XXVI
El secreto de Kamikaze
Washington, 27 de febrero de 1992, 09:18p.m.
Herbert Dixon solamente podía reír. La gente que ansiaba el poder se volvía miope sin esfuerzo alguno. Ya lo había visto en la reunión de defensa en el Pentágono. Había usado sus poderes para hacerse pasar por un tal Justin Donovan, supuestamente el presidente del mayor contratista de defensa de la nación. Bueno, ese personaje existía, solamente que había sufrido un pequeño percance en su camino al Pentágono.
Si todo sale bien, Kamikaze va a evaluar correctamente el poder de las Sailor Senshi, para que estos inútiles las conviertan en armas. En ese momento van a entender que lo que estoy haciendo no solamente es necesario. Es inevitable.
Pero ese no era el único asunto que Herbert debía atender. Ni el más importante.
Iba a consultar el estado de su plan maestro, cuando fue interrumpido por el profesor Tomoe. Cuando Herbert lo miró, se dio cuenta que nada estaba saliendo bien para él.
—Profesor Tomoe —dijo Herbert, con genuina preocupación—, asumo que Hotaru no ha mostrado ninguna mejoría.
—No —repuso el profesor con tristeza—. Su condición empeora a cada momento. No tengo idea de lo que tiene, pese a que dispongo de la mejor tecnología médica en este complejo. No sé qué hacer… no quiero perderla, Herbert.
—No la perderá —dijo Herbert animadamente—. Lo único que debe hacer es no bajar los brazos. La habrá perdido si tira la toalla.
—Es que… Hotaru es todo lo que me queda de mi familia —dijo el profesor Tomoe con la voz quebrada—. No puedo pensar correctamente mientras tenga ese pensamiento en mi cabeza, ni mucho menos hallar la causa de su enfermedad.
—Si quiere, yo puedo ocuparme de ella mientras usted toma un descanso —ofreció Herbert, a lo que el profesor Tomoe respondió con una sonrisa cansada—. Le aseguro que estará en buenas manos.
—Se lo agradezco, Herbert.
—Descanse todo lo que necesite, profesor. Póngase a trabajar solamente cuando crea sentirse bien.
Mientras Herbert veía al profesor Tomoe retirarse al ala habitacional del complejo subterráneo, notó que la luz de notificación de su intercomunicador parpadeaba. Preguntándose qué podría estar ocurriendo, Herbert tomó el aparato y lo acercó a su oído.
—¿Qué ocurre, Hawkins?
—Hubo un impacto de un meteorito hace unos dos minutos, señor.
Las entrañas de Herbert se revolvieron.
—¿Se trata del mismo que apareció en los informes de NORAD?
—No, señor. Es un objeto más pequeño. Cayó a veinte metros del perímetro del complejo en la superficie. No parece haber daños en las cercanías.
—¿Y cómo es que NORAD no lo detectó?
—No lo sé, señor, pero, por lo que estoy viendo en las cámaras externas, no parece un objeto rocoso, sino más bien, un huevo de aspecto muy extraño. No tiene ninguna señal de haber atravesado la atmósfera a gran velocidad.
Herbert frunció el ceño. ¿Un huevo? ¿Proveniente del espacio exterior? ¿Sin huellas de fricción atmosférica? Era demasiado bueno para ser cierto y, en su experiencia, usualmente era de ese modo, pero NORAD no lo había detectado. Eso significaba que el gobierno de los Estados Unidos no sabía que ese huevo había aterrizado. Necesitaba apoderarse de ese huevo para estudiarlo. Si la caparazón de ese huevo había resistido el brutal descenso por la atmósfera terrestre, tal vez podría soportar muchas cosas más, como el estallido de una bomba atómica o, más importante aún, movimientos tectónicos masivos. Sin embargo, debía darse prisa, porque la base no se encontraba muy lejos de la Casa Blanca y una patrulla del Servicio Secreto podría toparse con el huevo y arruinar todo el plan.
—Hawkins. Envía un equipo a la superficie. Necesitamos ese huevo en nuestra base y no en el Área 51.
—Sí, señor.
El Pentágono, una hora más tarde
Desmond Hudson acababa de recibir la peor reprimenda en lo que llevaba ocupando el puesto de Secretario de Defensa. La razón era simple; la reunión que había tenido junto con los directores de la CIA, la NSA y otros altos dignatarios había sido, hasta cierto punto, clandestina, porque el presidente de los Estados Unidos no estuvo presente ni fue informado de tal reunión. Sin embargo, Desmond creía que el castigo que había recibido —un quince por ciento de su salario mensual— había valido la pena. Jackson MacArthur no podía saber cuál era su plan, porque sabía que no lo iba a aprobar. Su postura de no agresión hacia otros países estaba poniendo muy nerviosos a los contratistas de defensa, cuyo único momento de prosperidad fue en la Guerra del Golfo, cosa que no duró mucho, en gran parte gracias a las presiones por parte del CIP y al derecho internacional a los recursos del planeta. Esto significaba que las materias primas pertenecían por derecho a la humanidad, aunque aún se debía pagar por ellas, algo que Estados Unidos aprovechaba cada vez que podía para imponer sus políticas a través de la economía. Lo único que no se podía hacer era impedir el acceso de otras naciones a los recursos naturales. Sin embargo, con el CIP desacreditado, los países, o mejor dicho, las empresas, podían retornar a las prácticas que les habían hecho ricos en el pasado.
Pero esa no era su principal preocupación. La Vanguardia de Ares, pese a sus métodos cuestionables, había hecho su trabajo y dado el primer paso en devolver el poder a las manos de las personas que realmente lo merecían; aquellos que conocían sus secretos y que no se coartaban a la hora de ejercerlo. Era otra cosa lo que le retorcía las tripas.
Hace diez minutos había recibido una noticia inquietante desde la base aérea más secreta de la nación. Recordaba cada palabra de aquella fatídica llamada.
Estaba en su oficina, revisando unos memos, cuando el teléfono sonó. Desmond no le habría dado tanta importancia, pero había algo en la insistencia en el sonido del timbre que le hizo descolgar el auricular.
—Diga.
—Soy el coronel Beckett. Llamo desde el Área 51. Le tengo noticias que estoy seguro que le van a llamar su atención.
A Desmond no le gustaba para nada el tono que el coronel Beckett estaba empleando para comunicarse con él. Frunció el ceño.
—¿Qué ocurre?
—Hace unos días hubo una incursión en el perímetro de la base. De acuerdo con los informes de seguridad, hubo un destello de luz después de ver a una mujer ataviada con un vestido muy extraño. No supimos lo que ocurrió hasta que hace unas horas hicimos una inspección de rutina en todo el complejo, incluyendo el Hangar 18.
Cuando Desmond escuchó hablar al coronel del Hangar 18, sus tripas se retorcieron. Algo le decía que las noticias iban a ser peores de las que había imaginado en un principio.
—¿Asumo que está todo en orden?
—No exactamente, señor. Verá, cuando registramos el sanctum del Hangar 18, notamos que algo no andaba bien. Había signos de que alguien había entrado en el recinto y, cuando abrimos el contenedor, nos percatamos que el Objeto Sigma había desaparecido.
Desmond tragó saliva. El Objeto Sigma era uno de los secretos mejor guardados de la nación. En 1947, en la localidad de Roswell, había caído un objeto que todos creyeron que había sido una nave extraterrestre, y que incluso cuerpos habían sido rescatados desde los escombros. En realidad, lo que todos habían tomado por una nave alienígena, no fue otra cosa que un dispositivo diseñado por el Ejército para espiar las pruebas nucleares llevadas a cabo por la Unión Soviética. Sin embargo, cuando los técnicos examinaron los bancos de datos del globo aerostático, notaron que había ocurrido un evento termonuclear en territorio estadounidense. Temiendo que los soviéticos estuvieran tratando de atacar la nación, un equipo especial acudió al lugar especificado por el dispositivo, pero no hallaron ningún rastro de que una bomba hubiera caído allí. En su lugar, encontraron una especie de cápsula, dentro de la cual extrajeron a una mujer, ataviada con un vestido muy extraño y con la primera letra del alfabeto griego en su frente. Los científicos no pudieron creer lo que acababan de encontrar e, inmediatamente, fue trasladada al Área 51 para su estudio. Sin embargo, no pudieron sacar nada en limpio, porque los instrumentos sencillamente no funcionaban en presencia de esa mujer. Más tarde, con la aparición de Sailor Silver Moon, viendo las similitudes entre ellas, los científicos asumieron que el cuerpo era el de una Sailor Senshi y le dieron el nombre código de Objeto Sigma. Desde ese entonces, el Objeto Sigma permaneció conservada en hielo, esperando que algún día se dispusiera de la tecnología para examinarla apropiadamente.
—¿Tiene alguna idea de quién pudo habérsela llevado?
—Lo malo es que no hay huellas digitales en el contendedor. Es como si el intruso usara guantes o algo parecido.
—¿Y no hay fibras de ningún tipo?
—En eso estamos trabajando, señor. Como dije, encontramos evidencia de una incursión en el Hangar 18, y todo apunta a que fue esa mujer de la que le hablé antes.
—¿Tienes alguna descripción?
—Lo único que sé es que usa una especie de uniforme dorado. Guarda una gran similitud con aquellas jóvenes que todos llaman Sailor Senshi.
—Entonces debe ser una de ellas. Quiero que la encuentres, Beckett. Pondré a tu disposición recursos de inteligencia para que hagas el trabajo. No tengo que decirte cuán importante es que nadie sepa de su existencia.
—Estoy al tanto de la situación, señor. Me pondré en ello de inmediato. Delegaré el trabajo de identificación al FBI.
—Bien.
Cuando Desmond cortó la llamada, se dejó caer sobre su asiento, preguntándose cómo las cosas se habían salido de control de ese modo. El Objeto Sigma era la evidencia de que existía vida en otro planeta, en algún rincón del universo. Tal vez en su cuerpo se encuentre la solución al problema de la energía, o el secreto para desarrollar armas que nadie pueda contrarrestar. Bueno, Desmond no estaba interesado en resolver el problema de la energía, pues había negocios involucrados, íntimamente conectados con la industria armamentística y el sistema bancario que apoyaba toda la economía. Si la energía fuese gratis… la economía se vendría abajo en un santiamén. Pero, lo realmente importante era que ese cuerpo no podía caer en manos de civiles. El status quo debía permanecer inalterado.
Por último, Desmond decidió ir por una café antes de irse a su casa. Su trabajo había acabado.
Por ese día.
Tokio, 27 de febrero de 1992, 05:39p.m.
Sailor Moon, Sailor Mars y Sailor Jupiter miraban a su nuevo enemigo con algo parecido al miedo brillando en sus ojos. La armadura de samurái conseguía intimidarlas, aparte que la figura era más alta que incluso Sailor Jupiter.
—¡Vamos! —dijo Kamikaze con su voz robótica—. ¡Demuéstrenme todo su poder, o comenzaré a matar personas!
—¿Y por qué haces esto? —preguntó Sailor Moon, adelantándose a las otras dos, sintiendo cómo las piernas le temblaban—. Porque parece que no tienes otro propósito para existir.
—Por supuesto que no tengo otro propósito. ¿Qué esperabas? ¿Acaso querías que cuestionara mi existencia, disuadiéndome de atacarlas? Jajajaja, eres ingenua, Sailor Moon. Si no me atacas, vas a morir junto con tus amigas.
Kamikaze desenvainó sus dos catanas e hizo un movimiento violento con ambas. El viento que provino de las espadas bastó para arrojar a las Sailor Senshi veinte metros hacia atrás, cayendo de espaldas. Se pusieron de pie con cierta dificultad.
—¡Veamos qué te parece esto! —rugió Sailor Jupiter, lanzando su ataque eléctrico contra Kamikaze. Todo parecía apuntar a que iba a tener éxito, pero el enemigo enterró sus espadas en el pavimento, haciendo que la electricidad fluyera hacia abajo. Sailor Jupiter quedó con la boca abierta.
—¡Vaya! —dijo Kamikaze entre risas—. ¡Ese ataque fue muy bueno! Si no hubiese hecho tierra con mis espadas, tu relámpago habría inutilizado mi armadura. ¡Eres una digna contrincante, Sailor Jupiter! ¡Permíteme devolverte el favor!
Sailor Moon y Sailor Mars, percatándose que Sailor Jupiter se encontraba en peligro, se interpusieron en su camino, pero Kamikaze las apartó fácilmente con otra corriente de aire de sus catanas. Sin embargo, el enemigo enfundó las espadas y se plantó delante de Sailor Jupiter, quien tragó saliva.
—Atácame con todas tus fuerzas —dijo Kamikaze. Sailor Jupiter crispó los puños. Kamikaze estaba muy cerca para atacarlo con sus rayos. Lo único que le quedaba era usar su fuerza física, aunque no estaba segura de si iba a resultar.
Gritando, Sailor Jupiter hizo acopio de toda su fortaleza y peleó mano a mano con Kamikaze, percatándose que su enemigo era bastante ágil para usar una armadura de metal. No obstante, encontró una ventana en su defensa y le dio un puñetazo con todas sus energías. Sonrió al ver que Kamikaze caía al suelo, a dos metros de distancia, aunque sentía un molesto ardor en sus nudillos.
—¿Qué te pareció eso? —rugió Sailor Jupiter, pero Kamikaze se puso de pie casi inmediatamente. Notó que ella respiraba agitadamente.
—Nada mal —dijo Kamikaze, quien no lucía para nada agotado—. Inténtalo de nuevo.
Sailor Moon y Sailor Mars se pusieron de pie después de aquel ataque y, nuevamente, acudieron al rescate de Sailor Jupiter. Algo le decía a Sailor Moon que su amiga estaba en serio peligro de muerte y su corazón comenzó a latir más deprisa.
—¡Vamos, Sailor Mars! —gritó Sailor Moon con desesperación—. Yo lo inmovilizaré. Tú lo atacarás.
Pero Kamikaze lo había escuchado todo y, desenfundando sus catanas, las extendió hacia afuera y dio varios giros en el aire, cayendo impecablemente con sus pies. El viento resultante estampó a ambas Sailor Senshi contra la fachada de un edificio. Mientras tanto, se podían escuchar sirenas a la distancia, pero eso no parecía preocuparle a Kamikaze.
—¿Qué esperas? —insistió Kamikaze, y Sailor Jupiter volvió a tragar saliva. No tenía otra alternativa que pelear. Volviendo a crispar los puños, ella atacó nuevamente a Kamikaze, pero él no se movió. Extendió un brazo para contener el golpe y, para sorpresa de Sailor Jupiter, Kamikaze lo hizo sin problemas.
—Mmm —dijo Kamikaze, luciendo sorprendido—. Tienes mucha fuerza, muy por encima de un humano común y corriente. Y apenas tienes catorce años. Estoy seguro que puedes sacarle más provecho… algo como esto.
Con su otro brazo, Kamikaze golpeó violentamente el abdomen de Sailor Jupiter, levantándola dos metros en el aire y cayendo al suelo de lado, botando sangre por la boca. Su cuerpo temblaba levemente, como queriendo ponerse de pie, sin lograrlo en absoluto. Kamikaze, complacido por el resultado, dio un cuarto de vuelta y encaró a Sailor Moon y Sailor Mars, quienes tenían sendas expresiones de horror en sus caras.
—¿Quién de ustedes dos será la siguiente? —preguntó Kamikaze en un tono jactancioso que solamente alimentó la rabia de ambas Sailor Senshi—. Decídanse rápido, porque su compañera tiene múltiples heridas internas y no tardará en morir.
Sailor Moon dio un paso adelante. Con la cara contorsionada por el miedo y la rabia, tomó su tiara lunar y la arrojó con todas sus fuerzas hacia Kamikaze. Desenvainando una sola catana, el enemigo hizo un movimiento simple, casi flojo, y rompió la tiara en dos partes. Sailor Moon se quedó de piedra al ver cómo su mejor arma era neutralizada, mientras la tiara desaparecía en un destello de luz plateada.
—¡Bah! —bufó Kamikaze, desenvainando la otra catana—. Esperaba más de ti, Sailor Moon, pero me has decepcionado. Ni siquiera vale la pena atacarte.
Sailor Moon cayó de rodillas, mirando con los ojos empañados a Kamikaze, mientras que Sailor Mars crispó los puños y, gritando con todas sus fuerzas, lanzó una llamarada en dirección a Kamikaze, quien no tuvo tiempo para reaccionar. Fue envuelto por el fuego y Sailor Mars sostuvo el ataque por el mayor tiempo posible, sonriendo al ver que había conseguido atraparlo.
Pero su victoria duró poco.
El fuego comenzó a comportarse como un vórtice y, de pronto, comenzó a avanzar hacia ella. Sailor Mars siguió atacando al remolino, pero no servía de nada. Era como si un tornado espantara las llamas lejos. Sailor Mars ya no pudo seguir resistiendo y el fuego se extinguió. No pasó ni un segundo para que un torbellino de acero apareciera entre las llamas restantes y, en un destello plateado, Sailor Mars abrió la boca, mirando su abdomen. Había dos cortes profundos allí, de los que comenzó a brotar sangre. Kamikaze, mientras tanto, cayó de pie quince metros más allá, con las espadas extendidas y las piernas dobladas. La estela de polvo marcaba el trayecto que había seguido. Se irguió en toda su estatura al tiempo que Sailor Mars caía de espaldas, llevándose ambas manos a su abdomen, pero la sangre se colaba entre sus dedos y su piel se estaba tornando pálida rápidamente.
—¡Muy buen ataque! —exclamó Kamikaze, encantado—. Si no me hubiera protegido con mis vientos, ese fuego me habría cocinado vivo. ¡Dos mil grados centígrados! ¡Suficiente para derretir tanques!
Kamikaze acababa de terminar su monólogo cuando sintió que algo se enroscaba en una de sus piernas. Instantes más tarde, sintió un potente tirón y el samurái cayó al suelo con un golpe metálico. Ligeramente aturdido, Kamikaze se puso de pie y vio a una nueva Sailor Senshi, quien sostenía una cadena dorada que emitía un brillo tenue.
—¡Sailor Venus! —chilló Sailor Moon, viendo sus esperanzas renovadas al ver a su compañera. Ella no dijo nada, pero miró a Sailor Jupiter y Sailor Mars, y arrugó la cara, retrayendo la cadena para un nuevo ataque. Pero esta vez, Kamikaze estaba listo.
Las patrullas de policía se acercaban cada vez más, a juzgar por el sonido de las sirenas. Sailor Venus las ignoró y, dando un giro en el aire, volvió a arrojar su cadena, nuevamente a los pies de Kamikaze. Sailor Venus sonrió al ver que el truco había funcionado otra vez.
Mientras tanto, Sailor Moon seguía con las rodillas sobre el asfalto, incapaz de reaccionar. Trataba de reprimir las lágrimas que pugnaban por asomarse por sus ojos, pero ver a Sailor Jupiter y a Sailor Mars heridas de muerte era más de lo que podía tolerar. Mientras luchaba contras las ganas de llorar, se dio cuenta que su teléfono inteligente estaba vibrando. Apenas consciente de lo que estaba haciendo, Sailor Moon tomó el aparato y aceptó la llamada.
—¿Serena?
—Amy —dijo ella con voz queda—, nos… nos están matando.
Hubo un silencio prolongado antes que Amy volviera a hablar.
—¿Quién?
—Un… un sujeto llamado… Kamikaze. Es… muy fuerte, rápido y poderoso. Es… el peor enemigo… que hemos enfrentado.
—¿Y cómo están las chicas?
—Sailor Mars y… Sailor Jupiter están… heridas de gravedad. Pu-pueden morir.
Nuevamente se hizo el silencio en la línea. Sailor Moon apenas podía con tanta tensión para esperar que Amy volviera a hablar. Al parecer, lidiaba con la idea de ver a sus amigas muertas.
—Activa la cámara de tu teléfono.
Sailor Moon no podía creer lo que había escuchado. ¿Cómo Amy puede mantener la compostura después de lo que le dije? Bueno, no está aquí. Si fuese así, también estaría petrificada de miedo al ver cómo ese monstruo nos está aniquilando. Pese a lo que estaba pensando, Sailor Moon puso la llamada en segundo plano, y activó la cámara.
—Ahora, encuadra a Kamikaze. Procura que él no se esté moviendo. La cámara posee un estabilizador óptico de imagen, así que no importa si estás temblando. ¡Hazlo ya!
Sailor Moon hizo lo que Amy le había pedido, dándose cuenta que ella tenía un plan en marcha, aunque desconocía cuál podría ser.
—Mantenlo así por diez segundos.
Fueron los diez segundos más largos en la vida de Sailor Moon. Tratando de no ver cómo Sailor Venus era vapuleada por Kamikaze, encuadró su objetivo y sostuvo el teléfono en posición, notando cómo su mano se estremecía sin que ella pudiera hacer algo al respecto. En el momento que Sailor Venus cayó al suelo por otro ataque de ese monstruo, Amy le dijo que era suficiente y que podía apagar su cámara.
—Ya tengo información suficiente, Sailor Moon —dijo Amy por el altavoz—. Comenzaré a trabajar de inmediato. Daré aviso a los paramédicos para que acudan al lugar de la batalla.
—Gracias, Amy —dijo Sailor Moon con voz trémula, mientras veía a Sailor Venus levantándose con mucha dificultad. Su uniforme estaba manchado con sangre y tenía varias magulladuras en sus piernas, brazos y cara. Por favor, Mina, ríndete. No podrás derrotarlo. ¡Es invencible! Pero Sailor Venus, en un último esfuerzo, tomó la posición para lanzar su rayo creciente.
Sailor Moon tragó saliva y sus entrañas se retorcieron al ver a Sailor Venus ejecutar su ataque, tratando de imaginar cómo Kamikaze iba a contraatacar. No obstante, todo lo que hizo fue ponerse en posición defensiva, cruzando las catanas de forma que quedaran paralelas al suelo. Sailor Moon sintió cómo su corazón saltaba a su garganta cuando el rayo rebotó en las catanas relucientes de Kamikaze y fue devuelto a Sailor Venus. Sailor Moon casi desfalleció al ver a Sailor Venus recibir el ataque directamente. Pero el horror no había acabado allí.
El uniforme de Sailor Venus se incendió a causa de su propio ataque y los gritos de dolor de ella perforaron los oídos de Sailor Moon. Las lágrimas no tardaron en volver a aparecer mientras veía a su compañera quemarse viva, revolcarse en el pavimento y profiriendo alaridos que terminaron por colapsar a Sailor Moon. El horror era demasiado grande y cayó al suelo, inconsciente, justo en el momento en que las patrullas de policía llegaron al campo de batalla, acompañados de varias ambulancias. La muchedumbre miraba, atónita, el horrible espectáculo que había tenido lugar. Kamikaze, mientras tanto, miraba cómo las llamas que envolvían a Sailor Venus se apagaban.
—¡Vaya! ¡Es un ataque con mucha energía! ¡Vence, y por mucho margen, al más potente de los láseres! Estas Sailor Senshi son increíbles, pero parece que se me pasó la mano. Pronto van a morir, y yo que me estaba divirtiendo con ellas. Bueno, no hay nada qué hacer. Me retiro.
Kamikaze flexionó las piernas y, con un estampido, salió volando por los aires, levantando mucho polvo. Mientras tanto, la policía dispersaba a la multitud y los paramédicos se encargaban de trasladar a las Sailor Senshi heridas en camillas hacia las ambulancias, horrorizados por lo que ese monstruo metálico les había hecho. También se llevaron a Sailor Moon, quien solamente se había desmayado, de acuerdo con el diagnóstico de campo. Al final, las ambulancias se devolvieron al hospital a toda velocidad. Los paramédicos sabían que si se demoraban siquiera un segundo, las Sailor Senshi no iban a sobrevivir.
Amy yacía en su camilla, trabajando en su computadora de bolsillo, mientras que era supervisada por una enfermera. Había conseguido infiltrarse en la base de datos del Departamento de Defensa de los Estados Unidos, pues el modelo en tres dimensiones que Sailor Moon le había conseguido de Kamikaze le había llevado hasta allá. Piratear los cortafuegos y las defensas digitales puestos allí por la NSA había resultado ser un juego de niños para Amy. Había diseñado un algoritmo que ella bautizó "alfombra roja", porque cuando el programa invasor se topaba con una defensa, activaba una instrucción de "handshake" avanzado que hacía que éstas prácticamente le dieran la bienvenida, algo así como si un personaje VIP fuese recibido en un club exclusivo.
Sin embargo, cuando examinó los archivos del proyecto que había dado vida a Kamikaze, notó algo que le heló la sangre.
No puede ser se dijo Amy. Pero… pero, ¿cómo rayos lo hicieron?
Al parecer, los militares estadounidenses no se coartaban a la hora de crear armas, empleando a personas para tal labor. Porque lo que había hallado Amy era que conocía a la persona bajo la armadura de Kamikaze.
Mientras tanto, en los suburbios de Tokio, la policía no paraba de recibir casos de gente que había sido hallada inconsciente y con plantas rodeando sus cuerpos.
