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La operación Centella

Tokio, 10 de junio de 1992, 04:27p.m.

Grant Fitzpatrick, más conocido dentro del grupo de la CIA como el Camaleón, había obtenido el tercer nombre de su lista. Quedaban dos.

Uno podría pensar que encontrar gente específica era un asunto fácil, pero no lo era, sobre todo cuando la gente que buscaba usaba un alter ego para combatir al mal. Grant había pasado los últimos tres meses interviniendo cámaras de seguridad, de forma que su trabajo fuese un poco más fácil. No obstante, el último paquete de la CIA le dio un alivio tremendo. Cuando vio el contenido del paquete, Grant vio que se trataba de algo que, hasta hace unos meses atrás era solamente un experimento.

Pintura rastreadora.

Esto es todo lo que necesito para completar la misión.

A grandes rasgos, la pintura rastreadora cumplía la misma función que un rastreador convencional, con la diferencia que ésta era invisible. Podía adherirse a cualquier superficie y contaba con lo último en nanotecnología. Unas esferas microscópicas, actuando en tándem, transmitían ondas de radio en una determinada longitud de onda, las que eran captadas por un satélite militar, que a su ves transmitía la posición de la pintura en tiempo real a una central de monitoreo de la NSA, que a su vez transmitía las coordenadas al agente encubierto de la CIA. De ese modo, Grant podía consultar un mapa para ver la trayectoria del objetivo, y descubrir de manera efectiva cuál era su domicilio. Sabiendo que las Sailor Senshi eran jóvenes de no más de quince años, y que cambiaban de indumentaria cada vez que se transformaban, Grant juzgó prudente emplear la pintura en la piel, de modo que no desapareciera después de la transformación.

Lo siguiente que necesitaba era un señuelo, algo que hiciera que las Sailor Senshi acudieran de forma inmediata. Ya había descubierto la identidad de Sailor Moon, Sailor Mars y Sailor Jupiter. Con suerte, podría identificar a Sailor Venus. No podría decir lo mismo, sin embargo, de Sailor Mercury. Grant se dio cuenta que ella iba a necesitar un tratamiento distinto, pues su computadora de bolsillo era capaz de detectar la pintura y podía deshacerse de ella fácilmente.

Grant indicó por radio a otro agente para que comenzara su jugada. Desde la azotea de un edificio contiguo, Grant tenía una vista panorámica de lo que estaba a punto de ocurrir. Extrajo sus binoculares y enfocó la vista en la entrada del edificio. Sonrió cuando vio a un hombre, vestido con un traje de oficina, siendo apresado por un hombre que, en apariencia, era un criminal común y corriente. Grant contaba con la aparición de la policía, pero el agente sabía cómo lidiar con aquel problema. Había entrenado para ese momento, y esperaba que la misión fuese un éxito.

La policía apareció, con varios coches patrulla, y un nutrido contingente rodeó al agente, apuntando sus armas y vociferando varias advertencias, pero el agente no se dejó amedrentar. Aquello no hizo más que echar leña al fuego, como Grant sabía muy bien.

—Revela el paquete —ordenó Grant por radio.

Volviendo a usar los binoculares, Grant vio que el agente se deshizo de la gabardina que usaba, revelando unas cargas de C-4. Aquello causó el efecto deseado. La policía retrocedió un poco, y vio que el encargado entregaba órdenes por radio, visiblemente nervioso por el giro que habían dado los acontecimientos. Grant esperaba que en cualquier momento, las cargas fuesen deshabilitadas, como en efecto, ocurrió.

Grant cambió los binoculares por el telescopio de un rifle francotirador, y esperó a que las Sailor Senshi hicieran su aparición. Pronto, la espera valió la pena.

Una cadena hecha de luz se enrolló en las cargas de C-4 y las retiró de la cintura del agente. Grant apuntó rápidamente hacia la fuente de la cadena, y vio a Sailor Venus. Grant juzgó que tendría más oportunidades de tener un tiro limpio disparando a sus piernas, y apretó el gatillo. Cambiando el modo de visión del telescopio, vio que el balín había encontrado el blanco.

A sabiendas de que Sailor Mercury andaba cerca, Grant cambió el rifle francotirador por una cámara fotográfica. Encontró a su objetivo a unos cincuenta metros de los coches policiales, maniobrando su computadora de bolsillo. Ajustó el zoom, de forma que su cara fuese perfectamente visible, y tomó una fotografía. Finalmente, indicó por radio que la misión había tenido éxito, y abandonó el edificio, sabiendo que, aunque el agente fuese arrestado, saldría inmediatamente en libertad por gracia de la CIA. También tenía claro que debía destruir su intercomunicador, de modo que nadie pudiera vincularlo a una entidad gubernamental de otro país.

Grant llegó a su casa franca, encendió el ordenador y descargó la fotografía de alta resolución de Sailor Mercury. Ejecutó un programa de reconocimiento facial, y dejó que la computadora comparara la fotografía con todas las jóvenes de catorce años existentes en el país. Con el fin de refinar la búsqueda, buscó solamente jóvenes de cabello corto y azul. Aquello hizo la tarea mucho más simple de lo que había imaginado. En solamente cinco minutos, la computadora arrojó un total de cincuenta resultados. Era el momento de hilar fino.

Descargó las imágenes de aquellas cincuenta chicas y las analizó con un software especializado en diferenciar detalles mínimos en las fotografías, y eso incluía la forma del cabello e incluso la forma de los flequillos que se formaban en la frente. Aquello iba a tomar más tiempo, lo que le dio margen a Grant para prepararse un almuerzo.

Media hora más tarde, cuando había acabado con la comida, Grant consultó la computadora, y vio que había hallado una coincidencia. Se trataba de una chica de catorce años llamada Amy Mizuno, de aspecto bastante conservador, ojos muy grandes, cabello corto de color azul y una expresión de mansedumbre visible a millas. Así que ella es Sailor Mercury se dijo Grant antes de abrir el mapa de Tokio, y consultar la ubicación de Sailor Venus. Notó que no se encontraba en alguno de sus puntos usuales de encuentro con sus amigas, así que asumió que se encontraba en su casa. Conectándose con un satélite militar, obtuvo información de la dirección de la casa, empleando un sistema de información geográfica (40) para obtener los datos de la familia que era dueña del inmueble.

Mina Aino se llama la última Sailor Senshi se dijo Grant al ver la información en pantalla- Contento por el hecho que su misión se acercaba a su fin, imprimió toda la información que había recopilado sobre las Sailor Senshi y compiló todo en un archivo comprimido, el cual envió al cuartel general de la CIA. En minutos, obtuvo confirmación de que su misión había sido un éxito, y su regreso a Estados Unidos fue aprobado. Por supuesto, Grant no tenía idea de lo que el gobierno pretendía hacer con esa información, pero en lo que su experiencia le concernía, tenía la impresión que esas pobres chicas estaban a punto de sufrir un destino horrible.

Grant ejecutó un formateo de bajo nivel del disco duro, desarmó el ordenador y lo guardó en una maleta. Hizo lo mismo con su rifle francotirador y salió de la casa franca, rumbo al aeropuerto. La CIA ya había obtenido un pasaje aéreo en clase económica, de forma que no levantara sospechas sobre su real identidad. Por supuesto, su pasaporte era falso, pero las autoridades aeronáuticas locales no tenían por qué saberlo.

Sonriendo, hizo parar un taxi. Ya no podía esperar para regresar a su tierra natal.

Tokio, 29 de junio de 1992, 11:39p.m.

Pese a que Serena había mejorado un poco su estado de salud, seguía decaída y su color de piel no había mejorado en absoluto. Y, por si fuera poco, desde que fue dada de alta del hospital, había tenido pesadillas con lo que le había hecho Diamante. Lo único bueno de todo el asunto era que Sammy parecía haber entendido la gravedad de lo que le había ocurrido a su hermana mayor, y dejó de molestarla al respecto. Eso no contribuía, no obstante, a mejorar la calidad del sueño de Serena. Todos los días amanecía con ojeras y sin ánimo siquiera para desayunar. Bebía un poco de leche y regresaba a la cama. Como consecuencia de todo lo anterior, Serena había perdido cinco kilos y se notaban claramente los pómulos en su cara.

Serena tenía miedo a quedarse dormida, pues las pesadillas la encontraban, sin excepción, sin importar qué medicamentos consumiera para dormir mejor. Tampoco parecía estar al tanto de que, dentro de veinte minutos más, ella cumpliría quince años. Luna también había sufrido los efectos de la misteriosa enfermedad de Serena, pues tampoco podía dormir, tratando de buscar una solución para el problema. Incluso Amy no había podido encontrar una forma de extraer el poder oscuro que estaba corrompiendo a Serena desde el interior. Y, para hacer las cosas peor, las discusiones dentro del hogar se habían vuelto insostenibles, pues Ikuko estaba a favor de que Serena continuara con su embarazo, mientras que Kenji abogaba por el aborto. La división entre los padres de Serena solamente hicieron peor el problema, y ella solamente podía dormir unas míseras dos horas al día, lo que claramente no era suficiente.

Darien la iba a ver prácticamente todos los días, aunque para ello debiese navegar por aguas turbulentas, debido a las constantes discusiones entre Ikuko y Kenji. Muchas veces, debía pedir ayuda a Sammy para negociar sus visitas a la habitación de Serena, pero ella ni siquiera parecía estar al tanto de que él estuviera en absoluto en el dormitorio. Le tomaba la mano, y en todas las ocasiones que lo había hecho, las había hallado mortalmente frías. Era como si la vida estuviera abandonándola lenta y dolorosamente, y Darien golpeaba las paredes en señal de frustración, lágrimas cayendo por sus mejillas, todo bajo la mirada de Luna, quien se sentía igual que Darien.

Por otro lado, las reuniones entre las chicas se habían vuelto más constantes. Ninguna, ni siquiera Amy, sabía cuál era la real causa de lo que estaba desarmando el espíritu de Serena, quebrándola desde el interior, matándola lentamente. De lo que estaban seguras, era que Diamante era el único culpable de lo que le estaba pasando a Serena. Rei creía que su muerte había sido un bálsamo para lo que realmente merecía por haberle hecho algo así a una adolescente.

—¿Qué puede ser lo que está matando a Serena? —se preguntaba Amy, deambulando de un lado a otro, en el interior de la casa de Rei—. Mis instrumentos no dan resultados concluyentes. Tengo que saber qué es realmente lo que estoy buscando.

—¿Y si es el mismo feto lo que está haciéndole eso? —aventuró Rei, recordando lo que Amy le había dicho sobre los análisis que había hecho con su computadora—. Recuerda que en es allí donde se concentra toda la energía oscura.

—Si eso es cierto, entonces no hay nada que hacer —repuso Amy tristemente—. La única forma de poner fin a esto es un aborto, pero su madre se niega a eso. Dice que hay que preservar la vida, a cualquier costo.

—¿Y si eso le cuesta la vida a Serena? —intervino Lita, poniendo un ojo en sus amigas y otro en el horno, donde se estaba cociendo la cena—. ¿Cómo rayos puede una madre decir semejante cosa?

—Podríamos apoyarnos en su padre —sugirió Mina, quien, por una vez, estaba al tanto de lo que estaba ocurriendo—. Él está de acuerdo con el aborto. Si lo pensamos bien, es lo único que podemos hacer para traer de vuelta a Serena.

—Estoy de acuerdo —dijo Amy, dejando de pasearse por el comedor—. Deberíamos ir ahora mismo a convencer a su madre para que acceda a salvarle la vida a su hija. Porque eso es lo que está en juego en este momento.

Lita juzgó que la cena estaba lista, y apagó el horno. Le causaba un poco de pena no poder comer antes de ir a la casa de Serena, pero se trataba de un asunto de vida o muerte. Al final, todas estuvieran de acuerdo en tratar de convencer a Ikuko que el aborto era la única solución plausible para salvarle la vida a Serena. Con aquella convicción en mente, las cuatro salieron de la casa de Rei y se trasladaron a la casa de su amiga.

En casa de Serena, Ikuko se encontraba cenando junto a Sammy y Kenji, después de una discusión que le había dejado la garganta irritada de tanto gritar. Los tres saltaron cuando escucharon unos golpes a la puerta. Ikuko se puso de pie y abrió la puerta. Cuando lo hizo, no supo si sentirse alegre o triste por la llegada de sus amigas.

—¡Serena! —exclamó Ikuko con voz ronca—. ¡Tus amigas han venido a verte!

No se escuchó ninguna réplica, pero Ikuko supo que Serena venía en camino cuando escuchó el crujir de las escaleras. Fue cuando escuchó algo más, algo que hizo que los crujidos no se escucharan en absoluto. Era el sonido de unos rotores girar a gran velocidad. Ikuko frunció el ceño. Se suponía que los helicópteros no podían volar tan bajo.

—¡Ay! —exclamó Rei, luego Lita, Amy y Mina, llevándose una mano al cuello antes de caer al suelo, completamente inconscientes. Ikuko se quedó de piedra cuando vio unas cuerdas negras descender, y más cuando vio a unos hombres vestidos con uniformes militares de color negro. Sus rostros estaban cubiertos y sostenían rifles de asalto. Uno de ellos montó guardia, de modo que Ikuko no pudiera hacer nada, mientras el resto empleaba arneses para sujetar a las chicas y llevarlas a bordo del helicóptero.

Serena, quien había visto todo, pareció reaccionar y corrió hacia uno de los soldados, gritando "déjenlas", pero casi sin ánimo. El soldado que montaba guardia la sujetó con su mano libre hasta que estuviera seguro de que las jóvenes estuvieran a buen recaudo. Cuando eso ocurrió, el soldado dejó de sujetar a Serena y tiró de la cuerda para que lo alzaran. Ikuko aún no podía moverse a causa del shock, momento en que Kenji y Sammy aparecieron, curiosos por el sonido de los rotores del helicóptero. Al principio, ninguno de los dos entendió qué había ocurrido, pero cuando vieron a Serena salir de la casa, siguiendo a la aeronave, exclamando "devuélvanlas" sin energía, supieron que acababa de ocurrir un secuestro. Kenji reaccionó rápido, y telefoneó a la central de policía, en cuyo momento escuchó un estampido que hizo que toda la casa se sacudiera. Olvidado por completo del teléfono, Kenji salió de la casa y vio fuego frente a él. Un vehículo ardía en llamas, mientras que un cuerpo ensangrentado yacía sobre el pavimento. Teniendo un horrible presentimiento, Kenji corrió hasta el cuerpo, y supo que sus temores no habían sido infundados.

Serena yacía sobre la calle, con el rostro desfigurado, quemaduras en casi todo su cuerpo y la ropa chamuscada. Sangre corría desde sus piernas y brazos. Por un momento, Kenji no supo qué hacer, mirando a su hija, lágrimas empapando sus mejillas. Tratando de sacar fuerzas de flaqueza, Kenji gritó a Sammy para que llamara a un ambulancia, y él, a duras penas, hizo caso.

La ambulancia llegó cinco minutos más tarde. Ikuko, Kenji y Sammy rodeaban el cuerpo de Serena mientras era subida a una camilla y le ponían una mascarilla de oxígeno. Los tres decidieron acompañar a Serena hasta el hospital, y un paramédico verificó su pulso.

—Su estado es crítico —dijo, mientras aplicaba un potente analgésico para calmar el dolor que seguramente Serena estaba sintiendo. Los tres miembros de la familia estaban al borde de las lágrimas—. Es posible que no sobreviva.

Y en efecto, cuando la ambulancia se encontraba a cinco cuadras del hospital, se escuchó el temido pitido constante del monitor cardíaco cuando no encontraba pulso. Los paramédicos comprobaron la falta de pulso y le aplicaron maniobras de reanimación cardiopulmonar, sin éxito. Cuando lo hicieron por décima vez, los paramédicos supieron que ya no había nada que hacer.

Para poner el capítulo final a aquella tragedia, el paramédico en jefe consultó su reloj, y dijo las palabras que nadie quería oír.

—Hora de la muerte, 23:59 horas.

Aquello fue demasiado para Ikuko. Su mente quedó en blanco, y cayó desmayada de lado, quien fue sostenida por uno de los paramédicos. Sammy y Kenji tenían expresiones vacantes en sus caras, como si quisieran creer que lo que había ocurrido no fuese real, a sabiendas de que lo era. Sin embargo, ningún consuelo que pudieran imaginar era capaz de cambiar el hecho de que Serena acababa de morir delante de ellos.

Y lo más trágico de todo el asunto era que solamente faltaba un minuto para que cumpliera quince años.

Washington, 29 de junio de 1992, 02:57p.m.

—La operación Centella ha sido todo un éxito —anunció Hawkins, consultando los registros de las cámaras de seguridad en Tokio—. Las Sailor Senshi han sido capturadas. Además, me han llegado reportes de que Sailor Moon ha muerto, justo como fue planeado.

Herbert Dixon se quedó en silencio. En realidad, necesitaba una razón para volver a la alegría, después que Soichi Tomoe hubiera priorizado a su hija a la seguridad del mundo. Las Sailor Senshi finalmente iban a dejar de ser un estorbo, y, como un bono adicional, la más peligrosa de las cinco había mordido el polvo. Y esta vez, nos aseguraremos de que permanezca muerta.

—¿Quién está a cargo del cadáver de Sailor Moon? —preguntó Herbert, tratando de suprimir la alegría en su voz.

—En este momento, se encuentra en la morgue del hospital —repuso Hawkins, consultando las cámaras de seguridad del recinto asistencial—. Están tratando de decidir qué hacer con él.

—Pues yo sé exactamente qué hacer con él —dijo Herbert, sosteniendo su arma con fuerza—. En cuanto al resto de las Sailor Senshi, muy pronto veremos justificados todos nuestros esfuerzos. No hay más que ver las caras de los contratistas de defensa al saber que van a contar con acceso ilimitado a algunos de los seres más poderosos del mundo. La codicia era un pecado capitán, decían. Pues yo les haré ver que así es.

—¿Va a viajar a Tokio, señor?

—Así es —repuso Herbert, quien estuvo a punto de alzar la varita, cuando una alarma sonó en todo el complejo—. ¿Qué ocurre?

—Hay una mujer en las afueras del perímetro.

Herbert consultó la pantalla, y vio a una vieja conocida de él. No obstante, aquello no le causaba ninguna sorpresa. Había anticipado que Sailor Zephyr iba a deshacerse de su nueva envoltura en algún momento, dejando a Saori libre. Sin embargo, ella era una mujer normal en ese momento. Pese a su fuerza, no era una amenaza para él.

—Entonces habrá un cambio de planes —dijo Herbert, dirigiéndose a la salida del complejo—. Asegúrate que ese cadáver no llegue al cementerio.

—Sí, señor.


(40) Un sistema de información geográfico, o SIG, es una plataforma que combina mapas o planos, y bases de datos. Sus aplicaciones son muchas, desde planificación territorial hasta catastros de bienes raíces, pasando por análisis de índices de delincuencia por sector y varios estudios demográficos.