LXII
Tres frentes, Parte 2
En las afueras de Denver, 16 de julio de 1992, 03:14p.m.
A Colbert Sprague le hacía falta un descanso, el cual se lo había tomado el día de ayer. En ese momento, se hallaba con energías renovadas para seguir a cargo del proyecto. Después de entregar las tareas para el día, se dirigió a su oficina, y, como todos los días desde que inició ese trabajo, se dedicó a consultar el monitor de eventos. Desde que los científicos habían descubierto el método por el cual los sujetos de estudio se transformaban en Sailor Senshi, no había habido grandes avances en aislar la información cuántica que permitía acceder a los poderes de aquellas guerreras. Era imposible obtener datos de los cetros, pues, de acuerdo a las leyes de la mecánica cuántica, éstos no tenían una forma definitiva en el universo cuando no eran observados (64), y, dado que se necesitaba una contraseña para gatillar el cambio de estado cuántico, entonces los datos no podían ser directamente observados. Se podía saber la naturaleza de la información, pero no el contenido. Después de muchos intentos fútiles, Colbert decidió que la mejor forma de obtener la información era que las chicas se transformaran.
Colbert había, en efecto, contratado más mentes femeninas para el desarrollo del proyecto, y fue una de las nuevas adiciones quien le había dado una idea prometedora sobre cómo obtener la información cuántica que necesitaba. Cuando Colbert escuchó la idea, le sorprendió que no se le hubiera ocurrido a él en primer lugar, pero aquel no era el momento de jugar gallito con sus propios empleados. A esas alturas, cualquier cosa que le hiciera dar un paso en la dirección correcta era bienvenida para él.
Ansioso por saber qué le esperaba en el nuevo experimento, Colbert ordenó que las chicas fuesen trasladadas al campo de prueba de vehículos blindados. La idea era dejar de suministrar los sedantes que mantenían a las chicas fuera de combate, de modo que despertaran y no supieran con exactitud dónde se encontraban. Como medida adicional de seguridad, un paraguas electromagnético fue instalado en las cercanías, de modo que los instrumentos de Sailor Mercury fuesen inútiles. Gracias a los datos de la NSA, Colbert sabía en qué frecuencia funcionaban sus dispositivos, y había ajustado el paraguas para cancelar aquellas ondas (65). De ese modo, Sailor Mercury no podría determinar en qué lugar se encontraba y se vería obligada a enfrentar a las amenazas que pronto iban a aparecer en el campo.
El suministro de sedantes fue interrumpido, y, lentamente, las chicas fueron despertando y poniéndose de pie. Colbert, desde la distancia, miraba con un telescopio de bolsillo cómo ellas miraban en todas direcciones, incapaces de ubicarse. Como esperaba, Sailor Mercury intentó usar su computadora y su visor, pero los guardó al rato después, negando con la cabeza.
—Bien, el paraguas funciona a la perfección —dijo Colbert, llevándose una radio a la boca, la cual funcionaba en una frecuencia distinta a la del paraguas, por lo que no tuvo problemas para comunicarse con el equipo en el campo—. Desplieguen a los soldados. Solamente utilicen munición no letal, repito, solamente usen munición no letal.
Colbert recibió un "copiado" del líder del equipo de campo. A continuación, dirigió el telescopio hacia el oeste, por donde se suponía que debía aparecer el escuadrón, y vio a los hombres aproximarse a las chicas. No debían estar a más de doscientos metros de distancia.
—Sensores habilitados —anunció uno de los técnicos, consultando una pantalla en la consola frente a él—. Estamos listos para detección.
Colbert se llevó nuevamente la radio a la boca.
—Procedan.
Tokio, 16 de julio de 1992, 01:17p.m.
Aquel había sido el experimento más difícil en el que Violet hubiera trabajado alguna vez. Reclutar a los sujetos de prueba había sido la etapa más fácil de todo el proyecto. Bastó con poner un anuncio por Internet que se requería una pareja para un experimento que pretendía demostrar que el amor existía. Lejos, lo que le tomó más trabajo a Violet fue diseñar y probar el equipo para medir los niveles de energía que esperaba ver en los entrelazamientos cuánticos, y para, por supuesto, detectar el entrelazamiento mismo. Violet no era una eminencia en Mecánica Cuántica, por lo que tuvo que estudiar por unos cuantos días la teoría, y empleó otros pocos más para la elaboración y prueba del instrumental.
Sophie fue la única que había colaborado con Violet en el experimento. Nicole y Scarlett serían más un estorbo que una ayuda, pero se mostraron igualmente entusiasmadas por el desarrollo del experimento, pese a que no había ocurrido nada interesante durante las pruebas. Solamente habían visto a la pareja en diferentes situaciones románticas, rodeados de instrumental, que Violet ocultó ingeniosamente para no estropear los resultados.
Aquel día, los últimos datos habían sido recopilados, y la pareja fue libre de irse. Violet les pidió sus direcciones de correo electrónico para que fuesen los primeros en conocer los resultados del experimento. Después que la pareja se hubo ido del hotel, Violet introdujo los datos en la computadora, empleando un software de su propio diseño para analizar la información.
—Miren esto —dijo Violet, señalando a un gráfico que mostraba los niveles de energía de las partículas en el entorno del experimento—. Hay picos de energía justo en la zona donde esperaba hallarlos. Ahora, si generamos una proyección isométrica de la habitación, e introducimos los datos… justo cómo lo esperaba.
—Los niveles de energía más altos se concentran en el lugar donde se encontraba la pareja —notó Sophie, indicando con un dedo la pantalla de la computadora.
—No solamente eso. —Violet empleó un comando para ampliar la imagen, y Sophie quedó helada con lo que vio—. Sus cuerpos están en niveles más altos que el entorno, pero la mayor densidad de puntos se encuentran en sus cabezas.
—¿O sea, nuestros cerebros son, en efecto, computadoras cuánticas?
—Lo son —dijo Violet, visiblemente emocionada con lo que estaba viendo—. Además, no sé si te das cuenta, pero los niveles de energía son los que esperábamos ver, los números cuánticos de espín también coinciden.
—¿Y los contrastaste con los estados energéticos de las partículas en situaciones normales?
—Acabo de hacerlo —repuso Violet, sintiéndose como si la navidad se hubiera adelantado varios meses—. Son muy distintos. Cada vez que la pareja se encontraba en una situación romántica, las partículas en sus cabezas siempre mostraban los mismos niveles de estado energético, mucho más elevados que en cualquier otra situación. Eso significa que las partículas comparten volúmenes muy grandes de información, lo que aporta mucha energía al sistema.
—¿Y que tipo de energía es?
—Una que jamás había visto antes. Posee una longitud de onda más larga que cualquier tipo de radiación presente en el espectro electromagnético.
—Pero esa radiación, con el equipo correcto, pudo haberse detectado antes.
—Sí, pero los científicos asumen que el espectro electromagnético comprende un intervalo limitado de longitudes de onda. En todo caso, hice un estudio de este descubrimiento, y me di cuenta que las ecuaciones de Maxwell (66) son capaces de describir este tipo de radiación. Al principio, pensé que no sería el caso, pero después, pensándolo bien, descubrí que los científicos habían estado trabajando todo este tiempo sobre un supuesto erróneo.
—¿Y cuál es?
—Ya te lo dije —dijo Violet, quien hablaba de forma atropellada, y las demás fueron capaces de entender su situación—, los científicos asumen que el espectro electromagnético está compuesto por un número limitado de tipos de radiación. Esto prueba que están equivocados. Amar también libera energía, mucha energía, cantidades inconcebibles de energía. Lo que pasa es que no la detectamos por esa presunción de la que les hablaba. Cualquier tipo de radiación detectada que no esté dentro del espectro electromagnético, es descartada como ruido.
Nicole y Scarlett escuchaban, sin entender ninguno de los tecnicismos, pero sí comprendieron que el amor dejaba un rastro detectable, el cual no podía ser atribuido a ninguna otra fuerza en el universo. Sophie, por otro lado, no solamente había entendido todo lo que había querido decir Violet, sino que se dio cuenta que quería llegar a alguna parte con su explicación.
—Detectaste esta radiación en otro lugar, ¿verdad?
—No exactamente —dijo Violet, pero supo que Sophie había entendido, al fin, cuál era su punto con todo ese experimento—. Lo que pasa, es que estuve leyendo los reportes sobre aquel resplandor plateado al final de la Guerra Fría, en junio de 1969, y hubo una estación que captó esa radiación. Obviamente, los científicos no tenían el conocimiento para determinar de qué se trataba. Yo obtuve los datos de aquella estación y, cuando comparé las longitudes de onda de aquel evento con las de mi experimento, descubrí que eran iguales.
Sophie se quedó en blanco, incapaz de dimensionar lo que Violet había descubierto.
—Pero… pero, ¿sabemos qué fue lo que desató aquel resplandor plateado?
—Yo lo sé —dijo Violet, sonriendo—. Saori me lo dijo todo. Ella fue la que detuvo las cabezas nucleares. Y me dijo que había usado el Cristal de Plata.
Sophie quedó en silencio por un rato, ponderando las implicaciones de aquel nuevo descubrimiento. Si Saori había usado el poder del Cristal de Plata para poner fin a la Guerra Fría, y aquel resplandor había sido generado por la gema, cuya radiación poseía la misma longitud de onda que la radiación detectada durante el experimento, entonces…
—¿Me estás diciendo que lo que le da poder al Cristal de Plata es… amor?
—Exactamente —dijo Violet, ampliando su sonrisa.
—Si eso es cierto, y todo lo que me dijiste sobre Saori era verdad, entonces, ¿quieres usar el Cristal de Plata para revivir a Cristalia?
Violet asintió por toda respuesta. Nicole se puso de pie, con la mirada de una mujer que había recuperado la esperanza.
—¿Quién tiene el Cristal de Plata?
—Pues… Saori.
—Estoy segura que ella va a cooperar con nosotras —dijo Nicole, mirando por la ventana de la habitación, notando que había nevado sin parar desde que Polaris llegó a la ciudad—. Chicas, es hora de recuperar a nuestra princesa.
Washington, 16 de julio de 1992, 5:06p.m
Podía ser que Herbert Dixon ya no tuviera que convivir con los dolores de cabeza, pero, de todas formas, había momentos en que no sabía si era él pensando, o si era una de las dos conciencias que habitaban dentro de él. Porque había ratos en los que se veía arrasado por un torbellino de odio y rencor que le invitaba a dejar de lado su plan primario, y optar por el plan alternativo. Para esa conciencia, la que Herbert asumía que era la de Sailor Galaxia, no había nada mejor que dejar caer meteoritos impulsados por cañones de riel hacia la superficie del planeta, erradicando a la raza humana de la faz de la Tierra. Por otro lado, había otras oportunidades en las que juzgaba que era mejor apoderarse del Cristal de Plata para hacer lo mismo que en algún momento hizo Sailor Silver Moon. Imaginó que así pensaría la reina Serenity.
Para Herbert, el mejor curso de acción era el punto medio entre ambas acciones. Erradicar a la mayor parte de la población mundial, y con los sobrevivientes, crear un mundo nuevo, libre de todas las enfermedades que aquejaban a la humanidad. Puede que uno se preguntase por qué Herbert incitaba a los Estados Unidos a crear armas basadas en los poderes de las Sailor Senshi y a militarizar la NASA, si ya tenía un plan primario en el cual apoyarse. La verdad, Herbert hacía esas cosas solamente para probar un punto muy simple.
Desde tiempos inmemoriales, el ser humano había recurrido a la guerra para concretar sus fines. Ya fuese diseminar una religión, una idea política, o imponer algún sistema socioeconómico, no había tratado, arreglo o alianza que pudiera conseguir alguna de esas cosas de forma más efectiva que la guerra. Pero la guerra, como toda invención humana, tenía consecuencias, y la más visible de ellas era la cantidad de gente que moría peleando por su nación. Para cualquier civilización, muchas bajas era siempre sinónimo de baja moral, por lo que se inventó una excusa para justificar las muertes, que morir en batalla era algo honorable, y que alimentaba el fuego de un país por seguir combatiendo. Tal había sido el origen de algo que, en el mundo de hoy, era causa de muchas divisiones y peleas fratricidas. Aquello se llamaba patriotismo.
Sin embargo, en el mundo moderno, las guerras ya no se libraban con armas, sino que con dinero. Ya no se amenazaba a un país con ser bombardeado con misiles balísticos intercontinentales, sino que se hacía con bloqueos comerciales, préstamos a largo plazo con tasas de interés de pesadilla, privatizaciones de servicios públicos, y un sinnúmero de otras tácticas económicas cuestionables. Hace poco, Herbert comprobó que el poder económico era capaz de poner naciones enteras de rodillas, pues, desde esa reunión que tuvo en Jekyll Island, había visto cómo las corporaciones energéticas, los bancos y los contratistas de defensa comenzaron a ganar dinero prácticamente de la noche a la mañana, reinstaurando un sistema que había amenazado con desaparecer por completo después del atrevimiento de Sailor Silver Moon. Herbert había comprobado, sin un ápice de duda, que la codicia, la belicosidad y la corrupción eran parte de la naturaleza humana. Mientras que otras personas se limitaban a criticar estas acciones, sin tomar al reno por las astas, Herbert decidió hacer algo al respecto.
Herbert sabía que, si su plan tenía éxito, muchos dedos le iban a apuntar, llamándolo con muchos epítetos, epítetos dignos de personajes como Hitler, Stalin, o Mao Zedong. La mayoría de la gente no soportaría semejante presión social, pero Herbert se sabía preparado para las críticas, las condenas y las interpelaciones. Era consciente que, para cambiar el mundo, había que ensuciarse las manos, había que tolerar que la humanidad lo recordara como el genocida más perverso de la historia. Porque sabía que nadie iba a ver las consecuencias positivas de su plan, sino que lo negativo, porque, sencillamente, el ser humano era así.
Herbert salió de sus cavilaciones, y se dirigió a la estación de monitoreo, donde sabía que iba a encontrar a Hawkins. Como esperaba, allí estaba, sentado, viendo mil pantallas de cámaras de seguridad alrededor del globo. Especial interés le causaba lo que estaba pasando en las afueras de Denver.
—Señor —dijo Hawkins en cuanto vio a Herbert aproximarse a él—, Colbert acaba de tener una idea sobre cómo acceder a los poderes de las Sailor Senshi. Estoy registrando imágenes del campo de pruebas de vehículos blindados.
—¿Te aseguraste que el canal estuviera protegido?
—Posee tres niveles de seguridad —aseguró Hawkins, indicando a un costado de la pantalla, donde salían unos números. Herbert supo interpretar aquellos números, y supo que el canal permanecía seguro—. Solamente nosotros poseemos acceso.
—Muy bien. —Herbert tomó asiento junto a Hawkins, mirando cómo las Sailor Senshi repelían a las amenazas de control con sus poderes—. Hicimos bien en recomendar a Colbert Sprague para la tarea. Tiene amplia experiencia con armas. Desarmaba y armaba rifles con los ojos vendados. Estoy seguro que puede hacer el trabajo.
—¿Y se puede saber para qué quiere que Estados Unidos posea armas de ese tipo?
—Bueno, es una prueba, que sé que ellos van a fallar —dijo Herbert, mostrando una pequeña sonrisa—. Ellos no se van a resistir en emplear los poderes de las Sailor Senshi para crear armas. Cuando les propuse la idea, nadie puso alguna objeción, nadie me contradijo, nadie me dijo que podían usarse para, por ejemplo, fines pacíficos, aplicaciones científicas y tecnológicas que pudieran mejorar la calidad de vida de la humanidad. No. Lo primero que piensan estos sujetos es hacer armas, como si la única forma de hacerse valer fuese a través de la violencia o la intimidación.
—Bueno, es que así funciona Estados Unidos —dijo Hawkins, luciendo pensativo—. ¿Qué hubiera pasado si fuese Japón quien tuviera acceso a este tipo de tecnología? Ellos no andan pensando en crear armas, sino en formas de mejorar la calidad de las personas.
—Ahí estás equivocado —repuso Herbert, usando una de las pantallas para reproducir un video, el mismo que Desmond Hudson, donde se podía ver a una activista en reunión con el Primer Ministro japonés—. Todos tenemos algún rencor en nuestros corazones, y os japoneses, por muy avanzados que sean, no han olvidado lo ocurrido en Hiroshima y Nagasaki. Las heridas son demasiado profundas para que hagan como que jamás pasó. ¿Ahora lo ves, Hawkins? Todo esto es consecuencia de ideales peligrosos e intereses económicos. Nadie se pone a pensar en qué sería lo mejor para la humanidad en su conjunto, sino en lo que es mejor para uno. Por eso estoy haciendo esto, para eliminar la codicia, el odio y el miedo. Tampoco es que gocemos de una abundancia de recursos naturales. Somos demasiados en este planeta, y el acceso a los recursos es otra causa de guerras, muertes y aprovechamiento económico. Quiero acabar con todo eso, Hawkins, aunque tenga que eliminar al noventa y cinco por ciento de la población. Es lo que traté de hacer en los sesentas, pero Sailor Silver Moon lo impidió.
Herbert miró a Hawkins, quien tenía una expresión vacante en su cara, como si no pudiera creer que su jefe, en realidad, tuviera los redaños de convertirse en un genocida para acabar con los males que aquejaban a la humanidad. Sin embargo, Herbert malinterpretó la expresión de su jefe de monitoreo.
—¿No apruebas?
—Señor, no sé de qué está hablando —dijo Hawkins, mirando a Herbert como si lo estuviera viendo bajo una luz nueva—. Siempre estuve de acuerdo con su plan, pero jamás me dijo por qué lo estaba haciendo. Y ahora que lo sé, quiero que sepa que podrá contar conmigo para lo que sea, incluso si quiere que yo sea su segundo al mando.
Herbert se quedó mirando a Hawkins, luciendo desconcertado.
—¿Lo harías?
—Por supuesto, ahora que sé cuál es su propósito. Quiero poner mi parte en hacer de este mundo un lugar mejor.
—¿Aun cuando mis métodos sean… extremos?
—Cambios extremos requieren medidas extremas.
Un pitido le indicó a Hawkins que había un acceso no autorizado en el perímetro del domo. Hawkins manejó unos cuantos controles y vio que había dos personas que se suponía que no debían estar allí.
—No las pierdas de vista —dijo Herbert, palmeando el hombro de Hawkins, sacando su arma del bolsillo—. Iré a lidiar con ellas.
Tokio, en ese mismo momento
El profesor Tomoe disfrutaba de un refrigerio, cuando escuchó el sonido de su móvil. Le acababa de llegar un mensaje. Tomó su teléfono, y vio el mensaje. Compuso una sonrisa de oreja a oreja. El plan estaba discurriendo exactamente como lo había concebido desde el principio.
Viluy acababa de descubrir quiénes eran los dueños de los talismanes.
Sin embargo, había un problema.
Uno muy grande.
(64) Uno de los principios de la mecánica cuántica trata de cómo se comporta la realidad cuando es observada y cuando no. Mientras el entorno no sea observado, se dice que no tiene forma definitiva en el universo. Con observación, se entiende cualquier tipo de medición, y eso no solamente implica la vista, sino que todos los sentidos. Sentir, oler, saborear, tocar y ver son mediciones, por lo tanto, son observaciones. Un ejemplo de esto es el famoso experimento de la doble rendija, donde se hace pasar un haz concentrado de fotones a través de una doble rendija, y los impactos son registrados en una placa. Por extraño que pudiera sonar, los fotones no forman dos rendijas, como dicta el sentido común, sino que se forman varias rendijas, como una onda de rendijas. Ahora, si se ponen detectores junto a la rendija, la onda de rendijas desaparece, y es reemplazada por dos rendijas. Este experimento apunta a la idea de que el universo luce de la forma en que lo conocemos, siempre y cuando lo estamos observando. Cuando no, el universo pierde su forma física.
(65) De acuerdo a la teoría de ondas, cuando una onda con una determinada longitud, amplitud y fase se encuentra con una onda con longitud, amplitud y fase opuestas, ambas ondas se cancelan. La longitud de onda es la distancia que existen entre dos ciclos, la amplitud de onda es la distancia que existe entre la cresta de la onda y el eje "x" de ésta, y la fase es el desplazamiento que existe entre la cresta de la onda y el eje "y" de ésta.
(66) Las ecuaciones de Maxwell son un grupo de cuatro ecuaciones que describe por completo todos los fenómenos electromagnéticos. Maxwell descubrió que las leyes de Gauss (tanto para el campo eléctrico como para el magnético), la ley de Faraday-Lenz y la ley general de Ampere, se podían unificar en un único grupo de ecuaciones que podía explicar el electromagnetismo en general.
