Advertencia: capítulo largo. Léanlo con calma (/◕ヮ◕)/
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Quema los barcos
Sakura
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No hubo otra opción que decirle a Hinata todo. Debí considerar que el estar encerradas en el mismo por varias horas resultaría a que yo llorara en silencio mientras le contaba la amenaza de Neji a lapso de tres meses y de ese tiempo sólo quedaban cuatro semanas.
El revoltijo en mi estomago fue doloroso al contemplar su expresión de enojo y a la vez dolida a que no confié en ella para ayudarme. Pero no quería que Hinata también estuviese involucrada. Y sabía que, aunque le rogara que no se metiera más en esto e intentara hacerse la vista gorda al respecto, era muy tarde.
Me miró llena de convicción y se negó a mi petición.
Ya no quería cargar con posibles muertes a mi causa.
—No me quedaré de brazos cruzados mientras veo que mi amiga sufre —dijo aspirando con fuerza sin apartar la vista de enfrente mientras conducía—, sé que es peligroso, pero no hay vuelta atrás. Tome mi decisión.
—Una decisión bastante estúpida —rebatí.
—No hablemos de decisiones estúpidas porque la que tú tomaste respecto a Sasuke no se queda atrás.
Me calló con esas palabras, no dije nada más.
Llegamos unas horas antes del amanecer y el clima era frío. El cielo negro repleto de estrellas todavía seguía en lo alto. El pueblo estaba muy silencioso que, de costumbre, el pasar en los prados y lares el principio no pude evitar observar por la ventana sintiendo la nostalgia pegando en lleno a mi pecho. ¿Hacía cuanto no visitaba el pueblo? Casi medio año que no pisaba el pasto verde ni vislumbraba las luciérnagas bailar sin temor entre las flores.
El aire fresco ante la poca neblina inundando mis pulmones, el sonido de los grillos entonando su canción, los caminos irregulares. La paz que experimenté al bajar del auto y estar frente a casa perduró un poco. A pesar de que aquí viví los peores años de mi vida, no podía evitar sentir cierto apego. Los recuerdos de mi niñez con mamá y mis hermanos estaban aquí, era agridulce el sentimiento.
De reojo observé un auto estacionarse un poco más lejos, era el guardia que me seguía a todos lados. Hinata lo había notado en la carretera y expresó su desconcierto al saber que en realidad era un yakuza. No dijo nada, incluso al ponerse a mi lado sin dejar de observar la fachada de la casa.
—¿Aquí vivías? —inquirió llena de curiosidad.
—Sí, hasta hace medio año viví aquí —respondí ahogando una exhalación exagerada. Mi cuerpo temblaba un poco. Las manos de Hinata me dieron apoyo al posarse en mis hombros, cuestionándome con la mirada si me encontraba bien, asentí en silencio—. Entremos.
Dentro todo estaba más vacío de lo que recuerdo —cuando me fui a la ciudad lo hice antes que mis hermanos y la otra parte de la mudanza—, me pareció poco acogedor el vacío en donde antes estaban los muebles. Quedando unos cuantos, como el sillón de una pieza cubierto por mantas blancas y apenas una capa de polvo sobre ellos.
Me adentré a la cocina igual de vacía con los anaqueles entreabiertos y las ventanas abajo. La puerta corrediza de atrás que no dudé en jalarla y revelar el patio trasero. Desde aquí logré ver el árbol en el que me gustaba sentarme en los días en que la desesperación me invadía e intentaba pensar con claridad. Las ramas desnudas sin rastros de cerezos cuales florecerían al terminarse el invierno.
Agité la cabeza con fuerza. No debía estar rememorando viejos recuerdos, debía centrarme en mi verdadero trabajo.
Regresé sobre mis pasos buscando a Hinata, no la hallé hasta que noté que estaba en el umbral de la puerta del servicio, observando con curiosidad el borde. Me acerqué a ella y seguí su mirada. No pude evitar soltar un pequeño sonido parecido a un bufido.
—Eras muy enana de niña —se burló.
Entorné los ojos. Lo que veía Hinata eran las marcas de estatura que mamá hacía conforme íbamos creciendo. Desee un momento regresar a esos tiempos, en que sólo era una niña y no tenía ni idea del sufrimiento que se vendría a futuro.
Entrecerré los ojos y me encaminé a la parte de arriba.
—Démonos prisa en buscar esa caja fuerte —apresuré adentrándome a la primera habitación, era la que utilizaba Kizashi. Si mamá tenía razón y escondió dicha caja muy cerca de él lo más obvio y vital sería su habitación.
Hinata no tardó en darme alcance. Cuando apareció yo me encontraba observando a mi alrededor. Todo seguía igual, el único lugar que no se tocó en la mudanza. La cama deshecha y por la capa de polvo igual a los otros muebles, supuse que Kizashi no pisó la habitación en todo este tiempo. Perfecto. Las esperanzas volvieron a mi de encontrar la dichosa caja.
—Revisa los cajones quizás encontremos algo útil —le pedí señalando la encimera mientras me dirigía al armario un espacio suficientemente grande para esconderla.
Dentro la ropa seguía intacta, hice a un lado los abrigos y playeras para observar en lo más al fondo. Lo único que encontré fueron algunas cajas de cartón que no dudé en sacar y poner sobre la cama, el sonido de fondo en que Hinata sacaba los cajones y vaciaba todo sobre la cama sin contemplaciones irrumpió la tensión.
Revisé las pertenencias. No había más que chucherías, relojes de aspecto costoso, varias fichas de juego y tickets de tiendas de autoservicio de principios de año. Nada útil en realidad. Tiré todo al suelo para dar espacio a Hinata que vacío la última caja.
Engrandecí los ojos cuando cayó un objeto conocido.
El collar de Karin.
—Así que él lo tenía —dije jalando la cadena a mí. Pude ver el dije en perfectas condiciones.
—¿Es tuyo? —Hinata me miró intrigada.
—No, es de mi hermana. Desapareció hace tiempo, pensábamos que lo perdió. Seguramente Kizashi lo robó para apostarlo —reprimí el impulso de soltar una maldición—. No me sorprende, si robó los documentos de la casa pudo haberse llevado más cosas.
Lo metí a mi bolsillo y seguí inspeccionando. Las cajas que saqué también fueron vaciadas, a diferencia que estas contenían retazos de periódico bastante viejo y arrugado. El título parecía bastante escandaloso «Se haya muerto al presidente del condado, Ishikawa Jiraya, en su casa de campo».
Ishikawa Jiraya... recordé vagamente la mención que hizo Mikoto-san en la fiesta de gala al que asistí con ellos, tal evento era a memoria de dicho presidente. Las imágenes que pasaron en pantalla grande y se parecían tanto al de la fotografía de aquí. Un hombre humilde que murió asesinado.
Pero ¿por qué Kizashi tenía estas noticias?
Seguí rebuscando en los pedazos, varias notas eran relacionados con la vida de Jiraya «se abre un nuevo centro de rehabilitación» «Sus ideales alcanzaron a la sociedad» y cosas por el estilo a causas humanitarias, hablando de lo benevolente y justo que era el presidente apoyando causas perdidas y combatiendo la delincuencia, enfocándose en erradicar la distribución de drogas en la ciudad a manos del Clan Yakuza conocido como los Hyūga. Al parece había otro clan involucrado, pero faltaba un pedazo de periódico y por ende dicha información.
—Son varias noticias, no entiendo para qué las querría —murmuró Hinata a mi lado leyendo otro ejemplar.
—Está relacionado con los Hyūga —respondí a medias sin dejar de leer la columna de la noticia que relataba su ardua su lucha contra la fracción Yakuza—. Jiraya quería erradicar a los Hyūga de Japón, si era una amenaza inminente y difícil de atravesar, tal vez por eso lo mataron los Hyūga o el otro Clan que mencionan aquí. Pero el nombre de estos está rallado con tinta.
Observé lo que me señalaba. Era cierto, el nombre de los otros Yakuza estaban rallados, lo hicieron con tanta fuerza que se rompió el papel.
—Pero no probaron nada —comentó Hinata interesada en una nota en particular, le presté atención, pero sin dejar de revisar los demás retazos ensuciándome las manos de polvo—. Aquí dice que cuando reabrieron el caso y atraparon al sospechoso lo dejaron ir por maquinación de pruebas... —Bajo el periódico y torció el gesto—. Me huele a corrupción segura, ¡es más que obvio! Además, dos de los tres abogados que defendían a Jiraya terminaron muertos en accidentes muy sospechosos y el tercero intentó suicidarse y desapareció unos días después...
Regresé la vista a ella que se detuvo abruptamente de su monologo. Igual me parecían sospechosos las muertes. Hacer de un asesinato que pareciera un accidente es justo lo que harían los Hyūga para encubrirse. Muy probable que situación se les salió de las manos y no tuvieron más que asesinarlos para limpiar todas las pruebas.
Mi mente estuvo conectándose en una fracción de segundos, al enderezarme y pensarlo mejor. Kizashi quizás recabo toda esta información para analizarla y buscar alguna mentira para utilizarla contra los Hyūga; les debía una gran cantidad de dinero con lo de las apuestas y pareciera que estuviera buscando una forma de librarse.
¿Qué tenía que ver el CD en todo esto? Si mamá estaba en lo correcto y la información que contenía el CD impactaría a la sociedad, estaba más segura que se trataba de algún dato relacionado con Jiraya u otro asesinato grande. Algo que impactaría de esta forma sería el nombre de Jiraya pues fue muy querido por los ciudadanos. Los Hyūga buscaban ese archivo con desesperación de las manos de Kizashi.
Sí, debía ser eso.
—Sakura... ¿Sasuke se apellida Uchiha? —preguntaron a mi lado sacándome de mis cavilaciones.
Que mencionara su nombre no me traía precisamente concentración.
—Sí ¿por qué lo preguntas? —inquirí girándome a ella.
Me mostró la noticia que estaba leyendo. Pasé mis ojos por todas las notas hasta que capté un nombre en particular: Uchiha Fugaku, junto al titular "el mejor abogado del país intentó suicidarse". Le arrebaté de las manos la nota y pasé a la noticia que hacía mención y exageraban —de esto estaba segura— los hechos. Leí con atención, recordando a su vez lo que una vez me contó Sasuke conforme a ese incidente, aunque no fue mucho debido a que era un tema delicado.
Pero, lo que más me sorprendió fue reconocer su rostro. Había una foto del papá de Sasuke posando con un traje y portafolio, me daba esa sensación de familiaridad.
—No puede ser verdad —murmuré al recordar al hombre de la estación del metro que me dio la bufanda gris. La cicatriz de su cuello en una evidente herida vieja ¿es la misma que permaneció al intentar suicidarse? Me pregunté con un nudo en la garganta tocando la bufanda.
No, lo que más me preocupa en estos momentos es su presencia en Tokio ¿habrá ido a encontrarse con su familia? ¿Sasuke estaría bien? Todas esas dudas me carcomieron mientras sostenía el periódico y las ansías de saber si Sasuke no entraría en pánico me desquiciaban.
—Supongo que esto es muy grave —siguió diciendo Hinata sosteniendo otro ejemplar—. El padre de Sasuke era uno de los abogados que defendía a Jiraya.
—¿Qué? —Aturdida, recibí el periódico nuevo en la mano y repasé mis ojos en la noticia. El abogado aparecía en la portada junto a otros dos. Y, como dijo Hinata, a raíz de los otros dos colegas muertos en misteriosos accidentes, me quedó más que claro que los Hyūga tuvieron que ver con ello.
Ahora lo entendía, atando los cabos sueltos y abriendo suposiciones, lo que Neji dijo que la familia de Sasuke desgració sus planes y él debía pagar por ello, a esto se refería. Seguramente Fugaku-san descubrió algo importante que los involucrara y lo obligaron a arrebatarse la vida. No lo logró, pero a cambio tuvo que huir para que no lastimaran a Mikoto-san, Itachi-san y Sasuke.
Todo fue más claro.
Mis manos temblaron mientras soltaba todo y respiraba erráticamente. Fuera cual fuera el desenlace, Sasuke terminaría involucrado hasta la medula. Su familia lo estaba, y ahora con la presencia de Fugaku-san en la ciudad podía sentir que algo horrible se avecinaba.
La determinación en mi interior ardió como nunca a encontrar ese CD y proteger a Sasuke de esa familia a costa de mi seguridad. Él no merecía pasar por más desgracias, ni ahora ni nunca más. Si podía retribuirle todo el cariño y amor que me dio desde que nos conocimos, lo haría de esta forma. Obteniendo el único medio que los salvaría de las garras de los Hyūga.
Dejé todo y comencé a moverme más meticulosamente por las habitaciones. Hinata se quedó a terminar de revisar los cajones de Kizashi. Me fui a la de mamá, pero estaba vacía. Regresé a la que era mi habitación que se encontraba en las mismas condiciones. Fui a la planta baja, nada. No había indicios ni un compartimiento secreto que pudiera dar un lugar oculto.
Escuché los pasos de Hinata, cuando volteé se encontraba en medio de las escaleras negando con la cabeza.
—Nada en el baño.
Solté un grito lleno de frustración.
—¿Dónde demonios se encuentra esa caja? —refunfuñé admirando a mi alrededor—. No quiero pensar que ya se la llevó.
—Si dices que está oculto en esta casa, podría ser en... —Ensanchó los ojos a la par que yo, al parecer pensamos lo mismo.
—El suelo —dijimos al unísono.
Subimos corriendo las escaleras y nos precipitamos por el pasillo. Nos quedamos observando un momento las habitaciones, indecisas en cual ir.
—Piensa un momento, Sakura —me dijo seria—. En esta casa ¿cuál es el lugar menos probable que Kizashi pisaría?
—En mi habitación —Ni siquiera dudé al decirlo.
Hinata asintió como si conociera la respuesta.
—Vayamos primero a tu habitación.
Por supuesto. Si la escondió en un lugar en que nadie sospecharía o creería que jamás estaría esa sería una de esas habitaciones, en especial la mía. Me odiaba a morir.
Nos dejamos caer de rodillas y estuvimos golpeando sin parar el suelo, mis rodillas se entumieron así que gateé hasta debajo de la cama intentando llegar al lugar más recodito cuando mis nudillos dieron con el espacio hueco que estaba buscando.
—¡Lo encontré! —por la emoción me levanté olvidando por completo que estaba debajo de la cama y me llevé un buen golpe— ¡Rayos!
Fui jalada por las piernas hasta salir debajo y observé a mi amiga desde arriba que enarcaba una ceja y negaba con la cabeza, intenté no soltar un bufido.
Jalamos a cuestas la cama dejando al descubierto el lugar dónde estaba el espacio hueco. Descubrimos una tabla sobresaliente y la alcé revelando lo que era el indicio de una caja de metal grueso. Hinata tiró con fuerza la demás madera hasta que estuviera descubierta la caja por completo.
Y ahí estaba, una caja fuerte de dimensiones grandes y de aspecto grueso. Con las teclas numéricas brillando y la manija para abrirla. Obviamente no sería nada fácil conseguirlo.
—¡Sigue aquí! —exclamó Hinata. La miré emocionada y aliviada—. ¿Alguna idea de cuál sea la contraseña?
Saqué de mi bolsillo la hoja que me dio mamá y la agité a su dirección sin dejar de observar la caja.
—Tengo algunas sugerencias.
Ingresé la primera esperando a que abriera, se negó emitiendo un sonido y el tablero luces rojas. El segundo ocurrió lo mismo, consecutivamente hasta que llegó a frustrarme. Nada funcionaba, ni el cumpleaños de mis hermanos ni de mamá ¡ni siquiera el de él!
—No creo que sea tan obvio para poner la fecha de un nacimiento —objetó a mi lado un tanto frustrada, las dos nos miramos con esa misma expresión de fastidio.
—A menos que sea el mío —dije irónica.
—Mmm... veamos —Hinata extendió su mano y tecleó mi fecha de nacimiento.
Para nuestra incredulidad, emitió un sonido y las teclas relucieron a verdes. La rendija se movió dando indicio de que yacía abierta. Volvimos a mirarnos sin caber de la impresión.
—No lo creo.
Me abalancé a jalar de la manija revelando el interior. Me topé con fajos de dólares, efectivo reunido que jamás imaginé ver. Maldito de Kizashi, si ese dinero nos lo hubiera dado antes el tratamiento de mamá hubiese dado más resultado.
Centré toda mi atención en las escrituras de la casa, yacían intactas junto a una bolsita transparente que contenía un USB morado y varios tickets arrugados, pero ningún rastro de algún CD. Saqué esas pertenencias mientras escuchaba a Hinata silbar ante la visión del efectivo.
—Pero mira nada más cuanto dinero mal habido —comentó inclinándose a inspeccionar, sin llegar a tocarlo y luego se giró a mi expresando su interés por los objetos que tenía en mis manos—. ¿Eso era lo que buscabas?
—No precisamente, pero puede servir de algo. —Le di la vuelta al USB notando que tenía una cinta pegada y un nombre borroso que no se distinguía—. Ya tenemos lo que queríamos, vámonos.
Bien. Tenía en mi poder los documentos de la casa, unos tickets que parecían ser de pagos, tal vez los guardaban porque eran muy importantes y un USB. En secreto guardé la esperanza de que lo que sea que estuviera en el CD hubiese sigo importado al USB.
—Espera, espera. —Me detuvo en cuanto me puse de pie—. El gorila de allá afuera no se quedará conforme si le decimos que no encontramos nada ¿Qué tal si le llevamos esto? —Señaló el efectivo.
Lancé la bolsa negra a los pies del yakuza de pie frente a su automóvil. Lo miré con ojos letales devolviéndole aquel gesto duro que siempre me profesaba.
—Dile a tu jefe que es todo lo que encontré —le dije esperando engañarlo. Me escaneó de pies a cabeza y le alcé las manos en son de que no tenía nada más—. Son dólares y retrasos de periódicos viejos. ¿Qué? —espeté al ver que se acercaba.
—Tengo que inspeccionarte, si ocultas algo...
—Tócame un solo cabello y recibirás un golpe en tu parte baja —advertí sombría casi al tenerlo encima. Me lanzó una mirada envenenada y yo se la devolví con creces—. No soy tan estúpida para arriesgarme. Dejemos eso en claro.
No me respondió y tampoco lo esperé, me dirigí directo al automóvil estacionado varios metros lejos. Interfirió en mi visión una especie de partícula blanca que conocía demasiado bien, seguido de varios copos de nieves que fueron cayendo lentamente. Detuve mi andar y contemplé en silencio el comienzo de la primera nevada del año.
Tan pronto el frío heló mis huesos, me arropé más con la bufanda y estiré mi mano desnuda para atrapar un copo que se deshizo ante el calor de mi mano. Los inviernos en Konoha eran helados. Tendríamos que salir del pueblo pronto si no queríamos quedar atrapadas en la nieve, aunque quizás no estuviera tan drástico el clima para impedirnos viajar.
Sin embargo... esta sensación de frío me trajo recuerdos del año anterior. Dónde miraba por la ventana de mi habitación la primera nevada y dibujaba una carita feliz en la ventana después de impactar mi aliento; todo en un intento desesperado de no sentirme fatal al tener que ocultar los moratones de mis hermanos mayores.
Ya nada tenía sentido. A diferencia de aquella vez, el vacío de mi pecho y la soledad en que me sumergía era más brutal, mi deseo desde que conocí a Sasuke fue que viéramos la primera nevada juntos. A él le gustaba mucho el invierno y anhele ser participe de su estación favorita. «Veamos juntos la primera nevada del año» dije en su momento, una promesa que no pude cumplir y me llenaba de mucha tristeza.
Cerré los ojos procurando contener las lágrimas que amenazaban mis ojos a cada instante. Estimando lo que sucedería a partir de ahora, en que regresara a casa y enfrentarme a mamá. Me hallaba agotada mentalmente ¿lo soportaría? Por un instante deseé quedarme toda mi vida en el pueblo, sin preocupaciones, lejos de todas las amenazas.
Bien. Si me era imposible quedarme para siempre, unos días no vendrían mal ¿verdad? Después de todo tal vez sería la última vez que estaría aquí.
Entre mis pensamientos volví con Hinata montándome en el asiento del copiloto y de reojo observé las cosas en el asiento de atrás. Hacer que Hinata manejara hasta Konoha cuando no habíamos dormido nada en toda la noche no era una idea esplendida que digamos y la idea de permanecer unos días en el pueblo no sonaba nada mal.
Reuní mi paciencia y tolerancia.
—Vayamos a casa de Kiba. —Pedí colocándome el cinturón, intuí su sonrisa—. Sigue derecho, te diré por dónde ir.
Sasuke
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El sonido del piano inundaba la habitación, no escuchaba na da más allá con el único espectador sentado a un lado entretenido con la carnaza que le di a fin de que no me distrajera. Pensando una y otra vez como sincronizar y dar sentido a las notas, deteniéndome de vez en cuando para anotar en las partituras y volviendo mis manos a las teclas.
Sonidos agudos, sonidos graves. Los entrelacé en mi mente para que dieran sentido. Tan concentrado me hallaba que no sentí la presencia detrás de mi hasta que Hunter lanzó un alarido y se levantó directo a mamá. Giré la cabeza descubriendo su sonrisa modesta.
—Perdona, te distraje —se disculpó.
Negué con la cabeza, pero me apresuré a agregar:
—No, está bien. ¿Necesitas algo?
Sabía que el escucharme hablar le alegraba demasiado. Esbozando la sonrisa de antaño, se sentó a mi lado, me recorrí para que estuviera a gusto.
—Nada en especial. Escuché el piano y supuse que estabas componiendo alguna pieza —comentó mientras veía la partitura con ojo analítico.
No pude evitar que mi semblante decayera un poco al saber el motivo que me impulso hoy a sentarme frente al piano y plasmar la melodía que llevaba rondando por semanas en mi cabeza, volviendo el día anterior en que vi a Sakura, pero el miedo me detuvo antes por rememorar recuerdos nostálgicos y que desquiciaran.
—Es por ella ¿no es así? —me preguntó comprensible.
Sonreí por debajo.
—No es mentira cuando dicen que las mamás leen las mentes de sus hijos —me quejé sin negarlo.
Desde ayer que la vi después de estos meses se abrió una batalla interna dentro de mí, pensamientos que me gritaban que no valía la pena pensar en Sakura y debía continuar mi camino lejos de su presencia, de sus recuerdos.
Sin embargo, la parte sentimental me frenaba y me hacía dudar ¿en verdad le guardaba tanto rencor para querer olvidarla? A pesar de lo que me dijo, del daño que ocasionó en mi, cierta parte de mi corazón seguía reservado para ella.
Lo cual me resultaba fatídico y ardía en furia ¿Cuándo se irían estos pensamientos? Consideré qué lo estaba pensando mucho, y tras ver el piano por el pasillo, vino la idea a mí: quizás externando mis sentimientos mediante una melodía podría arrancar por completo mis sentimientos.
Pero entre más lo pienso, más miedo me da. Porque en el fondo yo...
Me distrajo la pequeña risa de mamá, poniendo las manos sobre su regazo y sin dejar de mirarme continuó hablando.
—Es un método desgarrador si me lo preguntas, de cómo intentar olvidar la persona que amas —Siguió diciendo acariciando las teclas con sus delicados dedos. Viré el rostro a ella, sonreía nostálgica—. En vez de olvidarla la recuerdas mediante una canción.
No respondí, simplemente seguí absortó en mis pensamientos.
—¿Sigues queriéndola?
Una pregunta que me aterraba responder.
—...
Me encogí de hombros y fijé mis ojos por la ventana. La nieve se acumuló en el patio trasero y el frío apenas se colaba a la habitación gracias a la calefacción. Pero no perdí de vista la nieve, tantos recuerdos fatídicos y una promesa rota que jamás cumplieron.
Regresaré antes de que la nieve se derrita. La persona que una vez fue mi héroe.
Veamos juntos la primera nevada del año. La chica cuyas sonrisas iluminaban mis días.
Ciertamente no todas las promesas se cumplían.
—¿Sabes? No me deshice del piano porqué quería recordar de alguna forma a tu padre —su confesión me azoró. Levanté de sopetón el rostro, admirando sus dedos detenerse y contraerse de pronto, dejándolas sobre las teclas—. Cuando nos casamos le compuse una canción, me aferré a ella con la esperanza de que algún día la volviera a escuchar.
Y sus manos se movieron por si solas sobre las teclas, emitiendo una melodía tan nostálgica y que oprimía el pecho, pronto reconocía la melodía. En las noches en que nadie parecía prestar atención, se colaba en nuestra habitación una melodía nostálgica y arrulladora. Itachi decía que esa era la canción de nuestros padres, y siendo un niño, me gustaba imaginar que con este cantico lo llamaba a que volviese.
Pero ahora, el sólo escucharla me obligaba a recordar mis días antiguos, donde era feliz a lado de esa chica de ojos hermosos en el que veía el universo entero y sonrisa ingenua, amando su despiste y el coraje con la se enfrentaba al mundo. Su valía en resistir el dolor. Sus gentiles manos acariciando mi rostro, sus labios uniéndose a los míos y las manos entrelazándose entre sí, transmitiendo la calidez de la que carecía, brindándome la fuerza y el aliento a encontrar motivos para ser una mejor persona. Amando estar a su lado.
Extrañándola.
La extraño.
—¿Aún amas a mi padre? —pregunté cuando se detuvo y nos quedamos un momento en silencio.
Me miró con poco afectada, pero comprensible a mi pregunta. No sólo lo hice por curiosidad, le preguntaba que sí después de todo lo que hizo aún lo amaba.
—No lo sé con certeza —respondió sincera—. Pero creo que es parecido al aprender el piano: una vez que sabes lo que es el amor, jamás lo olvidas.
Comprendí entonces porque mis sentimientos parecían haber montado una fiesta en la acera de mi mente desde ayer que apenas la visualice desde lejos ¿que sería de cerca? No quería aferrarme más a su recuerdo, no cuando Sakura no quiere verme porque le daba asco mi presencia, matando la posibilidad de regresar a su lado.
Una chispa se encendió al pensarlo. ¿Cómo reaccionaría si me escuchase hablar? La retorcida sensación de que se arrepentiría y lo lamentaría me impulsó a querer llamarla, aun conservaba su número, en estos meses no tuve el valor de borrarlo. ¿Seguiría diciendo que estuvo conmigo por la maldita lástima por ser mudo?
Hunter salió corriendo por la puerta, ladrando sin parar alertándonos de que alguien tocaría la puerta, segundos después se escuchó el timbre. Nos miramos y reímos rompiendo los amagos de tristeza de ambos.
—Deberíamos quitar el timbre, Hunter es más que suficiente —dijo con la mano en su boca.
Entorné los ojos.
—Es demasiado escandaloso.
—Iré a ver quién es.
Mamá desapareció por el pasillo justo cuando Hunter venía de regreso. Aproveché a engañarlo con el pedazo olvidado de carnaza y encerrarlo en la habitación, comenzó a lloriquear.
—Estate quieto, Hunter —le ordené severo. Aún no se acostumbraba del todo a mi voz, por lo que me sorprendió que hiciera caso, pero no tardaría quieto por mucho.
Bajé rápidamente por las escaleras y me adentré a la cocina en busca de más carnaza para distraerlo. Fue cuando escuché la puerta azotarse y luego ser abierta, me enderecé y fijé la vista en el espejo que reflejaba parte del pasillo.
Desde mi posición podía ver parte del pasillo y sala del lado lateral sin ser visto. Iba a salir a ver que estaba ocurriendo cuando por el espejo apareció un rostro que pensé que jamás volvería a ver.
—¿Padre? —murmuré.
Una presencia acercándose y el silencio lúgubre en la casa. Mi cuerpo tenso no se atrevió a moverse, mi pecho subía y bajaba tan agitado, como si hubiese corriendo un maratón.
Mi mente echa un caos intentando colapsar, haciendo de las suyas impidiendo las órdenes que daba a mis pulmones de respirar con normalidad y mantenerme sereno, pero, demonios ¡era tan difícil!
—Mikoto. —Incluso escuchar su voz me parecía tan lejano. E imaginar lo que estaría sintiendo mamá en estos momentos me traía desesperación.
Pero mis piernas no respondieron.
—¿Qué haces aquí, Fugaku? —Y la de mamá parecía fuerte e infranqueable, pero reconocí su nerviosismo y temblor—. No, más bien ¿por qué regresaste después de tantos años? ¿Acaso no tienes vergüenza?
Permanecí con la vista clavada en el espejo, ansioso y a la ver temeroso. Tantos pensamientos bombardeando. Apreté por inercia la carnaza entre mis manos.
—Vine a... verlos ¿cómo está Itachi y... Sasuke? —Incluso la voz de Fugaku parecía tan pasiva y temblorosa.
Que ironía. El mejor abogado del país con un léxico increíble sacando los mejores argumentos solamente puso decir esta patética excusa.
De pronto la ira bulló desde lo más profundo de mi interior ¿cómo se atreve? Mis piernas se movieron por sí solas para salir y enfrentarlo, sin embargo, una seña que hizo mamá muy disimuladamente y que llegué a captar «no» me obligó a quedarme estático, respirando profundo e intentar tranquilizarme.
Ella no quería que interfiriera, lo respeté por el momento.
—Los dos están bien. Han sabido sobrellevar tu abandono. —Tales palabras incluso a mi me pegaron como un látigo, imaginar lo que debía sentir padre...—. Ahora que lo sabes, te pediré que te marches.
Un pequeño silencio y una exhalación.
—¿Puedo ver a nuestros hijos?
—MIS hijos —recalcó demasiado la primera palabra— no se encuentran de momento en casa. Y ambos están lo bastante mayores para determinarlo y no es algo que debas tratar conmigo.
—Mikoto...
—¡No digas mi nombre!
El grito de mamá me alertó y vi su reflejo agachar la cabeza. Respingué, escuchándola llorar por fin. Apreté los puños con la sensación de que debía mandar a la mierda su orden e intervenir y echar a Fugaku por hacerla sufrir, estaba tentado en hacerlo. Mis nudillos se estaban poniendo blancos de tanto apretarlos.
—Por favor, déjame explicarme —pidió Fugaku tomándola de los hombros, pero mamá se zafó de su agarré sin contemplaciones.
—No quiero escucharlas, no me interesa saber dónde estuviste todos estos años. Ahora eres un desconocido para mi y no tengo porque escuchar falacias de tu parte.
—Sabes que no los abandoné por algo tan banal. Yo los amos a los tres.
—¡No hables de amor frente a mí, no cuando te fuiste y nos abandonaste a nuestra suerte! —explotó mamá acercándose a él para descargar su furia en golpes a puño en su pecho—. Me dejaste sola para cargar con todo ¿crees que fue fácil para mí criar a Itachi que pretendía ser maduro? ¿O a Sasuke con su discapacidad? Ambos eran unos niños, los dejaste atrás ¡especialmente al que traumaste con tus acciones!
Tragué grueso sintiendo las lágrimas en mi rostro al presenciar una escena tan dolorosa de mis padres. Del dolor reflejado en mamá y las lágrimas que fluían, de Fugaku no podía percibirlo ya que daba la espalda al espejo. Pero sus hombros tensos no mentían, debía carcomerlo la culpa.
—¿Tienes idea del dolor que pasamos? ¿Sabes... —su voz se ahogó— cuántas veces Sasuke se quedaba dormido en la puerta esperando a que regresaras y tenía que cargarlo de regreso a la cama para que no se resfriara? ¿Y de Itachi que soportó todos los prejuicios de los adultos que cargaban sobre él? ¿Cuántas veces crees que me arrepentí de tener el lado izquierdo de la cama vacía? ¡¿Tienes idea de ello!?
Fugaku estuvo inmóvil.
—No, por supuesto que no lo sabes —dijo con amargura Mikoto.
—Sé que al haberme ido no fue la mejor opción, pero era lo único que podía hacer para-
—No me interesa escuchar tus excusas. —Agitó la cabeza y comenzó a empujarlo a la puerta, Fugaku no puso mucha resistencia alguna—. Vete. No quiero verte.
—Mikoto, te lo ruego. Créeme, si hubiera habido otra opción yo...
Tuve que acercarme a la barra y mirar sobre ella. Mamá no lo dejo hablar, abrió la puerta y con las mismas lo empujó bruscamente, lo último que vi fue su espalda antes de que la madera obstruyera mi visión.
Fugaku tocó la puerta de nuevo.
—¡Ábreme por favor! Quiero explicarte lo que sucedió.
Fui acercándome poco a poco, mis pies pesaban como plomo y cada paso que daba mi garganta se cerraba cada vez más. Ver a mamá alejándose de la puerta mientras se negaba a escuchar me rompía el corazón, sobre todo porque se veía tan vulnerable. Tan humana.
En ocasiones se me olvidaba que debajo de mamá se encontraba una persona que sufría igual que yo.
—No me interesa ¡no vuelvas a poner un pie en esta casa! —gritó tan fuerte que casi se desgarra la garganta.
Llegué a ella y coloqué mis manos en sus hombros, esperando que mi gesto la tranquilizara. Ambos nos quedamos observando la puerta, y escuchando poco a poco los pasos de Fugaku alejarse y la sombra que se veía por la rendija desaparecer por completo.
Esperé unos segundos antes de adelantarme y abrir un poco la reja, dando un vistazo por la rendija ya no hallé a nadie. La cerré de inmediato y me giré a mamá para abrazarla, casi se deshacía. Debía confesar que me asusté al presenciar cómo se desmoronaba en mis brazos.
—¡Mamá!
Me dejé caer en la silla a lado de la cama de mamá mientras le ofrecía el té que ayudaría a calmar sus nervios y relajarla. Al otro extremo, Itachi se encontraba tomando sus manos y la miraba preocupado, un tanto contraído después de escuchar mi explicación de porqué mamá estaba alterada. Crispó tanto los labios que temí a que le desfiguraran.
—¿Estás bien? —me preguntó después, asentí a medias. Lo que yo sintiera ahora no tenía importancia. Lo que mamá sintiera sí.
Bebió a sorbos el té sin decir nada. Me senté en el otro lado, sin despegar la vista de sus manos temblorosas, hasta ahora no me percaté de que en su dedo anular yacía su anillo de matrimonio. En mi interior el remolino de emociones seguía girando, tan controversial que mis impulsos gritaban a que fuera en busca de mi padre para pedirle explicaciones; o simplemente abrazarlo diciendo que lo extrañé, o, por el contrario, reclamarle el dolor que provocó.
Un caos total. Mi cabeza palpitaba. Las ganas de enviar todo al carajo se hicieron presentes, logré controlarme al cerrar los ojos y pensarlo mejor. No era la mejor opción tener un ataque de ansiedad, conté hasta diez y respiré mejor.
Mantenerme sereno. No serviría de nada si mamá me veía alterado.
Después de que mamá lograra tranquilizarse y entregara la taza a Itachi, nos miró por un largo rato y tomó de nuestras manos, apretándolas suavemente. Sus ojos transmitieron muchas emociones, toqué su dorso y el nudo en mi garganta se intensificó.
—¿Te encuentras mejor? —preguntó mi hermano ansioso.
Mamá asintió bajando un poco la cabeza suspirando con fuerza.
—Mis niños, sé que el que haya regresado su padre es una impresión bastante grande después de casi diez años sin saber nada de él —comenzó a decir, su voz parecía débil, pero llena de serenidad. En un punto se quebró por completo—. Pero quiero dejarles en claro una cosa: los problemas entre su padre y yo no tiene porqué afectarles a ustedes.
Fruncí el ceño, desconcertado. No fui el único que se sintió así, puesto que Itachi arrugó la nariz y preguntó:
—¿A qué te refieres?
Mamá me miró de reojo y luego se enfocó en él.
—Fugaku quiere verlos, pero ya no son unos niños para que yo decida sobre ustedes —aclaró esta vez alterando la vista en ambos. No pude evitar desviar un poco los ojos tragando el nudo en mi garganta—. Si quieren o no, será decisión de ustedes, al igual si quieren escuchar sus explicaciones.
Explicaciones. A este punto ya sospechábamos cuales fueron sus razones. Los tres lo sabíamos, pero nos ocultábamos debajo de nuestro dolor y nos excusábamos a que ninguna razón sería válida para mitigar nuestro sufrimiento.
—No tengo porqué intervenir. Al fin y al cabo, es su padre y sé que lo extrañaron —extendió sus manos, acariciando nuestros rostros. Itachi tenía expresión desolada y yo di una respiración profunda.
¿Yo quería verlo? ¿Estaría preparado para escuchar?
—El asunto entre él y yo, repito, queda entre nosotros —no dijo nada más conforme a sus sentimientos, pero intuí que no era lo mismo siendo ella que fue su compañera de vida por muchos años y creyó en él como un hombre. Me vi reflejado un instante en esa posición con Sakura, pero tan rápido pasó por mi mente, se esfumó al escuchar a mamá—. Hagan... caso a su corazón ¿sí?
Nuestro corazón. ¿Por cuánto tiempo cedía a mis impulsos y terminé de la peor manera? Si acaso sirviera seguirlo, yo... haría infinidad de cosas.
—¿Cómo obedecerlo si me encuentro tan confundido? —cuestioné por debajo, apretando los labios en un intento de contener mis lágrimas. Sus siluetas eran borrosas. Saqué el aire entre los dientes—. Siento que... quiero correr detrás de él y abrazarlo, pero, por otro lado, no verlo nunca más.
—Te comprendo, hermano, siento lo mismo —apoyó él, sus ojos brillosos me miraron y pasó una mano en su rostro, riéndose entre dientes—. Ah, qué problema con los sentimientos.
Le di la razón en silencio. Las lágrimas silenciosas que amenazaron mis mejillas fueron limpiadas gentilmente por las manos cálidas de mamá, que me ofreció la misma sonrisa que me decía que todo estaría bien. Quise creerle, aún cuando nos acostamos a sus lados y nos abrazó como de antaño, sintiéndome ese chiquillo de ocho años que buscaba su protección en la noche ante la ausencia de nuestro padre.
Lo único que consideré en este momento, es que quizás valdría la pena dar una oportunidad a que este sentimiento de abandono se fuera transformando lentamente en algo más al experimentar la alegría oculta de mi corazón al ver de nuevo a mi padre.
Escuchar a mi corazón.
Me pregunté si era la mejor opción.
Quedarme en casa el día siguiente me pareció una tortura autoimpuesta. El encierro no ayudaba nada a mis pensamientos que me dirigían a la destrucción; despejarme parecía ser una excelente opción después de parecer león enjaulado en mi habitación.
Tomé las llaves de la motocicleta y el casco. Hunter me lloró, implorándome que lo llevara conmigo. Acaricié su cabeza en son de disculpa, pero en esta ocasión no lo haría. Por el momento necesitaba paz, Hunter me la daba, sin embargo, no estaba lo suficientemente centrado como para vigilarlo.
Anduve sin rumbo alguno por las calles de la ciudad, sin un destino en particular. Por inercia o simple casualidad me topé con el parque que traía a Hunter a pasar el rato, seguí de largo, impedir a toda costa todo tipo de lugares que me ligaran recuerdos de Sakura. Jamás olvidaré que aquí fue dónde nos conocimos de una forma bastante singular.
Permití que la sonrisa curvara mi rostro. Esa vez creyó que yo estaba sordo y no lo escuchaba, su monologo me pareció irritable en su momento, pero ahora que lo analizaba, fue tierna y un tanto divertida al hablar demasiado rápido.
Memorias que en ocasiones quisiera arrancar de mi mente y corazón, o pasarlas de largo, pero, por un instante mientras detenía la motocicleta para contestar la llamada entrante, me permití sentir nostalgia y cierto anhelo en regresar a esos días.
—¿Qué? —respondí en seco apenas visualicé el nombre.
—Era mejor la interacción cuando eras mudo —aludió Ryu desde el celular—. He regresado, veámonos. Necesito la información que has recabado.
Entrecerré los ojos peligrosamente.
—No soy uno de tus hombres y no tengo todo el día disponible, te lo puedo decir por aquí.
—Ven a la dirección que te envíe por mensaje —siguió diciendo ignorando mi queja. Lo percibí un tanto sospechoso—. Te estaré esperando, no tardes.
—Per- que maldito —gruñí molesto al descubrir que cortó la llamada. ¿Se creía con derecho a mandarme de aquí y abajo sin ninguna consecuencia? Me irritaba en ocasiones que fuera poco cooperativo y en vez de que él viniera a mí fuera viceversa.
Aspiré fuertemente antes de ponerme de nuevo el casco y leer el mensaje, a regañadientes acepté en reunirme con él. Así le pondría en claro ciertas cosas.
El restaurante al que me cito estaba situado en uno de los lugares poco recurridos de la zona, pero preparaban una deliciosa lasaña, sólo esperaba que me pagara con comida este favor. Me adentré por las puertas maniobrando el casco. Una joven rubia en la entrada de inmediato me sonrió, ese tipo de sonrisa insinuante, entorné los ojos, hastiado anticipando lo que vendría después.
—Bienvenido ¿tiene una reservación? —E incluso se acercaba más.
¿No conocía lo que era el espacio vital?
Disimuladamente retrocedí mientras escaneaba el lugar en busca de Ryu.
—Me están esperando —dije sin prestarle verdadera atención.
Desplacé de nuevo mi vista hasta dar en las mesas laterales. Un momento.
Un porte familiar captó mi atención. Giré completamente a la derecha, observando intensamente una de las mesas del fondo, pero no lo bastante lejos para reconocerlo. Madara estaba sentado de frente al recibidor, manos cruzadas y parecía sonreír, del otro lado, a espaldas mía, la figura de mi padre sentada, ladeando su cabeza dando el perfil haciendo que lo reconociera fácilmente.
No me percaté de que contuve la respiración, solté el aire por mi boca de poco en poco. Me fue imposible despegar la vista de padre, ninguno de los dos se había percatado de mi presencia lejana.
Consideré en retroceder y huir, mis pies tantearon y la chica me miró extrañada. Decía algo, no la escuché. Fue hasta que al voltear me topé con la figura de Ryu de pie, a un costado. Detrás venía Konohamaru custodiándolo, apenas le regresé el saludo asintiendo.
—Sasuke, tanto tiempo ¿dos meses? —saludó el pelirrojo a su forma. No pude responderle, estaba ocupado apretando la mandíbula y las manos de mismo modo. Me estaba conteniendo.
—¿Esto fue obra tuya o de Fugaku? —escupí revelando mi enfado.
Enarcó una ceja, lentamente desplazó su vista a las mesas y después a mí dirigiéndome una mirada un tanto indiferente, esas con las que competía a tregua. Afilé mi gesto ante su demencia fingida que no tardó en desmoronarse.
—Ninguno de los dos saben que estás aquí, me están esperando a mí —respondió solemne. Girándose a mí, visualizando de reojo el reloj en su muñeca—. Tienes dos opciones: dar la media vuelta y huir, siendo un cobarde que siempre has sido; o puedes seguir de largo y encararlo. No te preocupes si eliges la primera opción, únicamente nosotros dos sabremos que huiste.
Supo amargo el trago. ¿Cobarde? ¿Yo? Me reí en su cara sin contenerme, una sonrisa seca y sarcástica. El único cobarde entre los dos era él, pero no discutiría algo tan obvio.
Mis manos picaban, mi garganta se volvió nudo al observar las mesas. Tan cerca y a la vez tan lejos ¿Estaba preparado para enfrentarlo? Una parte de mí gritaba que no, que mejor era dar la media vuelta y alejarme; sin embargo, me cansé.
Me cansé de huir de mis propios problemas.
Me cansé de huir de mis demonios.
Me cansé de ser un cobarde.
Porque lo he sido, toda mi vida me acobarde en no enfrentarme a mi mismo o al recuerdo de mi padre, encerrándome en una carcasa de lástima y autocompasión, creyendo que esa era la única manera de sobresalir y enfrentar mi pasado. Pero estaba tan equivocado, demasiado; para enfrentar mis peores miedos y desafíos era ponérmelas cara a cara. Titubear, sí, pero hacerlo en convicción.
Ninguna preparación de por medio para pedir y recibir explicaciones me respaldaba.
—El silencio otorga —susurró Ryu suspirando. Se encaminó a las mesas dejándome en compañía de Konohamaru—. No es necesario que lo hagas hoy, pero te arrepentirás si mañana él se vuelve a ir.
Antes de poder pensar en lo que estaba a punto de hacer, me adelanté a él caminando a prisas, pasando de largo en dirección a uno de mis temores. Cada paso fue de plomo, pesándome más la conciencia.
A medida que me acercaba, Madara se dio cuenta de mi presencia y su semblante cambió radicalmente a una de sorpresa. Le dijo algo a padre que no alcancé a escuchar, pero de inmediato viró el rostro justo cuando llegué al borde de la mesa, observándolo fijamente.
No despegué mi vista de él detallando su rostro detonar impresión. Verlo de frente era muy distinto que observarlo a medias por medio de un reflejo. En verdad era él, en carne y hueso con las arrugas marcándose un poco más en el borde de sus ojos o estos más apagados; de un aspecto cansino por el pasar de los años. Portando una bufanda alrededor de su cuello a pesar de estar en calefacción, la sombra de la cicatriz asomándose por su mandíbula.
Conocía el origen de esa marca, desgraciadamente yo estuve ahí cuando se lo ingirió.
—Sasuke... —mencionó mi nombre y me pareció tan nostálgico poniéndose rápidamente de pie, sin saber cómo reaccionar ante mi presencia—. ¿C-Cómo...? —sus palabras murieron cuando Ryu llegó a mi lado—. Ryuichi ¿tú lo trajiste?
El susodicho ladeó el rostro.
—Él vino por voluntad propia creyendo en mis mentiras. —Ryu como siempre tan cooperativo—. Los dejaremos solos para que platiquen a gusto.
Hizo una seña a mi tío, que parecía anonado, pero no replicó. Se detuvo a mi lado, acercándose a mi oído mientras padre se sentaba de nuevo. Hablándome sólo para que yo lo escuchara:
—No seas tan duro con tu padre. Al igual que tú, ha sufrido demasiado al estar lejos de ustedes —me pidió y su voz detonaba su súplica.
Una vez que se fueron alejando, ocupé el lugar vacío frente a padre dejando el casco en la otra silla alargando el momento. Le sostuve la mirada, una que me abrumó por completo. Un sentimiento de añoranza y aflicción instalándose en sus pupilas que me eran difíciles de lidiar ¿qué reflejaban mis ojos en estos momentos?
Quizás rencor. Quizás dolor. No lo sabía con certeza, pero por los gestos de Fugaku no parecían ser las mejores emociones.
Carraspeó, un tanto incómodo a que sólo lo estuviese mirando.
—Me alegra verte Sasuke, has... crecido demasiado —comenzó a decir algo tan evidente, analizándome con esos ojos paternales llenos de amor—. Eres todo un hombre.
Entrecerré los ojos. El nudo en mi garganta se intensificó, apenas me contuve de que mi lengua expresara mi incredulidad.
No, corrección. No me contuve.
—Lástima que no estuviste para ver mi transición —respondí gélidamente, atentó al cuadro de sus expresiones al escucharme hablar, llenó de sorpresa combinada con alegría y alivio—. Te marchaste, nos abandonaste.
Aunque en un principio no era mi intención reclamarle, eso fue lo que justamente hice.
Agachó la mirada en un punto en la mesa.
—Me alegró tanto que hayas logrado hablar de nuevo. Siempre estuve preguntándome si pudiste recuperarte de... lo que sucedió, en todo momento pedía que pudieras hablar de nuevo, tenía fe en ello. —Apretó los puños sobre la mesa junto a sus dientes—. En verdad... es un alivio.
—Así te eximes de la culpa ¿no? Que conveniente de tu parte —solté sardónico. Elevó sus ojos a mí, abriéndolos de par en par—. Tu regreso me causa curiosidad —Me incliné apoyando los antebrazos sin dejar de mirarlo— ¿Qué pretendes? ¿Buscas una segunda oportunidad o sólo intentas redimir tus pecados?
—No busco redimir nada, sólo... —se quedó callado a mitad de su frase, aspirando con fuerza—. He regresado a proteger lo que amo.
—¿Proteger lo que amas? —Escuchar su razón me cabreó más, a tal punto que olvidé dónde me encontraba, dejando que mis sentimientos hablaran en vez de mi lógica—. Si realmente nos hubieras amado, te habrías quedado a nuestro lado o hubieras buscado otra manera de protegernos de quienes intentaban matarnos, pero no ¡tuviste que elegir el camino más doloroso!
Mi voz resonando en lo profundo de mi conciencia, llamando la atención en el restaurante. Siendo una persona que no disfrutaba de esto dejó de importarme de momento. Estaba más centrado en descargar mi dolor, mi frustración en palabras, haciéndole saber todo mi sufrimiento.
—¡Elegiste dejarnos a nuestra suerte! ¿Por qué? ¿¡Por qué lo hiciste!? —A este punto me había medio incorporado, exigiendo una explicación, una justificación a todo el daño que nos ocasionó su partida. No buscaba entenderlo, no aún.
—En ocasiones las personas desesperadas toman decisiones estúpidas e imprudentes si es para proteger a quienes aman —dijo sin moverse ningún ápice, sus ojos revelaron el dolor que le ocasionaron mis palabras—. Yo no pensé correctamente, mi desesperación pudo más, no quería que ustedes estuvieran en peligro, por eso...
Se tomó de la bufanda, quitándosela y revelando la cicatriz que permanecería de por vida en su cuello, un recordatorio de su pecado. Al igual que yo, ambos estábamos cortados por esa misma tijera, siendo diferentes las razones.
—Pensé que obedeciendo y desaparecer sería la mejor opción para su seguridad.
Permanecí en silencio observando la cicatriz de su cuello sin pudor, preguntándome cuanto valor tuvo que necesitar para infligirse un cortada así. Mi situación fue diferente, y por ese lado tenía razón: las personas desesperadas tomas decisiones estúpidas. Ciertamente yo lo hice, él lo hizo en su momento.
No existía otra verdad.
Intenté serenarme y calmarme, recordando que esta era mi oportunidad para saber lo que sucedió, desmembrar todos los secretos. No debía arruinarlo, sin embargo, los sentimientos me ganaban y batallaban en mi interior en busca de una salida y explotar. Me sentí mejor al sacarlo de mi ser, sí, pero ¿era lo que buscaba?
—¿Por eso te fuiste? ¿Para protegernos?
Lo sospechaba junto a Itachi desde que Ryu nos dio los retrasos de periódico, y estaba seguro que mamá tenía esa certeza. Tener esa suposición a escucharlo de frente era completamente diferente.
Asintió colocándose la bufanda de nuevo, vi su esfuerzo por hablar.
—Sasuke, sé que no he sido el mejor de los padre y seguramente me odias, no es para menos. —Por cómo lo dijo, tan resignado y desdichado, provocó en mí un sentimiento opresor y el nudo en mi garganta se intensificó—. ¿Estás dispuesto a escuchar mis explicaciones en un intento de obtener tu aceptación? No te pido que me perdones —Aclaró—, sólo... deseo que me escuches.
Sólo escucharlo. ¿Podría hacerlo? Mi silencio respondió por mí, mientras lo analizaba, le di la oportunidad de explicarse. Las dudas que me atormentaban durante las noches y las pesadillas que visitaban mis sueños obtendrían su respuesta. Me permití darle una oportunidad y ser objetivo con mi padre sentado frente a mí sumamente nervioso y contraído.
Ya no existía rastro de lo que fue, imponente y seguridad. Sí lo tenía, pero de una forma diferente. Emanaba cierta tensión.
—Dudo mucho que no lo sepas, pero hace años estuve involucrado en un caso con gran peso defendiendo la memoria de mi mentor.
—Jiraya, sí. Sé que lo defendiste con tus colegas: Obito e Izuna y que ambos murieron en accidentes —dije.
Asintió. El silencio de su parte dio indicio de que retomaba valor o buscaba las palabras correctas. Cruzó las manos sobre la mesa, clavándome fijamente sus ojos. Le sostuve el gesto aparentando seguridad, pero por dentro temblaba.
—Debo suponer que también conoces quienes son los Hyūga.
Tensé los brazos. Hyūga. ¿Cómo no conocerlos?
—Lamentablemente.
—Ellos fueron los responsables de su asesinato, jamás se comprobó ya que buscaron la forma de desacreditar las pruebas. —Hablaba más bajo, de modo que me obligó a afinar mi oído y prestarle mucha atención—. El caso que se reabrió después de un tiempo, se cerró. Pero mis colegas y yo éramos peligros potenciales ya que sabíamos demasiado, así que los mataron y encubrieron todo. En mi caso, dejaron que yo mismo acabara con mi vida.
Las imágenes de ese día pasaron por mi mente sin piedad. Transportándome al momento justo en que crucé la puerta de la casa y lo vi desangrándose. Pocas veces me permitía retomarlo, pero ahora conociendo la otra perspectiva, no acudió a mí la familiaridad del estremecimiento o ansiedad, más bien, intenté comprender sus acciones.
—Días después intentaron asesinarme, Ryuichi intervino salvándome la vida. —Ladeó su cabeza en una señal de rendición, lo tomé a un acontecimiento que le perjudicó.
—¿Tuvo un motivo en especial para hacerlo? —Conociendo a Ryu como lo hacía, quiso algo a cambio.
Fugaku soltó una pequeña risa, como si recordara algo.
—Ryu es engañoso en el sentido de que no deja que veas sus verdaderas intenciones. Dejémoslo a que él me salvó la vida a cambió que en un futuro le ayudara a derrocar a los Hyūga. —Entrecerró los ojos—. Los Hyūga me dieron por muerto y yo tuve que desaparecer, con la esperanza de que volvería a verlos algún día. Sabía que no sería fácil, nunca lo fue.
Permaneció encorvado y titubeante. Como si esperara a que lo atacara con palabras y reproches ofensivos. Me encontré analizando los hechos, sumándolos con los que ya sabía, mi mente liberándose y mis emociones jugando en mi contra. Apenas me contuve en soltar un suspiro liberando la tensión de mi cuerpo.
Padre no se fue porque me tenía repulsión. Desde que lo descubrí tuve esa duda, pero mis sospechas por fin son confirmadas.
—¿Dónde estuviste todos estos años? —le pregunté. Una duda que me carcomía personalmente.
Se removió en su lugar, incomodo. Percibí que no era una respuesta que quisiera responder y me debatí si insistirle o no, pero no hubo necesidad de pensarlo; él suspiró largamente y se inclinó un poco, como si no quisiera que nadie más se enterara.
—È bello non essere bravi —pronunció. Fruncí el entrecejo al no comprender—. Es el nombre de la clínica psiquiátrica ubicada en Italia dónde estuve durante cinco años.
Clínica psiquiátrica.
Se me revolvió el estomago y la impresión no cupo en mí, ensanchando los ojos a la vez que me quedaba sin palabras. ¿Estuvo dentro de una clínica? Las palabras de Madara cobraban más sentido ahora.
—Fue difícil vivir sin ustedes. Pasé años trastornándome día y noche, pensando que en cualquier momento les harían daño, pero tenía que aprender a confiar de que estarían a salvo. Madara me ingresó con mi autorización, me diagnosticaron trastorno por estrés postraumático. —Apartó su vista de mí, avergonzado de revelarlo—. Quería estar bien cuando los volviese a ver, por eso lo hice. Iba y venía de la clínica entre altas y reingresos, hasta hace unos meses que me dieron alta definitiva. Tuve que ser paciente a esperar a regresar.
—¿Todos estos años estuviste ahí? ¿Entonces tú...? —No encontré palabras exactas, la boca se me secó terriblemente. No sabía qué decir—. Huiste para protegernos.
Fugaku me dedicó una sonrisa triste.
—No intento justificar mi ausencia, más bien, quiero que sepas lo que sucedió. Siempre pensé en ustedes, centraba mi recuperación en ello. Aunque —se rio amargamente— quizás el desenlace no sea como imaginé, pero me siento satisfecho el haberlos visto una vez más en mi vida.
Lo escuché a medias. Siendo sincero, en este momento yo me encontraba más centrado en digerir la información que me fue confiada de sopetón, mirándolo sin prestarle atención. Intentando que el desosiego de mi alma no fuera externado de la peor manera. Mis manos en puño sobre mis piernas ardían, mi boca ardía, todo ardía de enojo, frustración, tristeza y culpabilidad.
Tantas emociones revolucionaban y me ahogaba en ellas.
—Te amo, hijo mío.
¿Cuándo fue la última vez que escuché esas palabras de mi padre? Elevé mis ojos tratando por todos los medios no ceder a mis emociones. Pero su expresión de devoción e infinito cariño quebranto mi alma.
—Y lamento haberlos herido con mi partida, ojalá las cosas hubiesen sido distintas.
Su ataque de afecto me tomó desprevenido. No pude soportar el escozor de mis ojos a punto de derramar lágrimas. Apretando los labios, me levanté de sopetón de mi asiento jalando el casco de la otra silla con la intención de partir, esperando que me detuviera. No lo hizo, aceptó mi despliegue y de reojo noté que agachaba la cabeza, afectado por mis acciones.
Mi mente era un revoltijo intenso. Un huracán que pasaba por las memorias pasadas y comenzaba a llevarse todo, devolviéndolo a dónde siempre tuvieron que estar. Pero, justo en este instante ese huracán se intensificaba y me hacía sufrir ante el derrumbe de mis viejas creencias.
Partí del restaurante buscando un lugar despejado dónde pudiera pensar con claridad. El único lugar que pude visualizar y llegar fue al mirador que consistía en la única playa de la costa, situada del otro extremo de la ciudad. Fue un milagro que llegara en una sola pieza y sin haber atropellado a nadie.
Anduve otro tramo entre las pocas personas que caminaban por la orilla. Fui al otro lado por la que brillaba de ausencia de curiosos. Dejando el casco sobre el asiento y alzando la vista, observé el cielo de un color peculiar, haciéndome soltar una risa. El cielo estaba particularmente de un color rosado combinado con naranja y azul al fondo, difuminándose en lo último del infinito mar. Recordándome al hermoso cabello de Sakura, aún en las pequeñas cosas ella estaba presente de alguna forma.
El aire fresco inundó mis pulmones en cuanto aspiré con fuerza, el sonido indescifrable de las olas a mi alrededor. El primer lugar que pensé fue este al que recurría durante los primeros años de la preparatoria a despojarme de mis dolencias, el agua se llevaba todo el dolor y jamás volvían. O eso pensé en ese entonces, sin embargo, siempre volvía con mis cargas y no entendía por qué.
Me pregunté las razones. Kakashi decía que admirar el mar era terapéutico. Y por más que lo mirara no lo descifraba, incluso ahora en que mi cabeza estaba llena de tantos pensamientos revueltos conforme a mi padre, mi familia y Sakura. A todo. Extender mis manos y atrapar la paz parecía fácil, pero no lo era. Quizás la paz era como el agua: se escurría entre los dedos.
Al igual que la felicidad. Yo decidía si tomaba partida en lo efímero e ignoraba lo eterno. En si creer o no, porqué la verdad ya estaba expuesta. Sabía que padre no se fue porque me despreciara por ser mudo, más bien, para protegernos de las consecuencias de sus actos, aunque eso significara herirnos.
Pensé en todo lo que sucedió en mi vida a partir de ese momento. El sufrimiento que me impuse al negarme a los avances, de las veces que lloré y me autocompadecí de mi discapacidad, negándome a aceptarlo porque mis esperanzas estaban puestas, muy en el fondo, a hablar de nuevo.
De los actos impulsivos que me llevaron a intentar suicidarme al pensar que era la mejor opción para dejar de sufrir, cuando en realidad, en vez de ir por la vía fácil, pude haberme esforzado más dando la milla extra, sobreponerme y convencerme de la verdad que siempre estuvo frente a mí y estuve ciego. Me ganó mi desesperación, mi dolor, mi tristeza y mis propias pesadillas al estar convencido de que la única figura paterna me tenía repulsión.
Toda mi vida fueron mentiras que me impuse para culpar a alguien y excusar parte de mi valía al permanecer con vida.
De pronto me asusté al verme en medio del mar de mis inseguridades, como un náufrago en la orilla de mis angustias; si todo esto era real ¿por qué seguían aferradas a mí tales emociones de agobio? Ya no quería cargar con ellas, ya acepté que una etapa nueva comenzó para mí al hablar.
Me sentí ligero mas no libre de las ataduras de mi pasado; se aferraban a mí, susurrándome aquellos demonios que representaban mis miedos, riéndose en mi cara, diciéndome que no lo lograría comenzar de nuevo. Que entraría al nuevo día en que me levantaría del polvo y me seguiría la sensación de que caería en lo mismo.
Abrí lentamente los ojos, alzando la vista a las nubes. Los pájaros surcaban el cielo, el viento pegando en mi rostro, llenando mis pulmones de aire marino y fresco, las olas llamándome suavemente, diciéndome que me libere de mis ataduras.
Las ataduras del pasado que me perseguirán por la eternidad si no hacía algo al respecto.
Miré mis manos, las pulseras de cuero que representaban mi pasado que escondía detrás. Las cicatrices que fueron el detonante en su momento de todo mi remordimiento y la desdicha; las representé así desde ese día y que no me di cuenta hasta ahora que lo pensaba con claridad y sin ningún impedimento de por medio.
¿Por qué las escondía en primer lugar?
Sí, por la vergüenza de que los demás lo vieran, cuando en realidad, era para ocultarlas de mi mismo. Verlas todos los días recordando mi cobardía.
No, debía recordarme a mi valía.
Las desaté de ambas muñecas permitiéndome observar las cicatrices en mis muñecas, no me aterraron, las acepté tal como son: un recordatorio de mi pasado que no debía olvidar, pero sí dejar atrás y no siguiera lastimándome. Enfrentarlo de una vez por todas.
Ojos húmedos, nudo en la garganta con los labios entre abiertos, alternando mi vista en el mar y las pulseras, apretándolas con fuerza. Era momento de despedirme de todas las emociones que me mantuvieron cautivo por tantos años.
Retrocedí unos pasos con decisión tomando impulso, enfocando la mirada al mar, respirando con fuerza comenzando a sentir el peso desaparecer de mis hombros, sintiendo una repentina adrenalina.
Entonces lo hice. Avancé y las lancé al mar, perdiéndolas de vista en el horizonte. Respirando frenético y sin poder creerlo, negué mientras pasaba las manos en mis cabellos, lleno de emoción y euforia por lo que me atreví a hacer. En verdad los tiré ¡me deshice de ellos!
Mi garganta se abrió sin contemplaciones y grité, desgarrándome la garganta, a diferencia de la última vez, mi grito se entrelazó con mi risa lleno de regocijo.
—¡Ya no soy un náufrago! —grité sin parar saboreando las lágrimas cayendo por mis mejillas hasta mis labios. Ahogando mis palabras en el viento y solamente él las supiera. Eufórico, como si pudiera bailar ahora mismo sobre mi angustia sin importarme nada—. ¡Ya no soy un náufrago!
Me sentí aliviado al despedirme de la vergüenza, caminando a través del dolor fuera del fuego hacía el mañana, enfrentando por primera vez mi verdadero temor: comenzar en lo desconocido.
Mis pulmones volvieron a respirar sin el peso que antes había en mi ser, sintiéndome esperanzado por primera vez en mi vida.
Como si hubiera nacido de nuevo.
POV'S NORMAL
TIEMPO ATRÁS
Una noche, mientras su mamá le arropaba para dormir, le contó un cuento muy extraño.
—Hace mucho tiempo un explorador español llegó a tierras extrañas en compañía de su tripulación a bordo de sus barcos a enfrentar una de sus más grande batallas, pero comprendió que sus enemigos los superaban en tamaño, su tripulación, llena de miedo temían al próximo enfrentamiento. Habían perdido la fe e incluso se daban por derrotados.
Él se mostró dudoso.
—¿Y entonces qué hizo el capitán? —preguntó. Su mamá terminó de arroparlo y se recostó a su lado.
—El capitán ordenó a su tripulación desembarcar en las tierras desconocidas y quemar los barcos.
—¿Quemaron los barcos? —se exaltó, sentándose de sopetón. Sus ojos ensanchados demostraron su impresión—. ¿Por qué lo hizo? ¿Cómo regresaran a casa sin los barcos?
—Si no te acuestas, no te diré —dijo la mujer divertida, inmediatamente el niño se metió de nuevo a las sábanas y esperó expectante a la respuesta—. El capitán reunió a todos en la orilla del mar, contemplado los barcos hundirse, les dijo: "Miren cómo se queman los barcos. Esta es la razón por la que debemos ganar esta batalla, sin barcos en los cuales regresar ¿cómo llegaremos a nuestros hogares con nuestras familias? Sólo hay un camino de vuelta, y es el mar. Así que, cuando regresemos a casa lo haremos de la única forma posible: en los barcos de nuestros enemigos".
El pequeño se quedó pensativo, mirando el techo de a habitación. Luego giró su cabeza a la mujer.
—¿Volvieron a casa? ¿Regresaron con sus familias?
La mujer sonrió, acariciando su cabello rojizo.
—Sí. La tripulación venció y regresaron a sus tierras en los barcos conquistados.
—¡Sabía que iban a vencer! Los conquistadores son geniales. —El niño se levantó de un saltó y dio un golpe al aire—. ¡Vencen cualquier obstáculo!
—Todos somos conquistadores, podemos vencer nuestros más grandes obstáculos —dijo la mujer sin dejar de divertirse con el niño. Que se acostó de nuevo a sabiendas que si seguía saltando lo regañaría.
—¿Soy un conquistador? —inquirió emocionado.
—Cuando seas grande, serás el mejor conquistador de tus propias batallas —aseguró dándole un beso en la frente a su hijo, ambos pares de ojos verdes se miraron mutuamente—. No lo olvides nunca, Ryuichi: eres un conquistador y quemaras tus propios barcos. No dejes que el miedo te domine y nunca pierdas la fe.
—No puedo esperar a crecer para ser un conquistador.
Observó a su madre sonreírle con mucho amor, acariciando su cabello y deseándole buenas noches. Dejó de aferrarse a sus mechones rojos, herencia de su madre que tenía un cabello hermoso similar el fuego intenso y ojos oliva como las hojas de los árboles.
—Dale un beso de buenas noches a Oyuki de mi parte.
—Yo se lo daré.
Ryuichi la vio desaparecer tras la puerta con la promesa de que su madre le daría las buenas noches a su hermana de su parte. No dejó de sonreír y pensar, ingenuamente, en las palabras que le transmitió su mamá, emocionado de que cuando creciera, sería uno de los mejores conquistadores del mundo.
Y así, durmió plácidamente ignorante a los caprichos del destino, y que, a la larga, se daría cuenta que el proceso para ser un conquistador no era precisamente un camino rotulado de flores, si no, precisamente un fuego abrasante que acabará con esas flores.
En el presente, Ryu se hallaba sentado detrás de su escritorio perdido en sus pensamientos. En ocasiones se quedaba mirando fijamente a la nada, sin ningún punto en particular. La única compañía siendo sus recuerdos de la época dónde fue feliz.
Aquel en particular, lo guardaba con añoranza al ser la última vez que su madre se vio feliz y radiante, arropándolo cual niño pequeño. Si cerraba los ojos, aún recordaba la sensación abrumadora que lo ataque, obligándolo a abrir los ojos y pensar que era una tontería encerrarse en sus recuerdos.
Se levantó de su asiento y se detuvo frente a la vitrina dónde reposaba las reliquias más preciadas de su clan, desde armaduras de antaño de samuráis hasta katanas y espadas de diferentes estilos.
En este tiempo era muy extraño que ellos portaran esa clase de armas, pero su clan jamás perdió la tradición o eso aprendió. La suya en particular, no fue mandada a hacer como era la tradición, no. Más bien, fue heredada. Su predecesor la antigua cabecilla del Clan se lo dio en su lecho de muerte, lo que lo hacía más especial ante los ojos de los miembros que quedaron, puesto que su antiguo jefe lo eligió como sucesor.
Lo sacaron de sus pensamientos cuando tocaron la puerta y mencionaron su nombre, reconoció a Juugo y le permitió el paso mientras regresaba detrás del escritorio y tomaba asiento.
—Ryu-sama —dijo Juugo mostro su respeto y se mantuvo frente al escritorio.
—Juugo ¿no deberías estar vigilando a Sakura? —cuestionó severo.
Esa niña le había traído particularmente dolor de cabeza. Creyendo que podía salvar a sus familiares ella sola en un asunto que involucraba a los Yakuza. Apenas volvió hace un par de horas a la ciudad y estaba pensando en serio intervenir, a regañadientes no quería que su hijo, y sus medias hermanas pasaran por una experiencia horrible, y que decir Mebuki. Su prioridad siempre había sido su seguridad.
—Precisamente, existe un inconveniente —dijo solemne.
—¿Inconveniente? —Enarcó una ceja.
—Sakura ha huido de casa.
Ryu dejó de mover el dedo que golpeaba la superficie del escritorio y frunció el ceño, alzando de sopetón la vista.
—¿Huyó de casa?
—Fue hace una hora. Salió corriendo del departamento y ahora se encuentra en casa de su amiga Hinata. El yakuza de los Hyūga la persiguió y dejé a Suigetsu vigilando en cautela —dio su informe sin dejar atisbar ninguna emoción.
Torció el gesto, pensativo.
—¿Hubo algún movimiento de los Hyūga?
Juugo negó con la cabeza.
—Al parecer no lo tomaron como una muestra de traición.
Una ventaja. Si Neji no veía conveniente que Sakura se alejara, podría actuar ahora. Ya se había alejado lo suficiente —y obligadamente— de su familia. Soportó toda su estancia en Italia para este momento, no se tentaría el corazón para ir contra los Hyūga para proteger a Mebuki y sus hijos.
Pero primero debía ser cauteloso y ver sus fichas.
—Prepara el auto. —Se levantó tomando el saco del respaldo.
—¿A dónde iremos?
El hombre se detuvo frente a la vitrina, ladeando el rostro para observar la única fotografía de su predecesor que existía.
—A abrirnos camino para ser conquistadores —respondió cruzando la puerta de su despacho.
¡Hola! ¡Hola!
-Deja pañuelos por aquí-
Antes que nada, quisiera comentar que este capítulo es uno de mis favoritos que esperé escribir la liberación de Sasuke y la relación con la canción. Si tuvieron la oportunidad de leer la letra y la compararon con la escena, encontraron ese significado. Esta escena representa la liberación de su pasado, de sus cargas personales, lanzó las pulseras como parte de su pasado para adentrarse a una nueva etapa como tal. Ya está listo para sanar conforme a su dolor, aún falta con Sakura, pero de aquí va avanzando con esa premisa.
Esta canción fue inspirada en la historia contada por la mamá de Ryu, un conquistador llamado «Alejandro Magno "Quemar las naves"» por sí tiene curiosidad pueden buscarlo así.
Por otra parte, Sakura a encontrado información valiosa que será liberada por fin, un USB con información tentosa y tickets ¿de qué serán? Mi reina está sufriendo y escapó. El próximo veremos el lado de Sakura y lo que le impulso sus acciones, su determinación está llamando, pero comenzará a ver que no puede salvar a todo el mundo.
Y Fugaku, ¿A quién se le confirmo la teoría? No había leído si alguien tuvo esa teoría. El enfrentamiento de Mikoto y Fugaku fue 💔💔💔
Y por último, me han preguntado porque Sakura, Sasori y Karin tratan de "usted" a Mebuki. Quiero aclarar que este es un rasgo característico de ellos a con Mebuki que la traten con ese lenguaje. Es una costumbre *risas*
¿Qué les pareció el capítulo? Espero que haya sido de su agrado y lloraran conmigooooo jajaja
Muchas gracias por sus leídos, estrellas y comentarios. Los aprecio muchísimo y me animan mucho para seguir. No me desvelo tanto ni siquiera por mi tarea.
En fin ¡muchas gracias por leer! Conforme a la actualización, estaré informando aunque sí: la próxima tardará más ya que debo actualizar Descendientes del Sol.
Cuídense, besos y tomen mucha awa
¡Alela-chan fuera!
