XI
La princesa de la luna
El Reino Oscuro, 14 de febrero de 1992, 01:16a.m.
—La energía ha sido transferida, gran reina —dijo uno de los tantos sirvientes de la reina Beryl. Ella estaba sentada en su trono, esperando precisamente por el término de aquel proceso.
—Bien, puedes retirarte.
El sirviente hizo una reverencia antes de alejarse de la reina Beryl y ella se puso de pie. Caminó lentamente hacia un enorme trozo de cristal, el cual se estaba agrietando de a poco. Una luz negra brotaba de las grietas, pero Beryl no hizo visera con sus manos. Había esperado mucho tiempo para presenciar ese momento, aunque lamentaba profundamente que tres de sus generales hubieran perdido la vida para lograrlo.
—Mi reina —dijo una voz grave y brutal. Beryl no se movió, pero asintió con la cabeza en señal que estaba escuchando—, he cumplido con mi misión. Sailor Eos ya no será un problema.
—Bien hecho, Kunzite —dijo Beryl con satisfacción, para luego ensombrecer su tono de voz—. Sin embargo, tus compañeros han pagado el más alto precio para que nuestra gran reina pueda renacer al fin.
Kunzite no dijo nada por varios instantes. Crispó los puños en señal de impotencia.
—¿Y a quién debemos agradecer este desastre?
—A las Sailor Senshi —dijo Beryl lacónicamente.
Kunzite miró a Beryl con comedida incredulidad.
—Me parece increíble que mis compañeros hubieran perdido contra ellas. Yo no tuve tantos problemas con Sailor Eos.
—Es por eso que quiero dejarte a cargo de derrotar a esas mocosas insolentes —dijo Beryl, arrugando la cara y crispando los puños—. Destrúyelas y obtén el Cristal de Plata. Haz lo que sea necesario.
Kunzite hizo una reverencia.
—Así lo haré, mi reina.
Kunzite desapareció justo en el momento en que el trozo de cristal se rompió y una figura hecha de luz negra se asomó desde los escombros. El aire alrededor de la figura vibraba con calor, dando la impresión que aquella luz fuese fuego.
—¡Oh, al fin he despertado de mi largo sueño! —dijo una voz siniestra que vibraba de la misma forma que el aire en torno a ella.
—¡Al fin! —exclamó Beryl, arrodillándose frente a la figura negra—. ¡Te doy la bienvenida nuevamente, reina Metalia!
Metalia no dijo nada por un buen rato. Parecía estar evaluando la situación actual, y Beryl bajó la cabeza en señal de vergüenza. No había encontrado el Cristal de Plata todavía y había perdido a tres de sus más valiosos sirvientes a manos de guerreras inferiores.
—Veo que la situación no es muy favorable —dijo Metalia en un tono tenebroso—. Tres de nuestros generales están muertos y las Sailor Senshi ganan fuerza. Pero no todo está perdido. Todavía tenemos una oportunidad de ganar.
—¿Y cuál es esa oportunidad?
La forma de Metalia se desvaneció y una imagen de un hombre entrado en años ocupó su lugar. Parecía trabajar febrilmente en algo que ocupaba toda su concentración. La descripción del individuo concordaba con la que le había dado Nephrite cuando le comunicó sus hallazgos sobre el Cristal de Plata.
—¿Herbert Dixon?
—Es descendiente de los Desterrados —dijo Metalia, cuya figura había vuelto a aparecer frente a Beryl—. Seguramente sabes que ellos fueron los que acabaron definitivamente con el Milenio de Plata. Herbert Dixon puede sernos de mucha ayuda para derrotar a las Sailor Senshi, y, dada la situación, creo que podría estar más que dispuesto a ayudarnos.
—¿Por qué?
—Porque acaba de descubrir algo que le moverá a atacar a las Sailor Senshi —dijo Metalia, quien sonaba complacida—. Dile a Kunzite que busque a Herbert Dixon, que una fuerzas con él para acabar finalmente con esas muchachas.
Beryl sonrió. La esperanza había regresado. Agradeció a Metalia por su consejo y se retiró a su trono para comunicar a Kunzite las nuevas órdenes.
Tokio, 14 de febrero de 1992, 09:14a.m.
—¡Es el día del amor, es el día del amor, es el día del amor!
Los gritos de Serena eran lo suficientemente fuertes para que el resto de los alumnos se taparan los oídos, aunque no podían decir que no estaban de acuerdo con ella. Sin embargo, era evidente que las chicas eran las que más emocionadas estaban con la perspectiva de pasar un grato San Valentín (y tampoco se podía negar que algunos chicos también tenían ganas de encontrar pareja ese día). Pero eso no significaba que las clases no prosiguieran como siempre, aunque mucho tenía que ver con que la profesora Mónica no estaba muy contenta porque su anhelada cita romántica se canceló y, como era de esperarse, no andaba de muy buen humor cuando entró a la sala de clases.
En el primer recreo de la mañana, Serena caminaba por el patio central como si fuese una estrella de pop. No era que tuviese pareja ya, pero le animaba la idea de ver tanto amor en el aire, pues ese día había parejas por todas partes. No obstante, su cara se ensombreció cuando notó que Kelvin se le acercaba a paso raudo. Llevaba un enorme ramo de flores y una caja en forma de corazón con un listón rosa envolviéndolo.
—¡Hola, Serena! —saludó Kelvin con una voz más aguda de la usual. Serena entornó los ojos.
—No me digas que esos regalos son para mí.
—¡Por supuesto que sí! —exclamó Kelvin, tendiéndole el ramo de flores y la caja de chocolates—. ¡Hoy es San Valentín y quiero mostrarte cuánto te aprecio con estos regalos!
Serena arrugó la cara. No esperaba aquella coyuntura, sobre todo cuando su corazón le pertenecía a alguien más.
—¿No crees que esos regalos son demasiado comunes?
Kelvin puso cara de pregunta.
—Si quieres conquistar a una chica, debes sorprenderla, pillarla con la guardia baja, no como lo estás haciendo.
El rostro de Kelvin se ensombreció y bajó la cabeza.
—Es que…
—Bueno, aceptaré los chocolates —dijo Serena con una sonrisa—. Eres un buen amigo, Kelvin. ¡Nos vemos!
Y Serena siguió caminando, dejando a Kelvin petrificado en su lugar. No era un mal muchacho, pero no era su tipo, sobre todo cuando había cierto hombre enmascarado que le había robado el corazón desde el día uno.
Serena recordó que debía juntarse con sus amigas en el templo Hikawa y acudió después de acabadas las clases. No obstante, se detenía a cada rato para admirar a las parejas que deambulaban por las calles, sentadas en banquillos o teniendo sendas citas románticas.
Cómo me gustaría tener una cita con Tuxedo Mask.
—No tienes remedio, Serena —gruñó Rei cuando la aludida llegó finalmente al templo Hikawa, con veinte minutos de atraso—. Siempre llegas tarde.
—Y tú siempre me regañas —dijo Serena con los ojos entornados.
—Ya basta, ustedes dos —intervino Amy mientras leía un libro, sentada sobre el suelo—. Tenemos que pensar en lo que viene, ahora que hemos encontrado a la princesa.
—¿Y quién es ella? —preguntó Serena, señalando a una chica de cabello rubio y un listón rojo sobre éste, quien conversaba con Lita.
—Soy Mina Aino —dijo la aludida, acercándose a Serena y tendiéndole una mano, que Serena estrechó—. Soy Sailor Venus.
—¡Tú eres la princesa!
Mina asintió por toda respuesta.
—Yo creo que debemos hacerle caso a Amy —dijo Luna, quien estaba hecha un ovillo en el regazo de ella—. Hay que enfocarse en proteger a la princesa mientras hallamos más información sobre el enemigo.
—Hoy es San Valentín —dijo Serena como si no quisiera la cosa.
—¡Serena tiene razón! —exclamó de repente Lita, quien lucía ligeramente sonrojada—. Deberíamos echar una cana al aire, hoy por lo menos… en una de esas hasta hallamos novio.
—¡Lita es de las mías! —chilló Serena, y Rei y Mina parecían estar de acuerdo con ella.
—¿Saben? Esta es una buena oportunidad —dijo Rei con una sonrisa soñadora.
—No me llamaría Sailor Venus si no tratara de encontrar el amor —añadió Mina, guiñándole un ojo a Serena por haber tenido tan buena idea.
Luna se llevó una pata a la cabeza, negando con ella.
—Pues creo que esa es una mala idea —dijo Amy con seriedad—. No deberíamos perder de vista nuestra misión, chicas.
Las cuatro restantes imitaron el gesto de Luna, pero por razones distintas.
—Ay, Amy, no seas aguafiestas —le regañó Lita, claro que de buena forma.
—¿Acaso no tienes deseos de caer enamorada? —inquirió Rei, sorprendida—. Eres una chica también. Tienes que permitirte ese lujo al menos una vez.
—¡Amy, no puedes desperdiciar tu preciosa juventud! —chilló Serena como si se tratara de un asunto de vida o muerte—. ¡No serás joven para siempre! ¡Tienes que conocer el amor, perder la cabeza por alguien, que te rompan el corazón siquiera una vez! ¡Es parte de esta hermosa etapa de la vida!
—Estás siendo inmadura, Serena —dijo Amy, sin perder de vista el libro que estaba leyendo—. Y ustedes también, chicas. Somos Sailor Senshi por una razón y, lo queramos o no, tenemos un deber que cumplir. Después podrán hacer las locuras que se les ocurran.
Las demás exhalaron en señal de resignación. Amy era una integrante valiosa del equipo, pero había veces en las que podía ser exasperante su obsesión por estudiar o su desidia por hacer cualquier otra cosa que no implicara batallar contra el enemigo. Al final, las cuatro chicas restantes decidieron lanzarse a la aventura. Serena había sugerido que todas fueran a la torre más alta de Tokio, donde iban a haber fuegos artificiales y estaba prácticamente garantizado que allá conseguirían pareja. Aquello le causó suspicacia a Amy.
—Deberían tener cuidado de ir allá —dijo, haciendo que las otras cuatro giraran sus cabezas—. Nadie puede garantizar que encuentren pareja.
—Después de lo que dijiste, no espero que lo entiendas —dijo Rei y, con esas últimas palabras, ella y las demás dieron media vuelta y se marcharon del templo, dejando a Amy y a Luna solas.
—Deberíamos buscar más información sobre el enemigo —dijo Luna y Amy asintió con la cabeza—, mientras esas impertinentes se divierten.
—Déjalas, Luna —la tranquilizó Amy, poniéndose de pie—. Si ellas quieren divertirse, que lo hagan. Si se meten en problemas, las ayudaremos.
Y Amy y Luna también abandonaron el templo. Ambas sabían que tenían el tiempo en contra y resolvieron ser diligentes con sus respectivas labores.
Washington, 14 de febrero de 1992, 06:01a.m.
Herbert Dixon había sido afortunado.
Desde que se quedó dormido que no padecía dolores de cabeza, lo cual siempre era algo bueno. Se vistió y consultó las cámaras de seguridad del laboratorio. El profesor Tomoe seguía trabajando. Herbert notó que había un par de tazas de café junto al microscopio y supo que el profesor no había pegado siquiera una pestañada desde que conversó con él por última vez.
Necesito su mente clara para resolver mi problema.
Herbert bajó al nivel del laboratorio y entró, dirigiéndose directamente al profesor Tomoe.
—¿Profesor?
El aludido giró lentamente sobre sus talones y encaró a Herbert. Se notaba su falta de sueño, a juzgar por los ojos rojos y las ojeras.
—Estoy en medio de un experimento que podría comprobar la hipótesis sobre la que estoy trabajando.
—Debe descansar, profesor —dijo Herbert con firmeza—. Usted sabe que el cerebro procesa mejor la información durante el sueño. Lo necesito al cien por ciento para que cumpla a cabalidad con su propósito.
—Pero…
—Pero nada, profesor. Vaya a su dormitorio y descanse todo lo que necesite. Me aseguraré de crear el clima necesario para que duerma sin interrupciones. Podrá continuar cuando despierte.
El profesor Tomoe, pese a que deseaba seguir trabajando, pues aquello le permitía no perder de vista su objetivo, había asistido a suficientes clases de neurología para entender que Herbert tenía razón. Sin embargo, había otro motivo que le mantenía con los ojos abiertos.
—Hotaru quiere un nuevo juguete —dijo el profesor, recordando que su hija había pedido una muñeca de Sailor Moon—. Se ha enterado que esa tal Sailor Moon es muy popular y quiere una muñeca de ella. No es difícil encontrarla en alguna tienda. Tenía pensado acabar con este experimento antes de ir a comprarla, pero…
—Yo le traeré la muñeca —completó Herbert, poniendo una mano en el hombro del profesor Tomoe—. ¿No cree que Hotaru es un poco grande para jugar con muñecas?
—Eso fue lo que me pidió —dijo el profesor Tomoe, encogiéndose de hombros.
—No se preocupe. Yo me encargaré de eso.
—Señor Dixon, alguien quiere hablar con usted —atronó la voz del recepcionista por el altavoz en el techo del laboratorio.
—¿Cómo es el sujeto?
—Es alto, de cabello albino y largo, y usa el mismo uniforme que el sujeto del otro día.
Debe ser uno de los Generales se dijo Herbert, pero no es el mismo que vino hace varias semanas atrás.
—Dile que espere en el lobby. Voy en camino.
Herbert sostuvo la mirada del profesor Tomoe, como insistiéndole en que tomara un descanso, y se retiró del laboratorio en dirección al lobby. Había que ser poco menos que un súper hombre para llegar siquiera al lobby, pues hay que recordar que el domo estaba enterrado muy hondo en la tierra.
Cuando llegó, sus ojos se posaron en el hombre del cabello albino. Su rostro era más severo y cruel que el de Nephrite.
—¿Herbert Dixon? —preguntó el recién llegado con una voz brutal.
—¿Quién pregunta?
—Soy Kunzite, un colega de Nephrite. Me han dicho que lo buscara.
—¿Beryl?
Kunzite asintió.
—¿Todavía busca el Cristal de Plata?
—Sí, pero no es por eso que necesitamos su ayuda. Seguramente ya sabe lo que pasó en Tokio hace unos días.
Beryl también lo sabe se dijo Herbert. No tiene caso mentir.
—Lo sé —dijo Herbert, quien no podía decir que Kunzite le simpatizara mucho—. ¿En qué puedo serles de asistencia?
Tokio, 14 de febrero de 1992, 09:19p.m.
—¡Mira qué lindo! —gritaba Lita, mirando los fuegos artificiales, cuyos colores se reflejaban en sus ojos. Estaba abrazada a un sujeto casi tan alto como ella, quien la tomaba por la cintura.
—¡Y tiene forma de corazón! —exclamó Rei, en las mismas condiciones que Lita.
Serena y Mina no tenían la misma suerte. Aunque algunos chicos miraban a la primera con un poco de interés, Mina parecía ser ignorada de manera consistente por los hombres (6). Era tanto el desinterés que ella comenzó a abordar a cuanto chico viera en su camino, pero no había caso. Todos parecían tener alguna excusa para no juntarse con ella y aquello comenzó a molestarle sobremanera. Por otro lado, Serena tampoco estaba pasándola muy bien y comenzó a pensar que tal vez había escogido mal el vestido cuando un hombre de sombrero, capa y antifaz apareció en el amplio salón. Estaba mirando directamente a Serena, lo que hizo que ella se pusiera colorada.
—¿Quieres venir a ver los fuegos artificiales conmigo? —preguntó Tuxedo Mask en una voz baja y seductora que, pese al ruido, llegó a los oídos de Serena. Ella se sonrojó más si cabe y, a paso lento, como si la persona que la estaba llamando fuese un espejismo que no iba a tardar en desaparecer, se aproximó a él.
Serena no dijo nada. Su corazón comenzó a desesperarse dentro de su pecho a medida que estrechaba distancias con Tuxedo Mask. Sus nervios se adormecieron, haciendo que sintiera un vacío en su estómago, como si hubiese errado un peldaño mientras bajaba unas escaleras.
—No temas —dijo Tuxedo Mask mientras tomaba la mano temblorosa de Serena—. No voy a hacerte daño.
Pero Serena estaba segura que él no iba a agredirla. Lo que la tenía nerviosa era el temor que aquello fuese solamente un sueño y que iba a despertar en cualquier minuto en su casa. Sin embargo, aquel pensamiento se evaporó cuando sintió el calor de Tuxedo Mask traspasándose a su cuerpo, lentamente convenciéndola que todo aquello era real.
—No eres un sueño —dijo Serena débilmente.
—Te pareces mucho a la joven de mis sueños —susurró Tuxedo Mask, lo que erizó los vellos de la nuca de Serena—. A veces me pregunto si esa joven eres tú.
—No podría ser yo —dijo Serena, en un tono no mucho más alto que el de Tuxedo Mask—. Hablas de ella como si fuese hermosa, y yo sé que no lo soy.
—Tal vez no te he visto bajo el cristal apropiado —murmuró Tuxedo Mask, ahora tomando las dos manos de Serena—. Yo tampoco sé lo que mi pasado esconde, pero algo me dice que tú eres parte de él. No es una certeza, sino más bien una corazonada.
—¿Sabes? Yo también quiero creerlo, pero… pero no dejo de pensar en que soy sólo una estudiante de secundaria, que no puedo ser lo que tú crees que soy.
—Sólo el tiempo lo dirá —dijo Tuxedo Mask, acercando a Serena al amplio ventanal—. Por ahora, disfrutemos del espectáculo.
—¿Estás seguro que es el mejor plan para acabar con las Sailor Senshi? —cuestionó Herbert Dixon mientras veía las cámaras de seguridad que vigilaban el salón donde muchas parejas bailaban o contemplaban los fuegos artificiales—. De acuerdo con mi experiencia, a las Sailor Senshi hay que tratarlas como guerreras adultas, no como si fuesen adolescentes.
—Permíteme recordarte que tú estás aquí para ayudarme, no para tratar de encontrar fallas a mis planes —gruñó Kunzite, quien también miraba las cámaras de seguridad. De pronto, se detuvo frente a la pantalla del medio. Había una chica de cabello rubio lacio, apoyada contra la pared, de brazos cruzados y una expresión de fastidio visible a millas. Herbert se dio cuenta de lo que su compañero estaba mirando y emitió una carcajada.
—Esa chica ha estado sola desde que llegó —comentó Herbert, notando que Kunzite miraba esa pantalla con un poco de obsesión—. ¿Tal vez podrías hacerle compañía?
Herbert pensó que Kunzite se iba a molestar por el comentario, pero vio que parecía estar considerando la idea. Al final, él se irguió en toda su estatura.
—¿Sabes? Creo que esa es una buena idea.
Y Kunzite abandonó la sala de vigilancia, pensando profundamente en aquella chica de cabello rubio. Es hermosa esa chica. No sé por qué diablos me siento así cuando la veo. ¡No puedo caer por una mocosa! ¡Así fue cómo mis compañeros perecieron! Pero siguió su camino de todas formas., pues debía dar comienzo a la siguiente fase del plan.
Mina seguía con una expresión enfurruñada cuando vio a un hombre alto de cabello albino avanzar hacia el ventanal. De inmediato, su corazón latió con más rapidez y se puso colorada.
¿Qué me pasa? ¿Por qué comencé a sentirme así cuando apareció ese hombre?
Mina iba a seguir al hombre del cabello albino cuando los fuegos artificiales se desviaron de sus respectivos cursos, rompiendo el ventanal y desatando el caos en el salón. Todas las parejas se cubrieron con lo que pudieron, pero algunos de los espectadores quedaron con quemaduras de diversos niveles de gravedad. Mina, entre todo el desorden, se dio cuenta que había sido el hombre del cabello albino quien había provocado el desastre. No había olvidado cómo se había sentido en su presencia, pero la situación actual era más urgente. Tenía que actuar.
Kunzite juzgó que con eso sería suficiente para que las Sailor Senshi acudieran a ver qué había ocurrido, pero no esperó que ellas llegaran tan pronto… sobre todo la que tenía frente a él.
—Vaya, la princesa en persona —dijo Kunzite, al tanto de lo que estaba pasando en su cabeza, al tanto que, como sus otros compañeros, tenía una debilidad por una Sailor Senshi, en este caso, Sailor Venus—. No sabes cuán contento estoy de encontrarte al fin. Pero es una lástima. No tendré el privilegio de matarte. Él lo hará.
Sailor Venus miró más allá de la figura de Kunzite y vio a un hombre alto, entrado en años y que sostenía lo que parecía un palo de madera en su mano izquierda. No tenía idea de quién era ese individuo, pero no parecía capaz de infligir mucho daño. Además, no era un hombre que pudiera ser catalogado como alguien peligroso, a juzgar por su edad. Aquel era el primer error que una Sailor Senshi cometía al enfrentar a un hombre como Herbert Dixon.
Sin embargo, Kunzite no anticipó que las demás Sailor Senshi ya estuvieran allí. Sailor Moon, Sailor Mars y Sailor Jupiter se le acercaban lentamente, preparadas para la lucha. Incluso estaba presente Tuxedo Mask, pero había quedado inconsciente, bajo algunos escombros.
—Cambio de planes, Herbert —dijo Kunzite sorpresivamente—. Yo enfrentaré a la princesa y tú haz lo propio con las demás.
—Bien —dijo Herbert, alzando su arma y conjurando su confiable látigo de luz, golpeando el piso con éste. Las Sailor Senshi enfocaron su atención en el anciano, dejando que Sailor Venus se ocupara del sujeto del cabello albino.
—Somos tú y yo ahora, princesa de la luna —dijo Kunzite, alzando ambas manos hacia el cielo, entre las cuales apareció una esfera de luz roja—. Veamos si recuerdas cómo pelear.
Y Kunzite arrojó la esfera con todas sus fuerzas, ocasionando muchos daños al salón, pero Sailor Venus se hizo a un lado en el último momento, arrojando su rayo creciente mientras se ponía de pie, pero erró el blanco por varios metros. Mostrando una sonrisa siniestra, Kunzite extendió ambos brazos y unas cuchillas de luz brotaron de sus manos.
—Te voy a matar, princesa.
—¡Inténtalo! —bramó Sailor Venus, cogiendo el objeto que colgaba de su cintura, blandiéndolo en contra de Kunzite. El objeto se transformó al instante en una cadena dorada.
En el otro frente, Herbert Dixon se había aprovechado de su edad para asestar el primer golpe a las Sailor Senshi. Bastó con un movimiento de su látigo para dejar a sus contrincantes en el suelo, rezongando de dolor. Sailor Jupiter fue la primera que se puso de pie, pero Herbert ya estaba listo. Arrojó su látigo a los brazos de ella y tiró con todas sus fuerzas. No obstante, le costó un poco de trabajo hacerlo, pues Sailor Jupiter poseía una fuerza nada desdeñable, pero al final ganó el tira y afloja y la estampó contra el suelo, dejándola al borde de la inconsciencia.
—Bah, ellas no son nada si las comparo con Sailor Silver Moon —dijo Herbert, cuidando que sus oponentes no escucharan sus palabras—. Ella ya me tendría en el suelo.
Pero sus pensamientos le traicionaron, porque una llamarada casi lo dejó carbonizado. Fueron solamente sus reflejos los que le salvaron la vida.
Una Sailor Senshi de fuego. Nada mal.
Sailor Mars volvió al ataque, pero Herbert no iba a tropezar dos veces con la misma piedra. Usó su varita para arrojar un chorro de agua que contrarrestó el fuego de su adversario. Luego, con su mismo látigo de luz, tomó a Sailor Mars de los tobillos y la arrojó al techo, desprendiendo trozos de cielo raso y cayendo al piso, inconsciente. Solamente quedaba Sailor Moon.
Temblando de miedo al ver cómo ese hombre había derrotado a sus amigas, Sailor Moon se llevó una mano a su tiara y, retrocediendo hacia la pared, la lanzó en contra de Herbert Dixon, pero él fue capaz de sujetarla con una mano. Compuso una expresión de aburrimiento en su cara.
—Pensé que me ibas a dar más batalla, Sailor Moon —dijo Herbert con una sonrisa, pero no contó con que ella había esperado que él sujetara la tiara. Con un gesto de sus brazos, la tiara creció de tamaño y envolvió a Herbert, aprisionándolo.
—¡Sailor Jupiter! ¡Ahora!
La aludida se puso de pie, sobándose la cabeza e hizo que unas trepadoras abrazaran las piernas de Herbert, afianzando el agarre y, para rematar, lo atacó con uno de sus ataques de relámpagos. Herbert comenzó a temblar a medida que miles de voltios de electricidad surcaban sus nervios, colapsándolos. Herbert habría perecido en ese momento de no ser por la oportuna acción de Kunzite, quien arrojó una de sus cuchillas de luz, atravesando el vientre de Sailor Jupiter. Sailor Moon vio con horror cómo su compañera caía al suelo sobre un charco de su propia sangre y cómo Herbert se deshacía de sus ataduras, mirando a Sailor Moon con fría furia.
Mientras Kunzite batallaba contra Sailor Venus, Herbert conjuró unas cuchillas de acero, con el fin de acabar permanentemente con Sailor Moon.
—Muere.
Y Herbert lanzó todas las cuchillas, de modo de garantizar la muerte de su oponente. Sailor Moon sintió cómo su corazón se desesperaba y cómo su mente parecía no responderle mientras veía las cuchillas acercarse a ella. Cerró los ojos, esperando que con esa acción hiciera menor el dolor que seguramente iba a sentir.
Pero el dolor jamás llegó.
Sailor Moon no abrió los ojos, pero escuchaba unos gemidos ahogados de dolor que provenían de un lugar muy cercano frente a ella. También pudo oír a su contrincante maldecir. La tentación fue demasiado grande. Abrió los ojos y vio a una figura de capa y sombrero caer al suelo. Sailor Moon sintió cómo el corazón le fallaba y el aire se deshacía dentro de sus pulmones. Supo en segundos lo que había pasado, pero saberlo le trajo un dolor que no podía creer que era capaz de sentir.
Tuxedo Mask se había puesto entre Sailor Moon y las cuchillas y ella colapsó sobre el piso, llamando al caído por su nombre, llorando e hipando, indiferente al hecho que Herbert estaba conjurando unas nuevas cuchillas, decidido a completar el trabajo.
—Ya nadie te va a salvar, Sailor Moon. ¡Perece!
Y una vez más, las cuchillas surcaron el aire. Y, nuevamente, erraron el blanco, pero no porque alguien se hubiera interpuesto entre él y su presa. Las cuchillas simplemente perdieron velocidad y cayeron al suelo, convertidas en hielo.
—¿Pero qué diablos pasa?
Herbert no pudo saber qué pasaba, porque una bruma muy espesa se adueñó del campo de batalla y no podía ver ni mierda. Erró por el salón, usando su varita para arrojar un poco de luz, pero la niebla reflejaba la luz, haciendo la situación aún peor. No tenía idea que se estaba acercando de a poco al ventanal roto, donde había menos niebla, solamente para sentir una violenta patada en su espalda que le hizo perder el equilibrio. Fue tal la fuerza del golpe que Herbert no pudo hacer nada para recuperarse y se precipitó al vacío. Ningún grito de terror se escuchó.
Cuando la niebla desapareció, Sailor Moon seguía llorando y llamando a Tuxedo Mask por su nombre. Así la encontró Sailor Mercury, quien iba acompañada de Luna. Miró en todas direcciones y vio a Sailor Mars, inconsciente, y a Sailor Jupiter que se desangraba sobre el suelo. Sailor Venus peleaba contra un sujeto de cabello albino y no parecía haber un claro ganador. Sailor Mercury decidió que era más importante ayudar a Sailor Jupiter y usó su computadora de bolsillo para llamar a Emergencias. Para ganar tiempo, puso su mano sobre la herida de Sailor Jupiter y la congeló con el fin de enlentecer el flujo sanguíneo y evitar que perdiera demasiada sangre. Iba a llevarla a un piso inferior, pero un repentino fulgor hizo que desviara la vista hacia donde estaba Sailor Moon.
El brillo provenía de una de las lágrimas de Sailor Moon, la cual estaba suspendida en medio del aire. Luego, dio la impresión que crecía de tamaño y adquiría otra textura y otra forma, como la de una piedra. Sailor Mercury no entendía nada de lo que estaba ocurriendo, pero Luna se acercó lentamente a Sailor Moon, quien se estaba poniendo lentamente de pie, pero no lucía como si lo estuviera haciendo de forma consciente. Tenía sus ojos ausentes, como mirando sin ver, sosteniendo la piedra entre sus manos.
—No puede ser —dijo Luna, abriendo los ojos a causa de la sorpresa—. Es… es el…
La piedra adquirió un brillo plateado y se transformó en un cristal, justo en el momento en que Sailor Moon también estaba sufriendo una transformación. Ya no usaba el uniforme de una Sailor Senshi. Su tiara desapareció, reemplazada por una insignia que lucía como una luna menguante de color dorado, su falda se hizo más larga y cambió de color y las gemas en sus moños desaparecieron. Para cuando la transformación hubo acabado, hasta Kunzite había dejado de pelear contra Sailor Venus, sorprendido por lo que le había ocurrido a Sailor Moon.
—¿Qué le pasó? —quiso saber Sailor Mercury, quien tenía que hacer visera con su mano para protegerse de la luz plateada que brotaba de quien hace unos momentos era Sailor Moon—. Luce diferente.
—Es diferente —dijo Luna, acercándose de a poco a la mujer del vestido blanco—. No puedo creerlo. Todo este tiempo… no puedo creer que la tuviera frente a mí.
—¿A quién?
—A la princesa —dijo Luna lentamente, sin poder ocultar su asombro—. Sailor Moon es la princesa que hemos estado buscando.
En algún lugar del desierto de Nevada, 14 de febrero de 1992, 02:58p.m.
Un par de campesinos vagaban por el páramo en busca de algún animal salvaje que cazar, aunque sabían que solamente iban a encontrar alimañas apenas aptas para el consumo humano. La vida en el desierto no era exactamente un paseo por el parque y ellos se habían atrevido a instalar una granja en medio de la nada. Y, contra todo pronóstico, el negocio dio frutos gracias al descubrimiento de unas napas subterráneas.
En fin, estos dos campesinos no podían depender solamente de vegetales para alimentarse, y era por esa razón que cargaban con rifles y munición suficiente para frenar una estampida de rinocerontes. Los animales que pretendían cazar eran criaturas escurridizas e iban a necesitar de toda la ayuda posible.
Cuando estos dos campesinos vieron la figura que yacía junto a un cráneo roído por el paso del tiempo, pensaron que habían corrido con buena suerte. Iban a sacar los cuchillos para desollar a la criatura allá mismo cuando se percataron que aquella figura era humana.
—¿Pero quién diablos es ella?
La mujer tenía cabellos dorados y largos y vestía ropas apropiadas para la Edad Media. Yacía boca abajo y tenía los brazos extendidos hacia adelante, como si hubiera querido alcanzar algo con sus últimas fuerzas. Uno de los campesinos, acostumbrado a lidiar con cosas muertas, la volteó y revisó su pulso.
—¡Brian! ¡Ven aquí!
El tal Brian obedeció y se inclinó sobre la mujer, notando algo que parecía imposible.
—Está respirando. ¡La maldita está respirando!
—Tenemos que llevarla al rancho, ahora.
Brian comprendió al instante lo que debía hacer. Tomó las piernas de la mujer y se las llevó al hombro, mientras que su compañero hacía lo propio con su torso. Completamente olvidados de la cena, ambos campesinos trasladaron el cuerpo a su hogar, sin saber que estaban contribuyendo a cambiar la historia.
(6) Los que han leído el manga de Sailor V sabrán por qué Mina tiene tan mala suerte en el amor.
