XXI
De regreso a Kent

Londres, 23 de enero de 2000, 11:06p.m.

Llegamos a Kent a eso de las tres y media de la mañana. Como era natural, no había nadie en las calles, a excepción del borracho de turno y la típica prostituta callejera. Les juro que le habría pagado unas cuantas libras esterlinas si hubiera tenido el cuerpo de la mujer que iba conduciendo a mi lado.

Durante el trayecto me quedé pensando en Nicole Grey y en su disposición a ayudarme a desvelar el misterio del proyecto del acelerador de partículas. No obstante, había algo que siempre interrumpía mis pensamientos, y se trataba de algo irrisoriamente simple; Nicole era endiabladamente atractiva y había momentos en que gastaba más que una mirada inocente en ella. Sin embargo, ella parecía no darse por enterada. Asumí que estaba concentrada en lo que Kent escondía bajo la superficie, lo que me permitía admirarla con un poco más de margen.

Nicole se detuvo en un estacionamiento que cobraba por hora y ambos salimos al aire de la madrugada. Había poco viento, pero el frío era casi intolerable. Afortunadamente, había venido preparado para la ocasión y nos dirigimos al sitio donde ella había usado el dron. No nos topamos con ningún policía en nuestro trayecto, solamente con otra prostituta que me había ofrecido el mejor sexo de mi vida por solamente cincuenta libras esterlinas. Ni me tenté.

Cuando llegamos al sitio, nos encontramos con nuestra primera sorpresa. Nicole también lucía estupefacta.

—¿Estás segura que es el mismo sitio? —le pregunté con una mirada incierta.

—Completamente —repuso Nicole, mirando el letrero con curiosidad—. No estaba eso cuando vine aquí con mi dron.

—¿Y qué podría significar esto?

—Un montón de cosas —dijo Nicole, llevándose una mano al mentón—. Cuando llegué aquí por primera vez, este sitio era propiedad del gobierno.

—Y ahora pertenece a una compañía privada.

—Bueno, si en verdad hay un reactor nuclear bajo la superficie, entonces las implicaciones son desconcertantes. Y, si este reactor servirá para proporcionar energía al acelerador de partículas, eso quiere decir que el proyecto no es una iniciativa gubernamental… es una empresa privada, dirigida por privados y financiada por privados.

—Pero… se supone que el interés derivado de los préstamos y créditos está financiando el proyecto —argumenté, pero la epifanía llegó apenas terminé de hablar. Recordé la conversación que había tenido con James sobre el sistema bancario de reserva fraccionaria, y me percaté que no eran los gobiernos quienes imponían las tasas de interés, sino los bancos. Pero, hasta hace unas tres semanas atrás, los bancos apenas tenían participación en la sociedad actual, actuando como simples intermediarios del dinero. Aquello había sido así desde la muerte de la legendaria Sailor Silver Moon. No obstante, de una forma misteriosa, los bancos habían retomado el control de las finanzas prácticamente de la noche a la mañana. No supe cómo pasé por alto ese hecho, pero ahora, viendo el letrero anunciando que el terreno frente a nosotros había pasado al control de una compañía privada, estaba comenzando a ver que el proyecto del acelerador de partículas no era la gran iniciativa mundial que yo creía que era. Y sabía que cualquier proyecto financiado, aunque fuese indirectamente, por privados, implicaba necesariamente algún beneficio monetario. La siguiente pregunta era la siguiente: ¿a quiénes iba a beneficiar la construcción y la operación del acelerador de partículas? ¿Era realmente la herramienta científica que permitiría vislumbrar los bloques sobre los cuales fue erigido el universo? Porque conozco lo suficiente sobre los bancos y sus dueños para entender que la comprensión de nuestro entorno no estaba entre sus prioridades. A los bancos siempre les ha interesado una cosa.

Dinero.

—Eso era lo que estabas investigando —dijo Nicole, buscando entre sus cosas alguna herramienta que le permitiera atravesar el cerco frente a ella—. Podrías compartir conmigo tus hallazgos mientras encuentro algo con lo que cortar estos alambres.

—¿Y te aseguraste que no fuese una cerca electrificada?

—Hay una forma muy fácil de saberlo. —Nicole cogió una rama seca y la arrojó a la cerca. Nada ocurrió.

—Es suficiente para mí —dije, reuniendo toda la información que había encontrado en mis investigaciones—. Seguramente sabes que mi amigo James está muerto.

—Sí, es por eso que estás conmigo —dijo Nicole, aún revolviendo en su mochila—. La policía cree que tú lo asesinaste, pero yo puedo protegerte de ellos. Tengo… nociones de combate más avanzadas que incluso las divisiones más especializadas del ejército de Estados Unidos.

—¿Y cómo aprendiste a luchar de ese modo? —pregunté, recordando cómo ella había reducido sin ninguna complicación a varios policías entrenados—. Perdón —añadí, percatándome de la forma en que Nicole me estaba mirando—. Fue un trabajo que yo hice, en mis tiempos de reportero gráfico, lo que me hizo entrar en esta investigación del financiamiento del acelerador de partículas. Debiste haber visto a ese imbécil del Primer Ministro hacer esa increíble declaración.

—Todo el mundo la vio.

—Lo que no dijo, y esto lo supe por boca de James, que el proyecto iba a ser financiado con los intereses que recauden los bancos centrales de todo el mundo. Es por eso que hubo cambios en la política del banco central de este país. Pero James me dijo que esos intereses que se cobran sobre los préstamos y créditos no existen en la oferta monetaria, por lo que más dinero era necesario para costear los intereses. Es ese dinero el que financiará el acelerador de partículas. Los economistas dicen que esto va a dinamizar la economía de formas jamás vistas, pero eso implica el incremento de la deuda, porque el dinero valdrá menos, los bienes y servicios subirán de precio y la gente tendrá que solicitar créditos y préstamos para solventar las deudas, añadiendo más interés y alimentando el círculo.

—Asegurándose de tener el dinero suficiente para costear la construcción del acelerador —dijo Nicole, y yo me asombré de lo rápido que había sido para comprender el alcance de la situación. Antes de conocer a Nicole, yo solía pensar que las chicas atractivas nunca, pero nunca, nunca tenían un cerebro a la altura de su anatomía. Después de todo, era más rentable tener un cuerpo atractivo que tener cabeza para cualquier cosa, y eso era patente en la publicidad, en los concursos de belleza, cuya utilidad real era nula, incluso allá mismo en Kent, cuando vi a esa prostituta. Ella no estaba haciendo otra cosa que comerciar con su cuerpo, y lo triste era que resultaba. Pero Nicole había demostrado que una buena anatomía y una cabeza rápida sí eran compatibles. Aquello hizo que mi admiración por ella —y para qué negarlo, mi atracción por ella— se quintuplicara.

—No estoy seguro si es esto lo que realmente quieren los bancos —dije, dando voz a una preocupación que me estaba carcomiendo por dentro, porque ya he dicho que mi economía era muy ajustada y necesitaba de cada libra esterlina que cayera en mi cuenta bancaria, lo que me hacía muy sensible a toda esa gente que debía ganarse la vida rompiéndose las espaldas—, porque si lo es, entonces es un plan terrible.

—No creo que los dueños de los bancos desconozcan los efectos de sus propias políticas sobre el comercio —dijo Nicole, encontrando un alicate de proporciones industriales en su mochila—. Puede que el proyecto del acelerador de partículas sea una pantalla de humo, una mera excusa para incrementar sus ganancias a expensas de los demás. Pero eso no explica por qué estuvieron instalando reactores nucleares en todo el mundo.

Cuando Nicole terminó de hablar, la miré con desconcierto. Puse atención en sus últimas palabras.

—¿Hay más reactores?

—Muchos más, listos para su funcionamiento —repuso Nicole, luciendo preocupada. Por mi parte, no sabía que había más reactores nucleares y forzosamente tenían que haber sido construidos con años de anticipación. Eso me hizo preguntarme si el anuncio del Primer Ministro había llegado muy tarde o si alguien había decidido que ese era el momento para hacer público el proyecto. Ese alguien tenía que, por fuerza, ser una persona fuera del gobierno, seguramente alguien con una gran influencia política y económica.

—¿Y siguen una trayectoria definida?

—Están en hilera alrededor del mundo —respondió Nicole—, incluso hay reactores submarinos, pero no supe de ellos hasta que una… colega me informó que hay boyas en altamar señalando la ubicación de los reactores. Conté en total unas cincuenta plantas nucleares.

¿Cincuenta plantas nucleares? Se trataba de una cantidad muy disparatada como para tratarse de un plan reciente. Alguien tuvo que haber planificado esto del acelerador de partículas con muchos años de anticipación. Pero había una contradicción en todo esto. Si la planificación del acelerador había comenzando hace tanto tiempo, ¿cómo rayos se había financiado la instalación de los reactores, si el sistema bancario que hizo posible la construcción de las plantas fue implementado hace solamente tres semanas?

—Son muchas plantas —dije, nuevamente dando voz a mis preocupaciones—. Ni me imagino cuánto dinero se debió invertir para construirlas.

—Bueno, de acuerdo a la información que he recopilado, las plantas nucleares no fueron iniciativas privadas —dijo Nicole, sorprendiéndome—. Fueron los gobiernos de los países correspondientes los que financiaron los reactores, pero fue otra persona quien designó la ubicación de las plantas nucleares.

—¿Quién?

—No lo sé —dijo Nicole, cortando los alambres y pasando a través de ellos—. En los documentos que consulté no aparecía su nombre. Es como si alguien quisiera proteger la identidad de ese individuo.

—Bueno, si ese alguien fue quien dio indicaciones para el emplazamiento de los reactores, debe ser el mismo quien planificó la construcción del acelerador de partículas. Sería demasiada coincidencia que los reactores estuvieran tan cerca de la trayectoria del acelerador de otro modo.

Nicole no dijo nada. Extrajo una linterna de su mochila y la encendió. No iluminaba mucho, pero era suficiente. De todos modos, estábamos metiéndonos en propiedad privada, algo que definitivamente me iba a enviar a la cárcel, aparte del lío con James, claro. Contemplé a Nicole una vez más. No lucía para nada aprensiva, pese a que estaba cometiendo un crimen al cortar los alambres de la cerca y entrar a hurtadillas en propiedad privada. No obstante, algo me estaba comenzando a inquietar, y no fue hasta que anduvimos diez minutos por el terreno cuando me di cuenta de lo que era.

—No nos hemos topado con ningún guardia.

Nicole me miró con sus penetrantes ojos verdes, y supe que ella estaba pensando en la misma cosa.

—Es cierto —dijo, guardando la linterna y sacando dos objetos que parecían gafas de alta tecnología. Me tendió uno de ellos y yo me quedé como perdido, sin saber qué diablos hacer.

—Son gafas de visión nocturna —explicó Nicole, pero yo quedé aún más extraviado que antes. Hasta donde yo tenía entendido, aquellos aparatos solamente podían ser usados por las fuerzas armadas y su uso civil estaba penado por la ley.

—¿De dónde diablos sacaste esas cosas?

—Digamos que los militares a veces cometen errores de inventario —dijo Nicole, poniéndose las gafas y animándome a que pusiera las mías—. Créeme, nadie las va a echar de menos.

Todavía con dudas, me puse mis gafas y las encendí. Me sentía ridículo usando esas cosas, y más cuando vi que todo el mundo estaba teñido de un verde bastante molesto. Claro, había visto películas en que había soldados usando gafas de visión nocturna, pero jamás creí que yo terminaría usando una alguna vez. Había que decirlo; me sentía… clandestino.

—Allí hay un ducto —dijo Nicole, indicando un objeto alargado y blanco cuya tonalidad de verde era más clara que el resto del entorno—. Detengámonos aquí. Estas cosas están hechas de plomo para evitar que la radiación escape al aire, pero debemos ser muy cautos. Usaré un sensor Geiger remoto.

Nicole extrajo de su mochila una especie de pistola de aire comprimido y la apuntó al ducto. Cuando apretó el gatillo, se escuchó un sonoro siseo y, fracciones de segundo más tarde, un sonido de succión le dijo a Nicole que el sensor se había fijado al ducto correctamente. Una pantalla en la misma pistola le estaba indicando la lectura de radiación dentro del ducto.

—¿Y cómo puedes tener una lectura de la radiación? El plomo la aísla por completo.

—Vaya que estás atrasado en la tecnología —dijo Nicole con una risita—. Los contadores Geiger clásicos no funcionarían aquí, pero este sensor detecta el movimiento de ciertas partículas subatómicas llamadas bosones w y z. Esas partículas gobiernan el decaimiento radiactivo. Mientras más se muevan, mayor radiación hay.

—¿Puedes detectar el movimiento de partículas millones de veces más pequeñas que un átomo? ¿Con un sensor de ese tamaño? Yo creía que los aceleradores de partículas se usaban para crear esas mismas… cosas.

—Sí, pero la energía que generan con sus movimientos es perceptible por sensores como el que acabo de usar. De todos modos, yo no diseñé estos aparatos. Fue una mente mucho más inteligente que la mía quien los hizo. —Nicole consultó la pantalla y frunció el ceño—. Dos mil rads. Es mucha radiación. Significa que el reactor está cerca.

Nicole disparó otro sensor diez metros a la izquierda del primero y, como antes, consultó las lecturas.

—Dos mil cincuenta rads. El reactor está hacia la izquierda.

Seguí a Nicole hasta que estuvimos a cinco metros del ducto y discurrimos a nuestra izquierda. No nos atrevíamos a correr, en caso que hubiera algún guardia patrullando en las cercanías. Mirábamos en todas direcciones, incluso por encima del ducto a nuestra derecha, pero no podíamos ver ninguna figura humana. Tal vez estuvieran vestidos de modo que fuesen invisibles para las gafas de visión nocturna. Nicole pareció ser de la misma opinión, porque me indicó que girara una perilla en el lado derecho de las gafas. Dudé un poco, pero hice lo que me pidió y, de forma inmediata, el mundo cambió por completo. Ahora veía formas raras en graduaciones de varios colores.

—Es visión térmica —explicó Nicole, moviéndose con cautela junto al ducto—. Ninguna persona puede ocultar el calor que emite su cuerpo. Sabremos de inmediato si alguien se acerca.

—Pues pudiste haberme dicho que activara la visión térmica desde el principio —rezongué, aunque sabía que Nicole no lo había hecho antes porque necesitaba ver el ducto, y éste no emitía calor—. Discúlpame. Soy un estúpido.

Nicole no dijo nada. Siguió caminando con cautela, cerciorándose de que no hubiera nadie cerca. Yo la seguía de cerca, con el corazón en un puño, cada vez más seguro de que nos íbamos a encontrar con alguien tarde o temprano. Fue cuando Nicole se detuvo y casi choqué con ella.

—¿Qué pasa?

—Hay cuatro hombres a unos treinta metros de nosotros —murmuró Nicole. Me asomé por detrás de su figura y ver lo que ella estaba viendo. Era cierto. Cuatro individuos estaban de pie, formando un cuadrado alrededor de algo que no podía ver. Tal vez estaban custodiando la entrada al complejo del reactor nuclear, pero necesitábamos evidencia. Nicole pareció leer mi mente, porque se acercó a los guardias, haciendo el menor ruido posible y, tomándolos por sorpresa, los noqueó en un dos por tres. Así como así, sin que ninguno de ellos pudiera oponer resistencia. Me pregunté de dónde diablos había salido esta mujer y qué clase de entrenamiento había recibido para pelear de ese modo.

—Jeremy —me llamó Nicole, indicando lo que parecía un portón—, aquí hay algo. Ven para que lo veas.

Aunque ya no hubiera guardias en las cercanías, de igual modo me aproximé a Nicole en cámara lenta. Treinta malditos segundos me demoré en llegar a su lado, treinta segundos que se me hicieron condenadamente largos a causa de la aprensión. Sin embargo, nada ocurrió. Llegué al portón y, desactivando mi visión térmica y cambiándola por la visión nocturna, vi el cartel adosado al portón. Fue cuando comprendí que jamás debí haber abandonado la investigación de las personas con malformaciones en primer lugar.

Estación nuclear de Kent
Acceso restringido a personal autorizado

Era obvio que, en algún lugar del ducto de evacuación de residuos radiactivos, había una fuga que, de algún modo, estaba permeándose al sistema de agua potable. No estaba en nuestro presupuesto averiguar dónde rayos se localizaba la fuga, pero sí podríamos hacer nuestro trabajo… o mejor dicho, el mío.

De algún modo, la gente y las autoridades pertinentes tenían que saber acerca de Kent y de sus habitantes.

No obstante, había que superar un gran escollo antes de filtrar la noticia a la prensa. Seguramente recuerdan que la policía me buscaba por el asesinato de James Harrington. Pues necesitaba limpiar mi nombre antes de publicar el artículo. No creo que sea necesario explicar lo que podría pasar si me pongo a escribir un reportaje cuando estoy siendo buscado por la policía por asesinato en primer grado. Como si necesitase el descrédito en mi carrera, justo cuando estaba avanzando en la dirección correcta.

—Deberíamos irnos —sugerí, y Nicole estuvo de acuerdo—. Necesito hacer pública esta información. Con suerte, alguien investigará los ductos y encontrará la fuga, pero no puedo hacerlo mientras soy buscado por la policía. Necesito limpiar mi nombre.

Nicole me miró con una mirada inescrutable por un par de segundos antes de abrir la boca.

—Te ayudaré —fue todo lo dijo, y, honestamente, era todo lo que necesitaba de ella.

Sin embargo, el tiempo me haría ver que estaba equivocado en esto último.