LII
Pasando la antorcha
Washington, 29 de junio de 1992, 03:12p.m.
Herbert Dixon ascendió a la superficie y vio que Saori parecía estar esperando que alguien apareciera. Notó que ella tenía los puños crispados y le miraba con el ceño fruncido. Herbert se dio cuenta que algo había pasado con esa mujer para que, de repente, recordara quién era él.
—¿Sabes quién soy?
—Eres Herbert Dixon, claro —respondió Saori con una voz agresiva—. No tengo idea de lo que me hiciste para que yo sienta este odio por ti, pero estoy segura que no fue algo bueno.
—No esperé que volvieras a la vida. Pero, por lo menos, tengo una ventaja sobre ti en este momento.
—¿De qué mierda hablas?
—Ya no eres Sailor Silver Moon —dijo Herbert con una sonrisa—. Ya no eres esa poderosa guerrera que tantas veces me había hecho morder el polvo. Esta es la oportunidad perfecta para mandarte de vuelta adonde perteneces: al cementerio.
Saori no dijo nada. En lugar de seguir platicando, corrió a toda velocidad hacia Herbert, con la intención de hacerle el mayor daño posible, y Herbert usó su arma para conjurar su confiable látigo de luz, apuntando a las piernas de Saori, como siempre lo había hecho en enfrentamientos anteriores, creyendo que Saori ya no era tan fuerte como cuando era una Sailor Senshi.
El látigo de luz se enroscó en uno de los tobillos de Saori, justo en el momento en que ella saltó y ejecutó un mortal doble en el aire, arrastrando a Herbert y lanzándolo contra un árbol cercano, mientras que Saori cayó impecablemente sobre el suelo, con la destreza de una gimnasta olímpica. Herbert se sacudió la cabeza y se puso nuevamente de pie, sujetando la varita con firmeza. Había hecho mal sus cálculos. Saori ya no tenía los poderes de Sailor Silver Moon, pero conservaba su destreza para el combate y, lo que era peor, su fuerza seguía siendo brutal. Un ataque frontal no iba a servir en contra de ella.
Afortunadamente, su arma era bastante versátil. Sonriendo, alzó su varita al aire, y unos rayos comenzaron a brotar del suelo, y Saori apenas tenía tiempo para esquivarlos. Juzgando que la tenía bastante ocupada, Herbert usó nuevamente su látigo de luz, pero en lugar de apuntar a los pies, lo hizo al cuello, donde se enroscó con fuerza. Como imaginó, las distracciones le impidieron hacer algún movimiento de contrataque y Herbert tiró con todas sus fuerzas, haciendo que Saori cayera al suelo, sintiendo que le faltaba el aire. El instinto pudo más que la razón, y concentró sus esfuerzos en tratar de desatar el látigo de su cuello, todo con el afán de volver a respirar con normalidad. Y Herbert seguía apretando.
Aunque su intención era matarla, sabía que, tarde o temprano, Saori se iba a zafar del látigo. Lo que estaba haciendo en ese momento era ganar tiempo para poder transportarse a Tokio mediante su magia. Por ello, sostuvo el ataque por el tiempo que le fue posible. Y, como esperaba, dos minutos después, Saori consiguió desatar el látigo de luz, pero se había puesto en cuatro, jadeando pesadamente, recuperando el aire. Herbert aprovechó la oportunidad para alzar su varita hacia el cielo, y desaparecer con un estampido.
Una vez en Tokio, Herbert se contactó con Hawkins para que le diera la ubicación del hospital donde se le estaba practicando la autopsia a Sailor Moon. No pasaron más de treinta segundos para tener una respuesta. Complacido, Herbert, decidiendo que debía mantener un bajo perfil, tomó un taxi y le indicó al conductor que se dirigiera al hospital.
En Washington, Saori recuperó el aire por completo, golpeando el pasto con sus puños y gritando el nombre de Herbert Dixon con una voz ronca. Tuvieron que pasar varios minutos para que se calmara y se pusiera de pie, sin ninguna idea de dónde podría estar su enemigo. Había un millón de posibilidades que barajar, y Saori no tenía tiempo de ponderar ninguna de ellas.
Regresa a Tokio.
Saori miró en todas direcciones, buscando a la persona que había hablado, pero no había nadie en las cercanías.
Tienes que regresar a Tokio, Saori. Ha ocurrido algo terrible allá.
Esta vez, Saori no volteó la cabeza. Entendió, y eso no le hizo sentirse mejor, que la voz provenía de su cabeza. No obstante, por alguna razón, aquella voz se le hizo bastante familiar.
Tienes que tomar el relevo de una guerrera caída, Saori. Sailor Moon ha caído. Tú debes ocupar su lugar, cueste lo que cueste. Para eso, tienes que viajar a Tokio y tomar el Cristal de Plata en tus manos. Haciendo eso, podrás convertirte en lo que alguna vez fuiste y recuperarás todos tus recuerdos. El proceso no será fácil. Tendrás dificultades para aceptar lo que eres y lo que estás destinada a ser. Pero es necesario, Saori. Solamente tú puedes reemplazar a Sailor Moon.
Saori notó que había un tristeza profunda en la voz que escuchaba dentro de su cabeza, como si fuese la dueña de esa voz quien hubiera muerto. De algún modo, Saori lo creía posible. De todas maneras, como le había dicho en una oportunidad a esa joven llamada Serena, ella también había tenido sueños que la habían reducido a las lágrimas, y no sentía que fuesen sueños en absoluto. Tomando el Cristal de Plata en mis manos puedo recuperar mis recuerdos. Podría, al fin, tener una explicación a esos sueños que siempre tengo. Debo hacer el intento al menos, no por convertirme en una Sailor Senshi, sino por tener una explicación a mis pesadillas.
Tomando una decisión, Saori salió del perímetro de la Casa Blanca, donde se encontraba el laboratorio de Herbert Dixon y caminó hasta que pudo encontrar un taxi. Antes de ir al aeropuerto, necesitaba hacer una visita al banco. Iba a necesitar el dinero para costear una larga estadía en Tokio.
Tokio, 30 de junio de 1992, 11:15p.m.
Aquel día también había sido infructuoso.
Un vehículo de color negro se detuvo en el estacionamiento de un hotel, y cuatro mujeres salieron de éste, dirigiéndose a la entrada con las cabezas gachas. A la cabeza iba una mujer de cabello castaño y ojos verdes, seguida de otras tres, cuyas apariencias eran dispares. Una tenía el cabello azul con ondas, otra tenía el cabello negro, corto, y parecía rehuir la mirada de las demás, y la última era una chica pelirroja que no paraba de mirar en todas direcciones, buscando chicos apuestos.
Nicole anunció su llegada al recepcionista y éste le entregó la llave de su habitación. Claro, podría haber arrendado una casa, pues no iba a estar pocos días en Tokio, pero ella había llegado a un acuerdo con el gerente del hotel, y él le hizo una rebaja apreciable. Nicole había prometido que los pagos no se atrasarían, y así había sido hasta el momento. Nadie tenía motivos para quejarse.
Cuando Nicole y las demás entraron a la amplia habitación, tomaron asiento en la sala de estar (Nicole había solicitado la suite presidencial), e inmediatamente, la discusión tuvo lugar.
—Nos hemos encontrado con callejones sin salida todo este tiempo —dijo Nicole, mirando a las demás, luciendo frustrada—. Siempre que hemos encontrado a alguien con potencial, resulta que no es esa la persona que estamos buscando.
—¿Y si estamos buscando de la forma incorrecta? —intervino Violet tímidamente—. Como tú eres la líder, Nicole… bueno… nos sugeriste que empleáramos fuerza bruta para encontrar a nuestra princesa.
—¿Y tienes una forma de refinar la búsqueda? —preguntó Sophie, mirando de manera significativa a Violet.
—La tengo.
—¿Y por qué no nos dijiste antes? —explotó Scarlett distraídamente, mientras hojeaba una revista para chicas, donde, como era obvio, había chicos atractivos—. ¡No habríamos dado tantos palos de ciego!
Violet tragó saliva. Nicole intercedió en su favor.
—Ella tiene razón, Scarlett —dijo, con calma, pero no con menos fuerza—. Yo tomé la decisión de ir por el camino largo, sin siquiera preguntarle a Violet si había una forma más efectiva de encontrar lo que estamos buscando—. Al ver que Scarlett se calmaba, Nicole dirigió la mirada a Violet, quien también lucía más tranquila—. ¿Cómo podemos hacer nuestra búsqueda más efectiva?
—Lo que pasa es que, hasta el momento, solamente hemos estado buscando de acuerdo a las características que sabemos sobre la princesa, lo que es muy poca información. Lo que quiero decir, es que hay una forma más rápida de encontrarla, y consiste en saber exactamente a quién estamos buscando.
Las demás taladraron con la mirada a Violet. Ella volvió a tragar saliva.
—Pero eso es imposible —dijo Nicole, mirando al suelo con una cara de pena—. No podemos recordar nada más de lo que ya sabemos.
—¿Y qué pasaría si pudiéramos acceder a nuestros recuerdos?
Nicole alzó la mirada, encontrándose con la de Violet.
—¿Cómo?
Violet tomó una computadora que yacía sobre su cama, la encendió y abrió un archivo que había descargado hace no mucho. Hizo una seña a las demás para que se acercaran. Nicole lucía decididamente intrigada por lo que Violet había descubierto.
—Este video fue tomado a finales de 1963 —explicó Violet, indicando con el dedo el domo plateado que se había formado en medio de lo que parecía una congregación masiva de gente—. Los reportes de esa fecha de la CIA indican que todas las personas dentro del radio de acción del domo perdieron la memoria—. Violet retrocedió el video hasta el momento antes que el domo apareciera, amplió la imagen y la mejoró empleando algoritmos neurales que ella misma había programado—. Si se fijan en el centro de este fotograma, hay una mujer, vestida como una Sailor Senshi, sosteniendo lo que parece una flor de cristal. Sea lo que sea, esa piedra fue la responsable de que todas las personas perdieran la memoria.
—Y crees que esa piedra puede obrar el efecto inverso —razonó Sophie, captando en el acto las intenciones de Violet.
—Precisamente. Pienso que ese cristal puede restaurar los recuerdos de una persona que haya perdido la memoria. Así, si encontramos ese cristal, es altamente probable que podamos recordar a quién estamos buscando, y no dar tantos palos de ciego en nuestra búsqueda.
Nicole se llevó una mano al mentón, pensando en la alternativa que había propuesto Violet.
—Y ese cristal —dijo ella, mirando fijamente a Violet—, ¿está a nuestro alcance?
La aludida sonrió.
—Por supuesto. Se encuentra aquí en Tokio.
Tokio, veinte minutos más tarde.
Algo terrible había ocurrido en el hospital.
O al menos eso es lo que había visto Saori en la televisión, mientras descansaba de su largo viaje entre Washington y Tokio en la habitación de una residencial. El noticiero había cambiado de historia, que hablaba del alza de las tasas de interés por parte de los bancos centrales de todo el mundo, y se enfocaba en un robo que había tenido lugar en la morgue del hospital. Aparentemente, un desconocido había robado el cadáver de una persona que había muerto hace poco. Cuando vio las características del cuerpo, abrió mucho los ojos y la boca.
Es ella.
Saori no pudo ocultar su asombro y desconcierto cuando comprobó que Serena, la misma chica a la que había tratado de consolar hace unos meses, cuando le había pedido a una de sus amigas que le entregara las coordenadas del laboratorio de Herbert Dixon, era quien había fallecido. ¿Será ella Sailor Moon? ¿La misma chica que salvó Tokio hace unos meses atrás? No puede ser posible. ¿Quién pudo haberla asesinado? Saori se percató que no respondería esas preguntas sentada en un cuarto de residencial.
Tenía que salir.
Entregando las llaves de su habitación a la dueña de la residencial, Saori salió a las calles de Tokio, preguntando aquí y allá por la residencia de los Tsukino, hasta que encontró a alguien que sabía dónde solía vivir y cómo llegar allá. Sabiendo que la prisa era fundamental, Saori tomó un taxi y se dirigió hacia la residencia de los Tsukino, jugando pulso chino con sus dedos.
Veinte minutos más tarde, el vehículo se detuvo frente a la casa en la que alguna vez vivió Serena, Saori pagó el trayecto y, a paso agitado, tocó el timbre, no esperando que el dueño de casa respondiera de inmediato. Por eso, Saori sintió que su corazón saltaba a su garganta cuando vio que la puerta se abría.
Una mujer de cabello azul, largo y con ondas le recibió. Saori notó que tenía los ojos hinchados, y supo que había estado llorando sin parar. Pese a que ella sabía que su hija había muerto, Saori no tenía el suficiente tacto para dialogar con alguien que hubiera pasado por semejante tragedia.
—¿Usted es la señora Tsukino?
Ikuko miró por un rato a Saori, tratando de recordar si la había visto alguna vez. No obstante, ella jamás había visto a la chica frente a ella en su vida.
—Perdone, pero, ¿le conozco? —preguntó con voz queda.
—Me temo que no, pero sí conozco a su hija —repuso Saori con una voz más dura de la que había imaginado—. Ella también me conoció. Andaba de viaje en Estados Unidos cuando me enteré que ella murió en un atentado terrorista. Por eso vine aquí, a presentar mis respetos… y a cumplir un encargo que ella me hizo.
Ikuko miró a Saori con una expresión de desconcierto.
—¿Qué encargo? Serena… nunca me platicó de un encargo.
—No me extraña que no lo haya hecho —dijo Saori, quien había elaborado cuidadosamente la historia que le iba a contar a la familia de Serena para obtener el Cristal de Plata—. Era una chica distraída. Lo que quiero decir es que ella me compró un pendiente, una baratija, a decir verdad. Me lo iba a enviar a Estados Unidos, pero creo que eso ya no va a pasar.
—¿Viajó de Estados Unidos a acá por una baratija?
—Vine aquí para estar presente en el funeral de su hija. Realmente lamento mucho lo que ocurrió. Pero asumo que vio el noticiero de la noche.
Ikuko se quedó en silencio, tratando de evitar que las lágrimas resbalaran por sus mejillas una vez más. No había visto la televisión, pero la policía le había comunicado que alguien había robado el cadáver de Serena. Casi se había desmayado cuando escuchó la noticia.
—No… pero sé lo que pasó. —Saori vio que la mujer frente a ella estaba completamente quebrada por dentro. Sus ojos lucían vacíos, como si no hubiera un alma dentro de su cuerpo—. Por culpa de un…infeliz… no tendremos un funeral. Pero, si usted dice que mi… mi hija le compró algo… se lo puedo traer. E-Espere un momento.
Saori asintió con la cabeza. No obstante, no tuvieron que pasar más de tres minutos para que Ikuko volviera, sosteniendo una especie de broche dorado, con varios adornos tallados sobre su superficie.
—¿Es esto?
Saori tomó el broche, notando que tenía una muesca por la cual se podía abrir. Con manos temblorosas, la abrió, y vio que había un cristal dentro, uno muy similar al que la voz le había descrito.
—Sí, señora Tsukino. Así es.
—¿Hay alguna otra cosa en la que puedo ayudarle?
—No, pero sí hay algo en lo que puedo ayudarla —dijo Saori con firmeza, recordando que debía encontrar a Herbert Dixon, pero la madre de Serena lucía tan devastada que prefirió ayudarla a encontrar el cuerpo de su hija—. Le prometo que voy a encontrar al idiota de mierda que hizo esta atrocidad, y va a pagar por eso.
—P-Pero…
—Créame, tengo los medios para encontrar a ese infeliz —insistió Saori con firmeza, crispando los puños—. Hallará consuelo muy pronto, señora Tsukino, se lo aseguro.
Y con esas palabras, Saori dio media vuelta y se alejó del domicilio de los Tsukino, guardando el broche en uno de sus bolsillos. No obstante, no caminó más de veinte pasos, cuando se encontró frente a frente con un grupo de cuatro chicas. Todas ellas la miraban con seriedad.
—¿Qué mierda se les ofrece? —increpó Saori. Ninguna de ellas se amedrentó, salvo la chica del cabello negro y corto, quien miró en otra dirección—. ¿Les hice algo?
—El broche que tienes en tu poder —dijo la mujer del cabello castaño—, lo necesitamos, ahora mismo.
—Ah, qué coincidencia —repuso Saori con una voz agresiva—. Yo también lo necesito. Y no se los voy a entregar hasta que ya no lo necesite. Tengan paciencia.
No obstante, las cuatro chicas dieron un paso en dirección a Saori, tomando lo que parecían pendientes colgados de sus cuellos.
—No podemos darnos el lujo de esperar —dijo la mujer del cabello castaño—. Tenemos una misión muy importante que llevar a cabo. Así que, si no quieres salir lastimada, entréganos el broche por las buenas.
—Si ustedes no quieren salir lastimadas, les recomiendo que se vayan, o las haré mierda con mis propias manos. —Saori adoptó una postura de batalla, esgrimiendo sus puños en dirección a las chicas.
—Bien, tú lo quisiste.
Las cuatro tomaron sus pendientes y los alzaron al cielo. Saori tuvo que hacer visera con las manos para protegerse de las luces que brotaban del lugar donde alguna vez hubo cuatro mujeres normales. Para cuando todo hubo pasado, Saori miró a las chicas, solamente que ya no lucían como mujeres normales.
—Mierda —dijo Saori, intuyendo que tenía una batalla muy difícil por delante.
Nota: a partir del siguiente capítulo comenzará mi versión del arco del colegio infinito.
