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Ojos solitarios

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Sakura

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Desde que me establecía en el departamento tome una pequeña costumbre: sentarme en la cama, apoyar las manos en el marco de la ventana que estaba junto a esta, dejar descansar la quijada entre mis dorsos y alzar la vista al cielo para contemplar las estrellas brillantes en el cielo.

Tenía la sensación de que eran menos de la que se visualizaban en el pueblo. Anhelaba regresar a aquellos días de infancia con la única preocupación de hacer bien mis rutinas de ballet y portarme bien para que mamá no me castigara con ello. Mis ojos se acomunalaban de lágrimas de recordarlo y caían sin que las detuviera, estando sola nadie las cuestiona y no tenía que avergonzarme de mi debilidad.

Quién diría que llegaría a este punto. Cuando de niña mis preocupaciones eran mínimas y sin sentido de las afectaciones del futuro. Cumplir menos de diez años tenía sus ventajas. Nunca imaginas que el dolor de una caída de rodilla no sería nada a lado de un corazón destrozado.

Apreté los labios y entrecerré los ojos, las lágrimas iban limpiando todo el dolor de mi interior que me causó Neji. Le entregué todo mi amor y confianza, ¿y a cambió que me dio? Traición, una inesperada apuñalada en el corazón.

Se restregó en el trasero todos mis sentimientos hacia él y se acostó con la que se suponía que era mi mejor amiga: Tenten. Que fue una hermana más para mí, le importó un rábano mi noviazgo, no tuvo moral para retener sus acciones e involucrarse con él.

Ambos me clavaron una estaca al corazón al mismo tiempo.

Sequé mis lágrimas bruscamente con el dorso de mi mano, furiosa una vez más por mi debilidad. Ellos no merecen mi lloro ni mis lamentaciones. Por nada del mundo seguiré permitiendo que sus recuerdos siguieran lastimándome a pesar de que permanecían ahí, entre pesadillas, como un bucle que se repite una y otra vez.

Susurrándome que no valía la pena.

Pero no superaba a lo más grave que lidiaba hasta hoy. Otra persona los superaba a ambos en ocupar mis temores.

Mi padre, o, mejor dicho, Kizashi. Ya ni el titulo se mecería como tal por todo el maltrato que recibí de él. No sé en qué momento comencé a repudiarlo, y una batalla interna se estableció en mi interior por los sentimientos fraternidad que aún albergo por la persona que me engendró y crío, y a la vez que se encargó de hacerme mis días un tormento.

La demanda que se levantó por todas sus fechorías está en proceso, o eso dijo Itachi cuando nos contactó para darnos la noticia. Tendría que ir a declarar nuevamente. Me daba jaqueca pensar el hecho de tener que pisar la estación de policías.

Maldecía entre dientes todo por lo que Kizashi me estaba haciendo pasar, ¿Qué necesidad tenía yo de sentarme frente a un hombre con cara larga y mirada sombría que hacía preguntas nada delicadas, obligándome a contar todo a detalles? Colmaba mis nervios cada vez que me lo hacía repetir, y yo sentía extrema vergüenza por no haberme defendido de las agresiones.

Si no fuera por él ahora mismo yo estaría en el pueblo, independientemente de mi ruptura con Neji, calmándome estar en un entorno conocido y seguro el cual estuve rodeada toma mi vida. Seguramente estaría en casa de Kiba que con sus ocurrencias me haría reír y nos sentaríamos en la sala a jugar sus videojuegos hasta cansarnos. Extrañó demasiado a mi mejor amigo, los mensajes y videollamadas no resultan lo mismo que tenerlo de frente.

Cerrando los ojos incluso puedo transportarme al paisaje que me arrulla con el canto de los grillos y la brisa de la noche que pegaba a mi rostro con gentileza. Como si me susurrara que todo estaría bien y la oscuridad de la noche abrazándome.

Al abrir los ojos la realidad me trae en bruces y observando por la ventana la gran ciudad, con enormes y parpadeantes luces; escuchando los vehículos pasar por la calle y las voces amortiguadas a los lejos de las personas que pasan por el trayecto. No hay nada del paisaje natural frente a mí.

—Me encuentro lejos de casa —murmuré.

La ciudad simplemente me parece enorme y ajena. Ser arrancada de tu zona de confort no era anda sencillo. Estaba acostumbrada a otro estilo de vida, y sabía que tardaría aún más en adaptarme a este nuevo cambio.

Pero todo sea para bien, como dice mamá. De todas formar en algún momento vendríamos a la ciudad por el trabajo de Sasori, solamente el momento se adelantó, eso fue todo.

Suspiré mientras me dejaba caer de espaldas, desde ahí podía ver perfectamente el cielo. Las estrellas parecían cada vez más opacas de lo normal, ¿o sería yo quién ya no puedo ver su brillo?

Posé el antebrazo sobre mis ojos, había tenido suficientes mortificaciones por hoy.


Me levantaba diez para las seis necesitando un par de unos minutos para frotarme los ojos y observar el techo haciéndome la idea de mi existencia y de porque debía levantarme temprano… ah, sí: la preparatoria. Tardaba otros tres minutos para sentarme y cerrar los ojos mientras bostezaba agarrando valor en dejar la suave y refrescante cama. Finalmente, pasados unos minutos de las seis, me levantaba resignada con todas las ganas del mundo para ducharme con agua fría.

El uniforme que Karin compró colgaba de un gancho dentro de mi armario, planchado a cortesía de mamá. Preferí utilizar medias negras y no atar demasiado el nudo de mi corbata roja, un cambio notorio pues en la preparatoria del pueblo se utilizaba un listón sencillo.

Cada vez que me lo ponía me sentía un perro con esta cosa, hice una mueca al aire, debía acostumbrarme.

Antes de bajar tuve la tentación de echarme una mirada al espejo, pero ahora no tenía la suficiente confianza en pararme ahí y ver mi reflejo. No estoy lista para ver mis ojeras a causa del desvelo y mis ojos ligeramente rojos.

Solté el aire cuando cerré la puerta de mi habitación. Era simplemente alucinante, tenía mi propia habitación y era igual de grande que mi antigua casa. Karin compartía la pieza con mamá y Sasori tenía su propio lugar.

Además, contaba con el cuarto de servicio, la pieza del paño en el pasillo, una sala y un comedor-cocina lo suficientemente espacioso como para que los cuatro estuviéramos en el mismo espacio sin problema.

No parecía un departamento de soltero como describió Sasuke cuando le pregunté cómo era dónde viviríamos. Cuando llegamos a bajar todas las cosas de la camioneta miré la puerta y recorrí el interior con sorpresa. Las paredes eran de un suave tono crema y olía rico; el gran ventanal se extendía a la derecha y podía observar la ciudad en su apogeo matutino.

—Buenos días, cariño —me dijo mamá en cuanto dejé mi mochila en el sillón y fui a la cocina. Estaba terminando de servir el último plato de omelet. Olía delicioso, no pude evitar pasar ligeramente la lengua por mis labios.

La saludé con un beso en la mejilla y le terminé de ayudar en acomodar los platos y los vasos. La miré de reojo, analizándola. Desde que llegaron mamá cada día parecía más activa y viva, pase a que sabía que en ocasiones se sentía débil, sus ojos brillaban más. Se levantaba con ánimos antes que nosotros y se encargaba de cocinar.

Con el simple hecho de verla sonreír yo era feliz.

—Bueno días familia —Sasori apareció mientras se acomodaba la corbata azul oscuro. Le dio un abrazo a mamá y me revoloteó el cabello al pasar a mi lado.

—¡Hermano! Ya me había peinado —refunfuñé tratando de acomodar de nuevo mi cabello.

—Sólo le di el toque final —dijo riéndose mientras tomaba asiento.

Karin fue la última en aparecer en piyama y bostezando a más no poder. A diferencia de nosotros, ella había decidido quedarse con mamá unas semanas más antes de iniciar el nuevo ciclo en la universidad y llevarla a sus chequeos en el hospital. Secretamente también verificaba terreno para analizar el nuevo comportamiento de mamá.

—¡Ah! —Sasori fingió asustarse al ver a Karin, ella le lanzó una mirada asesina—. Pero que feas te ves cuando te levantas.

—Con qué derecho lo dices tú si babeas mientras duermes —replicó Karin sentándose en la silla después de saludar a mamá con un abrazo que ya se había colocado en su lugar. Después volvió a dirigirle otra mirada.

—Por lo menos yo ya estoy listo para ir el trabajo. Guapo y fresco como una lechuga —replicó tomando el tenedor y cuchillo, una sonrisa cruzó por su rostro al esquivar por poco le manotazo que le lanzó Karin.

Me reí al verlos, Sasori se burlaba y Karin refunfuñaba mientras masticaba con fuerza para aplazar su malhumor matutino. Me llevé un pedazo de omelet a la boca, estaba exquisito. Observé, masticando con lentitud, como mis hermanos seguían mirándose y después desplacé mi vista a mamá, noté que no había tocado su comida y se dedicaba a mirarnos.

Tragué antes de inclinarme a ella.

—¿Sucede algo mamá? —pregunté con preocupación.

Inmediatamente Sasori y Karin dejaron de molestarse y se fijaron en mamá.

—¿Se siente mal? ¿No tiene apetito? —cuestionó atropelladamente Sasori.

Mamá negó con la cabeza. Tenía los labios apretados y los ojos brillosos, como si contuviera sus lágrimas. Me exalté un poco, debía sentirse mal. Recordaba cuando los dolores eran tan insoportables que lloraba repitiendo «dolor, dolor» y cerraba los ojos.

Pero, para mi impresión, sonrió cálidamente mientras sus lágrimas caían y se limpiaba como podía la cara.

—No se preocupen. Estoy bien, es sólo que me dio sentimiento. Es la primera vez en mucho tiempo que estamos los cuatro reunidos para comer —habló con voz ahogada y sin poder contenerse más—. Verdaderamente estamos los cuatro reunidos.

Se llevó las manos a su rostro para seguir limpiándose las lágrimas. A este punto los tres nos quedamos en piedra sin saber cómo responder, aquello significaba mucho para nosotros: que mamá recordara. Y el simple hecho de que notara ese detalle significaba… esperanza.

Karin fue la primera en reaccionar. Se inclinó un poco para abrazarla y darle un beso en la frente.

—De ahora en adelante estaremos junto más seguido —dijo frotándole los hombros, yo asentí con fuerza.

—Nadie nos lo impedirá, así que siempre sonría —pedí en suplicio, no me gusta verla llorar.

—Mis lagrimas son de felicidad —aseguró dulcemente, mirándonos a los tres—. Así que está bien.

Sasori estiró el brazo para alcanzar la de mamá que estaba apoyada sobre la mesa, le dio un apretón y beso su mano con cariño.

Los tres compartíamos ese mismo anhelo y era una promesa que nos aseguraríamos de cumplir como fuera posible. Con sólo una mirada sabíamos que estábamos de acuerdo en hacer sentir mejor a mamá.

Mis fuerzas de sonreír ante la nula esperanza se debían a esto. No importaba cuán doloroso fuera.


Las clases en la preparatoria ya no pasaban tan lentas como el primer día. Ansiosa, esperaba a que el reloj marcara la hora de salida para agarrar mis cosas y salir rápidamente del salón por la obvia y ridícula razón: no quería hablar con nadie.

Desde el primer día fue blanco de todas las miradas del instituto, me encogía de hombros cuando pillaba a alguien mirarme fijamente y todo se debía a mi cabello —claramente—. Un color inusual (rosado, por favor, ¡demasiado llamativo y chillón!) siempre tuve una relación de odio-amor por mi cabellera, pero ahora…

Me volví la noticia del fin de año de la preparatoria entera por el color de mi cabello; siento que mi llegada por sí sola no hubiera causado mucha impresión como este tema. La resignación vino a mi después de dos semanas de lidiar con esto.

Llegaban a mí rumores que se instalaban entre los pasillos. La mayoría del alumnado creía que teñía mi cabello, lo cual causaba inconformidad en la escuela pues no se tenía permitido este tipo de colores en las cabelleras de los alumnos.

Por más que respondía que era natural, algunas chicas quedaban satisfechas y me halagaban; otras, en cambio, rodaban los ojos murmurando que era mentira.

Aunque no podía estar más agradecida por otro lado. Mínimamente no era odiada o repugnaba como un bicho raro por ser chica que venía de pueblo, más bien, parecía como una persona sin presencia… o al menos así era con los demás fuera de mi clase. Pues al parecer conseguí la empatía de mis compañeros de salón —ni siquiera yo sabía con certeza como lo logré—. No recordaba la última vez que había hablado tanto en tan poco tiempo.

Cuando terminó mi primera clase y el maestro salió del salón, medio alumnado se abalanzó a mi pupitre para atribularme de preguntas. Les fascinaba saber que venía de un pueblo y me preguntaban cosas relacionadas con mi antigua escuela, mi nombre, pasatiempos favoritos, y, por supuesto, si mi cabello era de color natural.

Tampoco era común que alguien se transfiriera casi a dos meses de terminar el año escolar y querían saber la razón, les daba curiosidad. Por supuesto que no les dije que fui aceptada por la intervención de Itachi en su papel de detective explicando mi situación de la directora de la preparatoria y obteniendo su cooperación para el caso.

Ni loca les diría.

Me sentía cohibida en ese instante y lo único que quise en ese momento fue escapar por la ventana y correr hasta casa. La incomodidad el tener tanta atención y, sobre todo, que estuvieran ansioso por saber más de mí, me causaba un dolor en el estómago. Muchos nervios.

Cargándome de paciencia, respondí todas las preguntas que pude y sonreí cortésmente, para ese entonces las heridas de mi ruptura estaban más frescas y me costaba ordenas mis pensamientos para que fueran coherentes. Les dije una verdad a medias que mi hermano mayor obtuvo un trabajo mejor aquí, en la ciudad y por esa razón nos mudamos.

Así que cada vez que estaba en medio de la cafetería decidiendo que comer y alguien comentaba en voz alta sobre los rumores, milagrosamente alguien de mi grupo estaba cerca y exclamaba que era pelirrosa natural.

Cuando pasaron dos semanas ya casi nadie lo mencionaba, o eso creía, sospechaba con fundamentos que aún suenan los ecos entre los pasillos.

El timbre de salida me distrajo abruptamente de mis cascabeles. Parpadeé enfocando al frente, el maestro Asuma, que daba la materia de Métodos de investigación, se giró a nosotros con una mirada escéptica.

—Es todo por hoy, chicos —dijo encaminándose a su escritorio para tomar su bolso, e hizo un ademán al pizarrón—. No olviden que el boceto de su investigación es para el martes. Organícense para entregarlo a tiempo. No acepto ninguna excusa —anticipó antes de que alguien preguntara.

—Pero, maestro —replicó uno de los chicos que estaba sentado al frente, era rubio. Desde mi lugar que estaba ubicado a unos tres pupitres detrás de él apenas pude verle el rostro, casi no recuerdo el nombre de todos— ¿Y sí mi perro se come la tarea?

Se escucharon risas ahogadas.

—Usted puede enviarlo a mi correo en cuanto lo termine, así no lo imprime y su "perro" se queda sin almuerzo —respondió con astucia el maestro.

No pude evitar sonreír al escuchar al chico refunfuñar y luego reírse por debajo.

—Es broma, es broma. Sabe que se lo entregaré.

—Bien. Chicos, que pasen un fin de semana tranquilo —dijo Asuma por último y se retiró tras despedirlo.

A mi alrededor comenzó a alzarse la ovación de voces uniéndose en pláticas, se juntaban en grupos y salían del salón sin dejar de hablar. Seguramente tendrían planes distintos, atrape alguna frase de que irían al karaoke y después a cenar en algún lugar.

Comencé a guardar mi libreta en la mochila y cuando iba a tomar el lapicero, este rodó por el pupitre y cayó al suelo. Suspiré un poco fastidiada y me incliné de lado para tomarlo, justo al mismo tiempo que mi compañera de alado y ambas chocamos la cabeza.

—¡Ay! —exclamé enderezándome y tomando mi frente. ¡Eso dolió!

La chica también se quejó y de igual modo se frotó su cabeza.

—Disculpa que mi enorme frente te haya golpeado —dije con una pequeña mueca.

Me fijé mejor en la chica. Sus ojos eran… ¿grises? No, eran más claros. Me quedaba en claro que no soy la única que presenta alguna anomalía en sus rasgos físicos.

Al parecer me quedé mirándola por un largo tiempo porque se sonrojo ligeramente y sonrió tras comprender el motivo de mi repentina actitud.

—Al igual que tu cabello, son naturales —aseguró agachándose para recoger mi lapicero.

Moví un poco mi cabeza, centrándome y le recibí el lapicero agradeciéndole.

—Es un color bonito, ah… —dije mientras colgaba mi mochila, y miré un punto fijo tratando de recordar su nombre—. Perdona que no recuerde tu nombre, ¿eres…?

—Hinata. —Rápidamente se echó su largo cabello lacio a un lado y tendió su mano a mi dirección con disposición—. No había tenido la oportunidad de presentarme directamente. En cualquier cosa que pueda ayudarte con mucho gusto lo haré.

Sin ser grosera, le estreché la mano. Hasta ahora había evitado involucrarme más con mis compañeros, normalmente venían a mí para invitarme a comer juntos a la hora del almuerzo o caminar juntos a la parada del bus.

Rechazaba la primera casi rehuyendo de todos, y la segunda la desplazaba tras decir que venían a buscarme —lo cual era cierto, aún no sabía viajar plenamente en el bus o el metro—; al pasar los días comprendieron que necesitaba mi espacio para adaptarme y me dejaban ser.

Sentí que faltaba una sonrisa a mi rostro serio, no dudé en esbozarla con cierta duda.

—Gracias, Hinata —lo dije sinceramente. Hasta ahora nadie había sido calmado—. La verdad los demás me dan un poco de escalofríos, son tan efusivos.

Hinata se rio mientras se incorporaba y tomaba de su mochila. Seguí su ejemplo y comenzamos a caminar a la salida.

—Así son todos. Es una clase muy animada —comentó divertida.

—¡Y es cierto! —Escuché que alguien exclamaba, cuando me di cuenta, tenía un brazo sobre mis hombros y una cabeza interponiéndose entre nosotras.

Era un chico rubio de ojos azules, tenía un fleco largó y me pareció ver un piercing en cuanto se rio a carcajada por la expresión ridícula que seguramente compuse.

—Te imaginaras que tan intensos somos si logramos que la más tímida del salón hablara más de tres palabras al día —comentó frotándole la cabeza a Hinata que se sonrojo ligeramente, pero le dio un ligero manotazo amistoso para que la dejara en paz.

—No te burles, Deidara —se quejó en modo de juego.

Él entornó los ojos divertido y luego se dirigió a mí.

—No hay imposibles para nosotros. Lograremos que te unas a nuestra pandilla grupal.

—¡Sí, que sea una zombi! —gritó alguien por detrás.

—¿Pandilla? —pregunté entre confundida y asustada pensando en malhechores.

—Vámonos antes de que comience su discurso poético del por qué somos el mejor grupo de instituto —dijo Hinata apresurada tomándome del brazo para jalarme fuera del salón.

—¡Nos vemos el lunes, chicas! —se despidió entre risas.

Prácticamente me arrastró con prisas hasta el pasillo, se escuchó un gritó de euforia que se apagó a medida que nos alejábamos. Me sorprendió que Hinata pudiera hacerlo pues parecía débil con esos brazos delgados, las apariencias siempre engañan.

Al llegar a los pasillos de la entrada, me soltó y se giró inclinándose de lado para ver detrás de mí.

—Esta distancia debe ser suficiente.

—¿Qué es eso de la pandilla? ¿Son malhechores? —pregunté atropelladamente, ensanché los ojos al ver que me dirigía una mirada contenida—. ¿Y qué significa eso de los zombis?

Hinata soltó un suspiro de resignación melodramático, alzando los hombros mientras caminábamos a paso normal al exterior del edificio.

—Es un apodo que nos pusieron a principio de año.

—¿Apodo?

Asintió volviendo a suspirar.

—Verás, la clase entera está en el tablón de calificaciones cada mes. Nadie se queda afuera. Los demás estudiantes nos dicen eruditos porque somos el único grupo que lo consigue —enfatizó con los dedos al aire y rodando los ojos, consideré que los demás exageraban.

Pero me sorprendía tal hazaña. ¿El salón completo en los primeros puestos de calificación?

—Algo me dice que no todos son aplicados —comenté pensativa, llevándome el dedo al mentón.

Hinata asintió entornando los ojos.

—Crees bien. Pero no es específicamente así. Nos ayudamos entre todos cuando alguien no entiende una tarea o materia, los que más saben de ello lo auxilian y viceversa; es dar y recibir. También organizamos grupos de estudios sábados y domingos antes de los exámenes.

—Vaya, son muy unidos y estudiosos. —Aquello también me sorprendió.

—Y ahora eres parte de nosotros —aseguró dulcemente.

No supe que responde a ello. Solamente hice una mueca forzada y para desviar su atención planteé por lo otro que necesitaba una explicación para calmar mi curiosidad.

—Mmm… pero no me explicaste lo del apodo de zombis.

—Ah, eso. —Contrajo los labios, tarde me di cuenta de que intentaba contener una risa—. Los chicos comenzaron a bromear de que las demás clases les faltaba cerebro para aprobar, e Ichiro comentó —se aclaró la garganta y trato de componer una voz gruesa—: «Las demás clases exageran. Nosotros no por los pasillos comiéndonos sus cerebros para absorber sus conocimientos y obtener buenas notas».

Tuve que apretar los labios para no reír. Se veía muy graciosa intentando imitar la voz de los chicos. Lo decía con un temple serio que daba gracia.

—Y Deidara dijo: «tampoco es que seamos zombis para hacerlo» —se rio a medias y continuó hablando normal—. Al parecer alguien de otro grupo lo escuchó y nos apodaron: pandilla de zombis. Ya luego le tomamos cariño y así lo dejamos.

—Conociendo el trasfondo de todo se escucha divertido —dije soltando unas risas.

Ella se unió conmigo. Se detuvo frente a un automóvil rojo y por inercia también lo hice.

—¿Cómo irás a casa? Puedo dejarte cerca —me ofreció mientras rebuscaba en la mochila las llaves. Iba a decirle que no era necesario, pero me detuvo al sacar la mano y mostrarme un pedazo de plástico con su nombre, su licencia de conducir—. No te preocupes, aprobé el examen de conducción a la quinta vez.

¿Quinta? La miré incrédula.

—Gracias, pero… vienen por mí.

Justo cuando lo dije, volteé a la salida y esperando ver a Naruto. Sin embargo, otra persona logró mi corazón diera un vuelco inesperado.

Sasuke me esperaba recargado en la puerta del coche que estaba estacionado frente a la entrada, con una pierna sobre la otra. Sostenía su celular y le echaba un vistazo entre ratos. Traía una de esas camisas de manga corta con un símbolo de dragón en el centro y unos jeans ligeramente rasgados que le hacían ver más atractivo.

Alzó la cabeza de su celular e inmediatamente se percató de mi presencia. Movió ligeramente la mano a la altura de su hombro saludándome. Le devolví el gesto un poco tímida y Hinata siguió mi mirada hasta toparse con él. Después volvió la mirada a mí sonriéndome con astucia.

—Entiendo, disfruta el fin de semana con tu novio, pero la próxima vez te llevo en mi querido choche.

—No es mi… —No me dejó completar la frase pues siguió sonriendo. Encaminándose al coche, abrió la puerta de jalón.

—Hasta el lunes.

Suspiré resignada al ser ignorada y que se creara ideas equivocadas. La despedí con la mano y me encaminé a dónde estaba Sasuke, escuché de cerca el automóvil de Hinata avanzar por el lado contrario. De reojo observé como se perdía en la entrada del estacionamiento.

Tomé una bocanada de aire y me aferré a mi mochila tomando la serenidad necesaria. Avancé un par de metros más y estuve frente a Sasuke.

—Hola —le dije tontamente.

Él se alejó un poco del automóvil respondiendo mi saludo con un asentimiento de cabeza, y luego agregó en gesticulación: "¿qué tal la escuela?".

Torcí un poco el gesto y llevé un dedo a mi mentón mientras lo meditaba.

—Como viste hice una nueva amiga, se llama Hinata y aprobó su examen de conducción al quinto intento —comenté divertida.

Sasuke enarcó una ceja bastante intrigado, seguramente se cuestionaba la salud mental del que le concedió el permiso de conducción a Hinata.

Abrió la puerta del copiloto para mí, tal gesto me pareció reconfortante, le agradecí y acomodé mi mochila entre mis pies para que no estorbara. Sasuke abrió la otra puerta y se encendió el motor.

Me fije más en los detalles del interior mientras me colocaba el cinturón. Era el mismo coche que me subí cuando nos conocimos, incluso tenía en el retrovisor la misma pegatina de perro. Reaccioné cuando sentí la frescura del aire acondicionado pegarme de frente y coloqué mis manos frente a la rendija.

—¿Y Naruto? Pensé que él vendría —pregunté en cuanto me percaté de que no había nadie más dentro.

Entrecerró los ojos después de jalar la palanca de velocidades.

—"Tuvo que quedarse a una clase extra en la universidad" —gesticuló las palabras completas.

A estas alturas podía presumir orgullosamente que entendía la mayoría de las palabras no sin cierto esfuerzo, pero por lo menos ya no letra por letra y era un gran avance. La biblioteca de la escuela tenía una larga gama de libros referente a la lengua de señas.

—Uh… disculpas las molestias en llevarme a casa —dije en murmullo.

Sasuke me dio unas palmaditas en la cabeza y puso en marcha el automóvil.

Como no sabía moverme fácilmente por la ciudad, Naruto me recogía en casa por las mañanas y e íbamos en metro hasta la preparatoria. La universidad dónde asistía con Sasuke estaba cerca de aquí, a unas cuantas manzanas. Así que después de acompañarme se iba a sus clases matutinas. Ya por la tarde lo esperaba media hora a que terminara y venía por mí para acompañarme de regreso.

A veces venía con Sasuke en su auto cuando coincidían en horario al igual que en la tarde cuando no tenía que trabajar por las tardes los viernes, sábados y domingos. En tales días nuestra comunicación era de mensajes por tal motivo.

Y hoy era viernes, lo cual me intrigaba saber porque no estaba en su trabajo.

Esperé a que se detuviera en un semáforo para preguntarle al respecto.

—¿No deberías estar en el trabajo?

Tenía la mirada fija al frente y ladeó su cabeza a mi dirección moviendo sus manos.

—"Hoy le tocó a mi compañero, trabajaré el lunes".

—Uhm… —murmuré a respuesta, acomodándome un mechón suelto detrás de mi oreja.


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Sasuke
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No le haría saber que por ella pedí un cambio en mi horario.

Cuando llegaba al automóvil para ir a casa a darme una ducha y después ir al trabajo, Naruto llegó preocupado pidiéndome de favor que recogiera a Sakura en la preparatoria y la llevara a casa; le hubiera dicho a Shikamaru, pero no podía contactarse con él y ya tenía que entrar a su clase. Estuve a punto de decirle que me era imposible por el trabajo, pero decidí preguntar si había posibilidad de recorrer mi horario.

Y como si todo jugara al favor de Naruto, Iruka me dijo que no tendría problema alguno y que la próxima vez avisara con anticipación. Lo cual resultaba extraño puesto que últimamente resultaba muy accesible.

En el fondo también me sentí aliviado. Pensar que Sakura aún no sabía orientarse adecuadamente en los metros atribulados de personas. No estaba acostumbrada al ambiente frenético y numeroso de la gran ciudad, apostaba a que le estaba costando demasiado adaptarse a su nuevo entorno. Parecía una pequeña flor que estuvo en una maseta en medio de un prado repleto de otras flores.

Esa fue a la conclusión que llegué al cuestionarme por qué seguía haciendo este tipo de cosas por ella. Aceleré cuando el semáforo cambio de color, Sakura guardó silencio y se dedicó mirar por la ventanilla.

El simple hecho de tenerla en mi radio de visión y asegurarme de que nada le haría daño me traía alivio. Y aunque la resguardara físicamente no podía hacer mucho por el sufriendo interior a causa de ese imbécil que la engañó.

Tenía su corazón expuesto y se encontraba sangrando por las heridas que apenas formaban cicatrices.

De nuevo la furia recorrió mis venas, inundándome en la necesidad de tener a Neji frente a frente y golpearlo con más fuerza de aquella vez que caí en su provocación; ningún golpe que le asentara sería lo equivalente al daño que le provocó a Sakura. Nada lo compensaría, pero por lo menos podía desquitarme con él.

La vi romperse frente a mí esa noche en un largo y quejumbroso lamento. Me sentí frustrado e inservible por no saber cómo detener sus lágrimas siendo únicamente un espectador de su dolor, resistiéndome en prometerle que todo estaría bien. No quería mentirles porque nada estaba bien en ese instante.

Lo único que hice fue envolverla entre mis brazos y hacerle saber que estaría ahí para poyarla e intentar aminorar su sufrimiento. Lo cual era casi imposible en ese momento.

No existen remedios rápidos para sanar un corazón roto.

Controlé mi temperamento tras suspirar me enfoqué de nuevo en el camino y el principal rumbo de mis pensamientos. Centrándome en conducir bien, no me podía permitir ser descuidado teniendo a Sakura conmigo.

Solté mi mano derecha del volante y sin necesidad de ver mis propias señas gesticulé letra por letra.

—"¿Qué harás en casa?"

Sakura tardó unos segundos en contestarme.

—Supongo que tarea… o no. La verdad aún no sé que tema investigaré —dijo desinteresada, después noté algo de curiosidad en su voz al agregar: — ¿Por qué lo preguntas?

No contesté de inmediato. Con la mirada busque un lugar el cual pudiera estacionarme para poder expresarme con ambas manos, era molesto no contar con mi voz para decírselo sin necesidad de alejarme del camino. Despejé mis quejas centrándome en su armoniosa respiración.

De reojo la observé y no pasó desapercibido las ojeras de su rostro, supuse que la razón de sus desvelos tenía que ver con Neji.

Quería impedir que llegara a casa a llorar encerrada en cuatro paredes. Era lo que podía hacer por ella y tratar de ayudarle a adaptarse a su nuevo entornó, estando junto a alguien familiar sería más fácil.

Para mi desgracia es lo que puedo ofrecerle en este momento. No puedo ofrecerle una paz inmediata y una tranquilidad cuando carezco de ello, también estaba esa inseguridad de si ella aceptase. Hasta ahora no habíamos estado solos como ahora y no quería que se sintiera agobiada o presionada, ¿le vendría bien tener mi compañía?

Y, con esa duda, aparqué y encendí las intermitentes, preparándome para transmitirlo. Demonios, estaba un poco nervioso por su respuesta. No era lo mismo decirlo mediante un mensaje de texto que tenerla frente a mí, mirándome con sus hermosos ojos verdes que parecían más interesados a cada segundo que transcurría.

Me dejé de tontería y lo hice.

—"¿Quieres ir por ese café que te prometí?".

Después de gesticular, bajé las manos esperando a que negara con la cabeza y prefiriera alejarse de mí alegando que no requería de mi silenciosa compañía para olvidarse de sus problemas; o alguna mueca de renuencia.

Pero… en cambio, aquella misma sonrisa que aparecía cada vez que me veía deslumbró en su rostro, lo más maravilloso de presenciar fueron sus ojos brillar de emoción y entusiasmo dando una afirmación con sólo sus gestos.

Me dejó deslumbrado y un poco ansioso. Cada vez ella me convencía de que en verdad le gustaba mi compañía, aunque no pudiera seguirle el ritmo de una conversación total. Me llenaba de alguna clase de dicha, alguien ajeno a los demás se alegraba de tenerme cerca.

—¡Por supuesto que sí! No se me olvida que lo prometiste por tu garrita —dijo sin poder contenerse. Estiró su mano y sacó el dedo meñique acercándolo a mí.

Miré, incrédulo, su mano y luego su expresión que me alentaba. No haría algo tan infantil como eso. Y por más que me niegue internamente, después de unos segundos que me mirara fijamente insistente, más resignado a darle el gusto, uní mi dedo meñique con ella que no paró de sonreír.

Ella no merecía que la tristeza la carcomiera, y si para eso debía hacer la cosa más infantil y absurda, lo haría. Sólo por ella.

Para ver su sonrisa.

—Andando por el Capuchino —dijo regresando a su lugar dando unos golpecitos a sus rodillas cubiertas por sus medias negra.

Esta chica tenía bastante energía. Asentí e incorporé el automóvil a la carretera rumbo a la cafetería.

Seguía sorprendiéndome con cada sonrisa que aparecía en su rostro lleno de positivismo. Intentando con todas sus fuerzas dejar todo atrás.

Aquella fuerza inquebrantable que adoptó después de llorar esa noche expulsando todo su ser parecía irreal, o por lo menos para mí así era. Nunca la había visto más decidida a enfrentar todos sus problemas. Se acopiaba de toda la seguridad posible y salía al mundo con su mejor sonrisa de "todo está bien".

Lo que me dejaba con mal sabor de boca es saber que esa fuerza… no era totalmente verdadera.

Detrás de su fachada de valentía sus ojos solitarios se asomaban. Podía verla apenas terminaba de esbozar esa sonrisa cordial que dirigía a los de su alrededor, poco después su rostro se entristecía y se ahogaba en sus pensamientos. Como si dudara en seguir manteniendo su propia fachada o tirar a la basura todo su esfuerzo.

Y cada vez que ella dudaba, yo extendía mi mano para tocar su cabeza y formularle con mis labios: «es válido llorar».

Porque lo era.

Entonces Sakura me miraba con sus grades ojos verdes y dejaba escapar unas lágrimas solitarias. No había palabras de por medio, sólo gestos.

Un corazón roto no sana con el tiempo.

Un corazón roto no sana con alejarte de la persona que te hizo daño.

Un corazón roto sana por tu propia capacidad de interponerte a tus sentimientos.

Y en mi caso, después de todas las circunstancias que me rodearon, aprendí que un corazón roto… incluso puede fragmentarse más.


La cafetería estaba casi en su apogeo, para ser un viernes por la tarde era lo normal. De reojo observé el restaurante del otro lado de la calle, desde ahí podía ver a mi compañero sentado mientras tocaba el piano, por el movimiento de sus manos y brazos intuí que se trataba de una melodía alegre. Secretamente agradecí haber recorrido mis horarios, ese tipo de piezas eran las que más me costaba tocar, no porque no las supiera, sino porque cada acorde resonaba en alguna parte de mi ser y me recordaba de lo que carezco.

Entramos y la campanita sonó. Sakura observaba alrededor con fascinación, y no era para menos, la decoración de la cafetería parecía de otra época y las luces cálidas te hacían sentir acobijado, así me sentí la primera vez que pisé este lugar. No me arrepentí de haberla invitado.

El coro de voces de los demás no era molesto. Casi al instante Ino apareció de mi derecha, al principio venía escribiendo en su libreta y no se había percatado de que era yo, hasta que estuvo frente a nosotros esbozó esa sonrisa servicial.

—¿Sasuke? Es raro verte los viernes por aquí a esta hora—comentó sorprendida hasta que reparó de inmediato en la presencia de Sakura que seguía absorta mirando alrededor.

Ino abrió sus ojos tras reconocerla y se acercó un poco más para susurrarme de cerca.

—¡No puedo creerlo, si le invitaste aquí! —casi traslucía su euforia.

Bufé cuando se alejó y se aclaró la garganta para atraer la atención de Sakura. Me di cuenta de que nos observaba intrigada y con el ceño ligeramente fruncido por la confusión, seguramente se preguntaba la identidad de Ino.

—"Es una conocida" —le gesticulé a respuesta a la actitud tan familiar de Ino.

—De hecho, soy amiga de este tacaño. —Por poco me da un codazo, podía verlo en su mirada de reproche. Y sin perder el toqué se acercó más a Sakura—, me llamo Yamanaka Ino —dijo presentándose e hizo una reverencia, seguía con esa molesta sonrisa en su rostro.

—Haruno Sakura y soy… su amiga —lo último salió de sus labios dudosa.

La otra chica me dirigió una mirada que decía: "¿Amiga? ¿En serio?". Le lancé una mirada fulminante recordando lo que me dijo una de las veces que vine deseándome que deseo recibir un dichoso beso francés de Sakura.

Seguía renuente a tal pensamiento. Jamás llegaría a suceder semejante acción entre ambos, somos amigos nada más. Además, ella aún no se recuperaba de su ruptura con Neji y yo no buscaba esa clase de amor en otra persona.

No sirvo para dar afecto u amor a los demás. Ese lado estaba defectuoso, ¿cómo dar amor si carezco de ello?

—¿Te gustaría sentarse en la barra o en algunas de las mesas? —Ino entró en su papel de mesera y se dirigió principalmente Sakura como si yo no existiera.

—En la barra estaría genial, siempre quise sentarme en un lugar así —reveló con un tierno sonrojo por la vergüenza.

Nos guio a los bancos vacíos en medio de la barra. Sakura se apoyó de la barra para subirse el taburete y yo me senté a su lado sin dificultad, ante esto ella murmuró si acaso ya no crecería más porque quería alcanzarme. Le lancé una mirada burlona cuando comenzó a refunfuñar en silencio.

La rubia se colocó a un lado de Sakura y nos entregó un menú para cada quién. La campañilla el local sonó de nuevo.

—Aquí tienen las cartas, regresaré un momento para tomar su pedido. —Nos ofreció otra sonrisa y se alejó para atender a otro par de clientes que entraron.

Saludé con la mano al chico que estaba del otro lado de la barra que también estaba sorprendido que viniera acompañado. Lo dejé pasar y me enfoqué en Sakura, enarqué una ceja, ella inspeccionaba el meno con total concentración.

—¿Puedo pedir algo más que el Capuchino? Tengo hambre —Me miró ladeando sus pestañas y sonriendo de esa forma inocente que me hacía perder el control y agitar la cabeza en afirmación. De todas formas, ¿cómo decirle que no a una mirada con esa?

Tuve que desviar la mirada avergonzado de mis pensamientos, ¿qué demonios fue eso?

—Uh… me pregunto si sabrán buenos los paninis —comentó al aire—. Una vez Naruto me llevó a un restaurante que vendían de estos, pero no tuve la oportunidad de comerlos.

Me dediqué a observarla mientras estaba distraída. Se tocaba el mentón al considerar sus opciones, se mordía el labio inferior indecisa a la vez que analizaba el menú, el mechón de cabello resbaló de su oreja cuando movió su cabeza hacia mí tras haber decidido que ordenar.

Tuve el impulso de alargar mi mano y acomodar su cabello.

Pero fue sólo eso. Un impulso.

Ino llegó agitando su pequeña libreta y con lapicero en mano.

—¿Ya saben que pedirán? —preguntó parándose entre los dos mirándonos de hito a hito.

Sakura pidió un panini francés y un jugo de sandía, luego me preguntó si comería algo. Solamente pedí un café helado para acompañarla, había comido en la universidad antes de buscarla. Ino se marchó tras sonreírnos y decir que pronto estaría nuestra orden.

Mientras esperábamos, Sakura apoyó los antebrazos en la barra y me miró fijamente.

—Gracias por traerme aquí, el lugar es muy lindo.

Asentí estando de acuerdo. Ciertamente el ambiente era ameno, podía escuchar el tenue sonido del violín con cantico de las pequeñas bocinas suspendidas del techo.

—"Después de todo prometí traerte" —respondí moviendo mis manos.

—Cierto. En otra ocasión hagamos alguna promesa con la garrita. —Se cubrió la boca intentando no reírse por el resoplido que hice al escucharla.

Hasta ahora no me había cuestionado a fondo sobre mis pensamientos cada vez que ella sonreía de esa manera dulce y divertida, lo único que podía pensar era que deseaba verla así todo el tiempo, sin ningún rastro de lágrimas o tristeza.

Siempre.

Porque de cierta forma me recordaba a mí al principio de la preparatoria, cuando llegaba a casa y me miraba frente al espejo, el reflejo de un chico decaído con ojos triste y solitarios me devolvían una mirada penumbrosa y llena de desaliento.

—"No volveré a hacer eso tan infantil".

—¡Oye! ¿Cómo osas a insultar a la promesa de la garrita? Es sagrada —se enderezo entrecerrando los ojos en advertencia y me dio un dedazo en mi brazo que apoyaba en la barra.

Sonreí de lado mientras me inclinaba un poco a ella. Por un momento se permaneció quieta y después bajó la mirada claramente nerviosa por mi cercanía. Bien, por lo menos podía asegurar que no le era del todo indiferente.

Eso me agradó saberlo.

Pero, por otro lado, seguía convenciéndome que jamás llegaría a ser.

Nadie quiere estar con una persona con muchos demonios porque no se persiste en lidiar con ellos.

Tal pensamiento me enfrío la cabeza e hizo que me alejara de nuevo.

—Tengo curiosidad desde hace tiempo —su voz me distrajo incluso antes de que pudiera pensar en cualquier otra cosa—. ¿Qué pensaste cuando me conociste? Sé sincero, aunque pienso que no debió ser nada bueno contado el hecho que te arrollé con la bicicleta —soltó una risa nerviosa por lo último y se frotó el brazo.

Enarqué una ceja ante su tan inesperada pregunta.

¿Qué pensé?

Torcí el gesto tratando de rememorar ese día… muchas cosas pasaron por mi cabeza cuando caí al suelo al ser arrollada por una chica de cabello como el algodón, entre ellas maldiciones y después el juzgarla indebidamente por su aspecto o la felicidad que mostraba. Detrás de todas las sonrisas que ofrecía y lo calmada que parecía se ocultaba alguien no tan diferente a mí.

Una chica que poseía una fortaleza nata, que, a pesar de estar recibiendo tantos golpes físicos y mentales, podía sonreír con la misma fuerza, alentándose de que todo mejoraría.

La miré fijamente por unos segundos, seguía esperando mi respuesta con una contenida necesidad y decidí ser sincero.

—"Al principio pensé que eras una chica superficial y con una visión demasiado infantil e ingenua del mundo por vivir en un pueblo, pero…" —me detuve un momento para retomar el aire. Su rostro estaba atento y se mordía el labio inferior, atenta— "descubrí que eres una las personas más valientes y fuertes que conozco. Puedes sonreír aún con cicatrices que tienes y, a pesar de que estás destrozada, retomas las fuerzas suficientes para levantarte de los golpes de la vida".

Cuando terminé de gesticular, ella se había encogido los hombros y agachado la mirada para mirar sus manos, el mechón de su cabello me impidió verle el rostro.

—No soy tan fuerte como piensas—dijo, su voz salió temblorosa a causa de mi descripción—. Aún me duele el corazón —se tocó dicha parte y apretó su blusa con fuerza.

Sí, era una consecuencia de las apuñaladas frescas: son más dolorosas.

Toqué su hombro obligándola a que me dejara verle directamente y descubrir lo que pensaba con sólo ver su expresión. Sus ojos estaban brillosos a punto de soltar unas lágrimas, pero no lo hizo. Sin dejar de mirarla intensamente, le transmití lo que en verdad la hacía fuerte.

—"Sigues sonriendo pase al sufrimiento que provocan tus heridas" —Sakura entreabrió los labios y, sin poder contenerse más, una lágrima cayó de su ojo derecho—. "No todos tienen esa capacidad de avivar su brillo después de que alguien más intente extinguirlo".

Su mayor debilidad era considerarse insignificante e incapaz de llevar todo ese dolor, una vil mentira que se decía constantemente hasta creerlo porque no quería reconocer su fortaleza. Ella seguía sonriendo pase a todo lo que ha sufrido con el maltrato de su padre y el engaño de Neji tratando de dejar todo atrás; aunque en su momento lloró y se desgarró el alma, luego retomó el valor para seguir su camino.

Admiraba su fortaleza. Hasta ahora yo no había podido ver la vida de la misma manera que antes. No después de intentar suicidarme y fracasar; por una vez agradecí que mis planes fueran frustrados, me arrepentía profundamente de mis actos pasados y ahora lo pienso fríamente cuestionándome si mi desesperación de ese momento fue tan grande para llegar a esos extremos.

No me sentía capaz de impulsar esa alegría que ella desbordaba.

—Yo… no soy así… —Se negaba a pesar de saber la verdad—. La mayor parte del tiempo tengo miedo a lo que sucederá mañana, no soy valiente, no me defendí de los golpes. Dejé que vinieran a mí.

—"Ser fuerte no significa que no tengas miedo".

Recordé lo que Kakashi dijo una vez en una de las sesiones: «el miedo es el mayor impulso o destrucción de los humanos. De ti depende a qué lado decides arriesgarte».

La vida es un riesgo constante el cual se experimenta el amor y el dolor. Lamentablemente algunos tienen la desdicha de tener presente la mayor parte del tiempo el sufrimiento en su día a día.

Contemplé como se llevaba una mano a su rostro tratando de contener sus lágrimas silenciosas y se encogía más de hombros, tratando de mantenerse firme.

No soporté verla así a causa de mí, pero era necesario que lo supiera.

Acuné su rostro en mi mano derecha, su piel estaba cálida y húmeda por sus lágrimas, limpié una lágrima con mi pulgar. Al ver sus ojos todo lo demás quedaba en segundo plano, el sonido a nuestro alrededor se volvía lejano y las paredes invisibles eran cada vez más diminutas. Como si estuviéramos los dos solos en un espacio.

Veía un universo claro y conciso extendiéndose en sus pupilas.

"Lo eres". Mis labios formularon una oración sin sonido.

Y de nuevo ella se acercó a mí para abrazarme afectada por mis palabras, estaba lo suficientemente cerca para hacerlo. Dejé que lo hiciera y le acaricié con delicadeza el cabello cumpliendo así mi promesa silenciosa de estar para ella siempre. Desde aquí se veía tan frágil y espontanea, como si fuera una flor en capullo que se niega a extender sus hermosos pétalos para mostrárselos al mundo.

Tan frágil de mente y con un espíritu fuerte que sobrepasa su cuerpo.

Así era ella.

Nos quedamos un momento más en la misma posición. A nuestro alrededor poco a poco las voces volvían a mis oídos y captaba varios ojos curiosos, entre ellos la de Ino que al parecer llevaba unos minutos de pie cerca con la charola entre sus manos. Se veía indecisa en intervenir o alejarse. Al final decidió lo primero y se acercó más. con precaución.

—Ejem… No quisiera interrumpirlos, pero traigo sus pedidos.

Inmediatamente Sakura se incorporó con cierta renuencia, no me miró directamente a los ojos, deduje que estaba avergonzada por abrazarme. Discretamente se limpió las lágrimas con su mano. Por supuesto que Ino lo notó, pero prefirió no comentar nada al respecto y yo se lo agradecí con la mirada.

Le ofreció una sonrisa consoladora mientras depositaba su bebida y plato en la barra.

—Disfrútalo Sakura, pedí que lo prepararan especialmente para ti por ser una invitada especial —dijo casual poniendo la charola debajo de su brazo.

Sakura aspiró un poco antes de hablar en un susurro audible.

—¿Por qué razón soy una invitada especial?

—Mi amigo tacaño de aquí siempre es un invitado especial. —La rubia me dio unos golpes en la espalda, por poco me voy hacia al frente por la brusquedad—. Y todo aquel que viene con él es igual de especial e importante.

—"Ni que fuera el presidente" —me quejé.

—Pues casi lo eres últimamente, dejas propinas muy generosas y espero que hoy no sea la excepción —comentó descaradamente sonriendo de oreja a oreja a medida que se alejaba.

Resoplé por su último comentario y me giré a la barra para apoyar los brazos. Por un lado, estaba bien que la conversación se haya tomado otro rumbo. Sakura parecía menos conmocionada por lo que le transmití. Lo menos que deseaba era hacerle pensar más sobre el asunto.

—Uh… parece que vienes a menudo —preguntó mi compañía más calmada e inspeccionando su pedido y lanzaba miradas de reojo a mi dirección.

—"Trabajo en el restaurante de enfrente" —y señalé al exterior.

Se volteó curiosa del taburete hasta toparse con el restaurante que le indicaba con mi dedo. Examinó a medias la fachada pues desde aquí no se podía observar mucho por la lejanía, los cristales de la cafetería y los autos que pasaban en la calle lo impedían. Finalmente giró un poco la cabeza un lado antes de regresar a su pose inicial y agarrar el panani con ambas manos.

—Se ve sofisticado y elegante. —Se estremeció dejar de mirar hambrienta su comida, parecía una niña ansiosa por darle un bocado—. A mí me daría escalofríos entrar a un lugar así.

Estuve a punto de contestarle cuando ocurrió algo tan bizarro: al momento que Sakura iba a dar una mordida al panini, el pedazo de queso sobresaliente de la orilla resbaló por la presión de los panes y cayó directo al suelo. El acontecimiento como tal no fue algo delirante más bien… la expresión de su rostro.

Como si el hecho de que el queso haya tocado el suelo fuera una atrocidad. Sus ojos se ensancharon y su boca se abrió ligeramente, absorta. Ambos nos quedamos estáticos en nuestros lugares, observando el inédito pedazo de queso descansando en el suelo.

—Mi queso —se lamentó largamente haciendo un puchero. Luego frunció el ceño y me miró de forma acusadora—. Se te antojo, ¿verdad? ¡Por eso cayó el suelo! Es injusto, debiste pedir uno.

No pude evitarlo. Simplemente me pareció graciosa su reacción de molestia. De mis labios brotó una risa incoherente, casi silenciosa, como si alguien se estuviese atragantando o respirando con demasiada fuerza; había olvidado cuando odiaba que este fuera el único sonido que provenía de mí.

Un sonido sumamente espantoso. No fui realmente consiente mientras me reía hasta que me percaté de lo que estaba sucediendo. Como si me hubieran dado un golpe, me detuve abruptamente y miré inmediatamente a Sakura esperando ver alguna reacción de asco o repulsión.

No fue así. Ella que tenía la boca ligeramente abierta y con una mano cerca de su boca, sorprendida.

—¡Has reído! —exclamó destilando felicidad dejando su comida en el plato y, colocando las manos entre el espacio de sus piernas, se inclinó a mí alegre—. Oh por Dios, oh por Dios. Estoy tan feliz.

¿Feliz?

No comprendía la razón de ello, y tampoco lo pregunté porque se dedicó a hacer una pequeña celebración por su logro riéndose eufórica diciendo que recordaría este día toda su vida. Yo no lo consideraba tan importante como para que estuviera con esa sonrisa alegre todo el rato mientras comía y platicaba sobre cosas triviales.

Pero lo dejé pasar por esta ocasión y apoyé mi cabeza en la mano, sin dejar de mirar como con pequeños e insignificantes detalles se emocionaba; el sonido de su voz me atraía llenándome de una calma que jamás imaginé sentir.

No renegué y me limité a observar sus ojos. Por primera vez en días ya no se asomaban las emociones que la abrumaban; ya no tenían unos parecidos a los míos.


A la media noche salí del restaurante dónde trabajaba metiendo las manos en mi chamarra, el clima estaba fresco y el aire que golpeaba mi rostro me ayudaba a serenarme. Cerré los ojos por unos momentos dejando que me llenara de una relativa calma, respiré hondo y solté el aire tranquilamente. Después saqué la cajetilla de cigarros de mi pantalón y encendí uno tratando de controlar mi ansiedad.

Mi mente se convirtió en un revoltijo de emociones. No tenían pies ni cabeza o forma en particular, me encargaba de que fuera así. Necesitaba pasar de algún modo el amargo sabor de boca que me hicieron pasar durante mi turno en el trabajo y del cual seguía maldiciendo en mi mente, me hacía apretar los puños y la quijada.

Y todo ocurrió porque una pareja entre los treinta tantos —con apariencia adinerada, a juzgar por sus vestimentas y el collar deslumbrante de la mujer que colgaba de su cuello— se indignaron cuando se dirigieron a mí cuando pasaba a su lado para consultar el vino más delicioso que tenía en el menú.

Pero no era mi área de trabajo por obvias razones y solamente los miré con un gesto profesional. No tenía ningún lapicero a la mano para escribir y lo único que pude hacer fue una reverencia en disculpas intentar localizar el mesero más cercano.

Inconformes por mi falta de tacto siguieron insistieron y no me dejaron moverme de ahí. Quise esfumarme por la tensión que se formaba en mis hombros y el terrible dolor de cabeza que comenzó a darme al escuchar sus voces exigentes; y me quedé ahí, en silencio recibiendo sus quejas por mi descortesía y del porqué no respondía.

A este punto estuve tentado dar media vuelta y dejarlos hablando solos, y lo hubiera hecho si no fuera porque uno de los meseros se acercó rápidamente para relevarme y tratar de explicarle a la pareja mi condición, pero ellos ni siquiera le dejaron hablar pidiendo prepotentemente que deseaban hablar con el gerente.

Iruka acudió rápidamente pensando que el problema fue desencadenado por otra cuestión; la mujer apenas lo vio y comenzó a quejarse del mal servicio de mi hacia con ellos, destilando desprecio de como un empleado no era capaz de decirle simplemente el nombre del vino.

Ni siquiera los miraba. Apretaba mis puños con fuerza y la mandíbula escuchando una y otra vez, recordando a cada segundo la falta de mi voz y lo inútil que soy al respecto.

—¿Cómo puede permitir tener a alguien descortés e incapacitado entre su personal? —reclamó el hombre casi calvo mirándome respectivamente.

Le lancé una mirada contenida de irritación y molestia.

E Iruka, que escuchó todo en silencio, contestó con formalidad:

—Les pedimos disculpas por el malentendido. Permítanme aclararles una cosa. —Movió su mano a mi dirección sin dejar de mirarlos seriamente. La pareja seguía enojada—. Este muchacho no les contesto porque sea descortés, es más, es uno de los trabajadores más serviciales y educado que tengo.

—¡Ja! —exclamó la mujer cruzándose de brazos, y me lanzó una mirada respectiva. Le devolví el gesto harto de tanto drama—. Pues no lo parece. Solamente tenía que contestar una simple pregunta, no le costaba nada hacerlo.

—Él no interactúa mucho con los clientes porque no puede mantener una conversación como ustedes acostumbran porque tiene una limitación —expresó Iruka sin dejar de lado su tono profesional—. Es mudo.

Al decirlo, la cara de la pareja se deformó en una mueca de sorpresa y me miraron consternados por largos segundos, yo seguía con mi porte serio y endurecido. No tardaron en mostrarse avergonzados por el alboroto que habían causado.

Para esto yo ya estaba dando la media vuelta sin aceptar sus disculpas —si acaso pensaban ofrecerlas— e ingrese a la cocina para escapar del desastre que se había formado, esperado un intervalo y moviendo mis manos pues las tenía un poco entumidas por tenerlas en puño tanto tiempo.

Solté el humo por mi boca tratando de despejar mi mente. Sabía que no era culpa de los demás por no saber de qué no hablo, pero no podía evitar que esta clase de situaciones me llevara al límite y me cuestionara muchas cosas. En parte ellos armaron ese alboroto porque no me permitieron ir por alguien más.

Miré una vez más el cielo plagado de estrellas, y pensé en Sakura. Mayormente al verlas recordaba sus palabras y la sonrisa que me ofrecía cada vez que nos veíamos, lograban calmarme un poco.

El cigarrillo apenas estaba consumido a la mitad, busqué con la mirada al bote más cercano y lo apagué antes de tirarlo.

La tranquilidad que me estaba concediendo su recuerdo se esfumó en cuanto sentí una presencia detrás de mí y antes de poder voltearme, algo filoso me rozó la espalda baja logrando disparar todos mis sentidos de alerta al imaginar de lo que se trataba.

Tensé los brazos al escuchar una risa ronca y divertida a mis espaldas.

—¿Ves lo malo de estar distraído? Muchas cosas pueden pasar en un instante—dijo a mis espaldas.

Me quedé sumamente quieto tratando de compasar mi respiración, el corazón se me aceleró, se me hacía extrañamente conocida esa voz.

—Te diría: no grites o te apuñalo. Pero como no puedes hablar será: no te muevas o te apuñalo.

Abrió los ojos de par en par, consternado. ¿Cómo diantres conocía de mi limitación?

Moví un poco la cabeza para verlo de reojo sin arriesgarme demasiado. Vestía de negro y estaba a mi altura, sostenía lo que sea con lo que me amenazaba con firmeza, como si supiera lo que hacía. Lo que más se quedó en mi mente fue un rasgo en particular.

El color de sus ojos. Grises que permanecían serenos con un toque de malicia. Su rostro pronto me resultó familiar. Abrí los ojos y apreté los dientes, sin poder creer la coincidencia en la que estaba envuelto.

Quien me amenazaba era uno de los chicos que perseguían a Kizashi aquel día.


¡Hola nuevamente!

Exitosamente les traje el capítulo del año (a veda XD es broma).

Cómo leyeron el capítulo estuvo más centrado en lo que piensan ambos conforme a lo que Sakura está sintiendo por la reciente ruptura durante los días y que están notando la presencia de otro poco a poco. Mostrar como Sakura está desenvolviéndose al principio en la preparatoria.

Conforme al personaje de Hinata, de ahora aviso que tendrá OC (aunque siendo fanfics la mayoría de los personajes tienen un poco de OC), pero la razón es bastante sencilla.

Y respecto a Sasuke, muchas se preguntarán como es que puede reírse, así que recordemos: él quedó mudo a causa de un suceso traumático en su vida (lo cual fue cuando vio a Fugaku intentar suicidarse, ¿por qué? Todavía no se sabe), en sí no perdió sus cuerdas vocales. Tienen alguna cadena emocional que no lo deja hablar. O tal vez aún está listo para hablar.

Aunque no es un capítulo que revelé tantos misterios y fue una pausa de tantas revelaciones, era necesario para dar hincapié a la escena final -todas en shock por el final inesperado-

¿Qué les pareció el capítulo? No olviden comentarlo con un review.

Me alegre leer y responder sus comentarios. Me alegra tanto que lo que escribo les guste ustedes, que, aunque no es pulida mi ortografía y se me van muchos dedazos, pongo mi esfuerzo para mejorar en cada capítulo. ¡LES QUIERO! Un abrazo virtual.

Y es todo por el capítulo. Otra vez intentaré regresar pronto, mis otros exámenes ya pasaron (no me pregunten como me fue porque lloraré D:)

Respondiendo al review de Lucy porque no me deja hacerlo en privado: Ciertamente aquí es quién Sasuke muestra primero el interés por ella. Ese apego que está afianzando por la necesidad creciente que surge por intentar protegerla. Quedó muy marcando cuando la escuchó esa ocasión por llamada que está decidido a estar para ella. ¡Saludos!

Bueno es todo :D

¡Alela-chan fuera!

PD1: No olviden cuidarse y tomar sus medidas de prevención por la pandemia, tomen mucha awua, coman cosas verdes y lávense seguido las manitas.

PD2: He estado leyendo todas sus teorías y tomas me parecen muy interesantes, algunas obviamente se acercan a la realidad y otras le atinan en algunas cosas, ¡pero! Eso está por verse en cuáles le acertaron y cuáles no.