LVI
Un encuentro gélido
En el centro de la Vía Láctea, 6 de julio de 1992, hora indeterminada
Había ocasiones en las que Sailor Galaxia no se sentía como si fuese ella, como si hubiese perdido algo esencial mientras se hallaba fuera de combate en el laboratorio de Herbert Dixon. No obstante, lo más curioso era que no se sentía demasiado molesta por ello. De hecho, había veces en las que pensaba que aquel cambio era para mejor. Recordaba muy bien su forma de proceder en el pasado. Había perdido aliadas por culpa de su impaciencia. Había asesinado a Polaris sin siquiera pensarlo dos veces, sin detenerse a pensar de qué forma podría haberle sacado provecho.
Porque solamente en ese momento, había descubierto un propósito para la difunta soberana del Reino de Cristal.
El Diamante de Hielo, pese a que estaba completo, no estaba mostrando todo su poder. Sailor Galaxia asumió que no estaba siendo blandida por las manos correctas, y por eso, decidió encargar a una de sus sirvientas la tarea de revivir a Polaris. Creyendo que una de las guardianas del jardín estelar era la candidata idónea para la labor, llamó a Sailor Phi aplaudiendo dos veces.
Sailor Phi apareció frente a su ama con un breve destello de luz. Se inclinó con parsimonia, nunca rompiendo contacto visual con Sailor Galaxia.
—¿Qué se le ofrece, señora?
—¿Tienes aún la semilla estelar de Polaris?
Sailor Phi mostró una leve sonrisa.
—Conservo todas las semillas estelares que usted ha obtenido.
—¿Y puedes, solamente con eso, volverla a la vida?
—Por supuesto. Mientras esta semilla no haya regresado al Caldero Primordial, ella podrá regresar a la vida, con todos sus recuerdos y su cuerpo original.
—Perfecto —dijo Sailor Galaxia, luciendo complacida—. Hazlo. Cuando hayas acabado, dile a Polaris que acuda a mi presencia. Tengo un trato que ofrecerle.
—Así se hará, señora.
Tokio, 8 de julio de 1992, 11:05a.m.
Saori no hallaba cómo pasar las horas muertas, pues no tenía nada que hacer en el taller de Yusuke. No sabía qué hacer por diversión, pero recordaba que, en algún momento de su pasado, había ido de parranda con Nicole y las demás. Sin embargo, debía esperar a que su turno acabara para hacer eso. Luego, recordó que Yusuke le había platicado sobre unos repuestos para un Shelby GT500 de 1967, y Saori salió del taller, sabiendo que tales repuestos no los iba a encontrar en cualquier tienda tuerca. Y resultaba que ese tal GT500 era de propiedad de esa chica del cabello del color de la paja. Recordaba que la había conocido como Amara en 1967, pero en 1992, se llamaba Haruka.
No sabía a ciencia cierta por qué Haruka le caía tan mal, pero sí tenía claro que ella se creía un donjuán con las chicas. Una vez, mientras acudía a una tienda a comprar insumos para el taller, la había visto en una plaza cercana, hablando en tonos muy coquetos con un par de alumnas de secundaria, quienes reían de forma nerviosa y tenían sus mejillas furiosamente coloradas. Imaginó que Haruka pensó que ella, Saori, era igual que las tantas otras que habían caído en sus redes.
Puede que sea eso lo que me molesta de ella.
Cuando al fin hubo encontrado la tienda en la que vendían repuestos originales para el Shelby GT500, tuvo que reprimir un bufido, porque se había encontrado con la persona en la que estaba pensando en ese mismo momento.
—Hola, preciosa —dijo Haruka, acercándose un poco a ella, como tratando de hacer que Saori se pusiera nerviosa. Sin embargo, ella mantuvo la postura, sin siquiera enrojecer—. ¿Cómo has estado?
Saori no entendía cómo una chica podía ser tan insistente. Debería haber sabido a esas alturas que no ganaba nada con comportarse de ese modo con ella. Ni aunque le hablara con la voz más sensual del universo, o le ofreciera el más abrumador placer existente, de ninguna forma iba a dejarse seducir por Haruka. Había dos razones simples para ello: uno, Saori no se sentía ni remotamente atraída por Haruka, y dos, la existencia de una tal Violet en su vida.
—Sobreviviendo —repuso Saori con la comisura de los labios—. Ahora, si me disculpas, tengo que comprar los repuestos para tu vehículo.
—Los repuestos pueden esperar un poco —dijo Haruka, bajando un poco el tono de su voz—. ¿Por qué no me acompañas a beber algo y nos conocemos mejor?
Saori arqueó una ceja.
—¿No es un poco temprano para ir a beber?
—Nunca es demasiado temprano, o tarde, para conocer a una persona, hermosa —dijo Haruka, pero Saori no se sentía ni remotamente interesada en la petición. Realmente necesitaba adquirir esas piezas, pues el proceso de instalación era más delicado que en los automóviles modernos.
—No, gracias —espetó Saori de mal humor—. Si quieres conocer a alguien, ¿por qué no lo intentas con esas chicas de secundaria que tanto te gustan? A mí no me metas en tus mierdas.
Saori dio media vuelta, y se dirigió a la tienda, dejando a Haruka completamente contrariada. Era la primera vez que una chica no cooperaba ni se volvía loca cada vez que ella se empeñaba en seducirla. Tal vez pensó que se trataba de una estudiante de preparatoria, pues Saori no lucía como si tuviese más de veinte años. Sin embargo, se dio cuenta que esa chica del cabello plateado era un reto, y a Haruka le encantaban los retos. Daba igual que su corazón le perteneciera a otra persona; ella era libre de hacer lo que quisiese con otra chicas, pues no intentaría nada serio con ellas. Y lo que tenía con Michiru iba más allá de cualquier juego.
—Parece que comenzamos con el pie izquierdo —dijo Haruka, modulando su tono de voz, de forma que no se notara la frustración en ella—. Es obvio que a ti te falta un poco de aventura y diversión. ¿Qué dices, linda? ¿Vienes conmigo?
Saori se detuvo. Dio media vuelta y se acercó a Haruka, mostrando una sonrisa y abriendo los ojos un poco más de la cuenta. Lucía como una de las tantas chicas a las que Haruka había abordado ya.
—Tienes razón —dijo Saori en una voz más aguda de lo normal—. Necesito un poco de diversión.
Haruka estuvo a punto de cantar victoria, cuando sintió un dolor muy intenso en su abdomen, como si una bala de cañón hubiera impactado allí. Cuando miró hacia abajo, vio que Saori le había encajado un rodillazo en su vientre. El impulso de doblar la espalda fue irresistible. Se inclinó hacia delante, pero Saori la tomó por el cabello, tirando de éste y alzando la cabeza de Haruka (Saori era considerablemente más alta que ella). Vio que tenía la cara arrugada, y los ojos brillantes.
—Te lo voy a decir una vez, para que te quede claro, maldito donjuán de mierda —dijo Saori en voz baja, pero de forma lenta y deliberada—. No… estoy… interesada… ni… jamás… lo… estaré… por… ti—. Saori elevó más el brazo, de forma que Haruka quedara colgando en el aire, mirándola con ojos vesánicos—. Ahora, desaparece, y no me vuelvas a molestar, arpía de pacotilla.
Y Saori golpeó a Haruka en la cara, enviándola al otro lado de la calle, dando en la fachada de un edificio con su espalda, quedando inconsciente. Sin importarle que hubiera un grupo nutrido de mirones, Saori dio media vuelta, y entró a la tienda, masajeándose los nudillos.
Media hora más tarde, Saori cargaba con los repuestos que necesitaba, notando que estaba haciendo un poco de frío. Había un poco de viento, y el cielo se estaba cubriendo con nubes negras. Aquello era extraño, pues el país se encontraba en pleno verano. No obstante, Saori sabía que, en verano, no todos los días eran calurosos, y no le dio demasiada importancia.
Se hallaba a dos cuadras del taller, cuando se encontró con una mujer que solamente podía ser una Sailor Senshi. Su falda era azul oscuro, poseía un listón de color amarillo, y usaba botas cortas de taco bajo. Era Sailor Uranus. Saori tuvo que componer una sonrisa sardónica. Si esperaba que no supiera quién era realmente la mujer frente a ella, entonces se había equivocado miserablemente.
—¿Vienes por venganza? —preguntó Saori, dejando los repuestos a un lado, sin quitarles un ojo de encima.
—No sé de qué hablas —dijo Sailor Uranus con una voz dura—. Hace poco agrediste a una amiga mía, y lo vas a pagar.
—Bah, deja de actuar, estúpida atorrante —increpó Saori, dando un paso hacia Sailor Uranus—. Sé que eres Haruka, y sé que no pudiste soportar que yo no cayera en tu pequeña telaraña, ¿verdad?
—De todos modos, hacerle daño a las personas no es lo correcto —dijo Sailor Uranus, agresivamente—. Soy una Outer Senshi, y tengo por misión proteger al mundo de las malas personas. Y he decidido que eres una mala persona, actuando de ese modo. Prepárate, porque no saldrás viva de ésta.
Saori no dijo nada. Tomó el pendiente que colgaba de su cuello, y gritó las palabras mágicas. Sailor Uranus no pudo evitar sorprenderse por el cambio que estaba sufriendo Saori, pero se sorprendió aún más cuando vio que Saori se había convertido en la Sailor Senshi del uniforme plateado que había visto esa noche en que habían atacado los humanoides.
—Vaya, así que también eres una de nosotras —dijo Sailor Uranus, percatándose que estaba haciendo cada vez más frío, que el viento estaba soplando cada vez más fuerte—. A lo lejos vi que eras una guerrera competente, ¿pero será suficiente contra mí? Nosotras, las Outer Senshi, somos más fuertes que las Inner Senshi, y me atrevo a pensar que tú no eres mucho más fuerte que ellas. Haberte transformado no va a servir de nada.
Sailor Silver Moon no dijo nada. Decidió esperar a que Sailor Uranus atacara primero. Ella pareció pensar lo mismo, porque extendió un puño hacia arriba, como si fuese a golpear el suelo con éste. Y, como esperaba, Sailor Uranus, golpeó el pavimento con todas sus fuerzas, y la tierra tembló bajo sus pies. Pero Sailor Silver Moon notó que no había sido exactamente su puño lo que había tocado el suelo, sino el aire alrededor. Inmediatamente después, una onda expansiva levantó el pavimento, dirigiéndose velozmente hacia Saori. Ella se arrojó de cabeza hacia delante, procurando arquear la columna, de modo que el peso cayera sobre su espalda. Rodando brevemente hacia delante, Sailor Silver Moon se puso de pie y extendió ambos brazos hacia delante, enviando a Sailor Uranus lejos.
Pero Sailor Silver Moon no había acabado. Corrió a toda velocidad hacia donde había caído Sailor Uranus, notando que ya se había puesto de pie, e iba a atacar otra vez, pero Sailor Silver Moon fue más rápida. Usando el aire alrededor de su puño, le propinó un gancho poderoso a Sailor Uranus, elevándose más de veinte metros en el aire, para luego machacarse la espalda contra el pavimento. Desparramada sobre la calle y apenas consciente, Sailor Uranus se quedó mirando a Sailor Silver Moon con una mezcla entre aborrecimiento y sorpresa.
—No quiero que te acerques a mí otra vez —dijo Sailor Silver Moon, mirando a Sailor Uranus con una mezcla de lástima y odio—, al menos no con la intención de conquistarme o seducirme. No está mal si quieres ser mi amiga, pero nada más.
—T-Te… odio —balbuceó Sailor Uranus, pero Sailor Silver Moon le tendió una mano y ella la tomó. Cuando se hubo puesto de pie, no sin muchas dificultades, se quedó mirando a Sailor Silver Moon como si jamás la hubiera visto en su vida.
—¿Estás dispuesta a aceptar mis condiciones?
Sailor Uranus bufó.
—¿Tengo otra opción?
—No realmente. —Sailor Silver Moon notó por el rabillo del ojo que alguien estaba tomando los repuestos y, en un dos por tres, ya se encontraba junto al ladrón. Éste tragó saliva al ver a la Sailor Senshi frente a él, y salió corriendo lejos, dejando los repuestos donde estaban.
—Se está poniendo helado —dijo Sailor Uranus, notando que estaba comenzando a caer nieve. Sailor Silver Moon también miró al cielo, viendo que se había tornado gris oscuro—. Esto no es normal. Algo debe estar pasando.
—Por fortuna, conozco a alguien que puede desmadejar este problema —dijo Sailor Silver Moon, retornando a su estado normal, juzgando que debía dejar los repuestos en el taller primero. De todas formas, tenía maneras de comunicarse con Violet sin que ella estuviera presente.
—¿Crees que tus compañeras puedan averiguar qué está pasando? —preguntó Sailor Uranus, quien había imitado a Saori y regresó a su forma normal—. Porque estoy segura que esto no es obra de los Cazadores de la Muerte.
—Tenlo por seguro —dijo Saori, encaminándose hacia el taller, mientras que Haruka se dirigió hacia su departamento, donde debía encontrarse con Michiru. Ella también tenía formas de saber qué estaba ocurriendo en la ciudad.
Tokio, 8 de julio de 1992, 01:54a.m.
No había nada como el hogar, o al menos así decía el refrán, porque Kakeru no se sentía demasiado cómodo trabajando en su observatorio. Claro, él tenía varios títulos universitarios y grados académicos a su haber, y sabía que su pasión siempre había sido la astronomía, pero sentía que algo le hacía falta, y sabía muy bien qué era ese algo.
Desde que estuvo trabajando en Chile hace unos pocos meses atrás, había estado pensando en una sola persona, alguien que se encontraba en alguna instalación de la NASA, preparándose para una misión espacial. Por primera vez en décadas, el ser humano iba a volver a la luna, a investigar más sobre lo que hasta hace no mucho tiempo atrás era un secreto: las ruinas en el lado oculto del astro. Por supuesto, la verdadera naturaleza de las ruinas aún no había sido revelada por la CIA, pero era precisamente esa la razón por la que se iba a emprender aquella misión. Y la mejor amiga de Kakeru, Himeko, había sido seleccionada para encabezar la expedición. Kakeru conocía a Himeko desde hace años; sabía que ella la persona perfecta para la misión, pues era una escéptica consumada, lo que le daba absoluta objetividad sobre lo que posiblemente iba a encontrar allá arriba (49).
La última vez que había visto a Himeko fue en el aeropuerto de Tokio. Ella había recibido unas semanas de vacaciones a causa del riguroso entrenamiento que estaba realizando, e iba de vuelta a Miami. Kakeru había recién llegado desde Santiago, cuando se encontró con Himeko en una de las cafeterías del aeropuerto. Lucía inquieta por alguna razón, pero se alegró de verlo de todas formas, y se quedaron conversando un largo rato. Kakeru no sabía por qué, pero le daba la impresión que a Himeko le brillaban los ojos cada vez que le miraba a los suyos, y sonreía mucho más de la cuenta. Al no saber qué le pasaba, Kakeru asumió que la emoción de formar parte de una misión tan importante le hacía exhibir aquellas señales. Al final, para cuando tuvieron que despedirse, Kakeru notó que Himeko lucía un poco decepcionada cuando se despidieron, junto a los controles de seguridad aérea. Hasta ese momento, Kakeru no sabía por qué ella se estaba comportando de esa forma.
Las dos de la mañana. Espabilando, Kakeru enfocó el telescopio hacia la luna. Siempre estuvo fascinado con aquel astro, pues había sido fanático de la mitología griega cuando era pequeño, y su mito favorito era la historia de Selene, la diosa de la luna, y Endimión, el pastor. Le encantaba mirar por telescopios artesanales hacia la luna, esperando encontrar a Selene allá arriba, pero jamás la encontró (50). Sin embargo, nunca se rindió en su afán de comprobar de forma científica que la diosa de la luna, en efecto, existía. Mientras no estuviera ocupado con sus otros trabajos, Kakeru se ponía a observar la luna, buscando en sus alrededores alguna señal de la existencia de Selene.
Frunció el ceño.
Kakeru vio, por el ocular del telescopio, que un objeto plateado y brillante pasaba bastante cerca de la luna, a una velocidad de vértigo. Parecía acercarse a la Tierra. Inmediatamente, salió del observatorio y miró hacía arriba. Había un brillo plateado en el cielo, el cual se estaba haciendo más grande y más intenso conforme pasaban los segundos. Kakeru se quedó enraizado al piso, mirando cómo el objeto se acercaba cada vez más a la superficie terrestre, hasta que cayó en algún punto de la bahía. Esperando que nadie más se hubiera percatado del fenómeno, Kakeru se dio prisa. Regresó al observatorio, tomó las llaves de su vehículo, se dirigió al estacionamiento, y partió como una exhalación hacia el lugar donde había caído el objeto. Mientras conducía por la costanera, Kakeru pensaba en la colisión. No había ocurrido nada apocalíptico, no se había producido ningún cráter, ninguna liberación explosiva de energía. El objeto había caído de la misma forma en que lo haría un copo de nieve, sin más rastro que el objeto en sí.
Por el retrovisor, Kakeru vio unas patrullas de policía discurrir en la misma dirección que él. Esperando que no hicieran lo que estaba pensando que iban a hacer, Kakeru procuró conducir a una velocidad razonable, de modo que no tuviera ningún percance para llegar hasta el objeto.
(49) En un capítulo anterior había mencionado a Kakeru, diciendo que era el mismo que aparecía en la película de Sailor Moon S. También se habrán dado cuenta que mencioné a Himeko en este capítulo, y asumo que saben qué viene a continuación. Sí, lo adivinaron, voy a integrar los hechos de la película "El amor de la princesa Kaguya" a este fic, con todo lo que eso implica.
(50) No obstante, habrá algunos cambios en la adaptación que haré de la película. En esta versión, Kakeru no busca a la princesa Kaguya de las nieves, sino que a la diosa de la luna, Selene. La antagonista también será diferente, pues voy a tomar en cuenta hechos pasados en los dos fics anteriores a éste. Advertí en su momento que iba a haber muchos cambios a la historia original de Sailor Moon, y eso es lo que estoy haciendo. La idea es hacer una historia alternativa, no repetir lo mismo que hizo Naoko Takeuchi.
Nota: Estuve mucho tiempo trabajando en una zona sin internet. Esa es la razón por la que no pude actualizar ninguno de mis fics. A menos que me trasladen de zona de trabajo, mis actualizaciones van a tardar en aparecer en la página, así que ruego a la diosa de la luna para que me trasladen a un lugar con mejor conexión.
Saludos lunares.
