XLIV
Impura

Tokio de Cristal, año 2993, 1:59a.m.

Sailor Mercury juzgó que no era necesario que las demás vieran lo que estaba pasando en los aposentos de Diamante. Aquello era tan desmoralizante que, incluso, temía que perdieran las ganas de pelear. Lo único que debía importar en ese momento era rescatar a Serena y, en lo posible, a Rini. Si eso no era posible, el plan de contingencia era salvar a Serena, obtener la tecnología de los rayos gamma y regresar al presente. Cuando ellas hubiesen destruido los pilares de energía oscura, Black Moon vendría a ellas. La idea era que la batalla final tuviera lugar en el presente, de modo de liberar finalmente a Tokio de Cristal de su decadencia.

Una vez delineado el plan, Sailor Mercury acudió a la bahía médica, donde se encontraban sus amigas, recuperándose de la batalla contra Esmeralda. Sorpresivamente, ellas ya lucían completamente recuperadas, algo destacable, pues las heridas de Sailor Mars y Sailor Venus eran graves, sin contar las fracturas en sus dos piernas.

—Chicas —dijo Sailor Mercury con una sonrisa que expresaba su alivio.

—La medicina del siglo treinta es genial —dijo Sailor Mars, flexionando sus piernas, sin sentir ninguna clase de dolor—. Me siento de maravillas.

—Lo mismo digo —añadió Sailor Venus, imitando los movimientos de su compañera.

Sailor Jupiter no había tenido heridas de consideración, pero igual había acompañado a sus amigas. Miraba a Sailor Mercury con una expresión extraña, como si estuviera tratando de mirar más allá de lo evidente.

—¿Qué tienes, Sailor Mercury?

—Es que me alegra verlas bien —mintió ella, bien al tanto de lo que podría pasar si sus amigas supieran lo que estaba pasando entre Diamante y Serena—. Además, me siento un poco agotada. No hemos dormido en varias horas.

—¿Qué sugieres? —quiso saber Sailor Venus, quien había acabado con sus flexiones y tomó asiento sobre una de las camillas—. ¿Tomamos un descanso?

—Si lo hacemos, recuperaríamos nuestras fuerzas, pero es posible que Serena se encuentre fuera de nuestro alcance. Si vamos ahora, puede que tengamos éxito, pero estaríamos tan agotadas que ya no podríamos seguir peleando, aunque así lo queramos. Es tu decisión, Sailor Venus.

La aludida se quedó en silencio. Era irremediable. La última vez que había tomado una decisión, dos personas habían perdido la vida. Sin embargo, en aquella ocasión, las demás habían puesto sus vidas a su disposición. Sailor Venus no quería repetir la experiencia, menos con sus amigas. Y, como era natural, la decisión más fácil era no tomar la decisión. Sencillamente, no se sentía con la suficiente moral y confianza para cargar con las vidas de sus compañeras. No podría perdonarse a sí misma si ellas eran asesinadas por el enemigo por culpa de una mala decisión.

Pero había otro factor en juego en ese momento.

Serena era prisionera del enemigo. No quería ni imaginar lo que seguramente debía estar sintiendo, encarcelada, posiblemente siendo torturada, encaminándola hacia el mismo destino que Rini. Se sacudió el pensamiento de su cabeza. Entendió que si se detenían en ese momento, ya no habría retorno para Serena. La única alternativa era seguir adelante.

—No descansaremos —dijo Sailor Venus, después de un buen rato—. Se lo debemos a Serena. Ella no nos abandonaría si estuviera en nuestra situación, aunque le falten las fuerzas para continuar.

—Entonces iremos a rescatar a Serena —añadió Sailor Jupiter, mirando a Sailor Mercury con atención—. Cuanto antes lo hagamos, mejor.

—Espera —intervino Sailor Venus, también mirando a Sailor Mercury—. No podemos ir sin un plan. Sailor Mercury, ¿cuál es la mejor forma de rescatar a Serena?

La aludida compuso una sonrisa amplia, viendo que Sailor Venus al fin estaba tomando las riendas de la situación.

—Escuchen atentamente, chicas…

Washington, 10 de marzo de 1992, 11:55a.m.

Soichi Tomoe había conseguido arrendar una casa en los suburbios de la ciudad. No era un escenario ideal, pues el costo de arriendo era muy alto y, pese a que podía pagarlo, no le convenía pasar demasiado tiempo allá. Estaba entre sus planes regresar a Tokio, a la casa de sus padres, quienes tenían planeado irse a vivir cerca del mar para pasar sus últimos días en tranquilidad. La casa de sus padres sería ideal para cuidar a Hotaru, pues ella, desde que él le había administrado la cura para su enfermedad, se había comportado de forma muy extraña. Siempre hablaba de alimentarse, pero la comida rara vez le satisfacía. Al parecer, necesitaba alimentarse de la fuerza vital de las personas para sentirse contenta. Fue cuando se le vino a la mente las intenciones de Herbert Dixon para con Hotaru.

Tal vez tenga razón sobre ella, y realmente necesite morir.

Sin embargo, apenas consideraba la idea, Soichi la rechazaba, pues también tenía presente que Hotaru era lo único que le quedaba de su matrimonio con Mariko, y aquello le impedía ser objetivo.

Tal vez Hotaru realmente se haya convertido en un monstruo, pero es mi hija, y no voy a permitir que la maten o que experimenten con ella.

Unos toques a la puerta arrancaron a Soichi Tomoe de sus pensamientos. Consultó el calendario, pensando que tal vez se trataba del cartero, avisándole del vencimiento del pago del dividendo, recordando que esa carta le había llegado el día de ayer, y que debía salir a la tarde para ese mismo menester. No obstante, atendió a la puerta, y se encontró con una mujer de atuendos estrafalarios que jamás había visto en su vida.

—¿Le puedo servir en algo?

La mujer mostró una sonrisa. Tenía el cabello pelirrojo y ostentaba una expresión marmórea.

—De hecho, he venido a hacerle a usted esa pregunta.

—¿Perdón?

—Usted es el profesor Soichi Tomoe, ¿no es cierto?

—Así es —repuso él, mirando a la mujer con ojos inquisitivos—. ¿Y usted es…?

—Eudial —dijo ella, tendiéndole una mano de forma desvergonzada. Hubo un momento de total incomodidad para Soichi Tomoe, antes de estrecharla con un poco de tiento—. Seguramente no entiende nada de lo que está pasando, pero la verdad es que yo puedo iluminarle con algunas cosas.

—¿Cómo cuales?

Eudial permaneció en silencio, notando algo que el profesor Tomoe no había visto.

—¿Acaso ella es su hija?

—Sí —repuso el profesor, mirando hacia atrás y viendo que Hotaru miraba a Eudial con una mirada curiosa, como si estuviera esperando que ella apareciera, tarde o temprano—. Se llama Hotaru y es lo más preciado que tengo en este mundo.

Eudial frunció el ceño. Acababa de escuchar algo muy importante.

—No luce muy bien su hija.

—Lo sé —dijo el profesor, suspirando en señal de impotencia—. No tengo idea de lo que le pasa. Le he practicado varios exámenes, y todos arrojan resultados negativos. La verdad, ya no sé qué hacer.

—Tal vez nosotras podemos ayudarle —ofreció Eudial, y el profesor Tomoe frunció el ceño.

—¿Nosotras?

—Somos un equipo de cinco. Hemos estado buscándolo, profesor, para ponernos a su servicio. Digamos que está entre nuestros intereses curar lo que sea que tiene su hija.

—¿Y cómo supo que mi hija está enferma?

—No es difícil darse cuenta —dijo Eudial, sabiendo que el profesor iba a aceptar su ayuda, tarde o temprano—. Cualquiera puede leer un periódico, pero no cualquiera es capaz de leer entre líneas. Además, tengo una idea más o menos clara de lo que estoy buscando.

—¿Y cuál es esa idea?

—Bueno, mi idea es que su hija puede que tenga un parásito de origen extraterrestre.

Washington, en ese mismo momento.

Herbert Dixon, empleando su alias de Justin Donovan, entró en las dependencias de la NASA, y preguntó en recepción por Walter Kendrick, el director de la organización.

—¿De parte de quién?

—Justin Donovan —dijo Herbert con total calma—. Seguramente fue avisado de una reunión que voy a tener con él dentro de cinco minutos.

La recepcionista tomó un teléfono, hizo una llamada breve y colgó el aparato, mostrando una sonrisa bonachona.

—Lo está esperando, señor Donovan.

—Muchas gracias —dijo Herbert, devolviéndole la sonrisa.

Un oficial de seguridad, viendo que Herbert era esperado por el director, le otorgó un pase temporal que duraba cinco horas, con el cual podía emplear el ascensor. La oficina que buscaba se encontraba en el último piso, como era usual, y oprimió el botón indicado. En cuestión de segundos, Herbert llegó a su destino y buscó la oficina del director, algo que no resultó en absoluto difícil. Bastaba con localizar la puerta más ostentosa y la placa más grande. Y no se había equivocado. La placa era, en efecto, de color dorado y rezaba el nombre Walter Kendrick en caracteres visibles incluso desde el ascensor.

Cuando entró a la oficina, pudo comprobar que el director de la NASA era un hombre con inclinaciones casi enfermizas por la opulencia. Las dimensiones del despacho de Walter Kendrick era, cuando menos, épicas, así como su escritorio y los gabinetes alrededor. Asumió que incluso disponía de paredes aislantes de ruido para mantener sus asuntos privados en secreto. Herbert se preguntó cuántas mujeres hubieron desfilado por esa oficina, fuesen empleadas, prostitutas o demás.

—Justin Donovan —dijo Walter Kendrick, sin hacer ningún gesto de bienvenida, sin ponerse de pie y, por supuesto, sin extender la mano a modo de saludo—. No quiero que piense que acepté su solicitud por un cuestión de amistad.

—No lo pensé ni por un segundo, señor Kendrick —repuso Herbert en un tono glacial—. Yo tampoco estoy muy complacido por esta reunión, pero pienso que es necesario, en el nombre de la seguridad global.

—Sí, claro —dijo Walter con voz seca—. Seguridad global. Bonito nombre para lo que es, básicamente, amenazar al mundo con un garrote.

—Llámelo como quiera. Usted no está en posición de hacer acusaciones ni demandas. Lo que vengo a decirle no es una proposición, sino una orden.

—Curiosas palabras, viniendo de un contratista de defensa. Ustedes se creen dioses, cuando no son más que cavernícolas glorificados. No son capaces de ver el mundo si no es a través de la mira de un arma. Quiero que quede esto bastante claro. La NASA es una organización gubernamental civil, y, bajo ninguna circunstancia se puede militarizar. La Comunidad de Inteligencia ha intentado por años ponernos bajo el mismo paraguas que ellos, pero eso no va a pasar.

Herbert dio un paso hacia Walter, quien no dio muestras de sentirse amedrentado.

—Como le acabo de decir, no he venido aquí a hacerle una proposición. He venido aquí a militarizar la organización, lo quiera usted o no.

—Y asumo que usted cree que es así de simple —repuso Walter, mirando a Herbert con ojos que semejaban icebergs—. Semejante cambio de rama solamente puede ser autorizado por el Presidente. Y asumo que no ha vivido los últimos dos años bajo una caverna, porque debe saber que Jackson MacArthur jamás autorizaría algo así.

—Por favor, Walter, no quiero escuchar sus lamentos sobre los héroes espaciales y otras estupideces. Se amparan en las ideas románticas de la carrera espacial que tiene la mayoría de la población, pero cuando la gente sepa lo que se ha gastado en poner ese maldito armatoste en órbita (29), y en todas esas mentadas misiones a Marte, sin siquiera tener un plan real para lograrlo, me gustaría verlo a usted defendiendo un saco roto financiero. Ah, y eso que no he mencionado que muchas de sus tecnologías tienen la mala costumbre de aparecer en el inventario de una organización que se llama… ¿cuál era el nombre? Ah, la Vanguardia de Ares. ¿Los recuerda? ¿Aquellos que provocaron la Guerra del Golfo? (30).

A Walter no le hacía falta un recordatorio de lo que había hecho la Vanguardia de Ares. No quería admitir que el costo del "armatoste" que había mencionado Justin Donovan se había disparado y que varios planos de diversas tecnologías, desarrolladas exclusivamente para propósitos científicos, estaban siendo usados para crear dispositivos de espionaje, e incluso armas. Justin Donovan no le había dicho nada nuevo, pero se suponía que la NASA era una organización civil, basada en los ideales del descubrimiento y la exploración espacial. Haría más mal que bien si se transformaba en una rama más de las Fuerzas Armadas.

—Lo lamento, señor Donovan, pero usted está perdiendo el tiempo aquí —dijo Walter en un tono perentorio—. No consentiré en persuadir al Presidente de que cambie las directivas principales de esta organización. El progreso científico no debe ser detenido, con independencia de cuánto proclame que lo hace en el nombre de la seguridad nacional.

Herbert no dijo nada por un rato. Estuvo barajando opciones, las cuales iban desde amenazarlo por arrojarlo por la ventana hasta usar su magia para forzar la voluntad del director de la NASA, pero luego se dio cuenta que aquellas eran las alternativas de un cavernícola. Herbert se caracterizaba por emplear métodos sutiles para conseguir sus objetivos, y aquella no iba a ser la excepción.

—Es una pena que no haya querido colaborar, señor Kendrick. Realmente quería evitarle lo que está a punto de padecer, pero no me deja otra opción. Con su permiso…

Walter, por un momento, creyó que su huésped iba a hacerle alguna clase de agresión, pero, felizmente, no ocurrió nada dramático. Vio cómo Justin Donovan daba media vuelta y se retiraba de la oficina, resoplando de alivio al ver que no iba a sufrir alguna consecuencia inmediata de su negativa a cooperar con él. Sin embargo, era precisamente la falta de acciones por parte de Justin Donovan lo que a continuación le llenó de una preocupación que le retorció las entrañas. Movido por aquella incomodidad, tomó el teléfono y marcó un número rápidamente.

—¿Diga?

—Quiero hacer una denuncia por amenazas. Mi nombre es Walter Kendrick, y el individuo que me amenazó se llama Justin Donovan.

Tokio de Cristal, año 2993, 2:28a.m.

Diamante se estaba vistiendo. Había cumplido con su objetivo, y podía decir que se encontraba más que satisfecho con la experiencia. Había poseído a la hermosa Sailor Moon y había disfrutado cada momento, cada caricia, cada beso y otras cosas que prefería recrear en su mente a decirlas en voz alta. Miró a Sailor Moon, sin ninguna prenda de ropa cubriendo su piel, volviendo a sentirse tenso. Podría hacer que se entregue una vez más, pero ya tengo suficiente. Además, hay otras cosas de las que ocuparme.

Cuando Diamante estuvo razonablemente presentable, encargó a dos guardias a que custodiaran sus aposentos, de modo que Sailor Moon no pudiera escapar, y se dirigió al puente de la nave, notando que había unas luces amarillas encendidas en los pasillos. Aquella era la señal de alarma. Decidió llegar al puente para enterarse de los últimos sucesos.

—¿Qué ocurre?

—Uno de los sensores no responde —dijo uno de los operadores del puente, indicando a Diamante a que viera las imágenes de las cámaras externas—. También veo una compuerta de escape abierta, pero la cámara no detectó a nadie entrando o saliendo. Tal vez se trate de una falla, pero también puede darse el caso que alguien se infiltró en la nave.

—Pues yo veo una simple falla —dijo Diamante, mirando detenidamente las imágenes de la cámara de seguridad—. No creo que alguien pueda hacerse invisible y entrar por una compuerta que solamente está diseñada para salir por ella, no entrar.

—¿Entonces, cuáles son sus órdenes?

—Envía a un técnico para que se ocupe de la avería. Realiza una revisión preventiva, en caso que haya más fallas.

—A la orden, señor.


Mientras tanto, en una de las tuberías de escape, las Sailor Senshi avanzaban como podían a través de tan estrecho fuste. Como era natural, Sailor Jupiter era la que más problemas tenía, pero no se quejaba de sus circunstancias. Sailor Venus iba al frente, pensando en lo que podía pasar si no conseguían rescatar a Serena y Rini de las manos de Black Moon.

El final del tubo estaba bloqueado por una compuerta de aspecto grueso, que ni siquiera Sailor Jupiter pudo arrancar. Sailor Mercury extrajo su computadora y, con unos cuantos comandos, la compuerta se abrió y el grupo pudo pasar.

—¿Dónde estamos? —quiso saber Sailor Mars, mirando a Sailor Mercury. Ella consultó los planos de la nave en su computadora.

—Estamos en la sala de máquinas —repuso, señalando un pasillo a su izquierda—. Tenemos que continuar unos sesenta metros y subir dos niveles. La última puerta del pasillo conduce a los aposentos de Diamante.

—¿Tendremos compañía?

—Solamente hay dos guardias custodiando la entrada —dijo Sailor Mercury, avanzando hacia el pasillo a la carrera—. Viene un técnico en camino, seguramente para investigar la falla en la compuerta y en el sensor, pero se demorará tres minutos en llegar a nuestra posición. Podemos deshacernos de los guardias y entrar en la habitación antes que el técnico pase por este lugar. Cuando se encuentre en la tubería de escape, podremos rescatar a Serena, volver por donde llegamos, neutralizar al técnico y escapar.

—¿Y qué hay de Rini? —preguntó Sailor Venus, y Sailor Mercury notó su preocupación. No lo hacía en balde.

—Eso es lo que me molesta —repuso Sailor Mercury, frunciendo el ceño—. No puedo detectar su presencia en ningún sector de la nave. Debe encontrarse en Némesis ya. Si eso es cierto, entonces está fuera de nuestro alcance.

—¿La vamos a abandonar?

—Es la única opción —dijo Sailor Mercury con un poco de impaciencia—. Black Lady quiere derrotarnos. Si desea hacerlo, ella tendrá que venir a nosotras, sobre todo cuando hayamos destruido esos nexos de energía oscura. De hecho, cuento con que todo Black Moon venga hacia nosotras.

—¿Y no será mucho para nosotras?

—No haremos esto al azar —respondió Sailor Mercury, usando su computadora de bolsillo para crear una proyección sobre la pared, la cual mostraba un plano del Tokio de 1992—. Si los nexos de energía oscura son destruidos, Black Moon intentará reactivarlos lo más pronto posible. Para eso, necesita crear un pilar que se encuentre a la misma distancia de los cinco nexos de energía oscura, esto es, en el centro del pentágono que forman los nexos. He estudiado bien esa zona. Existen muchas cavidades en el subsuelo que podríamos aprovechar para derrumbar el pilar desde abajo. Para eso, es muy importante que nosotras estemos en los lugares precisos, cuyas coordenadas ya he determinado y enviado a sus respectivos teléfonos.

Sailor Venus lucía muy escéptica acerca del plan de Sailor Mercury.

—¿No crees que te estás adelantando mucho? No tienes forma de anticipar lo que va a pasar. Ten por seguro que va a haber cosas que no van a entrar en tus planes. No debes ser tan rígida.

—Sailor Venus, tienes que entender que no hay margen de error en esto —intervino Sailor Jupiter, y Sailor Mars asintió con la cabeza, en señal de aprobación—. Sailor Mercury está haciendo su mejor esfuerzo para que nosotras podamos ganar esta batalla y, te guste o no, esa es la forma en que ella pelea. Adelante, Sailor Mercury, guíanos en esto.

Sailor Venus compuso una mueca de desagrado, pero siguió a Sailor Mercury hacia los aposentos de Diamante, no encontrando ninguna oposición, al menos hasta que vieron a los guardias. Sailor Mercury hizo un gesto con la mano para que ellas se detuvieran. A continuación, ella empleó su niebla para confundir a los guardias, y Sailor Jupiter noqueó a ambos, haciendo chocar sus cabezas. Una vez que comprobaron que se encontraban inconscientes, las Sailor Senshi entraron en la habitación y vieron a Serena. Estaba desnuda, sentada sobre la cama, en silencio. Sailor Mars se acercó lentamente a ella, con el fin de verle la cara, solamente para llevarse una mano a la boca, luciendo horrorizada.

Serena tenía la cara pálida, los ojos vacantes y una expresión de perdida. Lágrimas caían por sus mejillas, sin que ella hiciera ningún sonido. Las demás imitaron a Sailor Mars y vieron, con espanto, lo demacrada que lucía Serena. No parecía una chica de catorce años, sino como alguien por lo menos quince años mayor. Sailor Mars puso una mano sobre su hombro, pero ella no reaccionó. Tenía la respuesta nerviosa de una estatua.

—Sailor Jupiter —dijo Sailor Mercury, quien evitaba mirar la cara de Serena—, ¿podrías cargar con ella, por favor? No podemos perder más tiempo aquí. El técnico acaba de pasar por aquí.

—¿Cargar con ella? —dijo Sailor Venus con incredulidad—. ¿Acaso no tienes corazón, Sailor Mercury? Es obvio que le pasó algo terrible. Esperemos a que recupere el color y la conciencia.

Pero Sailor Mercury había perdido la paciencia.

—¡No tienes idea de lo que le pasó! —gritó, haciendo que Sailor Venus retrocediera un poco—. ¡Yo estuve viéndolo todo en el sótano del palacio! ¡Ninguna chica merece que le hagan lo que ese animal le hizo a Serena! ¡Y, en caso que no te hayas dado cuenta, estamos en la nave espacial del enemigo, y cada segundo de más que pasemos aquí vamos corriendo más riesgos! —Sailor Mercury respiró hondo para calmarse, viendo que las demás la miraban con ojos desorbitados—. Mira, Mina, sé lo que estás sintiendo en este momento, pero necesitamos ser fuertes. Debemos poner a Serena a salvo primero. Luego vemos cómo le regresamos la vida y la salud.

Sailor Venus se quedó en silencio por un instante, para luego asentir con la cabeza. Sailor Jupiter tomó el cuerpo de Serena con delicadeza y Sailor Mercury les indicó que era seguro salir. Volvieron por el mismo camino y encontraron al técnico inspeccionando algunos circuitos. Sailor Mars se aproximó con cautela y noqueó al técnico, alzando el pulgar para indicar que todo estaba bien. Sailor Mercury empleó su computadora para abrir la compuerta, volvió a piratear los sensores, la cámara y la compuerta exterior para salir de la nave sin que nadie las viera.


Una vez de vuelta en la seguridad del sótano del palacio, Sailor Mercury siguió monitoreando la situación en la nave espacial, buscando cualquier información que pudiera serle útil, mientras que las demás trataban de animar a Serena, con poco éxito.

Serena no había dicho ni una sola palabra desde que la encontraron en los aposentos de Diamante. Seguía pálida como mármol, seguía derramando lágrimas, pero su expresión ya no lucía tan escalofriante. Lucía como una mujer a la que le hubieran hecho algo sin nombre, y quisiera desahogarse al tope de sus pulmones. Sailor Mars tomó su mano y comprobó que, por lo menos, estaba recuperando la temperatura, pues en la nave, su piel había estado fría como hielo.

Tuvieron que pasar diez minutos más para que Serena mostrara alguna reacción. Sus manos se movieron, el color de su piel fue retornando de a poco, pero las lágrimas seguían brotando de sus ojos. Pero fueron necesarios otros cinco minutos más para que se comportara como una persona normal en su situación. El llanto se hizo escuchar y estuvo a punto de colapsar, pero las chicas la sujetaron, abrazándola y consolándola. Serena hipaba casi sin control, pero entre las demás Sailor Senshi consiguieron calmarla lo suficiente para que pudiera articular algunas palabras.

Sailor Mercury llegó y se alegró bastante de ver a Serena luciendo más normal. Le tomó ambas manos, sonriendo, con lágrimas en los ojos, y Sailor Venus se sintió horrible al ver lo que ocurría delante de ella. Había creído que a Sailor Mercury no le preocupaba lo que sintiera Serena, con tal de cumplir con la misión o el objetivo a mano, pero se había equivocado. A ella sí le preocupaba, lo suficiente para tomar cartas sobre el asunto y tejer un plan, plan que, por cierto, estaba transcurriendo sin fallos hasta el momento.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Sailor Mercury, y las demás miraron a Serena, como haciendo la misma pregunta. Serena permaneció en silencio por un rato antes de abrir la boca.

—Me siento…

Las demás Sailor Senshi apremiaron a Serena con la mirada. Ella no fue capaz de sostenerla con las demás.

—Me siento… impura… violada… ultrajada…

Y no pudo decir más. Fue cuando las demás Sailor Senshi, con la excepción de Sailor Mercury, supieron lo que realmente le había ocurrido a Serena. Ninguna de ellas podía decir palabra alguna. Tenían los puños crispados a causa de la rabia, pues ahora sabían que el príncipe Diamante había violado a Serena.

Pero la consecuencia más terrible estaba por venir.


(29) Me refiero a la Estación Espacial Internacional. Va a cumplir un pequeño rol en el tercer arco, el cual va a estar lleno de cambios que nada tienen que ver con el manga.

(30) Para diseñar esta parte del argumento, me basé en una novela de Dan Brown, llamada "La conspiración", que, a grandes rasgos, habla de un complot que involucra a la NASA y su rol en la actualidad.