglara como pudiera. No estaba dispuesto en invertir mis habilidades en su ensayo.
—¿Esta es tu letra?
Lo observé de pronto. Él señalaba la libreta abierta a un lado de la laptop, específicamente mi letra cursiva.
Asentí ceñudo.
—Estupendo, creo por fin hallé el dueño de esto —se giró entusiasmado a su mochila, y tras revisar en una de las pequeñas bolsas, sacó un objeto blanco.
Lo reconocí de inmediato, y no bromeaba, de pronto la tensión en mis hombros se disipó y sentí cierto alivio.
Lo que yacía entre sus dedos, era el USB que perdí en la mañana, pequeño y blanco. En uno de sus lados tenía marcado con plumón negro "Facultad". Lo escribí porqué Itachi compró un par igual, así evitamos futuras confusiones.
Sin considerarlo un segundo más, se lo arrebate de las manos y lo conecté a la entrada de la laptop para verificar que fuera mía. Respiré profundo al darme cuenta que el primer archivo en la lista se trataba del ensayo que creí perdido y por la cual hace unos minutos me explotaba los sesos.
Escuché un carraspeo a mi lado y guíe mis ojos a su dirección. Él esbozaba un sonrisa con labios cerrados y las cejas alzadas, se inclinó un poco más y ensanchó su gesto.
—Entonces, ¿sí me ayudarás? —preguntó esperanzado.
Llevé una mano a mi frente, frotándola por mi pequeño dilema interno. Si le ayudaba, él podría darme un pago en efectivo en vez de comida, dinero... dinero. Por otra parte, no me sentía agradecido... del todo y por eso no daba por sentado que lo iba a ayudar.
Aunque él encontró primero el USB que creí perdido. Si alguien más lo hubiera recogido no estaría en mis manos, por lo que ahora mismo estaría ocupado en rehacer el ensayo y el estrés taladrándome la nuca.
Apreté los dientes y moví mi pie, un tic nervioso generado por la impaciencia. Por lo menos podía devolverle el favor de esa forma, odiaba deberle cosas a la gente.
Le extendí la mano pidiéndole a mi manera que me mostrará su ensayo y él la miró sin entender. Luego pareció descifrar mi mensaje y estrecho mi mano, gustoso.
—Soy Uzumaki Naruto, facultad de leyes —se presentó animado.
«Y yo soy Picasso», pensé sarcástico.
Retiré de inmediato la mano y negué con la cabeza. Luego señalé el archivo en la pantalla de mi computadora y volví a extender mi mano pero con la palma hacia arriba.
Podía escribirlo pero él no necesitaba saber que soy mudo. Así no me recordaría como un objeto de burla y me dejaría en paz después de ayudarle. Prevención ante todo.
Naruto me observó con una mueca de confusión y entrecerró sus ojos tratando de entender mi petición muda. A los pocos segundos chasqueó los dedos y pareció comprenderlo.
—¿Quieres que te pagué de una vez? Te daré la mitad y mañana la otra parte, dejé el resto del dinero en casa —mientras hablaba buscaba su cartera dentro de la mochila.
No pude evitar soltar un siseo silencioso entre dientes por su falta de comprensión. Al parecer no todos tenían esa habilidad de interpretar los gestos.
Irritado, agarré mi libreta y busqué una hoja en blanco para escribir, a este paso agotaría la poca paciencia que me quedaba.
Le pegué con la libreta en la cabeza con cierta fuerza excesiva, y él me miró con el ceño fruncido, consternado por mi acción. Pronto se percató que le mostraba la hoja en la que plasmé mi demanda.
—Necesito que me des tu ensayo —leyó parpadeando, confundido. Posteriormente sonrió de oreja a oreja—. Con que se trataba de eso. ¿No crees que es más fácil que me lo digas en vez de hacerme señas?
Rodé los ojos y desvíe mi rostro gruñendo un poco.
—Que gruñón —se quejó en son de broma—. Pero te aseguro que sería más fácil si utilizamos el método tradicional, cada vez que yo pregunto, tu contestas y viceversa -—movió sus manos en ademanes sencillos.
Esto era todo. ¿No tenía sentido común de interpretación?
Bruscamente puse la libreta en la mesa para garabatear con fuerza. No dejaría que tuviera una idea equivocada de mi interacción.
Un rayo de esperanza cruzó por mi mente. Si le revelaba que era mudo, lo más seguro saldría corriendo para alejarse de mi y nunca más pediría mi ayuda.
Esta vez le entregué la libreta y él se extraño.
—Venga, si quieres comunicarme algo solo dímelo... —dejó su frase a medias puesto que mientras hablaba, enfocaba su vista en la frase que escribí.
Tardó un segundo en procesarlo, alzó la cabeza mirándome con suspicacia y entrecerrando los ojos.
—Ya veo. Eres mudo, por eso no me respondes —dijo dejando la libreta a un lado. Su reacción alternaba en incredulidad y sorpresa.
Esperé a verlo marchar, pero no se movió de su lugar, ¿qué esperaba?
—En ese caso —lo diría, estaba seguro de que, por lo menos, se disculparía y se iría. Se notaba que este sujeto era amable, además de un poco despistado—. ¿Qué tal si en vez de escribirme en la libreta, me envías mensajes de texto por el celular? Pienso que es más rápido.
¿Qué?
—O si te acomodas mejor, puedes poner el comentario en el archivo lo qué debo corregir directamente en los párrafos que veas mal. Por mi no hay ningún problema —no cambió su tono amigable.
Me dio unas palmadas un poco bruscas en la espada y rio jovialmente por mi propia expresión arraigada.
—No te preocupes, no me incomoda que seas mudo, eso no te hace un extraterrestre. Pienso que es interesante tu discapacidad, mi prima siempre dice que las personas como tú son las más especiales que hay en el planeta y esas cosas. Y yo igual lo pienso, de cierta forma te hace más... ¿Sincero y amable? —se preguntó en voz baja.
¿Qué demonios?
Seguía tan impresionado que, cuando reaccioné, me quité bruscamente su brazo de encima y me alejé lo más que pude. No soportaba el continuó contacto físico de sujetos extraños y la aceptación de su parte.
Por otro lado, me describió manso y dócil, era un insulto para mi, tenía suerte que no le haya atravesado su cara con mi puño.
Naruto se divertía de sus mis reacciones malhumoradas.
—Al parecer lo de amable no concuerda —aceptó rascándose la nuca—. ¡Bien! ¿Qué tal si comenzamos? No creo que quieras pasar toda la hora corrigiendo.
Me resigné a que no me lo quitaría de encima hasta que lo ayudará, presentí que era capaz de seguirme hasta mi casa si fuera necesario. Me preparé mentalmente para tener a alguien a mi lado invadiendo mi zona de confort.
Esto sería un completo suplicio, pero todo sea por el pago.
Holasss
¡Una actualización récord! La verdad tenía que escribirlo antes que pasarán los días y lo dejara en borradores.
En este capítulo vimos la primera interacción de Sasuke y Sakura, que al principio él no toma la debida importancia, posteriormente se deja llevar por sus palabras, inevitable el significado oculto le llegó a su conciencia.
Y luego está Naruto XD ¿Quién no quiere comida gratis?
Por lo menos le hemos echado un vistazo a la mente de Sasuke en situaciones de interacción, retraído y tratando de ignorar XD
En fin, MUCHAS GRACIAS POR TODO SU APOYO ️ estaré respondiendo los comentarios anteriores, estaba ansiosa por traerles este capítulo.
La siguiente actualización variará mucho, no tendré el debido tiempo, pero no se preocupe, después de unas semanas ya será constante.
¡Hasta luego pequeños saltamontes!
Alela-chan fuera.
