XXIV
Viento divino

Washington, 26 de febrero de 1992, 03:14p.m.

Aquellos eran tiempos bastante ajetreados en el Pentágono. El Secretario de Defensa Desmond Hudson había llegado a la sala de reuniones, acompañado de todo el Consejo de Seguridad Nacional, además del director general de la CIA y el de la NSA. Había muchos asuntos sobre los que se necesitaba discutir de forma urgente, sobre todo teniendo en cuenta los últimos informes de inteligencia y de NORAD. También estaban presentes representantes de tres de los más grandes contratistas de defensa en los Estados Unidos. Sin embargo, la presencia de aquellos tres personeros era un misterio para los demás hombres reunidos, salvo para Desmond Hudson.

—Señores aquí presentes —comenzó Desmond Hudson, mirando a todos con una expresión que reflejaba la severidad de la situación, cualquiera que fuese—, estamos aquí reunidos para discutir sobre las amenazas que el mundo está enfrentando en este preciso minuto. Ha habido diversos reportes sobre sucesos extraños que han ocurrido en diversos países, e incluso fuera de este mundo, sucesos que podrían poner en peligro a la humanidad en su conjunto.

Desmond hizo un gesto para que un técnico encendiera la gran pantalla que dominaba la sala y, en ella se mostró lo que parecía una semilla colosal bajo diversas bandas del espectro electromagnético.

—Esto… es un meteorito, o al menos eso es lo que parece —dijo el Secretario de Defensa, usando un puntero láser para indicar el cuerpo celeste—, pero, según los informes de un par de astrónomos de la Agencia Espacial Europea que observaba el espacio desde un observatorio en Chile, la masa de este "meteorito" es significativamente menor que la de un cuerpo normal del mismo tamaño. Además, su velocidad ha estado disminuyendo desde que entró en la magnetósfera del planeta, lo que indica que este meteorito no es de origen natural. Alguien lo diseñó.

Hubo un murmullo general de incomodidad entre los presentes, mirando con ojos dilatados la imagen del meteorito.

—Pero eso no es todo —continuó Desmond, indicando una segunda imagen, la cual era un análisis espectrográfico del meteorito—. Como pueden ver, el cuerpo celeste contiene una cantidad enorme de firmas de carbono, junto con cantidades similares de nitrógeno, hidrógeno y oxígeno. Son elementos orgánicos.

El murmullo se hizo aún más pronunciado si cabe. La presencia de componentes orgánicos en un meteorito solamente podía indicar una cosa, y se trataba de algo más que importante.

—¿Me estás diciendo que hay vida en ese meteorito?

—Es precisamente lo que estoy diciendo —dijo Desmond, ordenando al técnico que cambiara la imagen por un video que, al parecer, había captado una cámara de seguridad—. Necesitamos obtener una muestra de ese meteorito antes que a esos imbéciles de la NASA se les ocurra enviar un transbordador. Esto es un asunto de Seguridad Nacional.

Nadie dijo nada, a sabiendas de lo que había querido decir Desmond con esas palabras. En el mundo de la inteligencia y la defensa, todo fenómeno extraño era una amenaza a la Seguridad Nacional hasta que se probara lo contrario.

—Si llegamos a la conclusión que este meteorito no es una amenaza, podremos compartir este descubrimiento con el resto del mundo. Hasta entonces, prohibiremos a todas las agencias espaciales hacer público el descubrimiento.

—¿Y cómo lo harás, Desmond? —preguntó un representante de su respectiva contratista de defensa—. No podemos silenciar a tantas personas.

—No, pero siempre podremos subir los aranceles de las importaciones de sus respectivos países —dijo Desmond, recordando que debía visitar a un amigo que trabajaba en la tesorería—. De hecho, creo que es la medida correcta, porque los productos europeos y asiáticos están subiendo de precio a causa de "gastos mayores en investigación y desarrollo", cuando todos sabemos que se invierte más en publicidad que en I&D. Si quieren vender sus productos y servicios, tendrán que atenerse a las condiciones que les imponemos, o muchas compañías irán a la quiebra, desestabilizando sus economías. Ningún país quiere eso, ¿verdad?

Hubo un murmullo de aprobación entre los participantes de la reunión. Desmond volvió a mirar la pantalla, y los demás hicieron lo mismo.

—Este video fue grabado en Tokio hace unos días atrás —dijo Desmond y todos fueron testigos de cómo un grupo de chicas, quienes no tendrían más de quince años de edad, usaba lo que parecían poderes mágicos en contra de una entidad que lucía como un murciélago colosal. Lo más destacable sobre ese grupo de chicas era el uniforme que usaban; lucían como marineras, pero con más ornamentos, listones de varios colores y unas faldas extremadamente cortas.

—Espera un momento —dijo el director de la CIA, Joseph Allen, frunciendo el ceño—. A esas muchachas las he visto antes, en antiguos reportes de Richard Helms. Hablaba de lo que él llamaba "Sailor Senshi" y sus capacidades mágicas. También decía que hubo un tiempo en que él tenía a una de ellas como operativo de nuestra agencia.

Todos los presentes, incluyendo Desmond Hudson, contuvieron el aliento. Era la primera vez en más de veinte años que la CIA desclasificaba información sobre las Sailor Senshi, y Desmond no lucía muy contento que digamos.

—¿Y pensabas compartir esa información cuándo?

—Cuando ellas volvieran a aparecer —dijo Allen, recordando lo que había dicho una vez Richard Helms en una grabación pocos días antes de haber sido encontrado muerto en condiciones muy extrañas—. Según Helms, él sabía que volverían a aparecer en algún momento, que un asociado le había informado de tal cosa. —Allen miró el video antes de volver a clavar la mirada en Desmond—. Parece que tenía razón.

—Pues pudiste haber hecho algo antes —dijo Desmond con poca paciencia—. Justo ahora iba a explicar que las Sailor Senshi son la peor amenaza a la seguridad nacional que tenemos justo ahora. Así que dime, Joseph, todo lo que sepas sobre estas guerreras.

El aludido se puso de pie al tiempo que Desmond tomaba asiento, seguramente para escuchar lo que la CIA le había mantenido oculto por 23 años. De todos modos, aquel modus operandi de la agencia no era extraño, para nada. En 1963 se las arreglaron para culpar a otra persona del asesinato de Kennedy, cuando había sido un asociado de Richard Helms quien había hecho el trabajo, de un modo que hasta ese día resultaba incomprensible. Era increíble que mucha gente todavía no entendiese que fue lo que realmente había pasado el 22 de noviembre de 1963.

—Bueno, no son las mismas que aparecieron en la década de los sesenta —aclaró el director Allen, carraspeando un poco—, pero había una de ellas particularmente destacable. Estoy hablando de Sailor Silver Moon.

A la sola mención de ella, todos se removieron en sus asientos y hubo un murmullo de nerviosismo. Ninguno de los presentes supo explicar por qué reaccionaron de ese modo cuando el director Allen dijo el nombre de Sailor Silver Moon.

—Sailor Silver Moon protagonizó muchos incidentes en la década de los sesenta. Estuvo involucrada en los eventos que causaron la muerte del presidente Kennedy en 1963, fue operativo de la CIA por dos años y se dice que fue la responsable del fin de la Guerra Fría en junio de 1969, parando cien mil cabezas nucleares por sí sola. Estoy seguro que esto último es una exageración, pero, de acuerdo a las declaraciones de Lyndon Johnson, Richard Helms, Leonid Brezhnev y otros, ellos juraron escuchar un gran grito que parecía provenir desde todas partes, y también vieron un destello plateado que cubrió todo el cielo. Después, todos los ICBMs lanzados tanto por nosotros como por la Unión Soviética fueron desactivados y cayeron sin estallar. Hubo muchos ciudadanos que corroboraron la historia, demasiados para que esto fuese un simple juego de pirotecnia barata. Sigo creyendo que no existe fuerza en este mundo capaz de detener cien mil cabezas nucleares, pero hubo gente que lo creyó en su momento.

—¿Podrías ir al punto, Joseph? —gruñó Desmond con impaciencia.

—Pero esto es relevante —dijo el director Allen, indicando con un dedo a las imágenes de las Sailor Senshi—. Ellas son guerreras con poderes extraordinarios, poderes que hasta el día de hoy no entendemos. Y están bajo la jurisdicción del Japón en estos momentos. Imagínense si, en algún momento, nuestras relaciones con Tokio se vuelven inestables. Ellos fácilmente podrían enviar a las Sailor Senshi a modo de medida disuasoria. Por mucho poder bélico que dispongamos, sencillamente no seríamos capaces de detenerlas.

—Dudo que nuestras relaciones se estropeen a ese nivel —intervino Desmond, poniéndose de pie—. Hay que recordar que nuestra primera línea de defensa siempre será la economía. Japón no dispone de muchas materias primas, para empezar, y China aún está estancada en el comunismo. Por ahora, nosotros somos los mayores proveedores de materias primas en el mundo. Sin nosotros, Japón estará en la bancarrota. Ellos no se pondrán solos una soga al cuello solamente por querer demostrar su poderío.

Joseph Allen se quedó en silencio, como pensando en el siguiente paso. Porque había un siguiente paso, pero era uno que a ninguno de los presentes les iba a gustar. Decidiendo que era necesario que el gobierno dejara de hacer oídos sordos a la amenaza que se estaba gestando en el mundo, abrió su maletín y extrajo unos cuantos documentos clasificados.

—Pues yo creo que sí podrían estropearse —dijo el director Allen, mostrando los documentos, entre los cuales mostraba a una mujer de unos cincuenta años, cuyo expediente era bastante extenso—. Caballeros, les presento a Cora Dixon, alias Medusa. Ella es la líder de la organización terrorista conocida como la Vanguardia de Ares.

Nuevamente hubo un murmullo de incomodidad entre los presentes, incluyendo a Desmond Hudson. La Vanguardia de Ares había sido un mal necesario desde el día de su fundación, pues trabajaba tratando de derrocar líderes a favor de la paz. Y, parafraseando las palabras que alguna vez dijo Lyndon Johnson después del fin de la Guerra Fría "la paz no es buena para los negocios". Sin embargo, los métodos de la Vanguardia para llevar a cabo sus objetivos eran, cuando menos, cuestionables. La prueba más evidente de aquello era la forma en que el presidente de la Comisión Internacional por la Paz, Manuel Escudero, había sido destituido de su cargo y, con ello, la pérdida de la confianza de la gente en general por el CIP. Manuel siempre había defendido a las mujeres, pero viéndolo en un video altamente provocativo en el que se mostraba a él junto con su "harén" había dañado su imagen de forma irreversible. El gobierno estadounidense sabía que Manuel no realizaba esa clase de prácticas, por lo que solamente pudieron asumir que alguien más había desacreditado a Manuel.

—De acuerdo a los últimos informes de inteligencia, Cora Dixon está tratando de agregar tensión a nuestras relaciones con Tokio —continuó el director Allen, mostrando unas fotografías de ella conversando con el presidente de Japón—. No sé cómo diablos lo hizo para hacer eso, pero de lo que estamos seguros es que Cora Dixon está tratando de desprestigiarnos, tildándonos de imperialistas, extorsionistas y otros epítetos no muy agradables.

—¿Y qué hay de la dependencia económica que tiene con nosotros?

—Pues, a juzgar por los micrófonos ocultos en el despacho del presidente japonés, dice que existe una solución bastante simple para ese problema. Luego, Cora Dixon le mostró algo al presidente en su teléfono, pero no se sabe a ciencia cierta qué fue. Pero puedo apostar mi cargo a que le mostró el mismo video que nosotros disponemos de las Sailor Senshi.

—¿Estás diciendo que Cora está tratando de que Japón nos extorsione usando a las Sailor Senshi?

—Es exactamente lo que quiero decir —dijo el director Allen con gravedad— y, si más no recuerdo, tú mismo dijiste que ellas eran la mayor amenaza a nuestra Seguridad Nacional. Por eso debemos tomar medidas para eliminar este peligro. Nuestra supremacía económica y militar no puede, y no debe, ser desafiada.

Después de esas palabras, se hizo un silencio profundo, durante el cual los presentes intercambiaron miradas de nerviosismo, todos menos una persona. Ese alguien se había limitado a escuchar pacientemente la discusión entre el Secretario de Defensa y el director de la CIA. A juzgar por la expresión en su cara, acababa de escuchar justo lo que necesitaba escuchar.

—Señores presentes —dijo el representante del mayor contratista de defensa del país—, ¿puedo hacerles una sugerencia?

Los aludidos giraron sus cabezas, taladrando con la mirada a quien había hablado. Sin embargo, el Secretario de Defensa tenía una expresión extraña en su cara, como si hubiese estado esperando que uno de los contratistas de defensa se pronunciara.

—Ilumínenos, señor Donovan.

—¿Qué tal si le damos la vuelta a la tortilla? —dijo el tal Donovan, poniéndose de pie y dando vueltas a la sala de reuniones—. Las Sailor Senshi son chicas cuyos poderes están fuera de nuestra imaginación, pero estamos hablando de adolescentes, mujeres que ni siquiera podemos denominarlas de ese modo. Son inmaduras y prefieren divertirse a luchar contra el mal. Dejar semejante poder en sus manos no solamente es una irresponsabilidad, sino que un peligro serio para la humanidad. ¿Qué tal si son dominadas por sus emociones y atacan a diestra y siniestra, con independencia de las consecuencias? ¿Qué tal si usan sus poderes para divertirse?

—¿Y qué te hace pensar que son así? —dijo el director Allen con el ceño fruncido—. Hablas como si las conocieras personalmente.

—Son adolescentes, Joseph —repuso Donovan con firmeza—. Es todo lo que necesitas saber. Poderes como éstos no deberían estar en manos de mujeres que aún no han llegado a la adultez

—¿Y en las manos de quién deberían estar?

—Pues en las de nosotros, gente que conoce el poder y sabe cómo usarlo —dijo Donovan con renovada fuerza—. Imaginen la clase de nación que tendríamos si conseguimos averiguar la fuente de sus poderes y usarlos en nuestros propios soldados, personas entrenadas para pelear, personas que tienen experiencia luchando contra el mal.

Donovan, a juzgar por el murmullo que siguió a sus palabras, entendió que había conseguido su objetivo. Desmond Hudson no lo mostraba, pero sabía que estaba emocionado por la idea de usar los poderes de las Sailor Senshi como armas, quizás las armas definitivas, las armas que eran necesarias para mantener el orden en todo el mundo. Nadie trataría de oponer resistencia al sistema, nadie se atrevería siquiera a poner un dedo fuera de la línea. Donovan solamente podía reírse; las personas frente a él eran predecibles, igual que los dueños de los bancos. La mera promesa de poder los volvía ciegos y sedientos, tal como un vagabundo que llevara días sin beber agua. Sailor Silver Moon había conseguido la paz, pero la sed de poder simplemente formaba para de la naturaleza humana, y solamente era cuestión de tiempo para que esa sed volviera a volverlos miopes y desesperados.

—Es una muy buena idea —dijo al fin Desmond Hudson, mirando a Donovan con aprobación—, pero tenemos poco tiempo. Si el plan de Cora Dixon tiene éxito, entonces tendremos muchas dificultades para apoderarnos de las Sailor Senshi. Hablaré con el presidente MacArthur y veré si puede elevar los aranceles de las materias primas lo antes posible. Eso disuadirá a Japón de usar a las Sailor Senshi para extorsionarnos. De todos modos, estos políticos valoran más el bolsillo que el orgullo. Por cierto, ¿tienes algún plan para traer a las Sailor Senshi a nosotros?

—Lo tengo, pero primero debemos asegurarnos de su poder verdadero —dijo Donovan, complacido por el desenlace de la discusión—. Ya he iniciado una operación para tal objetivo. Se llama "Viento Divino". Es la forma más efectiva de comprobar el poder real de las Sailor Senshi. Una vez realizada esta labor, usaremos comandos Delta Force para las operaciones de extracción.

—¿Y en qué consiste la operación Viento Divino?

Donovan compuso una sonrisa misteriosa.

—Ya lo verá, señor Hudson, ya lo verá.

Tokio, 27 de febrero de 1992, 05:14p.m.

Serena y las demás no lucían demasiado contentas, pues esa mañana habían tenido un examen sorpresa (en el colegio de Rei y Mina también) y, sin la ayuda de Amy, ninguna de ellas había conseguido muy buenas calificaciones. Por supuesto, también estaba todo lo que había ocurrido desde la llegada de Rini.

Las cuatro salían del hospital, contentas al menos por una cosa; Amy iba a ser dada de alta mañana, y las chicas estaban planeando una fiesta para cuando saliera del hospital. Curiosamente, la idea de la celebración había sido del novio de Amy, Zoisite. Lo había sido a tal punto que sus demás compañeros tenían problemas para creer lo que había hecho. No obstante, Mina no lucía demasiado entusiasmada. De hecho, para ser la más alegre del grupo, se mostraba taciturna y melancólica, y cuando Rei le preguntó qué le pasaba, Mina respondió con evasivas, alegando que debía llegar temprano a su casa.

—Está así desde que salió con Kunzite al centro ayer —dijo Lita en un tono innecesariamente confidencial—. ¿Tendrá problemas en su relación?

—Pues yo creo que tiene otros asuntos que atender —respondió Rei, quien ostentaba ojeras y ninguna de sus amigas sabía por qué, aunque eso no significaba que no le hubieran hecho preguntas al respecto. Rei, sin embargo, no consideraba sensato, aún, que ellas supieran sobre la visión que había tenido ayer, la misma que vino a su llama en diciembre del año pasado (12)—. Por cierto, tú también luces preocupada, Serena.

La aludida no respondió al instante. Acababa de percatarse que no le había hablado a sus amigas de Fiore ni del secreto que Darien estaba ocultando, porque sabía que algo había pasado por su cabeza el día en que Amy fue herida por aquel representante de Black Moon.

—Han pasado muchas cosas —dijo Serena, mirando al suelo mientras caminaba—. Sé que Darien me está ocultando algo, pero, por mucho que le insisto, no quiere decirme nada. Dice que no quiere lastimarme, y entiendo sus razones, pero necesito saber. Se supone que en una relación de pareja no debe haber secretos, ¿verdad?

—En teoría —dijo Lita, recordando que tenía una cita con Nephrite en una media hora más—, pero todos sabemos que en la práctica, todos ocultan cosas. Es lo más natural del mundo. No por eso es bueno, eso sí.

—Pero eso no es todo —continuó Serena, recordando la lluvia de pétalos de rosas—. Ayer apareció un sujeto extraño, el responsable de la lluvia de pétalos. Se llamaba Fiore y habló de una promesa que le hizo a Darien, de que había encontrado la flor perfecta para regalarle, pero me dio la impresión que sonó más como una amenaza que como una promesa. Darien tampoco me ha hablado mucho de eso. Supongo que no le gusta hablar mucho de su pasado.

—Sí —dijo Rei, mirando a Serena con renovada preocupación—. Darien es un tipo muy reservado, lo entiendo, pero debería ser honesto contigo. Después de todo, él es tu novio.

—Supongo —dijo Serena.

—Por cierto, ¿qué hay de Rini? —inquirió Lita, recordando a la niña del cabello rosado que había aparecido en aquella batalla contra el hombre de Black Moon.

—Mi mamá decidió que ella viviría en mi casa —repuso Serena, cambiando su expresión por una de irritación—. Dice que ha venido de muy lejos y necesita de un hogar porque sus padres no están con ella. ¡Pero tengo que compartir cuarto con ella!

—¿Y qué hay de malo en eso? —dijo Rei, en un tono que a Serena no le gustó para nada.

—¿Qué hay de malo? —repitió Serena como si Rei hubiese blasfemado en contra de ella—. A cada rato me está preguntando por el Cristal de Plata, aunque le he dicho mil veces que no le sirve tenerlo en ese estado. Y tampoco quiere decirme para qué lo quiere.

—Debe tener sus razones —dijo Lita, cuyos ojos comenzaron a brillar por la cita que tenía más tarde—. Pero Amy le dijo que no íbamos a cooperar si no nos decía. Espero que ella se de cuenta que es lo mejor para todos.

Serena y Lita se percataron que Rei no caminaba con ellas. Miraron hacia atrás y la vieron mirando hacia el horizonte, con el ceño fruncido y los puños crispados.

—¿Te pasa algo, Rei?

—Siento una presencia maligna en esa dirección —dijo la aludida, indicando con un dedo hacia una hilera de edificios. Serena y Lita siguieron el dedo de Rei con la mirada y vieron que brotaba humo entre los edificios. Serena entornó los ojos.

—Pues no necesito tener poderes para saber que algo malo pasa allá —dijo Serena y Rei la miró con la cara arrugada y una mirada de puro veneno.

—¿Quieres callarte, Serena? —le regañó, sacando su cetro de transformación. Lita hizo lo mismo—. ¡Comunícate con Mina y dile que venga lo antes posible!

Serena supo que Rei no andaba de humor para bromas y usó su comunicador mientras Rei y Lita se transformaban. Por último, ella hizo lo mismo y, después de muchas luces coloridas, las Sailor Senshi corrieron a tope hacia donde brotaba el humo.

Sin embargo, ninguna de las tres tuvo que correr mucho.

Una figura de negro se aproximaba a ellas a mucha velocidad, demasiada para trasladarse con sus pies. Segundos más tarde, la figura se plantó delante de las Sailor Senshi con tanta fuerza que hizo temblar el suelo, enviando a las guerreras al suelo. Con un poco de dificultades, se pusieron de pie y encararon al nuevo enemigo. Notaron que iba ataviado con la armadura típica de un samurái, solamente que era toda metálica y de aspecto muy pesado. Llevaba dos catanas a la espalda y su rostro estaba totalmente cubierto por el casco.

—¿Quién eres tú? —quiso sabe Sailor Mars en un tono agresivo que no pareció intimidar al recién llegado en absoluto.

—Así que ustedes son las Sailor Senshi —dijo el sujeto de la armadura en un tono robótico y grave que conseguía intimidar a las guerreras frente a ella—. Al fin las he encontrado.

—¿Qué quieres? —preguntó Sailor Jupiter.

—¿Qué quiero? —repitió el samurái con una risa siniestra—. Lo que quiero es muy simple. Mi nombre es Kamikaze y vengo a pelear con ustedes.


(12) Les remito al prólogo de esta historia para ver a qué me refiero con eso.