XXIX
Chantajes
Órbita cercana a la Tierra, a 750km de la superficie, media hora más tarde
Sailor Moon y Tuxedo Mask despertaron casi al mismo tiempo y se dieron cuenta que se hallaban en el espacio exterior. De forma instintiva, contuvieron la respiración, pero pronto entendieron que eso no era necesario. Cuando miraron sus alrededores, notaron que estaban encerrados en una especie de burbuja que los protegía de los rayos cósmicos y del viento solar que el astro rey soplaba hacia el borde del sistema solar.
Sailor Moon recordaba que Tuxedo Mask había sido herido de gravedad por ese tal Fiore, pero cuando vio su pecho, no halló ninguna herida. No tenía idea de si haber visto como Fiore atravesaba a su novio con sus garras había sido una ilusión o si su anfitrión se había hecho cargo de ello.
—Ya están despiertos —dijo una voz que provenía desde arriba. Ambos miraron en esa dirección y vieron a Fiore, de brazos cruzados. Era obvio que había estado esperando en ese mismo lugar a que abrieran los ojos—. Los traje a este lugar porque quiero probar un punto con ustedes.
—¿Y cuál es? —preguntó Tuxedo Mask, poniéndose de pie, pero arrugando la cara a causa del dolor en su pecho.
—No deberías esforzarte mucho, Darien —dijo Fiore con calma, relajando los brazos y dejándolos caer a cada lado de su cuerpo—. Como iba diciendo, el punto que quiero probar es que Sailor Moon, tarde o temprano, te va a abandonar, como todas las personas que te aman lo hacen. Por eso, tú debes alejarte de ella para que no te haga daño.
—¿Y por qué haría eso?
Fiore no dijo nada. En lugar de abrir la boca, descendió de la burbuja y se acercó a un aparato que Tuxedo Mask no había visto en su momento. Sin embargo, no lo manipuló. Simplemente, quería mostrarlo.
—Con esto —dijo Fiore, indicando la máquina con un dedo—, puedo ver tus recuerdos, hurgar en tus secretos. Con esto, nada es privado para mí. He visto cosas muy interesantes en tu mente, cosas que prefieres ocultar por temor a lo que Sailor Moon podría pensar.
Tuxedo Mask tragó saliva. Lo último que deseaba era que Sailor Moon supiera lo que había visto cuando sostuvo a Rini después de la batalla contra Rubeus. Aquella visión era tan terrible que no le había platicado de eso a nadie, y juzgó que así debía quedar.
—¿Y qué pretendes hacer con eso?
—Oh, no me digas que no sabes cuál es el propósito de todo secreto —dijo Fiore, esbozando una sonrisa al ver la desesperación de Tuxedo Mask—. El propósito de un secreto es ser revelado.
Tuxedo Mask sintió que le faltaba el aire. Fiore estaba jugando un juego muy cruel y no se coartaba a la hora de hacerlo.
—Pero hay una solución a tu problema —dijo Fiore, avanzando paso a paso hacia la burbuja—. No es difícil lo que debes hacer. A menos que abandonar a Sailor Moon no sea algo fácil para ti. Pero, como siempre pasa en este tipo de situaciones, la decisión es tuya. Si no dejas a Sailor Moon, le diré lo que tu mente esconde y disfrutaré cómo se lo va a tomar. Te aseguro que será un trago muy amargo.
Tuxedo Mask se quedó congelado, sudor corriendo por su espalda y por su frente, incapaz de decidir qué hacer. No quería dejar a Sailor Moon, no después de todo lo que tuvo que pasar para que estuvieran juntos, pero tampoco quería que supiera la verdad. Y era tan horrible la verdad que había visto cuando sostuvo a Rini en brazos que, a veces, prefería alejarse de Sailor Moon y ahorrarse el dolor. Sin embargo, dejar a Sailor Moon también iba a producir un hueco en su corazón. Fue cuando entendió que, hiciera lo que hiciera, iba a sufrir, y mucho. La única cuestión por decidir era cuál de los dos era el mal menor.
—¿Por qué haces esto, Fiore? —preguntó Tuxedo Mask con desesperación. El aludido soltó una carcajada desprovista de emoción.
—¿Por qué hago esto? Ya te lo dije, Darien. Te estoy ahorrando un montón de dolor haciendo esto. ¿Para qué esperar a que Sailor Moon te abandone y sufras más de lo que jamás podrás soportar? Hazlo ahora, y el dolor será menor.
—Ya te dije que ella jamás haría eso. No la conoces. ¡Por favor, Fiore! Deja de jugar este juego y déjanos ir.
—Oh, te dejaré ir, siempre y cuando le digas adiós a Sailor Moon. ¡Vamos! Estoy esperando, pero no creas que lo haré para siempre. Tienes un día para decidir. Si no has aceptado mi propuesta, Sailor Moon lo sabrá todo.
Tokio, 02 de marzo de 1992, 02:17p.m.
Amy y las demás se habían reunido después de clases en el templo Hikawa para discutir los últimos eventos con más calma, pues una sala de Cuidados Intensivos no era lo suficientemente privada para hablar detalles sensibles. Por supuesto, los temas principales trataban de Kamikaze, el rapto de Sailor Moon y lo que el gobierno de Estados Unidos pudiera estar tramando con ellas.
—¿Estás segura que has visto el uniforme de Saori en otra parte? —preguntó Rei a Amy—, porque no hemos visto a ninguna Sailor Senshi que tenga ese aspecto, ni ahora ni en nuestros recuerdos del Milenio de Plata.
—Lo estoy —dijo Amy con firmeza—. Algo le pasó a Saori desde que se fue de Tokio la noche en que llegó a nuestro centro de control. Tuvo que haber sido durante el vuelo, porque el archivo de posición que le pasé contiene un algoritmo de seguimiento que usa el mismo GPS del teléfono para rastrear la posición de Saori en tiempo real. Cuando vi los datos de esa noche, noté que Saori, en efecto, llegó al aeropuerto, pero al de Washington, no al de Nueva Orleans. La señal desapareció cuando Saori iba en camino al Pentágono.
Las demás chicas pusieron caras de desconcierto. La pregunta que suscitaba esta nueva pieza de información era evidente.
—¿Y qué querría el Ejército con ella? —preguntó Rei, visiblemente inquieta por las implicaciones de los datos de Amy.
—Querían convertirla en un arma —respondió Amy, luciendo perturbada—, en lo que esos malditos tuvieron éxito—. Las chicas la miraron con incredulidad, pues tenía los puños crispados y el ceño fruncido—. Algo cambió en Saori, como que ya no es la misma de antes. Es como si le hubieran lavado el cerebro o si alguien hubiera implantado otra personalidad en su cuerpo.
Lita miraba a Amy con preocupación y puso una mano sobre su hombro.
—Luces muy afectada por alguien que apenas conoces —dijo, haciendo patente lo que las demás estaban pensando—. ¿Por qué no nos dices lo que te ocurre con esta chica llamada Saori?
—Ya se los dije —repuso Amy con un poco de impaciencia—. No puedo explicar lo que me ocurre con ella, pero es… es como… como si en algún momento estuviera enamorada de ella.
—Eso no tiene sentido —intervino Mina, mirando a Amy como si ella acabara de contraer una enfermedad—, eso, o sentiste algo por ella en los tiempos del Milenio de Plata y no nos dijiste nada.
—No fue en el Milenio de Plata —dijo Amy de inmediato, sorprendiendo a las demás chicas—. Fue algo más… reciente—. Amy se quedó en silencio de repente, pensando en algo que había pasado por alto. Luego, se llevó una palma a su frente.
—¿Te pasa algo? —inquirió Rei con preocupación—. ¿Te duele la cabeza?
—No, es que se me acaba de ocurrir una idea. Puede que no tenga la computadora, pero tenemos nuestro centro de operaciones bajo el salón de videojuegos.
Sin embargo, justo cuando las chicas salieron del templo, divisaron a una mujer de cabello dorado que se acercaba rápidamente hacia ellas. Rei la reconoció de inmediato. Era Aurora, la mujer que quería ver muertos a los Generales Celestiales. Todas fruncieron el ceño al instante.
—¿Qué quiere ahora esa tonta? —rezongó Rei, tratando de alargar la distancia entre ella y Aurora, pero esta última era muy rápida y las alcanzó en un instante.
—¿Por qué huyen de mí? —dijo Aurora en un tono autoritario que no agradó para nada a las chicas—. Tengo una proposición que hacerles.
—No me digas —terció Rei sarcásticamente—. Quieres que te entreguemos a los Generales para matarlos, ¿no es así?
—Algo por el estilo —admitió Aurora, pero era obvio que venía con otra estrategia—, pero esta vez, no tendrán opción. Verán, ustedes no hubieran sobrevivido al ataque de Kamikaze de no ser por mí. Los médicos se habían dado por vencido, pero yo tengo otros medios para curar gente. Por eso les administré un suero regenerativo para curar sus heridas y salvarlas de la muerte. Sin embargo, ese suero es solamente una solución temporal. Dentro de tres días, volverán a su estado previo y seguramente van a morir.
Las chicas fruncieron el ceño.
—¿Y esperas que te creamos? —increpó Rei, avanzando un paso hacia Aurora—. No tienes ninguna prueba.
—La tendrán —dijo Aurora con severidad—, porque el cese del efecto será gradual a lo largo de estos tres días. Va llegar un momento en que me suplicarán por una cura definitiva, la cual tengo, pero se las daré, siempre y cuando se deshagan de los Generales ustedes mismas.
Rei y las demás crisparon los puños en señal de enojo, todas a excepción de Amy, pues ella no había estado al borde de la muerte por combatir con Kamikaze. Aurora no tenía forma de chantajearla.
—No me desharé de Zoisite —dijo Amy con un poco más de calma, después de haber estado inquieta en el templo. Sin embargo, Aurora tenía un as bajo la manga para lidiar específicamente con Amy.
—¿Extrañas tu computadora?
Amy tragó saliva. Aquella fue reacción suficiente para Aurora.
—Si prometes deshacerte de Zoisite, te traeré tu computadora de vuelta, ¿qué te parece? No necesitas matarlo. Todo lo que debes hacer es abandonarlo. Eso va para todas las demás.
—¿De verdad eres tan tonta para creer que, después de todo lo que tuvimos que pasar para recuperar el amor de nuestros Generales, los vamos a dejar porque tú quieres? —Las orejas de Rei estaban tan coloradas que daba la impresión que, en cualquier momento, iba a brotar humo de ellas—. ¡No los vamos a dejar por nada del mundo!
Aurora se encogió de hombros.
—No las estoy obligando a nada. La decisión siempre ha sido de ustedes. Pero son solamente unas adolescentes que no tienen idea de la vida. Jamás son consecuentes con las elecciones que hacen. Ya verán que pronto vendrán arrastrándose a mis pies para que les solucione sus problemas.
Aurora dio media vuelta y enfiló en dirección contraria a la que iban Rei y las demás. Ella se quedó mirando a la mujer del cabello dorado por un largo rato antes de desviar la vista hacia sus amigas.
—¿Dijiste que tenías una idea, Amy?
Pero Amy parecía estar extraviada en otro mundo. Las demás la miraron con preocupación y Lita estuvo a punto de tomarle nuevamente el hombro cuando reaccionó. Tenía los ojos más abiertos de lo normal y su cara expresaba alarma.
—Deberíamos aceptar el trato de Aurora.
Las demás la miraron como si Amy se hubiera vuelto loca.
—¿Por qué lo dices?
—Kamikaze tomó mi computadora de bolsillo.
—Eso lo sabemos —dijo Rei con impaciencia.
—Kamikaze trabaja para el gobierno de los Estados Unidos.
—Eso también lo sabemos.
—El problema, chicas, es que diseñé un algoritmo en mi computadora que bauticé "Alfombra Roja". Lo hice para penetrar los cortafuegos del banco de datos de la NSA, donde encontré los planos de Kamikaze y quién se escondía detrás de la armadura. Y ahora, gracias a la misma Kamikaze, el gobierno de los Estados Unidos tiene el algoritmo. Imaginen lo que podría hacer la NSA con semejante código en sus manos. Podría iniciar una guerra y nadie sabría quién fue el responsable.
Rei se quedó de pie, desconcertada, al igual que las demás. Si pensaba bien en lo que Amy había dicho, aquello representaba una amenaza peor de la que había imaginado. Sin embargo, Lita espabiló y volvió a poner una mano sobre el hombro de su amiga.
—No deberías preocuparte mucho —dijo, en un tono liviano, destinado a animar a Amy—. Eres una de las chicas más inteligentes del mundo, y la única que puede usar esa computadora. No creo que alguien pueda usar algo que a una persona normal le tomaría medio milenio en aprender a usar.
Sin embargo, esas palabras no animaron a Amy, en absoluto.
—Lita, lo que dices no tiene sentido. Claro que hay personas que son más inteligentes que yo y podrían averiguar cómo usar mi computadora sin muchos problemas. —Amy bajó la mirada y las demás se apenaron por ella—. No quiero ser recordada como la creadora de un arma digital.
—Podríamos ayudarte a recuperar tu computadora —ofreció Mina, pero Amy negó con la cabeza.
—Tenemos otras prioridades —dijo, alzando la mirada nuevamente—. Y, si más no recuerdo, dije que se me había ocurrido una idea.
Tokio, veinte minutos más tarde
Amy descargó la información del visor en la computadora del centro de operaciones y cargó la imagen que había captado de Saori con aquel extraño uniforme de Sailor Senshi.
—¿Qué quieres hacer? —preguntó Lita, mirando cómo Amy tecleaba en la computadora. Usaba unos lentes que ninguna de sus amigas le había visto antes.
—Estoy usando un motor de búsqueda para encontrar imágenes similares a la que obtuve de Kamikaze. —Amy utilizó el ratón para hacer clic sobre una imagen que se parecía a la de referencia, pero solamente se trataba de una fiesta de disfraces en agosto de 1970.
—Vayamos más atrás en el pasado.
A la computadora le tomó dos minutos encontrar una imagen de un fotógrafo que, al parecer, estaba buscando fotografías para una exposición en noviembre de 1967 sobre la infame falla de San Andrés. La sorpresa cayó como un balde de agua fría sobre Amy cuando vio a un grupo de soldados y, entre ellos, una Sailor Senshi con un uniforme idéntico al de la imagen de referencia, pero el rostro de la mujer era distinto. Amy hizo clic en el enlace para acceder al texto y vio una reproducción digital de un periódico de la época, donde decía que el fotógrafo había muerto en condiciones sospechosas, dos días después de la publicación de la fotografía. Desconcertada, Amy cliqueó en "imágenes relacionadas" y vio lo que parecía una batalla campal entre los soldados y dos Sailor Senshi que pudo reconocer a la perfección, aunque eso solamente hizo acrecentar el misterio.
—¿Esa no es Saori? —dijo Rei, frunciendo el ceño.
—¿Esa no es Amy? —añadió Lita, con la boca abierta, al igual que sus ojos.
Todo eso no tenía sentido, aunque ayudaba a explicar por qué a Amy se le hacía tan familiar el rostro de Saori cuando la vio por primera vez. Sin embargo, no podía explicar por qué estaba ella en esa fotografía, en 1967, en la falla de San Andrés. No tenía ningún recuerdo de esa época y, sin embargo, aquel paraje y aquella batalla le traían sensaciones extrañas, como el fantasma de un dolor punzante en su pecho (15).
—¿Qué hice en 1967? —se preguntó Amy, llevándose una mano al mentón, luciendo perdida.
—Lo mismo me pregunto yo —añadió Lita, mirando las imágenes con estupor—. Porque yo tampoco tengo algún recuerdo de haber estado en esa época.
—Ni yo —dijo Rei, arrugando la cara—, pero sé a quién preguntarle.
—Saori debe saber lo que pasó, aunque no estoy segura si recuerda ese tiempo o no. —Amy cerró la página y se puso de pie, respirando hondo para calmarse—. Pero no podemos hacer más con esto, por ahora. El siguiente paso es rescatar a Sailor Moon.
—Amy tiene razón —dijo Mina, dirigiéndose a todas las presentes—. Pero necesitamos la ayuda de Luna y Artemis. No estoy segura si podemos usar la teletransportación con los poderes de nosotras cuatro.
—Yo los voy a llamar —se ofreció Amy y volvió a sentarse, tomando un auricular y oprimiendo unas cuantas teclas.
Órbita cercana a la Tierra, a 750km de la superficie, 06:14p.m, hora de Tokio
Tuxedo Mask había ponderado todas las variables posibles en cuanto a la propuesta de Fiore, pero ninguna de ellas lucía demasiado prometedora. No había eventualidad alguna en la que ninguno de los dos saliera perdiendo por cualquier razón. Sin embargo, tenía clara una cosa: no iba a permitir que Sailor Moon supiera ese secreto que tanto empeño había puesto en proteger. Tomó la decisión justo cuando Fiore apareció frente a él, mirando un reloj invisible en el dorso de su mano.
—Bueno, Darien, el tiempo se ha acabado. Es tiempo que decidas lo que es mejor para ti. O te alejas de Sailor Moon o ella lo sabrá todo.
Tuxedo Mask bajó los brazos y suspiró en señal de resignación.
—Tú ganas, Fiore —dijo él, en un tono lúgubre—. Perdóname, Sailor Moon, pero no quiero que sepas la verdad.
—¿Por qué no me quieres decir? —replicó Sailor Moon, tomando el brazo de Tuxedo Mask y derramando lágrimas—. ¿Tan terrible fue lo que viste? ¡No quiero que me ocultes cosas! ¡Se supone que somos pareja! ¡No debería haber secretos entre nosotros!
—Serena —dijo Tuxedo Mask, tomando los brazos de Sailor Moon y apartándolos de él—, bajo ninguna circunstancia debes saber lo que yo sé, aún cuando eso signifique que ya no sigamos juntos.
—Pero… pero el destino nos juntó por una razón —dijo Sailor Moon, cada vez con menos fuerza en su voz—. No puedes darme la espalda por algo tan tonto. ¡Por favor, recapacita!
—No siempre el destino consigue lo que quiere —repuso Tuxedo Mask, tomando a Sailor Moon por los hombros y alejándola de él—. Mi destino no tiene por qué estar atado al tuyo. Si es eso lo que se requiere para protegerte de la verdad, entonces lo haré.
Fiore extendió sus brazos y tomó a Sailor Moon, tirándola hacia él y sacándola de la burbuja. Puso un brazo frente a su cuello y el otro lo puso detrás de su espalda.
—Bien hecho, Darien —alabó Fiore, alejándose de la burbuja lentamente, mientras que Sailor Moon trataba, infructuosamente, de zafarse de los brazos de su captor—. Sabía que lo ibas a entender. Ahora, deja asegurarme que ella jamás vuelva a tus brazos.
Tuxedo Mask se sintió como si una mano invisible le estrujaba el corazón cuando vio que Sailor Moon fue atravesada por las garras de Fiore, destruyendo su pecho. Inmediatamente, la sangre manchó su uniforme, y ella soltó un gemido ahogado. En ese momento, Tuxedo Mask supo Fiore había cometido un acto de traición. Creyó que solamente iba a alejarla de él, pero se había equivocado. Con aquella revelación, vino otro sentimiento, uno que ahogó todo lo demás.
Culpa.
Mientras veía cómo Sailor Moon caía al suelo en cámara lenta, él también fue cayendo de rodillas, incapaz de imaginar que el destino hubiera dado un giro tan cruel. Sus rodillas dieron en el suelo en el momento en que el cuerpo de Sailor Moon hacía lo mismo. Luego, sintió que toda fuerza escapaba de su cuerpo y se inclinó hacia delante y se hubiera machacado la cabeza contra el suelo si no hubiera extendido sus brazos para amortiguar la caída.
Sin embargo, Sailor Moon aún seguía con vida, aunque ésta se le escapaba lentamente por las heridas que Fiore le había propinado.
—Darien —llamó ella con voz débil, tratando de alzar el torso, aunque era muy difícil sin sentir un dolor horrible en su pecho—, yo… yo no creo que… quieras realmente… abandonarme. Dijiste esas… palabras… para… protegerme… pero no me… importa… sufrir. Eres libre de… decirme la… verdad, porque… porque sé que… que… que me amas… sin importar… lo que… que pase.
—Conmovedor —dijo Fiore, sin sentirse del mismo modo—, pero ya pagaste por las consecuencias de la decisión de tu novio. Pronto vas a morir, y no hay nadie que puedas hacer al respecto.
Y pateó el cuerpo de Sailor Moon, todo frente a los ojos de Tuxedo Mask, quien arrugó la cara entre tantas lágrimas y se puso de pie, crispando los puños.
—¿Cómo te atreves…?
—Ya te lo dije, Darien —dijo Fiore, volviendo a patear el cuerpo de Sailor Moon—. Tarde o temprano, ella no seguirá a tu lado. ¿Acaso no lo ves? Ella misma lo dijo. No le gusta que le guarden secretos. Si hubieras insistido en no decirle la verdad, ella te habría dejado, porque así son las chicas. Te salvé del dolor del abandono.
—¿A costa de qué? —retó Tuxedo Mask, forzando la burbuja con sus manos, notando algo que no había visto antes por estar más pendiente de otras cosas—. ¿De la vida de una chica que nada te ha hecho? Y ahora, está a punto de morir. ¿Quieres eso en tu conciencia?
—No repetiré lo que te he dicho varias veces ya —dijo Fiore, dando una última patada a Sailor Moon—. Lo que importa es que eres libre. Fue tu decisión, no la de ella. Hay un mundo de diferencia entre ambas cosas.
Tuxedo Mask no dijo nada. Tenía su mirada fija en la flor que adornaba el ojal del traje de Fiore. Le dio la impresión que esa planta no era común y corriente, pues parecía emitir una energía extraña que podía sentir a modo de cosquilleos en su nuca.
—¿Dónde encontraste esa flor?
—Ah, esa es una historia muy interesante —dijo Fiore, abandonando las maneras bruscas y mirando la flor con una mirada que se parecía mucho a orgullo—. Verás, desde que te dejé cuando éramos unos niños, juré encontrar una flor para regalarte, tal como tú lo hiciste en esa ocasión. En uno de mis tantos viajes, encontré esta planta a la deriva, agonizando en un trozo de planeta. La tomé y ella formó parte de mí desde ese momento. Después, me dije: ¿para qué conformarme con una flor, si puedo tener muchas más? Fue así que me dediqué a buscar mundos donde esta flor pudiera reproducirse. Pero ningún planeta poseía tanta vida como éste. Por eso vine aquí.
—¿O sea, me trajiste aquí, me manipulaste para separarme de Sailor Moon y poder matarla, solamente porque quieres plantar un jardín?
—Dije en serio eso de que ella te iba a dejar —dijo Fiore, acariciando los pétalos de la flor en su pecho—. Pero sí, digamos que así es. Pero estas plantas no son como las de la Tierra. Mis retoños necesitan energía de seres vivos para crecer. Es una lástima que muchos tengan que perecer para que estas flores puedan sobrevivir. Y ahora que me he deshecho de Sailor Moon, las demás no tardarán en llegar. Cuando las Sailor Senshi hayan perecido, la Tierra estará desprotegida y mis flores podrán consumir la energía de los humanos sin impedimentos.
Tuxedo Mask se quedó en silencio por un momento, mirando a Fiore y después a la flor. Dejó de crispar los puños, tratando heroicamente de no mirar el cuerpo agonizante de Sailor Moon, aunque notó que algo comenzaba a brillar en su pecho, en el mismo lugar donde Fiore la había herido.
—Dime una cosa —dijo Tuxedo Mask, frunciendo el ceño—, ¿eres tú quien planeó todo esto, o fue la flor en tu pecho?
Hubo un momento de silencio, después del cual Fiore prorrumpió en carcajadas.
—¿Pero qué estás diciendo, Darien? Las flores no piensan. Solamente creo que esta planta es un ser vivo que guarda mucho dolor por ser la única en su especie. Me dije, ¿por qué no salvarla de la extinción?
—Pues yo creo que esa flor te está manipulando y ni siquiera te das cuenta.
—Nadie me está manipulando —replicó Fiore con un poco menos de calma, y Tuxedo Mask supo que su corazonada había dado en el blanco—. ¿Cómo diablos una simple flor puede hacer eso?
—¿Quién sabe? —dijo Tuxedo Mask, alejándose un poco de la pared de la burbuja—. Este universo es muy grande y bien pueden existir flores pensantes. Fiore, ¿por qué ni siquiera puedes concebir la noción que esa planta que tienes en tu pecho te está controlando? Eso debería darte una pista. Porque sé que tú jamás harías algo tan horrible como matar a alguien. Si en algún momento te di una flor y tú me la aceptaste, es porque eres un hombre sensible, incapaz de dañar a alguien. ¡Tienes que recapacitar y deshacerte de esa flor maligna! ¡Solamente te está volviendo un ser terrible!
Fiore iba a responder, cuando un sonido de algo quebrarse hizo eco en el vacío del meteorito y Tuxedo Mask escapó de la burbuja usando su bastón. Sin embargo, aún tenía los vestigios de la herida en su pecho y se inclinó ligeramente hacia adelante, gruñendo de dolor. Fiore retrocedió un poco, percatándose que no había forma de salir de aquella situación sin pelear. Eso no le impidió tratar de solucionar el asunto por vías más diplomáticas.
—Darien —dijo Fiore, tratando de calmarse respirando hondo—, esta flor no me está diciendo qué hacer. Es un ser que no piensa, por lo tanto, no manipula. Yo solamente quiero cumplir con mi promesa, aquella que te hice hace tanto tiempo ya. Y creo que esta flor es justo lo que mereces. No tienes idea de lo feliz que me hiciste cuando me regalaste esa rosa. Me hiciste entender que no estaba solo en este universo, que podía contar con un amigo, aunque fuese solamente uno. Créeme que esto lo hago por ti, y por nadie más.
Las palabras de Fiore habían sonado convincentes y otra persona las habría creído así sin más. Pero Tuxedo Mask no tenía los ojos fijos en Fiore solamente por ponerle atención. Estaba usando sus poderes sobre la mente para ver sus recuerdos, sobre cómo había llegado realmente a encontrarse con esa flor y cómo había distorsionado sus intenciones. Había jugado sus cartas muy bien. Mientras hacía hablar a Fiore, él hurgaba en sus recuerdos pasados, buscando las reales motivaciones de su otrora amigo para hacer lo que estaba haciendo. Se puso en guardia.
—Lo lamento, Fiore —dijo Tuxedo Mask, al tanto de la verdad sobre las intenciones de quien estaba frente a él—, pero esa flor ha corrompido tu mente y tus planes. Tengo que deshacerme de ella, aunque deba hacerte daño para hacerlo.
Fiore suspiró en señal de resignación. La diplomacia había fallado.
—Como quieras —dijo, también poniéndose en guardia.
(15) Ver el capítulo 17 de "Cortejando al apocalipsis" para ver de dónde proviene esa sombra de dolor en el pecho de Amy.
