VI
La influencia se teje

Jekyll Island, 31 de enero de 1992, 10:03p.m.

Llovía copiosamente. El cielo estaba encapotado. Los truenos enmascaraban hasta cierto punto el andar de un vehículo por unos senderos lodosos. La persona que iba en el asiento trasero estaba confiada en que la reunión iba a discurrir como él quería. Las personas con las que iba a negociar lo necesitaban, más de lo que ellos mismos imaginaban.

El todoterreno se detuvo frente a una verja de hierro. La puerta trasera se abrió y el hombre bajó del vehículo, ya vestido para capear la tormenta. Vio al guardia que custodiaba la entrada y notó la ametralladora que llevaba en brazos. Sonrió.

—Esta es una residencia privada —dijo el guardia con voz seca.

—No te preocupes, hijo. Soy un invitado del dueño de casa. La contraseña es "Warbringer".

El guardia asintió en señal de reconocimiento y presionó un botón en un control que llevaba al cinto. La verja se abrió automáticamente y el hombre, dándole un guiño al guardia, volvió a subirse al todoterreno. Había unos ochocientos metros entre la verja y la antigua mansión en la cual gente con mucho dinero y poder esperaban por la llegada del último miembro de la reunión.

Afortunadamente, a diferencia del sendero que terminaba en la verja, el camino que conducía a la mansión estaba pavimentado con hormigón. El hombre miró por la ventana y asumió que había piletas de mármol por todas partes, álamos y estatuas de por lo menos cinco metros de altura.

Esta gente no sabe qué hace con tanto dinero se dijo el sujeto, arreglándose el sombrero. Pero yo le daré dirección a las vastas fortunas que estos tipos poseen. Los haré más ricos de lo que jamás serán… y serán de mucha ayuda para mis propios objetivos.

El vehículo llegó a una pequeña rotonda y se detuvo frente a las amplias puertas de la mansión de tres pisos. El hombre bajó, se arregló la gabardina y entró. Un cavernoso vestíbulo pareció engullirlo cuando penetró aún más en la casa glorificada, que una vez había pertenecido a un exitoso banquero que lo había perdido todo cuando la Guerra Fría acabó. Muchos banqueros, los más poderosos, se habían ido a pique por culpa del atrevimiento de Sailor Silver Moon y los que quedaron, aunque seguían poseyendo inmensas cantidades de dinero, no tenían la influencia de aquellas leyendas que financiaron eventos tan importantes como la Segunda Guerra Mundial, la Guerra de Vietnam y, por supuesto, la Guerra Fría. Los nuevos banqueros eran todos unos novatos que empleaban sus riquezas para vanagloriarse de ser millonarios.

Pese a la vastedad del inmueble, las decoraciones talladas en mármol, la fina arquitectura y la insana cantidad de habitaciones, la reunión iba a tener lugar en el subterráneo. El hombre sabía cómo llegar, pues así se lo había indicado una carta que poseía varias capas de codificación y accionó una palanca con forma de candelabro. Una enorme pintura se deslizó por su cuenta, revelando unas escaleras que descendían hasta los cimientos de la mansión.

En una casa diseñada para la opulencia, el sótano no podía quedarse atrás. Era como si el palacio de algún rey hubiera sido enterrado bajo tierra, claro que con la iluminación típica de un sótano. Había una mesa en el centro de la estancia, donde diez hombres con trajes que podían costear toda la educación de un niño esperaban sentados. Frente a cada uno había platos de diversos tamaños, así como cuchillos de distintas formas y tenedores que seguían el mismo patrón.

Ricos se dijo el hombre antes de tomar asiento en su lugar.

—Honorables señores —comenzó la voz de Herbert Dixon, mirando a todos los presentes con una expresión de apatía—, estamos reunidos aquí porque ustedes necesitan una dirección. He venido a darles dirección, a beneficiarles con una sensación de propósito que asumo que jamás han tenido en sus vidas.

—¿Y cómo pretendes guiarnos, si no tienes dinero? —dijo un hombre de barba corta, quien solía rascarse la barbilla recurrentemente.

—¿Y qué hacen con ese dinero? ¿Darse la buena vida? —desafió Herbert calmadamente—. ¿En lugar de construir un mejor mundo?

—A nosotros no nos importan los demás —intervino otro hombre, cuyo sombrero de copa era tan alto que parecía tocar el techo del sótano—. Solamente sirven para robarnos nuestro dinero.

—¿Y acaso no quieren más? —dijo Herbert, poniendo su manos sobre la mesa y entrelazando sus dedos—. Conozco a los de su clase, porque yo una vez fui como ustedes, rico, sin propósito en la vida. Luego vino alguien y me dijo que podía darle un uso más grande al dinero que posesiones materiales. Es eso lo que vengo a entregarles ahora. La promesa de riquezas más grandes de lo que jamás podrían concebir en sus vidas, y lo más importante, que lo usen para algo más que el ego económico.

Herbert podía ver a los hombres delante de él pensar. Tuvo que suprimir una carcajada. Los ricos eran tan manipulables como el resto de la gente. Solamente había que hacer algo muy simple; prometerles lo que más quieren en el mundo. Con respecto al propósito, Herbert sabía muy bien cuál era, y necesitaba a cada uno de los presentes para hacer realidad sus metas.

—¿Y cómo podrás hacernos más ricos?

Los tengo en el bolsillo se dijo Herbert y comenzó a delinear su esquema de trabajo. Para cuando hubo finalizado, había una sensación de asombro rondando en el amplio sótano. El plan no era para nada complicado. Se trataba simplemente de usar el dinero para crear un efecto dominó que los pondría en la cima del poder. Pero tal promesa no estaba exenta de condiciones, pues Herbert necesitaba apoyo financiero para su propia agenda.

—Es sencillamente brillante —dijo uno de los presentes.

—Billones de dólares en nuestras manos —añadió otro, a quien se le notaba la codicia en su mirada.

—Con esto podremos adueñarnos del mundo. ¡Podremos hacer lo que queramos!

—Mientras cumplan con lo que les pedí, me aseguraré que mi promesa sea cumplida.

Hubo un murmullo general de aprobación, lo que marcó el fin de la reunión y el comienzo de la cena. Varios mayordomos acudieron a la mesa, llevando platos que solamente los ricos podían comer sin culpa. Herbert, por otro lado, no tenía mucha hambre, además que prefería la comida convencional, esa que comía el resto de los mortales. No me extraña que todos estos individuos estén tan delgados. Tienen estómago de perdiz. Herbert solicitó un pescado con arroz común y corriente, sin adornos ni especias raras. Lo único que me preocupa es el regreso de las Sailor Senshi. Una más apareció hace un par de días atrás. Pero no debería ser un gran problema. Mientras ninguna de ellas sepa de mi existencia, no son una real amenaza.

Una hora duró la cena, tras la cual hubo un pequeño intercambio de regalos y con eso se dio por terminado el evento en Jekyll Island. Herbert se despidió cordialmente de cada uno de los invitados y salió de la mansión para entrar en su todoterreno. Tenía vuelo a las tres de la mañana, así que tenía tiempo de sobra para llegar al aeropuerto. Instruyó al conductor para que le llevara a su siguiente destino.

Tokio, 05 de febrero de 1992, 03:57p.m.

—Satoshi Furukawa, director del Banco Central del Japón, renuncia a su cargo —decía el lector de noticias en el noticiero que Serena no estaba realmente viendo—. En una conferencia de prensa, Satoshi no reveló las razones de su inesperada decisión, alegando que se trataba de "asuntos personales". Mientras tanto, el nuevo director, el señor Ichiro Fujimoto asumió hace pocos minutos el cargo, diciendo que implementará nuevas políticas económicas que fomentarán aún más la investigación científica y tecnológica, afianzando a Japón como el centro mundial de la tecnología.

Serena casi se quedó dormida mirando sin ver la televisión, hasta que cobró conciencia que estaba sola en la casa y tenía el control en su poder. Su madre había salido de compras y su padre tenía un evento importante al que asistir. Despertando de su sopor, Serena iba a cambiar de canal cuando una noticia inesperada captó su atención.

—¡Sailor V tiene competencia! —gritó el lector y una imagen de la heroína enmascarada apareció de fondo—. Nos han llegado datos e imágenes tomadas en vivo de una nueva justiciera, cuyo nombre nos han dicho que es Sailor Moon. Ella ya ha resuelto un par de casos aparentemente insolubles para la policía y está ganando admiradores, señoras y señores. De hecho, en una encuesta sobre qué personaje público es más popular, Sailor Moon se ubica en el segundo lugar, a sólo tres puntos porcentuales de Sailor V…

—¿Qué haces, Serena? —dijo una voz que provenía de los tobillos de ella.

—¡Mira, Luna! —chilló Serena, indicando la pantalla, emocionada hasta decir basta—.¡Aparezco en la televisión! ¡Soy casi tan popular como Sailor V!

Luna rodó los ojos.

—¡SERENA, PONME ATENCIÓN! —rugió la gata, y Serena saltó del susto.

—¿Qué quieres? ¡Casi me arrancas el corazón de cuajo!

—¡Serena, Amy te ha estado llamando desde hace UNA HORA! ¿Dónde diablos dejaste el teléfono?

Serena se puso a buscar el bendito teléfono de forma frenética, hasta que lo encontró en un mueble, a plena vista, junto al televisor. Luna se llevó una pata a la cara, negando con la cabeza, incapaz de creer que hubiera alguien tan despistada. A veces no tenía idea de por qué la había elegido a ella para que fuese Sailor Moon.

—Amy, ¿me estabas llamando?

—Sí, Serena. Lo que pasa es que necesitamos reunirnos las tres en el templo para discutir un asunto importante.

—¿Y de qué se trata?

—No es algo que deba discutir por teléfono, Serena —dijo Amy con seriedad—. ¡Vamos, date prisa!

La llamada se cortó y Serena se quedó en el aire, preguntándose qué era eso tan importante. Luego entendió que estaba perdiendo el tiempo y, acompañada de Luna, salió de su casa, olvidando cerrar todo con llave.


—¿Qué? ¿Viene una princesa? —dijo Serena con incredulidad—. ¿Esta noche?

—De hecho, ya llegó a la ciudad, pero habrá un evento esta noche en el palacio imperial —informó Amy, llevándose una mano al mentón—. Como Luna nos dijo que estábamos buscando a una princesa, podríamos empezar por allí. Además, dice que trae consigo un tesoro de incalculable valor.

—Y creo que ese tesoro es algo que, según mis investigaciones, se llama "Cristal de Plata" —intervino Luna, luciendo preocupada—. Alguien me informó que un sujeto llamado Nephrite andaba indagando acerca del Cristal de Plata. Usaba un uniforme idéntico al enemigo que derrotamos hace unos días atrás, así que debe pertenecer al mismo grupo.

—Me gustaría saber más sobre ese tal Nephrite y el Cristal de Plata —dijo Rei, mirando inquisitivamente a Luna.

—Bueno, sobre Nephrite no sé casi nada, pero el Cristal de Plata… el Cristal de Plata es una fuente de energía extremadamente poderosa e inagotable. Con sólo una pequeña parte de su poder podría pulverizar la Tierra sin dejar rastro.

Serena, Amy y Rei pusieron caras de espanto al saber aquel horrible dato sobre el Cristal de Plata. El Cristal de Plata, fuese lo que fuese, era un arma enormemente superior a todo el arsenal nuclear del planeta.

—Pero eso… posee más energía que un asteroide de cien kilómetros de diámetro viajando a cien kilómetros por segundo —dijo Amy, asustada por las implicaciones de la existencia de semejante objeto—. Ni toda la energía del planeta podría alimentarla (5).

—No nos marees con matemáticas, Amy —le reprendió Serena, pero ella no se dio por enterada. Rei, mientras tanto, no sabía tanto de física como Amy, pero sí sabía que el Cristal de Plata podía ser un arma muy peligrosa en manos equivocadas—. Aunque no me parece plausible que una princesa sea dueña de algo así.

—Sin embargo, tenemos que investigar —dijo Amy, mirando a Serena, Rei y Luna con seriedad—. Si no está en posesión del Cristal de Plata, bien, pero ¿y si realmente lo tiene? ¿Vamos a permitir que el enemigo se haga con ese objeto?

Ninguno de los presentes podía oponerse a la lógica de Amy, así que se tomó la decisión de infiltrarse en el evento de esa noche. Amy dijo que ella se encargaría de colar a Rei y a ella misma en la fiesta, pues Serena tenía una pluma que podía desempeñar esa labor. Cuando todo fue decidido, Amy sugirió que las tres se pusieran a estudiar, por si las moscas, pero Serena y Rei estaban agotadas, cada una de ellas por sus propias razones (aunque las razones de Serena jamás eran sólidas o por lo menos justificables) y resolvieron descansar para prepararse para el evento de esa noche. Serena no podía esperar para acudir, puesto que se trataba de una fiesta de disfraces y estaba ilusionada con que apareciera ese héroe enmascarado que tan fuerte hacía latir su corazón.

Nueva Orleans, 31 de enero de 1992, 01:16a.m.

Herbert Dixon tenía razón.

Nephrite no había encontrado nada de importancia en la tumba de Sailor Silver Moon, ni en la estatua o en la lápida. Lo que sí hallaba extraño era lo que había encontrado cuando profanó la tumba hasta hallar el ataúd. Cuando la abrió, esperó hallar un montón de huesos, pero no había sido eso lo que encontró.

—¿Qué diablos significa esto?

El ataúd estaba completamente vacío. No había rastro alguno de que alguna vez hubiera alojado un cuerpo en su interior. Nephrite se quedó mirando la excavación, sin saber cuál era el siguiente paso. La reina Beryl no se caracterizaba precisamente por su paciencia o compasión.

Fue cuando notó la nota en la lápida.

Dos nombres habían sido tallados en la piedra: Amy Anderson y Violet Taylor. ¿Serían sus mejores amigas? Luego leyó con más detenimiento y entendió que ninguna de ellas había sido su amiga, sino que sus amores.

Me pregunto si alguna de las dos sigue viva.

Nephrite se dirigió a un cibercafé y pidió una computadora. Tenía que mantener un bajo perfil para no llamar la atención. Tomó asiento frente a la pantalla, abrió el motor de búsqueda y tecleó cada uno de los nombres en la lápida de Sailor Silver Moon. Nephrite agradeció la existencia de la fibra óptica cuando los resultados aparecieron de forma inmediata.

Suerte, al fin.

Amy Anderson había fallecido a mediados de 1969, pero Violet Taylor seguía viva. Extrañamente, el aspecto de Violet era el de una mujer joven. De acuerdo con la lógica, ella debería tener más de cuarenta años, pero la imagen que estaba viendo hablaba de una chica de veinte. Y, lo más sorprendente de todo era que formaba parte de la guardia personal de la princesa de un reino lejano.

¿Princesa?

Nephrite cliqueó en el enlace sobre la princesa y apareció, entre varios resultados, una noticia sobre la visita de aquella princesa a Tokio dentro de unos cuantos días. No obstante, lo que más le llamó la atención fue la mención de un tesoro legendario que había pasado de generación en generación en el reino.

El Cristal de Plata.

Era la mejor pista que tenía en ese momento. Incluso se decía en la misma noticia que el tesoro era una gema de incalculable valor. Nephrite cerró el navegador y pagó el tiempo que había usado. Tenía que viajar a Tokio lo antes posible y preparar su plan. Nephrite sabía que su búsqueda podría acabar en nada, pero también sabía que era su deber explorar cualquier posibilidad que le permitiera encontrar el Cristal de Plata. Al tanto que no debía mostrar sus poderes, Nephrite escogió comprar un pasaje de avión a Tokio, clase económica. Las órdenes de Beryl habían sido claras.

Mantén un bajo perfil hasta que encuentres el Cristal de Plata.

Y Nephrite, hasta ese minuto, no había desobedecido esa orden.

Tokio, 05 de febrero de 1992, 09:02p.m.

El palacio imperial lucía más fastuoso de lo que normalmente era. Había guirnaldas de varios colores colgando en el techo alto, del cual colgaban varias arañas de aspecto opulento. La música también era algo especial, pues, al tratarse de un evento en el que había mucho baile de corte clásico, la música también debía serlo. Los valses de Tchaikovski eran los preferidos de los asistentes, aunque había composiciones de Vivaldi (el favorito de Amy) y Schubert.

Amy y Rei habían escogido bien sus vestidos. Amy era más conservadora cuando se trataba de etiqueta y llevaba un vestido de copa, largo, de color celeste y un cinto verde esmeralda. Rei, por otro lado, usaba un vestido rojo bermellón, con un escote un poco más atrevido que el de Amy y se ceñía más a su figura. Sus labios estaban pintados del mismo color que su vestido, lo que hizo que Amy arqueara una ceja.

—Parece que te tomaste el asunto del baile muy en serio, Rei —dijo Amy, mirando casualmente hacia la multitud de parejas con antifaces que danzaban en armonía con la música.

—Sí, creo que tienes razón, Amy —admitió Rei, luciendo aburrida—. Pensé que esto sería, ya sabes, algo más movido.

—Pero no estamos aquí por la fiesta, tenlo presente —le recordó Amy y Rei se cruzó de brazos, buscando con el ojo a un chico que estuviera solo—. Y tampoco estamos aquí para buscar pareja.

—¡Ah, por favor, Amy! —la regañó Rei, luciendo enfurruñada—. ¡Piensa un poco más como una adolescente! ¿Acaso jamás te ha gustado un chico?

—No tengo tiempo para los chicos —repuso Amy, como zanjando la cuestión—. ¿Podrías enfocarte en la misión?

Rei gruñó.

—No tienes remedio. Pero te aseguro que, tarde o temprano, alguien te va a sacudir el mundo y no podrás evitarlo aunque quieras.

A unos cuantos metros de ambas chicas, Serena daba la impresión que se había tomado el baile aún más en serio que Rei. No lucía como una chica en una misión, sino como una chica buscando pasar un buen rato. Claro que estaba fallando miserablemente, pues esas fiestas simplemente no eran para ella.

La música llegó a un alto y las parejas se separaron cortésmente. Luego, un hombre que lucía como un mayordomo anunció, con voz clara y alta, que la princesa iba a hacer acto de presencia dentro de unos minutos. Nadie notó que uno de los invitados se había colado por la puerta que conducía a los aposentos de la princesa.

—Pronto sabremos si la princesa está en posesión del Cristal de Plata —dijo Amy, mirando con atención a la puerta abierta, computadora en mano, a la espera de cualquier señal de energía que le dijera que, en efecto, tal gema estuviera en el palacio. Rei bajó los brazos e imitó a Amy, sus aspiraciones por encontrar a un chico atractivo reducidas a nada.

La princesa apareció por la puerta que el mayordomo había dejado abierta. Su vestido era verde lima y, por extraño que pareciera, usaba unos lentes muy gruesos, muy al estilo de Kelvin. No obstante, Amy notó que el tinte de su piel no era normal, como si hubiera pasado años sin conocer el sol. También detectó un pico inusual de energía brotando de la princesa.

—¡Es el Cristal de Plata! —gritó Amy—. ¡Pero ella no luce normal! ¡Tal vez no sea la princesa verdadera!

Rei también tenía el ceño fruncido.

—Puedo sentir una presencia maligna… similar a la de ese sujeto llamado Jadeite.

Amy y Rei no estaban equivocadas. La princesa comenzó a actuar de una forma muy extraña, como si se dispusiera a atacar al resto de los asistentes. Luego, el horror.

Todas las personas quedaron paralizadas al instante mientras su fuerza vital era robada por la princesa. Amy y Rei consiguieron escapar del influjo del ataque y, escondidas del resto de la gente, tomaron sus plumas y pasaron de ser invitadas a guerreras. Serena, por otro lado, fue arrastrada sin elegancia fuera de la esfera de acción de la princesa y, justo cuando iba a protestar por la rudeza de quién le había tomado de la mano sin permiso, ella miró hacia atrás y se encontró con una figura familiar.

—¡Tuxedo Mask! ¿Qué haces aquí?

El hombre se quedó mirando a Serena como si estuviera tratando de entender algo. Mientras tanto, el pulso de la joven se había disparado.

—¿Cómo sabes quién soy?

Serena, en su confusión, había olvidado que no se había transformado en Sailor Moon. Había reaccionado por puro instinto y se puso colorada.

—Bueno… es que… Sailor Moon me contó sobre ti —mintió Serena, soltando risitas nerviosas—. Te tiene en muy alta estima.

—Es bueno oírlo —dijo Tuxedo Mask, notando que la joven frente a ella se parecía mucho a alguien que aparecía constantemente en sus sueños, encomendándole una misión muy importante—. Debo irme ahora. Mantente fuera de peligro.

Y el joven enmascarado desapareció entre la gente. Serena se asomó por una columna y vio cómo Tuxedo Mask batallaba a quien parecía ser la princesa, junto a Sailor Mercury y Sailor Mars. Serena decidió no quedarse atrás y, después de pronunciar las palabras mágicas, acudió al campo de batalla y ayudar a sus amigas.

—¡Sailor Moon! —vociferó Sailor Mars mientras usaba sus poderes sobre el fuego para someter a la princesa mientras Sailor Mercury había empleado su bruma a modo de distracción y ayudar a los asistentes a escapar del palacio—. ¿Dónde diablos estabas?

Sailor Moon no respondió y, sin perder tiempo, arrojó su confiable tiara lunar y la princesa quedó paralizada por unos pocos segundos. Luego, un espíritu oscuro brotó del cuerpo de la princesa, quien quedó inconsciente, y Sailor Mars le arrojó una llamarada que no tuvo efecto alguno. Sailor Moon intentó una vez más con la tiara lunar, pero el espíritu la rechazó fácilmente y la tiara cayó hecha añicos en el suelo.

—¡No puede ser! —gritó Sailor Moon, dando con sus rodillas en el suelo mientras que Sailor Mars fue lanzada contra una de las paredes del salón de baile, quedando inconsciente. Sailor Mercury había acabado con su tarea y encaró al espíritu oscuro, sufriendo el mismo resultado que Sailor Mars. Sailor Moon había quedado sola.

—¡No tienes escapatoria, Sailor Moon! —dijo una voz siniestra que parecía provenir de la forma oscura frente a ella—. ¡Morirás ahora, y tus amigas serán las siguientes!

Un chorro de luz negra brotó del espíritu y Sailor Moon habría perecido de no ser por una figura que la tomó en el último segundo. Se sintió ingrávida por momentos antes que sus pies tocaran el suelo con suavidad. Giró su cabeza y su corazón volvió a saltar cuando se encontró cara a cara con Tuxedo Mask.

—Sailor Moon —dijo el joven frente a ella, tomándole ambos hombros, hablándole con gentileza—. Nunca debes darte por vencida. Sal ahora y haz frente al enemigo.

—¡Pero no puedo hacerlo sin mi tiara! —chilló Sailor Moon, al borde del llanto, pero las manos de Tuxedo Mask se sentían cálidas en sus hombros—. Está rota.

—¿Recuerdas lo que te dije cuando nos conocimos, acerca de encontrar la guerrera que llevas dentro? Ahora es el momento de hacerlo. ¡Vamos, Sailor Moon! ¡Tengo fe en ti!

Cualquier miedo que hubiese atenazado a Sailor Moon durante esa batalla fue erradicado de su cabeza. Tuxedo Mask había sido una fuerza positiva en las contiendas que había librado hasta ese momento, siempre apoyándola, siempre creyendo en ella… y estaba aquella inexplicable atracción que ella sentía por él. No sabía de dónde venía, pero sabía que su corazón se daba prisa por latir cada vez que Tuxedo Mask aparecía.

Sailor Moon se puso de pie y crispó los puños. En el momento en que lo hizo, una luz dorada pareció provenir de su frente e, instantes, después, sintió cómo algo volvía a envolverle la cabeza. Si no estaba equivocada, había recuperado su tiara.

Luna, que se había mantenido en la periferia del combate (y del baile, pues no permitían animales en el palacio), vio el destello de luz dorada y notó que la tiara de Sailor Moon era diferente a la antigua. Luna, en ese momento, entendió que Serena no era tan débil como había creído en un principio y corrió hacia Sailor Moon, pues lo más probable era que no supiera cómo usar su nueva arma.

—¡Sailor Moon! —gritó Luna y la aludida giró la cabeza, su mirada encontrándose con la de la gata—. ¡Sácate la tiara y grita "Crepúsculo lunar, acción", ahora, porque el enemigo te va a atacar!

Sin dudas esta vez, Sailor Moon hizo lo que la gata le había instruido y un rayo plateado pareció acompañar a la tiara antes de dar de lleno en el espíritu maligno, deshaciéndolo en miles de corpúsculos de luz negra.

—¡Bien hecho, Sailor Moon! —vitoreó Luna mientras que Tuxedo Mask le sonreía en la distancia. Sailor Mercury y Sailor Mars despertaron poco después, sacudiendo sus cabezas y poniéndose de pie con lentitud.

—¿Qué paso? —preguntó Sailor Mars mientras Sailor Mercury escaneaba las cercanías con su visor (que estaba conectado inalámbricamente con su computadora de bolsillo), pero no detectaba ninguna señal de enemigo.

—No percibo nada con mi analizador de espectro —dijo Sailor Mercury, mirando a Sailor Moon, quien lucía asustada pero bien—. Creo que el enemigo fue derrotado, por ahora.

Tuvo que pasar una hora para que todo fuese restablecido, pues buena parte del tiempo se empleó en encontrar los lentes de la princesa. Serena lucía sorprendida por cuán bella era ella, y se preguntó si la misma lógica se aplicaba a Kelvin, aunque lo dudaba mucho.

La gente se preguntaba cómo alguien había podido atacar a la princesa, dado que ella siempre venía con su escolta personal, cuatro mujeres entrenadas en combate cuerpo a cuerpo. Cuando Serena las vio, se vio invadida por una extraña sensación de déjà vu que no supo explicar de dónde provenía.

La princesa anunció con una voz solemne que iba a mostrar el tesoro que se suponía que iba a presentar. Serena, todavía tratando de entender qué había ocurrido cuando vio a las cuatro guardianas de la princesa, perdió el interés en el tesoro y, para relajarse, acudió a una mesa cercana y beber un poco de jugo. Amy y Rei no tenían ojos para nada que no fuese el cofre que la princesa estaba sosteniendo.

Cuando el tesoro fue revelado, la gente se maravilló, pero Amy y Rei bajaron los hombros en señal de decepción. El objeto ni siquiera era un cristal. Toda la planificación anterior había sido una colosal pérdida de tiempo. Ambas decidieron irse del palacio, pero no iban a hacerlo sin Serena.

Y, hablando de Serena, ella tenía las mejillas coloradas y caminaba haciendo eses. Era obvio que lo que había tomado no era jugo en absoluto, pero le causaba un alegre estupor que iba apagando su mundo hasta que llegó de milagro a un balcón y cayó en las tinieblas entre el mundo real y el de los sueños. De hecho, creyó que estaba soñando cuando un joven apuesto que usaba un antifaz se le acercó a ella, demasiado cerca para su gusto si hubiera estado sobria.

—¿Eres tú, Tuxedo Mask? —dijo Serena con una voz apagada, aunque sonaba esperanzada.

Él le sonrió y le tomó ambas manos.

—No sé por qué, pero creo que, hace mucho tiempo, pasó algo maravilloso con alguien como tú —dijo el joven con una voz dulce y susurrante—, pero no puedo recordarlo bien.

Serena murmuró algo incomprensible mientras sus ojos se iban cerrando lentamente. Tiene que ser un sueño se dijo mientras el joven enmascarado acercaba sus labios a los de ella.


—Maldita sea, no era el Cristal de Plata —dijo Nephrite, mirando el cielo, el cual estaba cargado de nubes negras que vaticinaban una tormenta. De hecho, ya podía ver los rayos centellear a lo lejos. Nephrite no supo por qué, pero creía que la tormenta le traería mala suerte.

Muy mala suerte.

Necesito más información.

—Deberías ocuparte de obtener más energía —dijo una voz grave que provenía desde atrás. Nephrite giró sobre sus talones y se encontró con un tipo de cabello rubio largo y ondulado que lucía menos recio y agresivo que Nephrite—. Yo buscaré el Cristal de Plata.

—Asumo que Beryl te envió, Zoisite —dijo Nephrite, un poco a la defensiva para su gusto. Zoisite siempre tenía la costumbre de trabajar codo a codo con Kunzite, y aquello no le gustaba mucho a Nephrite. Kunzite era el líder de los Generales Celestiales y su trabajo era liderar, no colaborar con otro General.

—Beryl dice que no falta mucha energía para despertar a nuestra gran reina —dijo Zoisite con calma. Él siempre estaba calmado, cualidad que Nephrite a veces envidiaba y que muchas veces le molestaba—. Alguien tiene que ocuparse de esa labor, ya que Jadeite fue derrotado por esas Sailor Senshi.

—De acuerdo, pero solamente porque Beryl lo pidió —dijo Nephrite, dándole la espalda a Zoisite—. Puedes tomar mi trabajo para encontrar el Cristal de Plata. Sin embargo, hay algo que me preocupa.

—¿Y qué es?

—¿No notaste algo raro cuando Jadeite secuestró a esa sacerdotisa?

Zoisite se echó a reír.

—¿Eso te preocupa? ¡Por favor! Jadeite actuó de esa forma porque tiene una debilidad por ese tipo de chicas. Pero eso no significa que nosotros seamos iguales. Debemos hacer lo que se nos encomendó hacer y basta.

Si había algo que Nephrite admiraba de Zoisite era su fría lógica. Nunca perdía la cabeza cuando se trataba de concretar o elaborar planes. Tal vez Beryl tenía razón al asignar a él para encontrar el Cristal de Plata. No le gustaba la idea, pero era mejor eso que dar palos de ciego sin razón.

—De acuerdo.

—Bien —dijo Zoisite, dando la vuelta para alejarse—. Por cierto, no me gusta esa tormenta. Podría ser un mal presagio.

Las palabras de Zoisite sonaron inquietantemente literales.


En ese mismo momento, una chica estaba mirando la tormenta desde la ventana de su casa, sintiendo que los relámpagos la llamaban de algún modo, como si le estuvieran diciendo que despertara de un largo sueño.

Y, en un sentido, así era.


Nueva Orleans, 06 de febrero de 1992, 01:32a.m.

Una mujer chillaba a todo pulmón, clamando por ayuda, mientras que un hombre con apariencia de ex presidiario trataba de quitarle la ropa para violarla. Sin embargo, nadie acudía en su auxilio y la pobre mujer hacía lo que podía para negarle a ese energúmeno lo que tanto deseaba.

El manoseo cesó.

La chica, temblando de la cabeza a los pies, se atrevió a girar la cabeza y vio al violador, tirado sobre el pavimento, sangre brotando de su cabeza.

—¿Estás bien? —preguntó una voz femenina y la chica contempló a su salvadora.

—Eh… sí. ¿Quién eres? —dijo la pobre chica con voz temblorosa.

—Soy alguien que lucha a favor de nosotras —repuso la mujer y la víctima notó que ella estaba totalmente cubierta por una armadura y su casco le impedía verle la cara, solamente los ojos, de un azul intenso—. Nunca permitas que te hagan algo así. Acude a la policía y asegúrate que ese infeliz pague por lo que te hizo.

La chica tenía ganas de llorar, pero la mujer en armadura le puso las manos en sus hombros para tranquilizarla.

—Ya pasó. Ese hombre jamás volverá a tocarte siquiera un pelo. Y si lo hace, le voy a cortar las bolas.

La mujer en armadura condujo a la víctima hasta una calle por la que pasaban taxis de manera frecuente. Ella no estuvo tranquila hasta que el taxi que la iba a llevar a casa se hubiera alejado del lugar. A continuación, la mujer en armadura se puso en marcha, en busca del siguiente agresor de mujeres.


(5) Se calcula que la energía total que consume el planeta al año es de 0,5 zetajoules (un 0,5 seguido de 15 ceros). Y el Cristal de Plata posee aún más energía que eso. D: