EASY

Capitulo 17:

Mientras me dirigía a casa de Ulquiorra el domingo por la tarde, repasé las numerosas razones por las cuales presentarme sin previo aviso y sin haber sido invitada era una mala idea: podría no estar allí, podría estar ocupado, piensa que me ha alejado, piensa que hemos dicho adiós.

Por otro lado, yo sólo iba a estar en la ciudad hasta el martes por la mañana, y no podía dejar que me marchara sin una lucha.

Después de tocar, escuché el cerrojo de la puerta y después la voz ronca de Ulquiorra.

—¿Quién es, Nelliel? No sólo abras la puerta…

—Es una chica. —La puerta se abrió y una chica blanca y bonita con ojos grises adornaba la puerta.

Parpadeó, claramente esperando una explicación de quién era yo y qué quería. No podía hablar. Estaba segura que mi corazón se había atorado en mi esófago y dejó de latir.

Ulquiorra se acercó a su lado, frunciendo el ceño. Cuando me vio, sus cejas se levantaron.

—¿Orihime? ¿Qué estás haciendo aquí?

Mi corazón volvió a la vida y regresé escaleras abajo. De pronto estaba en el aire, mi bíceps atrapado en sus puños, balaceándome desde el escalón más alto atrayéndome contra su pecho.

—Ella es Nelliel Sosuke —dijo en mi oído y me calmé—. Su hermano está dentro, también. Estamos jugando videojuegos.

Mi corazón aún latía fuertemente cuando sus palabras tomaron sentido y me desplomé contra él, sintiéndome como una idiota celosa. Recargué mi frente contra su pecho. Su corazón latía tan fuerte como el mío.

—Lo siento —murmuré en contra de su camiseta suave—. No debí haber venido.

—Tal vez no deberías haber venido sin decirme, pero no puedo lamentar el verte.

Levanté la mirada.

—¿Pero tú dijiste…?

Sus ojos eran de un color verde eléctrico a la luz del pórtico.

—Estoy tratando de protegerte. De mí mismo. Yo no hago… —apuntó con su dedo hacia mí y hacia él—…esto.

Mis dientes castañearon cuando hablé.

—Eso no tiene sentido. Sólo porque no lo has hecho antes no quiere decir que no puedes. —Demasiado tarde, una razón más probable que sus razones me detuvo—. A menos que… tú no quieras.

Suspiró y soltó mi brazo para pasar sus manos por su pelo.

—No es… eso…

—¡Brrr! ¿Van a entrar o qué? Porque voy a cerrar la puerta. —Eché un vistazo sobre Ulquiorra.

Nelliel parecía joven, pero no tan joven. Sin embargo, no parecía resentida. Y parecía estar curiosa.

—Bueno, tú lo has querido. —Entrelazando sus dedos con los míos, Ulquiorra se volvió hacia la puerta—. Vamos a entrar.

Nelliel tomó una esquina del sofá donde Francis se encontraba recostado sobre una manta. Cargándolo, lo dejó caer sobre su hombro como si fuera un objeto inanimado.

Después de colocarse debajo de la manta, reacomodó el gato en su regazo y tomó el control. Junto a ella estaba sentado un chico con el ceño fruncido con los mismos ojos grises, un poco más joven (pero igual de sombrío) que mis chicos de escuela intermedia.

—Te tomó todo el día —murmuró hacia Ulquiorra.

—Grosero. —Nelliel le dio un codazo y él puso los ojos en blanco.

Ulquiorra tomó su control el cual estaba sobre el cojín del sofá, indicándome que me sentara en la esquina opuesta de Nelliel.

—Chicos, ella es mi amiga, Orihime. Orihime, estos monos son Chisa y Nelliel Sosuke. —Nelliel y yo intercambiamos saludos y Chisa murmuró algo en mi dirección.

Cuando Nelliel le dijo a Chisa que era hora de retirarse al cabo de quince minutos después, su mal humor no había disminuido. Me miró.

—Yo no puedo tener chicas a solas en mi habitación.

Nelliel le dio un golpe detrás de su cabeza.

—Cierra el pico. Ulquiorra es un adulto, y tú sólo eres un pre-adolescente en celo.

Traté de disimular mi risa con una tos cuando el rostro de Chisa se puso rojo y se disparó a través de la puerta y bajó las escaleras.

Nelliel abrazó a Ulquiorra y me sonrió alegremente.

—Qué tengan una buena noche —cantó, desapareciendo por la puerta.

La vio caminar por el patio y entrar en la casa, antes de cerrar y asegurar la puerta. Se volvió, recargándose en ella, y me miró.

—Así que, ¿pensé que estábamos tomando un descanso? —No parecía enojado, pero tampoco estaba feliz.

—Tú dijiste que nos tomaríamos un descanso.

Sus labios se fruncieron.

—¿No tienes que irte por varias semanas?

Me quedé en mi lugar en el sofá, acurrucada en la esquina.

—Sí. Sólo estoy aquí por dos días más.

Se quedó mirando el suelo, sus palmas planas en la puerta detrás de él. Traté de tragar, pero no pude, mis palabras eran inestables.

—Hay algo que tengo que decir…

—No es que no te quiero —su voz era suave y no me miró cuando habló—. Mentí, antes, cuando te dije que te estaba protegiendo. —Levantó su barbilla y nos quedamos mirando el uno al otro a través de la habitación—. Me estoy protegiendo a mí mismo —tomó una respiración visible, su pecho subiendo y bajando—. No quiero ser el segundo, Orihime.

El recuerdo de Operación Chico Malo llegó a mí. Rukia y Rangiku habían ideado el plan para que yo usara a Ulquiorra para olvidar a Ishida, como si él no tuviera sentimientos, y yo les había seguido el juego. En ese entones no tenía idea de que él me había estado observando durante todo el semestre. Que una vez que comenzáramos a interactuar, su interés se haría más fuerte. Que finalmente sentiría la necesidad de alejarse de mí a causa de esos sentimientos tan profundos, no porque no sintiera nada.

—Entonces, ¿por qué estás asumiendo ese papel? —Me levanté de la esquina del sofá y crucé la sala—. No es lo que quiero, tampoco. —

Mientras me acercaba, él permaneció congelado en su lugar, succionando el arete en el labio inferior en su boca.

Enderezándose, me miró como si pensara que podría desaparecer justo delante de sus ojos. Sus manos acunaron mi rostro.

—¿Qué voy a hacer contigo?

Sonreí.

—Puedo pensar en un par de cosas.

.

.

—El nombre de mi madre era Hana.

Su confesión me trajo de vuelta a la tierra. Presionada a su lado, había estado trazando distraídamente los pétalos de color rojo oscuro sobre su corazón, preguntándome cómo decirle lo que sabía. O no.

—¿Lo hiciste en su memoria? —Un nudo se atoró en mi garganta mientras mi dedo trazaba el tallo.

—Sí. —Su voz era baja y pesada en la oscura habitación.

Estaba tan lleno de secretos que no podía imaginarme cómo sobrevivió a ellos día a día, nunca compartiendo la carga con nadie.

—Y el poema en mi lado izquierdo. Ella lo escribió. Para mi padre.

Mis ojos ardían. No era de extrañar que su padre se hubiera cerrado. Por lo que el Dr. Aizen me dijo, Sora Schiffer era una persona lógica y analítica. Su única excepción emocional debió haber sido su esposa.

—¿Era poeta?

—A veces.

Con mi cabeza en su brazo, vi una sonrisa fantasma aparecer en su rostro, y se veía diferente desde este ángulo. Su rostro estaba sin afeitar y desaliñado, y varias partes de mi cuerpo tenían la parte irritada por esa razón.

—Por lo general era una pintora.

Luché para ignorar mi conciencia, la cual no dejaba de balbucear que le dijera que yo ya lo sabía. Que le debía la verdad.

—Así que ella es la responsable de los genes de artista mezclados con partes de ingeniería, ¿eh?

Recostándose sobre su lado, repitió:

—¿Partes de ingeniería? ¿Qué parte podría ser eso? —Una sonrisa traviesa apareció en su boca.

Arqueé una ceja y me besó.

—¿Tienes alguna de sus pinturas? —Mis dedos siguieron la órbita alrededor de la rosa, y el músculo duro debajo de ella se flexionó con mi tacto.

Presionando mi mano contra su piel, absorbí el thump-thump de su corazón.

—Sí…pero están en almacenamiento o colgadas en la casa Sosuke, ya que eran amigos íntimos de mis padres.

—¿Tu padre ya no es amigo de ellos?

Asintió con la cabeza, observando mi rostro.

—Lo es. Ellos fueron mi aventón a casa en Acción de Gracias. No pueden convencerlo de que venga aquí, así que cada año, todos van allí.

Pensé en mis padres y amigos y los vecinos con los que socializaban.

—Mis padres no tienen amigos lo suficientemente íntimos como para ser incorporados en días festivos.

Miró hacia el techo.

—Todos eran muy cercanos; antes.

Su dolor era tan tangible. Supe en ese momento que no lo había superado —no en los ocho años que habían pasado. Su muro de protección lo había convertido en un rehén en lugar de darle santuario. Tal vez nunca podría recuperarse totalmente del horror de lo que sucedió esa noche, pero tenía que haber un punto en el cual no lo consumiera.

—Ulquiorra, tengo que decirte algo. —Su corazón tamborileó bajo mi mano, lento y constante.

Aparte de dirigir su mirada hacia mí, no se movió, pero lo sentí retirarse mientras esperaba. Me aseguré que todo estaba en mi mente —un producto de mi culpa y nada más.

—Quería saber cómo perdiste a tu madre y podía darme cuenta que no te gusta hablar de ello. Así que… busqué en línea por su obituario. —Mi respiración se hizo superficial mientras los segundos pasaban y no dijo nada.

Finalmente, habló y su voz era plana y fría.

—¿Encontraste la respuesta?

Tragué saliva, pero mi voz fue un susurro.

—Sí. —

No pude oírme a mí misma sobre el ruido de los latidos de mi corazón.

Retiró su vista de mí y se volteó boca arriba, mordiéndose el labio fuertemente.

—Hay una cosa más.

Inspiró y espiró, mirando el techo, esperando por mi siguiente confesión.

Cerré los ojos y lo solté.

—Hablé con el Dr. Aizen sobre ello…

—¿Qué? —Su cuerpo era como una roca contra el mío.

—Ulquiorra, lo siento si invadí tu privacidad…

—¿Si? —Se levantó, sin poder verme, y me senté, tirando de las sábanas conmigo—. ¿Por qué hablarías con él? ¿No fueron los morbosos detalles lo suficientemente repugnantes para ti? ¿O personalmente suficientes? —Se puso su bóxer y pantalones, sus movimientos enfadados—. ¿Quieres saber cómo se veía cuando la encontraron? ¿Cómo se había desangrado? ¿Cómo mi padre arrancó la alfombra con sus propias manos? —Exhaló con severidad—, ¿cómo había una mancha debajo de los pisos que no pudo ser lo suficientemente tallado para eliminarlo completamente? —Su voz se rompió y dejó de hablar.

En el shock y sin palabras, casi podía respirar. Se sentó en el borde de la cama, en silencio, con la cabeza entre sus manos. Estaba tan cerca que podría haberme estirado para trazar la cruz que posaba en su columna vertebral, pero no me atreví. Me deslicé cuidadosamente de la cama y me vestí. Caminé al pie de la cama.

Sus ojos presionaban en sus muslos, con las manos ocultando su rostro como vendas. Me quedé mirando su pelo oscuro que acariciaba sus hombros, la flexión de los músculos de su brazo y la tinta alrededor de su bíceps fluyendo hacia su antebrazo, su hermoso torso y las palabras grabadas en su lado como una marca.

—¿Quieres que me vaya? —Me sorprendí, pronunciando las palabras con voz firme.

No sé por qué pensé que iba a decir que no, o no decir nada. Pero estaba equivocada de cualquier manera.

—Sí.

Las lágrimas comenzaron a fluir libremente, pero él no pudo verlas. No se movió de su posición en la cama. Ni siquiera podía estar enojada, porque yo había cruzado la línea y lo sabía, y aunque mis intenciones eran buenas no eran lo suficientemente correctas.

Tomé mi bolso y las llaves de la mesa de la cocina y mi abrigo del sofá, mis orejas esperaban el sonido de él detrás de mí, diciéndome que me quedara. No había nada más que silencio en su habitación.

Cuando abrí la puerta, Francis se disparó hacia el interior, junto con una ráfaga de aire frío. Cerré la puerta detrás de mí antes de que un sollozo escapara. Tragando el aire helado y preguntándome cómo fui capaz de joder esto tan a fondo, estaba decidida a no llorar hasta que estuviera en mi camioneta.

Deslicé mi mano a lo largo de la barandilla mientras corría torpemente por las escaleras, porque no podía ver a través de la combinación de una noche sin luna y mis lágrimas. Una astilla me atravesó la mano en los últimos dos escalones.

—¡Ay! ¡Maldita sea! —El dolor físico fue la excusa ideal para que los sollozos empezaran.

Corrí por el largo camino curvado, sin éxito de controlar mis lágrimas hasta estar en mi camioneta—. Maldita sea. Maldita sea. Mierda. —Metí la llave en la cerradura a tientas.

Déjà vu.

Eso fue lo primero que pensé cuando sentí ser empujada a través del asiento. Sin embargo, ahí fue donde la semejanza terminó.

Grimmjow cerró la puerta detrás de él y puso el seguro automático. Su peso inmovilizó mis piernas y tenía mi muñeca izquierda entre su mano antes de que pudiera ver quién era, aunque lo sabía.

—Lo suficientemente buena como para abrir tus piernas para cualquiera menos yo, ¿eh, Hime?

Mi espalda, con mi cabeza en un ángulo extraño contra la puerta del copiloto, tiro de mi brazo y trato sin éxito de mover las piernas.

—¡Aléjate! —grité las palabras, sabiendo que carecerían de sentido para él. Estaba estacionada en la calle, demasiado lejos para que nadie más me escuchara—. ¡Fuera de mi camioneta! —

Había dejado caer las llaves en el suelo cuando me metió en el interior y busqué en el suelo con mi mano derecha, con la intención de utilizarlas como arma.

—No lo creo. —Me agarró la muñeca derecha y sacudió la cabeza como si pudiera leer mi mente—. No vas a ninguna parte hasta que terminemos de hablar. Tú y el cabrón mentiroso de tu amigo han arruinado mi maldita vida.

Y luego, oí la voz de Omaeda en mi cabeza. Tu cuerpo ya es un arma. Sólo necesitas saber cómo usarlo. De repente, dejé de luchar e hice un balance: no podía golpear.

Posiblemente podría liberar mis muñecas girándolas y sacudiéndolas hacia abajo, pero entonces, ¿qué? Él simplemente me agarraría de nuevo, me inmovilizaría más.

Necesitaba tenerlo más cerca, la última cosa que, naturalmente, buscaba. Aparté mis ojos.

—¡Escúchame cuando te hablo, maldita sea! —Agarró mi barbilla rudamente, sus dedos apretándome mientras se inclinaba sobre mí y me obligaba a hacerle frente.

Mano derecha libre.

Mientras empujé mi mano entre nosotros, agarrando y retorciendo sus bolas, tiré de ellas tan como pude, golpeé con mí frente su nariz con tanta fuerza como pude en una trayectoria recta ascendente

La noche en el estacionamiento de la fraternidad, todo había sucedido con tanta rapidez que conseguir orientarme era imposible hasta que todo había terminado. Esta vez, todo era en cámara lenta, así que, por un increíblemente largo espacio de tiempo, estaba segura de que nada de lo que acababa de hacer había funcionado.

Y entonces, gritó, y su nariz empezó a sangrar. Nunca había visto tanta sangre tan cerca. Salía de él como si hubiera abierto un grifo al tope. Mano izquierda libre.

Estaba inclinado hacia un lado. Aun tirando de sus bolas, levanté la rodilla izquierda y me giré hacia él, empujando su hombro con la mano izquierda. Cayó de costado en la estrecha grieta en la parte delantera de la banqueta de mi camioneta. La sensación subió sobre mis piernas, temblores sacudiendo a través de mí, mientras iba por la puerta, empujándola la abrí con tal violencia que casi rebotó todo el camino de regreso.

Justo antes de que despejara la puerta, su mano derecha salió disparada y me agarró de la muñeca, al igual que el-psicópata-no-del-todo-muerto en una película de terror. Giré y estrellé mi puño abajo en el punto sensible de la parte superior del antebrazo, a pocos centímetros por debajo de la curva de su brazo, y me soltó, gritando con rabia y tratando de obligarse a sí mismo a ponerse en una posición vertical.

No esperé a ver si tenía éxito. Salté de mi camioneta y salí corriendo.

Este habría sido el momento ideal para gritar, pero apenas podía jadear respiraciones. Oí sus pasos golpeando de manera desigual detrás de mí y me centré en la puerta de Ulquiorra en lo alto de esos pasos. Estaba en la mitad del camino de entrada, cuando Grimmjow se abalanzó por detrás y se agarró a mi pelo, tirando de mí dolorosamente.

Grité mientras bajábamos, inmediatamente girando a mi lado como Ulquiorra me había enseñado, desprendiéndome de él.

De pronto, Ulquiorra estaba allí. Al igual que un ángel vengador oscuro, de un tirón lanzó a Grimmjow lejos de mí y luego se instaló entre nosotros. Me escabullí hacia atrás, como un cangrejo. Me dio una sola mirada, sus ojos algo rojos quemando en la penumbra proyectada por las luces en el lado de la casa, antes de volverse hacia Grimmjow, que había rodado sobre sus pies.

Sangre cubría el espacio entre la nariz y la boca y se extendía sobre su barbilla, pero no había nada sobre él, aparte de eso.

Un segundo reflector en la esquina de la casa apareció iluminando la escena.

Jadeando, bajo la mirada hacia mí pecho y di un respingo. Mi camisa de color rosa y blanco estaba teñida de oscuro desde el escote hasta la parte superior de mi vientre. Debido a nuestras posiciones cuando había golpeado la nariz de Grimmjow, mi pecho había atrapado la mayor parte de la sangre que brotaba de su rostro.

Luché con la urgencia de romper la camisa en el patio delantero de los Sosuke.

Agazapándose, trató de rodear a Ulquiorra. En lugar de girar con él, Ulquiorra se movió hacia los lados, quedando de espaldas a mí, bloqueando el alcance de Grimmjow sobre mí.

La voz de Grimmjow fue un gruñido áspero.

—Voy a reventarte ese labio de par en par, chico emo. No voy a joderla esta vez. Estoy sobrio como una piedra y voy a patearte el trasero antes de follar a tu pequeña zorra, una vez más.

Bastardo mentiroso.

Ulquiorra no lo apresuró, no respondió al principio, y luego oí su voz muy controlada.

—Te equivocas, Grimmjow. —

Nunca apartando los ojos de él, Ulquiorra desabrochó su chaqueta de cuero, se la sacó y la arrojó a un lado. Mientras empujaba las mangas largas oscuras de su camiseta por encima de los codos, noté que llevaba los pantalones vaqueros desgastados que se había puesto más temprano y las botas vaqueras tipo militares que agarraba cuando estaba en un apuro, porque no requería desperdiciar tiempo atando las agujetas que involucraban sus botas negras de combate.

Grimmjow lanzó un golpe amplio y Ulquiorra lo bloqueó. Volvió a intentarlo con el mismo resultado, y luego se precipitó a los lados de la cabeza de Ulquiorra en un asimiento. Un golpe en un riñón y un puñetazo en la oreja izquierda después, Grimmjow se tambaleó hacia un lado, señalándome con el dedo.

—Perra. Crees que eres demasiado buena para mí, pero no eres más que una puta.

Ulquiorra lo alcanzó, permaneciendo entre nosotros. Cuando Grimmjow me señaló, Ulquiorra agarró su antebrazo y lo giró, desgarrando el brazo de Grimmjow en una dirección en que los brazos no están diseñados a ir antes de darle vuelta para ofrecerle un rápido gancho en la mandíbula.

La cabeza de Grimmjow giró hasta quedar casi mirando hacia atrás sobre su hombro. Se dio la vuelta y Ulquiorra le arrojó otro golpe directo a los labios. Manteniendo su postura defensiva y ladeando la cabeza una vez para cada lado, la sonrisa fantasmal y amenazante que Ulquiorra adoptó no estaba cuando se volvió hacia mí.

Grimmjow rugió, se abalanzó hacia delante y cayó al suelo. En altura, estaban parejos. En peso, Grimmjow tenía una clara ventaja de quince o veinte kilos, cosa que usó para atacar a Ulquiorra, golpeándolo en el lado de la cabeza dos veces antes de que Ulquiorra lo retorciera, lanzando a Grimmjow sobre la parte superior de su cabeza.

Dejándose caer sobre su espalda, Grimmjow sacudió la cabeza dos veces, como si estuviera tratando de aclararla.

Ulquiorra lo derribó, lo mantuvo abajo, y lo golpeó cuatro veces en rápida sucesión. El sonido me recordó a papá ablandando filetes, y me revolvió el estómago. La cara de Grimmjow se estaba volviendo rápidamente irreconocible, y aunque no podía sentir lástima por él, tenía miedo que Ulquiorra estuviera alcanzando lo que podría ser interpretado como fuerza mortal.

—¡Usagi! ¡Alto!

El Dr. Aizen estaba bajando por el camino de entrada.

Alejó a Ulquiorra de Grimmjow, que no se movía. Por una fracción de segundo, Ulquiorra se defendió, y tuve miedo que el Dr. Aizen fuera atacado, pero había subestimado a mi profesor y su formación en las Fuerzas Especiales. Sus brazos formaron una banda alrededor del pecho y los brazos de Ulquiorra, le gritó—: Detente. Ella está a salvo. Está a salvo, hijo. —Cuando Ulquiorra se relajó, el Dr. Aizen aflojó su abrazo.

Los ojos de Ulquiorra me encontraron al instante y se tambaleó en mi dirección. Las sirenas sonaron en la distancia, acercándose rápidamente. Los escuché bajando en el otro extremo de la calle al mismo tiempo que Ulquiorra se dejó caer sobre la hierba junto a mí.

Estaba temblando violentamente, la adrenalina todavía bombeando a través de él sin tener adonde ir. Respirando con dificultad, me miró, levantando una mano con cautela, como si temiera que yo pudiera retroceder.

Mi mandíbula palpitaba, y deduje por su expresión que se debía ver mal. Sus dedos se deslizaron sobre ella y me estremecí. Lanzó su mano hacia atrás y me puse sobre mis rodillas.

—Por favor, tócame. Necesito que me toques.

No tuve que pedirlo dos veces. Sus brazos me rodearon, tirando de mí a su regazo y acunándome contra su pecho.

—¿Su sangre? ¿De su nariz? —Empujó mi camisa fuera de mi pecho y se atascó, la sangre ya seca, hasta el sostén debajo y sobre mi piel.

Asentí, disgustada.

—Buena chica. —Sus brazos se deslizaron alrededor de mí otra vez—. Dios, eres tan jodidamente increíble.

Pensé en la sangre de Grimmjow en mi piel y tiré de la camisa mientras mi estómago se revolvía de nuevo.

—La quiero fuera. La quiero fuera.

Tragó saliva.

—Sí. Pronto. —Movió sus dedos suavemente sobre mi cara—. Lo siento mucho, Orihime. Jesucristo, no puedo creer que deje que te marcharas justo ahora —Se ahogó, su pecho subiendo y bajando—. Por favor, perdóname.

Mientras me acariciaba, giré mi cabeza debajo de su barbilla, doblándome contra él tan pequeña como podía.

—Lo siento por verla de esa forma. No sabía...

—Shh, nena... ahora no. Sólo déjame abrazarte. —Me estrechó todavía más después de agarrar su chaqueta de la hierba cercana y cubriéndome con ella y dejamos de hablar.

Una ambulancia llegó y los paramédicos despertaron a Grimmjow, quien al menos no estaba muerto. Con brazos cruzados desapasionadamente, uno de los oficiales monitoreó su cuidado cuando fue trasladado en una camilla mientras su compañero consultó con el Dr. Aizen sobre el altercado.

—Usa... Ulquiorra —llamó—. Tú y Orihime necesitan dar sus declaraciones, hijo. —Ulquiorra se puso de pie cuidadosamente tirando de mí con él, apoyándome completamente. El Dr. Aizen puso una mano en su hombro—. Este joven es el hijo de mi mejor amigo. Él renta el apartamento sobre el garaje. —Nos dio una mirada extraña antes de continuar—. Como he dicho, ese tipo... —Señalando a Grimmjow, que estaba siendo cargado en la ambulancia—, tiene una orden de restricción dictada en su contra en nombre de esta joven, la cual violó al venir a la casa de su novio. —¡Ah! Ahí estaba la razón de esa mirada.

Los ojos de los oficiales se ampliaron cuando repararon en mi camisa ensangrentada.

—Es su sangre —dije, señalando hacia la ambulancia.

Uno de ellos sonrió y se hizo eco de Ulquiorra.

—Buena chica.

Me apoyé en Ulquiorra y apretó sus brazos alrededor de mí. Los oficiales, ya suavizados por el Dr. Aizen, no podrían haber sido más simpáticos. Veinte minutos y todas nuestras declaraciones más tarde, ellos y Grimmjow habían desaparecido,

Ulquiorra y yo estábamos recogiendo las cosas de mi camioneta y de la carretera después de haberle asegurado al Dr. Aizen y su familia que nos curaríamos cualquier lesión el uno al otro.

Sin hablar, Ulquiorra me llevó por las escaleras a su apartamento y directamente al cuarto de baño. Él abrió la ducha y me levantó sobre el mostrador para quitarme mis botas y los calcetines. Sin detenerse, me quitó la camisa y el sujetador y los tiró a la basura. Su camisa, manchada con gotas de sangre de Grimmjow y suya, siguió.

De pie entre mis rodillas, volvió mi rostro hacia la luz e inspeccionó mi mandíbula.

—Vas a tener moretones. Vamos a poner un poco de hielo para detener la hinchazón, después de que te duches. —Su mandíbula se tensó—. ¿Te... pegó?

Negué con la cabeza, lo que la hizo palpitar un poco.

—Simplemente me sujetó muy fuerte. Duele, pero a él debe dolerle más.

—¿Lo hace? —Cepilló mi cabello hacia atrás de mi rostro y me besó en la frente con tanta suavidad que no pude sentirlo—. Estoy tan orgulloso de ti. Quiero que me lo cuentes, cuando puedas... y cuando pueda pararme a escuchar. Todavía estoy muy enojado en este momento.

Asentí.

—Está bien.

Pasó los dedos por la parte trasera de mi cuello.

—Sabía que la había jodido. Estaba subiendo a mi motocicleta, yendo tras de ti, y luego tú estabas corriendo hacia el camino de entrada. —Su mandíbula se apretó y flexionó—.

Cuando te abordó... quería matarlo. Creo que, si Aizen no me hubiera parado, lo habría matado.

No me moví en el mostrador hasta que se desnudó. Él me bajó, me quitó mis pantalones y la ropa interior, y me llevó a la ducha, donde lavó e inspeccionó cada parte de mí. Los dos estábamos golpeados y heridos en lugares inesperados, apenas podía levantar los brazos.

—Eso es normal —dijo, envolviendo una toalla alrededor de su cintura y doblando otra a mí alrededor—. Durante una pelea, no te das cuenta de todos los lugares que captan un golpe, aterrizajes equivocados o caídas sobre algo. La adrenalina amortigua de forma temporal.

Su pelo oscuro rozaba sus hombros, goteando líneas de agua por su espalda y pecho. Me senté a secarme el pelo y vi como riachuelos delgados serpenteaban sobre su piel tatuada, fluyendo sobre la rosa, cortando a través de las palabras escritas en su piel, moviéndose hacia la línea de vello en su abdomen antes de que finalmente mojaran la toalla.

Cerré los ojos.

—La última vez que alguien secó mi cabello para mí estaba en sexto grado, cuando me rompí el brazo.

Levantó con suavidad cada hebra, presionando la toalla para absorber el agua sin enredarlo.

—¿Cómo te lo rompiste?

Sonreí.

—Me caí de un árbol.

Se echó a reír, y el sonido redujo el dolor de cada lugar dolorido en mi cuerpo, hasta el más tonto dolor.

—¿Te caíste de un árbol?

Lo miré a los ojos.

—Creo que había un niño y un desafío involucrados.

Sus ojos ardieron.

—Ah. —Se acuclilló delante de mí—. Quédate aquí esta noche, Orihime. Necesito que te quedes aquí, por lo menos esta noche. Por favor. —Tomó una de mis manos entre las suyas, y puse la otra en su cara, preguntándome cómo sus ojos podían verse como la noche más negra y aun así calentarme hasta lo más profundo.

Un moretón se estaba formando cerca de uno de sus ojos y su piel estaba raspada y separada arriba en el pómulo, pero su rostro estaba de otra manera ileso.

Sus siguientes palabras fueron un susurro.

—Lo último que mi padre me dijo antes de irse, fue: "Tú eres el hombre de la casa mientras estoy fuera. Cuida de tu madre." —Mis ojos se llenaron de lágrimas y lo mismo le pasó a los suyos. Tragó pesadamente—. No la protegí. No pude salvarla.

Tiré de su cabeza a mi corazón y crucé los brazos sobre él. De rodillas, sus brazos se deslizaron a mí alrededor mientras lloraba. Mientras le acariciaba el pelo y lo mantenía abrazado, sabía que esta noche había tocado una fibra sensible en el corazón de su dolor. Lo atormentado de Ulquiorra iba más allá del horror de esa noche hace ocho años.

Lo que le obsesionaba era la culpa, sin embargo, terriblemente fuera de lugar.

Cuando se tranquilizó, dije—: Me quedaré esta noche. ¿Podrías hacer algo por mí, también?

Él luchó contra su instintiva desconfianza, lo había visto hacer esto antes, pero nunca desde tan corta distancia. Inhaló un suspiro entrecortado, apuntalando su valor.

—Sí. Cualquier cosa que necesites. —Su voz era áspera y ronca.

Cuando su lengua rodó sobre el anillo en su labio, lo deseé tanto que fue difícil desperdiciar el tiempo hablando.

—¿Vienes conmigo al concierto de Udon mañana por la noche? Es mi favorito de octavo grado, y le prometí que iría.

Arqueó una ceja y parpadeó.

—Um. Muy bien. ¿Eso es todo?

Asentí otra vez.

Él sacudió la cabeza y se levantó, probando su sonrisa fantasma en mí.

— Voy a tomar un par de bolsas de hielo del congelador. ¿Por qué no te vas a la cama?

Me levanté, apoyando mi mano en su pecho y mirándolo.

—¿Es eso un desafío?

Puso una mano sobre la mía y me atrajo más cerca con la otra. Inclinándose, me besó suavemente.

—Definitivamente lo es. Aunque no está permitido rendirse.

Espero que disfruten la lectura este es el anteúltimo cap

Lariilu