Milán, Italia.

Tal parece que esta desición ha sido la más sensata y correcta que ha dado en su vida, pues contrario a lo que él y Yoshiko temían, el adaptarse a un nuevo país, un nuevo idioma y una nueva cultura no había resultado tan difícil y catastrófico como pensaban que sería.

Además de todo, mientras la señora Matsuyama se dedicaba a su trabajo como maestra de jardín de infantes y él se dedicaba a su nuevo club, podían dejar a su pequeño hijo Haruki al cuidado de una muy confiable guardería.

-No te preocupes, me han contado que esa guardería es muy buena, muy divertida y los niños que van ahí son muy, muy geniales.- Le decía un nervioso Hikaru al pequeño de ojos caoba y cabello castaño que estaba en la silla del asiento trasero, mirándolo por el espejo retrovisor. El niño simplemente asintió, sin quitar su vista de la ventanilla ni tampoco borrar la expresión preocupada de su carita. -No te pongas así, Haru. Te puedo asegurar que te vas a divertir.

-¿No puedo ir con papá a entrenar?- Preguntó con su vocesita tímida, mirándolo. Hikaru sintió una punzada de pena.

-No puedes venir al entrenamiento, Haru. No está permitido, al menos no tan seguido.- Dijo él, suspirando. -No me lo hagas más difícil. Además...- Sonrió. -¿Recuerdas a Mizuki? Oh, claro que no. La última vez que la vimos era una bebé de apenas meses, al igual que tú. Bien, ella está allí ahora, esperando por ti. Dijo que jugaría contigo.- Le dijo, sonriéndole brevemente por el espejo retrovisor. -Shingo ha sido muy gentil con nosotros y le ha hablado a su niña para que te ayude con tu estadía, ¿no suena genial?

-¿Mizuki?- Preguntó Haru, mirando extrañado a su papá, quien parecía loco por lo nervioso que estaba. No era para menos, era la primera vez en cuatro años y un mes que dejaba a su pequeño Haruki en manos de alguien más que no sea él, Yoshiko, Machiko, sus padres o sus suegros.

-Mizuki, hijo. La hija de mi amigo Shingo. ¿Recuerdas a Shingo?

Haruki negó.

-Yo no quiero ir con Mizuki.- Dijo, en baja voz. Hikaru lo observó por el retrovisor, el niño estaba apenado, nervioso y jugueteaba con sus deditos en su regazo. Sonrió. Todos los que los conocían decían que Haruki era el vivo retrato de Hikaru y él podía verlo así también a través de fotografías de su infancia, sin embargo cada vez que él veía a su hijo, veía a Yoshiko con su personalidad, muecas, expresiones y esa peculiar costumbre de hablar bajito y elevar la voz al emocionarse. Realmente no cambiaría ni un solo cabello castaño de esa lindura que llevaba en el asiento trasero.

-Mizuki te caerá bien. Tiene tu misma edad y es japonesa, como tú.- Le dijo el defensa del Milan, intentando persuadirlo. -También le gustan los Legos y le gustan los dinosaurios, los planetas y las galaxias. Ah y adora jugar a las traes, igual que tú.- Aquellos detalles los inventó, pues pese a que mantenía una cierta relación con su compañero de Selección no era tan cercana como para saber los gustos de su hija.

-Me gusta jugar a las traes.- Sonrió Haru. Hikaru sonrió victorioso. -¿Puedo jugar con ella a los dinosaurios? Yo quiero ser un Stegosaurus.- El niño sonrió, comprendiendo así Matsuyama que había cumplido con su cometido.

-¡Por supuesto que puedes! Seguro serás el Stegosaurus más temible de todos.- Le sonrió a través del espejo retrovisor. Haru hizo una mueca.

-El Stegosaurus no es temible, papá. Es gentil con todos.

-Al igual que tú, mi amor.- Dijo Hikaru, estacionando su Audi. Al hacerlo, volteó a él. -¿Listo?

-¡Sí! ¡Quiero jugar con Mizuki y con los otros niños!- Habló un tanto más alto de lo usual, dándole a entender con su padre que estaba a gusto con la idea.

Matsuyama salió del auto y sacó a su pequeño y a la mochila que traía a su lado, con algunas pertenencias del niño. Con Haruki en brazos y cargando la pequeña mochila de un Diplodocus, padre e hijo Matsuyama ingresaron a aquel lugar, el cual tenía enfrente un gran cartel de vivos colores que rezaba "Guardería Infantil Rayito de Sol", las primeras dos palabras en italiano y el nombre del lugar, curiosamente, en español. Quizás así se oía mejor.

-¿No deberías estar en tu entrenamiento?- Preguntó Matsuyama al acercarse a los dos adultos que charlaban en la recepción, los cuales eran un japonés y una italiana. El primero volteó y sonrió enormemente. La segunda se sorprendió al verlo allí.

-¿Hikaru Matsuyama?- Preguntó ella, castaña y de nombre Giovanna, con una gran sonrisa.

-Y Haruki Matsuyama.- Respondió éste, mostrando al pequeño que traía en brazos, quien sonrió al sentirse nombrado.

-¡Sean bienvenidos, caballeros!- Sonrió la chica.

-¡Wow! ¡Estás enorme, Haruki!- El japonés se acercó al pequeño y le sacudió los cabellos, sonriéndole. -¿Te acuerdas de mi?

Haru, sintiéndose intimidado por él, se refugió en los brazos de su padre y miró con desconfianza al mediocampista, quien sonrió apenado ante ello.

-Lo siento, Shingo. Él es un tanto... mimado.

-Mizuki también lo es, no te preocupes.- Sonrió Aoi.

-¿Mizuki?- Haru miró a su padre con sus ojitos brillando. -¿Puedo ir ahora con Mizuki?

-Seguro. Ve y diviértete. Vendré en un rato, ¿de acuerdo?- Le dijo, mientras que lo dejaba en el suelo. Mientras el niño se adaptaba al lugar, él supervisaría por un momento hasta que el papelerío acabase. Haruki le sonrió y sacudió su manita a modo de saludo. Luego se echó a correr hacia donde provenía aquel sonido que era indudablemente niños jugando. Hikaru hizo una mueca disconforme. -Creí que sería más difícil el que me deje, el dejarlo, lo que sea.

-Ya te acostumbrarás.- Aoi palmeó su espalda.

-¿Qué estás haciendo aquí?- Quiso saber.

-Tuve que venir del entrenamiento.- Sonrió nervioso. -Mizuki se ha lastimado.

-¿Qué?- Matsuyama hizo una cara de terror y atinó a ir en busca de su hijo, pero Shingo lo detuvo colocándole una mano en su hombro.

-El lugar es en exceso seguro, el problema aquí es mi super hiperactiva y mitad mono pequeña princesa.- Le dijo, suspirando. Dió unos pasos hacia un gran pasillo, en donde había un enorme ventanal, por el cual podían verse a los niños, los cuales eran unos diez o doce, en un sector bastante amplio repleto de juegos y juguetes. Hikaru analizó el lugar y efectivamente, se veía seguro. -Tal parece que creyó buena idea el intentar atravesar el sube y baja de manos.

El Águila de Hokkaido logró visualizar de inmediato a la dichosa Mizuki Aoi, pues tampoco era muy difícil de localizar. Una pequeña niña, un tanto más bajita que su Haru, con el mismo pelo indomable que su padre en dos colitas, con la misma mirada y con la misma energía al parecer, corría por todos lados huyendo de su cuidadora. Hikaru rió al ver a su amigo realizando fintas para evadir a sus contrincantes en ella.

-Se ha golpeado la cabeza.- Comentó, notando la benda que atravesaba su frente y su cabecita.

-Lo sé.- Suspiró de nuevo. -Sin embargo ahí la tienes. No sé qué tiene que pasar para que baje un poco los decibeles. ¿A quién habrá salido tan chiflada?- Se preguntó, por lo que Matsuyama soltó una carcajada. Aoi, lejos de ofenderse, lo secundó. -Ah, ya recordé.- Sonrió, mirando a su pequeña hija con un orgullo y un amor inmenso.

-Es igual a ti, pero ella es mucho más bonita.

-Yo también soy bonito. Al menos lo era.- Sonrió nervioso al final. -Haruki sí que es idéntico a ti.- Miró a su niña aún correteando, domando a la mujer como si de un toro y una pequeña torera se tratase, luego al pequeño de su amigo quien jugaba calmadamente con bloques mientras seguía con la mirada a su revoltosa hija, he hizo una mueca confusa. -¿Soy yo o más que hijos, tuvimos clones?

-Habla por ti. Haru se parecerá a mi, pero en el interior y en su forma de ser es cien por ciento Yoshiko.- Dijo Hikaru con orgullo. -En cambio Mizuki es cien por ciento Shingo Aoi.

-Shingo Aoi por dos.- Comentó, mirando con gracia y pena cómo Mizuki hizo caer a la chica dentro del pelotero y se reía por ello.

-O por tres, quizás.- Rió Matsuyama. -Bueno, al menos Haru estará bien protegido, ¿cierto?

-Cuenta con ello.- Le dijo Aoi, guiñándole el ojo.