XVIII
El contacto misterioso
Londres, 23 de enero de 2000, 10:56p.m.
Estaba a una cuadra de Kensington Gardens y mi corazón comenzó a impacientarse a causa de la expectación y, por supuesto, de los nervios. Las sirenas de los vehículos de policía se antojaban demasiado cercanas para mi gusto, pero puede ser que la adrenalina me estuviera jugando malas pasadas, honestamente no lo supe con certeza. A cada momento las palabras de esa nota desfilaban por mi cabeza en un bucle sin fin.
Cuando tuve a la vista la enorme área verde, les juro que se me vino el mundo encima. ¿Cómo diablos iba a esperar encontrar a quienquiera que fuese el autor —o la autora— de esa nota? Era como buscar una aguja en un pajar. Por un minuto completo dudé de la sanidad de lo que me había propuesto, aparte que la policía seguramente estaría haciendo circular fotografías de mi cara por toda la maldita ciudad. Consulté mi reloj. Eran las once con cincuenta y siete minutos. No había tiempo para pensar mucho. Tragando saliva y sintiéndome estúpido, crucé la calle y me interné en Kensington Gardens como quien entra en una jungla inexplorada.
A los diez pasos tuve una extraña sensación en la nuca, de esas cuando uno cree que lo están siguiendo. No obstante, no miré atrás, en caso que todo el asunto fuese una trampa y el juego se acabara en menos tiempo del que le tomaría a alguien decir "pero". Seguí caminando por los senderos, a un paso que esperaba no levantara sospechas.
—¿Sabe? Para ser un reportero, es demasiado precavido.
Apenas escuché las palabras, giré mi cabeza con tal velocidad que los músculos de mi cuello hicieron un sonido no muy agradable que digamos. Había una figura frente a mí, aunque los detalles estaban convenientemente cubiertos por las sombras. Lo único que pude sacar en limpio era que ese tipo no era un tipo en absoluto, tal como había intuido cuando leí la nota.
—¿Tú eres N.G?
—La única —dijo la mujer con un pequeño tinte de arrogancia—. Señor Burns, seguramente debe estar preguntándose por qué le escribí esa nota.
Mi respuesta pudo haber sido sarcástica, pues era la pregunta que me había estado haciendo desde que leí la nota, pero juzgué que aquel no era el momento para comportarse como un adolescente.
—Ilumíneme.
—Le escribí esa nota porque solidarizo con usted en que no tuvo nada que ver con la muerte de James.
—¡Por supuesto que no tuve nada que ver con eso! —exploté, apenas dando crédito a que alguien se tomara la molestia de sacarme de mi departamento solamente para decirme lo que ya sabía.
—Y además porque quiero ayudarle con su reportaje. Pienso que va por el camino correcto.
Esta vez me permití ser lo más objetivo posible con esto. Estaba de acuerdo en que una mano extra para mi investigación era algo que yo agradecía mucho, pero también estaba bien consciente de los riesgos. ¿Por qué hablo de riesgos? Pues, para empezar, no conocía a esa mujer. En segundo lugar, ¿quién me podría asegurar que tenía la real intención de ayudar y no que trabajara para las mismas personas que asesinaron a James? Tal vez estaba pecando de paranoico, pero la confianza se debía ganar.
—¿Ayudarme? —dije evasivamente—. ¿Y cómo sabía que la policía me busca por el asesinato de James?
—Eso no es realmente tan complicado —dijo la mujer, acercándose de a poco, de modo que la luz fuese mostrando más rasgos de su persona—. Vi las noticias en el momento oportuno y me dirigí a su departamento para ponerle sobre aviso.
—¿Y cómo sabe dónde vivo?
La mujer soltó una carcajada suave.
—Esa pregunta solamente realza lo bien que hice mi trabajo.
Ante las palabras de la desconocida, fruncí el ceño.
—¿A qué se refiere?
—A que le he estado siguiendo desde que estuvo investigando las malformaciones genéticas en Kent —respondió la mujer, finalmente revelando su cara. Me sorprendió lo joven que era aquella muchacha. No debía tener más de veintitrés, tenía la estatura de una modelo de ropa costosa, el cabello y los ojos de una. Después de todo, una mujer alta, de cabello color canela y ojos verdes no era algo que se veía todos los días.
—¿Y qué captó su interés?
—El hecho que podríamos estar investigando la misma cosa —dijo la mujer, sacando un trozo de periódico y tendiéndomelo como si fuese un pañuelo. Lo extendí y, cuando vi la primera plana, una oleada de sorpresa me atenazó.
—Pero esto… es…
—Sí, señor Burns —dijo la mujer, sonriendo—. El acelerador de partículas.
No pude decir nada por un minuto completo. ¿Cómo podría, ahora que sabía que yo no era el único tras la historia? ¿Acaso esa mujer era una reportera también? Algo me decía que no lo era. Pero, si ella también estaba interesada en el acelerador de partículas, tendría que saber lo demás.
—Entonces, ¿sabe lo que se debió hacer para financiar el proyecto?
Para mi sorpresa, ella negó con la cabeza.
—No, señor Burns, pero sí he encontrado otras cosas.
—¿Otras cosas?
—Sí, cosas que no debieron detener su investigación en Kent.
Recuerdo que en esa ocasión asumí que las malformaciones genéticas no se debían al funcionamiento de un reactor nuclear en las cercanías de Kent, sino que a otras razones que en su momento tildé de aleatorias. La curiosidad estaba ejerciendo su peso sobre mí, pesando más que mi sentido común y mi cautela. Trataba de decirme que esa chica aún no se había ganado mi confianza, que bien podía ser una trampa del enemigo para silenciarme de una vez por todas, pero todos sabemos que la curiosidad es lo que nos hace crecer como seres humanos… aparte del asunto con el gato. Cedí.
—¿Qué cosas encontró?
—No qué cosas —repuso la mujer, revolviendo sus bolsillos—, sino qué cosa. En singular.
Ella finalmente extrajo de sus bolsillos un par de fotografías. Como un gesto de buena fe, me las entregó para que yo pudiera verlas. Las examiné meticulosamente, como lo haría cualquier reportero gráfico, buscando alguna señal de que pudieran ser falsificaciones, pero no hallé nada raro con ellas. No obstante, lo que más me impactó fue el mismo contenido de las fotografías… y la forma en que pareció ser tomada… desde el aire.
—¿Cómo obtuvo estas fotografías? Un avión no podría hacer un vuelo rasante solamente para eso.
—Usé un dron —dijo la mujer con simpleza—. Manejado por control remoto, con una cámara adosada a su fuselaje. Cualquier otro método habría sido demasiado notorio y alguien habría sospechado.
—¿Y qué hacen esas tuberías allí?
—Oficialmente, son conductos para las aguas servidas —dijo la mujer, tomando las fotografías y devolviéndolas a su bolsillo—, pero, sabiendo que usted andaba tras malformaciones genéticas y su presunción de que podría deberse a radiación nuclear, equipé el dron con un contador Geiger y… adivine qué.
—¿Las lecturas se dispararon?
—Precisamente. Hay mucha radiación allí, pero tuve que volar el dron a una altura mínima para que pudiera captarla. No sé lo que serán esas tuberías, pero mi mejor apuesta es que son ductos de evacuación de residuos radiactivos.
—Y si lo fuesen, entonces debe haber un reactor cerca.
—Es justo lo que pensé, pero no se ve ninguna estructura que se parezca remotamente a un reactor nuclear. Pienso que éste debe encontrarse bajo tierra. Es la única explicación.
Esto último me dejó pensando. El Primer Ministro había declarado públicamente que se iba a emplear energía nuclear para hacer funcionar el acelerador de partículas. Entonces, ¿para qué diablos construir un reactor bajo tierra? ¿Para esconder la fuente de las malformaciones? Era lo más probable, pero esto también carecía de sentido. El acelerador de partículas era un proyecto gigantesco y todo el mundo sabía sobre él y cómo iba a funcionar. Lo más razonable era disponer los residuos radiactivos de una forma segura para el ambiente y para la humanidad, cosa que se hacía en la actualidad con proyectos mucho menores. ¿Por qué en esta ocasión era diferente? ¿Habría más casos como éste en otras partes del mundo?
—Necesito ir a Kent nuevamente —dije, sabiendo que si lograba resolver ese misterio, entonces podría obtener alguna respuesta sobre lo que realmente estaba ocurriendo con el proyecto del acelerador de partículas.
—Entonces yo voy con usted —dijo la mujer. Inmediatamente mis sentidos se pusieron en alerta.
—No confío en usted —dije, tratando de no sonar desagradecido por la información que me había mostrado—. Mire, agradezco que haya compartido estos datos conmigo, pero apenas la conozco y no sé con qué motivos hizo lo que hizo. Antes de todo, debería mostrarme alguna muestra de que puedo confiar en usted, de lo contrario, este será el hasta nunca.
Listo. Lo dije. Con todas sus letras. Traté de usar un tono de voz neutro para que ella no pensara que soy un reportero paranoico que no confía en nadie, o que intentaba sacármela de encima lo antes posible. No obstante, no obtuve una respuesta de ella, porque las sirenas de la policía se escucharon en todas partes. Con horror, me di cuenta que había pasado demasiado tiempo hablando con aquella desconocida. ¿Lo habría hecho a propósito? ¿Sería ella una agente encubierta? Quizás todas esas fotografías realmente eran falsas, diseñadas solamente para captar mi interés, para luego atraparme, tal como lo hacían las plantas carnívoras con los insectos.
—¿Quiere una muestra de que puede confiar en mí? —dijo la mujer en un tono inusualmente severo—. Pues sígame, porque vamos a escapar de la policía.
—¿Y cómo diablos vamos a hacer eso? ¡Estamos rodeados!
—Entonces asumo que jamás ha estado en Kensington Gardens —dijo ella, lo que consiguió desconcertarme—. No escogí este lugar porque fuese el más bonito. Por favor, sígame. No tenemos toda la noche.
Encogiéndome de hombros, más que nada porque no sabía qué aportar, asentí con la cabeza y ella me guió al trote por unos recovecos que jamás había visto en mi vida, y eso que soy inglés, y Kensington Gardens es uno de los lugares icónicos de Londres. Sintiéndome estúpido, seguí a la mujer por senderos flanqueados por árboles, dándome la sensación que estuviera cruzando un bosque en lugar de un parque citadino. Sin embargo, las malditas sirenas seguían acercándose desde todas las direcciones. ¿Acaso las condenadas patrullas habían entrado al parque? Estuve a punto de protestar cuando la mujer me tomó del brazo y me condujo por una arboleda, en cuyo final se podían atisbar las luces de la ciudad. No se veían coches patrulla ni luces estroboscópicas.
—No se alegre todavía, señor Burns —dijo la mujer entre jadeos—. Es posible que debamos enfrentar a algunos policías.
Mi corazón estuvo a punto de fallar otra vez. ¿Enfrentar a algunos policías? Aquella era una frase cuando menos suicida, y más cuando me percaté que ella no llevaba ninguna clase de arma encima. Me pregunté por segunda vez en la noche si esa mujer era una agente encubierta de la policía, pues si lo era, estaba haciendo una actuación del demonio.
Cuando ambos llegamos al final de la arboleda, vimos dos coches patrulla que se acercaban como bólidos hacia nuestra posición. Ambos vehículos derraparon sobre el pavimento, haciendo chillar los neumáticos y, en el momento que se detuvieron ambos coches, las puertas se abrieron y ocho policías salieron con armas en ristre. Nos apuntaban directamente a nuestras cabezas y se acercaban lentamente. Uno de ellos llevaba un par de esposas.
—¡Quédense donde están y pongan las manos detrás de sus cabezas! ¡Ahora!
No podía creer que había caído en la trampa. Miré de reojo a la mujer y noté que lucía inusualmente tranquila mientras obedecía las instrucciones del policía. Yo hice lo mismo, más que nada porque no tenía alternativa. Jamás pensé que mi carrera como periodista iba a acabar de este modo, apresado por la policía, con la ayuda de la agente más atractiva que jamás había visto en toda mi vida. No quería ni imaginar lo que iba a pasar después, mientras veía al policía extender las esposas y colocármelas en mis muñecas.
—Señor Jeremy Burns —anunció el policía, aunque ya sabía qué iba a decir—, usted está arrestado por asesinato en primer grado. Tiene el derecho de guardar silencio. Si renuncia a ese derecho, todo lo que diga podrá ser usado en su contra en la corte…
Pero el policía no pudo continuar con su perorata, porque un golpe seco le había distraído. Cuando giré la cabeza para ver qué había ocurrido, divisé a dos policías en el suelo, inconscientes. Luego, pude ver a la mujer, pero no estaba esposada en absoluto y tampoco parecía tener alguna herida. El policía que me había esposado desenfundó su arma, pero inmediatamente supe que era demasiado tarde. La mujer, mostrando una agilidad digna de una atleta olímpica, se arrojó al suelo, rodando por éste hacia delante y poniéndose de pie justo delante del policía. A continuación, tomó el arma, le dislocó la muñeca y le hizo una llave para emplearlo como escudo humano de ser necesario. Todo eso ocurrió en menos de cuatro segundos.
—¡Aléjense, o su colega se llenará de agujeros! —gritó la mujer, y los policías restantes bajaron sus armas y dieron pasos lentos lejos del rehén. Luego, desvió su mirada hacia mi cara—. ¡Corra!
Yo, en mi estupefacción, no respondí de inmediato, todavía alucinando con la precisión y la fuerza que esa mujer había empleado para dar la vuelta a la tortilla. Luego, me percaté que mis nervios estaban sobrecargados y que no habría podido responder de todos modos.
—¡Aléjese de este lugar! —insistió ella, esta vez con más fuerza, y al fin pude espabilar. Corrí, con las esposas puestas, alejándome de la mujer y los policías. Ya había tenido suficiente con las carreras a pie, pero seguí adelante, aunque mis pulmones ardieran a causa del esfuerzo. No pasaron más de treinta segundos cuando ella me alcanzó. No dijo nada, sin embargo. Me tomó del codo y me guió por una calle secundaria, donde había un deportivo de lujo estacionado junto a una casa de aspecto ruinoso, por lo que asumí que tan costoso vehículo era de ella.
Había asumido mal.
Detrás del deportivo había un sedán indistinguible de los miles de sedanes del mismo tipo que debían rondar Londres en ese momento. No pude evitar sentirme decepcionado cuando ella extrajo las llaves y abrió la puerta del conductor. Cuando me senté en el asiento del copiloto, noté que el interior tampoco era gran cosa. No había indicios de personalización, ni siquiera un maldito aromatizante de automóvil.
—¿Creyó que el deportivo era mío? —preguntó la mujer, notando que yo miraba el interior del vehículo con poca curiosidad.
—Ahora sé que no.
—Pero el deportivo sí es mío —dijo la mujer y la miré con incredulidad—. Lo que pasa es que no es un buen vehículo para pasar desapercibido. Por eso también tenía este sedán junto con el otro. Escogí el vehículo más común con el color más común. Tampoco lo personalicé de ninguna forma, pues la policía se fija en esos detalles también.
—¿Y por qué rayos tenías el deportivo allí? Cualquiera podría robártelo.
—Es muy difícil robar un vehículo sin un volante, ¿no crees?
Ella me indicó el asiento trasero y vi un volante desmontable sobre éste. La miré con desconcierto. Me pregunté quién diablos era esa mujer realmente. Porque alguien que poseía un vehículo con volante desmontable y que, más encima, era experta en artes marciales mixtas, no se encontraba todos los días.
La mujer encendió el motor y condujo por las calles de Londres como si no estuviera siendo buscada por la policía. Al principio esa actitud me causó un retortijón de tripas, pero luego me di cuenta que actuar de ese modo era la mejor decisión que pudo haber tomado. La policía buscaba gente que actuase de manera sospechosa, y esa mujer se estaba comportando como si no tuviera nada que ocultar. Sin embargo, sabía que la policía estaba armando un perímetro lo más amplio posible para controlar y bloquear todas las salidas posibles de la ciudad. Me pregunté cómo diablos íbamos a burlar el bloqueo policial.
Sin embargo, parecía ser que la mujer no tenía ninguna intención de salir de la ciudad, pues parecía conducir en círculos, muy discretamente claro estaba.
—¿Quién eres? —pregunté de improviso, dando voz a mis preocupaciones.
La mujer no respondió por un buen rato. Quizás estaba decidiendo cuánto revelar, por lo que asumí que debía ser alguien que trabajaba para alguna agencia de inteligencia. Mientras me hacía un escenario de por qué una agencia de inteligencia estaba investigando el acelerador de partículas, ella habló.
—Las iniciales N.G quieren decir Nicole Grey (8) —dijo ella, sin apartar los ojos del volante—. Estuve un tiempo trabajando como guardaespaldas de una princesa en un reino lejano, pero decidí renunciar porque… bueno… no era el trabajo para mí. Y, en cuanto a mi presencia aquí, digamos que quiero aportar mi grano de arena mientras encuentro mi verdadera vocación.
Por un momento, lucí conforme con su explicación, pero luego caí en la cuenta que Nicole me estaba ocultando algo, a juzgar por la forma en que había dicho ciertas cosas. Me pregunté cuáles eran sus verdaderas intenciones y qué ganaba ella con ayudarme. Pero, por mientras, decidí aceptar su ayuda, pues la necesitaba para desvelar qué había detrás del misterio del reactor nuclear de Kent.
(8) Ella es la reencarnación de la Nicole Grey que aparece en el capítulo 6 de "Lo que hay detrás de la cortina". Pronto se revelará cuál es su propósito en la historia.
Nota del Autor: Para quienes podrían estar un poco confundidos con el seudónimo que aparece como el autor de esta historia, descuiden, porque sigo siendo el mismo. Es solo que me puse un "apellido" por decirlo de algún modo. Decidí agregarme el apellido Ackerman por una waifu que tengo en el fandom de Attack on Titan (léase Mikasa). xD
