EASY

Capítulo 9:

El viernes, no miré en dirección a Usagi/Ulquiorra Ni una sola vez. Ya había pasado una semana desde nuestro besuqueo prohibido por la universidad. ¿Eso era lo que le gustaba? ¿Qué era la fruta prohibida? Yo iba a mostrarle lo prohibido.

Cuando estábamos guardando todo, Hikaru miró por encima de mi hombro, con las cejas levantándose hacia los oscuros rulos cayendo sobre su frente.

—Hola, Hime.

Ishida no me había hablado en más de un mes, las últimas palabras entre nosotros involucraban un trillado cliché y el mismo libro de textos que me encontraba sosteniendo en ese momento. Exhalé firmemente por la nariz y me giré.

—Ishida. —Esperé, segura de que tenía una razón para acercarse a mí, aunque no sabía exactamente cuál era.

—¿Vas a casa para Acción de Gracias? Si lo harás, deberíamos irnos juntos. Ya sabes, hacer ese viaje de cuatro horas menos monótono.

—¿Quieres que conduzcamos a casa… juntos?

Se encogió de hombros y lanzó su cabeza a un lado con una suave sonrisa, mostrando sus hoyuelos. Que Ishida lanzara su cabello fuera de sus ojos era una señal de atracción y lo sabía jodidamente bien. Aunque en ese momento, como que me molestó un poco.

Hikaru se aclaró la garganta y tocó mi codo.

—Te veo el lunes, Orihime.

Le sonreí.

—Ten un buen fin de semana, Hikaru.

Me guiñó un ojo y chocó contra Ishida sin disculparse.

—¿Cuál es su problema? —gruñó mi ex.

—¿Qué es lo que quieres de verdad, Ishida? —cambié mi mochila de hombro y lo miré fijamente, en ese momento, en conflicto con mis deseos contradictorios.

Quería golpearlo en el rostro. Quería caer a sus brazos y despertar de esa pesadilla donde me echaba a un lado.

—Me gustaría que seamos amigos al final de todo esto. Significas mucho para mí. —La caballerosidad en sus ojos eran casi como caricias físicas. Lo he conocido tan bien, desde hace tanto.

Su discurso no era esperado, era muy, demasiado pronto. Mis ojos se llenaron de lágrimas.

—No sé si alguna vez podré hacer eso, Ishida. Y no quiero viajar contigo la semana que viene. Disculpa —pasé a su lado y me dirigí por el pasillo hasta la puerta.

—Hime.

—Es Orihime —dije sin voltearme, dejándolo atrás.

.

.

"Usagi,

Te envío esto un poco temprano, aunque por supuesto, no me imagino que te encuentras sentado, un viernes por la noche, esperando que aparezcan los proyectos de economía. Pero estaré ocupada mañana en la mañana, así que pensé en adelantarme y enviártelo.

Gracias de nuevo por revisármelo antes de que lo entregue.

OI."

dfjasdjkfhsdhfjsdahfjshadjkfhsadjufhsadkjfhsadjkfhsdjkahfjksdhfjksadhfjsadhjdshfjksdahfjdshfdjjdj

"Orihime,

En realidad, me distrajiste/salvaste (al menos, temporalmente) de una exasperante búsqueda de un error de software en algún lugar de al menos cientos de líneas de códigos que no funcionan del todo. Prefiero mucho más revisar tu proyecto de economía. Te lo enviaré de nuevo el domingo por la tarde, si no antes.

US."

Observé la U de su firma, imaginándomelo como el chico que sabía que era: Ulquiorra. Como Usagi, su coqueteo había sido sutil; como Ulquiorra, era súper evidente. ¿A qué estaba jugando? No tenía manera de saber si la situación era una primera vez para él, o si frecuentemente se salía de esos límites de tutor- estudiante.

La noche en que nos conocimos, esa horrible noche, había sabido quién era yo. Me había llamado Hime, el nombre por el que me llamaba Ishida, quizá lo escuchó de él. Cuando le envié el correo por primera vez, pidiendo ayuda para economía, también lo debió haber sabido, pero no me dio ninguna pista.

De acuerdo con el sitio web de la universidad, las restricciones en la socialización eran para proteger —o prevenir— que los estudiantes hicieran favores sexuales a cambio de notas, o la aparición de algún caso como ese. Pero Sora me ayudaba a aprenderme el material, y yo era la que hacía el trabajo.

Cuando se trataba de mis notas en la clase del Dr. Aizen, no había nada impropio sucediendo. Él lo sabía. Yo lo sabía.

Pero incluso la fraternización consensual, teóricamente iba en contra de las reglas.

Podría meter a Usagi Schiffer en serios problemas. Cuando vino a mi habitación, pensé que sólo era otro estudiante más en la clase, y Usagi había continuado con ese engaño.

Me había besado, tocado y yo se lo había permitido. Había querido que lo hiciera.

Cerré mi laptop y miré hacia mi teléfono. Ya hacía una semana desde que nos habíamos besado. Aquí, en mi habitación. Y no me había escrito ni una vez desde entonces. Quería saber la razón.

Yo: ¿Hice algo mal?

Esperé varios minutos, mirando las fotos en mi teléfono —muchas de las cuales incluían a Ishida. Me pregunté si era debilidad lo que me impedía borrarlas o si simplemente quería mantener la evidencia de que parecíamos vernos enamorados. Que nos veíamos enamorados, incluso cuando todo se había derrumbado.

Ulquiorra: No. He estado ocupado. ¿Qué pasa?

Yo: Supongo que no has tenido tiempo de rehacer los bosquejos.

Ulquiorra: De hecho, hice uno de ellos. Me gustaría que lo vieras.

Yo: Me gustaría verlo. ¿Está pegado a tu pared?

Ulquiorra: Sí.

Ulquiorra: Escucha, estoy ocupado en este momento, ¿hablamos después?

Yo: Seguro.

De acuerdo con su email, se encontraba trabajando en lo que parecía ser un enorme proyecto de computación y de acuerdo a sus textos, estaba afuera parrandeando. No tenía idea de cuál era la verdad. Se me hacía que me ignoraba… excepto por esto: Me gustaría que lo vieras. Leí de nuevo el mensaje, abrí mi laptop y leí de nuevo su email, pero no pude ni comenzar a descifrarlo.

A la 1:00 de la madrugada, Rukia entró violentamente a la habitación hablando por teléfono.

—¿Sabes qué? Pienso que no respetas mi opinión sobre muchas cosas.

Por suerte, me encontraba despierta viendo videos en línea de clases de autodefensa. A pesar del afán de Rukia por patear traseros y mi propia necesidad de aprender toda esa cosa, lo último que quería hacer en la mañana era despertarme e ir a golpear y patear a algún tipo usando un traje pomposo. No podía entender la relación que existía entre eso e intentar escapar de alguien como Grimmjow. Si hubiese tenido la oportunidad de soltar su agarre sobre mí, sin mencionar patearlo, lo hubiese hecho.

La puerta se cerró detrás de mí, claramente, furiosa compañera de cuarto, mientras lanzaba su bolso en la cama, y pateaba sus tacones para quitárselos.

— Bueno, yo no puedo estar con alguien que decidió quedarse de lado de un jodido violador.

Oh, Dios. Cerré YouTube y me quité la laptop de las piernas.

—Sí, Ichigo, eso es lo que en verdad pienso —desabotonó su blusa con tanta fuerza, que creí que arrancaría algunos de sus botones—. De acuerdo. Piensa lo que quieras. Se acabó —golpeando su teléfono, le gruñó y lo lanzó hacia su cama antes de girarse hacia mí, y arrancarse la camisa—. Bueno. Supongo que ya eso terminó.

Abrí la boca, y me quedé ahí de pie sin poder decir una palabra, mientras deslizaba su falda negra por sus caderas y la pateaba en dirección a la cesta para lavar. Quitó los brazaletes de sus brazos y retiró sus pendientes, lanzándolos en una parte del escritorio lleno de joyería, cartas del tarot, paquetes de goma de mascar y novelas de bolsillo.

—Rukia, ¿acabas de… terminar con Ichigo? ¿Por mí?

Se colocó una camisa que le llegaba hasta la mitad de sus muslos y que claramente pertenecía a Ichigo. Gruñendo, se la sacó de nuevo por la cabeza, la arrugó y la lanzó.

—No. Rompí con Ichigo porque es un jodido idiota.

—Pero.

—Orihime —levantó una mano, como oficial de tránsito haciendo señas para detenerse—. Ni lo digas. Rompí con Ichigo porque demostró lo que era importante para él. Los hermanos antes que las mujeres. Siempre. Bueno, que se joda. No vendré de segunda luego de un puñado de sus estúpidos amigos, y definitivamente no vendré de segunda de algún imbécil que les pase por encima a las mujeres. Además… nunca iba a ser algo permanente, ¿verdad? ¿Quién hace eso en la universidad, de todas formas?

Se giró y comenzó a rebuscar en la primera gaveta de nuestro pequeño closet, buscando ostensivamente alguna camisa que previamente no hubiese pertenecido a Ichigo. Escuché un lloriqueo ahogado y supe que estaba llorando.

Maldito Ichigo. Maldito Grimmjow. Maldito Ulquiorra/Usagi/quienquiera que demonios sea.

.

.

La Clase de Autodefensa para Mujeres del campus era dada en uno de los salones, en el primer piso del edificio de actividades. Encontramos la habitación y tiré mi vaso de café en el bote de basura del pasillo, con Rukia bostezando luego de una noche sin descanso, lo cual sabía perfectamente, ya que su incansable inquietud y lloriqueos me habían mantenido despierta. Alrededor de las cuatro de la madrugada había gateado hasta mi cama, enroscándose contra mí mientras yo le apartaba el pelo de la cara. Por suerte, se quedó dormida casi inmediatamente, y yo la seguí casi al instante.

—Oye. ¿No es ese…? —Rukia habló sin mover sus labios, como un ventrílocuo.

Ulquiorra se encontraba de pie en medio de la habitación con dos hombres mayores, vestía unos pantalones de tela negros y una franela también de ese color.

—Sí —siseé al tomar nuestros asientos, mientras bajaba la mirada hacia el manual del material del curso, el cual mostraba en la portada a un hombre atacando a una mujer que se encontraba en posición de defensa—. Rukia, no creo que pueda hacer esto.

—Sí que puedes —contestó, tan rápido que debió haber anticipado mi respuesta.

—Buenos días, damas —comenzó el hombre más gordo y mayor, silenciando cualquier otro tipo de respuesta por mi parte—. Soy Omaeda, el Jefe de Policía Asistente en el campus. Este tipo endeble a mi izquierda es el Sargento Nnoitra, y el feo es Ulquiorra, uno de nuestros oficiales de vigilancia del estacionamiento. —Todas rieron, ya que Nnoitra y Ulquiorra eran totalmente lo opuesto a endeble o feo—. Nos alegra que hayan renunciado a las mañanas de sus sábados para incrementar sus conocimientos en seguridad personal.

Miré a Rukia cuando me golpeó con su rodilla.

—¿Oficial de vigilancia en el estacionamiento? Jesús, ¿Cuántos trabajos tiene? —murmuró por la esquina de su boca.

—No jodas —murmuré de vuelta. Y ni siquiera sabía del trabajo como tutor.

—Podría ser ardiente… —murmuró—. Especialmente si usa uniforme. O esposas.

Suspiré.

Mirando alrededor del semicírculo de sillas desplegables, noté que sólo habían como una docena de nosotras —algunas estudiantes, profesoras y personal administrativo. La mayor era una señora de color con el cabello canoso que debía tener la edad de mi abuela.

Me dije a mi misma que si ella podía venir aquí a aprender cómo patearles el trasero a potenciales violadores, entonces yo también podía hacerlo.

Incluso si Ulquiorra se encontraba del otro lado de la habitación, alternándose entre mirarme y evitar completamente mi mirada.

La primera hora y media, discutimos los principios básicos de la defensa personal. Omaeda nos dijo que el noventa por ciento de aquello consistía en reducir el riesgo de ataque, en primer lugar.

—En un mundo ideal, todos podríamos caminar hacia nuestros trabajos sin el miedo de ser asaltados. Desafortunadamente, ese ideal no representa la realidad.

Mi rostro se calentó al recordar como Ulquiorra me regañaba por caminar enviando textos por el oscuro estacionamiento, detrás de la casa de la fraternidad, en vez de prestarle atención a mi alrededor. Hice círculos en el "90%" con tinta azul hasta que oscurecí las palabras en cada lado.

Pero luego recordé la última cosa que me dijo esa noche: No fue tu culpa.

Nos animaron a hacer sugerencias para una segura prevención y que las escribiésemos todas; cerrar con seguro las puertas, caminar o ejercitarse con algún amigo, usar zapatos que no sean molestos para correr.

La sugerencia de Rukia que consistía en "Evitar a los imbéciles" fue muy popular.

—Tres cosas son necesarias para un asalto: un asaltante, una víctima y una oportunidad. Remueve la oportunidad y te quedas con un chance enorme de reducir la probabilidad del ataque —Omaeda aplaudió una vez—. De acuerdo, vamos a tomarnos un corto descanso, y cuando regresemos, es hora de hacer algo de esa pateadura de traseros por las que ustedes, damas, se inscribieron para infligir en Nnoitra y Ulquiorra.

—Muchas de ustedes probablemente están convencidas de que sin un arma, no tienen ninguna esperanza en contra de un hombre agresivo.

Habló Omaeda desde el lado opuesto de un conjunto de esteras en las cuales Nnoitra y Ulquiorra se enfrentaban entre sí. El resto esparcido hacia fuera, a lo largo del borde de las alfombras, preparado para ver lo que estaban a punto de hacer.

ulquiorra todavía no había reconocido mi presencia.

—La verdad es que, tienen varias armas a tu disposición y vamos a mostrarles como utilizarlas a su mejor ventaja. Grande, vil, Nnoitra aquí será el agresor y Ulquiorra, con todo ese pelo bonito, va a ser la víctima.

Risitas estallaron de varias chicas que estaban cerca de Ulquiorra cuando puso sus labios juntos en irritación de buen carácter y se apartó su cabello oscuro fuera de la cara.

—Sus armas son sus manos, pies, rodillas y codos, la cabeza y no me refiero sólo a lo que hay dentro de ella, a pesar de que entra en juego. La frente y la parte de atrás de su cabeza, cuando entran en contacto con las áreas sensibles de su agresor, puede dejarle viendo estrellas —Usando a Nnoitra como ejemplo, señaló los puntos vulnerables obvios (Sí, susurró Rukia cuando indicó la ingle) y, a continuación los lugares menos obvios, como la parte superior del pie y el antebrazo.

Omaeda nombró los movimientos que Ulquiorra empleaba para defenderse mientras él y Nnoitra actuaban una media docena de ataques coreografiados, yendo lentamente para demostrar claramente lo que estaban haciendo. Me sentía más desesperada, no menos, como los observaba. El musculoso cuerpo de Ulquiorra estaba entrenado para ejecutar aquellos bloqueos y golpes, para absorber los porrazos de un asaltante. Lo había visto darle una paliza a Grimmjow; cuando apenas pude desprenderlo lo suficiente como para gritar y mucho menos causar algún daño.

—El objetivo aquí no es ganarle al tipo de arriba —Omaeda sonrió ante la queja decepcionada de Rukia—. Nuestro objetivo es darles tiempo para escapar. Salir lo más rápido posible es su meta.

Nos dividimos en parejas para practicar los bloqueos de la muñeca y movimientos defensivos. Los tres instructores rodearon la habitación, asistiendo y reubicando. Me sentí aliviada cuando Nnoitra se acercó a vernos a Rukia y a mí mientras nos turnábamos tratando de en cámara lenta abofetearnos entre sí.

— Mantén tus ojos en el atacante —me recordó. Se volvió a Rukia—. Pon un poco más de empuje en ese ataque. Lo puede bloquear.

Me quedé muy sorprendida al descubrir que tenía razón. Rukia casi me golpea por segunda vez porque estaba muy sorprendida de haber bloqueado por completo su primer intento.

Nnoitra asintió

—Buen trabajo.

Nos sonreímos estúpidamente y cambiamos las funciones de agresor y víctima

—Entonces, ¿cuándo llegamos a las patadas rastreras? —preguntó Rukia.

Nnoitra negó con la cabeza y suspiró

—Te lo juro, hay una en cada clase. Las patadas serán la próxima vez —Señaló hacia ella—. Y estoy completamente seguro de que estás en la fila de Ulquiorra para eso.

Puso una cara de inocente.

—¿No todos ustedes usan esos acolchados trajes de hombre Michelin?

—Sí... pero esas almohadillas no bloquean todas las sensaciones.

—Je, je —dijo Rukia y Nnoitra arqueó una ceja.

Miré alrededor de la sala durante este intercambio, viendo a Ulquiorra con un par de las chicas risueñas.

—¿Te gusta esto? —preguntó una de ellas, parpadeando hacia él como si no supiera que había colocado la mano incorrectamente.

—No... —Le dio la vuelta a su palma y ajustó su codo—. De esta forma —Su voz era casi inaudible, con todas las manotadas, bloqueos y las risas esparcidas por la habitación totalmente abierta.

Aún así, sentía sus palabras como una suave caricia por mi espalda. Apenas podía conectar a este tipo —su cabello enmarañado, sus tatuajes, la sexualidad pura en su forma de caminar y el suave repiqueteo de su voz— con Usagi, un senior de ingeniería que dijo, o escribió, que mi ex era un idiota y se burló de mí, acerca de la orquesta de estudiantes de 14 años de edad enamorados de mí. Todo al mismo tiempo que me ayudaba a pasar una clase en la que he fallado sin él.

Me sentía atraída por su totalidad —cada lado incongruente con el otro. Pero todo él era también una mentira. El hecho de que nuestro profesor lo llamó por otro nombre que el subjefe de la policía fue desconcertante, también. El prefacio de su dirección de correo electrónico oficial era USchiffer. Ninguna ayuda allí.

Levantó la mirada y me sorprendió mirándolo, y por primera vez en esa mañana, ninguno de los dos apartó la mirada hasta que Rukia dijo:

—¡Inoue… presta atención! Sólo trata de golpearme —Rompí la mirada y me volví hacia ella. Se movió hacia mí, de espaldas a Ulquiorra y puso los ojos en blanco. —¿El concepto de hacerse del rogar totalmente se te escapa? —susurró—. Deja. Que. Él. Te. Persiga.

—No voy a jugar ese juego por más tiempo.

Miró por encima del hombro y de vuelta

—Amiga, no creo que él lo sepa.

Me encogí de hombros.

Practicamos posturas defensivas y ataques simples de mano, y aunque me sentí tonta al principio, Rukia y yo estuvimos muy pronto gritando: "¡NO!" Junto con nuestros compañeros de clase y empujando los talones de nuestras manos en las barbillas de la una a la otra o golpeando un puño (muy lentamente) hacia abajo en la nariz de la otra.

—Lo último de hoy va a ser la defensa terrestre. Vamos a observar a Nnoitra y Ulquiorra ilustrar la primera posición y defensa y después cada par venga a tomar una estera y vamos a circular mientras practican.

Ulquiorra yacía boca abajo sobre la colchoneta y Nnoitra se arrodilló sobre él, sosteniéndolo hacia abajo con su peso. Mi ritmo cardíaco se disparó y mis respiraciones se hicieron irregulares, simplemente observando. No quería estar en esa posición otra vez. No podía hacerlo delante de un aula de personas. No podía hacerlo delante de Ulquiorra.

Rukia estiró mi puño con sus dedos y me tomó la mano.

—S, tienes que hacer esto. Serás primero el atacante. Todo irá bien.

Negué con la cabeza

—No quiero. Es demasiado parecido a… —me atraganté.

—La cual es exactamente la razón por la que tienes que hacerlo —Antes de que dijera otra cosa, me apretó la mano—. Oye, ayúdame a hacerlo, ¿de acuerdo? Y luego vamos a ver cómo te sientes.

Asentí con la cabeza

—Está bien.

Ayudé a Rukia, pero sólo pude jugar a la víctima una vez. Hice los movimientos, y me la quité de encima con relativa facilidad. Como una ex- porrista, Rukia era fuerte, pero no era Grimmjow. No tenía fe en que esta medida podría quitarme de encima a alguien de su tamaño y fuerza.

No podía mirar a Ulquiorra, no durante este último ejercicio, y no cuando salimos por la puerta.

.

.

—¿Segura que no quieres ir? Podría usarte para evitar que pruebe esos movimientos que hemos aprendido esta mañana en Ichigo, si es que tiene las bolas para aparecer en esta fiesta.

Levanté la vista de la novela que estaba leyendo, porque Usagi todavía no me había enviado mi proyecto de economía de vuelta (es gracioso como seguía pensando en él en términos de Ulquiorra y Usagi), y estuve capturada extrañamente en la tarea. Mi compañera de cuarto no había entendido mi compulsión a leer cuando tenía tiempo libre, especialmente si había eventos sociales en el campus por asistir

—No, Rukia, realmente no quiero ir a una cosa de hermandad, aunque no lo creas. Por no mencionar el hecho de que nadie estaría encantado de verme allí.

Con las manos en las caderas, frunció el ceño hacia mí

—Probablemente tienes razón. Pero vas a venir conmigo a la Fiesta de la Hermandad en un par de semanas, ¿verdad? Las perras no tendrán nada que decir de mí por llevarte entonces, se aplican las normativas de fraternidad, más alcohol y chicas bienvenidas.

—Aww, que dulce y para nada un sentimiento humillante.

Se echó a reír mientras se ponía sus tacones de plataforma

—Lo sé, ¿verdad? Qué montón de idiotas —Su sonrisa cayó—. Aunque, hablando en serio, me vendría bien un intermediario entre Ichigo y yo esta noche. No es que, ya sabes, me molesta. Pero sé que algunas chicas han estado esperando a que esté fuera del camino. Van a estar encima de él como garrapatas en un perro campestre y yo realmente no quiero verlo.

Asentí con la cabeza

—Entiendo… y asco por esa imagen... aunque es asquerosamente apropiada. ¿Simplemente no puedes faltar a la cosa de la hermandad? Podrías tener la gripe asiática. O la Malaria. Yo atestiguaré.

Echándose el cabello por encima de su hombro, tomó su bolso y se dirigió a la puerta como una modelo de pasarela, sin la más mínima oscilación

—Nop. Es un gran asunto. Además, tengo que enfrentarlo alguna vez. Aparte de que ya respondí por las dos. Y tengo un par de semanas para prepararme mentalmente para ello.

Abrió la puerta de un tirón

—Aunque, vamos a ir de compras a lo grande después de las vacaciones. Voy a hacer que ese imbécil se muerda su propia mano esta noche, maldita sea.

Cuando la puerta se cerró detrás de ella, mi teléfono trinó una alerta de texto.

Ulquiorra: ¿Todavía quieres ver el retrato a carboncillo?

Yo: Sí.

Ulquiorra: ¿Esta noche?

Yo: Ok.

Ulquiorra: Estaré fuera de tu lugar en ¿10? Amarra tu cabello hacia atrás y lleva algo de abrigo.

Yo: ¿Vas a traerlo hasta aquí?

Ulquiorra: Lo pensaba llevar. A menos que no desees.

Yo: Bajaré, pero necesito 15 minutos.

Ulquiorra: Esperaré. No hay prisa.

Arranqué por la habitación como una loca, despojándome de mis pijamas de franela y robando un sujetador y bragas limpias de la pila de ropa limpia-pero-no-para-guardar. ¿Ropa abrigada... una sudadera? No. Jeans. Unas botas UGG negras. El suéter suave Gris que hizo a Rukia decir:

—Ese hace que tus ojos estallen—

Después de lavarme los dientes, me cepillé el cabello y lo aseguré en mi nuca, aunque no estaba segura por qué.

Agarrando mi chaquetón de lana negro en el camino hacia la puerta, salí del edificio por la salida principal. No había estado en el hueco de la escalera desde que Grimmjow me pilló allí, incluso cuando significaba pasos adicionales.

Ulquiorra estaba en la acera, apoyado contra una motocicleta, con los brazos cruzados sobre el pecho. Junto con sus ya conocidas botas y jeans, llevaba una chaqueta de cuero azul oscuro que hacía que su cabello se viera ligeramente más negro. Me miraba con esos ojos claros, su mirada no vaciló de mí, sin importar los ruidos distractores de los residentes de un sábado por la noche yendo y viniendo.

No ocultó la lenta evaluación de arriba abajo que dejó partes de mí fundidas y anhelando que me tocara como había hecho en mi cuarto.

Tragando el nudo en mi garganta, me recordé de su engaño en un fallido intento para sofocar el deseo difundiéndose a través de mí como lava: moviéndose lento, pesado y caliente. Mi inquietud acerca de su motocicleta ayudó a enfriarlo en algún grado. Nunca había estado en una antes y no podía decir que jamás había intentado cambiar ese hecho.

Cuando me le acerqué, me tendió un casco extra.

—Supongo que esta es la razón de las directrices del cabello —le dije, tomando el casco y examinándolo vacilante.

—Te lo puedes soltar cuando lleguemos a mi casa, si lo deseas. No me imagino que no quieras meterlo bajo el casco... o déjalo suelto y deja que se enrede en el viaje.

Negué con la cabeza, preguntándome completamente las correas o simplemente aflojarlas.

—¿Nunca has estado en una motocicleta antes?

Desde la esquina de mi ojo, vi a Misaki y Rose salir del edificio detrás de un grupo de muchachos. Las dos chicas se detuvieron y miraron a Ulquiorra, y después a mí, mientras yo fingía no darme cuenta.

—Um. No...

—Entonces, deja que te ayude con eso.

Después de poner la correa de mi bolso sobre mi cabeza y colocarla cruzada sobre mi pecho, tomó el casco y lo colocó en mi cabeza, asegurando las correas debajo de mi barbilla.

Me sentí como una figura de muñeco cabezón.

Una vez que los dos estábamos con casco y en la moto, envolví mis brazos a su alrededor y junté las manos sobre su abdomen, asombrada de cuán firme era.

—Sostente —dijo, empujando la parte de la pata de cabra hacia atrás. Su sugerencia fue innecesaria a medida que el motor rugió a la vida, tenía un apretón de muerte en su espalda, mi mentón agazapado y mis ojos cerrados.

Traté de imaginar que estaba en una montaña rusa, perfectamente segura y conectada a una pista en lugar de ir a toda velocidad por las calles en unas endebles quinientas libras o menos de metal y goma, esperando que algún borracho en una camioneta no se pasara una luz roja y nos aplastara.

El trayecto hasta su lugar —un apartamento por encima de un garaje individual— tardó menos de diez minutos. Mis manos estaban entumecidas por la combinación del agarre que cada una tenía en la otra y el frío aire de noviembre corriendo sobre ellas. Mientras estuve frotándolas entre sí, aparcó la moto en un tramo pavimentado entre el garaje y los escalones abiertos antes de girar y tomar mis manos entre las suyas, de una en una y masajeándolas para calentarlas

—Debería haberte recordado usar guantes.

Saqué mi mano de la suya y señalé a la casa no más de cincuenta metros de distancia.

—¿Tus padres viven allí?

—No —Se volvió para subir la escalera de madera y yo lo seguí.

— Alquilo el apartamento.

Abrió la puerta a un estudio enorme con una pared, pero sin puerta, definiendo lo que supuse que era la habitación en la esquina derecha. Una cocina pequeña abierta estaba a la izquierda; un cuarto de baño entre los dos.

En el sofá, un enorme gato atigrado de color naranja me miró con característica apatía felina antes de saltar hacia abajo y acechar a la puerta.

—Este es Francis —Ulquiorra abrió la puerta y el minino deambuló perezosamente al exterior, parando en el rellano para limpiar una pata.

Me reí, moviéndome hacia el centro de la habitación.

—¿Francis? Se parece más a un... Max. O tal vez un Rey.

Cerró con llave la puerta, su sonrisa fugaz elevando su boca a un lado.

— Confía en mí, es superior, lo suficiente, sin un nombre de macho que lo respalde.

Se sacó la chaqueta mientras cruzaba la habitación hacia mí y lo miré fijamente, empezando a desabrocharme el abrigo.

—Los nombres son importantes —dije.

Asintió, bajando sus ojos a mis dedos

—Sí —Empujé los botones de gran tamaño a través de las rendijas lentamente, de arriba abajo, como si no hubiera nada debajo.

Deslizando sus pulgares en el interior de las solapas, arrastró el abrigo fuera de mis hombros, sus pulgares deslizando hacia abajo los brazos de mi suéter.

— Suave.

—Es cachemira —Mi voz sonaba casi sin aliento, y aunque quería continuar con mi declaración acerca de los nombres, quería presionarlo para que me dijera por qué me estaba engañando, no pude sacar las palabras de mi garganta.

El abrigo cayó más allá de mis dedos y lo apartó del camino, lo arrojó en la parte superior de su chaqueta

—Tenía un motivo ulterior para traerte hasta aquí.

Parpadeé.

—¿En serio?

Con una mueca, tomó mis manos.

—Quiero mostrarte algo, pero no te quiero asustar —Dejó escapar un suspiro—. Esta mañana, esa última cosa, la defensa terrestre...

Me miró de cerca y traté de mirar hacia otro lado, a cualquier lugar menos a sus ojos, porque mi rostro ardía, humillada, pero no podía apartar los ojos de los suyos.

—Sé que no crees que iba a funcionar. Quiero mostrarte que sí lo hará.

—¿Qué quieres decir, mostrarme?

Sus manos apretaron las mías

—Quiero enseñarte exactamente cómo ejecutarlo. Aquí. Sin nadie más mirando.

No fue la réplica de la propia posición en sí, sino también el pensamiento de él viendo que había sido tan desconcertante esta mañana, pero Ulquiorra no podía saber eso.

—Confía en mí, Orihime. Funciona. ¿Vas a dejar que te enseñe?

Asentí con la cabeza.

Me llevó al centro del espacio en el piso, me llevó hasta mis rodillas a su lado.

—Acuéstate. Sobre tu estómago.

Con el corazón palpitando fuerte, obedecí.

—La mayoría de los hombres no tienen entrenamiento en artes marciales como tal, por lo que no serán capaces de contrarrestar los movimientos correctamente. E incluso aquellos quienes sí no esperarán lo que vamos a hacer. Recuerda lo que dijo Asuma, la clave está en salir del lugar.

Asentí con la cabeza, mi mejilla en la alfombra, mi corazón golpeando contra el suelo.

—¿Te acuerdas de los movimientos?

Negué con la cabeza, cerrando los ojos.

—Está bien. Me di cuenta de que estabas asustada en clase. Tu amiga hizo lo correcto, no obligándote. No quiero forzarte, tampoco. Sólo quiero ayudarte a sentirte más en control.

Tomé una respiración profunda.

—Está bien.

—Si te encuentras en esta posición, querrás hacer estos movimientos de forma automática, sin perder tiempo ni energía tratando de quitártelo de encima.

Me puse rígida ante su uso inadvertido del nombre Grimmjow .

—¿Qué?

—Ese es su nombre. Grimmjow.

Le oí respirar por la nariz, como si estuviera tratando de mantener el control.

—Me acuerdo de eso —Se quedó en silencio por un momento—. El primer paso parece contraproducente ya que no ofrece ninguna ventaja. Pero esa es la cosa, estás tomando su impulso. Elije el lado hacia el que deseas girar, y pon este brazo directo hacia arriba y hacia fuera, como si estuvieras de pie y tratando de alcanzar el techo.

Puse mi brazo izquierdo hacia arriba como describió.

—Bien. Ahora, con el brazo opuesto, te das a ti el impulso, y le quitas a él el equilibrio que ya era precario. Con la palma plana en el suelo, el codo hacia arriba. Empuja hacia abajo y rueda a tu lado, arrojándolo fuera.

Seguí sus instrucciones… fáciles de hacer, sin ningún peso encima de mí.

— ¿Podemos probarlo? Voy a empujar tus hombros hacia abajo y utilizar mi peso para mantenerlos allí. Si tienes problema, dímelo y me quito. ¿De acuerdo?

Luché con mi pánico.

—Está bien.

Su gentileza, como se puso de rodillas sobre mí, la celebración de los hombros al suelo, era tan contraria a la violencia de Grimmjow que casi lloré. Se tendió sobre mí, su aliento en mi oído.

—Brazo derecho hacia arriba —Obedecí—. Palma plana, y empuja, duro y rueda en tu costado.

Hice lo que me dijo y cayó fuera.

—Perfecto. Vamos a intentarlo otra vez.

Fuimos a través de los movimientos una y otra vez, y otra vez, y cada vez era más fuerte y más difícil de desplazar, pero aún así, lo arrojé fuera, en todo momento. Hasta que por error empujé con mis caderas, tratando de levantarme.

Exhaló con dureza.

—Eso no funcionará, Orihime, aunque es la respuesta natural a algo no deseado encima de ti. La única manera segura para despojar a un hombre en esta posición está rodando a un lado. Soy demasiado fuerte para que me muevas presionando hacia arriba. Tienes que luchar contra esa inclinación.

Por último, intentamos que sea más real que cualquier otra vez. Me empujó hacia abajo y mi brazo se disparó en lo alto y fuera, pero tuve un momento difícil en conseguir que mi mano libre hiciera palanca. Finalmente, cambié los brazos y conseguí colocar la palma de la mano opuesta al suelo, empujé y rodé, lanzándolo fuera a un lado.

—¡Mierda! —Se rió, frente a mí mientras yacía en el suelo—¡Me intercambiaste de lado!

Sonreí ante su alabanza y su mirada descendió ardiente a mis labios.

—Esta es la parte en la que te levantas y corres como el infierno. —Su voz era ronca.

—¿Pero no me perseguirá? —Yacimos en nuestros costados, a dos pies de alfombra entre nosotros, ninguno haciendo un movimiento de sentarse.

Asintió con la cabeza.

— Podría hacerlo. Pero la mayoría de estos sujetos no quieren una presa difícil. Sólo un puñado irán tras de ti, si te escapas gritando.

—Ah.

Extendió la mano y tomó la mía.

—Se suponía que te mostraría tu retrato, creo.

—¿Así no va a parecer que me trajiste hasta aquí con pretextos completamente falsos?

Sus ojos se encendieron y contuve el aliento.

—Sí quiero que veas el carboncillo, pero admito que eso era secundario a lo que acabo de hacer. Te sientes más segura ahora, ¿funcionará?

—Sí.

Se apoyó sobre el codo, cerrando la distancia entre nosotros, empujando su mano entre mi cabello y moviéndola hasta acunar mi cara.

—Tenía otro motivo oculto para traerte aquí —Inclinándose poco a poco, sus labios se encontraron con los míos y el fuego que había sido brasas desde que salió de mi habitación más de una semana flameó. Abrí la boca y su lengua presionó dentro, acarició la mía y se retiró.

Girando su cabeza, movió su boca sobre la mía, chupando mi labio inferior en su boca, acariciándolo con su lengua y liberándolo para prestar atención a la parte superior. Su lengua corrió por encima del espacio sensible de mis dientes superiores y jadeé.

Luego sus manos empezaron a moverse.