XIX
La Vanguardia de Ares y otros asuntos
Madrid, 23 de febrero de 1992, 06:47p.m.
Manuel Escudero abrió los ojos, pero el ambiente era el mismo desde que aquellos hombres decidieran secuestrarlo a plena luz del día. Estaba sentado sobre una silla de metal, austera y fría, aunque esto último se podía atribuir al hecho que estaba desnudo. Sus manos y pies seguían atados. Había pasado tanto tiempo así que había tenido que convivir con el adormecimiento de sus extremidades desde el día uno de su secuestro. Claro que no había estado solo todo ese tiempo.
A veces alguien con el rostro cubierto venía con un balde de agua y se lo arrojaba sin ninguna contemplación. Otras, alguien le hacía preguntas sobre su posición en la Comisión Internacional por la Paz, cuáles eran sus intenciones y, en algunas ocasiones, hasta le ofrecían dinero para que desistiera de sus políticas y ordenara el cese definitivo de las actividades del CIP. Por supuesto, Manuel había declinado todas aquellas ofertas. No iba a permitir que un ejército clandestino arruinara todo lo que había conseguido desde la muerte de Sailor Silver Moon, aunque eso le costase la poca dignidad que le iba restando.
Al otro lado de la situación, los soldados encargados de la tortura se estaban quedando sin opciones. Al parecer, Manuel Escudero era un hueso duro de roer.
—Podríamos aplicarle hierros candentes —dijo un operativo a modo de sugerencia.
—O bañarlo en ácido muriático —añadió otro.
—No seas imbécil, Cerberus —replicó el primer operativo, cuyo nombre clave era Minotaur a causa de su enorme tamaño—. Lo matarás antes de conseguir algo.
—No me refiero a que lo sumerjamos en ácido —dijo Cerberus, contrariado—. Con una rociada bastará.
—Oh, bueno, en ese caso es una buena sugerencia.
—Cerberus, Minotaur, repórtense en el Cubil de inmediato —atronó una voz grave por el altavoz en el techo—. Medusa quiere una actualización con respecto al objetivo.
Ambos operativos lucían contrariados. Encogiéndose de hombros, Cerberus y Minotaur salieron de la sala en la que tenían captivo a Manuel Escudero y enfilaron sus pasos hacia el Cubil, el área central de la base satélite de la Vanguardia de Ares, ubicada en las afueras de Madrid, cien metros bajo tierra. Por fortuna, los corredores comunicaban diferentes áreas de forma directa, sin recovecos ni vueltas raras. Al parecer, quien había construido la base tenía una predilección especial por la eficiencia.
Cerberus y Minotaur llegaron al Cubil y ambos tragaron saliva. Medusa era el comandante supremo de la Vanguardia de Ares y había venido personalmente a supervisar las tareas de tortura de Manuel Escudero. Ninguno de los dos sabía por qué a Medusa le interesaba mucho el presidente del CIP, pero sí tenían claro que si Medusa estaba supervisando la operación, entonces debía ser algo de carácter crucial.
—Cerberus, Minotaur —dijo una silueta femenina, convenientemente oculta por las sombras, sin ningún tipo de preámbulos—. ¿El objetivo ha escupido algo relevante?
Ambos operativos dudaron por un par de segundos antes de responder.
—Nada —repuso Cerberus con un ligero temblor en la voz—. El objetivo ha probado ser resistente a la tortura. Justamente en este momento estábamos ponderando opciones más agresivas.
—Bah, hombres —dijo Medusa en voz baja, pero llena de amenaza—. Siempre haciendo las cosas por fuerza bruta. Han estado más de una semana torturándolo y no han conseguido ni mierda.
—Lo… lo lamentamos —balbuceó Minotaur, quien era bastante dócil para ser alguien tan grande.
Medusa suspiró.
—Ni modo. Tendré que ensuciarme las manos… una vez más. —Medusa miró con desdén a Cerberus y Minotaur, y dirigió sus pasos hacia el sector penitenciario, donde encerraban a personas secuestradas u operativos que hubiesen quebrantado las reglas o desertado de la organización—. ¡Prometheus! ¡Dales un escarmiento a esos dos para que la piensen dos veces antes de hacer mal el trabajo!
Prometheus no era tan alto como Minotaur, pero no por nada Medusa lo había elegido como uno de sus tres lugartenientes. Era tal el respeto que sentía cada operativo por ese hombre que ni Cerberus ni Minotaur protestaron cuando él se los llevó a una habitación lateral, donde recibirían un castigo ejemplar.
Mientras tanto, Medusa había llegado a la celda donde Manuel Escudero había sido encerrado Abrió la reja lenta y deliberadamente y ordenó a uno de los carceleros a que la cerrara. Medusa podía tener el físico de una mujer, pero no por eso lucía débil. A sus cuarenta y nueve años, era sorprendente lo joven que lucía.
—Manuel Escudero —dijo Medusa, accionando un interruptor, lo que hizo que la celda se iluminara con una molesta luz amarillenta—, presidente de la Comisión Internacional por la Paz… Primer Ministro de España. Un placer conocerlo al fin.
—No podrás hacerme hablar, arpía del demonio —espetó Manuel con voz seca. Al parecer, haber crecido durante el régimen de Francisco Franco le había otorgado un carácter más duro que muchos de sus pares.
—Oh, lo dices porque no me conoces —dijo Medusa, acercándose a él. Manuel notó que no llevaba ningún instrumento de tortura con ella y su confianza creció un poco—. Puede que no lo hayas notado, pero no necesito ningún artefacto para causarte un dolor inolvidable.
—Ponme a prueba entonces —repuso Manuel, mirando a Medusa con ojos fulgurantes—. Puedo hacer esto todo el día.
—No después de lo que te haré —dijo Medusa con calma, paseando en círculos alrededor de Manuel—. Apuesto a que no sabes cuál es el peor dolor que puede sufrir un ser humano.
—Por favor —dijo Manuel con una carcajada sarcástica—. Todos sabemos eso. No tengo familiares a los que puedas amenazar, no tengo pareja a la que puedas usar como palanca. Lo único que puedes hacer es lastimar mi cuerpo. Y, si me matas, me convertirás en un mártir y nuestra causa crecerá a tal punto que no habrá lugares para la agresión en ninguna parte del mundo. Lo mires como lo mires, has perdido. Lo único que te queda es tragarte tu frustración.
Medusa se quedó un momento en silencio antes de soltar una carcajada desprovista de emoción o alegría.
—Me alegra darme cuenta que has fallado miserablemente en darme una respuesta sensata —dijo Medusa, deteniéndose delante de Manuel—. No. No voy a amenazar a tus seres queridos o causarte dolor físico. Lo que voy a hacerte no requiere armas, hierros candentes o ácido muriático. ¿Sabes? Creo que leí uno de tus discursos hace unos meses atrás. Recuerdo que se trataba sobre los derechos de las mujeres. Las defendías con pasión, diciendo que no eran objetos sexuales, que eran personas y que eran capaces de valerse por sí mismas. ¿Estoy en lo cierto?
Manuel recordaba ese discurso, pero no le iba a dar el placer a su captora de responder.
—Voy a asumir que es verdad —dijo Medusa en un tono ligero, discordante con el ambiente de la celda—. También sé que cuando algo está en entredicho, la gente tenderá a dudar sobre ese algo. Pasa todo el tiempo en política. Usted, mejor que muchas personas, debería saberlo, ¿no cree?
Manuel permaneció en silencio. Era cierto que la política era un juego sucio, pero él siempre había tratado de mantenerse a distancia de las triquiñuelas, sabiendo que tenía un rol más importante que el de presidir el parlamento. Se preguntó adónde quería llegar esa mujer con sus palabras.
—Pues, como ve, señor Escudero, todo en el mundo pasa por las apariencias —continuó Medusa con tranquilidad, como si estuviera tomándose un té con su prisionero en alguna cafetería parisina—. Ya verá que, después de que me ocupe de usted, nadie en este mundo lo verá con los mismos ojos. Su causa se evaporará y la humanidad pasará a manos de gente más capaz que usted de encaminarlo en la dirección correcta.
—¿Y cuál es esa dirección? —preguntó Manuel, mostrando algo de miedo en sus ojos.
—¿Sabe? Esta organización no se llama "Vanguardia de Ares" porque suene bonito —dijo Medusa con una sonrisa siniestra antes de ordenar la apertura de la celda, dar media vuelta y salir del recinto. Cuando la reja se cerró, ella volvió a encarar a Manuel entre los barrotes, no sin antes consultar su reloj de pulsera—. Le quedan dos horas antes que su causa comience a desmoronarse como un castillo de naipes. Le sugiero que aprecie el tiempo que le queda.
Y Medusa desapareció de la vista de Manuel, sus palabras colgando como un yunque sobre él. No pudo evitarlo. Tragó saliva, imaginando qué clase de horror desataría la Vanguardia de Ares para asegurarse que la causa de la paz jamás llegase a buen puerto.
Washington, 23 de enero de 1992, 11:14p.m.
El contenedor había sido puesto en el lugar que correspondía. Herbert Dixon lucía complacido, pues todo estaba discurriendo de la forma en que había esperado. Lo único que faltaba era un segundo paquete, pero ya había sido informado que éste venía en camino. De hecho, acababa de aterrizar en el aeropuerto y se dirigía a su base por tierra, bajo una fuerte escolta militar.
—Herbert —llamó una voz detrás de él. Giró sobre sus talones y se encontró cara a cara con el profesor Tomoe. Le extrañó verlo tan preocupado, a juzgar por los ojos dilatados y la forma en que comprimía y relajaba sus manos.
—¿Le ocurre algo, profesor?
—Se trata de Hotaru —dijo el profesor Tomoe con una urgencia que solamente hizo evidente su desesperación—. Hace unas horas, ella estaba bien, pero ahora… no responde. Cayó inconsciente de improviso. Tiene mucha fiebre y su condición se está deteriorando rápido. Temo lo peor. ¡No quiero perder a mi hija, Herbert!
—¿Dónde está?
—La traje a este complejo —repuso el profesor Tomoe como si temiera una reprimenda por parte de Herbert, pero él no dijo nada—. Espero que no sea un problema para usted.
—¿Y por qué no la llevó a un hospital?
—Porque aquí está la tecnología más avanzada —dijo el profesor Tomoe, un poco más tranquilo al ver que Herbert no se había enojado—. Pensé que aquí podría hallar una cura a su condición más rápido. Además, yo tendría más herramientas para tratarla.
Herbert se quedó en silencio por un momento para pensar en la decisión que había tomado el profesor Tomoe. Era cierto que habría sido más apropiado llevar a Hotaru a un hospital, pero Herbert ya había prometido que ayudaría al profesor en lo que pudiera. Necesitaba de su inteligencia, pues debía preparar las etapas finales de su plan para el mundo.
—Has tomado la decisión correcta —dijo Herbert, mostrando una pequeña sonrisa al profesor, quien mostró una expresión de profundo alivio—. Haré que trasladen a Hotaru a la bahía médica. Hay de todo allí para estabilizarla y, espero, encontrar una cura. Haga lo que sea necesario por su hija, profesor.
—Gracias, Herbert —dijo el profesor Tomoe, quien sonó realmente agradecido—. Lo haré.
Mientras miraba al profesor dirigirse a la bahía médica, Herbert juzgó que había obrado de la forma correcta. Después de todo, el profesor Tomoe había curado de forma definitiva sus dolores de cabeza. Ya no escuchaba voces ni veía imágenes en su mente, lo que siempre era algo positivo. Lo único que estaría haciendo era devolverle el favor.
—Señor —dijo la voz de Hawkins a través del altavoz—, está ocurriendo algo que definitivamente le va a interesar.
Herbert espabiló y enfiló sus pasos hacia la sala de monitoreo de la base. Encontró a Hawkins pegado a una de las pantallas de su consola de vigilancia. Aquello le causó extrañeza.
—¿De qué se trata?
—Usted sabe que tenemos acceso a todos los datos que generan los organismos militares del país.
—Sí —dijo Herbert, cruzándose de brazos—, un pequeño regalo de Richard Helms antes de irse al infierno.
—Bueno, estas imágenes son de NORAD —dijo Hawkins, quien lucía perplejo—. ¿Nota la figura con forma de estrella, esa con la firma térmica más intensa?
—La veo. ¿Qué diablos es?
—Según el Secretario de Defensa, es una nave extraterrestre —dijo Hawkins, reclinándose hacia atrás—, pero fíjese en la forma en que los gradientes térmicos se distorsionan levemente alrededor de la figura.
Herbert se acercó a la pantalla, solamente para darse cuenta que Hawkins tenía razón. Había una ligera deformación en las señales infrarrojas, como si el objeto fuese observado a través de una lupa.
—Tienes razón —dijo Herbert, frunciendo el ceño—, aunque fácilmente puede tratarse de una distorsión óptica del instrumento que captó la imagen. Además, hay que tener en cuenta que la atmósfera también refracta la luz, sobre todo en el espectro infrarrojo.
—Señor, con todo respeto, no creo que sea la atmósfera lo que causó la deformación.
—¿Por qué lo dices?
—Señor, llevo más de diez años trabajando como analista de imágenes y créame cuando le digo que este fenómeno no es natural. Si usted se da cuenta, la distorsión ocurre solamente en la silueta de la nave, lo que sea que es. Si fuese como usted dice, la distorsión debería ser más generalizada, pero no es el caso.
—¿Entonces qué crees que puede ser?
—Señor, solamente soy un analista de imágenes —dijo Hawkins humildemente—. Lo que sea que está pasando allá arriba se encuentra más allá de mis conocimientos. Tal vez usted pueda entender mejor el fenómeno.
Herbert se percató que Hawkins tenía razón. Maldiciéndose a sí mismo, Herbert miró con más detenimiento la imagen, enfocándose en la distorsión de la luz infrarroja. Solamente había una cosa allá afuera que podía obrar ese efecto en algo que viajaba a trescientos mil kilómetros por segundo.
—Gravedad —dijo Herbert. Hawkins lo miró con cierto desconcierto.
—¿Perdón?
—Lo había visto desde el ángulo incorrecto. Lo que estamos viendo no es un efecto óptico. Es un fenómeno gravitatorio.
—¿Gravitatorio?
—La luz es distorsionada por la gravedad —dijo Herbert, alejándose de la pantalla y paseándose de un lado a otro—. La gravedad está relacionada con la masa de un objeto. Si esa cosa es una nave, y lo más probable es que lo sea, entonces tiene la capacidad de alterar su masa para trasladarse grandes distancias en segundos.
—Ehh, no le sigo, señor.
—Los escritores de ciencia ficción tenían razón después de todo —dijo Herbert, con el ánimo por las nubes—. Si estoy en lo cierto, esa nave puede incrementar su masa de tal forma que es capaz de retorcer la curvatura espacio-tiempo y llegar a cualquier lugar y a cualquier tiempo, desde cualquier lugar y cualquier tiempo.
Hawkins frunció el ceño.
—¿Me está diciendo que esa nave viene de otra parte del universo?
—O del futuro —dijo Herbert.
Tokio, 23 de febrero de 1992, 04:57p.m.
La fiesta había acabado hace unos pocos minutos atrás, y Serena y sus amigas se sentían más relajadas de lo que habían estado en varios días. La tertulia tenía lugar en la casa de Rei y ellas habían invitado a Darien y a los Generales, con miras a reanudar el romance que había comenzado en los tiempos del Milenio de Plata. Claro que Serena no necesitaba una excusa para acercarse más de la cuenta a Darien, y él tampoco. Era como si ninguno de los dos hubiera muerto en aquella trágica batalla contra los Desterrados.
—Oye, Serena —dijo Rei, comiendo algo del sushi que había preparado Lita para la ocasión—. Recuerda que tienes amigas.
—Por favor, Rei, no mates el romance —repuso Serena en su usual tono chillón—. Mira al pobre Jadeite. Necesita compañía.
—¡Está ocupado hablando con Kunzite!
—¿Y qué? Se supone que para eso hicimos esta fiesta.
—De hecho, Serena —intervino Amy, quien estaba sentada en un sillón, de la mano con Zoisite—, hicimos esta fiesta para celebrar nuestra victoria sobre el Reino Oscuro, pero también es una oportunidad para restablecer vínculos rotos.
—Bien dicho, Amy —dijo Zoisite con una sonrisa pequeña. Era obvio que a él también le costaba expresar emociones, pero no lucía tan frío como de costumbre—. Por cierto, Lita cocina exquisito.
—¿Verdad?
De repente, brotó humo de la cocina y luego, un olor a pescado quemado hizo que todos arrugaran las narices. Segundos más tarde, Nephrite apareció por la puerta de la cocina, cubierto de ceniza y una expresión de profunda frustración.
—No hay caso. Jamás cocinaré como Lita.
—Bah, no te preocupes —dijo la aludida, quien apareció detrás de él, abrazándolo por la espalda—. Siempre podrás contar conmigo para probar las más deliciosas comidas y los postres más dulces.
—Es que… no estoy acostumbrado a vivir en un mundo como este.
—Dale tiempo —dijo Mina, quien llevaba una pizzas a la mesa, contoneándose para llamar la atención de Kunzite—. Estoy segura que lograrás aclimatarte bastante bien—. Luego, desvió la mirada hacia Serena y Darien una vez que hubo cumplido con su trabajo—. Esos dos no pierden el tiempo, ¿eh?
—Bueno, nosotras tampoco deberíamos hacerlo —dijo Lita, dejando de abrazar a Nephrite, observando cómo Amy parecía estar siguiendo su consejo—. Debo admitir que Amy, pese a que es muy racional, se maneja muy bien en asuntos románticos.
—Pues yo no veo que haga mucho empeño —dijo Mina, también mirando a Amy y Zoisite—. Solamente conversan de cosas que el resto de los mortales no entiende.
—Tal vez Amy entiende el amor mejor que tú, Mina —acotó Lita, recordando que debía preparar los canapés—. Curioso, viendo que eres Sailor Venus, la guerrera del amor y la belleza.
—Bah, cállate —le espetó Mina, caminando para ver si podía gozar de un momento con Kunzite. Lita, por otro lado, regresó a la cocina a finalizar los últimos comestibles antes de unirse a la fiesta también. No obstante, ninguno de los presentes había notado que tanto Serena como Darien habían desaparecido por completo de la fiesta, ocupados en sus propios asuntos.
Cinco cuadras al este de la casa de Rei, Serena y Darien caminaban por el borde de una laguna, respirando el aire veraniego, tomados de la mano, olvidados completamente de la fiesta.
—¿Crees que, de ahora en adelante, estaremos siempre juntos? —preguntó Serena, deteniéndose frente a un pequeño muelle y mirando a Darien con ojos brillantes.
—No lo creo, Serena —repuso Darien y Serena abrió la boca, desconcertada—. Lo sé. Sé que siempre estaremos juntos, no importa lo que pase.
El corazón de Serena pegó un brinco. Había creído que él no siempre estaría para ella, pero escuchar semejantes palabras de su boca la había dejado con una alegría que no había sentido… bueno… nunca. Poniéndose colorada, abrazó a Darien, mirándolo con ojos grandes y brillantes. Creía que la sonrisa de él era la más hermosa que había visto alguna vez. Sus ojos le decían "no tengas miedo y bésame". Serena obedeció con placer.
Era como si estuviera perdida en otro mundo, un mundo donde no importaba en qué dirección estuviera todo. Besando a Darien, Serena se sentía como ingrávida, dando vueltas en el vacío, sensación que era más intensa si cabe cuando ella cerraba los ojos y se dejaba inundar por aquella alegría. Estoy besando a mi príncipe se dijo Serena, sintiendo que había entrado en un cuento de hadas, de aquellos con un final feliz. Pues ella estaba viviendo aquel final feliz, ignorando que, arriba de su cabeza, un fenómeno extraño estaba teniendo lugar.
Era como si el cielo estuviera siendo observado por una lupa. Las escasas nubes parecieron retorcerse en cámara lenta y el centro del fenómeno se estaba tornando oscuro. Ni Serena y Darien se percataron de lo que ocurría directamente encima de ellos, pero la distorsión se estaba expandiendo cada vez más, hasta que el centro fue lo suficientemente grande y, cuando eso ocurrió, una persona pareció brotar del agujero, dando vueltas en el aire.
Serena fue pillada completamente por sorpresa cuando algo muy duro golpeó su cabeza y la envió de bruces al suelo, pegándose en la cabeza y viendo estrellas. Estuvo un momento fuera de combate hasta que el reverendo mareo que la tenía casi inconsciente fue remitiendo y pudo ponerse de pie, dando tumbos. Luego, la sorpresa y la indignación.
Había una niña en el lugar que Serena había ocupado hace poco rato atrás. Era una niña con un peinado muy similar al que ella misma ostentaba, pero de un color rosa chicle. Vestía ropa de estudiante, con una falda muy corta, demasiado corta para una niña de su edad. Para su irritación, le daba la impresión que esa niña estaba besando a Darien. Aquello le hizo despejar las últimas nubes que tapaban su raciocinio.
—¿Pero… pero quién rayos eres tú? —inquirió Serena en un tono brusco que hizo que la niña girara su cabeza en su dirección. Darien lucía bastante desconcertado y miraba a la niña como si ella fuese un extraterrestre. Serena, cuando la niña giró su cabeza, notó que había una especie de llave que colgaba de su cuello, como si fuese un pendiente.
La niña abandonó a Darien y miró con el ceño fruncido a Serena.
—Me llamo Serena —dijo ella, desconcertando tanto a la Serena más adulta y a Darien.
—¿Serena? —quiso saber Serena con incredulidad—. ¡Eso no es posible!
—Mi madre me puso ese nombre —dijo la Serena pequeña—. Claro que es posible. Por cierto, ¿por qué te peinas como yo?
—¿De qué diablos estás hablando? —rugió la Serena grande—. ¡Siempre me he peinado de este modo! ¡Serena Tsukino siempre se ha dejado estos moños en el cabello, porque ese es mi estilo!
La Serena pequeña frunció el ceño y se llevó las manos a su espalda, como si estuviera buscando algo, cosa rara, pues el uniforme de la niña no parecía tener bolsillos.
—Así que… tú eres Serena Tsukino —dijo la Serena pequeña, haciendo aparecer una pelota cuyo parecido con Luna era inquietante—. Si tú eres Serena Tsukino, entonces tú lo tienes—. La Serena pequeña dio varios botes a la pelota con forma de Luna y se transformó en una pistola, la que la niña tomó y apuntó a la cabeza de la Serena grande.
—¿Qué? ¿Qué es lo que tengo?
Los ojos de la Serena pequeña semejaban rendijas.
—El Cristal de Plata —dijo la pequeña, lenta y deliberadamente—. Lo necesito en este minuto. Entrégamelo, de inmediato, o lo pasarás muy mal.
Nota del Autor: Voy a responder a un comentario que me llegó por este medio, pues no lo puedo hacer por PM.
Para empezar, Kent es una localidad de Inglaterra. No me refiero a Superman con eso. xD Segundo, es raro que en un comentario de un fic de Sailor Moon se mencione algo sobre Attack on Titan, pero, ya que estamos en el tema, sí. A juzgar por lo que vi del anime, SPOILER ALERT Mikasa parece estar enamorada de Eren, pero él no siente lo mismo que ella o al menos eso parece, por lo que no le veo mucho futuro desde el punto de vista del canon. Pero sí es un ship muy popular en Japón (de hecho, es uno de los más populares) y a mí, personalmente, me gusta juntarlos. FIN SPOILER ALERT.
Por último (y esto no es una respuesta) en esta historia voy a cubrir los cinco arcos de Sailor Moon (con muchas variaciones), más un sexto de mi propio diseño (teniendo en cuenta todo lo que ha pasado en las dos entregas previas y que dará respuesta a por qué llamé a esta historia "Ascensión").
Saludos lunares titánicos.
