Los personajes de Twilight no son míos sino de Stephenie Meyer, yo solo me divierto un poco con ellos.


Capítulo beteado por Yanina


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Capítulo 4

El avión aterrizó en Nueva York, era la primera vez que estaba en la ciudad, era de madrugada y una fina capa de nieve cubría los enormes ventanales del aeropuerto, por suerte su chamarra servía para protegerla del clima.

Hasta hacía unas horas estaba acostada en su cama pensando en que quizás era momento de hablar y aclarar cómo ocurrieron las cosas, sus padres dejarían de estar tan furiosos con ella, pero en algún momento de su reflexión interna, su madre había entrado a su habitación, bajado el bolso de viaje del clóset y comenzado a arrojar unas cuantas prendas en él, y le había dicho que se apurara.

Pidió una explicación, pero nadie se la dio, ni siquiera su nana Esme los detuvo de sacarla a la fuerza de la casa y meterla al auto.

Ahora estaba ahí, en una ciudad que no conocía, ni sabía para qué habían ido.

¿Acaso aquí iban a…?

Tenía que hablar y aclarar el asunto, pero no sabía cómo hacerlo ahora que las cosas se habían complicado todavía aún más.

Subieron a un taxi y su padre dio una dirección, ni siquiera sabía cómo es que parecían tan seguros de a dónde iban.

Era demasiado tarde para que la llevaran a abortar y estaba segura de que la dirección no era de ningún hotel, además, ¿por qué sus padres no tenían bolsos? ¿Qué pensaban hacer?

El taxista condujo por unos treinta minutos a través de las nevadas calles de Nueva York, iban en completo silencio, ¿quizás era buen momento? No lo sabía, odiaba sentirse sin respuestas.

El taxista se detuvo frente a un enorme e iluminado edificio.

—Aguarde aquí, por favor, no vamos a tardar mucho.

Cuando bajaron del auto pensó en dejar el bolso, si de todos modos no iban a tardar ¿para qué bajarlo?, pero su madre tiró de la correa y se lo entregó.

Era un edificio elegante y lujoso, de esos que solo aparecían en televisión en los programas de gente adinerada.

En la entrada había dos hombres altos y musculosos vestidos de negro, ¿cómo iba a entrar su padre a ese lugar cuando estaban esos dos tipos ahí?

Los hombres los miraron como si estuvieran esperando cualquier movimiento erróneo de su parte para tomarlos y arrojarlos lejos de ahí, pero su padre sacó una tarjeta dorada y la pasó por el lector digital que estaba en la puerta, la cual hizo que sonara un pequeño tintineo, las puertas automáticas se abrieran y los hombres de negro se relajaran.

Si el edificio por fuera era magnífico, por dentro era un palacio, desde sus pisos brillantes y la decoración elegante hasta las personas que trabajaban ahí que a pesar de la hora seguían viéndose espectaculares, incluso mucho mejor que ella.

Las decoraciones navideñas eran pocas, pero de muy buen gusto.

Posiblemente la familia de renos que adornaba una esquina valía más que toda su ropa junta.

Se sentía como un bicho.

Uno que tenía que ser aplastado.

¿Por qué no solamente decía la verdad y regresaba a su vida normal?

Tantos problemas se hubieran evitado si tan solo hubiera hablado antes.

Su padre se acercó a recepción en donde un hombre con traje negro y rojo les esperaba.

—Necesito ver a mi hermano, Edward Cullen, es residente del edificio.

¿Iban a ver a su tío? ¿Por qué? Su tío Edward era prácticamente un extraño para ella, no había ni una sola foto o recuerdo en donde él estuviera, ¿por qué estaban ahí? ¿Le pedirían dinero para el aborto? Sabía que sus padres no eran adinerados, el consultorio en Forks no era precisamente una gran fuente de ingresos.

—Buenas noches, señor —dijo el recepcionista sin dejar de sonreír de manera educada a pesar de que su padre no lo había sido—. Lo siento, pero Edward Cullen no es residente de este lugar.

—No me venga con eso, es mi hermano y sé que vive aquí, ¿ve esto? —le mostró la tarjeta—, él me la entregó para acceder cuando quisiera visitarlo. ¿Ahora me deja pasar?

El recepcionista tomó la tarjeta de su padre y tecleó en su computadora para después volverlos a ver.

—Una disculpa por el inconveniente, pero como sabrá, su hermano ha pedido completa discreción sobre su residencia —dijo sin perder la sonrisa—. Lamento informarle que, aun así, no puedo permitirles el acceso, el señor Cullen no atiende visitas a menos que tengan cita previa, estén acompañadas de su manager o que él las esté esperando, y usted no entra en ninguna de esas opciones.

—Soy su hermano, él me atenderá.

—No…

—Dígale que traemos a la niña —dijo su madre apartando a su padre—, y si no baja por ella la dejaremos en la entrada del edificio.

Emma sintió un nudo en la garganta, ¿sus padres harían qué?

El recepcionista la miró, después a sus padres para al final tomar el teléfono y marcar alguna extensión.

Fueron dos llamadas las que hizo, hasta que por fin respondieron del otro lado, después de murmurar una profunda disculpa por la interrupción, le dijo las mismas palabras que sus padres habían dicho.

—De inmediato, señor Cullen. —Colgó el teléfono y le hizo un gesto al otro hombre que estaba custodiando los ascensores, este se acercó de inmediato—. Llévalos al piso de los Cullen, y ayuda a la señorita con su bolso.

El hombre asintió sin pronunciar palabra, le quitó el bolso del hombro y con un gesto de la cabeza les pidió que lo siguieran al segundo ascensor.

Escaneó una tarjeta en el lector que había junto a los números y después de ingresar un código, presionó el número del piso a donde iban.

Subieron en silencio los cuarenta y tres pisos.

Mirándose en el reflejo del ascensor, notó su rostro pálido y su cabello despeinado, la ropa tampoco ayudaba, había salido de Forks usando unos jeans rotos y una sudadera vieja, no era lo que una chica de Nueva York usaría, mucho menos lo que una chica de ese edificio estaría vistiendo.

La campanita sonó anunciando que habían llegado a su destino, las puertas tardaron dos segundos en abrirse, haciendo que su estómago doliera aún más.

Cuando las puertas por fin se abrieron, había un gran vestíbulo con pisos brillantes y un enorme ventanal mostrando la vida nocturna de Nueva York.

Pero eso no era lo que la dejaba sin aliento, sino que ahí frente a ella estaba la superestrella del instituto y el mariscal de campo, hasta hacía dos años, de los New York Giants y junto a él su esposa desde hacía más de diez años, Isabella Cullen.

Las únicas veces que los había visto era en televisión, y los pijamas y el pelo despeinado no eran ni de cerca la imagen que tenía de ellos.

Edward inclinó la cabeza asintiendo levemente, quizás al chico del ascensor pues enseguida escuchó el pitido del ascensor poniéndose en marcha nuevamente.

Isabella la miraba de forma extraña, aferrándose al brazo de Edward.

—Emmett...

—Felicidades, hermanito, me diste una hija que, al igual que tú e Isabella, no puede mantener las piernas cerradas y comportarse como es debido.

Isabella la miró, y por primera vez desde que todos este caos había comenzado, recibió una sonrisa, no había enojo ni furia, solo una sonrisa tímida dirigida a ella.

—Emmett, no estoy entendiendo —dijo Edward sin moverse, como si intentara proteger a Isabella de ellos.

—Es su hija, ustedes háganse cargo de ella. —Su padre tomó el bolso de donde lo había dejado el empleado y lo aventó a los pies de Edward, sin decir más palabras dio media vuelta y entró al ascensor junto con su madre.

Pensó que Edward iría detrás de ellos exigiendo una explicación o que no la dejaran ahí, pero no hizo nada de eso, ni siquiera Isabella lo hizo, en su lugar, sintió las suaves manos de ella tomar las suyas, al abrir los ojos la encontró frente a ella.

—Lo siento, preciosa, lo siento tanto.

Edward también se paró junto a Isabella y repitió las mismas palabras mientras besaba sus manos.

¿Era realmente cierto?

¿Realmente ellos eran sus padres?

Se aferró al cuello de Isabella, no era a quien necesitaba, ni a la que quería, pero ya que su madre la había dejado ahí y su nana ni siquiera había evitado que la llevaran lejos de Forks, era la única que podía consolarla.

—Lo siento, nena, lo siento tanto, te juro que nunca pensé que ellos harían algo así. Lo siento.

Si tan solo hubiera hablado antes…


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