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La decadencia de Serena
Washington, 27 de abril de 1992, 04:46p.m.
Desmond Hudson debía atender otra reunión clandestina.
El Secretario de Defensa necesitaba tener el control sobre la situación que se estaba gestando en Tokio. Al parecer, al Primer Ministro del Japón se le ocurrió la estupenda idea de emplear a las Sailor Senshi para invadir Estados Unidos, y no tenía la menor duda de que Cora Dixon estaba detrás de todo el asunto.
Sin embargo, una posible invasión nipona no era la única preocupación de Desmond. Ni por asomo.
En las dependencias de la NSA, otro drama se estaba cociendo. Resultaba que uno de los recursos más valiosos de la agencia, Amy Snow, se había negado a entregar "Alfombra Roja", aduciendo que no disponían del hardware necesario para siquiera ejecutar el programa, y que ella poseía la única plataforma en toda la agencia que podía desempeñar aquel trabajo. O sea, Amy Snow estaba tratando de chantajear al Secretario de Defensa. Ya habían pasado varias semanas desde aquello, y Desmond había estado tratando de hallar una solución diplomática al conflicto, sin éxito.
Cuando las negociaciones fallaron, Desmond llegó a la conclusión que Amy Snow constituía un problema que sobrepasaba sus posibles cualidades. Siempre que ocurría una situación como aquella, usualmente había una solución. Se llamaba "control de daños" (36). Básicamente, el control de daños era un protocolo empleado cada vez que había una situación comprometedora para alguna agencia gubernamental, y consistía normalmente en la eliminación de individuos problemáticos, o culpar del hecho a alguna otra persona aparentemente relacionada con el problema, cuando realmente no lo estaba. En ese caso en particular, no había nadie más a quien echarle la culpa por la transferencia de "Alfombra Roja" a una plataforma que solamente un agente en toda la agencia podía construir. En consecuencia, la única solución posible era el asesinato. Ya había encargado al director de la NSA a que solucionara el problema, empleando alguna excusa plausible para encubrir el potencial asesinato de Amy Snow.
Sin embargo, por el momento, su prioridad entraba directamente en su jurisdicción como Secretario de Defensa, pues era precisamente la nación la que se encontraba en peligro de ser invadida por seres extremadamente poderosos. No obstante, si todo salía bien en esa reunión, el plan para contener la amenaza de las Sailor Senshi daría inicio ese mismo día. Había varios contratistas de Defensa pujando por tener la exclusividad de tener a aquellas guerreras en sus laboratorios, de modo de cumplir con los requerimientos del Departamento de Defensa. Pero el escollo más grande de toda la operación no estaba en Tokio, sino que dentro del mismo país. Era por es razón que Desmond odiaba a los demócratas. Eran los que siempre ponían trabas cuando se trataba de defender la nación, poniendo más énfasis en programas sociales y económicos que beneficiaran al pueblo y no al uno por ciento en la cima de la cadena económica. Y resultaba que el presidente MacArthur era un demócrata al ciento un por ciento.
Pese al descontento que albergaba Desmond Hudson hacia el presidente de Estados Unidos, sabía que Jackson MacArthur era un personaje muy querido por el pueblo estadounidense, y realizar un golpe de estado en su contra sería muy mal visto. De todos modos, la gente ya no era tan estúpida como para creer ciegamente en lo que fuese que le dijera el gobierno (37). De momento, debía contentarse con concertar reuniones sin el conocimiento del presidente. Hacerlo requería mucho cuidado y realizar una montaña de papeleo para que nada de esas reuniones fuese de dominio público. Por esa misma razón, la reunión a la que Desmond iba en camino no podía hacerse en un edificio gubernamental. Para eso, había elegido su propia casa, y hacia allá se dirigía Desmond en ese momento.
Cuando llegó, vio que había varios vehículos estacionados. Bien se dijo Desmond, mientras salía de su propio automóvil y le ponía seguro, todos están aquí. Lo único que espero es que no haya ningún mirón del Servicio Secreto o de la CIA espiándonos.
—Discúlpenme por llegar tarde, pero había un tráfico espantoso —dijo Desmond mientras entraba a su casa, viendo a los demás asistentes con algo parecido a orgullo en su cara. Se escucharon algunas risas aisladas—. Como ustedes saben de antemano, esta operación no puede ser descubierta por el presidente o cualquiera de sus simpatizantes. También deben estar al tanto que Jackson MacArthur se opuso al bloqueo económico al Japón. Lo que no deben saber aún, es que el Primer Ministro japonés planea enviar a las Sailor Senshi como acto de represalia en contra de nuestros intentos por dañar su economía.
Hubo un murmullo de inquietud entre los presentes.
—Pero esa es una acción desmedida —dijo uno de los presentes, el almirante Ackerman, comandante en jefe de la armada estadounidense—. ¿No debería estar empleando la diplomacia para salir de este problema?
—Eso sería lo lógico —repuso Desmond, sacando una unidad de almacenamiento óptico de su maletín y insertándolo en la ranura del lector de discos bajo el enorme televisor que dominaba la sala de estar—, pero el Primer Ministro no está actuando de forma lógica. Cora Dixon se hizo cargo de eso.
Desmond prendió el televisor y, usando el control remoto del lector de discos, seleccionó el archivo que estaba buscando y lo reprodujo. Los demás miraron con atención cómo una mujer hablaba con el Primer Ministro japonés. Era evidente que se trataba de Cora Dixon, quien se estaba haciendo pasar por alguien más. El diálogo fue progresando hacia el asunto de las Sailor Senshi y los presentes vieron, con espanto, cómo Cora se las había arreglado para persuadir al Primer Ministro de atacar a los Estados Unidos. Al parecer, ella sabía que el gobernante ocultaba sentimientos beligerantes en contra de Estados Unidos por lo de las bombas atómicas que estallaron en Hiroshima y Nagasaki.
—Pero, si dices que el presidente se opuso al bloqueo económico, ¿por qué el Primer Ministro quiere atacarnos? —terció uno de los tres contratistas de defensa presentes en la reunión—. Según lo que dices, ese se supone que es el móvil de su decisión de enviar a las Sailor Senshi a atacarnos, pero el bloqueo nunca se hizo realidad.
—Es cierto, pero al parecer, la intención también cuenta para este hombre —dijo Desmond, adelantando un poco más la grabación, hasta una escena en la que Cora Dixon ya no se encontraba presente—. En esta escena pueden ver al Primer Ministro dialogando con uno de sus asesores. Se ha vuelto paranoico. Cree que esa no va a ser la última vez que nuestro gobierno va a intentar un bloqueo económico, y que el presidente actual no los va a detener para siempre. También habló de un ataque preventivo en contra de nuestras fuerzas armadas, empleado para eso a las Sailor Senshi. Por el momento, no tiene la intención de invadir Estados Unidos, pero esta movida es como si estuviera diciendo "no se metan con Japón, capitalistas de mierda".
—Puedo ver que la conversación con Cora Dixon le afectó bastante —dijo el almirante Ackerman, experto en interpretar intenciones a través de gestos sutiles—. Tiene la mirada de alguien que quiere defender su soberanía a toda costa.
—¿Y entonces qué hacemos? —dijo Justin Donovan, quien era uno de los invitados de honor de Desmond Hudson—. ¿Seguimos adelante con el plan?
—Exactamente —dijo Desmond, cerrando el video para abrir otro—. Gracias a la información entregada por Kamikaze, sabemos cuáles son las verdaderas capacidades de las Sailor Senshi. Lo único que nos falta es conocer sus identidades, y nuestro infiltrado en Tokio está haciendo un buen trabajo. Ya me ha entregado dos nombres, junto con los lugares a los que usualmente van. En el momento en que conozcamos quiénes son, enviaremos comandos Delta Force para realizar la labor de extracción. La CIA se encargará de inventar una excusa para que nuestras fuerzas puedan hacer su trabajo sin impedimentos. Es crucial que el Primer Ministro japonés no sepa cuáles son las identidades de las Sailor Senshi, o hará lo posible por proteger a estas jóvenes, y eso no nos conviene. Tenemos que atacarlas cuando estén más vulnerables.
—Estoy de acuerdo —dijo el almirante Ackerman, dirigiendo su mirada penetrante hacia Desmond Hudson—. Yo puedo gestionar el despliegue de los comandos Delta Force. Es cierto que necesitamos de una orden presidencial, o de cualquiera de la cúpula más alta del gobierno, para autorizar el despliegue, pero siempre se puede inventar una excusa medianamente buena. Tengo contactos en la CIA que podrían ayudarme con eso.
—Nosotros tenemos la infraestructura para hacer nuestras investigaciones sobre armas basadas en los poderes de las Sailor Senshi —dijeron dos de los tres contratistas de defensa presentes en la reunión. Desmond notó que Justin Donovan se mantenía en silencio, algo que no era usual cuando se trataba de las Sailor Senshi.
—¿Te pasa algo, Justin? —preguntó Desmond, luciendo un poco preocupado.
—No, no me ocurre nada —repuso el aludido, mostrando una pequeña sonrisa—. Es sólo que no quería acaparar toda la atención sobre la fabricación de armas en base a los poderes de las Sailor Senshi.
—¿Y por qué?
—Digamos que mis intereses se encuentran en otra parte.
—Pero las armas que surjan a partir de estos experimentos podrían darte muchos millones en contratos de defensa y licencias por la producción de armas jamás vistas en la historia de la humanidad. Esto dejará la carrera atómica en el suelo.
Justin Donovan se puso de pie, mirando a Desmond con una cara seria.
—Lo tengo claro. Pero, en este momento, estoy en una empresa mucho más lucrativa que ninguna que se haya emprendido antes.
Desmond miró a Justin con cortés desconcierto.
—Ya lo verá, señor Hudson, ya lo verá.
Tokio, 15 de mayo de 1992, 07:46p.m.
Serena no se sentía muy bien.
Su madre le había dicho, al menos en un principio, que cortara la actuación, pues tenía examen el día de mañana, como Amy se lo había repetido como en cuatro ocasiones ya, y todos sabemos lo floja que era Serena. No obstante, cuando Serena fue a vomitar al baño, Ikuko supo que no era una broma, y llamó inmediatamente al hospital. Como era usual, Sammy todavía creía que Serena se estaba haciendo la enferma para no estudiar, y se burlaba de ella a propósito de lo mismo. Kenji, el padre de Serena, le llamaba la atención a cada momento, hasta que la situación se hizo insostenible, y le castigó por una semana sin salir de su habitación.
Cuando la ambulancia llegó, Serena se encontraba pálida y apenas consciente. Ikuko y Kenji ayudaron a los paramédicos a trasladarla a la camilla y, por último, ellos la acompañaron también.
—Mamá —dijo Serena débilmente. Apenas tenía fuerzas para levantar sus brazos—. No me siento muy bien.
—Lo sé, hija —repuso Ikuko, luciendo realmente preocupada por el estado de salud de Serena—, pero pronto estarás mejor. Vamos en camino al hospital.
—¿Adónde?
—Se encuentra desorientada —explicó uno de los paramédicos, tomándole la frente a Serena—. Tiene mucha fiebre—. El paramédico extrajo un termómetro y lo puso entre una de las axilas del paciente, esperando a que diera un resultado coherente—. Es posible que haya ingerido comida en mal estado, pero los médicos tendrán la última palabra.
Kenji miraba a Serena como si fuese la última vez que la viera con vida, e Ikuko lucía casi tan descompuesta como su propia hija. No lo sabía a ciencia cierta, pero tenía la impresión que no había sido comida en mal estado lo que tenía así a Serena, sino algo mucho más serio.
—Cuarenta y un grados —dijo el paramédico, mirando el termómetro con espanto—. No tenemos mucho tiempo.
—¿Qué quiere decir? —quiso saber Ikuko con un temblor en la voz.
—Tiene la temperatura demasiado alta —repuso el paramédico, golpeando la pared contigua al habitáculo del conductor para que se diera prisa—. Disponemos de horas para encontrar qué anda mal con ella. De otro modo, su hija va a morir.
Ikuko se quedó como enraizada al piso, mirando sin ver al paramédico. Kenji sintió que su corazón aceleraba sus latidos, mirando a Serena como si estuviera en su ataúd y no en la camilla de una ambulancia.
La ambulancia dio un giro brusco, y entró en el perímetro del hospital, estacionándose en un puesto vacío frente a la Unidad de Emergencias. Los paramédicos salieron a la carrera, armando en segundos la camilla, y trasladando a Serena hacia el interior del hospital, seguida de cerca por Ikuko y Kenji. Uno de los paramédicos se encargó de contactarse con las personas más cercanas a ella, en caso que ocurriera lo peor.
Una vez instalada en una sala desocupada, un médico, acompañado de un séquito de enfermeros, acudió a la sala, y, con la ayuda de los enfermeros, le hicieron una batería de exámenes, entre los cuales se podían contar muestras de sangre y orina. Le administraron medicamentos para combatir la fiebre vía intravenosa, los cuales parecieron funcionar, pues la temperatura había disminuido a unos treinta y nueve grados. Aún seguía con fiebre, pero por lo menos, aquello era más manejable y le daba más tiempo al médico para encontrar la causa de la enfermedad de Serena.
—Creo que será mejor que esperen afuera —dijo una enfermera a Ikuko y a Kenji. Ninguno de los dos protestó, pero ambos tenían el corazón en un puño y se asomaban, ansiosos, por las pequeñas ventanas de la puerta, tratando de atisbar, siquiera un poco, lo que estaba ocurriendo al interior de la sala.
Mientras tanto, los enfermeros tomaron nuevamente la temperatura y vieron, con alivio, que había bajado a treinta y siete grados, algo que difícilmente podía considerarse fiebre. No obstante, la piel de Serena había adquirido un horrible color amarillo grisáceo, y ella parecía decir palabras inconexas mientras ladeaba la cabeza de un lado a otro. Lucía como si estuviera teniendo una pesadilla.
—No, no, basta —decía Serena con una voz lastimera. Los enfermeros no entendían por qué ella decía esas palabras, pero entendieron que no era su campo en absoluto. Iban a acomodar una vez más a Serena, pues ella se revolcaba de un lado a otro, extendiendo los brazos hacia arriba, como si estuviera tratando de protegerse de algo, o alguien, cuando el médico entró en la sala nuevamente, luciendo desconcertado.
—¿Qué ocurre?
—Todos los exámenes son normales —dijo el médico, sosteniendo los papeles que mostraban los resultados de los ensayos—. No hay indicio alguno de que tenga fiebre, salvo por la temperatura. Tampoco hay nada que indique que haya comido algo en mal estado.
—¿Y entonces?
—Esto es lo extraño —prosiguió el médico, acercándose a Serena como si ella fuese el cadáver de un faraón de tres mil años de antigüedad—. Sus síntomas no concuerdan con lo que realmente le pasa.
—¿Y qué le ocurre al paciente?
—Será mejor decírselo a sus padres. Esto les incumbe a ellos también.
Los enfermeros tragaron saliva. El médico les indicó que siguieran cuidando a Serena, y el salió afuera de la sala, donde Ikuko y Kenji esperaban, sentados, con las manos cubriendo sus caras. No obstante, junto a ellos, había más gente. Había cuatro adolescentes, una niña con un extraño cabello rosado y un joven alto y bien parecido. Asumió que se trataba de los amigos de la paciente. Suspiró. Aquello iba a ser más difícil de lo planeado.
—¿Pasa algo? —quiso saber Rei, quien tenía los ojos muy dilatados—. ¿Qué le ocurre a Serena?
Ikuko y Kenji miraron al médico con ojos penetrantes. Lita y Mina también lucían apremiantes. Darien era el que más preocupado se encontraba. Tenía los ojos brillantes y la boca entreabierta, como si en cualquier momento se pusiera a llorar. La única que no parecía demasiado afectada por lo que estaba ocurriendo era Amy. Era la única del grupo que tenía una sospecha fundada de lo que le estaba pasando a Serena, pues le había hecho un análisis con su computadora de bolsillo, y las conclusiones eran inquietantes. En efecto, había un poder oscuro corrompiendo a Serena, y había comenzado a obrar su efecto desde que Diamante la hubo violado. Asumió que las consecuencias de aquella acción se volvieron visibles cuando Serena comenzó a faltar a clases más seguido, y Amy había aconsejado a las demás a que no le preguntaran qué era lo que le pasaba, por temor a que aquello exacerbara su condición.
—¿Alguien de ustedes tiene una relación romántica con la paciente? —preguntó el médico. La pregunta había sorprendido a todos, incluso a Amy, y no hubo una respuesta por un momento, al menos hasta que Darien dio un paso al frente.
—Yo soy su pareja —dijo, con voz quebrada.
—¿Ha tenido relaciones sexuales con ella? —preguntó el médico. Al ver que todos los presentes tragaron saliva ante la pregunta, el médico se apresuro a aclarar—. Es muy importante que contestes esa pregunta.
—No he tenido relaciones con Serena —dijo Darien, tratando de mirar al médico a los ojos, sin éxito—, pero pensaba hacerlo en un futuro no muy lejano (38). ¿Quiere decirme que pude haberle contagiado algo?
—No, no se trata de una ETS (39) —repuso el médico con voz grave—. Pero me temo que la paciente fue violada.
Darien contuvo la respiración. Ikuko se descompuso por completo y se vino abajo, cayendo al suelo con un golpe sordo. Kenji se puso de pie violentamente, taladrando al médico con la mirada. Las demás no podían decir que estaban sorprendidas, pero eso no les impidió crispar los puños, pues sabían a la perfección quién había obrado semejante atrocidad.
—No soy psicólogo, pero la paciente muestra síntomas de violación en su comportamiento —continuó el médico con una voz ominosa—, pero, por desgracia, eso no es lo peor. Los exámenes de sangre arrojaron un resultado alarmante. Resulta que la señorita Tsukino… está embarazada.
(36) Control de daños es un modus operandi de instituciones gubernamentales relacionadas con inteligencia para lidiar con situaciones comprometedoras para la misma organización o para el gobierno con el que se relacionan. Existen diversos métodos para "controlar daños" siendo la menos sutil el asesinato de un individuo problemático, y siendo la más sutil la diseminación de propaganda que mueva al público a mirar en otra dirección.
(37) El asesinato de Kennedy por parte de Sailor Silver Moon fue ampliamente divulgado por los medios de comunicación, cosa que le hizo ganarse el odio de todo un país (ver el capítulo 25 de "Lo que hay detrás de la cortina"). No obstante, ya nadie más creyó que ella había cometido el asesinato después que ella detuvo cien mil cabezas nucleares (ver el capítulo 37 de "Cortejando el apocalipsis").
(38) Leyendo el manga obtuve confirmación de que Serena tuvo sexo por primera vez a los quince años.
(39) Enfermedades de Transmisión Sexual.
