Nota: ¡Hola otra vez! No he actualizado en un mes y medio (más o menos), es cierto, pero tenedme paciencia. Es que yo voy lenta pero segura (además de la vagancia, aunque eso es algo aparte). En este capítulo se han visto bastantes sorpresas, y esperad al próximo, porque todavía vienen más. Formad teorías, formulad dudas, decídmelas, hacedme saber todo lo que pensáis de la historia. Yo trataré de mejorarlo tanto como pueda. Tampoco os olvidéis de los errores si os duelen los ojos al verlos. ¡Os pido todo esto porque me interesa mucho la opinión de mis lectores!
Oh, sí, quiero dar las gracias a Flordezereso, cuyas ideas y palabras me inspiraron mucho ayer; si no fuera por ella, quizá este capítulo no habría salido hoy. También me gustaron mucho los mensajes privados de Phoebe Junko, que también me han animado a escribir con más ganas. No me olvido tampoco de los que me comentáis y me seguís. Sin vosotros, lectoras y lectores, escribir no tendría el mismo sentido.
En el capítulo anterior: Aún en el hospital, Hinata recibe la visita de su amiga Tenten. Después de que ellas se vayan, Neji y ella tienen una situación comprometida y son grabados por Sasuke Uchiha, quien no planea ningún buen fin para esas imágenes. Mientras tanto, Hiashi le pide el divorcio a su esposa e intenta forzarla a tener sexo con él...
17. Revelación
Viernes, mediados de Octubre.
Cuando aquella tarde salió del hospital, a Hinata le pareció el día con más viento de Octubre. Se tapó la boca con el pañuelo de algodón verde que llevaba atado al cuello y siguió caminando. Su madre estaba sólo a unos metros de ella, esperándola. Había tenido suerte al no quedarse más días en aquel lugar, pues quería hacer cosas, y aquello de estar recluida en un hospital lo impedía en gran medida. Por otro lado, todavía estaba preocupada por si la prensa publicaba algo sobre Neji, ella y lo que habían hecho el miércoles. Por suerte, había ojeado la el periódico casi todos los días y no encontró nada; tampoco en las televisiones locales.
Y así había pasado casi una semana: otra vez era viernes, y no tendría que ir a la facultad hasta el Lunes, por lo que tendría tiempo de adelantar algunos deberes que Tenten le había apuntado. Por suerte, ya le habían dado el alta, así que el sábado ya tenía un turno de mañana en la hamburguesería. Se sentía exultante, aunque también un poco extraña, pues al fin, después de casi una semana, volvería a su casa. Sentía una ligera calma al saber que su padre no volvería en varios meses debido a un viaje de negocios, pero su madre la preocupaba sobremanera: su comportamiento desde hacía un par de días era del todo inhabitual… No hacía más que mirar por la ventana y no le hablaba demasiado. Estaba como distante y parecía no tener ganas de de hacer nada. En varias ocasiones le preguntó qué ocurría, pero ella no le contestó con demasiado detalles.
Volviendo al presente, Hinata se subió al asiento del copiloto, cerró la puerta y se abrochó el cinturón. Su madre la imitó, sin hablar. El coche se puso en marcha y avanzó por la carretera sin un solo ruido del motor. Ni una palabra salió por sus labios, ni un mísero sonido; el ambiente parecía más lúgubre a cada segundo.
—Mamá, sé que te lo he preguntado ya varias veces, pero… —empezó, no aguantándolo más—, ¿qué te pasa?
—Nada, hija —respondió Hikari, con un tono carente de emoción y una sonrisa que pretendía ocultarlo.
Siguieron avanzando y Hinata cada vez se sentía peor. Ahora mismo comprendía a la perfección que a su madre le pasaba algo, algo que la trastocaba por completo. Se mordió el labio. No podía hacer nada, ni decirle nada. ¿Qué ocurría con la habitual sonrisa que siempre llevaba pintada en el rostro, dónde se había marchado?
De repente, su madre paró el coche en un vado y miró directamente al volante por un momento, para luego esconder el rostro entre sus manos y echarse a llorar como una niña.
Cuando vio llegar a su tía junto a su prima a la mansión, ni por asomo esperó encontrarla así: su tez carente de color, sus ojos rojos e hinchados y lo más importante, sin expresión. Quizá no había hablado mucho con ella los dos últimos días y por eso no se había fijado en cómo estaba, pero ahora que se daba cuenta no sabía qué decir. No le importaban demasiado los demás, pero verla a ella así le creó sentimientos de confusión. Avanzó a paso lento hacia ellas dos, poniendo especial interés en ver el estado de Hikari.
—¿Qué pasa? —se dirigió a Hinata, que le miraba muy confusa.
Sin embargo, la que le contestó no fue ella:
—Estoy bien, Neji, no te preocupes —un suspiro escapó de sus labios—. Sólo me he encontrado mal mientras veníamos.
Hinata seguía impávida. Se dispuso a acompañar a su madre a la planta superior, pero Neji la retiró amablemente hacia un lado, tomando él su posición.
—Deja, yo la acompaño arriba. Tú descansa.
Hinata le miró, sabiendo que, muy lejos de preocupación, Neji sólo quería quedarse a solas con su madre. Sabía muy bien lo que pasaba cuando su madre y él se quedaban solos. Lo había visto con sus propios ojos en la cocina hacía unos meses, una escena que la había impactado demasiado. No tenía nada más que hacer allí. Sin decir nada, se retiró rápidamente, subiendo las escaleras y metiéndose en su habitación mientras ellos subían. Sólo cuando llegó a ésta y se echó en la cama, sintió un vacío en su interior.
Y lo peor es que era incapaz de comprender por qué lo sentía.
Las cortinas estaban corridas, dejando el sol entrar. Estaba sentado en el asiento de su jefe, que se había largado de viaje hacía ya varias horas. Estaba seguro: aquello algún día sería suyo. Lo vendería. Se marcharía muy lejos y viviría solo, como todo un rey sin que nadie le dominase. Con todo el capital que tenía acumulado Hyuuga S.A, se haría de oro. Aún no estaba muy claro cómo, pero Sasuke Uchiha sabía que lo haría.
Parecía mentira que ya pasaran dos días desde la grabación del famoso vídeo. Estaba tan emocionado por su logro que no podía dejar de mirarlo una y otra vez. Era como ver una película erótica. Había guardado copias de seguridad en su ordenador y en algunas cuentas de Internet, incluso en el móvil. Pensó en el dinero que ganaría si lo enviaba a una revista de cotilleo, pero tenía una idea que ayudaría mucho más a Hanabi en su plan de venganza, y que también le beneficiaría a él más que enviarlo a una simple revista.
Giró el asiento, quedando frente al enorme ventanal que cubría la pared. Pensó en el cartel que tenía en casa, esperando ser imprimido y distribuido por la universidad. Aquella hoja poseía una información clara sobre el pasado de Neji Hyuuga y pronto se extendería por los lugares que él frecuentaba sin darle ninguna oportunidad de redimirse.
Al igual que en una partida de ajedrez, no empezaba directamente por el rey, sino por las piezas en torno a él, las que le precedían, las de mayor importancia. La relación con su mujer ya estaba más que terminada, con Neji iban a empezar tan pronto como llegase a casa, y con Hinata ya sería otra historia que pensaría con más detenimiento. Para eso, tendría el vídeo y varias cosas más. Pero cuando a Hiashi le llegase la hora… quería hacer algo más espectacular. Aunque tampoco lo tenía pensado. Debía pensarlo, preguntarle a Hanabi, tener paciencia. Después, todos los hilos se sujetarían unos a otro y él podría cortarlos uno a uno sin necesidad de ensuciarse las manos.
Se sonrió, pensando en lo que estaban logrando sólo dos personas. No imaginaba lo que podrían hacer si fuesen más. De todas maneras, ya tenía suficiente con lo que tenía.
Hinata mordió el lápiz que usaba para apuntar en su nuevo diario, un regalo de su madre en su estancia en el hospital (quien decía que creía que ya era hora de cambiar a más mayor). Era bastante sobrio, como a ella le gustaba: grande, con las cubiertas negras, de textura suave y páginas blancas levemente amarilleadas, dándole un toque antiguo. Si su madre supiera lo que había pasado con el otro; algún día, su primo se las pagaría por destrozarlo y quedarse páginas.
Hacía ya un tiempo que no escribía nada personal en ningún lugar, así que, debido a las ganas que tenía de hacerlo, empezar no se le hizo muy difícil:
"Querido diario…" —empezó— "Me llamo Hinata Hyuuga y tengo casi diecinueve años. A tu antecesor lo rallaron, lo rompieron y lo sometieron a todo tipo de torturas, pero no te preocupes, a ti te esconderé bien para que eso no ocurra".
Hinata sonrió levemente por la tontería que había escrito.
"En fin, ha pasado largo tiempo desde que no cuento mis vivencias en papel, pero todo está más o menos igual aquí: la carrera universitaria que eligieron para mí no me gusta y me quiero cambiar a Medicina, mi madre sigue igual de sobreprotectora que siempre, aunque algo ha cambiado en ella últimamente. Mi padre sigue igual de machista (no sé si ese es el nombre más respetuoso para él). Neji… bueno, Neji es Neji. Respecto a él —aunque no debería apuntar esto aquí—, no me lo he podido sacar de la cabeza. Con sus estupideces, está consiguiendo atraerme. Hemos tenido varios roces que no debería tener con un primo: uno en una coctelería de mala muerte, otro en la bañera de casa y un largo etcétera. En ocasiones me molesta su carácter, su forma de actuar. Algunas veces está loco y otras sereno. A veces no sé si me atrae o no. Mi cabeza está tan perdida por él y lo que me hace, que no sé qué siento en realidad".
Hinata dejó de escribir por unos segundos y miró hacia la entrada de la habitación, pensando en que él podría interrumpirla en cualquier momento si seguía escribiendo. Dejó un momento el diario en la cama, y se levantó para cerrarla, pero al llegar, escuchó algo a través de ésta y dada su curiosidad, la entreabrió. Quizá no debió verlo, pero al hacerlo, dos personas estaban besándose: su madre y su primo, como dos buenos amantes. Él estaba de espaldas, ella encima de sus labios con los ojos cerrados. Ambos con una calma que parecía sacada de un cuento de hadas. Un sentimiento extraño la atravesó al ver la cara de placer de su madre, mientras abría los ojos y en ellos se dibujaba una mezcla de lujuria y victoria mientras la miraba directamente a ella. Hinata no quiso seguir mirando aquella escena tan íntima y cerró su puerta de mala manera, con un portazo que retumbó en todo el primer piso. Apretó los dientes, asustada, esperando que no se hubiesen dado cuenta.
Se sentó en la cama y cerró los ojos por un momento. Sólo cuando los abrió, un abominable sentimiento indeterminado la asoló. ¿Aquellas sensaciones eran reales? Jamás había sentido tal desesperanza, tal rabia… ¿Qué le pasaba?, ¿qué había cambiado en ella para sentirse así en un momento? No tenía ningún sentido. No podía pensar así. Sabía del lío entre ellos dos, no la sorprendía, lo aceptaba. ¿Pero por qué aquella explosión de sentimientos la desolaba de tal manera? Su expresión se ensombreció. En su interior, estaba segura que lo sabía, aunque no quería reconocerlo.
¿Qué era lo que empezaba a sentir por Neji? Reflexionó y volvió a coger su diario, escribiendo:
"Puede que me equivocara en la línea anterior… quizá mi inconsciente está deseando a Neji como… hombre. Y eso es algo que no permitiré".
Casi catorce horas de viaje le habían agotado lo suficiente para querer llegar al hotel inmediatamente. Dormir sería un lujo que no podría darse en los siguientes días a causa de toda la organización que debería llevar a cabo. Se tocó la herida en la ceja derecha: intentar disponer de su mujer otra vez no había sido fácil ni posible. La lamparilla de diseño le había servido a Hikari para abrirle un corte por el que le habían dado seis puntos en el hospital.
Maldita zorra. No había podido ser suya, le había herido como a un mísero perro callejero. Ella ya no era más la dulce y obediente mujer con la que se había casado. Hikari era una mujer diferente, dura como el acero, que ahora no dudaba golpearle. Y lo peor es que sentía su orgullo herido, su hombría por los suelos.
Hiashi Hyuuga bufó mientras salía del coche y miraba el elegante hotel donde pasaría la noche. De momento debía centrarse en su trabajo, en lo que haría allí en ese nuevo país: Estados Unidos. Olvidar era imposible, sin embargo, lo intentaría con todas sus fuerzas. Una nueva vida de éxitos empezaba para él y no la pensaba dejar marchar por nada ni nadie.
Se separó de Neji apenas vio a su hija cerrar la puerta de su cuarto, queriendo solucionar algo que ya le era imposible. Quizá no debieron ponerse frente a su puerta. Puede que el destino quisiese que les viera… Igualmente, seguía confusa por aquella mirada de celos y rabia. Era imposible confundirla con una de sorpresa. No sabía si asustarse porque ella les hubiese visto o por aquel sentimiento que le parecía tan raro en Hinata. No dejaba de preguntarse qué acababa de ocurrirle a su hija. Aunque no le costó mucho recordar algo: aquel día que les había visto besarse en la habitación a Neji y a ella. Creyó que podría olvidar aquella escena, pero ahora lo hacía con exactitud, casi como el primer día. ¿Quizá estaba en eso la causa de aquella mirada? Tanta confusión no era posible dentro de su mente, aunque no le costaba entender que a Hinata le gustaba Neji.
—¿Qué pasa? —la voz de Neji la sacó de su ensimismamiento—. Estás como si hubieses visto un fantasma.
—Lo siento, Neji —se disculpó Hikari, alejándose de su rostro—. Estaba pensando en algunas cosas. Quizá no debería haberte besado, ¿te ha molestado?
Por suerte, él no se había dado cuenta de nada. No sabía bien cómo, pero había tenido el irremediable deseo de besarle. Mientras le abrazaba en el pasillo y él la consolaba, la mente se le había ido a otros lugares más profundos de su mente y al ver sus labios, no había podido evitar la tentación.
—Sabes que no pasa nada —dijo él, con tono tranquilizador—. Ya lo hemos hecho más veces; supongo que te queda claro que es algo por puro divertimento y no me molesta. Todo queda en familia.
Neji fue tan sincero que Hikari sufrió un espasmo en el pecho. Tragó saliva. Se había estado haciendo demasiadas ilusiones con él, tantas que ahora no sabía dónde esconderlas. Había olvidado que su relación sólo era esa: un mero juego para aliviar tensiones. Suspiró. Con el divorcio, quizá se acabaría, como también se acabarían muchas cosas más pronto… y vendrían peores.
—Tienes razón —sonrió, ocultando sus pensamientos más superficiales, que amenazaban con surgir en cualquier momento—. Aunque hacía tanto tiempo que no lo hacíamos…
Pronto recordó por qué él la interrogaba, y calló. No quería hablar.
—¿Me vas a decir qué te pasa? —preguntó él, cortándola.
—¿Lo crees necesario? —preguntó ella, haciéndose la desentendida—. He tenido un ataque de nervios, sólo eso, no quiero que te preocupes por mí. He tenido mucho estrés últimamente.
Neji bufó. Sabía que le pasaba algo y a él no podía ocultárselo.
—Hace un momento estabas llorando, ¿eso es un ataque de nervios o algo más? Además... —Neji tenía otro as en la manga—. ¿Qué pasó hace cuatro días? Cuando volví, lo vi todo revuelto abajo.
Hikari tragó saliva, nerviosa. Para nada le iba a decir a Neji lo que le ocurría. Ni muerta.
—Pues no lo sé, quizá el viento —Hikari se sentía un poco extrañada. Desde el domingo anterior, su sobrino se estaba comportando de forma poco habitual. Antes no le importaba casi nada; ahora a todo reaccionaba, a su parecer, de una manera poco habitual—. ¿Qué te importa a ti lo que me pase, Neji? Déjame ir a mi habitación.
Neji se apartó un poco de ella. Quizá sí se había pasado preguntándole tanto. Lo dejaría estar por un tiempo. Tampoco quería estresarla demasiado. Sabía bien que, para ser él, estaba comportándose de manera poco normal. Poco centrada.
—Está bien —le dijo, alejándose aún más.
Neji se dio la vuelta y bajó la escalera, dejando a su tía allí de pie, sin nada más que decir.
Hacía bastante tiempo que no le llamaba y, ciertamente, tenía muchas ganas de charlar con él. Tumbada en la cama, marcó su número y escuchó varios pitidos antes de que él cogiera el teléfono.
—¿Kakashi? —preguntó, con tono sarcástico—. ¿Estás muerto?
—¿Mmmm? —un murmullo resonó por al otro lado de la línea, como si alguien se acabase de levantar—. Hikari, ¿eres tú?
—¿Quién más sería? —sonrió. Su amigo era un vago de cuidado— ¿Estabas durmiendo?
—Sí, ¿qué querías? —ahora sonaba más despierto—. ¿Ha pasado algo? Hacía ya dos semanas que no llamabas, ¿cómo vas con la novela?
Hikari dudó en contarle algo por teléfono; quería contar con su presencia para decirle las cosas, porque era algo de suma importancia.
—La verdad es que no quiero hablar de eso, Kakashi —su voz sonó triste—. ¿Podríamos hablar ahora… quizá en algún bar? Necesito contarte una cosa.
—Bueno, está bien —habló, casi con vagancia—. Suenas importante.
—Gracias. En quince minutos te recojo.
—Vale —la línea se cortó.
Hikari se levantó de la cama, dejó el teléfono sobre ésta y salió por la puerta, dispuesta a coger el coche e irle a contar a Kakashi aquello tan importante.
Ya eran casi las nueve de la noche y otra vez estaba allí, en la habitación de su prima, viendo como ésta se había quedado dormida con el maldito diario encima. Otra oportunidad para leer, pensaba Neji, que se aburría en su cuarto y había entrado para ver lo que ella hacía. Y sí, la dormilona lo había vuelto a hacer. Escribir y quedarse dormida. Lo cierto es que no perdía oportunidad de molestarla; se había convertido en un vicio. Como si no supiera que él podía entrar y encontrar sus más preciadas memorias recluidas entre cien hojas. Se acercó y trató de arrebatárselo de las manos, pero ella lo mantuvo agarrado y abrió los ojos:
—¿Qué es lo que intentas? —le preguntó ella, medio dormida, sentándose en su lecho—. ¿Tanto te interesa esto? —le puso el diario enfrente y lo apartó enseguida—. Pues ni hablar.
Él puso cara de fastidio por no poder completar lo que quería hacer, pero enseguida volvió a la normalidad: —Tenía ganas de leer —sonrió, irónico—Y la puerta estaba abierta, así que… entré.
A Hinata le dio mucha rabia el hecho de que se presentara allí con esas palabras, pretendiendo leer lo que no era suyo. Recordó lo que había ocurrido entre él y su madre unas horas antes y se irritó considerablemente. Eso, y que no había dormido demasiado a gusto, dijeron mucho de ella al hablar de nuevo:
—Eso es muy obvio, pero se suponía que no tenías que aparecer por aquí, ¿recuerdas? —argumentó ella, cogiendo el diario y guardándolo bajo su almohada. —. Ahora mismo no quiero verte, Neji, así que vete de aquí.
Neji se quedó contrariado. Normalmente, su prima le decía mil cosas antes de intentar echarlo de su cuarto, hasta que llegaban a lo que llegaban, pero esta vez ella estaba extraña, irritada, sin muchas ganas de seguirle la corriente en sus juegos. Sólo había una solución a eso…
—¿Qué pasa? —preguntó, haciéndose el irónico— ¿Otra vez con la regla?
Ella no contestó y se dispuso a volver a dormir, ignorándolo por completo. Pero Neji no era un hombre al que ignoraran, así que, sin pensarlo mucho, invadió la cama de su prima y la aprisionó contra ésta. Hinata no quiso inmutarse, pero, para alguien como ella, algo como eso era una misión imposible. A pesar de su rabia, no podía hacer nada contra sus sentimientos de rabia, de irritación, de asco, de… celos. Porque aunque se lo negara, existían, y no quería que él la tocara habiendo tocado antes a su madre. ¡Era un asqueroso, una mala persona, le odiaba! Sentía que cada vez que él la tomaba, se aprovechaba de ella, de su cuerpo, de su alma y sus sentimientos. Aunque jamás la hubiera tocado sexualmente, se sentía totalmente usada. Era una sensación tan horrible, tan imposible ocultar…
—Contesta a mi pregunta, Hinata —preguntó, tan clavados sus ojos en Hinata que ella olvidó momentáneamente su enfado. Ella trató de ignorarlo, pero él bajó hasta su oído y le volvió a decir—: Contesta o te la haré contestar por mis propios medios.
Neji, reteniendo sus muñecas con más fuerza, la miró a los ojos, viendo en ellos una tono azúreo que jamás había visto, denotando que estaba furiosa. Específicamente con él. Él era un inexperto en temas relacionados con sentimientos, y no entendía para nada aquella expresión de rabia por parte de su prima, pero sabía que iba dirigida a él. Aunque su mente despierta no lograba atar cabos sobre el por qué. Al fin ella habló, quizá sólo para quitárselo de encima:
—Pasa que ya me he cansado de qué… juegues conmigo —soltó ella, casi sin aire, con sus ojos grises clavados en él.
Neji se sorprendió un poco de aquellas palabras, pero lo ocultó de los ojos de su prima enseñándole su habitual sonrisa torcida y soltando una de sus frases típicas:
—¿Jugar contigo? —preguntó él, a modo de respuesta— Jugamos mutuamente el uno con el otro. No seas mentirosa. No quieras culparme a mí de todo.
—Yo nunca he querido jugar, tú siempre me has obligado —pronunció, como si se tratase de otra persona.
—Jamás podrás negar lo mucho que te ha gustado, lo mucho que querrías que te follara… —pronunció Neji, lamiendo levemente el lóbulo de su oreja izquierda.
Hinata trató de resistirse al impulso que tuvo de rodearle el cuello y besarle. No podía ser débil ahora que estaba tan enfadada, porque sabía que aquel estado le duraría poco y después volvería a ser la buena chica de siempre: la que siempre quería ayudar, agradar y amar a su prójimo. Bufó. Odiaba aquella faceta de ella misma tanto como odiaba que Neji jugara con ella. Le odiaba, tanto como odió a su madre aquella tarde al verla besarse con él. Les odiaba a ambos tanto como a sí misma. Una marea de pensamientos se adueñaron de su mente, confundiéndola, martirizándola. Le decían que quizá había comprendido tarde lo que Neji intentaba con ambas: sólo jugar. Se arrepentía mil veces de no haberse revuelto más cuando él la tocó en los meses anteriores. Ahora estaba sucia, tan sucia que quería morir de la manera más trágica posible.
—Sólo quiero que te vayas, que te vayas de una vez —suspiró, sin atreverse a mirarle. Las palabras que estaba diciendo le dolían incluso a ella—. Eres una persona tan horrible… te odio, Neji. Me gustaría que sufrieses lo mismo que yo contigo. Sólo para que sepas lo que es el acoso al que tú me sometes.
En ese momento ya no era la Hinata "buena" sino la Hinata "sincera" la que hablaba. ¿Cómo había podido ser tan tonta de volver a dejarse engañar por un hombre? ¿Cómo diablos había conseguido Neji adueñarse de algo tan sagrado como sus sentimientos? Le odiaba tanto… no entendía por qué él era así.
—Lo comprendo incluso más que tú, niña rica y estúpida —sin necesidad de sonreír más, su expresión se volvió seria. Su prima giró la cabeza, encarando unos ojos fríos como el hielo. La chica sintió ganas de escapar, mas no pudo—. Lo comprendo y jamás serías capaz de entenderlo tan bien como yo. Así que cierra la maldita boca, idiota.
Enseguida, el apriete en sus muñecas cesó y todo el peso de su primo se fue con él por la puerta, la cual cerró con un estallido de la madera. Hinata giró todo su cuerpo a un lado mientras él abandonaba la habitación. Estaba totalmente asustada, pero no arrepentida de sus palabras. A Neji le hacía falta algo como eso, pero nunca pensó en decírselo ella misma. Sin embargo, una pregunta asoló su mente: ¿Qué haría ahora? Después de todo, puede que sí estuviera arrepentida de haber sido tan dura con él. Sólo necesitaba tiempo y pensar en todo aquello. Preocupada, Hinata cerró los ojos, sabiendo que no podría dormir hasta bien entrada la noche.
Hikari se encontraba algo nerviosa, casi comiéndose las uñas por contarle a su amigo lo que le ocurría. Golpeó levemente el volante con la palma de su mano. No había sospechado aquello, lo había sabido aquel mismo día y se había puesto a llorar ante su hija sin decirle qué le pasaba o de qué se trataba. Y no se lo diría. Necesitaba soltarlo todo, y Kakashi Hatake era la persona a quien podía legarle su secreto. A través del cristal de la ventanilla, le vio bajar por la escalera de su piso de soltero. Contuvo el aliento. El momento se acercaba. Estaba muy nerviosa, así que usaría la táctica de decirlo todo de golpe. Por eso, cuando él se acercó y subió al coche, no imaginó lo que ella iba a decirle a continuación. Fue tan repentino que se quedó congelado en su asiento.
—Kakashi… —Hikari tenía los hombros caídos y una expresión triste en el rostro—. Me acabo de enterar que estoy embarazada —cerró los ojos, derramando algunas lágrimas de nerviosismo y finalmente soltó aire—. Y lo peor: no sé de quién es.
Parecía que un pedrusco enorme había caído en su cabeza, porque, tan alucinado como estaba, Kakashi no contestaba. Para Hikari, al contrario, vino un alivio inmenso. Dio un hondo suspiro que pareció intranquilizar a su copiloto.
—¿Es broma? —preguntó él, dándolo por sentado.
Ella le miró muy seriamente y luego le dijo:
—No lo es. Es la mayor verdad que te he dicho nunca.
Él se quedó un poco alucinado por aquella afirmación. Casi traumatizado. Lo cierto es que no esperaba tal cosa venida de su compañera. Él la creía una mujer cuidadosa, pero estaba claro que algo había fallado.
—¿Cuántos meses llevas así? —le cuestionó, preguntándose si serían muchos o pocos, pues, por su vientre, no se le notaba.
—Dos y una semana —respondió al instante—. No sé lo qué hacer, de verdad, ¿qué harías tú en mi lugar, Kakashi?
—Hombre, contando que nunca he estado embarazado, probablemente iría al médico a ver qué me ocurre. Pero bueno, estando en tu lugar, creo que lo hablaría con alguien más que conmigo. Quizá con un ginecólogo para que te dé mejores opciones que yo —lo explicó todo con bastante lentitud, así que Hikari tuvo tiempo para pensar, hasta que él le preguntó—: ¿Lo has hablado con alguien?
Hikari le miró, otra vez preocupada por sus recientes pensamientos. Estaba claro que tenía pocas opciones para "solucionar" un problema así. Además, se estaba divorciando. Un sudor nervioso cubrió sus manos y su frente. Estaba asustada, y a pesar de las vueltas que le había dado al asunto, no sabía bien qué hacer.
—No, y con esto del divorcio... Estoy tan asustada, Kakashi.
—¿De quién crees que es? —ella le miró con expresión de no saber ni estar segura de nada, así que Kakashi no tuvo necesidad de oír una respuesta por parte de Hikari.
Pasó un rato en el que no llegaron a nada en la conversación. En el interior del coche, sólo cabían suspiros y respiraciones difusas. No tenían ni siquiera de qué hablar después de aquella noticia. Hikari fue la que, para abrir alguna temática de la que hablar, empezó a hablar:
—¿Te había contado lo mío con Neji? —lo dijo como quien no quiere la cosa—. Pues hace tres meses estábamos en nuestro punto álgido. Pero en ese momento también estuve varias veces con mi marido, así que no estoy muy segura.
—Algo me habías contado sobre lo de tu sobrino, sí, aunque no me lo creía mucho, y después de leer tu borrador antes de ayer, me quedó aún más claro.
—¿Cómo no pudiste creértelo? —exigió saber ella, algo enfadada—. Siempre te cuento las cosas sinceramente. No deberías
Él sonrió y le acarició el cabello, como si se tratase de un juego. Los ojos de Hikari, brillantes por algunas lágrimas que aún no habían caído, le llevaron a mirarla fijamente una vez más. Ella bajó la mirada, volviendo a sus pensamientos.
—¿Qué vas a hacer, Hikari? —le preguntó él, pensando en una solución fácil a aquel problema. Estaba bien despierto, pero entonces se le ocurrió una idea que no resultó ser demasiado brillante para Hikari—. Podría hacerme cargo de él.
Ella abrió los ojos desmesuradamente ante la idea de su amigo. No estaba preparada para algo así, de verdad, y no quería que su amigo y editor se hiciera cargo de un niño que no era suyo. No entendía por qué había tenido esa idea que la llenaba de sentimientos poco precisos, así que se negó:
—¡Por dios, Kakashi, no! No quisiera cargarte con una criatura no nacida.
—Bueno, ¿entonces qué vas a hacer? —el hombre no tenía idea de lo que su amiga iba a hacer. Le quedaban varias opciones, y todas ellas conllevaban practicarse algún tipo de proceso en el cuerpo.
Hikari sabía con certeza que si alguien descubría de su embarazo, se formaría un gran lío en la familia, sobretodo si Hiashi, ahora que estaban a punto de divorciarse, se enteraba. Si eso pasara, seguramente querría retenerla a su lado. Por el contrario, si el padre era Neji y él lo descubría, se sentiría muy engañado. Quizá no querría verla de nuevo. Además de eso, ella ya no quería tener más hijos. Con casi treinta y ocho años, no estaba segura que fuese una buena idea aventurarse en aquel mundo otra vez. Al contrario que los contras, los pros no pesaban; tener un bebé ya no estaba en los planes de Hikari Hyuuga. No es que le gustara, pero ahora era una mujer libre y no pretendía dar a luz. No tenerlo era la única solución valida para ella.
—Si me doy prisa, aún puedo abortar —le informó finalmente.
—Lo entiendo —le contestó Kakashi, comprensivo—. Es totalmente respetable que no quieras tenerlo. Ahora mismo, con tu situación, ese niño no viviría feliz.
—¿Podrás acompañarme? —Hikari Hyuuga no pretendía ponerse triste.
—Sabes que sí —sonrió él. Su amiga podía contar con él para lo que quisiera—. Eso no deberías ni preguntarlo.
Entonces Hikari le abrazó. Quería agradecerle las veces que estaba ahí para ella, los momentos en que habían charlado sobre tantos temas, las veces que le hacía favores que nadie más podía. Quería demostrarle que ella también estaría ahí para él en cualquier momento. Para ella, a quien no le quedaba casi familia, Kakashi era casi como un hermano.
Neji no se molestó ni en encender la luz de su cuarto. Cerró la puerta y se tumbó entre ésta y el resto de la habitación, aborreciendo el paisaje tras la ventana, repleto de casas y un cielo sin estrellas gracias a las farolas. No pensó en nada por unos minutos, recapacitando sobre lo que había ocurrido, lo que ella había dicho...
"Sólo quiero que te vayas, que te vayas de una vez", "eres una persona tan horrible… te odio, Neji. Me gustaría que sufrieses lo mismo que yo contigo. Sólo para que sepas lo que es el acoso al que tú me sometes".
Menuda mosquita muerta, qué asco le daba esa chiquilla, ¿quién se creía ella para hablarle de esa manera? ¿Acaso se creía la víctima. Que no negara que también le gustaba, que se lo pasaba bien jugando a su "juego". Le enfurecía que no lo reconociera. Ella siempre tan tímida, tan dulce, tan estúpida... y ahora, ¿por qué surgían de su boca unas palabras tan hirientes?, ¿por qué no cerraba su maldita boca y se iba a la mierda de una vez por todas? Realmente, parecía que ella actuaba según el día. Pero no podía hacerle eso a él. Jamás se lo iba a permitir.
Aunque había algo que mejoraba su humor: su prima Hinata estaba celosa. Tan celosa que se le notaba a leguas. Por la tarde, cuando su tía le había besado, había oído la puerta del cuarto de ella cerrarse con fuerza. Después de eso, Hikari parecía haber visto un fantasma. Eso le hacía sospechar, por eso había querido ver cómo reaccionaba. Pero no le gustó su reacción de enfado, sus ojos enfurecidos como nunca.
Aunque, que ella se hubiese puesto así por él, daba para sonreír por mucho tiempo.
Jueves, mediados de Octubre.
Los días pasaron sin que Hinata saliese mucho de su cuarto, sólo para ir y venir de la universidad. Últimamente, su madre se encerraba en su cuarto. Por lo visto, un resfriado. Ella no iba más de lo necesario, saludándola siempre muy escuetamente, con un hola o un adiós y hablándose sin estar muy al tanto de lo que ella contestaba. Ya se le había pasado el enfado, pero aún guardaba cierta reticencia en hablar con ella más extensamente. Aquellos días, las cosas estaban igual excepto que habían cambiado el vestuario de verano por el de otoño, pues ya comenzaba a refrescar más de la cuenta. Hiashi aún no había vuelto aún. Estaría varios meses más en Estados Unidos, trabajando y arreglando papeles. Sólo volvía de vez en cuando a Japón, y era para hacer trabajo en su despacho, así que no se pasaba por la mansión Hyuuga en ningún momento. Con Neji era todo diferente: ya no la molestaba, aunque no era su récord. En Septiembre había hecho lo mismo, dejándola bastante en paz hasta hacía pocas semanas, cuando volvió a las andadas. Varias veces se sorprendió pensando en él más de la cuenta, preguntándose si estaría bien, si se le habría pasado el enfado… porque a ella, por supuesto, sí se le había pasado.
Tumbada en la camilla del quirófano del hospital, Hikari Hyuuga recordó que una vez, hacía casi diecinueve años, en una parecida le atendieron el parto de Hinata. Hoy era para una cosa diferente, totalmente antónima y se sentía muy diferente a aquella vez. Sentía algo de miedo. La anestesia aún no había hecho efecto en sus sentidos, así que recordaba como, mucho tiempo atrás, fue una madre primeriza. Muchos recuerdos invadían su mente al recordar aquel quirófano, tan parecido a todos los demás pero igual al sitio en que sostuvo a su hija por primera vez. Hacía unos minutos, el ambiente y el trato de las enfermeras le parecía frío y hostil, pero mientras la anestesia hacía su efecto, los recuerdos iban borrándose uno a uno. Kakashi estaba al otro lado del quirófano, en la sala de espera; de alguna manera, sabiendo que él estaba a pocos metros de ella, se sentía más segura.
—Ahora contaremos hacia atrás empezando por diez, señora Hyuuga… —el cirujano le habló con calma y ella lo oyó como si se tratara de un sueño—. Diez, nueve, ocho, siete, seis…
La mujer no llegó ni al cinco. Cayó en una inconsciencia sin sueños, de la que no despertó hasta pasadas unas dos horas, ya sin ninguna criatura en su interior.
Poco a poco, sin prisa pero sin pausa, las copias surgían desde la fotocopiadora de la facultad de ciencias informáticas. Él era estudiante y le habían pagado bastante bien el trabajo, así que lo había aceptado irremediablemente. La beca para estudiar en esa universidad la había obtenido por pura suerte y tenía que llevar un sueldo a casa trabajando por las tardes; siendo sincero, necesitaba el dinero por pura necesidad.
Aunque, ¿por qué no decirlo? Odiaba a la clase de niños ricos a la que pertenecía ese tal Neji Hyuuga. Toda su familia eran peces gordos, según había oído, aunque ya estaban casi todos muertos. Él pensaba que todos aquellos ricachones no se merecían lo que tenían. No sabía de la mano ejecutora de aquel papelito, sólo había recibido un correo electrónico hablándole de una tarea fácil de llevar a cabo y por la cual le pagarían una gran suma por completarla satisfactoriamente. Y el dinero fue lo que más llamó su atención.
—Quien ha hecho este papel, lo ha hecho con rabia —habló para sí, mientras las copias seguían saliendo una a una y con una rapidez increíble. Se rió—. Seguro que tiene que ser pobre y tenerle mucha manía a ese Hyuuga. Que se joda.
Cada vez faltaba menos, así que fue juntando hojas y hojas hasta tener un buen fajo. Hizo varios, y cuando al fin la fotocopiadora paró, subió al patio de la facultad y lanzó varias pilas de papeles por cada una de las cuatro esquinas del edificio, todo lo lejos que pudo. Después, bajó como si nada, pegando una de aquellas hojas en el tablero informativo de la facultad. Así, sonrió, todos tendrían una visión de lo que había hecho ese Hyuuga en su adolescencia. Ya no pasaría desapercibido. Para nada.
—¿Quieres que te acompañe adentro? —le preguntó Kakashi una vez llegaron al exterior de la mansión.
Habían salido del hospital hacía sólo media hora, así que sabía que su amiga no se encontraba tan bien como quería fingir. No podía negarlo, se preocupaba mucho por ella. Aunque no pudo hacer nada ante su negación.
—No, Kakashi, debes tener cosas que hacer —le respondió ella, intentando que no se preocupara más. Ya lo había visto suficiente nervioso en el hospital—. Yo sólo subiré, irá a mi habitación y dormiré. Estoy agotada.
—¿Seguro? —se aseguró él una vez más.
—Seguro —sonrió mientras se giraba y caminaba despacio al interior de su hogar.
Al partir, Kakashi ni siquiera se dio cuenta de que un coche oscuro le seguía. Tampoco Hikari, que ya se deslizaba al interior de la mansión.
Una vez entró a la mansión Hyuuga, Hikari suspiró. Le había costado tres horas recuperarse de aquel trance al que la habían sometido con fármacos, pero ya se encontraba en su casa, tranquila y sin más dolor que el de su vientre, en el que, horas antes, había llevado un feto de tres meses. Le dolía a rabiar, como si tuviese el período o acabase de dar a luz. Y de hecho se le parecía en algo, porque sangraba como después del parto de Hinata. Sosteniéndose la parte baja del vientre, subió las escaleras y, una vez en su cuarto, se tumbó en la cama y se recostó lo más cómoda que pudo.
Ahora sólo deseaba dormir, a la mañana siguiente un nuevo día habría comenzado y quería volver a sentirse fuerte otra vez; hacer cosas, sobrellevar el divorcio y vivir una vida nueva lejos de su, pronto, ex-marido. Ahora que tenía aquel asunto solucionado, quería vivir de nuevo sin preocupaciones, sin temor a quedar embarazada, vigilando cada vez. Se juró a sí misma un descuido así no volvería a causarle problemas.
Tenten abordó a Hinata cuando ésta aún se estaba poniendo su fina chaqueta de lana dulce. Tenten la había informado de algo que se haría en unas semanas en su casa: una fiesta de disfraces por Halloween. Tenten, como había descubierto hacía algunos días, era bastante amante de las fiestas. Sus padres —ricos, por supuesto— le daban el dinero y ella las organizaba sin mucha dificultad, así que cada año había un mínimo de diez. Se impresionó muchísimo cuando supo esto, pues no esperaba una afición así en una chica tan amable y risueña. Si hubiera podido adivinar sus aficiones, habría dicho que era amante de la lectura y los libros de contabilidad, pero obviamente no era muy buena adivinando cosas.
A Hinata no le gustaba ir a fiestas, no por nada, sino porque nunca tenía con quien ir ni tampoco la invitaban. Pasar doce años recluida en un colegio no implicaba que no conociera el mundo de las fiestas (las hacían en los cuartos, a escondidas de las monjas), pero tampoco es que hubiese ido mucho a éstas. Más bien eran fiestas light, con poco alcohol, mucho vino de cartón y muy poca fiesta. El prototipo de fiesta al que había ido distaba mucho de las fiestas universitarias que se celebraban en aquella ciudad.
—Mmmm… pues no sé… ¿Qué haréis? —le preguntó para hacer tiempo. No sabía si quería ir, porque como siempre, desconfiaba más de ella misma que de los demás.
—Pues mira, habrá un pasadizo del terror a la entrada, buena música y muchos juegos —le comentó, muy sonriente—. Me haría mucha ilusión que vinieses, he invitado un montón de personas y te lo vas a pasar en grande.
—La verdad es que no tengo nada que ponerme —habló Hinata, tímida, dando a entender que sí iba pero que no lo iba a decir directamente—. Hace mucho que no me disfrazo y seguramente no tengo ropa de ese tipo en el armario —sonrió un poquito, tratando de no sonar tan seca. No supo si consiguió o no su cometido, pero al parecer a Tenten le daba igual.
—Bueno, entonces te ayudaré a escoger algo que te quede bien, Hinata —parecía tan resuelta que la joven se dejó llevar escaleras abajo mientras la otra le comentaba el disfraz que se iba a poner y lo que le sugería a ella.
Pensaban coger el autobús juntas, así que caminaron alegremente hasta la parada, no sospechando lo que pasaría a continuación.
—¿Aquel de allí no es tu primo? —preguntó repentinamente Tenten, señalándole a una persona a lo lejos.
Hinata miró y vio una figura alta, de cabello castaño largo y camiseta azul claro: en efecto, era él. Lo reconocería rápidamente en cualquier lugar, llevase lo que llevase. Su cabello y silueta eran inconfundibles. Por el gesto de cabeza que hizo su compañera, Tenten comprendió que la respuesta era afirmativa. Hinata desvió la mirada, fijándose distraídamente en el edificio. Entonces, como si de lluvia se tratase, cientos de papeles comenzaron a caer del cielo, cubriéndolo todo de blanco. Subió la vista y vio que caían del tejado del edificio, pero no pudo divisar quién era el culpable de que tamaña cantidad de papel se desperdiciara. Algunos de aquellos papeles cayeron a sus pies, y con curiosidad, tomó uno de ellos, leyendo la frase impresa en él. Enseguida, su rostro se volvió de cera, blanco como la nieve. Hinata no podía creer lo que allí ponía, ni siquiera podía entender por qué la gente, tan cruel, proclamaba esas injurias. Cobardes. No pudo más que sentir desprecio por la persona que lo había escrito.
¿Quién lo había hecho… quién había escrito semejante barbaridad sobre Neji?
—Lo siento, Tenten —Hinata se disculpó y echó a correr hacia donde había visto caminar a su primo. Su compañera la vio alejarse corriendo a toda marcha, muy confusa por aquella repentina corrediza.
No sabía bien cómo, pero uno de aquellos papeles llegó a él de la manera más aterradora posible: alguien se lo lanzó hecho una bola a la cara, riéndose de él. Era un chico de un curso inferior al suyo. El estómago se le pudrió cuando lo abrió y leyó aquella frase, aquella frase que le calcinó el alma de mil manera distintas, que le hizo revivir casi al instante recuerdos dolorosos, episodios negros de su vida, como una película de los años treinta con tintes oscuros. Y cuando se giró, todo fue a peor: Los papeles caían en hileras desde el tejado de la facultad de ciencias informáticas y su prima, a varios metros de él, le miraba convertida en estatua de sal.
—¿Es que acaso sientes pena por mí? —le preguntó, duro como una piedra e inmovil, apretando la bola de papel contra su mano—. Que no te importe, Hyuuga. No necesito nada de ti —lo dijo con suficiente rencor como para que Hinata bajara la cabeza.
—Neji… —trató de hablar, pero las palabras no salían. Estaba demasiado angustiada por él. No podía entender cómo podía haber personas que dijeran esas mentiras. Al fin, con un hilo de voz, dijo—: No es cierto, así que… no creo que debas preocuparte.
Neji seguía parado en la acera, con los hombros rectos e incapaz de ponerse en una postura más relajada. Todo en sí parecía antinatural, desde su expresión calculada a la perfección, hasta sus andares, más recortados que de costumbre. Le vio caminar como si nada por la acera del campus, reaccionando de una manera que no era normal en él. No estaba despreocupado; estaba tan tenso que, exagerando, seguramente no podría ni sentarse. Juntando algo de valor, la muchacha le siguió y cuando al fin estuvo lo suficientemente próxima y le tocó la espalda, él se giró, y con una mirada que le heló hasta los huesos, le ordenó:
—No me toques.
Ella apartó la mano enseguida y ni se atrevió a volver a intentarlo, sin embargo, le siguió un rato más con la vista hasta que le vio alejarse. Presionado en el puño de su primo, seguía uno de aquellos asquerosos papeles con mentiras inscritas en ellos. Hinata no había podido dejar de mirarlo mientras él se alejaba. Se le atenazó el corazón: a su primo le afectaba demasiado aquella situación; demasiado para que aquellas palabras fuesen simples mentiras escritas en papel…
Y mientras Hinata seguía corriendo hacia su primo, Tenten cogió un papel del suelo y leyó la única frase que lo cubría:
"Con dieciséis años, Neji Hyuuga se prostituía a cambio de drogas y dinero".
Continuará...
Agradecimientos especiales a:
Ridesh, Gambacho, Diana_Carolina, Anna_04, Flordezereso, Ina_Minina, Stephygrock3107, Bell, PhoebeJunko, Hinataxd, Daniratoe y La lectora desesperada.
¡También agradezco a quienes me pusieron en favoritos y alertas!
¡Abrazos para todas/os! :)
