LXVII
Los talismanes, Parte 3

Tokio, 19 de julio de 1992, 09:41a.m.

Setsuna Meiō bebía un sorbo de café a modo de desayuno, leyendo el periódico matutino. La primera plana hablaba de una investigación que estaba conduciendo la policía con respecto a la muerte de una joven hace unas dos semanas atrás y el secuestro de otras cuatro. Por supuesto, Setsuna sabía que se refería a Sailor Moon y a las Inner Senshi, y también estaba al tanto de que Sailor Silver Moon había tomado cartas en el asunto. No obstante, temía que fuese demasiado tarde.

Mientras miraba el periódico, Setsuna notó que alguien había tomado asiento frente a ella. Bajó el periódico y vio que se trataba de una mujer pelirroja, con el cabello tomado y un vestido que solamente podía ser apropiado para una convención de anime.

—¿Se le ofrece algo?

—Setsuna Meiō, te he estado buscando. —La voz de la recién llegada era baja y elegante, con un tinte de provocación.

—¿Quién es usted?

—Ah, mi nombre es irrelevante, al menos no para ti. Lo que importa es la razón por la que necesitaba encontrarte. Pues, necesito algo de ti, algo que ninguna otra persona me puede dar.

Setsuna quedó en silencio por un breve instante, mirando con el ceño fruncido a la desconocida, como si se forzara a sí misma a recordar dónde había visto a esa persona. Sin embargo, aquella no era su intención. Sabía que jamás la había visto en su vida, pero sí podía hacerse una idea de sus intenciones. Se preguntó qué era lo que ella tenía y que ninguna otra persona poseía. Se fijó en un detalle en la apariencia de la desconocida, un detalle que le dijo todo lo que necesitaba saber sobre la mujer frente a ella.

—No creo que puedas obtener eso que quieres.

—¿Y cómo sabes qué es lo que quiero?

—Eres un agente del enemigo, y nosotras, las Outer Senshi, sabemos qué están buscando. —Setsuna se puso de pie, ignorando a la mujer, y salió del restaurante a paso raudo. Kaolinite creyó que iba a huir, y la siguió, viendo que desaparecía por un callejón. Si pensaba escapar, mal lugar había escogido para hacerlo. No obstante, cuando vio a Setsuna frente a ella, entendió que no tenía ninguna intención de evitar la batalla.

—¿Crees poder vencerme? —dijo Kaolinite, extendiendo un poco las piernas y los brazos—. Pues debes tener en cuenta que soy la más fuerte de las Brujas 5. No trates de subestimarme.

Setsuna no respondió a sus desafíos. Simplemente, alzó su cetro, dijo las palabras mágicas y, al cabo de muchos destellos y luces de colores, se transformó en Sailor Pluto, con su cetro en forma de llave y todo. Kaolinite pensaba que, como Sailor Uranus y Sailor Neptune, su corazón puro ocultaba el talismán. No debería ser demasiado trabajo, especialmente con lo que el profesor Tomoe estaba tramando en su propia casa.

—Voy a disfrutar mucho esto.

—Eso lo veremos —dijo Sailor Pluto, blandiendo su cetro de forma amenazante—. Ahora, prepárate para pelear.

Tokio, en ese mismo momento

Rini se había separado de Darien frente a la casa de Hotaru, diciendo que necesitaba verla. Algo le decía que ella podría estar en peligro, porque no se había sentido exactamente bien en su casa, como si hubiera una oscuridad latente allá. Su intención era sacarla de ese lugar, por cualquier medio necesario.

Como la primera vez, fue el mismo señor Tomoe quien le permitió entrar a la casa. Buscó la habitación de Hotaru, y la encontró más rápido que antes. Sin embargo, cuando entró, se dio cuenta que la habitación estaba mucho más oscura que la última vez que había entrado allí. Y, sentada sobre la cama, como la primera vez, se encontraba Hotaru. Ni siquiera se volteó cuando Rini entró.

—¿Hotaru?

Nada. Rini, pese a que temblaba del miedo, se adentró aún más en el dormitorio, caminando con cautela, hasta que estuvo frente a Hotaru. Pero, cuando la miró a la cara, dio dos pasos hacia atrás, horrorizada por lo que estaba viendo.

Hotaru tenía la piel pálida, a tal punto que era perfectamente visible, pese a la oscuridad reinante. Sus ojos eran rojos y tenía una sonrisa inusualmente ancha, con dientes que podían llegar a semejar colmillos. Rini no sabía qué pensar, ni menos cómo reaccionar. No habría podido hacerlo, sin embargo, porque sus brazos y piernas comenzaron a paralizarse. Pronto, no podía moverse ni un centímetro, perdió el equilibrio y cayó al suelo. Solamente sus ojos se movían, los que se abrieron al ver que Hotaru se ponía encima de ella, mostrando aquella sonrisa que helaba la sangre, sintiendo que iba perdiendo el conocimiento lentamente…


Kaolinite había subestimado a Sailor Pluto.

Mientras se ponía de pie después de un virulento ataque de su oponente, se puso a pensar en la verdadera fuerza de quien estaba delante de ella. Se había basado en el combate entre Sailor Pluto y Viluy, pero no imaginaba que Sailor Pluto fuese tan poderosa. Tal vez no había empleado todas sus fuerzas contra Viluy, o podía ser que fue tomada por sorpresa. Nada de eso importaba ya. Si no era capaz de derrotarla, tendría que recurrir al plan B.

Decidiendo que debía usar todos sus poderes para esa batalla, Kaolinite se lanzó al ataque una vez más, corriendo a toda velocidad hacia su oponente. Sin embargo, le dio la impresión que le estaba tomando cada vez más tiempo llegar hasta Sailor Pluto, y que ella se movía más rápido de lo habitual. Movió sus brazos para protegerse del ataque, pero los sentía lentos, como si estuviera moviéndolos bajo el agua. Como esperaba, Sailor Pluto la golpeó con su cetro, y el efecto desapareció de inmediato. Kaolinite sintió cómo su espalda golpeaba la pared de un edificio contiguo, dejándola levemente atontada.

—No vale la pena seguir peleando —dijo Sailor Pluto, apuntando su cetro hacia la cara de Kaolinite—. Ríndete, o muere.

Kaolinite no se movió de su posición. Esperaba la señal del profesor Tomoe, la que debía ser enviada en cualquier momento. Necesitaba ganar tiempo, de la forma que fuese.

—Deberías reconsiderar tus palabras —dijo Kaolinite, sobándose la quijada, donde le había golpeado Sailor Pluto—. No lo sabes, pero hay alguien muy importante para ti que está a punto de sufrir un destino horrible.

—¿Te refieres a la Pequeña Dama?

—Es una mocosa de cabello rosa que se hizo amiga de la hija del profesor Tomoe. Fue a verla, ¿lo sabías? —Kaolinite soltó unas risas desesperadas, sin dejar de mirar con mucha atención el cetro de Sailor Pluto—. Nada sabe que acaba de entrar en una trampa. Resulta que ella tiene justo lo que necesitamos para concluir con la fase final del plan.

—E imagino que tienen suficientes corazones puros —dijo Sailor Pluto, quien trataba de sonar compuesta, pero un ligero temblor en su voz la traicionó, y Kaolinite lo notó.

—No todavía, pero pronto los tendremos. Cuando me hayas entregado tu talismán, iré a hacer mi parte.

—No te voy a entregar mi talismán —dijo Sailor Pluto, tratando de sonar intimidante, pero saber que Rini podría encontrarse en peligro hacía que su voz no transmitiera confianza, cosas todas que daban más poder a Kaolinite—. Y ciertamente, tendrás que pasar por encima de mi cadáver antes de hacerle daño a la Pequeña Dama.

—Oh, no tendré que hacerlo. —Kaolinite se quedó en silencio, como tratando de escuchar a un interlocutor invisible. Al cabo de un rato, una sonrisa apareció en sus labios, una sonrisa maligna que llenó de un miedo súbito a Sailor Pluto—. Acabo de recibir noticias. El profesor Tomoe tiene a tu Pequeña Dama—. Kaolinite se puso de pie, mirando a Sailor Pluto con un poco de diversión—. La necesitamos, de otro modo, no la habríamos capturado. Pero no es necesario matarla para obtener lo que queremos. Si la quieres de vuelta, entrégame el talismán. De otro modo, bueno, adiós Pequeña Dama.

Sailor Pluto se quedó enraizada al suelo. Kaolinite había pasado de ser un oponente débil a tener todo el poder en aquel encuentro. No sabía qué hacer para salvar a Rini de las garras del profesor Tomoe sin que Kaolinite se diera cuenta. Ni siquiera podía llamar a Haruka o Michiru. La única solución a aquel dilema no le gustaba para nada, y, sin embargo, debía claudicar. La Neo Reina Serena le había encargado a su hija para que la entrenara y protegiera de cualquier daño, y no quería fallar en su única misión en ese tiempo.


Kakeru despertó con un dolor insoportable en su pecho. Apenas podía moverse. Aunque aquella gema estuviera lejos de él, su cuerpo seguía deteriorándose, y no creía que pudiera durar hasta la noche. Notó que su pie se estaba tornando azulada, y que temblaba violentamente, aunque caminara con tres frazadas cubriéndolo. Se preguntó qué estaría haciendo Himeko en ese momento. Tal vez se preparaba para la misión que iba a tener lugar en el espacio. Esperaba, por lo menos, que el estudio de la luna le confirmara que, en realidad, existiera una diosa que residiera allá.

Himeko.

Le era difícil pensar en otra cosa que no fuese en ella. Mientras trataba de prepararse un café para aumentar, aunque fuese un poco, su temperatura corporal, se reprendía a sí mismo por no haber sido más directo la última vez que la vio, por no haber leído las señales de Himeko en su momento. Pero, lo que más se lamentaba, era haber ido como un imbécil a recuperar aquella gema, sabiendo que no era su campo, que otros profesionales habrían hecho un mejor trabajo analizándola. Tal vez otro sería el que tuviera sus síntomas, no él, jamás lo sabría. Sin embargo, era mejor enfrentar los problemas que huir de ellos, por mucho que ese problema fuese imposible de resolver.

En otras condiciones, Kakeru habría bebido el café a sorbos, pero lo hizo de un solo trago, esperando que le diera un poco de calor. Creyó mal. Era tal el frío en su interior que sintió cómo el café se convertía en hielo dentro de él, lo que hizo que sintiera varias puntadas en su estómago. Maldiciendo para sus adentros, Kakeru regresó a la cama, pero no se recostó sobre ella. Se quedó de pie, pensando en Himeko y en su expedición al espacio. Seguramente, el evento sería televisado a todo el mundo, tal como siempre hacía la NASA cada vez que realizaba una misión importante. Con eso en mente, Kakeru se sentó sobre la cama, tomó el control remoto y sintonizó el canal correcto.

En efecto, las noticias mostraban la plataforma de lanzamiento en Cabo Cañaveral. El transbordador ya se encontraba en posición. En otra pantalla mostraban el ascenso de los astronautas por la torre, entre los cuales pudo ver claramente a Himeko, con sus pendientes de estrellas colgando de sus orejas. Sostenía su casco con una mano y con la otra parecía limpiarse el sudor de su frente. El resto de la tripulación, según lo que leyó en la cinta inferior, constaba de astronautas veteranos que ya habían efectuado varias misiones en el transbordador. Himeko aparecía como especialista de misión, pues era quien iba a instalar el telescopio y a realizar las observaciones, pero era la primera vez que ella iba al espacio, lo que explicaba los interminables meses de entrenamiento que había recibido para soportar el impacto que suponía viajar a más de treinta mil kilómetros por hora para alcanzar la velocidad de escape (73).

Si sigo así, jamás la volveré a ver. ¡Demonios!

Kakeru golpeó la cama con sus puños, aunque poca diferencia hizo. Apenas podía mover sus brazos para mostrar algún signo visible de frustración. Lo único que daba muestra de lo que estaba padeciendo eran las lágrimas que brotaban de sus ojos, las que se congelaban mucho antes de que cayeran al suelo.

¿Qué diablos debo hacer para dejar de sentir dolor?

Lo único que podía hacer era volver a su cama y protegerse del frío interior lo mejor que podía. Mientras se arropaba con las sábanas, miró por la ventana, y vio la nieve acumularse en las afueras de su casa. Tal vez, lo que ocurría allá afuera era un reflejo de lo que le estaba ocurriendo a su cuerpo. Quizás, lo que fuese que lo estaba matando por dentro, hiciera lo mismo con el mundo. Porque, a juzgar por lo que había visto en las noticias, aquel frío estaba dificultando el lanzamiento del transbordador. Nada, sin embargo, que los ingenieros de la NASA no pudieran solucionar. Un lanzamiento con frío podía realizarse, siempre y cuando se tomaran las precauciones necesarias, de otro modo, ocurriría lo mismo que en la trágica mañana del 28 de enero de 1986 (74).

Kakeru decidió mantener prendida la televisión, pues la transmisión duraría toda la misión, de modo que la misión pudiera ser vista por millones a lo largo y ancho del mundo. Kakeru hallaba eso extraño. Era como si la NASA supiera exactamente qué iba a encontrar en la luna, conocimiento que, obviamente, no era de dominio público. ¿Qué esperaba confirmar la NASA con esa misión? ¿Le seguiría un nuevo alunizaje, después de más de veinte años sin ir? No había forma segura de saberlo, pero el pensamiento no abandonó la mente de Kakeru. Aún con el cuerpo frío y unas ganas de vivir en descenso, necesitaba ver aquella transmisión, como si hacerlo le conectara emocionalmente con Himeko. Después de todo, estaba cumpliendo con su sueño, cosa que Kakeru no pudo.

Vamos, Himeko. Hazme sentir orgulloso. Haz al mundo sentirse orgulloso.


Sailor Pluto no sabía qué hacer.

Asustada por fallar en su cometido de proteger a la Pequeña Dama, hizo precisamente lo que no debió haber hecho: rendirse. Kaolinite disfrutaba esa clase de momentos, amaba pisotear a sus enemigos hasta hacerles sentir que no valían nada, y aquello era particularmente fácil de hacer con los chicos buenos. Su moralismo les impedía hacer lo que era necesario para conseguir sus fines, les impedía sacrificar a sus seres queridos si ellos se interponían en su camino. Mientras sostenía el talismán en su mano, Kaolinite le dedicó una mirada burlona a Sailor Pluto.

—Bueno, no tengo nada más que hacer aquí —dijo, dando media vuelta para salir del callejón y transportarse hacia el laboratorio del profesor Tomoe—. Es mejor que ni te acerques al profesor, ni tú ni ninguna de tus patéticas compañeras. Si lo haces, lo sabremos, y tu adorada mocosa perderá la vida.

Kaolinite dio unos pasos hacia la salida del callejón, y despareció. Enseguida, Sailor Pluto recuperó la movilidad de sus extremidades y accionó su comunicador para ponerse en contacto con Sailor Uranus y Sailor Neptune. Definitivamente necesitaban saber lo que había ocurrido, si es que ellas no hubieran sido atacadas para obtener sus respectivos talismanes.

—¿Qué pasó? —preguntó Sailor Uranus, quien tenía una expresión de derrota en su cara. Lo mismo iba para Sailor Neptune.

—El enemigo ha obtenido mi talismán.

Sailor Uranus y Sailor Neptune no se mostraron demasiado sorprendidas por la noticia. De hecho, había algo parecido a resignación en sus semblantes. Sailor Pluto tragó saliva.

—¿No me digan que… también obtuvieron los de ustedes?

—Así es —dijo Sailor Neptune con la voz apagada, apenas pudiendo mirar la pantalla de su comunicador—. Una de las Brujas 5 nos los arrebató. No pudimos hacer nada para evitarlo.

—Todo es culpa de esa imbécil de Sailor Silver Moon —gruñó Sailor Uranus, frunciendo el ceño—. Si no hubiera causado todo ese desastre, podríamos haberla visto antes de que nos atacara.

—No sabes eso —le regañó Sailor Neptune, taladrando con la mirada a Sailor Uranus—. Tal vez ni siquiera hubieras podido detener a Tellu. Sailor Silver Moon era la única que podía combatir con ella sin perder la vida.

—Ese no es el punto —dijo Sailor Pluto en un tono conciliador—. Lo que debemos hacer es recuperar los talismanes, antes que el enemigo haga aparecer la Copa Lunar. Si lo hace, temo por las consecuencias.

—¿Y cómo lo haremos? —preguntó Sailor Uranus, luciendo un poco inquieta—. Somos solamente tres.

—No —dijo Sailor Pluto, recordando a Sailor Silver Moon—. No somos solamente tres. Si podemos contar con Sailor Silver Moon, entonces tendremos una oportunidad para recuperar los talismanes.

—¡De ninguna forma! —exclamó Sailor Uranus con saña—. No voy a pelear junto a una tonta maleducada.

—No tenemos otra opción —dijo Sailor Pluto con gravedad—. O nos unimos para combatir a los Cazadores de la Muerte, o no habrá un planeta que defender. Hay mucho en juego para estar quejándose por caprichos. Tú no conoces a Sailor Silver Moon. Yo sí, y sé que ella dará hasta su último aliento para proteger a la Tierra del mal.

Nadie aportó algo más a la conversación, y Sailor Pluto asumió que ya se había dicho todo lo que debía decirse. Cortó la comunicación y, respirando hondo, se dirigió hacia la posición de Sailor Uranus y Sailor Neptune, creyendo que sus compañeras eran un hueso más duro de roer que los mismos enemigos que enfrentaban.


—Muy bien hecho, Kaolinite —dijo el profesor Tomoe, caminando hacia ella y extendiendo ambos brazos—. Gracias a ti, tenemos los tres talismanes. Lo único que nos falta para completar nuestro plan está justo aquí.

El profesor Tomoe se acercó a una especie de plataforma de metal, sobre la que descansaba una niña de cabello rosado, Rini. Sus ojos estaban cerrados, pero respiraba normalmente. Kaolinite se preguntaba para qué necesitaba a aquella niña, siendo que tenía cientos de corazones puros a su disposición en el colegio. Al parecer, el profesor Tomoe leyó la pregunta en sus ojos, porque dijo:

—El corazón puro de ella no es como el de los demás —dijo, poniéndose frente a Rini y alzando una mano, por ninguna razón en particular. No obstante, al cabo de unos segundos, Hotaru apareció al lado de su padre. Tenía la misma cara que cuando Rini cayó inconsciente en su habitación—. Adelante, mi niña. Aliméntate de ella. Conviértete en la puerta de entrada para el Faraón 90.

Hotaru se inclinó sobre Rini, abriendo la boca de forma desmesurada, dispuesta a devorar su corazón puro.


(73) La velocidad de escape es la velocidad que requiere un objeto para vencer la atracción gravitacional de un planeta determinado. Este factor depende de la masa del planeta en cuestión y de la cercanía de la superficie con el centro.

(74) El 28 de enero de 1986 fue la fecha en la que ocurrió el tristemente famoso desastre del Challenger, el cual estalló segundos después del lanzamiento, segando la vida de siete astronautas. La investigación reveló que, debido a las bajas temperaturas durante el lanzamiento, los anillos de goma que separaban las diferentes secciones de los cohetes propulsores, los cuales actuaban como juntas de dilatación/contracción, se congelaron y no funcionaron adecuadamente durante el lanzamiento, causando masivas fallas de material (junto con otros factores), ocasionando la explosión.