XXX
Cazadores

Londres, 23 de enero de 2000, 11:28p.m.

Llegamos a Nueva York a las ocho de la mañana después de un vuelo lleno de turbulencias. Incluso hubo una ocasión en la que el avión cayó unos dos mil metros en menos de dos minutos, pero por lo menos Sophie pudo recuperar el control. Desconozco cuán comunes son estos incidentes, pero de algo estoy seguro: no pude dormir durante todo el maldito vuelo.

Distinto había sido el caso de mis compañeras, aunque en este caso era más correcto decir que yo era compañero de ellas. A veces me daba la impresión que Scarlett me miraba más de la cuenta, lo que me hacía sentir incómodo. Bueno, no cualquiera se sentiría de ese modo cuando alguien con el aspecto de Scarlett le miraba de forma repetida. Pero claro, ustedes deben recordar que yo tenía ojos solamente para Nicole, quien me había platicado más sobre su vida en aquellos momentos en que ella estaba despierta. Déjenme decirles que, mientras más conversaba con Nicole, más me iba colando por ella, aunque no estaba seguro si el sentimiento era mutuo, porque me daba la impresión que ella sonreía un poco más cada vez que hablaba conmigo.

Salimos del avión y nos dirigimos al terminal, donde debíamos presentar nuestros pasaportes. Sin embargo, aunque no sé si fue por suerte o si Violet estaba usando su magia, no tuvimos que hacer ningún trámite. Salimos del perímetro del aeropuerto JFK y buscamos algún medio de transporte que no nos secara la billetera, porque daba la impresión que todo lo relacionado con los aeropuertos era más caro que en la misma ciudad, no sé por qué mierda es así.

Llegamos a Manhattan después de enfrentar un taco épico. No por nada Nueva York era apodada "la ciudad que nunca duerme", y el tráfico podía ser horrible, aun en la madrugada. Ustedes se preguntarán por qué llegamos a la Gran Manzana y no a otros de los barrios más populares de la ciudad, como Queens. Bueno, Nicole me dijo que conocía a alguien en Manhattan que tenía conexiones con Interpol, un tipo experto en buscar agujas en pajares, justo la clase de persona que necesitaba.

Cuando llegamos al lugar donde trabajaba esta persona, se me cayó el alma y la boca a los pies. Al principio pensé que las chicas me estaban jugando alguna clase de broma, pero, por desgracia, no lo era. Tragando saliva, entré al cuartel de policía, juzgando inteligente que las chicas fuesen delante de mí, pues, no sin razón, imaginaba que debía haber fotografías de mi persona en cada cubículo y oficina del cuartel, aunque jamás vi una.

—Buscamos a Terry Gordon —anunció Nicole en una voz clara y musical. Aunque odie admitirlo, cada sonido penetraba en mi cabeza como el aroma de un pastel de frambuesa en las fosas nasales de alguien. Aunque, si nos ponemos más objetivos, el tono de voz iba encaminado a transmitir a la policía que ellas no eran una amenaza.

—Está en su oficina —dijo uno de los oficiales, indicando una ventana en la que se podía ver a un hombre afroamericano y calvo, hablando por teléfono, luciendo irritado—. ¿Quién lo busca?

—Dígale que Nicole Grey ha venido a visitarlo, por favor.

El oficial no dijo nada. Caminó con paso desgarbado hacia la oficina de Terry Gordon y tocó tres veces a la puerta. Terry Gordon vio al oficial, quien indicó con un dedo hacia Nicole.

Les juro que fue como si alguien le hubiera arrojado un hechizo, porque la cara de Terry Gordon se iluminó como un árbol de navidad en nochebuena. Por alguna razón, el oficial que había ido a su oficina lucía iracundo, aunque asumo que tenía aquella expresión porque había sido mandado como si fuese un simple mensajero. Sin embargo, tuvimos que esperar a que Terry terminara la llamada para que nos pudiera atender. Dos minutos más tarde, nos llamó a su oficina y entramos en tropel.

Cuando eché un vistazo a la oficina, supe por qué Nicole había decidido hablar con este hombre. Terry Gordon era un detective, pero uno inusualmente ordenado. No había papeles sueltos, los artículos del amplio escritorio estaba ordenados de tal forma que fuese fácil alcanzarlos e incluso los gabinetes parecía soldados en rígida formación.

—Por un momento pensé que te habías olvidado de mí —dijo Terry jovialmente, dando un abrazo apretado a Nicole, quien se lo devolvió de forma efusiva—. ¿Cuántas llamadas fueron? ¿Cinco? ¿Diez?

—Siete —repuso Nicole, separándose de su amigo—. Discúlpame, Terry, pero estaba ocupada con unos asuntos importantes que involucran a este hombre que viene conmigo.

Nicole se hizo a un lado y me apuntó con el dedo. Terry me dedicó un breve vistazo antes de asentir con la cabeza.

—Tú eres Jeremy Burns —dijo Terry. Noté que aquella no había sido una pregunta, pero no tenía idea cómo sabía mi nombre. Al parecer, Terry notó mi confusión, a juzgar por las palabras que dijo a continuación—. No sé si Nicole te platicó al respecto, pero soy uno de los enlaces locales de la policía con Interpol. Tu fotografía apareció ayer en la base de datos, y decía que eres alguien muy peligroso. Bueno, he leído algo de tu expediente y, permíteme que te lo diga, pero no me parece que seas peligroso, por mucho que esos europeos digan que asesinaste a James Harrington a sangre fría.

—Yo no lo asesiné —repliqué como por instinto, pero Terry no hizo otra cosa que asentir con la cabeza.

—Lo sabe, Jeremy —dijo Nicole, tratando de tranquilizarme—. Por eso venimos aquí, para averiguar más sobre qué fue lo que realmente pasó, ¿verdad, Terry?

—Todo el asunto huele a gato encerrado —dijo el aludido, manejando su computadora y accediendo a la base de datos de Interpol—, más que nada por esto.

Terry mostró un video que parecía pertenecer a una cámara de seguridad en alguna calle londinense. La hora de la filmación fluctuaba entre las once y once y cuarto de la noche, y las imágenes estaban en la resolución suficiente para identificarme. Veía con asombro cómo me bajaba de un taxi frente a un edificio residencial y penetraba en éste con las manos en las carteras.

—Bastante ilustrativo, ¿no creen?

Pues yo solamente me había visto a mí mismo cuando me bajé del taxi y entré en el edificio donde se hallaba mi departamento. No veía en qué podía ayudarme aquellas imágenes, pero cuando me fijé en la hora a la que habían sido captadas las imágenes, tragué saliva. Recordé que apenas entré en mi departamento, encendí la televisión y vi la noticia de la muerte de James. Debían ser un poco más de las once de la noche y la muerte había ocurrido a las once y cinco minutos. Si conozco bien Londres, debían haber más de quince kilómetros entre el lugar de la muerte de James y mi departamento. Fue cuando entendí lo que Terry estaba tratando de decirme. No había ningún escenario, sobre todo en una ciudad como Londres, en que pudiera recorrer quince kilómetros en diez minutos. Tendría que andar a más de cincuenta millas por hora por calles atestadas de vehículos. Una imposibilidad matemática. Ni siquiera el subterráneo me trasladaría tan rápido, porque el edificio donde yo vivía, justo frente a la cámara de seguridad, estaba a al menos quinientos metros de la estación más cercana y la escena del crimen tampoco se hallaba demasiado cerca de alguna estación de metro. Como dije, era una imposibilidad matemática que yo hubiera asesinado a James y llegado a mi departamento en menos de diez minutos.

—¿Puede usar estas imágenes como prueba? —dije, sintiendo que algo de optimismo comenzaba a brillar en mí.

—Desafortunadamente, no se puede —repuso Terry, aunque no lucía ni remotamente decepcionado—. Los registros de video son inadmisibles sin comprobación secundaria.

—¿A qué se refiere con "comprobación secundaria"?

—Me refiero a que el video por sí mismo no es suficiente. Necesitamos un testigo, uno que haya estado en el lugar de los hechos. El testigo debe ver este video y corroborar lo que las imágenes muestran. De ese modo, el video se puede usar como prueba.

—¿Y cómo diablos va a identificar a alguien en ese video?

Terry se limitó a sonreír. Asumí que tenía algo en mente, por lo que no dije nada. Nicole se acercó y me habló en un tono apenas más alto que un susurro.

—Terry es experto en encontrar agujas en pajares. Deja que haga su trabajo.

En honor a lo que estaba comenzando a sentir por ella, no dije nada más. Contemplé cómo Terry usaba un programa de detección de rostros y lo corría en el video que me había mostrado. Por suerte, las imágenes estaban en la resolución suficiente para que el programa no tuviera tantos dramas identificando a algún testigo que me hubiera visto entrar al edificio a la hora que el video había sido grabado.

Después de unos cuantos minutos, durante los cuales me paseé por la oficina como un perro inquieto, la computadora hizo un sonido que, asumí, me dijo que había encontrado la identidad de una mujer que esperaba la luz verde del semáforo (el edificio donde vivía se emplazaba en una esquina). Tenía la panorámica del edificio y me había visto entrar, lo que era mejor.

—Su nombre es Lucy Warren y es una turista americana. A eso lo llamo suerte.

—¿Por qué?

—Porque puedo coordinar con la embajada americana en Londres y hacer que goce de protección especial, porque estoy seguro que los tipos responsables de la muerte de James Harrington quieren asegurarse que sigas siendo el culpable, y, a juzgar por mi experiencia, no estarán por encima de matar testigos para ello.

—¿Conoces a los que hicieron esto?

—No, pero conozco cómo son esa clase de sujetos. La vida humana les importa un pepino si eso estorba lo que quieren lograr. Y lo que quiere conseguir es achacarte a ti la muerte de James. Ahora, si me preguntas por qué te escogieron a ti, te diré que no tengo ni la más remota idea. Tampoco necesito que me digas, si es que lo sabes. Todo lo que me importa es que salgas libre de polvo y paja.

—¿Y los de Interpol no pondrán peros?

—Lo intentarán, de eso no hay duda. Pero cuando hayan visto las pruebas, dejarán de estar tras tu rastro. Hasta entonces, te recomiendo que te pongas ojos en la espalda, porque esos tipos no cejarán hasta que te hayan atrapado.

Cuando salimos del cuartel, todos teníamos claro lo que venía a continuación. Nicole guardaba un papel con la fotografía de Lucy Warren y su actual dirección en Londres, mientras que Sophie hacía parar un taxi. Cuando pregunté adónde íbamos ahora, supe que mis viajes no habían acabado aún.

Fue cuando escuchamos la explosión.

El taxi que había parado delante de nosotros estalló en una bola de llamas, dando vueltas en el aire y cayendo con los neumáticos hacia arriba. Hubo gritos de terror y, en menos tiempo del que a alguien le tomaría decir "terrorista", se armó el pandemónium. Nicole había salido expulsada hacia atrás, aunque vio el humo que marcaba la trayectoria de la granada propulsada por cohete que había reducido el taxi a chatarra. Sophie también lo vio y, aguzando la vista, divisó a un hombre ataviado con uniforme militar que sostenía un lanzacohetes sobre uno de sus hombros. Scarlett vio que el sujeto estaba cargando otro proyectil e instó a las demás a que huyeran del lugar.

—¡Tenemos que hallar un sitio donde no haya nadie!

Las demás miraron a Scarlett con incredulidad.

—¡No podemos! —gritó Sophie, indicándome con el dedo. Fue ahí cuando me di cuenta que esas chicas parecían estar ocultando algo. Juré que vi a Scarlett sostener la joya en su cuello con una de sus manos. Era un jaspe, si mi memoria no me falla. Luego, noté que Nicole, Sophie y Violet también usaban pendientes similares, pero sus joyas eran de otros colores. El de Violet era púrpura, el de Sophie era de color turquesa y el de Nicole tenía varias tonalidades; un gris verdoso, marrón y un gris azulado. Me pregunté si esos pendientes eran reliquias heredadas por mis compañeras o si eran, en realidad, otra cosa.

—Tarde o temprano sabrá lo que somos realmente —dijo Nicole. Admito que me molestaba un poco que las chicas se refirieran a mí como en tercera persona, como si yo no estuviera allí. Pero había escuchado todo. No podía creer que había tenido razón sobre Nicole. Había mucho más en ella de lo que me había platicado, aunque aún no tenía idea de cuánto más había.

—No lo entendería —insistió Sophie, mientras nos colábamos por un callejón vacío. Había un olor nauseabundo y varios tachos de basura estaban volteados, derramando su pestilente contenido sobre el pavimento—. Se sentirá traicionado porque no le dijimos la verdad desde el comienzo.

—Pero necesitamos detener a ese maniático —objetó Nicole, tomando su pendiente y apretándolo con todas sus fuerzas. El resplandor que vino a continuación fue tan intenso que me dejó ciego por varios instantes y tuve que hacer visera con las manos para poder ver lo que fuese que estaba ocurriendo.

La mejor descripción de lo que vi fue que Nicole se estaba poniendo ropa, una ropa bastante poco ortodoxa, mientras hacía unos movimientos que no desentonarían en un ballet. Finalmente, cuando el brillo dejó de lastimarme la vista, sentí cómo mi boca se abría por su propia cuenta al ver a Nicole. Ya no usaba ropas normales, sino que parecía una colegiala, con un enorme listón en su pecho y se podía atisbar uno similar atrás. Usaba una tiara en su cabeza y su falda era extremadamente corta, mostrando sus bellas y esbeltas piernas… perdón, perdí la objetividad. El punto era que se parecía mucho a la descripción que habían hecho en la radio sobre las Sailor Senshi.

¿Será que me había topado, sin querer, con las heroínas de Tokio?

Sin embargo, noté que Sophie miraba a Nicole con extrañeza y Scarlett no ocultaba su incredulidad.

—Ese no es nuestro uniforme —dijo Scarlett, como tratando de encontrar una explicación a ese suceso, sin hallarlo—. Se supone que normalmente nos transformamos en sacerdotisas. ¿Por qué tienes un uniforme tan… atrevido?

Nicole también se miraba con desconcierto, horrorizada por la falda. Hay que decir que a Nicole le desagradaban las minifaldas o cualquier ropa que mostrara demasiado las piernas. Violet y Sophie eran de la misma opinión, pero Scarlett no se cohibía a la hora de mostrar lo más posible sin caer en lo políticamente incorrecto.

—Ni yo sé por qué tengo este uniforme ahora —dijo Nicole, visiblemente mistificada por el tema—. La última vez que nos transformamos, lucíamos como sacerdotisas, como debe ser.

—Algo debió haber cambiado —dijo Violet en su característica voz apagada y neutral—. La última vez que nos transformamos fue hace un mes atrás. Tiene que haber sido un evento relativamente importante, de otro modo, no habría pasado esto.

—¿Pero qué pudo haber sido? —se preguntó Sophie. Scarlett no lucía demasiado preocupada por el asunto, a juzgar por la forma en que tomó su pendiente y se transformó, ostentando un uniforme similar al de Nicole, pero con otros colores.

—Eso no importa —dijo Scarlett con poca paciencia—. Tenemos que detener a ese estúpido del lanzacohetes.

Violet y Sophie se encogieron de hombros y también se transformaron. Cuando hubo acabado la fiesta de luces, vi que todas lucían de forma muy similar a las Sailor Senshi, pero no dije nada, por temor a que me taladraran con la mirada y me dijeran algo que posiblemente no iba a disfrutar. Lo que sí puedo decir, es que, de todas las chicas, Violet fue la que sufrió el cambio más drástico. Ya no lucía como la chica modosa, de ropas conservadoras y personalidad de camaleón. En ese momento, Violet se había deshecho de su crisálida y era sorprendente lo bella que puede ser una persona que intenta mantener un bajo perfil, al menos en cuanto a la apariencia. Pero no solamente era eso. Ya no discurría con tiento ni miraba al suelo en cuanto alguien le decía algo. Mientras ellas discutían el plan de acción, Violet aportaba ideas y dialogaba con las demás como si aquello fuese lo más natural.

En cuanto a mí, las seguí, manteniendo cierta distancia, en caso que alguna de ellas decidiera usar alguna técnica. El maniático del lanzacohetes seguía en el mismo sitio y apuntaba hacia abajo, directamente hacia… no las llamemos Sailor Senshi, sino chicas, porque no estaba totalmente seguro de si eran ellas o no. Violet se puso delante de las demás y extendió ambas manos hacia arriba. Justo en que el cohete fue disparado, un domo de energía de color púrpura nos cubrió a nosotros y a todo en un radio de quince metros. Cómo diablos lo hizo, no tengo ni la más puta idea, pero lo que importa fue que nadie resultó herido por la explosión. El hombre del lanzacohetes pareció darse cuenta de eso y desapareció del edificio. Violet hizo desaparecer el campo de energía y sacó un aparato con dos antenas. Tampoco supe de dónde lo sacó, pero sí que ella misma lo había diseñado.

—Está a tres cuadras de aquí. Se dirige hacia el norte.

—¡Vamos! —ladró Nicole y las demás, incluyéndome a mí, partimos en pos de ese hombre. Por mi parte, juzgué que era más inteligente dirigirnos al aeropuerto y viajar a Londres lo antes posible. No estaba en mis intereses que Lucy Warren fuese víctima de los reales asesinos de James Harrington. Pero, pensé mientras perseguíamos a ese lunático, puede que él ya supiera sobre Lucy Warren, y no podíamos correr riesgos, no cuando algo tan importante estaba en juego.