EASY
Capitulo 13:
No había asistido a ningún evento de hermandad desde la fiesta de Halloween, y apenas había visto Grimmjow desde nuestro incidente en el hueco de la escalera —siempre dentro de un grupo, y siempre en público.
Cuando él se acercaba, yo me alejaba, como si su mismo ser me repugnara, lo cual era cierto. El mero pensamiento de él todavía hacía que mi boca se secara y creaba un nudo en mi estómago.
En nuestra habitación, Rukia se volteó, tras su verificación final en el espejo.
—Será mejor que él se quede lo más lejos posible de ti, o voy a probar la cortadora de césped en su trasero —declaró.
—Ese movimiento no es para usar en un trasero —bromeé, odiando el temblor que me provocaba la idea de Grimmjow con los brazos en bandas alrededor de mí.
Tenía la esperanza de que Rukia estuviera lista para tener una sombra, porque no pensaba alejarme de su lado en toda la noche.
Con su brazo rodeando mis hombros, nos puso a ambas frente al espejo de cuerpo entero.
—Estamos ardientes, amiga —Sus ojos se encontraron con los míos en la reflexión—. Gracias por hacer esto. Las chicas han sido un gran apoyo, pero ellas no son tú. Me siento más fuerte sabiendo que estarás conmigo.
Sonreí y la abracé, acercándola más a mi lado. De verdad nos veíamos ardientes. En aquel vestido plateado con brillo, y con sus tacones de tiras de plata, Rukia tenía su propia bola de discoteca. Mi vestido gris —cortado simplemente en el frente y del tono exacto de mis ojos— se veía básico, y hasta aburrido, junto a Rukia. Pero eso era hasta que me daba la vuelta.
La combinación de tocar el bajo y practicar yoga me había dado una espalda tonificada, y el vestido se lucía con una "V" casi hasta la cintura. Las zapatillas de charol en mis pies, de un negro que se asemejaba a la sangre que solía salirte por la nariz, se negaban a ser opacadas.
Rukia hizo un par de movimientos de baile.
—Vamos a hacer que Ichigo desee nunca haber nacido.
Rodeé los ojos y ella se rió.
—Oh, Rukia. Estoy tan contenta de que estés a mi lado.
—Eso es, zorra —Golpeó mi trasero, y ambas tomamos nuestros abrigos.
Por acuerdo tácito, nos saltamos la puerta de la escalera y bajamos por la amplia escalinata del frente para cumplir con nuestro viaje. Todos quedaban boquiabiertos tras nuestros pasos —un escuálido estudiante de primer año tropezó en un escalón, mientras sus ojos se movían entre Rukia y yo.
Por suerte, él subía, aterrizó en sus dos manos, prácticamente a los pies de Rukia.
—Whoa —suspiró tomándola.
Ella le acarició la cabeza mientras pasaba, cantando suavemente:
—Aww, qué dulce —como si fuera un cachorro.
La expresión de adoración con la que él respondió a su toque indicaba que allí había un hombre dispuesto a ponerla en un pedestal y tratarla como a una diosa. Yo sospechaba que Ino no quería eso de un chico casi tanto como ella insistía en que sí lo hacía.
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Los chicos de la fraternidad de Ichigo habían hecho todo lo que había estado a su alcance, colgando una verdadera bola de discoteca y contratando a una banda.
Equipados con trajes, corbatas, y un nivel peligroso de confianza, todo parecía más caliente que el infierno, y cada uno de ellos lo sabía. Dos voluntarios se encontraban en la puerta, uno de ellos colgando abrigos, mientras que el otro se ocupó de tomar la invitación que Rukia le entregó, y nos dio a ambas una tira de boletos para el "bar" creado en la cocina, y una rifa para la tabla de premios ofrecida por los miembros a prueba.
Los premios eran en su mayoría electrónicos, desde iPods hasta consolas de video y pantallas planas de 42 pulgadas.
—Chicos —se burló Rukia—. ¿Dónde está el día de spa? ¿O la orden de compras de Victoria Secret? —los ojos del guardia de la tabla se ampliaron en una aprobación evidente a la última idea.
—Hola, Rukia —dijo una voz profunda. Nos dimos la vuelta, y allí estaba Ichigo, luciendo increíble en un traje gris oscuro de corte intachable, y una corbata negra que, de alguna manera, combinaba perfectamente con el cabello de Rukia. Él me miró, sus ojos eran cálidos y acogedores—. Hola, Orihime —
No sentí ningún reproche por el hecho de que su relación había detonado luego de que Rukia me defendiera.
—Hola, Ichigo. El lugar se ve impresionante —respondí por las dos, mientras
Rukia se balanceaba con la música y saludaba a sus amigos, como si su ex no existiera. El tema de la Fiesta de ese año era Fiebre del Sábado por la Noche. La banda pasó de tocar un cover de Keith Urban a una canción de los Bee Gees, algo muy popular cuando mis padres estaban en la escuela primaria, tal vez.
Ichigo miró a su alrededor, sólo superficialmente, y sus ojos regresaron a mí.
—Gracias —dijo, y entonces él sólo tenía ojos para Rukia.
Mirando a la gente que ya estaba bailando, ella tomó una copa repleta de un líquido rojo, de las manos de un tipo que pasó con un puñado de ellos. Él empezó a protestar, pero Ichigo lo fulminó con la mirada, desafiándolo a decirle una palabra. El tipo se mordió el labio y se mantuvo en movimiento.
Mientras ella bebía y fingía permanecer ajena a su presencia, él la miró fijamente. Era obvio que quería que aquello continuara, y el hecho de que Rukia estuviera evitando su mirada, me dijo que ella era cualquier cosa menos inmune.
No se movieron de sus respectivas órbitas durante el resto de la noche, pero él no intentó hablar con ella de nuevo, tampoco.
Sabía que Ichigo era un buen tipo, aunque mal aconsejado y crédulo. Se había tragado la historia de Grimmjow sobre lo que pasó entre nosotros, le había dicho a Rukia que tal vez yo estaba borracha esa noche, y no me acordaba de todo con claridad.
Probablemente era uno de esos chicos para los que los violadores eran hombres feos que saltaban de los arbustos y agredían a niñas al azar. Los violadores no eran para él los chicos buenos de tu trabajo, o tu hermano de fraternidad, o tu mejor amigo.
Tal vez nunca se le ocurrió que su mejor amigo era capaz de desgarrar la confianza de una chica en un lapso de cinco minutos. Que podría lastimar a alguien inocente, sólo para herir a un rival. Que podría violarla en un retorcido intento de destruir su propia impotencia. Que podría hacerla sentir constantemente amenazada, sin importarle una mierda.
La única vez que me sentí completamente segura fue cuando estaba con Ulquiorra.
Maldita sea.
Diez minutos más tarde, estaba observando a Grimmjow bailar con una chica de alto rango de la hermandad de Rukia. Él sonrió y se echó a reír, ella lo imitó. Se veía tan... normal.
Por primera vez, me pregunté si yo había sido la única chica a la que él había aterrorizado, y si era así, por qué.
Salté cuando escuché la voz de Ishida en mi oído.
—Te ves despampanante, Orihime —Mi trago se derramó sobre el borde de la copa hasta mi mano, por suerte, sin tocar mi vestido. Él me quitó la bebida—. Ah, lo siento, no quería sobresaltarte. Vamos, te voy a buscar una toalla.
Estaba lo suficientemente desconcertada como para evitar que su brazo me dirigiera a través de la multitud, y su mano se ubicara sobre mi espalda desnuda. No fui consciente de que me había separado de Rukia, sino hasta que estuvimos en la cocina, con mi brazo sobre el lavabo, como si tuviera una herida mortal en lugar de una mano empapada de cerveza.
Ishida enjuagó y palmeó mi mano seca, y yo me solté de su agarre cuando él no lo hizo de inmediato.
Haciendo caso omiso a mi retiro, me sonrió.
—Como estaba tratando de decir antes… luces hermosa esta noche. Me alegro de que hayas venido.
La música estaba muy alta, y la conversación nos obligó a estar más cerca de lo que yo quería estar.
—Vine por Rukia, Ishida.
—Lo sé. Pero eso no disminuye mi satisfacción de que estés aquí.
Llevaba su habitual colonia Lacoste, pero ya no me daban ganas de inclinarme contra él y respirarla. Una vez más, lo puse en contraste directo con Ulquiorra, cuyo olor no era cualquier cosa —era su chaqueta de cuero y su loción para después de afeitarse, la comida que había cocinado para mí y el olor sutil pero agudo de grafito en sus dedos después de dibujar, el tubo de escape de su Harley y el olor a champú de menta de su almohada.
Con la frente inclinada, Ishida me miró de cerca, y me di cuenta de que probablemente había dicho o preguntado algo.
—Lo siento, ¿qué? —incliné mi oído hacia él, tomándome un segundo para sacar a Ulquiorra de mi mente.
—Dije: 'Vamos a bailar".
Incapaz de deshacerme de aquellos pensamientos, estuve de acuerdo y dejé que mi ex me llevara a la pista de baile designada, justo en frente de la banda. Una zona que había sido despejada de mobiliario, justo debajo de la bola de discoteca motorizada que colgaba peligrosamente baja para algunos de los chicos más altos. Girando lentamente, su superficie espejada lanzaba destellos de luz en ondas alrededor de la habitación, iluminando los rostros y los cuerpos, girando y haciendo brillar cualquier superficie reflectante, desde los pomos de las puertas, hasta el vestido color plata de Rukia.
Sus manos estaban entrelazadas por detrás del cuello de un alto Pi Kappa Alpha, y una copa vacía colgaba de sus dedos. Su pareja de baile fue, sin saberlo, el extremo receptor de una mirada mortal por parte de Ichigo. Rukia se había dado cuenta, sin embargo, y se apretó más a él, mirándolo a los ojos con gran atención.
Pobre Ichigo. Debería estar enojada con él, también, pero él ya era claramente miserable.
—Me enteré de Ichigo y Rukia. ¿Qué pasó? —Ishida siguió mi mirada.
—Deberías preguntárselo tú —quería saber lo que Ishida habría pensado del comportamiento de Grimmjow.
Eran civilizados el uno con el otro, pero aquella competitividad había existido entre ellos desde siempre.
—Lo hice. Más o menos. No parecía querer hablar de ello. Dijo que habían tenido una gran pelea, que estaba siendo irracional, blah, blah, ya sabes, los chicos dicen cosas estúpidas cuando encontramos algo bueno.
Justo en ese momento, la música cambió a algo rápido, permitiéndome restablecer mi burbuja de espacio personal y, afortunadamente, hechar la conversación acerca de rupturas y metidas de pata. Me sentí tan aliviada de poner fin a ese intercambio que no presté atención hacia dónde se dirigió Rukia.
Tampoco presté atención a donde estaba Grimmjow.
En una pausa entre canción y canción, él caminó detrás de mí.
—Oye, Orihime —dijo, y yo salté por segunda vez esa noche—. ¿Has terminado bailando con este perdedor? Ven a bailar conmigo —
El vello de mis brazos se crispó, cada nervio de mi cuerpo se puso en alerta máxima, y me acerqué a Ishida, quien colocó su brazo alrededor de mis hombros. Yo no quería su brazo sobre mí, pero dada la elección entre ellos, no había otra opción.
Sonriendo, Grimmjow tendió una mano.
La observé, incrédula, y me acerqué más a Ishida, cuyo cuerpo se puso rígido, en consonancia con el mío.
—No.
Con su habitual sonrisa insolente, Grimmjow miró hacia mí, como si mi ex no estuviera allí. Como si estuviéramos solos.
—Muy bien, entonces. Tal vez más tarde.
Negué con la cabeza y me concentré en la palabra que había dicho una y otra vez por la mañana. La palabra que precedió a cada patada.
—Dije que no. No lo entiendes, ¿cierto? —Desde el rabillo del ojo, vi como la mirada de Ishida se fijaba en mi cara.
Los ojos de Grimmjow se entrecerraron y su máscara de indiferencia se deslizó por una fracción de segundo. Luego se recuperó, y el disfraz estaba de vuelta en su lugar. Supe en ese momento que él no se daba por vencido. Él sólo estaba esperando su momento.
—Por supuesto. Te escucho, Orihime —sus ojos cambiaron a Ishida, cuya expresión era cuidadosa en desacuerdo con la rigidez que había despertado en su cuerpo—. Ishida —Grimmjow asintió con la cabeza, y él respondió de la misma manera.
Luego se alejó.
Me apoyé contra mi ex, y un segundo después me aparté, con los ojos entre la aglomeración de personas en la pequeña casa, en busca del vestido plateado de Rukia.
—Orihime. ¿Qué está pasando entre tú y Grimmjow?
No hice caso a su pregunta.
—Necesito a Rukia. Necesito encontrar a Rukia —
Empecé a caminar en la dirección opuesta a la que Grimmjow se había ido, e Ishida tomó mi brazo para tirar de mí hacia atrás.
Me deshice de su agarre, y luego me di cuenta de que había gente observando.
Se acercó, sin tocarme.
—Orihime, ¿qué está pasando? Voy a ayudarte a encontrar Rukia —Su voz era baja, sólo para mis oídos—. Pero primero, dime. ¿Por qué estás tan enojada con Grimmjow?
Levanté la mirada y mis ojos ardieron.
—No aquí.
Él apretó los labios.
—¿Vienes conmigo? ¿A mi habitación? —Cuando dudé, el añadió—. Orihime, estás como loca. Ven a hablar conmigo.
Asentí con la cabeza y él me llevó por las escaleras. Cerró la puerta y nos sentamos en su cama. Su habitación, como de costumbre, estaba ordenada y organizada, aunque la cama no estaba hecha y había pantalones vaqueros y camisas arrojados por encima de su silla de escritorio.
Reconocí las sábanas y la funda nórdica que habíamos escogido antes de regresar a la escuela ese otoño, porque quería algo nuevo. Reconocí su biblioteca y sus novelas favoritas, sus libros de derecho, su colección de biografías presidenciales. El contenido de aquella sala me era familiar. Él me era familiar.
—¿Qué está pasando? —Su preocupación era genuina.
Me aclaré la garganta y le conté lo sucedido la noche de la fiesta de Halloween, dejando a Ulquiorra fuera de la historia. Escuchando en silencio, se levantó y caminó, respirando profundamente, con los puños cerrados. Cuando terminé, se detuvo y se sentó con fuerza.
—¿Le pediste que se fuera lejos y él no lo hizo…?
Negué con la cabeza.
—No.
Él resopló.
—Maldita sea —se sacó la corbata y desabrochó el primer botón de su camisa blanca.
Tenía los dientes apretados con tanta fuerza que las venas de su cuello sobresalían bajo su piel, como tuberías yendo desde su mandíbula hacia abajo. Él negó con la cabeza y estrelló un puño en su muslo.
—Hijo de puta.
Ishida, por lo general, no maldecía. Sin duda, ninguna de aquellas palabras era parte de su vocabulario estándar. Me miró más de cerca.
—Voy a manejar esto.
—Ya está hecho. Se terminó, Ishida. Yo sólo... Sólo quiero que me deje en paz —
No lloraba, lo cual era extraño. Me sentía como si hubiera ganado fuerza al contarle, al igual que me sentí más fuerte después de decírselo a Rukia.
Su mandíbula estaba apretada otra vez.
—Lo hará —Tomó mi cara entre sus manos y repitió—. Él te dejará en paz. Me aseguraré de ello —Y entonces él me besó.
La sensación de su boca era tan familiar como los elementos catalogados que había cuando entré en su habitación. Los libros de la estantería. El edredón en mi mano. El equipo de escalada en roca, en la esquina. La sudadera con capucha que solía pedirle prestada. El olor de su colonia.
Sin darme cuenta, registré la sensación de sus labios, moviéndose un poco toscos.
Deduje que su enojo hacia Grimmjow hacía su beso menos sensible, pero yo lo conocía. Por eso, también, me resultaba familiar. Aquel beso era como él siempre me besaba. Su lengua se deslizó en mi boca, posesiva. Era familiar, correcta, y no era Ulquiorra.
Me eché hacia atrás.
Él dejó caer sus manos.
—Dios, Hime, lo siento. Eso fue tan inapropiado.
No hice caso de su desliz.
—No. Está bien, yo sólo... yo no... —Busqué en mi cabeza, tratando de definir lo que yo no quería.
Llevábamos separados siete semanas. Siete semanas, y para mí había terminado. Me quedé mirando la palma de mi mano, girándola sobre mi regazo; la comprensión y su conclusión eran desconcertantes.
—Entiendo. Todavía necesitas tiempo —Se puso de pie, y yo también lo hice, queriendo salir de aquella familiar habitación y de la conversación.
El tiempo no iba a cambiar lo que estaba sintiendo, o lo que no sentía. Yo había tenido tiempo, y aunque el dolor de su deserción no había desaparecido, estaba disminuyendo. Mi futuro era borroso, sí, pero yo estaba empezando a imaginar un futuro donde ya no lo echaba de menos en absoluto.
—Vamos a ir a buscar a Rukia para ti. Y yo voy a tener una charla con Grimmjow.
Me quedé inmóvil, a medio camino de la puerta.
—Ishida, no espero que tú…
Se dio la vuelta.
—Lo sé. No importa. Estoy manejando esto. Manejándolo a él.
Respiré hondo y lo seguí desde la habitación, esperando que sus intenciones hubieran surgido de la determinación de hacer lo correcto, y no sólo porque él me quería recuperar.
Rukia y yo miramos desde la ventana cómo Ishida y Grimmjow se enfrentaron en la parte de atrás de la casa. Hacía demasiado frío para que cualquier persona fuera a tomar partido, por lo que estaban solos. No podíamos escuchar las palabras, pero el lenguaje corporal era inconfundible.
Grimmjow era más alto y más grande, pero mi ex tenía una superioridad innata que se negaba a ceder al control de cualquier persona que él consideraba indigna. La cara de Grimmjow era un barniz de molestia y furia absoluta mientras Ishida hablaba, señalándolo con el dedo una, dos, tres veces, nunca tocándolo, pero sin mostrar miedo.
Le envidiaba esa capacidad. Siempre la había tenido.
Nos apartamos de la ventana cuando Ishida dio la vuelta para regresar a la casa, pero antes de eso, Grimmjow miró hacia la ventana y se fijó en mí con una mirada de odio puro.
—Jesucristo —murmuró Rukia, cogiéndome del brazo—. Es tiempo de tomar una copa.
Encontramos a Rangiku en un grupo de personas que jugaban cuartos 13.
—¡Ruuuuuuukia! —dijo arrastrando las palabras —¡Ven y sé parte de mi equipo!
Rukia alzó una ceja.
—¿Estamos jugando en equipos?
—Sí —agarró el brazo de Rukia y tiró de ella en su regazo—. ¡O, puedes ser socia de Hinamori! Rukia y yo vamos a patearles el culo a todos —Hinamori era pequeña y pelinegra.
Sonrió y parpadeó. Sus ojos eran oscuros y grandes, incapaces de concentrarse en mí.
—¿Su nombre es Or? —Su acento era muy pronunciado, y sus pestañas revolotearon hacia arriba y abajo como un personaje de dibujos animados, lo que la hacía parecer más joven y más vulnerable que una chica de dieciocho años.
Ella era todo lo contrario a la actitud sarcástica de Rangiku y sus oscuras miradas de duendecillo.
—¿Al igual que el nombre de un niño? ¿Or?
Los chicos al otro lado de la mesa rieron entre dientes, y Rangiku rodó los ojos, disgustada. No estaba claro por qué ella quería que yo fuera su pareja.
—Um, no. O es de Orihime. —
Uno de los muchachos se apoderó de dos sillas plegables que estaban contra la pared, poniéndolas a ambos lados de Hinamori y Rangiku. Tomé la que se encontraba al lado de Hinamori y Rukia se deslizó en la otra.
—Oh —Momo frunció el ceño y parpadeó—. Entonces, ¿puedo llamarte Orihime? —Mi nombre era casi irreconocible entre su acento y las palabras arrastradas por la borrachera.
Rangiku comenzó a murmurar en voz baja así que le dije:
—Claro, eso es genial—miré alrededor de la mesa—. Así que, ¿vamos ganando?
Los chicos del otro lado sonrieron. Definitivamente no estábamos ganando.
Para cuando nuestro conductor designado nos dejó de vuelta en el dormitorio, Rukia y yo nos habíamos condenado a una noche de paredes borrosas y abrazar el inodoro cuando mucho. Ninguna de las dos habló más alto de un susurro hasta las 3:00 de la tarde del domingo.
Había una reunión de la fraternidad cuatro horas más tarde, y Rukia maldijo al linaje de quien fuera que lo puso en el calendario el día después de la Fiesta de la Fraternidad.
—No vamos a poder decidir absolutamente nada, y por lo menos la mitad de nosotros vamos a querer matar a la primera persona que golpee el mazo —
Aún estábamos conversando a medio volumen.
La vi ponerse una bufanda morada alrededor de su cuello y tomar los guantes a juego mientras esperaba a que mi ordenador portátil encendiera.
—Por lo menos tu miseria tendrá compañía.
—Bravo —Colocó una gorra de color púrpura sobre su pelo oscuro y salvaje y se acurrucó en su chaqueta—. Nos vemos en un par de miserables horas.
Ulquiorra ya había enviado el ejercicio del lunes. Todavía sin nota personal.
Entendía por qué no podía verme, y tal vez por qué cualquier cosa que hayamos estado haciendo se había terminado. Pero no entendía por qué nuestros mensajes de correo electrónico tenían que terminar, también. Los extrañaba, y me pregunté qué haría si le enviaba un correo electrónico.
Quería contarle sobre anoche y Grimmjow , sobre decir que no y sentirme con miedo y fuerza a la misma vez.
Quedaba una semana de clases, seguida por una semana de exámenes finales, y luego el semestre habría terminado. No tenía ni idea de si haría alguna diferencia para él.
Hice, por lo menos, la tarea que podía hacer sin destruirme el cerebro — etiquetar un diagrama sobre constelaciones para la clase de astronomía— y después colgué la ropa limpia que había estado en el cesto al pie de mi cama por tres días, o cuatro, tal vez cinco. No asistí a mi práctica de bajo durante el fin de semana y ni al ensayo grupal, por lo que estaría luchando para completar las horas de práctica durante la semana.
Para cuando Rukia regresó, estaba considerando seriamente volver a la cama y dormir los restos de mi resaca. Bostezando, me volví hacia la puerta.
—Estaba pensando en irme a dormir temprano…
Rukia no estaba sola. Bajo su brazo estaba Momo, mi cuarta socia de ayer. Al principio, pensé que ella tenía más resaca que yo; entonces, me di cuenta de la expresión sombría de Rukia, y miré los ojos rojos de Momo.
Ella no sólo se sentía como mierda por el alcohol. Había estado llorando. Demasiado.
Deslicé mis piernas al costado de la cama.
—¿Rukia?
—O, tenemos un problema —La puerta se cerró detrás de ellas y Rukia guió a Momo hacia la cama—. Ayer por la noche, después que nosotras nos fuimos, Momo bailó con Grimmjow —Momo se estremeció y cerró los ojos, lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.
Mi corazón empezó a correr. Me imaginé todo lo que Rukia podía decir después, y nada de ello era bueno. No había rezado en mucho tiempo, pero me encontré haciéndolo. Por favor, Dios, que no haya ido más allá de lo que me pasó. Por favor. Por favor.
—La convenció de ir a su habitación —Ante eso, las manos de Momo volaron para cubrir su rostro y se desplomó a llorar sobre el hombro de Rukia como una niña pequeña—. Shh, shh —canturreó Rukia, colocando sus brazos alrededor de ella.
Nos miramos la una a la otra sobre la cabeza de Momo, y supe que no había habido un Ulquiorra para ella.
—O, tenemos que decirlo. Tenemos que decirlo esta vez.
—¡Nadie me va a creer! —gritó Momo. Su voz era ronca, y la imaginé haciendo lo que yo había hecho: rogarle a que se detuviera. La imaginé llorando toda la noche, y la mitad del día, y estuve más enfadada, y asustada, de lo que jamás lo había estado—. Yo no…—Su voz se redujo a un susurro—. Yo no era virgen.
—Eso no importa —dijo Rukia con firmeza.
Tragué el nudo en mi garganta, y éste bajó, pero no sin dar pelea.
—Te van a creer. Él trató… lo trató conmigo, hace un mes.
Momo abrió la boca, su rostro enrojecido y sus ojos abiertos volviéndose a mí.
—¿También te violó?
Negué con la cabeza mientras escalofríos se dispararon de mi cuello a los tobillos.
—Alguien se lo impidió. Tuve suerte —No tenía idea de lo afortunada que fui hasta este momento. Pensé que lo sabía, pero no lo hacía.
—Oh —Su voz se entrecortó, aún no había dejado de llorar—. ¿Eso contará?
Rukia convenció a Momo a acostarse, cubriéndola con una manta.
—Va a contar —Se sentó a su lado y tomó su mano—. ¿Corroborará Ulquiorra tu historia, O? Quiero decir, creo, que con lo que sabemos de él, lo hará.
Ulquiorra había estado furioso esa noche cuando no lo dejé llamar a la policía.
No se me había ocurrido que al no informar lo que me había sucedido, le dejé creer a Grimmjow que era intocable. Que lo haría de nuevo. Asumí que lo que Ulquiorra le había hecho a Grimmjow era suficiente. No es que le impidió hacer lo que hizo en la escalera… o sus amenazas implícitas durante la fiesta, justo en frente de Ishida.
Asentí con la cabeza.
—Él lo hará.
Rukia dejó escapar un suspiro entrecortado y miró a Momo.
—Necesitamos llamar a la policía o ir al hospital… o algo, ¿no? No tengo idea de qué hacer primero.
—¿El hospital? —Momo tenía miedo y no podía culparla.
—Probablemente tendrán que hacer… un examen o algo así. —Rukia suavizó su voz, pero en la palabra examen, los ojos de Momo se ampliaron y se llenaron de lágrimas una vez más.
Sus nudillos se pusieron blancos, sujetando la manta.
—¡No quiero un examen! ¡No quiero ir al hospital!
¿Cómo podía culparla, cuando informándolo le traería más dolor y humillación?
—Vamos a ir contigo. Puedes hacerlo —Rukia se volvió hacia mí—. ¿Qué debemos hacer primero?
Negué con la cabeza, pensando en la policía del campus. Algunos, como Omaeda, harían algo bueno con esta situación. Otros no. Podríamos ir directamente al hospital, pero no sabía cuál era el procedimiento. Tomé mi teléfono y marqué.
—¿Hola? —La voz de Ulquiorra fue cautelosa, y me di cuenta de que nunca lo había llamado antes.
—Te necesito —
Hacía más de una semana desde que habíamos tenido contacto, excepto por las hojas de trabajo que enviaba, y la clase de defensa personal de ayer por la mañana.
—¿Dónde estás?
—En mi habitación —Esperé a que me preguntara lo que quería. No lo hizo.
—Estaré allí en diez minutos.
Cerré los ojos.
—Gracias.
Colgué, bajé el teléfono, y luego esperamos.
Ulquiorra se puso en cuclillas sobre sus talones justo al nivel de los ojos de Momo.
—Si no lo reportas, lo va a hacer de nuevo. A alguien más —Su voz zumbó a través de mí, apenas audible en la habitación—. Tus amigas se quedarán contigo.
Rukia se sentó en la cama, sosteniendo su mano. Apenas conocía a esta chica, pero gracias a Grimmjow, ahora éramos aliadas, asociadas de una manera que nadie desea estar vinculada.
—¿Tú estarás allí? —su voz fue un susurro.
—Si así lo quieres —respondió.
Ella asintió con la cabeza y comprimí mis celos. No había nada que envidiar en esta situación.
La televisión en la sala de urgencias estaba a un volumen alto, el cual no ayudaba a mi dolor de cabeza. Quería apagarla, o bajar el volumen, pero un hombre anciano estaba sentado en una silla a tres metros de ella con los brazos cruzados sobre el pecho, su mirada fija en el televisor. Si ese ruido lo distraía de su razón para estar aquí, ¿quién era yo para quitarle esa distracción?
Ulquiorra se sentó junto a mí, su rodilla doblada hacia mí, rozando mi muslo. Su mano estaba tan cerca de la mía que podía haberla tocado con mi meñique.
No lo hice.
—¿Tienes algo en contra de ese programa?
Su pregunta tonta borró mi ceño fruncido.
—No, pero creo que podría escucharlo desde el otro lado de la calle —
Ulquiorra mostró su sonrisa fantasma y quise fundirme en ella.
—Mmm —dijo, mirando a su rodilla—. ¿Tienes un poco de resaca, también? —
Cuando Rukia y Momo lo pusieron al corriente de los detalles de la noche anterior, rápidamente se dio cuenta de que yo había asistido con Rukia al evento griego.
—Tal vez, un poco —
Me pregunté si pensaría que me había puesto en peligro al asistir a una fiesta donde Grimmjow estaría presente obviamente. Su regaño de la noche en que nos conocimos —muy responsable—, todavía dolía, sobre todo porque era verdad.
—Así que, ¿habló contigo? ¿Ayer? —Aún seguía mirando a su rodilla.
—Síp. Me invitó a bailar.
Un músculo se tensó en su mandíbula, y sus ojos fueron fríos cuando se encontraron con los míos.
—Le dije que no. —Incluso yo escuché mi tono defensivo.
Respiró profundamente y se volvió hacia mí completamente, su voz baja y amenazante.
—Orihime, está tomando todo mi control estar aquí sentado en este momento y esperar a que la justicia se haga cargo de esto, en lugar de cazarlo yo mismo y joderlo hasta la mierda. No te estoy culpando a ti, o a ella. Ninguna de las dos pidió lo que él hizo, no hay tal cosa como pedirlo. Eso es un puto argumento de los psicópatas y estúpidos. ¿De acuerdo?
Asentí con la cabeza, sin aliento ante su declaración.
Sus ojos se entrecerraron.
—¿Acepto tú no?
Asentí con la cabeza otra vez.
—Ishida estaba conmigo. Se dio cuenta de lo extraño que actué con Grimmjow, por lo que le conté lo sucedido. No dije nada sobre ti, o la pelea. Sólo le dije que escapé.
Una pequeña arruga apareció entre sus cejas.
—¿Y cómo lo tomó?
Recordé el flujo de maldiciones muy pocos comunes de Ishida.
—Estaba más enojado de lo que lo he visto en mi vida. Llevó a Grimmjow afuera y habló con él, le dijo que se mantuviera alejado de mí… lo que probablemente lo hizo sentir débil a Grimmjow, y es por eso que… —Es por eso que violó a Momo.
—¿Qué acabo de decir? Esto no es tu culpa.
Asentí, mirando mi regazo, las lágrimas quemando en mis ojos. Quería creer que no era mi culpa, pero Momo fue lastimada después de que Ishida lo enfrentó. Por mí. Se sentía que era mi culpa. Sabía mejor, pero no podía dejar de conectar los puntos.
Los dedos de Ulquiorra rozaron mi barbilla y volvió mi rostro al de él.
—No. Es. Tu. Culpa.
Asentí otra vez, aferrándome a sus palabras como si fueran mi redención.
.
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Me estacioné frente a la casa de un vecino, cerrando la puerta de camioneta lo más silenciosamente posible y caminando de puntillas por entrada escasamente iluminada hacia el garaje. Era tarde; tal vez suficientemente tarde como para que nadie mirara a una chica dirigiéndose departamento de un hombre.
La motocicleta de Ulquiorra se encontraba estacionada frente a las escaleras.
Me detuve a los pies de la escalera, con la mano en la barandilla, mi corazón latiendo fuertemente, y miré hacia la casa del doctor Aizen. No podía ver ningún movimiento dentro, aunque había luces encendidas en el interior. Tomando una respiración profunda, subí las escaleras y toqué la puerta suavemente.
Había una mirilla en la puerta, así que estaba segura que él me vio de pie bajo la luz del porche por la expresión de confusión en su rostro cuando abrió la puerta. Hacía una hora, me había dejado en el dormitorio con Rukia y Momo, y después que se fue, me di cuenta que no dije lo que quería decir. Y para la mayor parte de lo que quería decir, tenía que tenerlo frente a mí mientras lo decía.
—¿Orihime? ¿Por qué…? —Se detuvo ante la expresión en mi rostro, empujándome al interior y cerrando la puerta detrás de nosotros—. ¿Qué pasa?
—
Sus manos se apoderaron de mis codos mientras miraba hacia él. Estaba vistiendo pantalones de pijama y una camiseta oscura, las líneas sexys de su tatuaje se derramaban de sus mangas hasta sus muñecas. También llevaba lentes delgados y con enmarcado negro, los cuales acentuaban aun más lo claro de sus ojos y sus pestañas.
Tomé aire y solté todo antes de arrepentirme y no decir nada.
—Sólo quería decirte que… te extraño. Y tal vez suena ridículo, ya que apenas nos conocemos, pero entre los correos electrónicos y mensajes de texto y… todo lo demás, sentí como si lo hiciéramos. Que lo hacemos. Y te echo de menos… no sé de qué otra manera decirlo, pero los echo de menos a los dos.
Tragó saliva, cerrando sus ojos e inhalando lentamente. Sabía que iba a ser racional y hacer-lo-correcto y me alejaría de nuevo, y estaba determinada a no darle esa oportunidad.
Pero entonces sus ojos se abrieron y dijo—:
Al carajo — empujándome contra la puerta, colocando sus antebrazos a ambos lados de mi cabeza y besándome más fuertemente de lo que nunca antes me habían besado, tan firmemente que podía sentir el arete en su labio perforando el mío.
Presionó su duro cuerpo contra el mío y yo presioné de vuelta, agarrando su camiseta con mis puños y amoldándome a él mientras su lengua acariciaba el interior de mi boca.
Cuando se apartó por una fracción, protesté con un sonido vergonzante inarticulado y se rió entre dientes suavemente, pero sólo estaba removiendo mi abrigo y llevándome hasta el sofá. Sentándose, me puso a horcajadas sobre su regazo, acunando mi cabeza en una mano y apretándome a él con la otra.
Nos separamos, sin aliento, y él arrojó sus lentes en la mesa de noche y se quitó su camiseta sobre su cabeza, y luego removió la mía suavemente. Sus manos cálidas se extendieron sobre mis costados y me sostuvieron fuerte mientras nuestros labios se movieron juntos, su lengua deslizándose con la mía.
Enredé mis brazos alrededor de su cuello, abriendo mi boca y dejándole entrar. Cuando besó la comisura de mi boca y humedeció sus labios en el hueco de mi garganta, mi cabeza cayó hacia atrás. No pude evitar el suave gemido que su beso húmedo provocó.
—Tienes una peca aquí —susurró, pasando su lengua sobre ese punto debajo de mi mandíbula—. Me vuelve loco cada vez que estás sobre mí. Sólo quiero hacer esto… —
El suave toque de su boca me empujó sobre el borde, y mis rodillas se apretaron alrededor de sus caderas mientras me mecía sobre él.
Con sus ojos verdes ardiendo, quitó mi sujetador, delineando en círculos concéntricos con sus dedos, tocándome tan suavemente que me mareé con ganas de más. Sus manos cubrieron mis pechos, sus pulgares acariciando la parte de abajo, y me incliné para tomar su boca y chupar su lengua con la mía, deslizando mi mano por su abdomen tirante y más allá hasta la delantera de sus pantalones de franela. Tiré de las correas.
—Dios, Orihime —jadeó, luchando contra mi mano mientras sus brazos serpenteaban alrededor de mí, sus dedos enredándose entre el pelo de mi nuca mientras nuestras bocas se devoraban entre ellas.
Rompiendo el beso, presionó su frente contra mi hombro y gimió, con los dientes apretados—. Dime que me detenga.
Confundida, sacudí la cabeza, aunque no sabía si la acción fue ferviente o imperceptible. Su aliento acarició mis pechos y me incliné sobre su oído, mi voz un murmullo.
—No quiero que te detengas.
Sin decir palabra nos hizo rodar hacia abajo y sobre nuestros costados, desabrochó mis jeans y metió su mano entre el insustancial tejido de mi ropa interior y mi piel, sus dedos buscando y encontrando el lugar que anhelaban mientras me besaba. Gemí su nombre sobre su boca, clavando los dedos sobre sus bíceps, y su voz fue un gruñido en mi oreja.
—Orihime. Detenme.
Negué con la cabeza una vez más, mi mano deslizándose hasta presionar contra la evidencia de lo que su cuerpo quería de mí.
—No te detengas —suspiré, diciéndole que quería lo que él quería, sin condiciones.
Lo besé nuevamente, segura de que mis acciones y palabras eran todo lo que necesitaba para continuar.
Estaba equivocada.
—Di que me detenga, por favor. Por favor. —La última palabra susurrada fue una súplica que no podía negarle, incluso si no entendía la razón de ella.
—Detente —susurré, sin sentirlo, sin quererlo y él se estremeció y apartó su mano de mí.
Entrelazando mis manos sobre su pecho, no me alejé, no hablé. Sólo me quedé entre sus brazos por largos minutos, hasta que su respiración disminuyó, haciéndose finalmente profunda y regular.
Usagi Ulquiorra Schiffer estaba dormido en el sofá. Conmigo.
.
.
Me desperté con los maullidos apagados de Francis rogando entrar al interior.
Desenredándome a mí misma de Ulquiorra con cautela, me deslicé del sofá y fui a dejarlo entrar, agarrando mi sostén y camiseta de manga larga, poniéndomelos de nuevo. Una ráfaga de aire frío entró junto con el gato de Ulquiorra, cerrando la puerta tan pronto estuvo completamente dentro. Después de envolver su cola alrededor de mi pierna por escasos dos segundos, se dirigió al dormitorio, y supuse que fue su agradecimiento.
Volví al sofá, pero me senté en el suelo y observé a Ulquiorra en lugar de despertarlo, o acurrucarme de nuevo entre sus brazos. Con los planos de su rostro parcialmente ocultos por su cabello oscuro, sus labios carnosos entreabiertos y gruesas pestañas juntas por el sueño, pude ver al niño en el interior del hombre con más claridad que antes.
No entendía lo que pasó antes, por qué me obligó a detenerlo o por qué se apartaba del resto del mundo, de mí, pero quería entender.
Deduje que el tatuaje de la rosa era una pista posible, dado su lugar sobre su corazón. La mayor parte de la tinta en sus brazos eran símbolos e intricados motivos, y me pregunté si alguno de ellos eran diseños suyos. Se movió sobre su espalda entonces, y finalmente pude leer las palabras en su lado izquierdo:
El amor no es la ausencia de la lógica,
Si no la lógica examinada y recalculada,
Calentada y curvada para adaptarse,
Dentro de los contornos del corazón.
No necesitaba ninguna prueba más para saber que en su no-muy-lejano pasado, Ulquiorra había amado a alguien, profundamente. Alguien que debió haber perdido, porque ella no aparentaba estar a su lado. Y entonces miré más de cerca el tatuaje de la muñeca que se encontraba cerca de su cara.
Dentro del patrón de tinta, haciéndose pasar por la piel más rosado de lo normal dentro del diseño, había una delgada pero dentada cicatriz. Corría de un lado al otro: alrededor de toda su muñeca, contenida por las líneas negras de su tatuaje como un código oculto.
El mismo diseño rodeaba su muñeca derecha, y observando su rostro en busca de signos de vigilia, la levanté de su pecho y suavemente la volví para verificar. Esta, también, estaba surcada de un lado a otro: la cicatriz ocultada magistralmente por el artista del tatuaje.
Sorprendida, me senté nuevamente en el suelo, mirándolo dormir. No tenía idea de si esto era algo que algún día sacaría a relucir con él; si era algo que él estaba dispuesto a decirme. Aún después de pasar mis días y noches miserables por mi rompimiento con Ishida, nunca estuve lo suficientemente deprimida como para considerar el suicidio.
No tenía ni idea de lo que se necesitaba para llegar a ese punto sin esperanza. No realmente.
Era tarde, y tenía que volver a mi dormitorio. Nuestra clase —mi clase— comenzaba en tan solo ocho horas. Sobre la mesa de la cocina, encontré un sobre descartado y garabateé una nota dejándole saber que había vuelto al dormitorio y lo vería mañana.
—Espera. —La voz de Ulquiorra me detuvo con la mano en el pomo de la puerta.
Se sentó, un poco desorientado por el sueño.
—No quise despertarte, así que te dejé una nota. —La recogí de la mesa de noche, doblándola y metiéndola en mi bolsillo.
Estaba tan llena de palabras por decir y preguntas por cuestionar que nada podía salir.
Se frotó los ojos y se levantó, estirando su cuello hacia un lado, extendiendo sus brazos hacia atrás, sus ojos cerrados. Sus bíceps y pectorales flexionándose con el movimiento, y quería dejar de mirarlo, pero no pude hasta que sus ojos se abrieron.
—Te acompaño a tu camioneta.
Se volvió para tomar su camiseta y ponérsela nuevamente, y fui capaz de comérmelo con los ojos una vez más sin vergüenza. Sobre sus hombros definidos y espalda habían más diseños y palabras escritas, pero su camiseta las cubrió demasiado rápido. Se dirigió a su dormitorio y salió vestido con una sudadera con capucha y un par de zapatos viejos que nunca lo había visto usar.
Las botas eran su calzado normal.
—¿Francis está en la cama? A menos que haya desarrollado pulgares opuestos, supongo que lo dejaste entrar. —Cruzando la habitación, sonrió.
Asentí mientras se acercaba, y su sonrisa decayó. Sabía que estaba pensando en lo que sucedió antes de que nos durmiéramos entre los brazos del otro, preguntándose qué pensaba sobre él suplicándome para detenerlo cuando le dejé claro que no quería hacerlo.
Si tan sólo él supiera… mi confusión sobre su rechazo no era nada en comparación con lo que causaron las cicatrices en sus muñecas.
Espero disfruten la lectura
Lariilu
