LIV
El último lugar de reposo
Tokio, 02 de julio de 1992, 07:14a.m.
Saori había salido temprano de la residencial donde había decidido vivir para ir a buscar un empleo a un taller mecánico cercano, y había obtenido el trabajo de inmediato. Al parecer, Saori tenía una habilidad innata para las tuercas, lo que había causado que el dueño del taller arqueara una ceja. Saori era la única mujer que había postulado al trabajo, pese a que había entregado incentivos para que las mujeres pudieran trabajar en ese lugar.
—¿Siempre has tenido talento con los vehículos? —preguntó el dueño del taller, un hombre de cuarenta y tantos llamado Yusuke Yamada.
—No lo sé —repuso Saori, sabiendo que la respuesta solamente haría más complicado el asunto (46)—. Supongo que sí. La primera vez que arreglé un automóvil fue cuando yo tenía trece años. No sabía nada de mecánica, pero, de algún modo, supe qué hacer.
—Bueno, es obvio que sabes lo que haces —dijo Yusuke, tomando el hombro de Saori con una mano—. Te pondré a trabajar con ese cacharro que llegó hace unos días atrás. Parece un caso perdido, pero tú luces como que puedes hacer al respecto.
—De inmediato —repuso Saori. Como lo había dicho, se enfundó su overol de trabajo, cogió unas cuantas herramientas y se puso a trabajar al instante.
Dos horas más tarde, el cacharro que no parecía tener arreglo había quedado como nuevo. Desde las llantas hasta el motor, todo andaba de perlas. Saori se quedó admirando su primer trabajo en aquel taller, mientras que su jefe se acercaba a ella, mirando el vehículo con cortés desconcierto.
—Buen trabajo, Saori —dijo Yusuke, realmente complacido con su nueva trabajadora, contemplando a los dueños del automóvil deshacerse en elogios por aquella mecánica del cabello plateado—. Sigue así, y puede que estés destinada a grandes cosas. Podrías tener tu propio taller dentro de no mucho.
—Te agradezco el voto de confianza —repuso Saori, haciendo que Yusuke alzara una ceja.
—¿Siempre hablas de ese modo?
—Es la única forma en que sé hablar —dijo Saori, un poco molesta por la pregunta, pero por lo menos se refrenó de emplear su muletilla favorita—. He vivido sola buena parte de mi vida, y aprendí a no tenerle respeto a las personas, al menos hasta que se lo hayan ganado.
Yusuke se quedó en silencio por un rato, ponderando las palabras de Saori, mientras miraba cómo el automóvil salía del estacionamiento. Al final, juzgó que sus palabras habían sido razonables.
—Espero ganarme tu respeto —dijo, justo cuando un nuevo cliente llegaba al taller. Era un hombre de cabello de color paja, muy corto y con un aire de galán visible a millas. Iba acompañado de una mujer que tenía un cabello de un peculiar color turquesa y decorado en ondas. Saori, cuando vio a la pareja, frunció el ceño. Conocía bastante bien a esas dos personas (47).
El deportivo se detuvo en el estacionamiento, y ambos ocupantes descendieron del vehículo, encaminándose directamente al señor Yamada. Ninguna de las dos hizo algún gesto que denotara que conocían a Saori.
—Señor Yamada —dijo el hombre del cabello color paja—. Ya sabe a qué vengo.
—Por supuesto. El mantenimiento. Tengo a un mecánico disponible en este momento. Este es su primer día, de hecho.
Yusuke señaló a Saori para que se acercara, y ella lo hizo, mirando fijamente a la chica del cabello turquesa. La aludida frunció el ceño, como si no pudiera entender por qué Saori la miraba de forma tan atenta.
—Soy Saori —se presentó ella lacónicamente, taladrando con la mirada a la chica del cabello turquesa—. Me imagino que tú debes ser Michelle. Y la que te acompaña no debe ser otra que Amara.
Los dos se quedaron mirando como si no supieran cómo responder. Al final, fue el chico del cabello corto quien respondió. Lucía divertido, por alguna razón.
—Cerca, pero no tenemos esos nombres. Honestamente, no tengo idea de dónde los sacaste. Tampoco es que nos hayamos visto alguna vez, ¿o sí?
Saori, a diferencia de Serena, no era una chica tonta. Supo de inmediato que ninguna de las dos recordaba que se habían conocido en 1967, mientras ella y Amy buscaban los fragmentos del Cristal de Plata. Al parecer, éste había hecho que Saori recordara todo cuanto le hubo pasado desde que llegó a Nueva Orleans en noviembre de 1960, y no había causado el mismo efecto en ellas dos.
—No, no lo creo —dijo Saori, negando con la cabeza—. Los confundí con otras personas que solía conocer.
—No te preocupes, preciosa —dijo el chico del cabello color paja con una sonrisa de lado—. Todos cometemos errores. Eso no significa que no nos podamos conocer, ¿verdad que no?
La chica del cabello color turquesa carraspeó. Su compañero pareció captar el mensaje.
—Bueno, debemos irnos. Eres Saori, ¿verdad?
La aludida gruñó.
—El parche en mi overol lo dice todo.
—Eres graciosa. Soy un cliente frecuente de Yusuke, por lo que me verás a menudo.
—Yupi —dijo Saori sarcásticamente.
—Me llamo Haruka Tenō —dijo el chico animadamente—, y mi acompañante es Michiru Kaiō. Nos vemos, linda.
Ambos dejaron el taller, y Saori se quedó en silencio hasta que desaparecieron por el portón de acceso.
—Haruka no deja de tener razón —dijo Yusuke razonablemente, pero Saori tenía una vena pulsante en su temple.
—Sí, y eso es un gran consuelo —repuso, nuevamente con sarcasmo—. La próxima vez que ese engreído me diga "linda" o "preciosa", le voy a abrir la cabeza.
Tokio, dos días más tarde
Saori había pedido permiso a Yusuke por un asunto que había prometido que iba a llevar a cabo, y él se lo había dado de buen grado, pues en esos dos días había hecho el trabajo de una semana, incluyendo el mantenimiento del vehículo de Haruka. Sin embargo, para cumplir su promesa, iba a necesitar ayuda, en la forma de soporte tecnológico, y había una sola persona que podía solucionar sus problemas.
Por eso, Violet se había ofrecido para ayudarla, y ambas se encontraban reunidas en una cafetería, manteniendo las apariencias, pero en realidad, ambas estaban tratando de averiguar quién había robado el cadáver de Serena de la morgue del hospital.
—Bueno, ahora puedo consultar las cámaras de seguridad —dijo Violet, sosteniendo un aparato que lucía como un televisor portátil—. Mmm… el cadáver está solo, sin guardias. Parece que había un cambio de turno a esa hora… ¿pero qué pasa? El cadáver… desapareció como por arte de magia.
—¿Por arte de magia? —repitió Saori, frunciendo el ceño—. O sea, ¿nadie vino a recoger el cuerpo?
—No. Simplemente… desapareció.
Saori no tuvo que hacer mucho esfuerzo mental para entender que había una sola persona en todo el mundo que podía hacer algo así. Al parecer, sus encuentros con Herbert Dixon aún estaban muy lejos de acabar. No obstante, no podía entender sus motivos para robarse el cadáver de Serena. Tampoco había ninguna pista de las Sailor Senshi que solían acompañarla. Cuando le planteó la problemática a Violet, ella respondió moviendo perillas y oprimiendo botones en su dispositivo. Cuando acabó, le mostró las imágenes a Saori para que pudiera ver con sus propios ojos lo que había pasado con las Sailor Senshi.
Cuando Saori vio el helicóptero flotando frente a la casa de los Tsukino, supo que nada había cambiado desde 1960, al menos en Estados Unidos. Esa nación siempre buscaba convertir en armas todo lo que entraba en su regazo. Pero Saori no alcanzaba a imaginar cómo los poderes de las Sailor Senshi podían convertirse en armas, pues eran los cetros los que les permitían transformarse y adquirir esos poderes, a menos que el gobierno hubiera obtenido los cetros también. Sin embargo, el rapto de las Sailor Senshi no había sido nada en comparación con lo que ocurrió después, cuando un vehículo estalló en una bola de fuego, enviando a Serena lejos y envolviéndola en llamas.
Así que fue de ese modo que Serena murió se dijo Saori, pero, si conocía cómo operaba el Departamento de Defensa de los Estados Unidos, entonces Serena debió haber sido el objetivo principal de los comandos, pues era la más poderosa de las cinco. Tal vez creyeron que su único poder era la tiara lunar y no le prestaron más importancia. No sabía por qué, pero creía que la respuesta a ese pregunta se encontraba en aquel tiempo perdido desde que se quedó dormida a bordo del vuelo a Nueva Orleans hasta que despertó en aquella casa abandonada, allá en Washington.
—Tenemos que ir a Estados Unidos —dijo Saori, poniéndose de pie y devolviéndole el aparato a Violet. Ella miró a su novia con incredulidad.
—¿A Estados Unidos? ¿Acaso allá se encuentra el cuerpo de Serena?
—Algo me dice que sí —repuso Saori, tomando a Violet de la mano y saliendo de la cafetería, asegurándose de dejar el pago y una propina sobre la mesa—. No tenemos tiempo para comprar pasajes aéreos. Hay de ir de forma directa allá.
Violet tragó saliva, sabiendo a la perfección lo que las palabras de Saori implicaban.
—¿Y no hay otra forma?
—Violet, sabes que no hay otra forma. Ahora vamos. Tenemos que transformarnos.
Violet se había puesto pálida mientras Saori la guiaba hacia un callejón habitado solamente por ratas y tachos de basura volteados. Saori tomó su broche y Violet su pendiente, y ambas se transformaron al mismo tiempo. Cuando hubo acabado la transformación, Sailor Silver Moon miró a Violet y a su uniforme, silbando.
—Honestamente, Violet, no entiendo por qué te ocultas bajo tanta ropa. No eres para nada fea.
—No soy linda.
—Lo eres para mí —dijo Saori suavemente, tomando las manos de Violet y mirando la gema en su pecho—. ¿Esa no es una amatista?
—Así es —dijo Violet, mirando fijamente a los ojos de su pareja—. De hecho, ese es mi nombre real, Amatista.
—Pero ahora, eres una Sailor Senshi. —Saori le dio un fugaz beso en los labios a Violet, quien se sonrojó un poco—. Deberías tener un nombre acorde—. Saori se puso a pensar por un breve momento antes de recordar que ella ya tenía un nombre de Sailor Senshi—. Desde ahora en adelante, serás Sailor Amethyst.
—Pero Saori —protestó Violet, con poca convicción—, solamente tengo la apariencia de una Sailor Senshi. No califico para ser una… aún.
—Bueno, por algo tienes ese uniforme —insistió Saori, mostrando una amplia sonrisa—. Le diste un buen uso a tus poderes cuando peleaste contra esos humanoides. Podrás volver a hacerlo.
Sailor Amethyst sostuvo la mirada de Sailor Silver Moon, y vio la confianza en sus ojos. Compuso una sonrisa pequeña.
—De acuerdo.
—Entonces, vamos.
Sailor Silver Moon abrazó con fuerza a Sailor Amethyst y despegó del suelo a una velocidad absurda, surcando los cielos de Tokio, para luego enfilar hacia el océano, guiándose por el sol. Sailor Amethyst se puso verde y tuvo ganas de vomitar. De pura casualidad, consultó la velocidad a la que iba volando Sailor Silver Moon, y esta vez sí vomitó, manchando su uniforme con el desayuno. Por increíble que pudiera parecer, ambas estaban volando a Mach 5. Iban a llegar a Estados Unidos en dos horas.
Cuando ambas aterrizaron en Washington, Sailor Amethyst lucía extremadamente pálida, mientras que Sailor Silver Moon no presentaba ninguna secuela, salvo las asociadas con el jetlag. Era de noche en la ciudad y Sailor Silver Moon se había asegurado de aterrizar en la vecindad del sector donde se encontraba el laboratorio de Herbert Dixon. Esperó a que Sailor Amethyst se compusiera y, cuando lo hizo, ella extrajo un aparato que semejaba a un control remoto, y lo extendió hacia delante, como si estuviera buscando minas antipersonales. No tuvieron que pasar más de dos minutos para que Sailor Amethyst encontrara algo relevante.
—Aquí hay un ascensor —dijo, indicando a Sailor Silver Moon para que se acercara—. El acceso está protegido por varias capas de autenticación biométrica. Seguramente hay algo muy valioso al fondo.
—Por supuesto que sí —dijo Sailor Silver Moon con un gruñido—. El laboratorio de Herbert Dixon.
Sailor Amethyst miró a su compañera, sin entender.
—¿Ese infeliz sigue con vida?
—Es muy bueno para mantener la sangre dentro de su cuerpo —respondió Sailor Silver Moon como si aquello no fuese algo sorprendente, sino que molesto—. Pero algunas capas de autenticación biométrica no me van a detener.
Sailor Silver Moon se posicionó debajo del área que ocupaba el ascensor y golpeó el suelo con todas sus fuerzas. De ese modo, comprobó que el suelo era falso y que Herbert Dixon no se había tomado muchas molestias para desarrollar materiales más resistentes desde mediados de 1969. Sailor Amethyst le informó a Sailor Silver Moon que el fuste tenía doscientos metros de profundidad, y ambas descendieron con lentitud, de modo que ninguna de las dos se hiciera daño al llegar al fondo. El aire siempre había sido un aliado de Sailor Silver Moon, y lo usó para amortiguar la caída.
Cuando ambas tocaron el fondo del fuste, vieron que había unas puertas dobles que lucían muy gruesas, incluso para la portentosa fuerza de Sailor Silver Moon. Sailor Amethyst, anticipándose a aquella contingencia, usó un aparato con dos antenas muy largas y una pantalla rectangular, tecleando algunos comandos con calma. Segundos más tarde, las puertas dobles se hicieron a un lado.
Los guardias que custodiaban la puerta fueron sorprendidos, y Sailor Silver Moon los despachó rápidamente. Por desgracia, uno de ellos había activado la alarma, y una tropa de guardias se apiñó delante de las puertas que daban acceso al laboratorio principal, apuntando sus rifles de asalto a ambas Sailor Senshi. Sailor Silver Moon, por muy fuerte que fuese, no era invulnerable a las balas, y Sailor Amethyst lo sabía muy bien. Por eso, en cuanto los guardias apretaron el gatillo, ella hizo aparecer un campo de energía que protegió a Sailor Silver Moon de los proyectiles. En el momento que los guardias recargaban sus armas, Sailor Silver Moon extendió ambos brazos hacia delante, y los guardias fueron lanzados hacia atrás como muñecos de trapo. A continuación, ella se acercó a las puertas dobles, y, con un golpe de sus puños, las envió lejos.
Ambas Sailor Senshi tuvieron que discurrir por una serie de pasillos antes de entrar al corredor que dividía ambas alas del laboratorio principal. Sailor Amethyst le indicó a Sailor Silver Moon que su instinto había dado en el blanco. El cadáver de Serena se encontraba en el ala oeste, denominada Clavius, el mismo lugar donde se encontraba Herbert Dixon.
Sailor Silver Moon hizo trizas la puerta de acceso, y vio a su enemigo, delante del cuerpo de Serena. Lucía muy tranquilo, como si no tuviera nada que temer.
—Vaya, no tardaste en aparecer —dijo, mirando a Sailor Silver Moon como si no fuese su enemiga en absoluto—, y tú también, Violet Taylor. No me extraña que hayan descubierto que yo fui quién robó el cadáver de Serena. En caso que se estén preguntando por qué lo hice, bueno, solamente puedo decirles que hay algo en ese cuerpo que me interesa mucho. Pero, como ya lo obtuve, entonces son libres de llevárselo.
—¿Y qué mierda fue lo que obtuviste?
—Una pequeñez, a decir verdad. No mancillé el cuerpo de tu adorada Serena, si es eso lo que quieres saber. Ahora, llévense este cadáver, antes que comience a apestar.
Sailor Silver Moon tenía los puños crispados. No sabía por qué tenía la impresión que Herbert estaba ocultando algo, pero no quiso ahondar demasiado en el asunto. Dio unos tres pasos en dirección a Herbert, y le asestó un golpe tan poderoso que casi le voló la cabeza del cuello. Después, indicó a Sailor Amethyst a que se llevara el cuerpo.
—Es lo menos que te mereces por ser el villano de pacotilla que siempre has sido, cerdo de mierda —gruñó Sailor Silver Moon, dando media vuelta en cuanto se hubo asegurado que el cadáver de Serena estuviera a buen recaudo.
Una vez fuera del complejo, ambas Sailor Senshi se aseguraron que no hubiera nadie en las cercanías, y, abrazando a Sailor Amethyst, quien usaba su magia para trasladar a Serena, despegó hacia los cielos nuevamente, volando a Mach 6 esta vez, su velocidad máxima. Por fortuna, Sailor Amethyst ya no tenía nada en su estómago, y no vomitó, pero sí se mareó a tal punto que casi perdió el conocimiento, lo que habría sido fatal. El cuerpo de Serena habría caído al océano y nadie habría podido encontrarlo. Felizmente, eso no llegó a ocurrir, y ambas aterrizaron frente a la residencia de los Tsukino, sin olvidar transformarse para que nadie de la familia sospechara.
Cuando Ikuko abrió la puerta, contuvo el aliento al ver el cuerpo de su difunta hija en brazos de Saori, y le tomó un buen rato tranquilizarse. En honor a la situación, Saori no dijo nada y entró en la casa en cuanto Ikuko se lo permitió, dejando el cadáver sobre el sillón. Saori le indicó a Violet a que llamara a las autoridades pertinentes para que se llevaran el cuerpo de vuelta a la morgue.
—Gracias —dijo Ikuko en voz baja, suprimiendo las lágrimas de forma heroica—, gracias por cumplir con tu promesa. Ahora podremos darle un entierro digno.
—Es lo menos que se merece —dijo Saori, poniendo una mano en el hombro de Ikuko—. Ahora debemos irnos. No creo que sea sensato que estemos aquí.
Saori y Violet se retiraron de la casa de los Tsukino en completo silencio, preguntándose qué era lo que había obtenido Herbert Dixon para ameritar el robo de un cadáver.
Algo les decía que no lo iban a saber pronto.
(46) Hay que recordar que Saori trabajaba en un taller mecánico en la República Democrática Alemana, por allá en 1960. Ver capítulo 1 de "Lo que hay detrás de la cortina".
(47) Ver capítulos 12 y 17 de "Cortejando el apocalipsis" para hacerse una idea de por qué Saori creía conocer a Haruka y Michiru.
