IV
Investigación privada

Londres, 23 de enero de 2000, 09:13p.m.

Ser un reportero implica a veces adentrarse en lugares poco ortodoxos o enfrentar peligros que el común de la gente no se atrevería. Bueno, yo hice ambas cosas en su tiempo, pero no me arrepiento de nada. A continuación les contaré por qué, pero es mejor que tomen asiento, porque esta historia no es corta.

Yo era un reportero gráfico común y corriente que trabajaba para un periódico que prefiero no nombrar. Llevaba cinco años trabajando allí y una cosa parecía invariable: mis trabajos eran pura mierda. Jamás en ese condenado lustro me asignaron un trabajo digno de una primera plana o alguna noticia medianamente interesante. Era lo mismo que me hubiera contratado un maldito tabloide para cubrir supuestas abducciones de extraterrestres o el típico conventilleo de cuarta categoría que involucraban a celebridades locales teniendo sexo en público o fumando marihuana en alguna plaza. Por eso digo que mi trabajo era una soberana mierda. ¡Y era un periódico respetable, por el amor de Dios! ¡Se suponía que el trabajo que yo hacía era importante! Pero claro, hasta en un periódico hay jerarquías que respetar, y ésta parecía estar determinada por cuán atractivo era el reportero en cuestión. Cuando le planteé la cuestión a mi jefe, él me dijo que las caras bonitas vendían más y además, lucían mejor en fotografías. Yo le respondí que yo no esperaba ver mi cara de gárgola en una fotografía y que solamente mi trabajo fuese mostrado. Mi jefe entonces me dijo algo que era una de las verdades tácitas del mundo del periodismo: todo es publicidad. Como podrán imaginarse, mi ánimo estaba al mismo nivel que el metro de la ciudad cuando regresé a mi oficina.

Ustedes podrán imaginar mi frustración, pero ésta llegó a nuevas cotas cuando me llegó un memo ordenándome que acudiera a Kent para cubrir el nacimiento de quintillizos. O sea, ¿tenía que trasladarme varios kilómetros solamente para eso? ¿Acaso aquel periódico, respetado a nivel nacional, realmente iba a hacer una historia con tamaña estupidez? No digo que el nacimiento de quintillizos fuese una estupidez, no, pero aquel trabajo era para algún tabloide de milésima categoría, no para un periódico que cubría noticias a nivel internacional, por los mil demonios. Por eso digo que era una estupidez. Perdónenme si ofendí a alguien con eso, pero es simplemente como soy.

Solamente había una razón por la que accedí a hacer tal trabajo, y era la tasa de desempleo de mi nación. Si me negaba a viajar a Kent, era una certeza que mi jefe no vería con buenos ojos mi decisión y me echaría a patadas a la calle, con cámara y todo (sí, la cámara profesional que uso es mía y ni siquiera me pagaban el arriendo, con lo que me costó el bendito aparato), y entonces iría a la Oficina de Desempleo, solamente para decirme que los tabloides estaban buscando a un reportero de gráfico de quinta. Y yo no me considero un reportero gráfico de quinta, ténganlo por seguro.

Cuando llegué a Kent, pregunté por la pareja que iba a ganarse la lotería por partida quíntuple y me indicaron que fuese a una casa vieja, como del siglo XIX, que no había envejecido para nada bien, pues era víctima de las termitas. La pareja era anglicana hasta decir basta, lo que explicaba que la futura madre no hubiera acudido a un hospital en primer lugar. Tampoco había aceptado el uso de anestesia para el procedimiento, pues creía que era el castigo que la mujer se merecía por el llamado "pecado original". Yo le pregunte, en tono de broma claro está, si sabía en qué año estábamos o si, de algún modo, la iglesia anglicana había encontrado la forma de viajar en el tiempo. Ella me dirigió una mirada de desdén, alegando que yo no tenía ningún respeto por la religión. ¡Por supuesto que no tengo ningún respeto por la religión, maldita sea! ¡Es una de formas más insidiosas de control social que existe! Agradezco a Dios por ser laico… y objetivo.

En fin, las contracciones llegaron y yo pedí un poco más de luz, pero lo único que hizo el marido fue poner más velas. ¿Acaso ninguno de los dos conocía el fenómeno de la electricidad? Después de todo, un buen reportero gráfico necesita luz para hacer correctamente su trabajo y trata de no depender mucho del flash de su cámara. Cuando le pregunté al marido por electricidad, me respondió que no la necesitaba para vivir, pues, de algún modo, un creyente anglicano estaba al tanto del monopolio de las compañías energéticas y de la constante alza de los precios. Luego vi la pila de periódicos encima de un mueble y mi pregunta fue respondida.

Buscando paciencia, adosé el flash a mi cámara y enfoqué el lente a la entrepierna de la esposa. No sé cómo un miembro de una religión tan irritantemente conservadora pudo hacer una concesión con algo tan importante como su intimidad y permitirme fotografiar el nacimiento de cinco bebés. Admito que me dio arcadas cuando presencié el evento. Claro, había visto nacimientos en documentales y cosas por el estilo, pero hay mucha diferencia entre ver un acontecimiento como aquel en una pantalla y verlo en vivo. Luchando contra el impulso de vomitar, concluí la sangrienta sesión fotográfica y pretendí estar contento con lo que acababa de pasar. En el interior, solamente quería marcharme de aquella casa plagada de termitas.

De vuelta en la oficina, entregué las fotografías a mi editor, junto con una breve descripción de lo que había ocurrido. Suspiré de alivio cuando mi editor aprobó las fotografías, aunque hizo unas breves correcciones a mi descripción, casi todas ellas eran errores de ortografía. Pero fue una segunda mirada a las fotografías por parte de mi editor lo que cambiaría completamente el curso de mi vida.

—¿Has visto los pies de estos bebés? —me preguntó Richard Aynesworth, mi editor y amigo personal desde que entré a trabajar en aquel periódico.

—¿Qué hay con ellos?

—¿Me estás diciendo que no lo notaste? ¡Mira! ¡Les faltan dedos!

Confieso que yo soy un tipo bastante detallista. Viene con ser reportero gráfico. Pero la vergüenza me invadió cuando noté que Richard tenía razón. ¿Cómo mierda no lo había visto? Un bebé tenía cuatro dedos, otro, tres, e incluso había uno que poseía sólo un maldito dedo. De acuerdo, aquello era extraño, pero malformaciones congénitas no eran exactamente rarezas. Con toda la mierda que comemos con los alimentos, no me extrañaría que yo mismo echara de menos un dedo o tuviera un pezón de sobra.

—Bueno, sí —dije, bajándole el perfil a la cuestión—, pero no es algo que no hayamos visto antes. Quiero decir, trabajamos en periodismo. Estamos condenados a ver este tipo de cosas.

—Pues algo me dice que hay algo raro con este nacimiento —dijo Richard, frunciendo el ceño mientras examinaba por décima vez las fotografías—. Malformaciones congénitas normales son aleatorias. Estadísticamente, al menos uno de los niños debió haber nacido normal. Pero este no es el caso. Todos ellos tienen malformaciones.

—Mala suerte —fue mi desafortunado comentario, más aún cuando recordé que yo mismo no creía en la suerte. Era la razón por la que nunca entré a un casino o jugué loterías o cosas por el estilo. Sin embargo, estas cosas se te cuelan por ósmosis y las dices con independencia de lo que creas.

—Pensé que no creías en la suerte.

Mierda. Me mordí el labio. Entendí que Richard tenía razón. Había muchas causas que podían desembocar en malformaciones, como alimentos, el alcohol, el tabaco, las drogas o incluso el estrés, pero estas cosas eran aleatorias, por lo que el daño también debía ser aleatorio. Pero lo que estaba viendo sonaba más a algo sistémico que aleatorio.

—No creo en la suerte. Perdón, hablé con el estómago.

—Deberías ahondar en esto —me sugirió mi amigo Richard, como lo había hecho un sinnúmero de otras ocasiones. Por supuesto, me había negado a todas ellas, pero no estaba al tanto que era precisamente eso lo que estaba saboteando mi carrera. Porque a decir verdad, el éxito en cualquier cosa dependía de la tenacidad de uno. No debería ser así, pero vivíamos en un mundo donde teníamos que luchar por lo que queríamos—. Por lo menos hazme caso esta vez.

Mi respuesta iba a ser predecible, pero algo hizo clic dentro de mí, como si mi instinto periodístico se hubiera puesto en alerta máxima y las alarmas sonaran dentro de mi cabeza, instándome a que siguiera la historia a cualquier lugar que me llevase. Nunca en mi carrera me había pasado algo como eso. Así que acepté. "Buen chico" me dijo Richard en un tono condescendiente que me irritó más que el colon irritable que padezco de vez en cuando.

Salí del edificio y volví a Kent, claro que no iba a volver a la casa de las termitas. Esa pareja anglicana me había puesto los pelos de punta por sus evidentes contradicciones entre sus tradiciones y sus comportamientos. Lo que hice fue hablar con diversas familias del lugar y ver si había bebés o niños pequeños que tuvieran malformaciones. Al principio, la investigación fue un soberano fracaso. Nadie tenía malformaciones, ni una uña le faltaba a cada niño que vi. Pensé que mi búsqueda por una buena historia había ido a parar al tacho de la basura cuando vi a una pareja llevar a un niño que al parecer estaba sano. Pero noté que al niño le costaba mucho trabajo respirar y llevaba consigo unos tanques portátiles de oxígeno. Cuando le pregunté a la madre qué le pasaba al niño, me llevé una horrible sorpresa.

Uno de los pulmones del niño era más pequeño que el otro.

¿Pueden creerlo? ¡Un pulmón era más pequeño que el otro! ¡Con razón necesitaba oxígeno el pobre! Una llama de esperanza brotó dentro de mí y le pregunté al padre dónde vivía. Y claro, vivía en la misma cuadra que la pareja anglicana. En mi esfuerzo por buscar otros niños con malformaciones, obvié la simple idea de preguntar en el vecindario, y todo porque no quería ni andar cerca de la casa atiborrada de termitas. Vaya qué imbécil fui al hacer esa tontería.

La verdad me cayó como un yunque cuando descubrí que, cerca de la casa de termitas, hallé varias familias con el mismo condenado problema. Incluso algunos adultos estaban mostrando señales como caída del cabello, lesiones en la piel e incluso diversos tipos de cáncer. Volví a mi oficina pensando en qué mierda podía causar todos esos síntomas, y habría dado con la respuesta, eventualmente, cuando mi jefe entró a mi despacho, luciendo como si estuviera liderando una carga de caballería.

—¡Burns! —ladró la voz de Terence Wallace, mi jefe, Patton le decíamos en el periódico porque dirigía la sección gráfica como lo haría con un pelotón de infantería—. ¿Dónde diablos estabas? ¡Te busqué por dos horas! ¡DOS HORAS!

Patton creía que con ese carácter nos iba a intimidar y animarnos a hacer el trabajo. Creía bien. Mi boca se secó y tragué saliva como si estuviera protagonizando una película de terror. No dije nada por cinco segundos. Cinco… malditos… segundos. Cinco segundos que me parecieron una vida entera. Al final, respondí con lo único que podía hacerlo: con la verdad. En un documental vi que mentir era un proceso muy creativo y que activaba varios centros del cerebro, mientras que decir la verdad era algo simple, mínima actividad cerebral. ¿Y qué es lo que siempre haces cuando estás bajo presión, o dicho de otra forma, bajo mucha carga mental? Lo adivinaste. Lo más simple. La verdad.

—Estaba siguiendo una historia —dije, con una voz tan débil que me pareció que ni yo mismo la escuché.

—¿Qué historia? ¡Los reporteros gráficos solamente obtienen fotografías!

—Bueno… es que encontré una pista… algo relacionado con la historia que me mandó cubrir.

Patton explotó como una mina antipersonal.

—¡Te dije que fueras a cubrir a esos condenados quintillizos, no a que siguieras tu instinto! ¡Te pago para que obtengas fotografías, no dártelas de investigador independiente! ¡No es eso lo que hacemos aquí!

Mierda. Pese a mi evidente indignación, Patton tenía razón esta vez. No recibía un sueldo por jugar al reportero intrépido que se adentraba en el peligro y obtenía las piezas más suculentas de información, pese a que el único peligro que enfrenté fue la ira de mi jefe… y las termitas, obviamente. Recibía un sueldo por los mejores ángulos y las mejores fotografías. Lo anterior era un concepto exclusivamente romántico del periodismo. Y yo soy un cero a la izquierda cuando se trataba de romance. Por supuesto, no tenía idea que mi falta de habilidad para cortejar a una chica al final fuese una ventaja de la que estoy muy orgulloso en este minuto.

—Por otro lado —continuó Patton, haciendo que volviera a tragar cantidades industriales de saliva—, hiciste un buen trabajo con las fotografías. Son expresivas y reflejan con precisión la idea del nacimiento de un nuevo ser humano. Tu editor debe estar complacido.

Curioso. Por un momento pensé en decirle a mi jefe que había sido idea de mi editor haber salido a perseguir la primera historia de mi vida, pero Richard era mi único amigo en el periódico y sería una desfachatez del porte de Inglaterra arrojarlo a los leones para que yo saliera libre de polvo y paja.

—Creo que… que lo está, señor.

—Bien. —Patton extrajo un memo, el mismo que me había escrito hace dos horas atrás mientras yo estaba en Kent, buscando indicios de más malformaciones—. Aquí tengo un nuevo trabajo para ti. Es para primera plana, así que no quiero que hagas algo como lo que hiciste ahora. Haz este trabajo bien, y te subiré el sueldo.

Creo que mi estómago dio un doble mortal de alegría en cuanto escuché las últimas palabras del general Patton. Medalla de oro para el mejor doble mortal de estómago del mundo, porque me hizo remecer de pies a cabeza. Por Dios que necesitaba ese aumento de sueldo, más que nada por el costo de mi casa. Por poco me pongo de pie y le hago un saludo militar, diciendo "sí, señor" mientras tanto. Bueno, dije "sí, señor", pero no me puse rígido como un muerto. Tras eso, mi general, digo, mi jefe, se retiró sin decir nada más, dejándome con un problema.

¿Podía hacer mi trabajo y, al mismo tiempo, no hacer mi trabajo? La respuesta lógica era "no", pero no quería abandonar el asunto de las malformaciones tan rápido, no después de darme cuenta que había una tendencia. Al final, decidí cubrir la noticia que me había pedido mi jefe, pues era una noticia de primera plana. ¡Al fin!

Y resultó que haber hecho caso a mi jefe fue, al final, una buena decisión.