Nota: Hola después de mucho tiempo… No sé cómo disculparme por la larga espera, siento que os he fallado a todxs los que me seguís/leéis. Lo siento de verdad, no sé qué decir. La verdad fue un tiempo difícil: problemas de inspiración, pero sobre todo la desgana y un vacío, una pérdida de esta afición tan querida que es escribir. Pero los que me habéis hecho sacar fuerzas, a pesar de que haya pasado tiempo, sois vosotros, que no habéis dejado de enviarme comentarios animando y apoyando. Siento no haber respondido, pero lo hago ahora. Muchísimas gracias, y lamento esta espera, pero he vuelto, y espero que para quedarme. Espero que disfrutéis del capítulo. Por cierto, aviso de que este último capítulo estará partido en dos y que pondré el epílogo conjuntamente con el próximo. Una vez dicho esto, a leer.
¡Un gran saludo!
En el capítulo anterior: Hiashi descubre que Hanabi es su hija mientras que Hikari despierta del coma en el hospital. Hinata va a ver a su madre pero tiene un encontronazo con Sasuke y Hanabi, complicándose la situación en el hospital. Hanabi muere a manos de un disparo de Madara. Ya en la mansión, Hinata confiesa a Kiba haber sido violada por Sasuke…
ADVERTENCIA: Violencia y sangre.
Capítulo 28. Libertad II
Se dirigía al altar. No comprendía cómo lo sabía, pero allí era dónde sus pasos la llevaban. Iba vestida completamente de negro. Se encontraba en un estrecho sendero que dirigía a una lúgubre iglesia y en cuyos dos costados crecían zarzas espinosas que luchaban por agarrarla. Se miró las manos cubiertas de heridas y sangre, pero siguió corriendo. Al entrar al lugar, frente a ella vio un ataúd. Corrió a ver de quién era, pero Sasuke Uchiha se le puso delante. Miró a un lado y a otro, buscando una salida: a su derecha vio a su madre, que miraba hacia otro lado, ignorándola; a su izquierda estaba Neji, ensangrentado, pero mirándola fijamente, sin expresión. Fue entonces que se fijó de nuevo en Sasuke, en sus ojos: comenzaban a cambiar de negro a rojo paulatinamente. Blanca como la nieve y sudando frío, dio unos pasos atrás, viendo cómo, poco a poco, él iba creciendo en altura y sus manos se transformaban en garras… Salió corriendo, pero tropezó y las afiladas garras la capturaron…
Hinata despertó con el sudor frío deslizándose por todo su cuerpo. Tenía la sensación de haber vivido una pesadilla durante toda la noche, sin poder descansar. Entre esas pesadillas fantásticas y otras en las que revivía hechos recientes, se sentía mal casi todos los días y a veces, a ella acudía un llanto que duraba poco, pero con una intensidad jamás vivida. Tomó aire, sintiendo unos fuertes pinchazos en la cabeza y cogió una botella de agua que se encontraba a su lado, bebiendo casi todo su contenido. Tenía la garganta seca. Quizá era eso a lo que llamaban resaca.
Habían pasado unas dos semanas desde su huida del hospital y llegaron al "hogar" Hyuuga para esconderse. La asistenta ya no hacía acto de presencia, así que más de un día, entre los tres, se habían dedicado a hacer la limpieza de las estancias que visitaban más a menudo. No habían salido para nada de la mansión, la despensa estaba repleta y no habían cortado ninguno de los suministros.
Desperezándose, quiso salir de la cama, pero se dio cuenta, sorprendida, que no llevaba ninguna clase de pijama o ropa interior. Estaba desnuda. Se sonrojó al recordar, ahora sí, la noche anterior, cosa en la que no había reparado hasta entonces. Buscó la ropa por toda la habitación, pero no había ni rastro de ella; tampoco de Neji. Así que, quitando la sábana de la cama, se la envolvió alrededor y salió al pasillo, esperando que a Kiba no se le ocurriese pasar por allí. Encontró su ropa en el pasillo, alfombrando el suelo. La fue recogiendo con rapidez y se metió al baño del final del pasillo para ponérsela. Ante el espejo, se quedó mirando fijamente su cuerpo: estaba impoluto; todo el daño que le habían causado estaba dentro, concretamente en su cerebro. Sacudió la cabeza, evitando recordar los momentos dolorosos que se le venían a ésta. De una u otra forma, todo lo sucedido la había cambiado. ¿Para peor o mejor? Negro, blanco o quizá gris, pero algo en ella no volvería a ser igual…
Empezó a vestirse y se sonrojó un poco recordando la noche anterior: no se había reconocido a sí misma y suponía que el alcohol había ayudado, pero después de beber ya no se acordaba demasiado…
Desde la ventana, entreabierta por un descuido, se deslizaba una brisa fresca que estremecía a los presentes, pero ninguno de ellos se había molestado en cerrarla, parecía que el frío relajaba sus ansiosas y estresadas mentes. Hinata miraba por entre las cortinas la oscuridad del exterior y Neji estaba recostado en la cama, de costado, mientras Kiba se hallaba sentado a los pies de ésta. Los tres se encontraban en uno de los cuartos de invitados y entre ellos reinaba una paz poco usual. El chico de cabello largo cambió de posición, el otro le observó, inquieto y la chica suspiró, sin inmutarse mucho, su vista aún perdida en algún punto de la calle. Finalmente, Kiba rompió el silencio.
—¿Qué vamos a hacer?
El chico de cabello largo lo miró frunciendo el entrecejo.
—¿A qué te refieres?
—Está claro que no podemos seguir en esta ciudad con ese tipo rondando por ahí –Kiba se cruzó de brazos.
—¿Propones algún lugar? –Neji medio sonrió con ironía.
—¿A otro país, por ejemplo? —comentó Kiba y Neji bufó.
—No tienes ni puta idea. ¿Es que quieres que nos encuentren sacando del país a una menor de edad?
—Pues a otra isla…
—Dudo que no nos encuentre cualquiera de sus matones.
—¡Lo pones muy difícil, tío!
—No, es que simplemente veo inútil el salir de esta ciudad sin que alguien nos detecte. Estamos jodidos sí o sí.
—Debemos intentarlo por lo menos... ¡Tú no quieres ni intentarlo!
—Paso.
Kiba no entendía esa apatía en su amigo. Estaba hasta las narices por tanta negativa a sus ideas. Renegó un poco más, pero lo dejó estar un momento después. Neji se ponía imposible. Sin embargo, una voz fue alzándose proveniente de la ventana. Era una voz temblorosa pero aun así enfadada.
—¿Por qué no paras de decir que no a todo?
A Hinata parecía no importarle recibir todo el frío proveniente de la ventana, o llevar puesto un jersey demasiado fino para la temporada en que estaban. Ni siquiera se había girado a mirar a ambos chicos, continuaba mirando por la obertura hacia las muchas casas iluminadas. Tras las cortinas y la tenue luz de una lamparita de noche, no creían que pudieran verles o levantar sospechas de estar allí.
Después de unos minutos de silencio, Neji se pronunció, casi con vergüenza.
—No tenéis que sufrir por una persona como yo —su voz sonó desganada. Hinata giró sorprendida al escucharle en esa actitud, y no con la ironía que solía mostrar—. Habéis sido heridos cuando yo era el único que debería haber pagado mis consecuencias. Era mi pasado y ahora estáis mezclados en él.
Algún que otro sedimento de dolor se aposentaba en su voz y esta no conseguía sonar todo lo íntegra que él pretendía.
—No puedes estar diciendo algo como eso —dijo Hinata, con expresión compungida.
—Sería mejor que os apartarais de mi camino y que tomarais el vuestro —estaba muy serio mientras lo decía.
—¿Hablas enserio, tío? —Kiba tenía una expresión indescifrable en el rostro—. Después de todo lo que hemos pasado y te crees que vamos a hacer eso... Vas listo.
—¿Cómo puedes pensar que vamos a dejarte así después de todo lo que ha pasado? —A Hinata le brillaban los ojos, producto de las lágrimas que se escondían tras estos—. —Pienso permanecer a tu lado, digas lo que digas.
—No pienso dejarte tirado, Neji. Ni ahora ni nunca, así que olvida lo que acabas de decir —Kiba sonrió un poco, guiñando un ojo.
Neji se levantó de la cama, suspiró cansinamente y cerró los ojos. Después se desperezó y bostezó sonoramente.
—Pues haríais bien en hacerlo. Sois un par de pesados dramáticos.
Se dispuso a irse del cuarto pero un par de brazos ligeros se abrazaron a su pecho desde detrás, rodeándolo. Era Hinata quien hundía la cara en su camiseta y se aferraba a él como si no quisiera dejarlo ir. Kiba los veía desde la cama, negando con la cabeza.
—Siempre rechazas a los que te quieren, siempre actúas restándole importancia... pero yo sé que en realidad nos quieres... aunque sea un poco.
Neji se soltó y se fue, bajando las escaleras rápido mientras resoplaba.
"Sois un par de cabezones que no comprenden nada" renegó, muy dentro de él.
Habían encontrado a Neji un rato después, cuando bajaban a la cocina para comer algo. Estaba sentado en un taburete y bebía a morro de una botella de vino. Cuando entraron, les miró y siguió bebiendo, sin importarle ni un poco que estuvieran allí.
—Tío, ¿te la estás bebiendo sin invitar? —se quejó Kiba, acercándose y quitándosela para beber él.
—Siempre había querido hacer esto, el señor de la casa nunca dejaba tocar sus preciadas botellas.
Hinata ignoró el comentario. No quería pensar en su padre, bastante desgracia había ya como para pensar en qué suerte habría corrido éste. A pesar de no apreciarlo mucho, esperaba que aún estuviese vivo, aunque había pocas probabilidades...
—Creo que sacaré tres copas —comentó, y los dos chicos la miraron atónitos.
—¿Tú vas a beber?
Efectivamente. La botella del caro vino acabó casi terminada entre los tres, a excepción que ella sólo había bebido una copa (aunque estaba igual de achispada que esos dos, por la falta de costumbre). Reconocía que estaba rico, aunque un poco fuerte para su gusto en bebidas. Pero necesitaba olvidar cosas, así que, al menos por esa noche, haría una excepción.
—¡Ya sé! —dijo Kiba de repente, dando un golpe en la mesa que la asustó—. ¡Vamos a jugar a beso, verdad, reto!
—¿Y eso es...? —dudó Hinata, entre divertida y extrañada.
—¿No sabes lo que es, Hina—chan? —Kiba parecía muy sorprendido, casi asustado diría ella—. ¡No puedes seguir sin saber lo que es!
Las mejillas de Hinata se sonrojaron por la vergüenza de no conocer ese juego; en el internado jamás había jugado a juegos desconocidos, ni bebido alcohol (aunque se lo habían ofrecido), ni siquiera salir por la noche; ella siempre había sido muy temerosa de lo que pudiese suceder si la pillaban. Ambos chicos se miraron, con miradas sonrientes y maliciosas al reconocer en ella una víctima inocente que corromper.
—Creo que nos vamos a divertir —comentó Neji, frotándose las manos.
Hinata intentaba no caerse, a la pata coja y con una copa de más mientras Kiba coreaba la canción Gangnam style a viva voz. Era el reto que Kiba le había impuesto; si no cumplía, la pena habría sido beber, y ella no estaba dispuesta a dar ningún sorbo más a su copa. Ya casi se la había terminado, y juraría que empezaba a ver doble. Desde su lugar, Neji se meaba de la risa, y Hinata casi alucinaba de verle así, a pesar de intentar concentrarse en no rodar por el suelo. Intentaba no reírse pero al final se cayó al suelo, riéndose como nunca. Se levantó a duras penas, ayudada por Kiba y su mente inocente comenzó a elucubrar un reto para que ambos chicos se sintieran tan ridículos como se había sentido ella. No le hizo falta pensar mucho.
—Me toca a mí, ¿no? —preguntó, golpeándose las mejillas e intentando así recomponerse un poco.
—¿Qué eliges?
—Elijo beso... —pareció pensarlo un minuto más, y con una risilla histérica, dijo—: Kiba, tienes que besar a Neji en...
No tuvo que decir más: Kiba se abalanzó sobre Neji, plantándole un beso en los morros que casi le sacó el alma. A la chica no le dio tiempo ni a impresionarse mientras enrojecía furiosamente e intentaba no reírse.
—¡Oye! —exclamó Neji, sacándoselo de encima, casi tan colorado como lo estaba Hinata por ver la escena—. Contrólate; y tú —se giró hacia ella con una mirada que atemorizaría al mismo Lucifer y la señaló con el dedo—, prepárate para sufrir.
Hinata se desabrochó el sujetador mientras intentaba resguardarse lo máximo posible para que no vieran más de lo que quería. Quién le mandaría jugar a ese maldito juego. Había acabado sin camiseta, sin pantalones y ahora sin sujetador. Todo por no querer hacer uno que otro reto, que en ese momento, en su inocencia, no pensó que tendrían consecuencias. Maldita la hora...
—Este juego no me gusta —se quejó, con un hilillo de voz.
—Habértelo pensado antes de provocarme —comentó Neji, con una sonrisita que daba miedo.
Kiba los observó, riéndose: Neji se había pasado el resto de la noche vengándose de Hinata, poniendo los retos más difíciles a propósito para que ella fallara y tuviese que quitarse prenda o beber, una de dos. Lo más habitual había sido: "Cómete un moco o prenda" (la cara que Hinata había puesto no tenía precio, debió haberla fotografiado), "Pídele a Kiba que tenga sexo contigo o bébete todo ese vaso" (la chica casi se desmaya de solo pensarlo)... Y ahora mismo estaban así, acabando la noche, y... ¿hacía cuánto que ninguno de los tres se lo pasaba tan bien?
Terminó de quitarse la prenda de ropa interior, dejándola muy cerca de ella y se tapó con ambas piernas el pecho. Daba el aspecto de niña en aquella posición tan arreplegada.
—¿Ahora podemos jugar a otra cosa... por favor? —miró a Kiba, en busca de ayuda.
De alguna manera desconocida, los tres habían llegado a la cama sin partirse la crisma, subiendo las escaleras en el proceso. A aquellas alturas, el nivel de alcohol en sangre era alto. Se habían tumbado en una de las camas de matrimonio que encontraron por el camino y tenían otra botella de alcohol en su poder.
—Sabéis, os quiero mucho... —comentó Hinata, audible y visiblemente pasada de alcohol. Se abrazó al cuello de Neji, que se rió un poco por los comentarios de la chica—. Sobre todo a ti, Neji... No te ofendas, Kiba.
El mencionado soltó una carcajada y le golpeó el hombro juguetonamente con la palma de la mano.
—Espero que no te importe que yo quiera más a Neji.
—Creo que ya no deberíais beber más, sabemos cómo acaba esto, Kiba —comentó Neji, que también iba pasado pero hacía gala de todo su autocontrol.
Hinata no parecía darse cuenta de las miradas que el chico le dirigía. No era para menos: la falta de sujetador le marcaba los pechos debajo de la camiseta que se había puesto descuidadamente en algún momento de la noche tras finalizar el juego. Tampoco llevaba pantalones, así que no dejaba mucho a la imaginación.
—¿Por qué tengo que dejar de beber? —preguntó Hinata, hinchando los mofletes como una niña pequeña—. Estoy muy bien así. Kiba, ¿a que tú sí me dejas?
Se abrazó a Kiba con su inusual comportamiento producto del alcohol.
—Oye, es mía —había dicho Neji, con un tono que parecía serio.
—Kiba, protégeme... —había dicho ella tontamente, mondándose de la risa y agarrándose más a él.
—Si ella me prefiere a mí, no puedo hacer nada.
Entonces Neji se deslizó por la cama y cogió a la chica por un brazo, estirándola hacia él. Kiba la sujetaba con fuerza mientras el otro intentaba arrebatársela en un tira y afloja en el que al final, de tanto estirar, acabaron los tres despatarrados por el suelo como niños, entre risas.
En algún momento, Kiba se despidió diciendo que iba a la cocina a por algo de comer. Neji y Hinata estaban en el suelo de la habitación, y él la miraba con intensidad, tal como lo había estado haciendo desde hacía ya rato, mientras los tres hablaban de temas sin importancia. Estaban lejos el uno del otro, ella se apoyaba en la pared de la ventana y él en el filo de la cama.
—Mañana te dolerá la cabeza y querrás morirte —dijo él.
Entonces la chica cambió de posición y comenzó a gatear hasta él, que bajó la mirada al suelo, los mechones de largo cabello cubriéndole los ojos.
—¿Y a ti no? —soltó ella.
Cuando estuvo a su lado, le buscó con las manos, ascendiendo por su cuello y rodeándole el rostro al final. Juntó su mejilla con la de él y ese simple gesto bastó para que él resbalara sus labios en su mejilla y los juntara con los de ella en un suave movimiento. Le pareció demasiado dulce, dado que últimamente habían tenido que soportar tantas lágrimas, pesares y dolor y de repente, los movimientos de él se tornaron bruscos, desesperados, más acordes a sus sentimientos y sensaciones, mezclándose los de ambos. De repente, se ansiaban, se besaban, se tocaban sin control, sin pensar en nada más, con unas ganas que decían mucho, aunque no se dijeran nada con palabras.
Neji se levantó, y la levantó a ella por las piernas desnudas, agarrándola por los muslos hasta pegarla a su torso, donde continuaron comiéndose a besos sin pensar en otra cosa que en lo que querían expresarse: una profunda necesidad.
Neji cayó sentado en la cama, y ella encima, tumbándose casi por completo sobre él. Puso ambos brazos a cada lado de su cabeza y el cabello le cayó al frente. Sonrió un poco mientras bajaba y le daba un casto beso a Neji, que tenía los ojos cerrados y también sonreía, solo un poquito, pero sonreía, al fin y al cabo.
Desde la puerta, Kiba, que acababa de llegar, sonreía con agrado. Poco a poco y sin hacer ruido, cerró para dejarles intimidad.
Cuando Hinata bajó al comedor, el desayuno ya estaba servido: café, rollos de canela (sus favoritos) y los dos chicos sentados comiendo con un hambre descomunal. Sin querer, oyó a Kiba decir "Nunca creí que cocinarías para una chica" pero hizo como que no lo había escuchado y una pequeña sonrisa se pintó en su rostro. Se sentó en uno de los asientos libres, entre ambos chicos. Tomó un rollito de canela y se dedicó a saborearlo. Con sorpresa, vio cómo Neji le servía un vaso de zumo de naranja.
—Para la resaca – comentó, con una media sonrisa burlona.
El puerto estaba atestado cuando abrió la lonja del pescado de Tokio. Muchos vieron el cuerpo flotando mientras era balanceado y golpeado por el agua oscura contra los pilares de madera de los embarcaderos. Solo algunos vieron quiénes lo habían lanzado, pero no dijeron nada: a veces, la gente se buscaba que le pasaran ciertas cosas. Quien jugaba con la mafia, si no tenía cuidado, encontraba su final. La policía acudió pronto para precintar el lugar del crimen. Signos de tortura llenaban la anatomía de un hombre en sus cincuenta, ojos grises hundidos y semidesnudo, cuya carne delataba lividez y putrefacción…
El sol iluminaba el interior de la casa a través de las largas ventanas cubiertas por cortinas blancas. El espejo del mueble del recibidor le devolvía una mirada ida, carente de sentimientos. Se observó sentada en esa silla de ruedas y bajó la mirada a la escayola que cubría su pierna derecha: una mala patada le había astillado la tibia y aún le quedaban algunas semanas para quitársela. En su cabeza se repetían una y mil veces los golpes que Hiashi le había propinado, sin piedad. El psicólogo había dicho que tardaría en recuperarse, los médicos que era una suerte que estuviese viva habiendo recibido una paliza de ese calibre… Sus manos tiraron de las ruedas para deslizarse hasta el comedor, donde Kakashi ya había pasado para ver el estado de la casa.
—Alguien ha limpiado —le dijo cuando ella ingresó al salón— aunque en la cocina hay varias botellas de vino vacías.
Efectivamente, alguien había pasado una fregona por allí, porque no había rastro de sangre o pedazos de cerámica rotos.
—Los ladrones no limpian, pero sé a quién le gusta el vino —sonrió un poco, sin verdaderas ganas de hacerlo.
—Debieron ocultarse aquí.
Kakashi iba a subir, pero tres figuras que bajaban la escalera lo detuvieron: Hinata aún llevaba el pijama y reía mientras Kiba intentaba hacerle cosquillas por detrás; Neji los miraba divertido desde atrás. La primera en darse cuenta de la presencia de Kakashi y Hikari fue la chica, que se quedó boquiabierta por la impresión y bajó la escalera rápidamente, quedándose parada en los últimos escalones. Madre e hija se miraron durante lo que parecieron minutos y las palabras no salían.
—¿Mamá?
Unas lágrimas se deslizaron por sus mejillas mientras miraba a su hija; la depresión que ya la corroía por dentro y el recordar la explicación de Kakashi sobre la situación en la que habían estado Hinata y Neji... todo eso la hacía sentirse horrible, y con razón. Ella no merecía nada ahora mismo, cuando no había tenido el valor de apoyarlos en su momento. A pesar de eso, se secó las lágrimas con la palma de la mano y los miró con media sonrisa.
—Sí, estoy aquí, pero no esperéis que corra a abrazaros.
La chica había bajado la cabeza y parte de su rostro había quedado tapado por su flequillo. Un pequeño sonido llegó a oídos de casi todos. Un pequeño gemido. Hikari alzó los brazos cuando su hija lanzó hacia ella para abrazarla y ahora estaba apoyada en las piernas y abrazada a la cintura de su madre mientras ésta hacía esfuerzos por contener la emoción que estaba sintiendo y acariciaba el cabello suave y oscuro. Al final, ella también rompió a llorar, como si llevara mucho tiempo sin hacerlo.
Miró a su alrededor, apreciando el lugar con detenimiento: había encontrado el sitio perfecto para su amiga. A Hanabi siempre le había gustado la lluvia y allí llovía tan frecuentemente que era difícil que no hubiera humedad, que la tierra no estuviese más oscura o que de las hojas no se deslizasen gotitas de rocío al amanecer. El sonido de las aguas de un río cercano le daba un cariz casi mágico a aquel bosque. A ella siempre le habían gustado esos lugares, donde podías sentir la naturaleza en su máximo esplendor y las leyendas casi cobraban vida. Lástima que ya sus ojos no pudiesen distinguirlo más.
El bulto entre sus brazos empezaba a despedir un olor a podrido que atraía a moscas y pequeños insectos. Ya iba siendo hora de dejarla descansar, aunque se negaba, pero se hacía necesario. Sasuke en ningún momento había dejado caer la sanguinolenta sábana que tapaba su rostro. No quería manchar aún más el recuerdo que tenía de ella. La bonita y menuda Hanabi, con su sonrisa de blancas perlas y esos ojos grises de niña traviesa. La había visto crecer y convertirse en lo que había sido y ahora... ¡menudo desperdicio! Él merecía haberla visto morir, haber perdido lo único que le importaba. Se merecía lo peor.
Sonrió de medio lado pero no había ni gota de satisfacción en ese gesto: él había herido, había violado, había odiado con toda su alma. Esto es lo que había obtenido: ver morir a quien consideraba como su hermana. Su compañera en los actos ingratos que había planeado.
—Podéis cavar aquí, que sea un hoyo grande —dijo, y enseguida, dos de los hombres de la familia que aún le eran leales así lo hicieron.
Trajeron palas y empezaron. Él no ayudó. No pensaba dejar a Hanabi en el suelo, a su suerte, al menos no hasta que el agujero estuviese listo. Se quedó mirando a la sábana manchada de sangre y perdió la noción del tiempo hasta que terminaron, pensando en nada. Pidió que sus hombres se retiraran, y cuando estuvo solo, entró cuidadosamente al hoyo e introdujo a la muerta. No iba a dejar que nadie más que él la depositase allí.
Subió de nuevo, y ya sin Hanabi, pensó que el mundo ya no le importaba una mierda, que nada tenía un sentido especial en la vida y que sin Hanabi, se iba a convertir en una peor persona. La peor que conocía.
—Adiós, Hanabi.
Los tres chicos estaban sentados en el sofá de la sala mientras Kakashi se encontraba de pie al lado de Hikari; el ambiente era silencioso y tranquilo, y aunque el de mayor edad había puesto al día a Hikari sobre todo lo ocurrido mientras estuvo en coma, aún había muchas cosas que contar y aclarar, porque los más jovenes no sabían nada de la situación actual.
—Después de lo ocurrido en el hospital, la señorita Kurenai y yo llevamos las pruebas a la policía y denunciamos los delitos de la familia Uchiha —explicó Kakashi—. Mañana comenzarán a buscaros y el primer lugar al que irán será este, así que tenéis que decidir, chicos.
—No confío en la policía y de todos modos, no sabría por dónde empezar a declarar—comentó Neji, con el ceño fruncido. Kiba asintió, dándole la razón.
—Yo tampoco, Kakashi—san, la yakuza tiene infiltrados entre la policía —dijo, más amable.
Kakashi suspiró y se llevó una mano al cabello, revolviéndoselo. El pobre hombre había tenido los dos días más cansados de su vida, removiendo papeles y buscando a gente de confianza que pudiera ayudarle. Treinta o cuarenta llamadas y encuentros después, lo había conseguido, pero para su mala suerte, esos dos chicos frente a él eran unos desconfiados y no cederían a la primera. Tendría que esforzarse un poco más para convencerlos.
—He contactado con gente de confianza, amigos míos... No tendremos problemas, os lo aseguro.
—Mira, Hatake —comentó Neji, con una mirada irónica—. Hay muchos amigos que pueden traicionarte, así que, por mi lado, todos seguimos en peligro, incluido tú.
—Sabemos de lo que es capaz esa gente —dijo Kiba, con la misma urgencia—. Sólo un avión que nos lleve lejos y algún tipo de protección van a ayudarnos en algo.
—La idea es buena —asintió Hinata.
Neji puso los ojos en blanco.
—Por favor, Kiba, relájate con eso –luego miró a Hinata—… y tú no le des la razón.
—¡Tenéis que relajaros y escuchar a vuestros mayores! —exclamó al fin Kakashi, haciéndolos callar a todos de una vez.
—No sé si te has dado cuenta, pero te estás llamando viejo —se burló Hikari.
—En fin, chicos, todo puede hablarse —dijo Kakashi, haciendo gala de su paciencia—. Si una cosa no sale bien, iremos a por la otra. Tendremos varios planes preparados. Pero por el momento, tenéis que decidir si declararéis o no. Es algo clave.
—Yo declararé... —dijo Hinata, dándole un voto de confianza al amigo de su madre—. Ellos no pueden quedar impunes. Puede que me esté equivocando de nuevo... pero tenemos que probarlo.
Kakashi se mostró agradecido con la confirmación de la chica, y seguidamente miró a Kiba.
—Sigo pensando que deberíamos ir a vivir a otro lugar, y no hablo de Japón, que conste —Kiba seguía erre que erre con su idea principal, con la que había insistido desde que habían llegado a la mansión, pero antes que el hombre le diera una colleja, dio su respuesta—: Pero yo declararé, de todas maneras, ya os di esos vídeos y espero que toda esa gente se pudra en la cárcel.
—Y te doy gracias por eso, Kiba —llegó la hora de girarse a Neji, y cualquiera que lo conociese, sabría su respuesta.
—No voy a declarar, paso, no servirá de nada —dijo, con una ira que molestó al hombre.
—¿Sabes que si la policía decidiera revisar el archivo de Kurenai, ni tú, ni ella, ni la ley de privacidad del paciente podría hacer nada contra ello? –dijo Kakashi. El chico se puso lívido y cerró los puños con fuerza—. Pues sí, así que tú sabrás si quieres contarlo tú o que lo lean.
—La puñetera policía no necesita saber nada —dijo, sombrío—. Nunca han hecho nada por mí, así que, que no me jodan.
Neji se levantó para irse, pero entonces, Kakashi le dijo algo que le hizo girar en redondo.
—Supongo que no sabes que Madara sigue vivo, y si no declaras y haces fuerza con Hinata y Kiba, él podría quedar libre.
Enseguida, Neji alzó la mirada atizado por un resorte. Una ira desconocida parecía haberse adueñado de sus ojos al oír ese nombre otra vez. En seguida, Kakashi se dio cuenta que no debió mencionar eso delante de Neji, pero había sido la única manera de mantenerle allí.
Kakashi, mirándole una vez más, rememoró la voluntad que él había demostrado en casa de Kurenai al querer ir a buscar a Madara Uchiha aun teniendo una infección en el brazo... era impresionante. Debía odiarle con toda su alma. Desconocía lo que habría pasado para que el chico tuviese esa actitud, esa ira tan grande hacia Madara… Hinata, por su parte, desde su asiento, recordó aquellas palabras que Neji le había dicho una vez y se estremeció.
"Ahora ya no soy cobarde. No quiero morir. Quiero matarle, si es que queda algo de él".
Dios mío, ¿y si cumplía aquello, y si iba a por él? Esperaba que lo hubiesen llevado a otro hospital, pero lo dudaba seriamente. Era el único en kilómetros.
—Está bien saberlo —comentó Neji, de repente muy tranquilo y sentándose en el sofá—. Y está bien, voy a declarar.
Kakashi soltó un suspiro de alivio, sin embargo, Hinata siguió mirando al chico de cabello largo de hito en hito. No se creía una palabra de lo que había dicho, y pensaba hablar de ello con Kiba; debía haber alguna forma de pararle.
En los suburbios, en un oscuro callejón de Kabukicho, dos hombres de cabello negro parecían traerse algo entre manos. El primero llevaba una escolta detrás e iba bien vestido mientras el otro iba muy informal, casi sucio, lo que hacía arrugar la nariz del primero y dudar de lo que iba a pedirle.
—Tienes que traérmela, y sin tocarla, ¿entendido?
—Lo de traerla está hecho, primo, pero no te aseguro lo último —sonrió de medio lado—. Ese cervatillo es un bocado muy tierno.
Sin avisar, el hombre se vio estampado contra la pedregosa pared.
—Es mía, así que, sin follártela, o si no, me dará igual que seamos primos y te la cortaré yo mismo —sus ojos parecían refulgir en rojo mientras le hablaba—. Me dio igual dispararle a mi tío, así que cuidado.
—Está bien, no te enfades, tío —tragó saliva, estremeciéndose levemente—. ¿Aún tienes asuntos con ella?
—Digamos que ella es el medio para llegar a mis asuntos con alguien más –sonrió de medio lado—. Pero no es conveniente que sepas más. Tú solo llévala a este lugar.
Sasuke le tendió un papel con una dirección escrita en él. El otro hombre asintió, tomando el papel. El de traje lo miró de hito en hito y se metió las manos en los bolsillos de la americana mientras se daba la vuelta para marcharse. En el último momento, se volvió y soltó:— Por cierto, lávate, apestas.
Era por la tarde y no había nadie en el comedor. La casa se encontraba sumida en un silencio profundo. Neji cogió la caja plateada del cajón de la mesa de té y la dejó sobre ésta. Un seguro, había dicho Hiashi el día que la compró, por si entraban ladrones a casa. Hikari no había estado de acuerdo, pero eso a su tío le había dado igual. Abrió la caja y empuñó suavemente la pequeña pistola calibre 25.
Iba a hacerlo, se lo debía a sí mismo.
No se pararía ahora en la decisión que había tomado al saber la noticia de que Madara Uchiha seguía vivo. No pararía porque el rostro lleno de sufrimiento de Hinata le recordaba lo que él había padecido en el pasado y le hacía ir con más fuerza hacia su meta. Su destino.
Se iba a guardar el arma en la cinturilla del pantalón, cuando Kiba lo sorprendió en medio del acto.
—¿Qué demonios haces, Neji? —bramó Kiba, que había aparecido por la puerta en algún momento y se había aproximado a él sin que se diese cuenta. Se le veía dolido, furioso y resoplaba quedamente.
Lo único que hizo Neji fue mirarle, guardarse el arma e iba a salir cuando su amigo le paró con una sola frase.
—Lo de que ibas a declarar era mentira —afirmó. Neji lo miró, sorprendido—. Desde el principio.
—No te metas, Kiba, es mi asunto –soltó, mirando hacia otro lado.
—Piensas que puedes darle fin a todo acabando con su vida, pero no saldrá bien. Te pillarán.
—¿De qué mierda hablas? Te he dicho que no...
—Sí, te leo fácilmente —lo interrumpió—. Piensas que podrás matarlo porque está débil pero lo más probable es que esté custodiado.
Neji no dijo nada, simplemente miró a Kiba y dejó que siguiera hablando.
—Sí, Neji, acabará tu sufrimiento, pero, ¿de verdad quieres ir a la cárcel... dejar sola a Hinata?
—Ella tiene que comprenderlo —hablaba mirando al suelo—. También lo hago por ella.
—Sé que no es fácil olvidar lo que ese hombre te hizo —Kiba cortó la distancia que tenían y lo cogió del cuello de la camisa.
—No llegas ni a comprenderlo –su voz salió gruesa.
—Pero no vale ni la espera en el patíbulo, ni la muerte, ni las lágrimas y sufrimiento que puedes ocasionar —mientras hablaba, el chico tenía los ojos brillantes por las lágrimas no derramadas.
Un escalofrío corrió a lo largo de su columna vertebral y se hundió en su estómago con la fuerza de una roca. La horca, la pena de muerte en Japón. Quizá es que, hasta ese momento, no había pensado más que en venganza, no en su propia muerte. No en el dolor de Hinata. Pero de repente era consciente de todo eso y sentía una gran opresión.
—¿Quieres verla morirse de pena el día en que te mates? Porque eso es lo que estás haciendo, Neji, maldita sea…
—No se te da bien el chantaje emocional –comentó, burlón, plantando ante él una barrera sarcástica. Kiba se preguntó cómo podía serlo en un momento como este. Cerró los puños y la mandíbula como si se tratase de acero forjado.
—¡No pienso permitir que te mates! Haré cualquier cosa por evitarlo.
—¿Sí? ¿Y qué harás? —Neji lo miró desafiante—. Porque me da igual tener que pegarte para salir, ¿sabes?
—Eres un necio sin remedio.
El primer puñetazo voló sin control a la faz de Neji, quien la giró por inercia debido al golpe. El segundo fue a parar a la boca del estómago de Kiba, y fue tan fuerte que lo tiró al suelo, dejándolo sin aire.
—Lo tuyo nunca han sido las peleas, asúmelo —se dispuso a irse, pero la voz de su amigo lo detuvo.
—No lo hagas, Neji, no jodas tu futuro —Kiba intentaba levantarse, recuperándose poco a poco del golpe.
Neji tuvo el descaro de reírse y negar con la cabeza, como si su amigo hubiese dicho la mayor sandez del mundo.
—¿De qué futuro me hablas? No hay futuro para mí.
Neji desapareció por el pasillo del recibidor, y la puerta de entrada se cerró con fuerza.
El jardín estaba vacío de sonidos a esas horas de la tarde. Sólo las cigarras y algún que otro coche al pasar por al lado de la mansión irrumpía en el silencio. Hinata se sentó en uno de los bancos del jardín para pensar en sus cosas y respirar un poco de aire fresco. Su madre se encontraba unos metros más allá, confinada en su silla de ruedas, tomando el sol mientras intentaba entretenerse con un libro. Ninguna de las dos se decía nada.
—¿Sabes lo fácil que es colarse aquí? —Hinata se estremeció al reconocer el tinte de su voz, muy parecida a la de Sasuke Uchiha.
Antes de poder reaccionar, quien fuera que le había hablado la retuvo desde detrás, pasándole un brazo sobre el cuello. El susto de la vez pasada volvió a ella, rememorándole imágenes de pocos días atrás, en el hospital. Algo afilado en su garganta le recordó a aquella vez, en su cuarto. Aunque no estaba segura de quién era, tenía sus sospechas.
—¡Suéltame! —exclamó, con el miedo calándole la voz.
—¿No me digas que ya no te acuerdas de mí? Si te dije que volvería.
Un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Sí, se acordaba de él. Cómo no hacerlo. "Casi nunca puedo estar con una chica como tú". El sólo hecho de recordar sus palabras le parecía vomitivo. "Volveré para terminar".
—Hinata, ¿qué ocurre? —su madre se alertó desde su posición, dejando caer el libro al césped.
—¡Ma…! —intentó gritar con todas sus fuerzas pero él apretó la navaja en su cuello, negándole el grito. Hinata sintió un punzante dolor en el cuello.
—¿Pides ayuda a una lisiada? No me hagas reír.
—¡Vete a la mierda! —gritó Hikari, rabiosa por el nombrecito.
—Sigamos a lo nuestro: he oído que mi primo te lo hizo antes que yo, maldito tipo con suerte. Pero fíjate, vengo a espiar esta casa por si hay alguien y te encuentro tan tranquila en el jardín, como si no tuvieras nada que temer.
Estúpida, estúpida y más estúpida. Se había confiado con la llegada de su madre y Kakashi y la habían visto por salir al jardín por eso. ¿Por qué siempre la pifiaba?
—¡Kakashi, Neji, Kiba! —gritó Hikari—. ¡Ayuda!
Quería ir a por su hija, y lo quería con tanto ímpetu que pensó que podría moverse para ayudarla, pero lo único que consiguió fue caer al suelo, notando las lágrimas de impotencia bajar por su rostro mientras se llevaban a su única descendencia viva.
Su agresor la arrastró hasta la verja de entrada, tirándole dolorosamente del cabello. Pasaron por la entrada (cuyo candado ya debía haber sido burlado por ese hombre) y la siguió arrastrando por la calle. Una furgoneta negra estaba aparcada unos metros allá, con alguien dentro en el asiento del piloto, supuso el conductor. Se vio arrastrada sin ninguna forma de defenderse hasta la parte trasera, que quedó cerrada de un sonoro portazo, dejándoles solos a ese hombre y a ella.
La chica tembló de anticipación. Si ese tipo decidía acabar lo que había empezado aquella vez... ella no tendría escapatoria. Intentó respirar para relajarse, pero sus inhalaciones y expiraciones eran cada vez más rápidas, al borde del ataque de ansiedad.
Otra vez, sin proponérselo, estaba sola, en peligro, sin poder hacer nada para evitarlo. El primo de Sasuke la puso entre sus piernas y siguió amenazándola con la navaja.
—Aquí tenemos al dulce cervatillo asustado, listo para que mi primo lo cace —se lo dijo al oído y la hizo temblar—. Aunque supongo que no habrá problema con que yo te cace antes.
Le pasó la lengua por el cuello, la asqueó olisqueando su piel en ese lugar y con la mano libre le estrujó la carne de los muslos a través de las mayas que llevaba. Hinata cerraba los puños con resignación y se mordía los labios, aguantando las lágrimas.
—Vaya que esto no deja nada a la imaginación —le dijo, refiriéndose a la suave y elástica tela que se pegaba a sus piernas como una segunda piel.
Siguió con su exploración mientras apretaba la navaja aún más y la chica profería un quejido, dolorida.
—Ten cuidado, la muy puta casi le saca un ojo a Sasuke con un tenedor. No le acerques cosas afiladas –dijo el conductor.
—Así que te han salido astas, muy bien, pequeña, me gustaría haberte visto luchar así conmigo.
La furgoneta se puso en marcha y mientras empezaba a recorrer un camino hacia algún lugar, Hinata sintió que todas sus esperanzas se evaporaban.
Daban las cuatro de la tarde cuando cuatro policías irrumpieron en la mansión Hyuuga. Los acompañaba Yuuhi Kurenai, que se dirigió enseguida a Kakashi para preguntarle sobre lo sucedido.
—¿Qué ha ocurrido aquí, Hatake—san?
—Quizá debería preguntarte primero cómo has llegado aquí.
—Perdona por ser tan maleducada...
Cuidar de sus plantas y flores era algo que a Yuuhi Kurenai la relajaba en extremo, y con sus últimas idas y venidas las había descuidado muchísimo. No le pagaba a nadie para cuidar de sus plantas porque era una de sus aficiones y amaba hacerlo. Sus padres, fallecidos hacía un tiempo, le habían dejado en herencia la casa tradicional en la que ahora vivía. Ellos eran floristas y adoraban cuidar de su jardín, y eso se lo habían trasmitido a ella desde bien pequeña. Ahora, su única compañía eran sus flores pero debía decir que últimamente extrañaba algo de compañía humana.
Su reloj de pulsera daba las seis menos diez de la tarde cuando el sonido del timbre la alertó y levantándose con parsimonia del jardín, fue a abrir, intrigada. Se había tomado unos días de fiesta en su trabajo en la clínica por los recientes acontecimientos, así que era imposible que alguien la reclamase por algo relacionado con el trabajo.
Al ir a abrir, dos hombres y dos mujeres trajeados la esperaban fuera de la verja. Dudó en si abrir o no, así que les preguntó a través de la cancela qué querían.
—Buenas tardes, ¿es usted Yuuhi Kurenai?
—Sí, ¿y ustedes?
—Policía de Tokyo —sacaron sus placas y se identificaron debidamente.
En seguida, todas las alertas de Yuuhi se dispararon, y su mente se enfocó en Neji y Hinata. ¿Habría pasado algo con ellos? Se obligó a calmarse.
—Señorita Kurenai, tiene que acompañarnos para hablar sobre Neji Hyuuga.
Fue como si un gran pedrusco le cayera encima. Se le hizo un nudo en la garganta y se preguntó qué habría pasado con el chico.
—¡¿Él está bien?! —exclamó, nerviosa—. ¿Le ha pasado algo?
—Cálmese, hablaremos de ello en otro lugar.
—Déjenme ir a por mis cosas, volveré en un minuto.
Ya en el coche, y ante su nerviosismo y preguntas, le empezaron a explicar la situación.
—Alrededor de las cinco de la tarde, Madara Uchiha fue encontrado muerto de un disparo en la habitación de la UCI. Neji Hyuuga fue visto a las cuatro y media en el hospital, hay grabaciones que lo constatan, prueba más que sólida para sospechar de él.
—Es por eso que estamos buscando a Neji Hyuuga como supuesto culpable del homicidio de Madara Uchiha.
Kakashi se llevó las manos a la cabeza y se revolvió el cabello, no sabiendo qué hacer con aquella situación.
—Es muy grave —dijo Kakashi, al finalizar la explicación de Yuuhi—. Me gustaría que no fuese así, pero sabemos que él tiene motivos para haberlo hecho.
—Y más que merecidos, seguramente, pero no puedo creérmelo —respondió, y los ojos se le pusieron brillantes por las lágrimas no derramadas—. Me niego a que él sea un asesino.
Yuuhi Kurenai se consideraba una mujer muy íntegra, pero ahora que el asunto trataba de Neji, la situación la estaba superando, y casi no se sentía capaz de declarar contra él con lo que sabía era una realidad: que él odiaba a muerte a Madara y que, en su propia casa, se había levantado con fiebre y una infección horrible con la intención de ir en busca de ese hombre...
—Me han explicado que me tienen aquí en calidad de mediadora por si Neji apareciera, porque soy su terapeuta... pero no sé si seré capaz.
Hatake le puso una mano en el hombro y le dio unos cuantos golpecitos, a modo de consuelo. Se quedaron en silencio, y al cabo de un rato, uno de los agentes se acercó a Kakashi.
—Ko—senpai, gracias por venir —dijo éste, a modo de saludo.
—Hatake, siento que no hayamos sido lo suficientemente rápidos en todo este asunto.
—En todo caso, debería sentirlo yo por no haber estado más atento.
—Alguien de arriba se ha estado inmiscuyendo en todo esto, ese es el motivo de la tardanza —dijo el hombre, con una leve sombra cubriéndole la mirada—. Pero ya sabes que esto es cosa de cada día.
—Parece ser que la justicia no es tan ciega, entonces —comentó Yuuhi, ácida.
—Sí... Supongo que la señorita ya te ha comentado a quién buscamos —Kakashi asintió—. No hay motivo para alterarse, de momento sólo es un sospechoso.
—Supongo que el culpable acabará saliendo a la luz.
—Lo que más debe preocuparnos ahora es el secuestro de Hinata Hyuuga, y el tiempo va en nuestra contra mientras estamos aquí.
—Todavía no está todo perdido —fue lo único que dijo—. Vamos a encontrarla.
Neji despertó con una ráfaga de agua fría en la cara que pareció cortarle el rostro. Intentó pensar en qué había ocurrido para estar en esa situación, pero notaba la mente confusa y el cuerpo muy débil. Tuvo que pasar un rato para que empezara a pensar correctamente. Recordaba haber ido al hospital, entrar en la habitación de Madara… Todo muy fácil. Demasiado. Rememoró qué había ocurrido para que él estuviese en esa situación y no regodeándose con la muerte de uno de sus mayores enemigos...
Había entrado al hospital sin llamar la atención, hasta el área de semi—críticos, donde Madara Uchiha se encontraba. Pasó el control de enfermería sin que lo vieran. Por suerte no había nadie allí. Localizó la habitación y al entrar con sigilo, se encontró al muy hijodeputa inconsciente. Se sacó la pistola pero, cuando lo miró otra vez, y por algún motivo de su jodida cabeza, perdió las ganas de disparar. Algo le decía que su venganza tendría más sentido si la persona en cuestión estaba despierta, y no en ese estado.
Tragó saliva, pensando por una vez en lo que le había dicho Kiba, en Hinata... Y de repente, notó como alguien le sujetaba por atrás y un pinchazo fuerte en el cuello, que lo atontó hasta el punto de verlo todo borroso y caer en la oscuridad.
Neji trató de moverse, pero sus manos estaban atadas con firmeza detrás de una especie de poste. No quiso pensar en qué clase de droga le habrían metido en el cuerpo, pero tendría que esperar a ver si se le pasaba. Los ojos volvían a pesarle y en algún momento en ese rato que estuvo luchando por mantenerse despierto, le volvieron a tirar agua fría en la cara. Esta vez se notó más íntegro y pudo enfocar la vista.
—Despierta de una vez, bella durmiente.
—Vete a la mierda –le irritaba tanto la voz de ese sujeto… a decir verdad, no sabía cuándo había empezado a odiarla.
Consiguió abrir los ojos y vio, como pensaba, a Sasuke Uchiha delante de él; tenía una sonrisa en el rostro que de buena gana le habría borrado de un puñetazo.
—Cuando me avisaron que salías de la mansión, no creí en mi buena suerte.
—¿De qué me hablas?
—Ibas directo al hospital, directo a una trampa que habría sido fácil de descubrir si no estuvieses tan cegado con la venganza, ¿verdad, Hyuuga?
Neji gruñó y le dirigió una mirada de desprecio.
—Reconozco que actué rápido, avisando que todos te dejaran el paso libre, que te drogaran y te trajeran a este lugar. Tiene un toque lúgubre que me encanta, por eso lo he elegido.
Neji aguzó la vista: se encontraban en una sala muy oscura iluminada con alguna que otra vela. No tenía muebles ni ventanas, y la puerta estaba hecha con hierro.
—Me importa una mierda si esto te gusta o no.
—¿Te importará entonces que te incriminen del asesinato de Madara? –Neji palideció por un momento al escuchar las siguientes frases—. Serás el asesino más probable. Ya habrán encontrado la pistola con tus huellas y las cámaras han sido borradas. Estás metido hasta el cuello ahora, como querías.
Al chico le dio por reírse. Estaba jodido del todo, porque una acusación así era grave, pero es que era para reírse, pues él ya había estado dispuesto a matar a Madara desde el principio. Le habían ahorrado trabajo, aunque le hubiese gustado hacerlo con sus propias manos. El muy maldito tenía razón.
—Habla claro de una vez y déjate de tonterías. ¿Qué quieres de mí?
—¿A parte de hacerte todo el daño posible? No habrá más satisfacción que esa.
El chico lo miró con una mueca desconcertada.
—¿Tanto me odias, Uchiha? ¿No te interesa el dinero de la familia?
Sasuke sonrió y se inclinó hacia Neji.
—Sé que el viejo te legó todo, y ahora que está muerto es tuyo, pero nada me hace tan feliz como verte sufrir.
—Muerto…–no había una gota de lamento en su voz.
—Digamos que los peces del puerto y los curiosos se han puesto contentos esta mañana: "el gran Hiashi Hyuuga aparece flotando en el puerto". La noticia ha quedado muy bien en los titulares.
—Déjate de adornar el asunto. Haz ya lo que tengas que hacer.
El dolor y el sabor a hierro invadieron su boca al recibir un puñetazo en la boca que le partió el labio inferior. Cuando se recuperó un poco, centró la cabeza y vio que Sasuke le sonreía de una forma bestial. Juraría que sus ojos refulgían en un tono rojizo.
—Tendremos que ir un paso más allá. Quiero verte sufrir más.
Lo vio dirigirse a la puerta metálica y abrir el gran pestillo que tenía echado. De esa forma, le dejó en la oscuridad, solo iluminado con las tenues velas, pensando qué había querido decir con eso de que tenían que ir un paso más allá.
El viaje se le hizo lento, y se sentía en el infierno mientras el primo de Sasuke continuaba tocándola en la parte trasera de la furgoneta. Ella retenía sus lágrimas; no quería llorar ante ese hombre asqueroso. Tampoco había gritado por ayuda, porque habría resultado inútil si él le cortaba el cuello con la navaja con que la amenazaba. Ese hombre olía a sudor, y ella sentía la imperiosa necesidad de lavar con lejía las zonas que había tocado.
Para su alivió, la furgoneta paró y ella pudo respirar tranquila, aunque no fue más de un segundo antes de que le taparan la cara con una especie de saco de tela y la invitaran a caminar a empujones. El saco olía a moho y a agrio, y le provocaba náuseas a cada respiración. Un sudor frío le bajaba por la espalda, porque se sentía ir directamente al patíbulo, o a algún lugar peor...
Oyó una puerta abrirse con estruendo, parecía de metal, la hicieron pasar y ésta se cerró con el mismo ruido. Caminó por algún lugar liso durante lo que parecieron cinco minutos y enseguida le quitaron el saco, y vio la cara de su agresor antes de que la empujara y cayera en un colchón que olía a lo mismo que el saco que había llevado en la cara. Aquel sudor penetró en su nariz, asqueándola.
—Que te diviertas, pequeña —dijo el hombre antes de cerrar con un portazo digno de una película de terror, cerrar con llave y dejarla totalmente a oscuras.
Hinata tragó saliva audiblemente y miró a su alrededor, pero ni un resquicio de luz se colaba en aquella oscuridad. Se levantó y a tientas, buscó algún interruptor por la pared, pero no encontró nada. De repente tenía miedo de demonios y fantasmas que pudieran acosarla en la oscuridad, tenía miedo de que la dejaran allí para siempre, y de hecho, perdió la noción del tiempo. No sabía cuándo se había quedado sentada en el suelo, sosteniendo sus piernas, intentando hacerse lo más pequeña posible, temblando y temiendo por su vida como una cría asustada; porque eso era lo que era, una niña aterrorizada entre las fauces de una bestia terrible.
Todo el valor adquirido se había esfumado y sólo quería que todo terminase; vivir feliz en la medida de lo posible, estar en un lugar luminoso y tranquilo, no tener más miedo de lo que pudiese suceder. Pero el destino no la dejaba, tenía que venir siempre a robar todos sus sueños, sus anhelos... Y aquella vieja puerta abriéndose de nuevo y dejando pasar la luz fantasmal de un fluorescente le robó toda la esperanza que restaba...
«Recuerda: nos volveremos a ver»
Sasuke Uchiha, bajo el marco de una puerta, traía una vela encendida en la mano; al cerrar la puerta, su rostro era más espeluznante aún. Se fijó en que ya no llevaba el apósito en el ojo, pero en el globo ocular se podía divisar un derrame que casi se lo cubría por completo, lo que lo hacía ver casi como un demonio recién salido del averno. Eso la hizo recordar la pesadilla de la mañana, como una amenaza de ese reencuentro. Sin decir nada aún, dejó la vela sobre un mueble y sonrió. Las piernas comenzaron a temblarle tanto que sentía que no podría levantarse, pero aun así lo intentó, y el resultado fue penoso: volvió a caer al suelo como si no tuviese tensión en los músculos.
—¿Por qué tiemblas, es que te doy miedo?
Él dio un par de pasos hacia ella, y parecía disfrutar de cada una de sus reacciones al verle. Hinata no quería mostrarse débil, más bien habría querido matarlo, borrarle esa estúpida sonrisa de la cara que decía "ganador" en toda regla. No tenía derecho a volver a hacer lo que le diese la gana con ella. La rabia hizo correr un par de lágrimas, pero después todas las demás iban corriendo libres por sus mejillas, ya sin ningún control. Porque no sabría cómo defenderse esta vez, a pesar de que estaba luchando con todas sus fuerzas por liberarse de la brida que mantenía sus muñecas aprisionadas y ese energúmeno cabrón volvería a violarla.
—Hoy quiero oírte gritar.
Se sacó una navaja del bolsillo y se agachó delante de ella, cogiéndole un mechón de sedoso cabello negro. Ella reaccionó yendo hacia atrás, pero él le estiró del mechón, cortándolo a ras con la navaja; por la inercia al soltarse el mechón y sin el soporte de sus propias manos, ella cayó hacia atrás, gritando de dolor al haber quedado tumbada sobre sus muñecas.
—Estás más guapa así, o quizá habría que cortar más...
Hinata quiso apartarse de su toque, horrorizada, pero el Uchiha se abalanzó sobre ella y puso la navaja sobre la piel de su rostro, acariciándola con la afilada punta y dejando una leve marca de sangre.
—¡Basta... por favor! —gritó, sintiendo el filo cortando lentamente su piel.
—¿Me lo pides por favor? —se burló—. Esta vez no, Hinata-chan, esta vez me las vas a pagar todas juntas...
Habían pasado seis horas desde que se los habían llevado, y todo iba a contrareloj. La policía entraba y salía de la casa, les habían tomado declaración a los cuatro, pero no les decían casi nada. Hikari se había quejado varias veces, aunque Kakashi ya le había explicado la situación horas antes. Aun así, ella estaba agobiada, no sabía lo que pasaba, su sobrino podía ser un asesino (aunque ella no se lo creía) y su hija estaba en manos de algún tipo de maníaco o psicópata (que para más inri había sido su prometido solo dos meses antes).
—Supongo que hicieron lo que pudieron... pero él llegó antes y se la llevó —dijo Hikari, con una expresión ceñuda, más por sentirse impotente al no haber podido hacer nada que por la policía llegando tarde.
Se habían reunido todos en el comedor y a los que había allí y no sabían nada (Hikari y Kiba), les habían explicado que ellos eran agentes especiales dedicados a la erradicación de facciones de la yakuza que se volvían peligrosas.
—Así que no las eliminan a todas —Hikari miró al hombre con cierto recelo—. Las mafias son una peste en todos sitios, pero en este país se pasean por la calle y nadie dice nada.
—Debemos mantener un equilibrio, señora Hyuuga, aunque eso no es un asunto de importancia en estos momentos.
—Lo sé —se enfurruñó la mujer.
Ko ignoró a la mujer y se giró hacia Kiba, que tragó saliva, no sabiendo qué pasaría a continuación.
—Kiba Inuzuka, tus grabaciones han sido clave para que nos decidiéramos a actuar; nos serán de mucha utilidad, así que te damos las gracias.
—No hay por qué darlas, le hice un favor a muchos amigos que siguen allí dentro. Sólo pido que los ayuden a salir.
El agente asintió, de acuerdo con él.
—Lo que me lleva a decirte que tú y Hinata estaréis vigilados y protegidos mientras dure la investigación.
—¿Y qué pasa con Neji?
—Todavía es un sospechoso, así que no podemos saber qué sucederá con él.
Enseguida, al chico se le agrió la expresión, de tristeza a dolor en apenas un instante. Aquello iba a ser muy duro para él.
—Joder, Hinata va a ponerse muy mal si tenemos que dejarle atrás...
—Será duro al principio, y lo siento por el otro chico, pero es un bien para vosotros.
Sasuke Uchiha miraba su obra con aún con la navaja en la mano. En el suelo había sangre fresca y mechones de cabello negro, ahora sucios y sin brillo alguno. En él yacía una chica que temblaba sin parar, con marcas rojas en las piernas, los brazos, la cara y el abdomen. Entre la turbiedad de su piel podía distinguirse el kanji "Uchiha" cincelado a cuchillo en su vientre bajo, en la parte derecha. Como si fuese una propiedad más.
Claro que ella había gritado mientras la cortaba, y él había disfrutado tanto de su venganza... Había gritado y llorado más que en toda su vida. La iban a encontrar muerta en las calles un día de estos, pero de momento iba a disfrutarla mucho más. Iba a disfrutar mucho más ver la cara de Neji cuando la viese en ese estado.
—Levántate —ella no dijo nada, ni se levantó, sólo lloraba silenciosamente en su lugar en el suelo. Con violencia, la agarró del ahora dispar cabello y la levantó de una vez—. He dicho que levantes tu culo de puta del suelo, ¿o no me has oído?
Ella casi se cae, pero él la agarró y la empujó hacia adelante, hacia la puerta, donde la chica se golpeó la cara.
—Vamos a ver a tu noviecito, a ver qué piensa ahora de ti...
Ella se estremeció levemente ante la idea de que Neji la viese así, pero pensó que él mentía, que no podía estar allí. Sólo se lo decía para hacerle daño. No podía creerse que él había corrido la misma suerte que ella.
—No te creo... —dijo ella, apenas con un hilo de voz.
—Te lo vas a creer, no te preocupes.
—¿Hinata? —pronunció apenas al verla mientras apretaba los dientes y los puños al notar su estado. Iba al lado de Sasuke Uchiha, y eso lo explicaba todo.
Se suponía que ella tenía que estar segura en la mansión, no allí, con ese sujeto... y en ese estado... Notaba como la ira comenzaba a subirle hacia la cabeza, nublándole la vista y lo veía todo entre rojo y negro... el cabello de ella cortado a tajos irregulares, la cara y los brazos cosidos a golpes, la ropa desabrochada y desarreglada, manchada de sangre, sangre que no era de ese tipo.
Que la sangre fuese de Hinata le hacía querer reventar a golpes a cierta persona, y si conseguía liberarse de las bridas que lo retenían, iba a matarlo, y esta vez de verdad. Por violarla, por herirla, por pegarle, por cortarle el cabello... Iba a lamentar cada gota de sangre derramada.
—Vas a pagar muy caro todo lo que has hecho —dijo con la misma ira fría de la que él siempre hacía gala.
—Nada que ella no se buscase —la sonrisa de satisfacción del moreno lo tiñó todo un poco más de rojo.
Empujó a la chica hacia el suelo y ella se desplomó de cara, haciendo lo posible por quedarse en posición sentada. Al verla así se le estrujó el pecho y algo dentro de su cerebro quería hacerle perder la razón.
—Deberías haberla oído gritar —oyó a Sasuke decirle a su primo, y éste se estremeció.
Hinata miró a su primo; éste permanecía en su lugar a pesar de las provocaciones. De cualquier modo, no habría podido moverse con las manos atadas. Ese Sasuke Uchiha era un retorcido, un demente... Se centró en el dolor pulsátil que acudía a su bajo vientre; todas las heridas le escocían a rabiar, pero la que más era la que se encontraba en ese punto. Una herida con forma de ese nombre maldito. No se había contenido en hacerla sufrir. ¿Cómo no iba a gritar, si prácticamente le estuvo cortando profundo en la piel?
—¿A esto te referías con ir un paso más allá? –la voz de Neji temblaba con ira.
El hombre sonrió una vez más.
—Hagamos algo –empezó Neji—. Si dejas a Hinata fuera de esto, me tendrás gratis para torturarme.
Dudaba seriamente que él aceptara, pero en esa situación no podía partirle los huesos, que era lo que quería.
—Claro, y ella irá corriendo a la policía. No hay trato, Hyuuga.
Se acercó a la chica y la tomó del cabello, ahora desigual, subiéndola y golpeándola contra su pecho. Profirió un grito por el tirón de pelo. En un instante, una navaja apretaba con fuerza su garganta.
—¡Déjala!, ¿es que no le has hecho ya suficiente daño?
—La voy a matar, Hyuuga, porque es de la única manera que vas a sufrir, ¿no es cierto?
Fue entonces que la voz de Hinata se elevó poco a poco.
—Si me matas, matarás a dos vidas.
—Parece que ya sabemos dónde están –uno de los ayudantes del agente Ko acudió a su lado rápidamente, informándole de la nueva situación.
—Habla.
—Una fábrica abandonada al este, a cuatro kilómetros de aquí –empezó a hablar el joven, con rapidez—. Parece que han encontrado a un hombre con la misma descripción que nos dio la señora Hyuuga. También coincide una furgoneta de su propiedad.
Enseguida, todos los agentes empezaron a moverse con mucha rapidez y a salir de la casa, dirigiéndose a un furgón azul marino que tenían aparcado en la puerta. Kakashi iba tras ellos, pero miró una vez más atrás antes de marcharse, y más profundamente a Kurenai, Hikari y a Kiba, que lo observaban todo tras la verja de entrada de la mansión.
—La traeremos de vuelta, confiad en mí –dijo, mientras se subía a la furgoneta.
—Sé que lo haréis —dijo la mujer, mientras veía el vehículo marchar en busca de su hija.
Kiba asintió, con una media sonrisa de confianza.
Hikari fue llevada por Kiba y Yuuhi al piso superior para descansar, a pesar de que ella les había dicho que descansaría en el sofá de la sala. Ellos le habían dicho que mejor estaría en el piso superior, ya que estaba su propia cama. Cuando la dejaron sola, movió su silla por el pasillo, recorriéndolo. La puerta del antiguo cuarto de su hija estaba abierta, dejando entrar la luz solar que aún quedaba. Entró. En ese cuarto estaban las cosas de su hija. Se quedó un rato en la puerta, oteando el paisaje dorado a través de la ventana.
Iba a marcharse, pero un bolso en el suelo le llamó la atención. Se dirigió hacia él y con curiosidad, lo abrió. Lo primero que salió disparado fue un una caja con dos blísteres enteros con pastillas. Se quedó muy sorprendida, ya que reconoció la marca enseguida. Ella misma las había tomado unos años atrás para evitar tener más hijos: eran pastillas anticonceptivas.
—Nunca me había dicho que tomara esto… —"Quizá nunca le preguntaste" se dijo a sí misma. Ella quizá mencionó algo sobre ciclos irregulares, pero no le prestó mucha atención.
Estaban enteros, y ella Hinata no había podido salir de la mansión a comprarlas. Eso significaba… Hikari se puso lívida de repente. ¿Y si…? No quería ni pensar en ser abuela tan joven.
"Por lo menos lleva unos días sin tomar estas pastillas, y si Neji y ella han hecho algo puede haber tenido consecuencias…"
Continuará…
Agradecimientos especiales a: Darlina140, BrujaLoca, Formin, IceSwords, A.F.R.E., Nejihinaforever, Mitchel0420, Anna 04, KattytoNebel, Boreal, Yuki-chan Kamijou, Guest, Zuky-sama, Cinthia-sang, Ina-Minina, Hina-chan, Desconocida, Uchiha-Mei-chan, Beru, Nana-chan-53, Dolly-Hina, Mary-Ann-Walker, Just-me y NejiHinalovers.
