Snape's Manor, Wiltshire, 25 de diciembre de 1990.
Aquella madrugada, como ya era costumbre para él, Harry sabía que no dormiría.
Su padre, tampoco lo haría, porque desde que fue a por él a Privet Drive, cada 25 de diciembre a las 4 de la mañana estaba en el salón al lado del árbol esperándole.
Harry había crecido, no solo gracias a la buena alimentación que Severus se había encargado de darle, sino a unos suplementos que Harry tomaba sin cuestionarse nada.
Pero desde que Regulus Black había llegado aquella noche de Navidad, algunas cosas habían cambiado en su vida, principalmente su padre.
Severus Snape era un hombre serio, firme pero cariñoso, pero en realidad nunca le había visto interactuar con nadie más.
Harry tenía 10 años, y por primera vez sintió lo que eran los celos. Y era algo que no quería sentir, pero reptaban por su cuerpo en contra de su voluntad.
Desde la noche de Navidad del año anterior, Regulus había vivido a temporada con ellos, y aunque había aprendido muchas cosas de él, se alegraba cuando tenía que irse, cuando pasaba meses sin saber nada de él. Cuando su padre solo volvía a ser suyo y de nadie más.
Miró al reloj mágico sobre su mesilla, desde hacía meses, Severus había comenzado a realizar hechizos sobre sus ojos que le hacían casi no necesitar las gafas.
Cuando se miraba al espejo a veces no se reconocía, sus gafas a veces le hacían sentir protegido, y ahora sin ellas, la vida sí era más fácil, pero también nada lo separaba de ella.
Dejó la cama para descender las escaleras que le llevarían al salón, había aprendido a creer y confiar, y confiaba en su padre, y en que él no desaparecería nunca.
Pero su padre miraba las llamas, y su mirada era triste, Harry era un buen hijo, uno del que ya había demostrado que Severus se sentía orgulloso. Aprendía a un ritmo acelerado, su mente era ágil, y siempre quería conocer más.
Y ahora sabía reconocer que su padre echaba de menos a su amigo.
Harry pensó inmediatamente en Draco, ¿era egoísta no querer que Regulus volviera? Y la respuesta siempre era la misma. Sí.
No podía ni imaginarse una vida en la que Draco Malfoy no fuera su mejor amigo.
Su padre alzó la mirada, llena de las llamas reflejadas del fuego, y sonrió.
Harry llevaba entre sus manos un pequeño paquete envuelto en papel de regalo verde rodeado de un fuerte lazo.
—Feliz Navidad, papá—dijo Harry ofreciéndole su regalo a su padre.
Severus se levantó de su sillón favorito, solo alguien muy experto en expresiones faciales de su rostro podría ver la emoción en él.
Harry era experto.
En su interior, Harry había guardado una elaborada poción que había conseguido crear a la perfección.
A sus 10 años, Harry no solo había aprendido a leer y escribir perfectamente, había adquirido todos aquellos conocimientos que una vez le fueron negados, y su padre incluyó otros nuevos que necesitaría en su vida como mago.
Lo que Harry no sabía, es que no existían niños de 10 años capaces de hacer lo que él hacía.
Severus junto a Regulus, ese año, el previo a su entrada en Hogwarts había tratado de formar del modo más correcto a Harry, no le faltaban actitudes para el aprendizaje, ya no. Lo que le faltaban eran las habilidades sociales para enfrentar a un mundo que le reconocería, que le odiaría y le amaría. Y sobre todo, necesitaban hacerle fuerte, crear aquella coraza que necesitaría.
El 1 de septiembre de 1991, toda aquella protección que Severus había tratado de darle, desaparecería.
Harry estaba inscrito con su verdadero apellido, y las leves modificaciones que había realizado en él sin que el niño fuera consciente, no servirían de nada.
Harry Potter volvería, pero no lo haría solo. Severus volvería junto a él, y siempre estaría a su lado.
Pero mantenerlo sano, instruido y querido no era suficiente. No tenía dudas de que Harry sería un Slytherin, pero sabiendo lo que sus propios compañeros podrían hacerle a Harry, le había pedido a Regulus que le mostrara esa otra cara de los Slytherin que Severus nunca pudo dominar.
Harry seguía siendo alguien tímido y humilde, pero iba a necesitar parecerse un poco más a Draco y sus nuevos amigos, si quería terminar de encajar y ser su líder. Y ese último punto era totalmente crucial.
Miraba con detenimiento todas las clases de protocolo que Regulus le daba, aquellos pequeños entresijos de una sociedad clasista que él también conocía y había sufrido.
Harry lo hacía bien, llegaba a entender qué era una máscara y qué era su verdadera personalidad, Severus dudaba de poder estar más orgulloso de su hijo, aunque su sangre no fuera la misma.
Regulus se había ido, y sabía que parte de la culpa era suya, siempre acababa siéndolo, pero sabía que volvería porque Regulus al final siempre volvía.
Severus le quería pero no del modo en el que Regulus quería, y eso los hacía separarse por largos periodos de tiempo. Era su mejor amigo, era todo para él, pero no podía darle algo que no era cierto y eso el menor de los Black lo había aceptado, o casi siempre.
Severus solo había amado una vez así en su vida, y ahora era el padre de su hijo.
Pero quería a Regulus como no había querido a nadie, y lo sabía, sabía cuánto habían hecho el uno por el otro, sabía que lo volverían hacer. Y que le apoyaba en lo que había hecho con Harry.
Pero tenía que respetar que necesitara separarse de él, desde aquella noche de lo que parecía mil años atrás, ninguno volvió a hablar sobre sus sentimientos.
Regulus había abandonado Inglaterra simulando su propia muerte, y Severus había traicionado al señor oscuro cambiándose de bando.
A ambos les unían muchas más cosas, y Regulus nunca le reclamó nada, pero su ausencia era el pago a no corresponder sus sentimientos, y ninguno tenía control sobre ello.
Cuando Harry le entregó la cajita, Severus vio al hombre en el que un día se convertiría, el mago poderoso que estaba destinado a ser.
Un poción perfecta, un corazón tan puro, y un destino tan oscuro.
Aquella sería su última Navidad como Harry Price, y solo en unos meses tendría que dejarlo salir al mundo, solo esperaba haber hecho lo correcto.
Su sonrisa de orgullo disipó la tristeza por la partida de su mejor amigo.
Pero las llamas, como un año atrás adquirieron el color verde de la entrada de otra persona.
Regulus, el hombre al que ojalá fuera capaz de amar como él se merecía, volvía. Y sintió como el peso de su corazón se aligeraba.
No eran una familia al uso, no los unía ningún lazo de sangre, pero había lazos mucho más fuertes, y Severus sonrió mucho más ligero.
Llegó el 25 de diciembre y me acordé de ellos, de esta historia que solo miro una vez al año, pero que es una de las más especiales para mí.
Feliz Navidad y felices fiestas.
Besitos.
Shimi.
