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Nadie merece estar solo
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Sasuke
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No debí ayudar a Naruto.
El día después del asunto lo dejé pagar mi comida. Y estar sentado a su lado una miserable hora fue suficiente para sentenciar que la soledad era más reconfortante y silenciosa. Naruto no dejaba de hablar, literalmente, de lo que se le viniera a la mente.
Me harté y comencé a evitarlo.
Y por si no fuera poco, consiguió mi número de celular, sospeché que Shikamaru se lo proporcionó, pues era el único en la universidad que poseía tal dato. Quise reclamarle en cuanto lo vi, entonces recordé la ausencia de mi voz la cual logró irritarme.
Sin falta me enviaba mensaje preguntando si acaso quería desayunar con él. Por supuesto que ignoraba cada uno de ellos. Parecía una chica detrás de su coqueteo.
¿Qué mierda?
Me estremecí ante la posibilidad de que fuera gay. Me daba igual las preferencias sexuales de las personas, siempre y cuando no me involucraran. Pero pronto recordé que el primer día me habló de su ligue con una chica de su facultad y la cordura volvió a mi.
Acomodé mi cabello dentro de la gorra, impaciente a que la fila avanzará y así obtener el jugo de verduras. Quería llegar a casa y así dormir unas horas. Necesitaba recuperar el sueño que venía arrastrando desde el fin de semana.
No obstante, otra opción acaparó mi mente.
Durante las clases recibí un mensaje de Kakashi donde notificaba que había regresado de su viaje y si acaso quería retomar hoy mismo las sesiones.
Lo pensé seriamente al releer el mensaje mientras tanteaba el bolsillo del pantalón en busca de la cajetilla de cigarros.
Pase a que pasaron dos meses sin verlo en las sesiones, no sentía la necesidad de hablar con alguien de lo que me sucedía últimamente.
El celular vibró contra mis manos. Pensé que sería un mensaje de Kakashi para que le confirmara, pero no fue así. Se trataba del estúpido de Naruto.
» Naruto: Quédate en dónde estás.
No entendí el mensaje hasta que sentí una mano posarse en mi hombro y ensañarse con cierta fuerza. Frunciendo el ceño, giré la cabeza componiendo mi natural expresión amenazante, no lo borré al ver a Naruto detrás de mi sonriendo forzadamente.
Intensifique mi expresión dándole a entender que se alejara. Y por supuesto, él lo obvio.
—Amigo Sasuke, es mi imaginación o me evitas desde hace una semana.
No es tu imaginación. En verdad lo hago.
La bebida y el cigarro se convirtieron en necesidad fructífera. Me solté de su agarré y caminé al estacionamiento, maldije en mi mente al sentirlo detrás de mi.
—Espera Sasuke.
Aumenté el ritmo de mis pasos.
—No sé qué hice para molestarte. Creí que te agradaba.
No lo haces. Tu sola presencia me desagrada.
—Vamos. No recuerdo haber hecho nada que te ofendiera —dudó un poco al decirlo.
Intenté escabullirme al pasar entre los automóviles, dando grandes zancadas, pero él me seguía el paso insistiendo en saber la causa de mi repentino enojo.
Comenzó a fastidiarme, en cualquier momento le soltaré un puñetazo en el rostro y así dejaría de perseguirme.
En el fondo me pregunté por tal necedad de permanecer cerca. Lucía confundido y desesperado por conocer la respuesta, sus gestos se afirmaban a su personalidad. Me dijo que desde un principio quería ser mi amigo y creyó que al compartir comida fue el sello.
¿Amigo? Absurdo. No necesitaba ninguno. Ni que estuviera en la escuela media para pensar en tal tontería.
—¿Hay una razón en particular? Si insulté tu discapacidad, en serio no fue mi intención —volvió disculparse.
Me detuve en seco y volteé a verlo. Él sonreía aliviado, seguramente pensó que cedería a su cuestión. Lo miré por unos segundos y seguí mi camino sin darle ninguna explicación.
—Oye, Sasuke. Espera —Naruto colocó la mano sobre mi hombro.
Llegué a mi límite. La paciencia se esfumó y la ira dominó mis sentidos.
Lo agarré bruscamente del cuello de la camisa y empujé su cuerpo hasta la ventanilla del auto blanco, con tanta fuerza que lo escuché quejarse y mirarme con sorpresa. No esperaba una reacción violenta de mi parte.
Lo más inquietante fue ver que relajó su rostro a un punto de seriedad, no había miedo en sus ojos, unas brasas amenazantes orbitaban en sus pupilas pero no existía la intención de contradecir mis movimientos.
Me enfureció. ¿Qué diablos le sucedía?
Aumente la opresión, ni aún así Naruto no hizo amagos de liberarse.
¿Por qué no se defendía?
Al parecer leyó mis gestos iracundos y fugitivos puesto que contestó mi pregunta muda.
—Adelante, golpéame. Si eso te sirve para calmar tu enojo, dejaré que descargues tu furia en mi. Pero después de eso tendrás que responder a mi pregunta —advirtió severamente.
No lo creía. Se ofrecía a ser molido a golpes con tal de saber mis razones. Me tentó, juro que lo hizo. Empero, algo en su mirada detuvo mi instinto: la determinación en sus ojos. Un susurro en mi mente advirtió del error que cometía.
Gruñendo entre dientes, lo solté bruscamente y me alejé dos pasos. Le di la espalda pasando mis manos por el cabello, me estresaba intentar hallarle una explicación a su comportamiento.
¿Dejarse golpear por mí? Se ganaría unos buenos dolores musculares, ¿a cambio de qué? Ni siquiera tenía idea de la respuesta que él deseaba.
Solamente quería que dejara de seguirme porque me irritaba su actitud tan insistente.
Frustrado, me acerqué al capote del auto más cercano, vi el cristal empolvado y ahí escribí lo que perturbaba mi mente.
«¿Por qué insistes tanto en querer ser mi amigo?».
Naruto se tomó su tiempo para leer la pregunta y buscar una respuesta. Sus ojos zafiro se apartaron de la ventana y los enfocó en mi.
No borré mi expresión seria y arraigada. Entrecerré los ojos esperando a saber lo que lo impulsaba a seguir con este maldito juego.
—Por que nadie merece estar solo.
Entonces lo comprendí un poco.
Pero no lo acepté.
Nunca lo haré.
Estar solo es, y será mi destino.
El destino de un mudo.
Lancé el celular al asiento de alado y encendí el motor. No tardé demasiado en incorporarme a la avenida con un pensamiento en concreto: ir a tomar la sesión con Kakashi al hospital.
Ese insípido lugar. Lo visitaba una vez a la semana, durante dos horas al día. Una rutina que retomé un par de años atrás cuando... Cometí una enorme estupidez, la mayor de mi miserable e insípida vida. La historia que ocultaba debajo de mis pulseras, las cicatrices que adornaban mis muñecas jamás se borrarían.
Empero, las visitas al psicólogo comenzaron muchos años antes, justo después del intento de suicidio de mi progenitor el cual presencié —para mi desgracia—. Debo admitir que al principio resultó un poco beneficioso, ayudaba a calmar mi ansiedad a los dulces en aquel entonces.
Y luego sucedió lo inesperado. Ese hombre que decía ser mi padre nos abandonó al poco tiempo después.
Fue ahí cuando me revelé al ver que las escasas posibilidades de recuperar mi voz se evaporaban en el aire, alejándose cada vez más; el saber que Fugaku huyó de la carga de tener un hijo inservible resultó ser la pauta para mi conciencia.
Desde ahí ponía en situaciones difíciles a los psicólogos que me trataban, nadie soportaba más de dos meses y renunciaban.
Cada vez los veía hablar con mamá y mi hermano, sus expresiones iracundas e intolerables iban dirigidas a mi, a ese niño problemático y poco cooperador. ¿Qué más daba? Era una persona más en su lista de pacientes. Un nombre en una hoja.
Llegué a mi límite. A los doce años me negué rotundamente a seguir asistiendo a las sesiones y terapias, no hubo nada ni nadie que pudiera impedirlo. Estaba harto de pasar los mismos procesos sin resultados. Y mamá e Itachi tuvieron que aceptarlo.
Y al cumplir lo diecisiete años, en un intento de desesperación por la opresión y desilusión de mi asquerosa vida, cometí la misma locura que Fugaku.
Irremediablemente caí en el mismo ciclo.
Llorando, mamá me suplicó que aceptara nuevamente la ayuda de un psicológico ya que yo no aceptaba la de mi familia por temor a generales más cargas. Erróneamente, en mi niñez pensé que asistía con los profesionales porque me creían loco. Ahora lo veo como un medio para dejar un poco mis cargas sin afectar directamente a mamá e Itachi.
Lo acepté, solamente para no verlos sufrir más. No sé merecían tanto dolor por mi culpa. Bastante tenían con congeniar conmigo.
Mamá contactó a Kakashi, un viejo amigo de su infancia. Él se especializó en neurocirugía, y en traumas psicológicos.
Y comenzó ha asistirme.
Al principio me rehusaba a hacerme entender, no comprendía del todo porque alguien estaría interesado a tratarme. Los anteriores renunciaban al mes porque no soportaban mi actitud poco cooperativa y el nulo avance que demostraba.
Pero Kakashi resultó ser diferente. Fue extremadamente paciente en mi escaso progreso. Me hablaba con franqueza, no me trataba como un crío. Su forma de aconsejar era completamente diferente.
Por ello, poco a poco generó una especie de confianza. Al paso de un año, ocasionalmente lo buscaba por mi propio pie. Yo sabía que todo lo que le revelara jamás saldría de su boca. Pero tampoco le decía todo lo que me sucedía, más bien lo buscaba cuando no sabía a quién más recurrir.
A pulso se ganó parte de mi respeto. Lo veía como un miembro más de mi diminuta familia. Me sorprendí la primera vez que empleó el lenguaje de señas, me quedé estático y con un nudo en la garganta.
«Mi profesión no es simplemente sentarme en esta silla y dar los mejores consejos, Sasuke. —Todo lo dijo sin falsedad— Se trata de crear un vínculo de confianza para que tú te sientas con la libertad de expresarte y así comprenderlo. De esa manera puedo ayudarte de la mejor forma. Al final, tú tomas la decisión».
Suspiré al recordarlo.
Detuve el auto ante el semáforo en rojo. Observé con calma a las personas caminar por el paso peatonal, algunas hablando entre sí, riendo, expresándose con normalidad.
No soportaban ver a otros hacer lo que yo no podía. Llenaba mi pecho de ira. Así que simplemente me centré en pensar en otras cosas y alejarme un momento de lo que se desarrollaba frente a mi ojos.
Por eso mismo no hallaba una respuesta lógica del porque Naruto se empeñaba tanto en estar cerca de mi. Sea por lástima u otra cuestión, un sentimiento debía impulsarlo.
Y quería saberlo para golpearlo con razón.
El semáforo cambió a verde. Jalé la palanca de velocidades y pise el acelerador.
No avance ni un metro cuando de pronto, una mujer salió de la nada, atravesándose frente al auto.
Pise el freno con todas mi fuerzas y el auto se detuvo de golpe, reboté contra el volante. Gemí tratando de recuperar la respiración debido al tremendo golpe, mi cuello tronó al enderezame. Eso dolió.
Vi de reojo la consternación que se formó frente al auto. Por un segundo la desesperación me embargo. ¿No logré frenar a tiempo?
Rápidamente me desprendí del cinturón y salí del auto dispuesto a enfrentar la escena. Me preparé mentalmente para ver la odiosa sangre.
Para mi alivio, no fue así. No había nada de ese líquido.
Sentada en el suelo, se encontraba la susodicha portando una bata de hospital. Se trataba de una mujer adulta, su cuerpo temblaba y se negaba a que las mujeres entre los espectadores la ayudaran a levantarse. Me sorprendió que no haya entrado en shock por la impresión.
—También pensamos que la habían matado muchacho —me habló un señor a mi lado. Lo miré confundido— El auto no le tocó ni un cabello, frenaste justo a tiempo. Ella se cayó por la impresión.
Fue un peso que se esfumó.
Volví mi vista a la señora. Seguía rehuyendo del tacto de los demás.
¿Qué hacía una paciente fuera del hospital? Seguramente se escapó por alguna insólita razón. Intenté ser indiferente al asunto.
Resultó asfixiante imaginarlo.
En una posibilidad, incluso mi madre podría estar en una situación similar y, si yo no estuviera ahí, desearía que alguien más la ayudara.
Así que, impulsado por mi conciencia y remordimiento, me acerqué a la mujer agachándome sobre mis pies. Su cabello era rubio de una tonalidad oscura, y sus ojos verdes, brillantes e impregnados de miedo y desesperación.
Hablaba en voz baja, no comprendí lo que decía. Me moví un poco con la esperanza de escucharla con claridad.
De repente sus ojos se clavaron en mi. Le devolví por un segundo la mirada. Su semblante cambió drásticamente a uno de felicidad.
—Que alivio, ¡Te estaba buscando! —exclamó y se abalanzó a mis brazos.
Tuve que endurecer mi cuerpo para resistir el repentino abrazo, casi caemos al suelo si no fuera porque apoye la palma derecha sobre el asfaltado. Permanecí quieto, totalmente desconcertado, sin saber cómo procesar el hecho que la señora me confundiera con alguien más.
—Creí que no volverías, te estuve esperando mucho tiempo —se separó de mi y sonrió. Yo seguía sin reaccionar—. Oh, ¿te hiciste más joven? Tienes la piel más clara, y tus ojos son más grandes —Tocó mi rostro con cierta brusquedad.
—Joven, ¿usted conoce a la señora? —preguntó una mujer entre los espectadores.
Si deseaba ayudarla, tendría que mentirle a estas personas, aunque tampoco les importara lo que le suceda a ella.
Asentí naturalmente con la cabeza y alejé a la señora de mi, ella no paraba de asegurar que estuvo buscándome. La ayude a incorporarse, vi sus pies descalzos y sucios. Una prueba de que estuvo caminando un buen tramo.
Sentí la mirada de todos en mi nuca cuando la guíe al asiento del copiloto de mi auto, ayudándole a ponerse el cinturón de seguridad. Simplemente los ignoré y procedí a ingresar por la otra puerta. Volví a prender el motor dando señal que avanzaría, las personas no tardaron en dispersarse y continúe mi camino.
Alterné mi vista a los lados esperando encontrar una calle desierta para estacionar de momento el auto y así obtener información de la señora.
—Te has vuelto muy callado. Bueno, siempre fuiste callado —dijo ella ante el silencio.
Ni siquiera gruñí a respuesta.
Afortunadamente encontré un pequeño estacionamiento. Aparque sin el menor esfuerzo. Una vez que el auto se detuvo, estiré el brazo trasera en busca de mi libreta y lapicero.
Ella me miró con curiosidad mientras escribía. Luego le entregué el cuaderno donde le expliqué que me confundía con alguien más porque jamás la había visto en mi vida.
—Oh... —al parecer lo comprendió demasiado rápido. Se veía abatida—. Lo lamento mucho muchacho, pensé que eras un viejo amigo. Te pareces mucho a él.
No quise preguntarle más al respecto, se veía muy triste por la decepción. Entonces volví a escribir, preguntándole como se llamaba, me presenté añadiendo que era mudo.
—Soy Mebuki. Un gusto Sasuke.
Ella resultó ser amable, las arrugas se formaron alrededor de sus peculiares ojos.
Esas tonalidad en sus ojos me recordaron a cierta chica. Inmediatamente despejé ese pensamiento y seguí con el interrogatorio.
Volví a escribir en el cuaderno.
"¿Se escapó del hospital?"
Ella frunció el ceño al leerlo.
—Sí, recordé que tenía que ver a mi amigo y por eso me fui a escondidas. Mis hijas no iban a dejar que fuera sola, pero tampoco no podía llevarlas conmigo porque son tan pequeñas.
Así que tenía hijas. Seguramente su familia estaba enloquecida por no saber su paradero exacto.
La analicé. El tipo de bata que llevaba pertenecía a los pacientes de hospital al que me dirigía. Para las mujeres, blanco con adornos de pequeñas florecillas, muy sencillo. Si estoy en lo correcto, en su mano derecha debería cargar una pulsera blanca y de plástico donde venía escrito el nombre del hospital.
No me equivoque. Lo cargaba en la mano derecha y estaba ajustada, en cualquier momento podría caerse. Hice lo propio y Mebuki me sonrió en agradecimiento.
—Mi hija siempre se encarga de ponérmela, pero esta vez fue una de las enfermeras —comentó.
Me agarré de la idea para convencerla en volver.
"La llevaré de vuelta al hospital. Sus hijas han de estar muy preocupados por usted".
Pareció recuperar la cordura cuando leyó la parte de sus hijas. Agachó la mirada y asintió sin más.
Durante el trayecto al hospital, que no fue más de diez minutos, estuvo hablando de lo colorido y grande que era la ciudad. Según ella, en dónde vivía las flores brotaban cada mes, pero no podía ver ese acontecimiento debido a los cambios de clima que afectaba su cuerpo.
—Soy muy sensible al frío —confesó.
Disimuladamente baje el aire acondicionado. Lo que menos necesitaba era tuviera una reacción, bastante tenía con la idea de que casi la atropelle. No me hubiera molestado si se tratara de Hidan o cualquier pobre diablo desafortunado.
Vislumbre el hospital y aceleré para llegar al estacionamiento. Aparqué cerca de la entrada.
Mebuki miró resignada por la ventanilla las puertas automáticas. La comprendí un poco, ¿quién en su sano juicio adoraría estar atrapado en cuatro paredes con agujas enterradas en la piel?
Tampoco lo soporté las dos veces que estuve dentro en un estado similar. Contrabajo y resistía estar como visitante dentro del hospital. Detesto entrar allí, ciertas memorias se enganchan en mi piel en cuanto me descuidaba, el tormento de esas noches jamás podré olvidarlo. Y no queda más que sobrellevarlo día con día.
—Eres un chico muy encantador, gracias por traerme de regreso —agradeció cuando le ayude a bajarse del auto.
Quise reír sarcásticamente.
¿Encantador? ¿Yo?
Reprimí la gracia agria.
Entramos directo a recepción. Vi a varias enfermeras corriendo por todos lados, siendo regidas por una de las doctoras. La misma que poseía un carácter difícil de tratar.
—¿No han encontrado a Mebuki? ¡Entonces no las quiero ver aquí a menos que sea con la paciente! —exclamó Anko. Ella era la única que podía gritar en un lugar tan estricto.
Miré a Mebuki que caminaba a mi lado con desgano. Carraspeé obteniendo la atención de la doctora cuyos ojos negros me escudriñaron con molestia y luego se enfocaron en Mebuki.
Dio un suspiro de alivio y no dudó en acercarse con prisa.
—¡Mebuki! No puedes escaparte de esa manera —le regañó en cuanto llegó a nosotros.
La aludida sonrió apenada.
—Tenía que ver a un amigo y no podía hacerlo esperar.
—No es excusa suficiente —sentenció Anko.
Después de reñirla, volteó a verme con suspicacia.
—"La encontré a unas cuadras de aquí" —gesticulé en justificación a mi presencia.
Evité mencionar que casi la atropellaba.
—Gracias Sasuke. Es un alivio que esté de regreso. Sus hijas se volverían locas si algo grave le hubiese pasado —aseguró aliviada.
Entonces comenzó a repartir indicaciones a las enfermeras que estaban detrás suyo.
Las enfermeras se llevaron fácilmente a Mebuki. Entre la marcha, ella volteó su cabeza y se despidió de mi con su mano. Yo solamente asentí con la cabeza recibiendo su gentil gesto. Por un momento la observé alejarse, su andar se tornó un poco renuente.
—¿Vas a ir con Kakashi? —me preguntó Anko después de unos segundos.
Noté que me observaba con detalle, seguramente quería saber si venía a mi sesión o no. Me irritó. No tenía que darle explicaciones a nadie de lo que haga o deje de hacer.
Le di la espalda y me dirigí al pasillo.
—Entre más grande, más grosero jovencito —dijo Anko, molesta.
Sé que es nefasto para ella que la dejen hablando sola, pero no me apetecía alimentar su buen humor cuando yo no poseo uno.
Eran mis asuntos. Y no me apetecía compartirlos con Anko.
Al terminar la sesión, me incliné a recoger la mochila que reposaba sobre las patas de la silla.
Resultaba ligero conversar con Kakashi. Claro que, no revelaba todo lo que sentía, solamente unos aspectos —en este caso si debía actuar a favor de una interacción con alguien más—. La confidencialidad me respaldaba, y por unos minutos podía plantar ciertas cuestiones.
Kakashi era el tipo de persona que engaña por su apariencia. Al principio no confiaba en él por ese aspecto. Aunque no fue impedimento para él ganarse parte de mi confianza.
Me ha ayudado de muchas formas, más de lo que un psicólogo debería.
—La próxima sesión será en mi consultorio particular —dijo en cuanto me levante del asiento—. Sé que no te agrada venir al hospital.
Estuve de acuerdo.
—"Nos vemos"
—Intenta poner en práctica lo que te plante —aconsejo en el último segundo.
Lo miré sobre mi hombro, sonreía brindándome la confianza de la que carecía.
Asentí con la cabeza y agité mi mano en un ademán.
Inmediatamente me encontré en medio del insípido pasillo. Extrañamente no sentía la misma sensación de hace unas horas, el escozor en las palmas y la sensación insoportable de permanecer más quince minutos en este lugar. Los recuerdos venían a mi con dureza.
Rápidamente me dirigí a la parte central. Me apetecía un cigarro y algo de comida, pero no la del hospital. Estaría mejor cualquier otra cosa siempre que sea fuera del este lugar.
Alcé la vista, alternándola entre los pasillos. Apenas me distraje unos segundos y no sabía dónde carajos me encontraba.
Al decir el camino a tomar, avancé apenas unos pasos y me detuve de sopetón. Intentando asimilar lo que veía a metros de mi. Parecía una completa ironía.
Esto debía ser una maldita broma. No había transcurrido ni diez minutos desde que salí de la sesión recibiendo consejos, y uno de ellos implicaba a la persona que mis ojos vislumbraban.
Jamás podría olvidar ese color de cabello, y sobre todo, esos ojos verdes que expresaban demasiadas cosas genuinas. Me quedé completamente estático al verla. Todo se removió dentro de mi ser y no entendí porque reaccionaba de aquella forma.
Me sentí... Bueno, ni siquiera sé qué sentí al verla.
Solamente se trataba de una chica. Nada más.
Una chica que cuyas palabras se grabaron en mi corazón como fuego, y por más que empeñaba en olvidarla, me aferraba a ellas como si fuera una especie de medicina.
Sakura.
Ella permanecía de pie frente a la máquina expendedora de refrescos, mirando fijamente el tablero. Su semblante sereno representó una nueva expresión que nunca imagine ver. No se movía, permanecía sumamente quieta sin apartar su atención del listado de bebidas.
La detalle a fondo. Su vestimenta era similar a la vez anterior, una blusa de manga larga de un simple color verde, ahogada y larga; sus piernas cubiertas por un pantalón de algodón gris y tenis blancos. No veía a la mano alguna bolsa de mano o cartera que acostumbran a llevar las chicas de su edad.
Vi su rostro gracias a que su cabello rosado lo tenía recogido en un chongo desordenado. Las emociones que profesaba no resultaba alentador.
No irradiaba la felicidad de aquella vez. En cambio, una absoluta resignación aplacaba sus gestos. Tristeza. Dolor. Unos ojos parecido a los míos.
Por un momento quise ver su sonrisa. Y luego me pregunté porque lo deseaba.
No lo admití abiertamente en la sesión. Pero de todos modos Kakashi supo que yo, inconscientemente, anhelaba verla de nuevo. El simple hecho de que sus palabras provocaron sensaciones diferentes en mi.
Fue suficiente. Porque ella no mintió, habló con sinceridad.
No fue con falsedad.
No fue por hipocresía.
No lo hizo impulsado por lástima.
«¿Qué tan real eres?»
Supe que me sumergí en mis pensamientos al ver que ella se movía. Sakura ya había elegido su bebida y lo recogía del agujero.
¿Qué estoy haciendo? Parezco un idiota viéndola desde aquí. Debía marcharme ya, antes de que se percatara de mi.
Antes de que pudiera moverme, vi como la lata se resbalaba de sus dedos, cayendo al suelo y rodando a mi dirección. El sonido que produjo fue fino, casi sin fondo.
La lata pasó de largo, a un costado de mis pies. Y bastó para que ella notara mi presencia.
Me miró con ojos entrecerrados, y yo no pude hacer nada más que quedarme quieto.
Mierda.
La oportunidad de pasar en desapercibido se esfumó.
—No puedo creerlo, ¡eres tú, Sasuke! —finalmente dijo esbozando una gran sonrisa.
Más bien, soy yo el que no cree que se haya acordado de mí.
Todo su semblante cambio a uno de felicidad. Sus ojos brillaron debido a la emoción, ¿o fue mi imaginación por la repentina reacción de ella? No quería creerlo. Había pensado con fervor que no recordaría mi nombre después de unos días.
Sin embargo, lo hizo. Grabó en su mente mi nombre.
Recordó este inútil mudo. Y eso, sinceramente, me hizo sentir... Agradable.
Suspirando en resignación. Recogí la lata y me acerqué a ella para entregársela.
—Oh, gracias.
Ella lo recibió sin borrar esa genuina sonrisa. Eludi por un momento su mirada para ordenar mis pensamientos.
¿Cómo sonreír de esa forma cuando segundos atrás componía una expresión totalmente diferente?
—En todos los lugares posibles, jamás imagine encontrarte en un hospital —aseguró ella mientras abría la lata, el sonido irrumpió entre los dos. Luego me miró con ojos muy abiertos—. Espera, ¿te ocurrió algo?
La comprendí. Normalmente las personas van al hospital para ser tratadas.
Aunque tampoco quería revelar la verdadera razón de mi visita, así que simplemente me encogí de hombros sin responderle como tal.
—Uh... Que misterioso —dijo con ojos entrecerrados al llevarse la lata a sus labios.
Cuáles apretó al instante e hizo un sonido parecido a la risa.
Alcé una ceja, intrigado por lo que le causó tanta gracia que incluso se llevó una mano a su boca, tratando de controlar su gracia.
¿Algo en mi le causaba diversión?
—Recordé cuando te arollé.
¿Te refieres a esa vez que casi me sacas el hígado?
—¿Te dolió el cuerpo por muchos días? —preguntó. Posteriormente abrió sus labios emitiendo una exclamación—. ¿Acaso viniste al hospital a que te quitaran el yeso de un hueso que yo fracture?
Esta vez entorné los ojos ocultando la chispa de diversión que amenazó mi mente. Esta chica tenía mucha imaginación, por otro lado, ¿en verdad esperaba que respondiera?
—Hum. Por lo menos agita tu cabeza, que yo sepa no eres invalido —murmuró, quejándose de mi escasa cooperación.
A regañadientes negué con la cabeza. Tampoco le iba a revelar que lo tres días consecutivos tuve ciertas molestias en el abdomen, pero nada nuevo. De cierto modo el dolor se presenta a menudo de otra forma.
—Me alegro... Y espero que no vayas por ahí mandándole a tu perro que destruya las bicicletas —comentó con una actitud divertida.
Si supieras que en vez de eso, disfruto ver a Hunter hacerle maldades a la gente.
Me encogí de hombros, sin negar o afirmar el hecho. Ella se rio entre dientes, sospechando de una acción similar.
Recargue la espalda contra el barandal cruzándome de brazos, a un costado, las escaleras guiaban directamente al área de terapia intensiva.
No tenía buenos recuerdos de ese lugar.
—No me gusta mucho estar aquí.
Esa confesión me agarró con la guardia baja. Giré mi rostro a su dirección.
Ella bebió del té helado, tres tragos sin detenerse. Seguidamente dejó la lata sobre la barra de metal, peligrando a que se cayera. Se agazapo frente al barandal, por un momento pensé que se caería ya que lanzó su cuerpo al frente.
Mi corazón dio un tremendo vuelco. Eso fue extremadamente peligroso.
—La primera vez que visité este hospital, me colé entre los pasillos y terminé aquí. En esa escalera —señaló el quinto escalón. Le presté atención— resbalé y caí. Me abrí la cabeza en la parte de atrás y me pusieron puntos.
Apartó su cabello mostrándome una pequeña cicatriz a la altura de su nuca. Un pequeño bultito oscuro.
La miré en silencio, sin hacer ningún gesto. Moví mis manos, detallando las pulseras que ocultaban con recelo las cicatrices de mis muñecas.
Ella no se percató de mi espontánea reacción. Acomodó su cabello y torció los labios girando su cuerpo, apoyando la espalda en el tubo del barandal.
—Por ese pequeño accidente, perdí la oportunidad de ver por última vez a mi mamá.
Mis ojos se abrieron un poco más al mirarla.
¿Acaso su madre murió?
—No, no. No pienses eso —negó inmediatamente. Fue muy buena descifrando mi reacción—. Gracias a Dios una parte de ella sigue a mi lado, pero... Cada día que pasa, la cuenta regresiva amenaza en arrebatármela. Su cuerpo se va más rápido que su mente.
No comprendí a que se refería. ¿Su madre estaba en coma? ¿Tenía una enfermedad terminal?
Ella se tomó la molestia de explicarme.
—Una de las enfermedades que sufre mi mamá es de leucemia, está en una etapa que es tratable. El problema es que ella se niega a la quimioterapia, se mantiene base a medicamento —relató con un tono de voz triste.
Ahora entendía la expresión que vi al principio. El dolor de estar perdiendo día con día a la mujer que te dio la vida, verla negarse a prolongar su vida para permanecer a su lado.
Todos tenemos nuestros propios tormentos. Y el de ella, la constante lucha por la vida de su madre.
Por un segundo me imagine en esa situación. Ver a mi propia madre negarse a la posibilidad de regresar a una saludable vida, sentirme impotente por su negación pero sin llegar a enojarme con ella.
Solamente quedaba más que aceptarlo. Porque así lo decidió.
—Me disculpo de nuevo por hablar de esto. Has de pensar que soy muy parlanchina —afirmó, sonriendo apenada.
Fijándome en la apariencia, no lo parecía. Por su forma de vestir, sin una pizca de maquillaje o pendiente, también engañaba con ser una persona introvertida.
He aprendido algo a lo largo de mi vida: ciertamente las apariencias engañan.
Yo, por ejemplo, a simple vista parezco una persona que interactúa fácilmente, en ocasiones me confunden con ser mujeriego o algo similar. Pero no es así.
La realidad era todo lo contrario.
Algunos pretenden ser tus amigos. Pero no lo eran.
Otros pretenden ser excelentes padres. Pero no lo eran.
La miré fijamente por unos largos segundos. No me percaté de ello hasta que las mejillas de Sakura se tiñeron de un ligero rojo, gracias a su piel clara fue fácil de notar. E inmediatamente apartó la mirada, evadiendo la mía.
En ese instante me percaté de algo que había pasado por alto la primera vez que la vi.
Tenía un hoyuelo en del lado derecho que se formaba cuando sonreía.
—Deja de mirarme fijamente. Soy muy penosa con quien apenas conozco. Aunque tú no eres un extraño para mi —aquello pareció animarla—, más bien nuestra relación es de víctima-victimario.
Se rio al plantarlo y relajó su postura.
Entorné los ojos y sonreí sarcástico ante su peculiar ocurrencia.
¿Quién desempeña el papel de quién?
—¡Por fin sonríes! —exclamó repentinamente alegre y se acercó más a mi.
No logré retroceder, me quedé quieto en mi lugar mientras la observaba entrecerrar los ojos, esperando ver otra vez ese acontecimiento. Por su puesto, alegaba en que se apenaba a que alguien más la viera cuando ella termina haciendo lo mismo.
Bufé. Me rendí ante su insistencia.
Lentamente abrí la mochila que reposaba a un lado de mis piernas y saqué la libreta y lapicero.
"No te entusiasmes demasiado. Casi no lo hago. Solamente cuando me burlo de los demás".
—Que cruel eres —objetó fingiendo un escalofrío.
Finalmente retrocedió un poco para terminar de beber el té. Pero siguió hablando.
—Ahora entiendo porque Hunter tiene impulsos malvados —susurró.
Volví a escribir con pereza y, esta vez ella agarró la libreta.
"Aprendió muy bien"
—¡Lo sabía! Sospechaba que tú le enseñabas. No volveré a dejar nada cerca de tu perro. Capaz y lo destroza —farfulló agitando la mano cual sostenía la libreta.
Solamente me encogí de hombros, no me sentía culpable de mi "crimen".
Sakura no habló ya que nos percatamos de la presencia de un docente, apareció del pasillo por donde llegué. Nos dedico una furtiva mirada de reconocimiento y continúo bajando por las escaleras.
En cuanto aparte la mirada de ese punto, vi que Sakura sentía curiosidad por el contenido de la libreta, de la quite antes de que comenzara a hojearlo.
Ella dejó sus manos al aire y giró su cabeza, sus ojos entrecerrados me enfocaron con sospecha.
—Uh, se me hace que escondes algo oscuro por ahí —rechistó juguetona.
Claro. Por supuesto. ¿Qué demonios escondería en una simple libreta?
Antes de que pudiera contradecir su punto, se escuchó una voz femenina a medio grito.
—Sakura, por fin te encuentro.
Ambos giramos la cabeza en dirección al pasillo derecho.
Una mujer pelirroja y joven venía a nosotros, caminando con cierta prisa. Poseía una melena larga y abundante, su estatura y cuerpo esbelto contribuía a ello. Por los rasgos similares del rostro de Sakura, deduje que se trataba de un familiar suyo. De color de ojos y cabello, diría que son unas completas desconocidas.
Se detuvo frente a Sakura apoyando una mano en su cintura descubierta. Su ceño fruncido se marcó en cuanto me vio. Seguramente recelosa en desconocer mi identidad, y sobre todo, el estar cerca de Sakura.
Le sostuve la mirada con el mismo aire hostil.
La sonrisa que esbozó Sakura no ayudó en relajar las expresiones de la mujer y las mías. Dejó la lata sobre el barandal y se movió de sitio, entre los dos, pero no logró evitar que chocáramos de nuevo miradas hostiles.
—Sasuke, te presento a mi hermana mayor, Karin —señaló a la susodicha con la mano.
Entrecerré más mis ojos. Intuía que esta mujer no sería de mi agrado.
—¡Ah!
De pronto el semblante de Karin pasó de hostilidad a una totalmente sorprendida.
Fruncí más el ceño y gruñí. Estas chicas me provocarían algo con sus repentinos cambios de actitud.
—Así que tú eres la víctima de mi torpe hermana —Karin se acercó a mi sonriendo de lado.
¿Qué?
—¡Karin! Ya te dije que fue un accidente.
Ah, al parecer Sakura le contó sobre el altercado del parque.
—Accidente o no, lo arrollaste. Y da gracias que no te demandó —protestó la pelirroja de vuelta.
—Dah. Hermana, no se puede demandar a alguien por eso... ¿O sí?
La duda carcomió a Sakura. Su rostro se contrajo del susto. Me pareció cómica su reacción.
—Análizalo bien —Karin se rio a costa de su hermana y su atención en mi, sin borrar su sonrisa extendió su mano—. Un verdadero gusto Sasuke, te agradezco que hayas acompañado a mi hermana ese día. La ciudad es grande y peligrosa.
No debatí en lo último. Estaba de acuerdo con ello. El pensar en todo lo que le pudo suceder a Sakura esa noche, me llenaba de tensión y ansiedad. Sobre todo el rumbo donde vivía su tía, la siguiente zona era reconocida por los múltiples asesinatos debido al terreno baldío a unas manzanas adelante.
A regañadientes le estreché rápidamente su mano. Por lo menos Karin no me veía con ojos fulminantes, aunque no me importaría en lo absoluto. Que piense de mí lo que le plazca.
—Karin, ¿me buscabas para algo? —cuestionó Sakura la presencia de su hermana.
—La doctora Anko ya permitió las visitas para mamá —informó girándose a ella.
Su alegría contribuyó a la sonrisa de alivio que esbozó Sakura.
—Iré a verla y decirle unas cuantas cosas. No debió de escapar de esa forma —aquello lo dijo con seriedad.
—Ya lo hice, así que no tiene caso.
Sakura resopló.
—Mandona tenías que ser... —entornó los ojos.
Se apartó del camino de Karin al ver que la miraba con ojos asesinos por su comentario.
—¿Dijiste algo?
Vagamente encontré similitudes en mi relación con Itachi. Entre hermanos todo era diferente y sumamente fastidioso, pero no molesto.
—Nada, nada. Mejor —retomó hábilmente la conversación— le preguntaré por la persona que la trajo de regreso.
Me intrigó sus últimas palabras. La miré por unos segundos y ella captó rápidamente la muda pregunta.
—Verás, hace unas horas fuimos al comedor a almorzar. Cuando regresamos nos dijeron que mi mamá había escapado del hospital.
Inmediatamente recordé el rostro de Mebuki. Sus ojos verdes tan expresivos y brillantes. Los comparé con los que tenía de frente. Los de Sakura rebosaban positivismo, sus pupilas con distintos matices era lo que la diferenciaba con los de Mebuki. En cambio los Karin, sus ojos eran completamente oscuro. Contribuí un parentesco con su progenitor.
¿Será posible que...?
No. Por supuesto que no. Sería mucha coincidencia. Por otra parte, Mebuki mencionó que sus hijas eran niñas —imaginé de unos diez u once años tal vez—, no una adolescente y una mujer joven.
—Tremendo susto que nos dio —la voz de Karin me volvió a la conversación.
Sakura mantenía su vista en mi rostro, expectante.
—Y en el momento que íbamos a comenzar la búsqueda por nuestra parte, nos informaron que ya había aparecido —el alivio se filtro en sus palabras—. Al parecer alguien la encontró cerca de aquí y la trajo de regreso.
Error. Si era un completa coincidencia.
¿Cuántos pacientes de este hospital se escaparon hoy y alguien lo trajo de regreso?
Que yo sepa, solamente una mujer.
¿Se trata de la madre de Sakura? Muchas preguntas invadieron mi mente, pero no las concrete como tal.
Apoyé la libreta en el barandal y escribí:
"Que bueno que ya está de regreso"
—Así es —Karin se llevó una mano al pecho—. Fueron los cinco minutos más angustiantes de nuestras vidas. Temíamos que no regresará jamás. Pero gracias a la bondad de esa persona que la trajo de regreso, podemos estar tranquilas —el agradecimiento con el cual hablaba era muy latente.
¿Bondad dices? Sonreí sarcástico. ¿Qué soy bondandoso?
Y Sakura apoyó sus palabras.
—Por eso quiero saber quien fue, para agradecerle de alguna forma.
—Si tienes suerte, esa persona no se ha ido del hospital.
Reaccioné en ese instante.
¿Qué dirían si supieran que la traje de regreso movido por el remordimiento de que casi la arrollé?
Seguramente tendrían una mala reacción.
Metí la libreta y cuaderno en la mochila y la cerré de un movimiento. Sentí la mirada de ambos pares de ojos sobre mi. Al ajustar la correa en mi hombro derecho, hice un ademán con el pulgar en dirección al pasillo.
Y Sakura supo descifrar el gesto.
—No... ¿Ya te vas?
Maldita sea.
No sé porqué, pero el puchero que formó con sus labios, conteniendo aire por las mejillas, y esa manera en que sus gestos cambiaron a desilusión, me parecía jodidamente hermoso.
Y, nuevamente me pregunté porque tuve ese espontáneo pensamiento.
Tosí, llevándome una mano a mi boca y dándole la espalda. Así no descubriría mi sentir, en el tiempo que estuve a su lado, interpretó en su mayoría lo que realmente quería expresar.
Terminé por afirmar el hecho mientras me volvía a ellas. Agradecí que Sakura despejó ese gesto y se dedicó a suspirar, resignada.
—Cualquiera que te viera, diría que no quieres dejarlo ir porque te gusta —dijo Karin dándole codazos a Sakura.
Ella abrió mucho sus ojos y refunfuñó envuelta en su negación.
Estuve de acuerdo. Incluso miré sardónico a Karin. Que yo recordara, Sakura tenía novio. Y tenía la certeza que ella no era la clase de chicas que iban por la vida engañando a sus parejas.
Además, ¿quién en su sano juicio se fijaría en mi, un mudo?
Ella no tardó en aclararlo, desde otro punto.
—Tengo novio, hermana.
—¿Y?
Karin compuso una mueca de molestia. Sospeché que el novio de Sakura no era de su agrado.
—Solamente me entristece que Sasuke se vaya, no sé cuando volveré a verlo —refutó Sakura.
Me desconcertó como esa vez que, junto a su bicicleta, deseo que volviéramos a encontrarnos en esta gran ciudad. En un tomo amigable, hablándole a un viejo y querido amigo.
En todos los puntos posibles, estuvimos en el mismo lugar a la misma hora. Por un minuto de diferencia, nunca la hubiera encontrado. Ella es de un pueblo y viene cada cierto día. En cambio yo, vivo en la gran ciudad, y mis días son normalmente agitados.
¿Otra casualidad?
Reprimí la ansiedad. ¿En verdad le agrade para que ella deseara verme otra vez?
No. Debía alejarla pronto.
O eso me dijo mi conciencia a fuego latente, cuando, en realidad, mi corazón anhelaba otra cosa.
Y la volví a ver. Debía bastar para calmar ese minúsculo capricho.
Por un momento aparte la primordial regla autoimpuesta que olvidé desde un principio, en el momento que debí partir. Pero, en vez de hacerlo, me apoye en el barandal, a si lado. Ansioso por escucharla hablar.
—Sakura, debemos ir con mamá. Hemos tardado mucho y de seguro está inquieta —recordó Karin.
Sakura asintió al recordarlo. Su hermana me miró afable.
—Fue un gusto conocerte Sasuke, espero verte muy pronto —la sinceridad con la que lo dijo Karin fue perturbador pero no en afán macabro.
Se me hizo familiar a la persona que me miraba, rendida e inconforme de que me fuera.
Sakura encogió los hombros. Separó sus labios y los cerró inmediatamente. Se arrepintió de lo que diría en un principio.
—Ya que. Pero ni creas que te dejaré en paz —advirtió ella con voz chillona. La sonrisilla que compuso en sus labios me provocó un escalofrío agradable.
—Sakura, sonaste muy acosadora.
Concuerdo contigo, Karin.
En ese instante las mejillas de Sakura se pusieron rojas. Tuve que mirar a otro lado, evitando verla.
—¡N-No lo dije en ese sentido! —protestó girándose a su hermana. Luego volvió a verme con sus peculiares ojos—. Lo decía porque eres el único amigo que he tengo aquí en la ciudad.
Amigo.
Nuevamente escuchaba esa palabra.
Rendido, hice una seña en despedida.
—Nos vemos Sasuke. Cuídate mucho —deseó Sakura sin borrar sus gestos amables.
Se resignó y se despidió con la mano. Karin hizo lo propio mientras sonreía de una forma extraña.
No supe como interpretarlo.
Me alejé retomando mi andar, dándoles la espalda. Obvie la necesidad que se intensificaba a cada segundo en querer girar mi rostro y verla por última vez. Dudaba que después de hoy, nos volviéramos a encontrar.
Aunque ella dejó muy en claro que no sería fácil librarme de su presencia. O más bien, de su inminente "amistad".
Y, sin embargo, no lo sentí como una amenaza a mi pequeña zona de confort. Sino, todo lo contrario.
Mi mente lo interpretó como un reto. ¿Qué tan difícil sería volver a socializar?
De entrada me convencí que sería imposible. Hace bastantes años que me empeñaba en alejar a las personas que, cuando Sakura o, en su caso Naruto y Shikamaru se acercaban, sentía la urgencia de alejarme. O más bien, apartarlos para que no me lastimaran con su falsedad.
Pero...
Me detuve en la intersección. Tentando en girar, tan sólo un poco y recibir el empujón que necesitaba para sacarla de mi mente.
La busqué con la mirada. Me aprecio irreal que ella también haya volteado en ese mismo instante.
Como si estuviéramos conectados.
Nuestras miradas se encontraron en el último segundo.
Bajo su cobijo, en medio del universo, fui un pequeño punto negro flotando en el espacio, sin cuerpo o forma. Un ser insignificante y apocado que pronto se convirtió en una solitaria estrella carente de luz.
Un náufrago que encontró su bálsamo en medio del mar. Aquel mar infinito y amenazante de tormentas prolongadas en la eternidad.
Sus peculiares ojos verdes brillaron contra los rayos del sol que se filtraron por la ventana, y su sonrisa llena de alegría fue dedicada a mi. Nunca llegué a imaginar que alguien —a parte de mi familia— pudiera verme de esa forma.
Como una persona normal. Sin ninguna discapacidad. Sin repugnancia.
«Si no lo intentas, jamás sabrás si valió la pena. Es un gran riesgo, pero si resulta, recibirás más a cambio».
Recordé las palabras de Kakashi mientras veía a Sakura alejarse y desparecer entre los pasillos.
Solamente por un segundo, permití concebir tan posibilidad. Imaginar un sinfín de ellas con diferentes desenlaces.
Pero se trato de un segundo. Porque al siguiente, la realidad me golpeó a guante blanco, haciéndome recordar quien soy realmente.
Algo menos parecido a una persona. No soy merecedor de aquella amabilidad por el simple hecho de ser absurdamente diferente.
Toda esperanza se esfumó.
Nadie deseaba desperdiciar su valioso tiempo conmigo. Nadie se echaría ese gran paquete de soportarme.
Ni siquiera Sakura.
Estoy seguro de ello. Y era lo que más me dolía.
¡Por fin!
Después de tres días de borrar y volver a escribir, y borrar y acomodar partes, les pude traer el capítulo.
-c arrastra como un zombie-
Jamás imaginé que escribir este capítulo sería un gran reto. El primer borrador terminaba en dónde solamente Sasuke veía a Sakura de lejos en el hospital, pero no me pareció en lo absoluto. Se iba a prolongar su encuentro y no iría conforme a la historia.
Y los siguientes borradores... Bah, para que les cuento c: el chiste es que ya está.
Respecto al capítulo, Sasuke se resiste mucho a querer congeniar con personas fuera de su familia, incluso con Sakura, Naruto y Shikamaru. Rehuye a las relaciones por temor a ser abandonado. En el interior siempre ha sido blando, pero tiene esa actitud para evitar que lo lastimen.
Muchas cosas se revelaron hoy. ¿Las encontraron?
¡Les agradezco mucho a quienes comentan! En serio que, si no contesto los comentarios no es porque no quiera, el tiempo se consume. Pero los leo y me llenan de felicidad y me motivan a seguir escribiendo. Gracias, gracias, gracias.
¡Las amo!
Nos leemos luego.
Alela-chan fuera.
