XXVII
La flor de la muerte

Tokio, 01 de marzo de 1992, 02:14a.m.

Sailor Moon despertó en una cama de hospital con un sobresalto, recordando lo que le había pasado a sus amigas. Reconociendo su entorno, vio a una enfermera que la miraba de forma atenta y se puso de pie lentamente, sintiendo un leve mareo.

—Debería tomarse las cosas con más calma —sugirió la enfermera, acercándose a Sailor Moon—. Sus amigas están en tratamiento, aunque las posibilidades de que sobrevivan son casi nulas.

—¿Y en qué estado se encuentran?

—Bueno, la del uniforme verde ha perdido mucha sangre a causa de sus heridas internas, la del uniforme rojo tiene dos heridas muy profundas que perforaron varios órganos importantes y la del uniforme naranjo tiene el noventa y siete por ciento de su cuerpo quemado. En resumen, se encuentran en un estado crítico.

Sailor Moon sintió cómo perdía fuerza en sus piernas, tanto que debió apoyarse en la cama con sus brazos. No tenía idea que las condiciones de sus amigas fuesen tan severas, a tal punto de que sus vidas estuvieran en tal peligro.

—Necesito verlas.

—No creo que sea inteligente hacerlo —dijo la enfermera en un tono serio—. Es muy probable que ellas pierdan la vida y es preferible que las vea después que hayan… bueno…

—¡Ellas no van a morir! —exclamó Sailor Moon con lágrimas en los ojos—. ¿Por qué pierde las esperanzas tan pronto?

—Es que…

—Es que nada. Si tiene razón y ya no hay nada que pueda hacer por ellas, no permitiré que mueran solas.

—Si usted insiste —dijo la enfermera, como en contra de su mejor juicio—, pero debe esperar a que ingresen en Cuidados Intensivos. Allá podrá verlas, aunque no creo que tenga mucho sentido, pues están inconscientes.

—No me importa —dijo Sailor Moon testarudamente—. ¿Sabe donde se encuentra Amy Mizuno?

—En este mismo corredor, un par de puertas hacia el sur.

—Gracias —repuso Sailor Moon en voz baja y, caminando como si sus piernas pesaran toneladas, salió de la sala y encaminó sus pasos en la dirección que la enfermera le había indicado.

Amy compartía la sala con otros dos pacientes, ambos en un estado más grave que el de ella. Sailor Moon no podía estar más aliviada de ver a al menos una de sus amigas consciente, aunque compartía su preocupación por las demás.

—Hola, Amy —dijo Sailor Moon, aprovechando que los otros dos pacientes estaban inconscientes para volver a la normalidad, notando que su amiga tenía la mirada perdida en la pared, como si estuviera tratando de lidiar con algo bastante desconcertante. Vio que tenía la computadora de bolsillo sobre su regazo y la examinó.

—¿Qué es esto?

Amy espabiló y encaró a Serena con una mirada lúgubre.

—Son los planos de Kamikaze —repuso ella, tomando su computadora de bolsillo y examinando nuevamente la pantalla, como si haciendo eso cambiara lo que había hallado sobre el enemigo.

—¿Es un robot?

—No, Serena. Es una persona dentro de una armadura. No vas a creer quién es.

Amy le tendió la computadora a Serena para que lo viera por ella misma. Tal vez no entendiera los números y letras que allí aparecían, tal vez no supiera cómo interpretar planos, pero no era mala para las caras, y reconoció a la mujer que le había hecho espabilar antes de ir a la luna por el asunto del Milenio de Plata.

—No… puede ser.

—Es difícil de creer —dijo Amy, sintiéndose peor de lo que había imaginado. No sabía por qué, pero esa bella mujer de cabello plateado y maneras toscas le causaba algo que aún no podía explicar, como si en otro tiempo y en otro espacio se hubieran conocido—. Lo que me pregunto es cómo pudieron atraparla.

—No lo sé —repuso Serena, mirando hacia la pared, luciendo apesadumbrada—, pero lo que me importa es por qué Saori quiere matarnos. No sé si le lavaron el cerebro o si realmente quiere vernos muertas.

—Lo más probable es que le hayan lavado el cerebro —dijo Amy, quien aún no podía sacarse aquella horrible sensación de su cabeza, la sensación de traición que no sabía de dónde provenía—. Tuve que piratear la base de datos del Departamento de Defensa de los Estados Unidos para encontrar estos planos. Llegué allí gracias a la información que obtuviste en terreno y, gracias a estos datos, encontré varios puntos débiles en Kamikaze que deberíamos aprovechar para derrotarla de una vez.

—¿Y de qué servirán, si es tan poderosa que puede derrotarnos de un solo golpe?

—No estábamos todas cuando Kamikaze atacó. La próxima vez, sí.

Pero Serena recordó lo que le había llevado a la cama de Amy en primer lugar, y supo que probablemente no habría una próxima vez.

—¿Acaso no te han dicho? Rei, Lita y Mina pueden morir. Una enfermera me dijo que se encuentran en estado crítico. ¿Cómo puedes estar tan tranquila, jugando con esa computadora?

Pero Serena supo, a juzgar por la mirada de Amy, que había llegado demasiado lejos con sus palabras.

—Serena, ¿crees que no sé en qué estado se encuentran las demás? Yo fui quien indicó a los paramédicos que acudieran al campo de batalla y me informaron sobre sus heridas en cuanto llegaron al hospital. No eres la única que cree que las demás podrían morir, pero no puedo permitir que esto me detenga. Tampoco vengas a decirme esas cosas como si a mí no me importara. ¡Claro que me importa, pero no ando lagrimeando por ahí, lamentándome por lo cruel que es el mundo!

Serena se quedó mirando a Amy como si fuese la primera vez que la viera apropiadamente. Esa no era la Amy que ella había conocido. En ese momento le resultó obvio a Serena que la potencial muerte de sus amigas la afectaba bastante.

—Lo siento.

—No te preocupes —dijo Amy con una sonrisa triste y una voz más amable—. No debí haberte tratado así. No soy muy expresiva que digamos, y a veces puedo decir cosas muy hirientes. Como sea, tenemos que contemplar todas las posibilidades, incluso aquella en la que nuestras amigas no sobrevivan. Si se da esa caso, tendremos que enfrentar a Kamikaze solas. Y, lo que es peor, ella no es la única amenaza.

Serena abrió los ojos.

—¿De qué hablas?

Amy oprimió un par de teclas y Serena vio que había sintonizado el canal de noticias. Se podían ver varias personas tiradas en la calle, claramente inconscientes, pero lo más extraño era que sus cuerpos parecían estar cubiertos por plantas y, en algunos casos, flores.

—Hay varios casos como éste en la ciudad —dijo Amy, tecleando furiosamente en su computadora y abriendo una ventana en la que algo parecido a un asteroide orbitaba el planeta. Las imágenes provenían de un satélite cercano—. Creo que tienen relación con este objeto. Las plantas y el meteorito emiten la misma firma química.

—No sé mucho sobre meteoritos, pero se ve muy… simétrico para ser un objeto de ese tipo.

—Sí —dijo Amy, llevándose una mano al mentón—, en verdad luce como una semilla gigantesca. Otras agencias aeroespaciales, incluyendo NORAD, también detectaron el meteorito. Algunos gobiernos quieren lanzar misiles nucleares para alejarlo de la órbita del planeta, pero estoy pensando que eso hará el problema peor. Si el meteorito sufre algún daño por los misiles, podría diseminar el resto de las plantas sobre el planeta, y todos estaríamos en serio peligro.

—¿Y hay algo que puedas hacer al respecto?

—Puedo retrasar de forma indefinida el lanzamiento —dijo Amy, volviendo a poner atención a su computadora de bolsillo—. Estuve desarrollando un algoritmo que bauticé "alfombra roja". Con esto puedo penetrar cualquier cortafuegos u otros sistemas de seguridad y ejecutar los comandos necesarios, en este caso, crear un bucle infinito en la secuencia de lanzamiento de los misiles.

Serena se quedó con la boca abierta, sin entender absolutamente nada de lo que Amy había dicho. Lo único que pudo sacar en limpio fue que ella podría prevenir una catástrofe a nivel global con un simple algoritmo.

—¿Y lo harás?

Amy sonrió.

—Acabo de hacerlo. Esto nos dará el tiempo necesario para averiguar cuál es el origen de esas plantas y acabar con él.

—¡Eres sorprendente, Amy!

La aludida se puso colorada.

—No es nada, Serena. No podría hacer ni la mitad de estas cosas sin esta computadora. Pero eso ya está resuelto. El problema que tenemos por delante no podremos solucionarlo con nuestro ingenio. En verdad, Rei, Lita y Mina están en manos de la suerte.

Serena tragó saliva. Las palabras de Amy sonaron inquietantemente literales.

Tokio, una hora más tarde

Una enfermera de cabello rubio, decorado con un apretado moño, hacía su ingreso en el hospital, lista para comenzar el turno de la tarde. Marcó horario y subió a Cuidados Intensivos, donde se suponía que trabajaba. Mientras iba en camino, había escuchado la noticia que tres jóvenes habían resultado mortalmente heridas en un incidente con un robot que lucía como un samurái, jóvenes que usaban un uniforme similar al de una colegiala.

Cuando llegó a Cuidados Intensivos, vio que aquellas tres muchachas yacían sobre camillas, inconscientes y con respiración asistida. Uno de los médicos vio a la enfermera y le indicó que se pusiera en contacto con los seres queridos de las tres, entregándole tres números telefónicos. Una vez hecho esto, recibió indicaciones de que le hiciera mantenimiento a las máquinas que mantenían con vida a las tres Sailor Senshi. Fue cuando supo que ya no había nada que hacer por ellas. Estaban condenadas a morir, a menos que se pusiera manos a la obra de inmediato.

Sin embargo, necesitaba estar sola para ello. Y ese momento se acercaba.

Esperó a que los médicos de turno fuesen a almorzar, dejando a las enfermeras a cargo de los enfermos en Cuidados Intensivos. Como ella era la enfermera en jefe, tenía el derecho de prohibir el acceso a sus subordinados a Cuidados Intensivos por las razones que fuesen. En ese caso, inventó un peligro de contaminación por agentes biológicos a través del agua potable. Aunque fuese una causa falsa, cualquier riesgo de ese tipo implicaba la misma medida; la evacuación de todo personal médico. Normalmente, eso la incluía a ella, pero su caso era distinto, más que nada, porque ella no era un enfermera en absoluto.

Cuando estuvo segura que no había moros en la costa, alzó una especie de cetro y, después de un destello de luz dorada, ya no había ninguna enfermera en la zona. Aprovechando la soledad, Sailor Eos se acercó a las tres Sailor Senshi heridas, mirándolas con odio, recordando la negativa de ellas a permitir que matara a los Generales Celestiales. Sailor Eos quería verlos muertos, pero no por la razón que ella había manifestado a las Sailor Senshi.

Sabiendo que las necesitaba vivas, Sailor Eos se tragó el odio y extrajo una probeta con un líquido plateado que parecía emitir un brillo leve. Dosificando cuidadosamente el contenido de la probeta, Sailor Eos hizo que cada Sailor Senshi herida tragara el líquido plateado, moviendo con cuidado los músculos de la garganta de cada una para hacerlo. No podía detenerse a ver si había resultado lo que ella había hecho, porque el personal de emergencia estaba a punto de llegar y necesitaba alejarse de Cuidados Intensivos. Para reforzar la mascarada, volvió a convertirse en una enfermera, desapareciendo por una esquina justo cuando el equipo de contención de agentes biológicos llegó a la escena.

Si todo sale bien, las tendré en la palma de mi mano cuando despierten.

Aurora sabía que un ataque frontal a los Generales Celestiales no era una opción mientras las Sailor Senshi los protegieran. Tampoco era que ellos estuviesen indefensos, porque los Generales también eran poderosos. Debía hacer que las mismas Sailor Senshi sellaran sus destinos. Aquello era muy importante para sus propósitos.

No importa si no pueden matarlos. Con las palabras adecuadas, todo puede salir de acuerdo con el plan. Lo que importa es que ellas se deshagan del vínculo que tienen con esos malditos Generales.

Considerando que su presencia era innecesaria, Aurora descendió al primer piso, se deshizo de su uniforme de enfermera en un baño público y salió del hospital vestida con un traje casual. Así no llamaría la atención.

Pronto tendré lo necesario para concretar mi plan.

Washington, seis horas más tarde

Desmond Hudson esperaba que Kamikaze llegara más tarde de lo planeado, pero, al parecer, todo iba sobre rieles. La reunión debía tener lugar en las afueras de la ciudad, cosa que ninguna persona fuese testigo de la conversación. No quería ni imaginar lo que podría ocurrir si el presidente MacArthur supiera que estaba haciendo cosas ilegales.

Kamikaze llegó un poco antes de lo que Desmond había planeado. Aterrizó violentamente sobre un campo, justo frente al Secretario de Defensa.

—¿Y bien? ¿Qué hay de las Sailor Senshi?

—Ellas tienen el poder suficiente para neutralizar ejércitos completos —dijo Kamikaze con una postura rígida, como si fuese algún soldado entregando un informe a su superior—. Sus habilidades pueden ser muy útiles para contrarrestar otras potencias militares.

—Háblame de Sailor Moon.

—Es la más débil de las cinco. No es un reto y sus poderes son decepcionantes. No la necesitamos.

Desmond se llevó una mano al mentón.

—No es lo que vi en las imágenes —dijo, mirando a Kamikaze como si no estuviera seguro de si había hecho bien su trabajo—. Recuerdo que Sailor Moon tenía algo brillante en sus manos, algo que emitía cantidades enormes de energía, por eso asumimos que era la más fuerte de las cinco.

—No mostró esa habilidad en combate —dijo Kamikaze, manteniendo la rigidez en su postura—. Si lo que dice es cierto, entonces puede que ese poder necesite de un periodo extenso de recarga.

—Puede ser —admitió Desmond, asintiendo con la cabeza—. Si eso resulta ser verdad, entonces no nos sirve como arma. Se supone que un arma debe ser usada de forma expedita y rápida. Bueno, si ese es el caso, entonces háblame de Sailor Jupiter.

—Ella tiene un ataque muy poderoso —dijo Kamikaze, haciendo que Desmond compusiera una sonrisa—. Consiste en un arco eléctrico con un voltaje que solamente se ha visto en los relámpagos. También posee una fuerza muy por encima del promedio para las chicas de su edad.

—Es la puerta de entrada para crear al súper soldado —dijo Desmond, visiblemente ansioso por tener a las Sailor Senshi en el laboratorio—. Háblame de Sailor Mars.

—Es capaz de generar llamas tan calientes que puede derretir acero como si fuese mantequilla. Mi sensor detectó picos de temperatura de hasta dos mil grados centígrados.

Desmond abrió los ojos de forma desmesurada. De acuerdo con el reporte de Kamikaze, el ataque de Sailor Mars podría ser mucho más efectivo que el napalm y la termita. Ni siquiera un tanque podría resistir aquellas temperaturas tan descabelladas.

—Es… impresionante. Nunca creí que las Sailor Senshi poseyeran tanto poder.

—En cuanto a Sailor Venus —continuó Kamikaze con entusiasmo—, ella usa una cadena con un coeficiente de fricción suficiente para agarrarse a cualquier cosa. Además, no pude determinar de qué estaba hecho, pero sé que la cadena no es sólida. Pareciera que estuviera hecha de luz.

—¿De luz? —repitió Desmond, creyendo que Kamikaze le estaba jugando una broma—. ¿Cómo diablos la luz puede comportarse de ese modo? Pero, si lo que dices es cierto, podríamos crear vehículos militares hechos de luz. Nada podría destruirlos.

—Pero eso no es todo —dijo Kamikaze, recordando el ataque final de Sailor Venus—. Ella me atacó con un rayo de luz concentrada, o como les gusta llamarlo aquí, láser. Pero su concentración de energía es muy superior a todo lo que conocemos. Si mis espadas no hubieran sido revestidas con material reflectante, me habría atravesado. Según mi sensor, la energía del rayo de Sailor Venus superó los dos terajoules.

—¿Tera… joules?

—Es mucha energía —dijo Kamikaze, complacida al ver a Desmond tan sorprendido—. Cuando las vi en acción, entendí por qué ustedes estaban tan preocupados por ellas. Son una real amenaza a la seguridad nacional.

—Lo son, pero ya no lo serán cuando hayamos desarrollado armas basadas en sus poderes. Por cierto, ¿qué hay de Sailor Mercury?

—No peleé contra ella —admitió Kamikaze, y Desmond compuso una expresión de fastidio—. No estaba presente cuando las demás Sailor Senshi combatieron conmigo. Pero he conseguido información sobre ella por otras fuentes.

—¿Y qué me puedes decir de ella?

—No posee poderes ofensivos demasiado potentes, pero sí he recogido información sobre puntos fríos que se acercan sorprendentemente al cero absoluto. Son puntos donde se sabe que Sailor Mercury ha estado. También he escuchado reportes de lugares donde ha habido una niebla casi impenetrable, puntos donde también se sabe que ella ha estado.

—Tienes razón —dijo Desmond, aunque de igual manera lucía complacido—. No son poderes que podamos usar para proyectar poder convencional, pero eso del cero absoluto puede sernos muy útil. Imagina bombas heladas que puedan congelar al enemigo de forma instantánea, sin necesidad de nitrógeno líquido o ese tipo de cosas. Y la niebla es una excelente distracción. No sé tú, pero estas no son armas de alguien particularmente poderoso. Son poderes de carácter estratégico, por lo que asumo que Sailor Mercury debe ser alguien muy inteligente. Averigua más sobre ella. Puede que nos de una última sorpresa.

—A la orden.

Y Kamikaze despegó a toda velocidad, dejando a Desmond solo con sus pensamientos. Creía que los poderes de las Sailor Senshi no eran tan sorprendentes, que eran chicas con poderes mágicos y nada más. No anticipó que los números que Kamikaze le había entregado fuesen tan escalofriantes. Eran, en realidad, seres poderosos, de otro planeta. Aquello le dio la motivación suficiente para tener a ese grupo de chicas en el laboratorio lo más pronto posible.

Cuando hallemos la forma de usar sus poderes para nuestro beneficio, nadie podrá detenernos.

Sin embargo, lo que había escuchado de Sailor Moon no le había gustado para nada. Creía que ella iba a ser la más fuerte de las cinco, pero resultó ser la más débil. Ese asombroso poder que había desplegado en el registro de las cámaras de seguridad no había sido otra cosa que una mera ilusión. Sin embargo, por débil que fuese, seguía siendo una amenaza. Pero ella iba a requerir un tratamiento diferente del de las otras cuatro. Lo único que faltaba para comenzar con la planificación de la misión de extracción era la información adicional sobre Sailor Mercury.

Algo le decía a Desmond que ella tenía en su poder la herramienta más útil de todas.

Tokio, 01 de marzo de 1992, 09:14a.m.

Amy despertó, y lo primero que vio fue a Serena, dormida sobre sus piernas. También había una enfermera sentada cerca. Era evidente que esperaba a que ella despertara para entregarle alguna especie de noticia.

—Señorita Mizuno —dijo la enfermera, acercándose a Amy con una sonrisa—, he venido a comunicarle que el médico a su cargo acaba de darle el alta. Su pierna se encuentra en excelentes condiciones. Si puede seguirme hasta el primer piso, por favor…

Amy notó que, junto a Serena, quien acababa de despertarse, estaban sus ropas. Corriendo las cortinas para que nadie la viera, se deshizo de su bata de hospital y se puso su ropa. A continuación, haciendo un gesto a Serena para que la acompañara, siguió a la enfermera hasta el primer piso, donde Amy debía seguir el papeleo necesario para el alta médica. Normalmente también debía pagar por la atención, pero su madre ya se había hecho cargo de ese detalle, por lo que Amy no debió hacer nada al respecto. Solamente le entregaron la factura con el desglose del costo de los medicamentos y el resto de los insumos.

—Olvidé que tu madre es doctora y que gana mucho dinero —dijo Serena, acompañando a Amy hasta la salida del hospital, doblando hacia la derecha, aunque Serena no sabía qué pretendía Amy yendo en esa dirección—. Por cierto, ¿adónde vamos?

Amy sacó la computadora de bolsillo y oprimió un par de teclas. Un mapa de Tokio apareció en la pantalla y un par de puntos indicaban dónde se encontraban ella y Serena. Al oeste, unas cinco cuadras más allá, había una serie de puntos verdes.

—¿Qué son?

—Son los puntos donde se encuentran las últimas víctimas de las plantas —explicó Amy, apresurando el paso, guardando la computadora y sacando su cetro. Serena hizo lo mismo.

Cuando ambas llegaron al lugar del incidente, notaron que había una flor de aspecto extraño junto a una de las víctimas. Sailor Mercury activó su visor y notó que esa flor tenía la misma firma química que el meteorito y las plantas halladas en los cuerpos.

—Mantente alerta, Sailor Moon. Esto no me gusta para nada.

Sailor Mercury tenía razón. La flor comenzó a estremecerse y a crecer de tamaño. Varias extremidades brotaron del tallo y éste tomó una forma humanoide. Cuando la transformación hubo acabado, ambas Sailor Senshi contemplaban con desconcierto a una mujer semidesnuda, con una flor enorme en su espalda y patas similares a las de un crustáceo. La flor no dijo nada. Simplemente extendió sus brazos y trepadoras brotaron de ellos. Sailor Mercury y Sailor Moon apenas pudieron esquivarlas.

—Tenías razón —dijo Sailor Moon, mirando con ojos dilatados a la bestia.

—Tienes que usar tu tiara para atraparla. Yo la distraeré.

Sailor Moon se sacó la tiara, esperando, mientras que Sailor Mercury usó su niebla para oscurecer el campo de batalla. La flor se quedó quieta, mirando en todas direcciones, sin saber de dónde provendría el siguiente ataque. Sailor Moon esperó a que la niebla se disipara y, cuando lo hizo, arrojó su tiara lunar con todas sus fuerzas. La flor reacción rápido, pero no lo suficiente para esquivar la tiara y ésta se enrolló a su alrededor, atrapándola. Sabiendo que no había mucho tiempo, Sailor Mercury ejecutó su ataque de agua, congelando el torso de la flor de forma instantánea.

—¡Rápido, Sailor Moon! ¡Debemos atacarla juntas!

Ambas Sailor Senshi se aproximaron a toda velocidad hacia la flor, quien trataba de deshacerse de su prisión helada, agrietando lentamente el hielo que la rodeaba. Sailor Mercury y Sailor Moon saltaron y extendieron ambas piernas hacia delante, impactando en el hielo y haciendo añicos la cabeza y el torso de la flor. Ambas cayeron de bruces sobre el pavimento y vieron, con alivio, cómo los restos de la flor se deshacían en humo negro.

—Lo logramos —dijo Sailor Moon, suspirando y poniéndose de pie. Sailor Mercury hacía lo mismo, notando que estaban cayendo pétalos nuevamente. De forma instintiva, Sailor Moon miró hacia atrás y vio a una figura acercándose a paso tranquilo. Algo le decía que no le iba a gustar para nada lo que vendría a continuación.

—Bien hecho —dijo el desconocido, aplaudiendo de forma pausada—. Han conseguido derrotar a una de mis queridas plantas. Ahora, solamente deben hacer lo mismo con las miles de semillas de las que dispongo.

Sailor Mercury no podía reconocer al sujeto que se acercaba hacia ella, pero a Sailor Moon se le hacía familiar. Aquel corte de cabello, sobre todo esos flequillos, le recordaban a alguien que había visto hace no mucho, claro que el aspecto del individuo frente a ella no podía ser más diferente. Su piel era mucho más pálida y sus orejas eran más largas. Vestía ropas distintas también.

—Eres Fiore, ¿verdad?

—Vaya, eres observadora, Sailor Moon —dijo Fiore con una sonrisa—. Pero eso no quita que hayas destruido a una de mis queridas flores. No puedo permitir que unas mocosas interfieran con mis planes.

—¿Con plan, quieres decir robar la energía de los seres humanos? —dijo Sailor Mercury, encarando a Fiore con el ceño fruncido—. Lo siento, pero no podemos permitir que hagas eso.

Sailor Mercury se preparó para ejecutar su ataque de agua, pero Fiore extendió una mano y ella salió catapultada hacia un edificio, impactando de espaldas contra el hormigón, quedando inconsciente. Sailor Moon se llevó una mano a la tiara, pero Fiore volvió a extender la mano y ella fue arrastrada varios metros hacia atrás.

—Ah, Sailor Moon —dijo Fiore en un tono casual, casi aburrido—. Te pareces mucho a esa joven de los moños del otro día, así que solamente puedo asumir que eres la misma. Pues déjame decirte que nada me va a impedir que Darien tenga la flor que merece. Recuerdo que dijiste que él era tu novio. Pues, ¿dónde está él? Deberías estar a su lado, pero estás aquí, perdiendo el tiempo tratando de detener algo que no puede ser detenido. Tarde o temprano, él se dará cuenta que quieres abandonarlo y tratará de alejarte de su lado.

—¡Yo no quiero abandonarlo!

—Pues yo creo que sí —dijo Fiore, extendiendo nuevamente una mano, y garras muy largas brotaron de sus uñas—. Y, aunque pretendas estar en lo cierto, la verdad es que quieres interponerte entre Darien y yo. No lo permitiré.

Fiore extendió más el brazo y las garras se alargaron más, amenazando con atravesar el pecho de Sailor Moon. Ella se quedó congelada, incapaz de reaccionar, mirando cómo esas garras estaban a punto de acabar con su vida.