Nota: ¡Hola! Bueno, ya sé que tardo mucho en publicar, pero es que a veces esto cuesta mucho. He estado escribiendo cada día un poco este último mes y como consecuencia, con cerca de 8200 palabras, este es el capítulo más largo hasta ahora. Espero que merezca la pena para vosotras/os, queridas lectora/ es, el leer esta historia. A partir de ahora pasarán más cosas interesantes, cosas que yo misma he estado deseando escribir. Además de eso, me alegra ver todos vuestros comentarios del anterior capítulo y espero recibir algunas críticas constructivas por éste. Siempre se agradecen. En fin, muchas gracias a todo el mundo por ser tan paciente. ¡Gracias y a leer!

P.D: Como algunas .?docid=23158585In dijisteis, os cuesta seguir el hilo de la historia debido a cuánto tardo en publicar, así que os iré dejando pequeños resúmenes de los capítulos anteriores. Espero que esto solucione en algo el problema.

En el capítulo anterior:
Durante el postre, Hinata persigue a Neji hasta su habitación y terminan en una situación bastante comprometida. Sasuke sospecha sobre lo que hicieron en la habitación le informa a Hanabi sobre eso. Hinata cae enferma y es trasladada al hospital, donde le diagnostican una gastroenteritis viral. Hinata se reafirma en querer entrar en la profesión médica.


16. Infraganti

Miércoles

"Tres días en el hospital son suficientes" Se dijo Hinata aquel día mientras desayunaba. Estaba sentada en una cómoda butaca reclinable, pues estar tanto rato acostada en la camilla se le hacía ya insoportable. "No quiero pasar un cuarto día aquí".

La verdad es que ya se aburría de estar allí metida. Necesitaba trabajar, ponerse al día… ¡Quería hacer algo ya!

Las dos jornadas anteriores la visitaron más personas de las que creyó posible, entre ellas algunas compañeras de trabajo, Kakashi, un amigo de su madre que creía recordar de cuando aún era pequeña, su padre y Neji. Había agradecido las visitas, pero la verdad es que ella prefería salir de allí lo antes posible.

Quería volver a su casa y pasar allí lo que le quedaba de aquella enfermedad, pues sabía que había gente más grave esperando una habitación en planta. Ella, por supuesto, ya no necesitaba estar allí, pues con la alimentación adecuada preparada en casa, se recuperaría con rapidez. Se aseguraría de hacer razonar a su madre sobre todo aquello.

Irrumpiendo en sus pensamientos, la puerta corredera se abrió y el sonriente rostro de Hikari Hyuuga se asomó por ella:

—Buenos días —saludó, como lo había estado haciendo los dos últimos días desde que la ingresaron—, ¿cómo estás hoy, cariño?

Entró, dejó unas cosas sobre la cama y le dio un beso en la mejilla a su hija. Hinata tardó un poco en contestar:

—Respecto a eso, mamá... —habló con suavidad— Tenemos que hablar.

—¿Sobre qué, hija? —tomó asiento

—Pues sobre estar aquí más días —dijo Hinata, dejando el tenedor dentro del plato y mirándola—. La verdad es que ya me encuentro bastante bien y creo que sería buena idea dejarle esta habitación a otra persona más grave que yo.

Su madre la miró y la muchacha temió que no la dejara defenderse en su cometido por salir de allí lo antes posible.

—Pues qué quieres que te diga: no estoy de acuerdo con que salgas del hospital aún —contestó algo enfurruñada.

—Si no sabes si hacerlo, consúltale al médico que tiene que venir a verme en una hora —habló la otra, con intención de hacerla razonar—. Si me dice que no puedo irme, no me iré, pero si dice lo contrario, me encantaría dejarle esta camilla a otra persona que la necesitase más.

La verdad es que desde aquel día que la llevaron e ingresaron en el hospital, Hinata había notado a su madre bastante disgustada, y temía que no fuese sólo a causa de su enfermedad. Enseguida, la vio hacer una mueca de desagrado por su decisión, finalmente suspirando y diciendo:

—Está bien, pero si el médico dice algo sobre que aún no puedes irte, no te irás.

...

"¿Por qué no será ya viernes?" —se preguntó el subdirector Sasuke Uchiha desperezándose en la silla de su despacho. Bostezó largamente y se estirajó en su asiento como un cachorro perezoso.

Era miércoles y quedaban aún varios días para terminar la semana, por lo que no dudaba que estaría aún más cansado cuando llegase el Sábado. Normalmente no estaba tan abatido, pero es que últimamente tenía que llevarse el papeleo de la oficina a casa para consultarlo, y no estaba acostumbrado a ello. Falta de práctica, como le habría dicho su padre alguna vez.

Por supuesto, esperaba que este fin de semana no fuese igual al anterior, cuando uno de sus caros trajes había sido ultrajado por el vómito de una mujer, para más inri su prometida. Recordaba aún las risas de su mejor amiga cuando se reunieron al día siguiente en su despacho y se lo contó, risas de burla y pequeñas lágrimas a causa de las carcajadas. Qué asquerosidad, por dios.

Según le había dicho el padre al manifestar su interés en la salud de su hija, Hinata estaba aún ingresada en el hospital, con una gastroenteritis viral. Él le prometió que iría a verla aquel miércoles sin falta. Pero joder, es que eran las diez de la mañana y ya se le iba a hacer largo el día como para tener que ir luego a ver a la niñita. En fin, el trabajo era trabajo siempre.

Agobiado, cogió el teléfono, marcó y le habló directamente a una de las secretarias:

—Traeme un café solo, rápido, y no le pongas mucho azúcar o me dormiré —como aquel iba a ser un día estresante en sí mismo, alimentarse únicamente de algo que le mantuviera despierto no le pareció una mala idea.

...

Pasó al terminar la jornada, mientras Neji salía muy agobiado de la última de sus clases. Resultó que mientras iba caminando, una joven le siguió por la acera, corriendo casi sin resuello. Neji la dejó atrás, sin darle importancia, pero ya en el aparcamiento, subido al coche y con el cinturón puesto, se llevó un susto que sería difícil de olvidar para él: aquella chica, con la frente apoyada en la ventanilla del copiloto y los ojos bien abiertos. En cuanto se recuperó, abrió la ventanilla del coche, lo que ella aprovechó para abrir el pestillo de la puerta y sentarse en el asiento.

—¿Te he dado permiso para subir? —preguntó, alucinado.

—Oh, ahora eso no tiene importancia —le sonrió ella, acomodándose—. Eres Hyuuga Neji, ¿verdad? El primo de Hinata, ¿a que sí? —era una joven alta, delgada, de pupilas marrones y vivaces. Bastante guapa, sí, pero Neji no sabía qué hacía ahí, ¡menuda cara entrar en su coche así por así!

—Sí, lo soy ¿y tú quién eres? —respondió, cortante.

—Oh, no me he presentado: soy su compañera de clase, TenTen Ama —respondió vivamente—. Sólo quería saber qué le ha pasado, aunque me supongo que está enferma. Hace días que no viene a clase y me gustaría darle los apuntes para que estudiara mientras no viene.

—Pues no la esperes pronto: está en el hospital y no parece que vaya a salir pronto.

Enseguida, la expresión de aquella chica se tornó en una de preocupación. Si llega a saber que se pondría tan pesada después de sus palabras, seguramente se hubiese cosido la boca. Con insistencia, aquella amiguita de su prima empezó a hablar y no parecía querer callar, por supuesto.

—¿Qué le ha pasado, cómo está? —preguntó, diligente—. ¿Podrías llevarme al hospital para verla? Quisiera saber cómo está y llevarle estas copias de los apuntes —le enseñó una carpeta bastante gruesa—. Por favor, ¿podrías? Seguramente ella quiera estudiar, siempre se queda embobada en las clases de cálculo mientras escribe —la joven sonrió de nuevo, intentando convencerlo a pesar de que no le conocía nada (y menos).

Neji, desesperado y con dolor de cabeza, decidió que la llevaría sólo para quitársela de encima y también porque tenía que ir hasta allí igualmente para quedarse con Hinata un rato (a insistencia de Hikari, que estaba muy paranoica con eso de que su niñita se quedase sola en un hospital) y que su tía se fuese a casa a descansar, algo que no le vendría mal, pues llevaba allí desde la mañana.

—Bueno, vale, pero abróchate el cinturón y cierra un poco la boca —respondió él, malhablado y fastidiado porque aún le quedaba un largo trecho de no descansar aquel día.

...

Llevar una empresa tan grande como Hyuuga S.A no era algo sencillo y eso Hiashi Hyuuga, el actual presidente y director, lo sabía de primera mano. Años de duro trabajo para ganarse lo que ahora eran y tenían; años sin ningún progreso habían bastado para que su mente se llenase de ideas sobre lo que la empresa sería sin el mando de su padre. El ahora cabeza de familia recordaba aquellos tiempos, veinte años antes, como los más duros de su vida, trabajando y estudiando sin parar, esforzándose para sacar adelante a la, en aquellos tiempos, pequeña empresa de informática. Después de morir su padre todo cambió, quedándose él la empresa y todo el capital acumulado durante aquellos años. Con las ideas de aquel joven emprendedor, la empresa subió como la espuma: Hyuuga S.A se hizo enorme entonces, alcanzando todos los rincones de aquel país en ciernes.

En la actualidad todo era diferente y aquellos hechos se le hacían lejanos, lo cual agradecía. No le habría gustado volver a repetirlo. A pesar de todo, su empresa tenía que avanzar aún más: hacerse internacional era un paso que ya se estaba dando. Sasuke Uchiha, que no sólo estaba en su puesto por su cara bonita, era un gran colaborador y emprendedor: le había propuesto hacer su empresa internacional, quitándole la desconfianza por los extranjeros y mostrándole un gran mundo de posibilidades.

Relajado en su asiento, Hiashi buscaba algunos instantes de paz en su ajetreada vida. Soñaba con ver cómo sería la empresa con el hijo de su hermano sustituyéndole en algunos años y Sasuke casado con su hija en un corto lapso, siendo partícipe de todo aquello que estaba por venir. Imaginaba todo aquello como una realidad, porque quería creer que su sobrino aceptaría su oferta en poco tiempo y trabajaría con él al terminar la carrera. Y luego ya vendrían los nietos, la tranquilidad y una mujer joven como Hanabi a su lado. Y así hasta el fin de sus días, porque habría sido muy vano querer vivir para siempre.

Sin embargo, lo que él no sabía es que sus planes se iban a torcer en menos que cantaba un gallo.

...

Ya eran las cinco de la tarde. Todo estaba igual en el hospital, salvo que Hinata estaba enfurruñada y su madre rebosante de felicidad: aún se quedaría dos días más allí, ocupando un sitio que a su parecer no necesitaba. Según el médico, le harían algunas pruebas para descartar varias sospechas, así que tenía que quedarse allí sí o sí, hasta después de dos días. Recordó a su madre con los ojos chispeando de felicidad al oír la noticia, pero ella se quedó allí asqueada, pensando en qué haría un día más allí sin estudiar y pasando las horas en vano, sentada en una silla de la habitación sin casi poder salir.

"Maldita sea" —puso los ojos en blanco. Aquello de no poder hacer nada la estaba afectando de verdad. Necesitaba algo que hacer, algo que...

—¡Hinata—san! —mirando al techo como estaba, aquella voz no la sorprendió mucho, pero cuando miró, la reconoció al instante: mirada alegre, algo alta, cabello suelto...

—¿Tenten? —su compañera de al lado en cálculo, la que casi siempre la despertaba de sus ensoñaciones—. ¿Quién te ha dicho que estaba aquí?

La joven se acercó a su camilla y le habló amigablemente:

—¡Sí, soy yo, Hinata! —exclamó, con mucha alegría—. Me pone contenta verte bien —la abrazó impulsivamente—. Me ha traído tu primo, ¿no es genial? —sonrió, señalando a la persona que venía tras ella, en la que la muchacha no se había fijado mucho.

—Pu—Pues me alegra que hayas venido —Hinata sonrió tímidamente ante tales demostraciones de afecto—. No esperaba visita esta tarde.

—Bueno, te traía algo —le enseñó la carpeta con otra sonrisa pintada en el rostro:— Son los apuntes de estos tres días que has faltado.

A Hinata se le iluminaron los ojos de repente, viendo en aquello esa ocasión de "hacer algo" que había estado esperando. Neji, divisando la escena desde la puerta, se rió interiormente, con burla.

—Es como una niña —murmuró para sí, burlándose. Después se acercó a su tía y comentó—: No sabes lo insistente que ha sido esa amiguita de tu hija hasta que he accedido a traerla.

La mujer sonrió vivamente ante las palabras de su sobrino. Ciertamente, le gustaba ver a su hija tan feliz, y es que aunque fuese por unos simples apuntes, Hikari pensaba que cualquier cosa valía la pena por ver la sonrisa de Hinata.

—Sólo por lo contenta que está Hinata, creo que vale la pena —respondió, mirando a Neji.

—Si tú lo dices… —habló el susodicho, sin demasiado interés. Sólo por un momento divisó a ambas compañeras de clase charlando sobre los apuntes, pero decidió que no era algo de gran interés.

Dejando a Hikari un poco apartada, avanzó a pasos largos hacia la ventana y una vez allí retiró la cortina, observando el paisaje a través de ella: algunas nubes negras que al salir de la facultad no había visto, se posicionaban en el cielo, amenazando descargar todo su contenido por las calles.

—Creo que deberías irte yendo ya —habló bastante alto para que su tía le oyera, sin dejar de mirar por la ventana—. Va a caer una buena.

Hikari también se acercó a la ventana, viendo todo el panorama allí arriba. Arrugó el entrecejo pero no dijo nada. Tenten, la compañera de Hinata, curiosa por qué hacían aquellos dos en la ventana y viendo algo parecido a nubes de tormenta desde donde estaba, corrió a verlo mejor.

—¡Vaya! —exclamó, sorprendida— ¿Cómo se ha puesto el cielo así en tan poco tiempo?

—Bueno, entonces sí me iré yendo —empezó, recogiendo su bolso y su chaqueta—. Esta mañana he dejado el coche un poco lejos, y no quiero mojarme de aquí a allí.

Acarició brevemente el brazo de Neji a modo de despedida y fue hasta su hija, a la que dio un beso en la mejilla. Sin embargo, cuando iba a despedir de Tenten, ésta se le adelantó, preguntándole:

—Ah, señora Hyuuga, me lleva, ¿verdad? —llevaba una sonrisa pintada en el rostro y una alegría innata, así que, aunque Hikari no hubiese querido llevarla, se le habría hecho muy difícil decir que no.

—Claro que te llevo —estaba de buen humor—. Faltaría más.

—Adiós a los dos —se despidió Tenten antes de que ambas salieran por la puerta.

Y así, ambos primos se quedaron solos en la estancia.

...

Sasuke Uchiha había dejado el coche algo lejos y ahora caminaba directamente hacia la entrada del hospital, donde visitaría a su prometida, Hinata Hyuuga. Lo cierto es que había sido algo complicado el no irse directamente a casa por lo cansado que estaba, pero ya dijo que iba, así que sería algo descortés el no presentarse.

Subió en el ascensor pensando en irse rápido, pero cuando al fin llegó a la puerta, algo interesante le esperaba: la puerta corredera estaba entreabierta y por ella se oía una conversación que no dudaría en escuchar a escondidas.

"Estás muy insinuante con ese camisón". Esa era la voz de Neji Hyuuga, pero en un tono que no le había oído nunca.

Aquello fue suficiente para que Sasuke entrará en acción: como la rendija era demasiado pequeña como para ver algo, se sacó el teléfono móvil del bolsillo y encendió la cámara de vídeo, dándole al botón "play" justo cuando la tuvo bien posicionada entre la puerta y el marco. Por suerte, sabía cómo estaban puestas las camas porque obviamente estuvo allí antes visitando a otras personas, por eso estaba seguro que estaría bien encuadrado.

"Graba, graba, bonita. Veremos lo que sacas", se dijo, sonriendo y rezando para que aquello saliera bien.

...

Los documentos que Hinata analizaba contenían fórmulas y más fórmulas que, ya fuera por su enfermedad o por el estrés de aquel sitio, no lograba discernir. Enseguida cayó en la cuenta de que estaban solos: su primo mirando por la ventana y ella con los apuntes esparcidos por su regazo, mirándole a él. No es que estuviese muy cómo porque él se quedase allí, pero era algo sobre lo que su madre no le había dado opción: su primo se tenía que quedar allí con ella al menos hasta las doce de la noche. La chica sabía que aquello tenía relación con que era una desconfiada, por eso se lo perdonaba.

Sin embargo, estaba dividida, porque permanecer al lado de Neji Hyuuga sólo significaba una cosa: ponerse muy nerviosa. Aún permanecían frescos los hechos ocurridos justo antes de enfermar, tumbados en aquella cama y ella a punto de hacer algo de lo que se habría arrepentido. En su mente, sin embargo, siempre se preguntaba qué habría pasado si todas aquellas ocasiones hubiesen llegado a algo más.
Se negaba a admitirlo, pero empezaba a sentir un profundo deseo por el degenerado de su primo, y sus instintos se lo habían demostrado aquel último día...

Se descubrió observándole más de lo necesario y volvió rápidamente a sus apuntes, notando que ya no se le antojaban demasiado interesantes. Por más que intentó centrarse en estudiarlos, no hubo manera, ninguna operación salía, nada de nada. Bufó, exasperada… ¿Qué diablos le ocurría?

—Estás muy insinuante con ese camisón —oyó de improviso, sorprendiéndose por escucharle otra vez en aquellos términos.

Poco a poco, levantó la mirada: su primo la observaba como un halcón a punto de atacar a su presa, o al menos eso le pareció a ella, porque él no se movió de su lugar o cambió su expresión. Simplemente estaba allí, penetrándola con su mirada azúrea, haciéndola sentir como un animal asustado. Hinata se forzó a no acobardarse; él no iba a hacerle lo mismo de siempre. Esta vez, no.

—¿Qué pasa tan de repente? —preguntó, tratando de sonar normal—. ¿Otra vez con lo mismo, Neji?

Ambos se miraban ahora, él con intensidad y ella con algo de recelo. De nuevo, como en tantas otras ocasiones, Hinata no sabía a lo que llegaría aquella conversación. Neji simplemente se dejaba llegar, abordado por sus particulares obsesiones por centésima vez.

—Sólo pensaba que sería divertido hacerlo en un hospital —alegó, con la mirada prendida de ella, incitante—, aunque no para acabar lo que empecemos en casa, sino como algo fuera de lo rutinario.

A Hinata se le tiñeron las mejillas de rojo por las cosas que él decía. Su inseguridad ante él la llevó a cubrirse las piernas con la sábana, que hasta ahora mantenía por debajo de estas. No quería mostrar signos de malestar, pero él la ponía tan nerviosa que le era imposible actuar de manera coordinada.

—Otra vez no —habló con hastío—. ¿Crees que esto es normal?

Se juró que la próxima vez no llevaría camisones, sino pantalones para que él no pudiera acosarla de nuevo con su cuerpo y su mirada. Para su mayor nerviosismo, él se apartó de la ventana y caminó hasta los pies de la camilla. Ella apartó las piernas lo más que pudo, recogiéndose en la parte alta de la cama. Pensaba que, probablemente, si ahora la tocaba no podría deshacerse ni de él ni de sus propios deseos.

—¿Me tienes miedo, Hinata? —preguntó, con una sonrisa de medio lado, como casi siempre que le hablaba sobre el mismo tema—. El domingo pasado no me lo tenías, al contrario, estabas muy colaboradora.

—No me das miedo —respondió, vacilando un poco y evitando mirarle a los ojos—. Y yo no estaba colaboradora en ningún sentido.

La chica tragó saliva, apretujando más las piernas contra su pecho y aún sonrojada. No dejaba de preguntarse por qué sentía cosas tan distintas por la misma persona: por un lado, estaba aquel sentimiento de temor a que la siguiera tratando de aquella forma y por otro el deseo por él cada vez que la tocaba o le decía todas aquellas cosas. Con lo ensimismada que estaba, Hinata casi ni se dio cuenta cuando él rodeo la camilla y se apoyó en ella con ambos brazos. Del susto, casi se cayó por el otro extremo, pero Neji la agarró por el antebrazo y la devolvió a su lugar, dejándola más colorada que antes. Aquella mano masculina en su brazo la ponía muy nerviosa, más tambaleante que un flan. Necesitaba desasirse de ella como fuese, y así lo hizo, tan firmemente como pudo: se sentó a medias en la camilla y, con su mano libre, llevó sus dedos hasta los de su primo, aferrados a su brazo. Los fue despegando uno a uno hasta casi tenerlos todos fuera, pero después él volvió a cerrar la mano y se puso más nerviosa.

—¿Quieres parar con esto? —bufó, muy agobiada—. No te aguanto.

—Venga, eso no hay quien se lo crea, primita —ironizó, otra vez con aquella sonrisa tan suya.

A Neji le hacía gracia verla así, enfurruñada por no hacer caso a sus deseos, roja como un tomate e incapaz de mirarle a la cara. Con el forcejeo, un tirante del camisón se le había bajado y desde su altura, podía ver la línea que separaba ambos pechos. Estaba bien, pero no era suficiente: quería más. Más de toda ella.

—¿A qué juegas? —se rió, porque ella seguía intentando despegare los dedos— No vas a poder si yo no quiero, y de momento —se acercó a su oído por primera vez en aquella jornada—: prefiero mantenerte agarrada para que no te escapes.

Hinata volvió a tragar saliva, pensando en por qué las cosas debían ser así con Neji y lo que pasaría si alguna vez alguien llegaba a saberlo… Su estómago se sacudió levemente y notó algo de náusea venirle a la boca. Definitivamente, aquel estrés no le convenía en su recuperación.

Sin venir a cuento, su primo le apartó el cabello del cuello y sumergió allí su boca, haciendo uso de su lengua para sacarle un grito de sorpresa. La sensación de hormigueo recorrió su anatomía, yendo a centrarse en su punto álgido. Neji refregaba su mano libre contra su seno derecho mientras con la otra seguía asiéndole el antebrazo. Bajó después desde su vientre hasta su muslo con una larga caricia, agarrándolo con fuerza y aumentado su propia excitación, ya de por sí creciente.

Tan pronto como habían venido, las náuseas se fueron, dejando increíbles sensaciones en su lugar. A pesar de que se negara a vivir aquellas cosas con su primo, para Hinata, la sensación en su bajo vientre era deliciosa, casi como el paladear un exquisito manjar. El por qué de sentir eso era algo que aún no se explicaba, aunque creía no ser tan inocente como para no comprender gran parte del misterio que eran los deseos en su cuerpo. La anatomía baja de Neji se pegaba levemente a su espalda, dejándole a su imaginación una imagen sublime. Hinata sólo podía describir aquello como una de las cosas más excitantes que hubiese hecho. A pesar de todo, su mente tenía otras ideas que su cuerpo no, por lo que las palabras negativas no se hicieron esperar:

—Neji, no… —pronunció con debilidad, tratando de sonar veraz pero no consiguiéndolo—. No quiero hacerlo.

Probablemente por sus palabras, las comisuras de los labios de Neji se levantaron hacia arriba, dibujándole una sonrisa indecente. Ella, con la poca fuerza de voluntad que le quedaba, trató de bajarse de la camilla, pero su primo se lo impidió, aferrándola contra sí y presionando su hombría aún más.

—¿Lo notas? —pronunció contra su oído, apretando aún más su erección. Hinata cerró los ojos, notando una energía indómita recorrerla de arriba abajo, sin descanso, como una batalla entre el bien y el mal llevándose a cabo en su interior—. ¿Y aún así quieres dejarme así?

Hinata se mordió el labio intentando reprimirse. Seguía de espaldas a Neji, a muy poca distancia de su perdición, y si cedía sabía que no se lo perdonaría. Quería escapar de aquellos brazos pero éstos la atrapaban una y otra vez en sus intentos de escape. En aquel mismo momento, extrañamente, las manos de Neji dejaron sus muslos y se deslizaron por su cuerpo hasta llegar a su cabello, primero acariciando con suavidad y al instante siguiente agarrándolo con fiereza, dejando su rostro y su níveo cuello a la vista. Hinata viró el cuello hacia adelante y con su mano derecha forcejeó con su primo para que la soltara, pero éste, aprovechando el descuido, juntó sus labios con los de ella.

Fue un beso bastante poco estudiado, pero que desencadenó toda una serie de rápidas reacciones en ambos: Neji la agarró con más fuerza, y Hinata, con la poca cordura que le quedaba, forcejeó y consiguió apartar su cara de la de él.

—¿Por qué siempre te resistirás tanto? —sonrió, mientras Hinata aún intentaba separarse de él. La veía intentarlo con uñas y dientes. Aquellas enferma obsesión se acrecentaba cada día que pasaba y él no pensaba hacer nada por ello.

—Porque… esto no me gusta —respondió ella, sin resuello. Quería resulta al menos sincera—. Y también porque… no te aguanto ni un poco.

—¿Y quién dice que te tenga que gustar? —pronunció cerca de su boca—. No nos engañemos, Hinata, esto te encanta.

Hinata le odió por su necedad. Parecía muy seguro de sí mismo, alguien que creía estar por encima de ella, que la trataba como un simple objeto. Se preguntó el por qué de su propia debilidad hacia él, al no poder resistirse, aquella atracción que crecía día a día en ella. Ser tratada así por él era algo que odiaba con todas sus fuerzas, ¿pero qué hacía, cómo se defendía, cómo le hacía entender a Neji que aquello no estaba bien? Porque, a pesar de todo, él parecía no entender la gravedad de todo aquello. Su expresión cambió debido a sus pensamientos: del más puro esfuerzo a la rabia y el odio latentes aún en ella.

—Está bien, quizá me guste —admitió Hinata, quien ya no forcejeaba y le miraba directamente a los ojos desde muy poca distancia—, pero odio tu manera de hacer las cosas, como si yo fuera la única culpable de lo que te pasa… sea lo que sea.

Los ojos de Neji se tiñeron de rabia pero a la vez de algo de entendimiento. Sin embargo, no iba a aceptar aquellas palabras, por nada del mundo. Le iba a contestar, sin embargo, algo se reflejó en la habitación, mínimamente sí, pero ambos lo notaron: el flash de una cámara.

Sasuke Uchiha salió disparado por el pasillo en cuanto cometió aquella equivocación: al rozarse con la puerta el móvil, cambió de modo y sin querer se hizo una foto con flash. Maldita sea. Habría deseado seguir grabando para ver a qué llevaba todo aquello, pero aquel estúpido aparato lo había fastidiado. Aunque también le había dejado jugosas pruebas. Pasó más de diez minutos escondido en los baños, y cuando estuvo seguro de que no le descubrirían, se marchó del lugar.

Neji dejó lo que estaba haciéndole a Hinata para salir corriendo de allí en busca del culpable de aquella foto o lo que fuese. No había pensado ni por un segundo que pudiera pasar aquello. Ni siquiera estaba preparado. Como no encontró a nadie allí, miró en el lavabo y en varias habitaciones, pero ni rastro de ningún paparazzi. Cuando volvió, Hinata le miró algo asustada. Sabía muy bien lo que podría haber significado ese flash y estaba segura que traería problemas. Aunque decidió no mostrarse ansiosa o preocupada, su cara lo decía todo. Neji notó esto y no pudo evitar sentir algo parecido; después de todo, él se vería afectado también si aquella foto se distribuía por revistas o cualquier otro tipo de publicación.

—Jamás me había pasado esto —habló, por primera vez inseguro—. Si tu padre se entera, habrá un buen problema. Y por pésimo que suene, seremos los culpables, tú y yo.

Hinata se había sorprendido al oírle hablar así, sin embargo, no quería hablarle bien ni ser buena con él. Si alguien descubría aquello su madre se decepcionaría, y quizá su padre la echaría de casa. Y no sólo a ella.

—La culpa es tuya —giró la cabeza hacia el otro lado, ofuscada— Yo de ti iría al psiquiatra porque eso que te pasa conmigo no es normal.

—Pues entonces acepta de una vez lo que se ve a leguas.

—¿Y qué cambiaría eso? —ahora le miraba a los ojos y él no era capaz de apartarlos—. ¿Acaso pararías, qué harías con lo que me haces?

Él ni siquiera contestó. No lo admitiría, pero se había sentido extraño con la pregunta, más bien porque nunca había tenido en cuenta algo tan importante como eso. Por un tiempo, estaba tomando aquello como una diversión, pero una vez que ella cediese, ¿qué haría? Se quedaba en blanco cada vez que intentaba pensarlo, no tenía una respuesta clara a aquella pregunta.

—¿Qué quieres de mí, Neji? —la oyó preguntar. Se dio la vuelta y fijó sus pupilas en las de ella, tan parecidas en el color.

—Ni siquiera yo lo sé —fue su escueta respuesta.

—Entonces no me pidas eso —habló, seria—. Es algo que no podría hacer.

Después de aquella conversación, no volvieron a hablar. Hinata bajó la cabeza y Neji se centró en el paisaje tras la ventana, donde ya las primeras gotas de lluvia asomaban.

Sasuke llegó a casa de Hanabi sin importarle quién pudiera encontrarse allí. El paraguas se había quedado en su casa aquella mañana, por lo que ahora estaba empapado con el agua de la tormenta que había comenzado al salir él del hospital.

Estaba realmente ansioso por enseñarle ese vídeo y comentarlo con ella, pues sabía que le iba a encantar. No esperó al ascensor y subió directamente a su piso por las escaleras.

Llamó al timbre y enseguida su amiga, aún vestida como en la empresa, le abrió. Extrañada por verle allí, la mujer le preguntó:

—¿Qué haces tú aquí, no ibas a ver a tu prometida? —él no contestó, pasando directamente al comedor y sentándose en el cómodo sofá. Una vez así, suspiró y se puso a rebuscar algo. Hanabi cerró la puerta y lo vio, quedándose aún más dudosa sobre su comportamiento—. ¿Y qué se supone que haces, qué buscas?

No tuvo ni qué responderle cuando Sasuke le mostró un teléfono móvil. Hanabi empezó a pensar qué sería lo que él querría decirle, pero Sasuke sonrió abiertamente y le dijo:

—Tengo que enseñarte algo muy jugoso. Tanto que te va a encantar.

Hikari llegó a casa cansada y subió a la habitación. Preparó algo de ropa, entró al baño y se desvistió; abrió el grifo y se sumergió bajo el chorro de agua caliente. Aquello estaba de maravilla. Procurando relajarse, lavó su cabello y su cuerpo, aclarándose y saliendo de la ducha.

Se secó y cuando aún se estaba vistiendo, empezó a sonar el teléfono en el piso inferior. La mujer salió del cuarto y corrió escaleras abajo. Cuando lo cogió, esperaba a cualquiera menos a él:

—¿Quién es? —preguntó sin apenas interesarse.

—Hola —la voz de su marido sonó al otro lado de la línea—. No quisiera pedírtelo a ti, pero escúchame…

—¿Qué? —preguntó, un poco más extrañada.

—Me han llamado esta tarde, tengo que salir en un viaje de negocios hacia Estados Unidos, así que esta noche dormiré en la mansión.

—No sé para qué llamas por eso, esta es tu casa, ¿no? —habló, y con cierto resentimiento añadió—: ¿Nada más? Ni siquiera has preguntado por cómo esta tu hija.

—Era sólo eso, sobre que dormiré allí —habló, como quien no quiere la cosa.

Hikari oyó pitar la línea, señal de que él había colgado y bufó. ¿Hasta cuándo estaría aquello así? Si bien, no cedería a divorciarse de él, pero quería alejarse, no verle en un largo tiempo. Se preguntaba sobre el cómo serían las cosas después, qué pasaría con ella, con Neji, con Hinata… Y esa era una pregunta que no tenía respuesta en su cerebro.

"Estás muy insinuante con ese camisón", "¿Otra vez con lo mismo, Neji?", "Sólo pensaba que sería divertido hacerlo en un hospital", ¿Piensas que esto es normal", "¿Me tienes miedo", "¿Quieres parar con esto?", "¿A qué juegas?", "A nada, suéltame".

Las imágenes pasaban una a una junto a diálogos, como en una película. En el vídeo, de alta calidad gracias al móvil de alta generación de Sasuke, se veía perfectamente todo lo que pasaba en aquella sala de hospital. Ambos amigos, Hanabi y Sasuke, lo veían con bastante interés. Hanabi se tapó la boca de la sorpresa en algunas escenas.

—Es muy fuerte —comentó una vez se acabó, sorprendida a más no poder. La verdad es que no esperaba que Sasuke apareciese en su casa con aquel vídeo.

—Y que lo digas —le respondió Sasuke.

—Pero igualmente, cómo se te ocurre grabar eso —le riñó—. Se supone que tendríamos que sacar cosas como esas, o de otro tipo, de Hiashi Hyuuga, no de estos dos. Estos dos no son nada en el plan.

—Oye, un escándalo entre primos sería también algo malo para los Hyuuga —alegó Sasuke—. Esto desmontaría un poco los nuevos tratos y seguramente aquí bajaría el valor en bolsa de las acciones de la empresa.

—Pero no acabo de verlo… —comentó, dudosa— No creo que a los extranjeros les interesen nuestros cotilleos.

Sasuke pensó en algo que la hiciese recapacitar y aceptar alguna de las ideas que se les ocurrieran a él. Sabía muy bien que Hanabi era desconfiada a más no poder y que era a veces era muy difícil convencerla de las cosas, pero al menos tenía que intentarlo, y para eso no tenía nada más que su inventiva e inteligencia:

—Bueno, bueno, sólo piensa algo que voy a decirte y me dices qué te parece... —empezó, haciéndose un poco el interesante— ¿Tú qué crees que pensarían Hinata, o Neji si les enseñásemos la cinta? —notó algo de interés en la cara de su amiga, por lo que prosiguió—. Quizás, por no enseñarla, podrían hacer lo que nosotros dijésemos, claro está, siempre teniendo precaución de que no descubran nuestra identidad...

Las ideas se amontonaban en el cerebro de Sasuke, pero ninguna parecía gustar a Hanabi, y esto le hacía dudar.

—Tu plan está muy bien —comenzó ella—, pero algo falla, ¿no lo ves? ¿Qué ganaríamos con ello? Tarde o temprano descubrirían quiénes somos. Tiene que ser algo que les desestabilice, que les haga perder poder... Algo demasiado fuerte para ser real; algo que no tenemos, Sasuke.

Sasuke se quedó callado y pensativo: Hanabi tenía razón en que algo fallaba en esas ideas, pero estaba muy equivocada respecto a que no conocían secretos de la familia Hyuuga: la bombilla se había encendido y de repente, una idea empezaba a gestarse en su mente, una idea que tenía que ver con Neji y cierto secreto que podía desprestigiar por entero a la familia Hyuuga...

Sonrió, animado.

—¿En qué piensas?

—Sólo confía en mí —habló, muy seguro de sí mismo.

Al verlo con aquella sonrisa sinuosa, Hanabi se calló, porque cada vez que su amigo ponía aquella cara, es que algo excelente y malvado se la había ocurrido. Se contagió de aquella seguridad.

—Está bien, me fío de ti. Sorpréndeme.

Tras una hora de escritura continuada, Hikari oyó la puerta abrirse y pasos abajo, por lo que supuso que su marido ya estaba allí. Lo escondió todo y bajó al piso inferior. Cual no fue su sorpresa al encontrar allí, además de a él, a otro hombre mayor y trajeado que llevaba una carpeta entre las manos. El hombre la saludó con una reverencia.

—Hikari… —Hiashi se dirigió a ella suavemente—. Este es el señor Yamazaki, es mi abogado.

—Buenas tardes, señora Hyuuga —saludó el susodicho, con educación.

—¿Y para qué viene un abogado? —preguntó, dubitativa, mirando al hombre de hito en hito, quien tosió.

Hikari no se equivocaba, estaba segura de eso: sospechaba que él otra vez quería apartarse las cosas del camino rápido para hacer lo que le diese la gana. Y eso no se lo permitiría; por encima de su cadáver.

—Ya te dije el otro día que no voy a cumplir tus deseos tan fácilmente —era cierto, y es que además de su orgullo, quería proteger a Hinata de él, no soportaba la idea de dejarla sola en la mansión junto a aquel desgraciado.

Las palabras que vinieron a continuación, cargadas de desprecio, la sorprendieron tanto como el descubrir que lo que él quería era lo que estuvo pensando:

—¿Entonces qué quieres, dinero? —preguntó, con una expresión descontenta.

Él sabía bien que aquello no funcionaría, pero aún así creyó que habría una pequeña posibilidad de que su esposa accediera al divorcio por las buenas. Porque él por las malas no era un buen tipo y quería a esa mujer fuera de su vida ya.

—¿Por quién me tomas? —la reacción no se hizo esperar; ahora sí estaba furiosa… ¿Quién se había creído él para decir semejantes palabras? ¡Que podía engatusarla con dinero!— Vienes aquí, sin avisar que traes a un abogado, y luego piensas que voy a obedecerse en todo. No voy a ceder, Hiashi. Bien sabes que puedo hacerlo.

El abogado se quedó un poco pasmado con aquella reacción, que probablemente no esperaba en una mujer de clase alta. Hiashi simplemente compuso su expresión de siempre, seria y seca de toda emoción.

—Está bien, no quieres —asintió una vez, sólo una—. Entonces no sé cómo vamos a solucionar el problema, porque si no es de esta, no hay nada más que se pueda hacer.

Hikari suspiró mientras miraba a ambos hombres y buscaba algo idóneo que decir. Lo cierto era que no encontraba ninguna palabra que hacer salir de su boca, así que optó por decir lo primero que se le pasó por la cabeza.

—A ver: primero dile a este hombre que se vaya —ordenó, señalándole con el dedo—. ¡Ah! Y ni se te ocurra acercarte a mí mientras estés en la mansión.

Dicho esto, volvió a subir por las escaleras, dejando a aquellos dos sin muchas palabras que decir. Hiashi no tuvo más remedio que despedir a su abogado, excusándose con que parecía tener un mal día y le llamaría lo más pronto posible. Una vez dentro de su hogar, se deslizó hacia el comedor y se sentó en el primer sofá que vio. Aquella jornada había sido dura, y ahora encima tenía que salir en un viaje de negocios a Estados Unidos… Todo ocurrió mientras estaba tan tranquilo en su oficina, tomando un pequeño descanso y su secretaria, Hanabi, le pasó una llamada importante. Le hablaron de un viaje en donde conocería a los demás miembros de las empresas con las que pensaba hacer tratos. Maldecía todo por no poder cambiar el día de salida, pues se encontrada un tanto cansado.

Tenía ganas de diversión, diversión que ninguna mujer podía darle ahora. Aliviar su estrés siempre era fácil en el pasado, pero ahora, con cuarenta y cinco años, no disfrutaba casi nada de las cosas. Únicamente sus furtivos encuentros con Hanabi lograban divertirle. Si tenía que tener otra mujer, esa sería Hanabi… ninguna más.

Sin embargo, había algo que siempre le había gustado, y eso era cómo se resistía Hikari en su juventud a sus ganas de divertirse con ella. Se preguntaba si, después de meses sin sexo con ella, aún conservaría esa furia por escapar; toda aquella rabia tan intensa y profunda en ella. Un pensamiento lascivo se cruzó por su mente: ¿qué tal si la visitaba arriba?

La habitación estaba casi a oscuras excepto por una pequeña lamparilla que Neji usaba para iluminarse mientras tecleaba su tesis de fin de carrera, la cual se estaba dedicando a escribir ese año. De qué era carecía de importancia para él en aquel momento, ya que no podía dejar de pensar en lo ocurrido por la tarde, cuando alguien, probablemente, les había hecho una foto y en ver algo más: su prima se había dormido hacía media hora y él la miraba como si no la conociera, analizando sus rasgos difuminados por el sueño y la poca luz que emanaba de la lamparilla. No quería pensar en ella, pero siempre terminaba haciéndolo, y es que Hinata tenía un nosequé por el que no podía apartar sus ojos de ella.

Incapaz de concentrarse, cerró su portátil y se dedicó a mirarla: su perfil parecía aún más suave desde su posición; sus párpados, con abundantes pestañas, estaban sumergidos en un profundo sueño; sus labios tersos, su nariz, pequeña y bien perfilada; todo su cuerpo y sus curvas insinuándose por debajo de la sábana… ¡Qué mierda le pasaba ahora! Toda ella parecía ser una trampa mortal destinada a él. No estaba dispuesto a seguir así siempre, necesitaba que aquello parase, que su mente dejase de habituarse a pensar así de ella. Lo malo es que aquello le parecía imposible, ya que ella no salía de su vida ni a la de tres.

Por otro lado, estaba el asunto del flash de la cámara, que podía degenerar en algo peor si no averiguaba con rapidez quién había sido. El problema estaba en cómo hacerlo, como encontrar a esa persona antes de que publicase la foto en alguna revista o, peor aún, en televisión.

Neji resopló, preocupado como hacía mucho no lo estaba.

La aún esposa de Hyuuga Hiashi recogía algunas cosas de la cómoda, como su ropa y objetos personales varios. Enseguida se arrepintió de no haber ido más rápido al coger sus cosas, ya que oyó a alguien entrando por la puerta: su marido.

—Te quedas aquí, yo me voy al cuarto de invitados —le informó sin muchas ganas, de espaldas a él.

Hikari, quien ignoraba las intenciones que llevaba su marido, siguió con su tarea y no notó como él cerraba la puerta y corría el cerrojo, dejándola sin una posible salida. Cuando se giró con todas sus cosas en las manos y le vio tan cerca, se espantó. Apretó sus prendas contra el pecho y al divisar desde su posición la puerta cerrada se temió lo peor. Apretó los dientes y cerró ambos puños con una rabia incontrolada. Estaba dispuesta a defenderse.

—¿Qué se supone que haces? —preguntó mientras le veía quitarse la chaqueta.

—Esta será nuestra despedida, Hikari. Una preciosa despedida que recordarás durante mucho tiempo.

Sin más palabras, se fue acercando a ella como si de un animal peligroso se tratase.

Continuará…


Agradecimientos especiales a:

Ridesh, Diana Carolina, Gambacho, Bell, Anna-04, Keira Uchiha, Ina Minina, Phoebe Junko, Flordezereso, MissPerfectLunaStar, Osvaldo MI, Azkaban, Josyuchiha y Daniratoe.