Sus primeros días en la guardería no habían sido tan malos como su padre Hikaru y su madre Yoshiko creían que sería para un niñito tan tímido y resguardado como él. Sin embargo (y quizás también gracias a la pequeña Aoi) sus días fueron divertidos y bonitos, según el mismo Haruki.
Él y Mizuki habían logrado afianzar una linda amistad, pues la calma y tibieza del niño contrastaba perfectamente con la excesiva vitalidad de ella. Haru era quien lograba calmar la endemoniada energía de Miz y Miz era quien estaba, poco a poco, volviendo más desinhibido a Haru, cosa que ambos padres y madres agradecían por montones.
-¡Buenos días, Miz!- Saludó un alegre Haruki al llegar a la guardería, soltándose de inmediato de la mano de su padre para ir a su encuentro.
-Hola, Miz.- Hikaru se acercó y le acarició la cabecita a la niña, notándola un tanto decaída apoyada contra una pared. El futbolista se puso de cuclillas, mirándola preocupado. -¿Qué pasa? ¿Te sientes mal?
Como respuesta ella hizo una trompa berrinchuda, muy al estilo de su padre.
-Nada.- Dijo, con una vocesita tan molesta que claramente era notorio lo contrario.
-¿Algún niño te está molestando?- Continuó insistiendo.
-Qué raro. Casi siempre es al revés.- Dijo una de las cuidadoras, de nombre Carla, la cual pasaba ocasionalmente por allí. Miz la miró muy enojada y ella se detuvo e hizo lo mismo. -No me mires así.- Le dijo. Mizuki le sacó la lengua.
-Resulta que hoy se ha estado portando más mal que nunca.- Michelle se acercó al japonés, mirando con pena a la niña. -Shingo me dijo el porqué, así que es comprensible.
-¿Es por lo que creo?- Preguntó Hikaru, apenado.
-Sí.- Suspiró, retirándose a un lugar alejado junto con él. -Antes de que usted llegara con Haru él llamó desde el Appiano. Dijo que estaba a punto de venir para acá, cosa que realmente agradecemos.- Sonrió nerviosa. -No por Miz, ella ha venido aquí desde que apenas era una bebé. Estamos acostumbrados a su energía revoltosa. Más bien por su bienestar.- La italiana miró a la enojada pequeña con tristeza. -En un momento así necesita el completo apoyo de sus padres. Creame, le daré un buen regaño cuando llegue aquí.- Dijo al final, frunciendo levemente el ceño. -Su mamá se ha salvado solo porque últimamente ha estado con algunos malestares, pero cuando se le pase también me oirá.
Hikaru sonrió nervioso. Vaya que las cuidadoras del Rayito de Sol eran intensas.
-Y antes de que piense que soy una intensa, le diré que quiero mucho a esa niña como si de mi sobrina se tratase.- Dijo la joven, casi leyéndole el pensamiento.
-Sea piadosa con él. Le recuerdo que es un papá primerizo y también que es un poco lento.
-Lo sé, señor Hikaru, pero como padre primerizo que es y como yo tengo una basta experiencia con niños pequeños, es mi deber guiarlo cuando veo que él o su esposa comienzan a derrapar con sus desiciones o actos.
Sonrió.
-Espero que llegue a querer a Haru como la quiere a Miz.
-Por supuesto.- Sonrió radiante. -Es más... ya lo hago.- Volteó al pequeño, quien le estaba ofreciendo cualquier cantidad de juguetes distintos a la niña ofuscada, quien solo negaba y negaba, cruzada de brazos. -Miz no ha querido hacer amistad con ningún niño. Es una niña muy alegre pero bastante antipática, por así decirlo.- Comentó, observando con suma curiosidad cómo la insistencia del niño comenzaba a dar resultados y una pequeña sonrisa aparecía en la cara de la niña. -Quizás la ayude el que usted sea amigo de Shingo.
-Tal vez. Aunque Haru es en verdad muy determinado. Sabe obtener lo que quiere. En este caso: la amistad de Miz.- Sonrió. -Él tampoco tiene amigos. Un poco por no tener mucho contacto con niños de su edad y un poco por ser demasiado reservado.
-Los opuestos se atraen.- Michelle sonrió divertida.
-Espero que no esté emparejando a mi hija con ese niño entrometido.- Soltó un indignado Aoi desde atrás de ambos, asustándolos.
-¿En qué momento llegaste?
-Hace el suficiente tiempo.- Bufó, para luego mirar a la italiana con pena. -¿Qué le ocurre a Miz?
-El que actúe así es su forma de mostrar inconformidad respecto a lo que está pasando. Es una noticia shockeante para una niña pequeña.- Habló la chica, quien ya llevaba sus años de estudio como terapeuta infantil.
-Pero... ¿qué debo hacer?- Preguntó, con pesar.
-Pasa tiempo con ella. Miz debe entender que pase lo que pase, continuarán amándola. En la mayoría de casos los niños creen que acabaran olvidados y relegados, por no decir en todos los casos.
-¡Por supuesto que eso no pasará!- Exclamó, indignado por tal cosa. -¡Yo amo a Miz más que a nada en el mundo!
-No hay dudas de eso.- Le sonrió. Aoi miró a su hija, la cual ya se encontraba metida en el pelotero, aventándole pelotas a Carla. Sintió una gran tristeza aparecer con fuerza.
-¿De verdad Miz se siente así?- Se preguntó.
-¿Has intentado hablar con ella luego de que comenzara a portarse así?- Quiso saber Hikaru.
-Ayer por la noche se lo dijimos y simplemente nos ignoró. Intenté repetírselo, pero también me ignoró a mi. Creí que simplemente lo estaba procesando, pero...
Un fuerte lloriqueo se hizo oír, interrumpiendo la charla de los adultos. Solo fué cuestión de observar un poco para percatarse de lo que había sucedido, ya que junto al pelotero se encontraba Matteo, un niño dos años mayor que los pequeños japoneses, llorando a gritos y cubriéndose la cara, mientras que delante suyo estaba el zapatito color negro de la Aoi. Por si la escena no fué demasiado clara, la niña le estampó en la cabeza su otro zapatito, mientras que Haru miraba todo desde un lado, asustado cual pollito.
-¡Matteo!- Carla llegó en su ayuda, levantándolo en brazos al tiempo en el que Aoi levantaba a su hija y la miraba con esa cara de regaño paternal.
-¿Qué es lo que te pasa, Miz?- Le preguntó, con la voz más suave que pudo. Ella, en lugar de responder, comenzó a patalear exigiendo que la bajase. Aquello le dolió al alma del mediocampista del Inter. -¿No quieres estar conmigo?
-¡No quiero!- La pequeña comenzó a llorar. -¡No quiero verte! ¡Vas a tener un bebé más bonito que yo y vas a regalarme a Carla!- Chilló, entre llantos.
-¿Quién te dijo eso?- Frunció el ceño.
-Fué Matteo.- Hizo un puchero que conmovió a los tres adultos, aún más a su padre. -Él me lo dijo.
-¡Señor Aoi, señor Aoi!- Haru estiró el pantalón de Shingo, quien tuvo que agachar la mirada para verlo. -¡Matteo le dijo cosas feas a Miz y la hizo llorar! ¡No fué su culpa!
-Esas son puras mentiras.- Refunfuñó Aoi, mirando luego a su hija. -¿De verdad creíste tal cosa, Mizuki?
La niña se prendió de su cuello con sus brazos, lloriqueando de nuevo.
-No quiero que me dejes de querer, papi.
-No podría hacerlo ni aunque quisiera.- Sonrió conmovido. -Además, el que vayas a tener un hermanito no te relega. Es más, te coloca en una posición mejor: el de hermana mayor.
-¿Hermana mayor?- Lo miró, con sus ojos castaños los cuales eran idénticos a los suyos.
-Sí.- Asintió, sonriente. -Como Yukiko es mi hermana mayor, tú serás la hermana mayor de alguien más. Y ya viste cuánto Yukiko me quiere y lo feliz que somos cuando estamos juntos.
-Tía Yuki me quiere mucho.- Sonrió Miz, al fin, secándose las lágrimas con las mangas de su camiseta blanca. -¿Voy a tener una hermanita o un hermanito?
-Aún no lo sabemos. Todavía es muy pequeño o pequeña y no estamos seguros.- Respondió, viéndola con una mirada que derrochaba amor. Realmente esa era la charla que añoraba tener con ella desde que se había enterado de esa prueba de embarazo que lo sorprendió en plenos preparativos de Navidad.
-¿Va a poder jugar pronto con Haru y conmigo?- Su sonrisa se ensanchó.
-Aún falta para eso.- Sonrió nervioso, un tanto incómodo ante la idea de que su hija y el hijo de un amigo suyo congenien tan bien. -Aunque... creo que estás haciendo planes muy a largo plazo con Haru, ¿no crees?- Murmuró.
-No actúes como si mi hijo fuera un desalmado.- Dijo Hikaru, ofendido. -Además... míralo. Miz no puede estar en mejores manos.- Concluyó, señalando con orgullo al dulce y bienportado Haruki Matsuyama, quien sonrió ante ello.
-Concuerdo con eso.- Sonrió apenado.
