LXXI
Libre
Londres, 25 de enero de 2000, 08:07a.m.
¿Han escuchado alguna vez del Efecto Posguerra? ¿No? Pues déjenme decirles qué es y cómo se siente.
El Efecto Posguerra es cuando alguien, después de una larga privación de algún estímulo, lo vuelve a experimentar. Es completamente normal que una persona perciba nuevas cosas sobre ese estímulo, o lo experimente de una forma más intensa. Se le llama Efecto Posguerra, porque siempre, después de las guerras, se vivían situaciones de extrema escasez, después de las cuales, la gente volvía a retomar la normalidad. Explicaciones de diccionario al margen, permítanme decirles que se siente como si volvieras a nacer. Porque, todo el tiempo que duro ese condenado juicio, me sentí como si yo fuese el criminal, porque me la pasaba en los despachos de los abogados, en el estrado, respondiendo una pregunta tras otra. Era una letanía que duró tres… malditos… meses. ¿Pueden creer que había pensado que iba a durar más aquel proceso legal? De no ser por el samaritano de la undécima hora, ni siquiera me hubiera tomado la molestia de decirles qué era el Efecto Posguerra. Y cuando digo "samaritano de la undécima hora", me refiero a Lucy Warren, la turista norteamericana a la que tuvimos que proteger de la Vanguardia de Ares. Se demoraron DOS MESES Y MEDIO en convencerla de que era seguro para ella testificar.
Pero, a fin de cuentas, me podía considerar un hombre libre. No por haber pasado tres meses en una correccional del Estado, no. Libre de las menudencias de pasar por un proceso legal, que es muy similar a pasar tus días tras las rejas, con la diferencia que no tenías que preocuparte por tu salud a causa de la comida, o de tu orgullo cada vez que ibas al baño. ¿Qué? ¿Acaso pensaban que los episodios de acción para mayores de dieciocho años ocurrían solamente en las películas? No, señor. Eso es real, más de lo que me gustaba admitir. Por fortuna, nunca he pasado siquiera cuatro horas en un calabozo, menos en un lugar donde había sujetos con brazos de gorila y cerebros de maní.
Por supuesto, mi nueva situación me abrió el camino para retomar lo que había dejado inconcluso cuando fui llevado a juicio. En los pocos momentos que tenía para pensar en otra cosa que no fuese ensayar una declaración, rumiaba el tema del acelerador de partículas. En mi cubículo ridículamente pequeño, por allá en el periódico para el que trabajaba, tenía todas mis notas: las malformaciones en Kent, el hallazgo del reactor nuclear bajo la superficie, el sistema bancario de reserva fraccionaria, el alza de las tasas de interés por parte de los Bancos Centrales a lo largo y ancho del globo, y, por supuesto, el suicidio de James. Debía añadir el asalto a Lucy Warren y el hecho que la Vanguardia de Ares había hecho que yo fuese el principal responsable de la muerte de mi amigo. Bien, aquella era bastante información. El siguiente paso consistía en relacionar toda esta madeja de acontecimientos. Y aunque sabía que no podría hacer todo eso solo, también sabía que no iba a contar con ayuda. Nicole y sus amigas debían estar muy ocupadas con su misión, porque la había llamado como diez veces, y no obtuve ninguna maldita respuesta.
Ah, y había otra complicación, pero no era de carácter profesional, sino que era un asunto más bien sentimental. Nicole no estaría muy contenta con esto, pero, cuando estás tres meses esperando por alguien, muchas veces aparece alguien más, y terminas quedándote con ese alguien más. Yo juraba que, con la suerte que yo tenía en el amor, eso no me iba a pasar, pero pasó.
La conocí en uno de los pocos ratos libres que tuve en los últimos tres meses, en un bar en el centro de Londres. Habría sido un fracaso total, de no ser por el tiempo que pasé con Nicole. Había aprendido una o dos cosas sobre cómo tratar con mujeres, y con esta chica me funcionó bastante bien, tan bien que se convirtió en mi pareja. Lo siento, Nicole, pero te demoraste demasiado en volver. Claro, Heather no tenía el tremendo atractivo físico de Nicole, pero si tenía más cosas en común conmigo. Tampoco era que fuese un ogro. Heather era linda, pero no para posar en una revista de moda, y aquello era más que suficiente para mí, porque yo sí que soy un ogro (y no tengo pudor en admitirlo).
Pues bien, Heather estaba en su trabajo en ese momento (ella era enfermera, y los turnos de las enfermeras eran brutales), lo que me permitía hacer labor de campo. El general de mi jefe me perdonó los días que no trabajé por culpa del juicio, y me permitió retomar la historia que yo había dejado inconclusa, pero la condición de que debía hacer sus mandados por encima de los míos seguía en pie, y resultaba que sí tenía un trabajo para mí. Cuando vi de qué se trataba, me asaltó el conocido impulso de restregarle la historia en la cara por carecer de relevancia, pero cuando trabajas con alguien que dirige el periódico como un pelotón de infantería rumbo a una posición enemiga, era mejor bajar la cabeza y hacer tu trabajo… o lo perdías.
El trabajo consistía en cubrir un evento de alfombra roja. Iban a asistir varios personajes de la farándula, y mi misión era, más que nada, obtener las fotos más suculentas del evento. Ni siquiera tenía permitido cubrir el asunto mismo, porque otro reportero haría ese trabajo. Yo solamente iba a tomar las fotografías. La verdad, me cuesta trabajo imaginar que hubiera algo más deprimente que fotografiar a la gente linda de la sociedad. Me gustaría creer que ellos son un aporte, pero, sencillamente, me es imposible. Son un montón de caras estiradas y cuerpos lipoaspirados que lo único que hacen es burlarse del proletariado con sus autos caros, vestidos caros y ese irritante complejo de superioridad que les hace vivir en los barrios altos, separándose del resto de los mortales. Siempre me he preguntado por qué a la gente millonaria le gusta vivir en lugares elevados, porque todos los barrios de ricos se encuentran en un cerro, o encima de una loma, como si haciendo eso pudieran mirar hacia abajo y jactarse de que son diferentes. Pues bien, a esa clase de personas iba a fotografiar, a puro levantarles el ego, para que después aparezcan en los periódicos que el pueblo lee, solamente para que se sientan mal por ser tan pobres, y se metan ciegamente en el negro pantano de la deuda y comprar las mismas cosas que usan los famosos, solamente para sentirse igual a ellos. Y digo "sentirse" porque es lo único a lo que pueden aspirar, porque nunca serían como ellos.
Llegué justo a tiempo para la sesión fotográfica. Solo mírenlos. Altaneros y jactanciosos, posando para la cámara como si fuesen dioses. Yo apretaba el obturador con desgano. El encuadre, la apertura, la velocidad del obturador, todas esas cosas me importaban una mierda en ese momento. Lo único que sí usaba era el flash, porque de otro modo, aquellas estrellitas no iban a lucir bien en el periódico, porque eso era todo lo que les importaba: lucir bien.
Sin embargo, en retrospectiva, no puedo arrepentirme de haber aceptado este trabajo.
Se suponía que los reporteros tenían pases para entrar en el recinto, y yo, por fortuna, había recibido uno de esos antes de partir al evento. Seguí a la panda de luminarias hasta el vestíbulo, el cual parecía haber sido bañado en sangre, porque todo era de color bermellón. Las alfombras, las paredes, los escalones, el techo, e incluso los garzones ostentaban ese color de mierda. Solamente los bordes y las terminaciones eran de color dorado. Menos mal que a estos famosillos les gusta la variedad de colores (y de estilos).
Resultaba que el lugar donde iba a tener lugar el evento era un casino, y el acto de apertura iba a realizarse en el vestíbulo. Unos asistentes habían puesto un bastidor, sobre el cual se sostenía un micrófono, y asumí que alguien iba a dar un discurso de bienvenida. Lo que no esperé, era la persona que iba a dar tal discurso.
Cuando el tipo se plantó delante del micrófono, mi mente volvió a mi exiguo cubículo, donde había unas pocas anotaciones sobre el individuo que estaba mirando. Digo que eran unas pocas, porque realmente eran pocas, porque la mayor parte de la información sobre ese sujeto se encontraba protegida por derechos de autor y otras protecciones que serían totalmente entendibles si él no estuviera invirtiendo en un experimento científico y estuviera, por ejemplo, trabajando para algún gobierno extranjero en una misión secreta.
De ser un trabajo mundano y mortalmente aburrido, pasó a formar parte de mis esfuerzos por dilucidar qué había detrás del colosal proyecto del acelerador de partículas. Esforzándome por posicionarme más cerca del estrado improvisado, pasé a pisarle el pie a un famoso, pero no le pedí disculpas. Fue un accidente, aunque no estaba seguro de si esas autoproclamadas "personas bonitas" fuesen lo suficientemente comprensivas para darse cuenta de eso. En fin, logré colocarme a unos pocos metros de Robert Griffin, justo cuando comenzaba su discurso.
Les narraría el discurso, si es que quieren morirse de aburrimiento, pero asumo que ese no es el caso, así que voy a ir directamente a lo más relevante. Después de una larga y soporífera perorata sobre lo agradecido de tener a tan honorables invitados en aquel evento, hizo hincapié en lo que yo estaba interesado de escuchar. Según él, las donaciones realizadas por la alta sociedad habían contribuido a comenzar la segunda fase del proyecto del acelerador de partículas. Todos los reactores nucleares habían sido terminados. La parte más desafiante había recién comenzado: la construcción del anillo de cuarenta mil kilómetros de longitud, junto con sus soportes, los que podían llegar a tener dos kilómetros de altura, más que nada porque vastas secciones del anillo iban a pasar por encima del océano, y la ubicación había sido cuidadosamente calculada para que no pasara por ningún punto demasiado profundo. Los soportes también fueron diseñados para soportar terremotos de magnitud 8 en la escala de Richter. Mas de quinientas empresas constructoras habían sido reclutadas para el proyecto, y el presupuesto total había sido estimado en doscientos trillones de dólares, una cantidad astronómicamente mayor que todo el PIB del planeta. La cantidad de dinero involucrado era tan descabellada que necesitaría el PIB de al menos diez Tierras, solamente para costear el bendito proyecto. Pues bien, mi pregunta era la siguiente:
¿De dónde mierda iban a sacar tanto dinero?
La respuesta no la obtuve, porque Robert Griffin no se refirió al tema. Le conviene, porque si hiciera públicas sus posibles medidas para obtener el dinero, no tendría invitados en su gala, para empezar. Porque yo asumía que iba a tomar dinero de los más ricos, quienes eran los que más tenían, y elevar tasas de interés, impuestos y generar inflación para robarle dinero a los demás. Y para generar una cantidad tan absurda de dinero, la inflación tendría que incrementarse a un nivel jamás visto en toda la historia de la humanidad. Solamente por comprar un kilo de pan habría que endeudarse, los servicios básicos solamente serían accesibles para los millonarios, y muchos iban a morir de hambre porque el dinero iba a valer caca. Aquello contradecía lo que era seguro que iba a pasar: un aumento sin paralelo en las ofertas de empleo. Las estadísticas decían que eran necesarios unos cinco millones de trabajadores para llevar a cabo el proyecto, y los sueldos iban a ser tales que cada uno de ellos sería millonario con su primera liquidación de renta. O sea, solamente los seleccionados para trabajar en la construcción del acelerador de partículas iban a sobrevivir. Y todo eso bajo la promesa de revelar los secretos mejor guardados del universo.
Sí, claro, revelar los secretos mejor guardados del universo. ¿A costa de qué? Si todo lo que había dicho Robert Griffin, y lo que aquello implicaba, resultaba ser cierto, casi toda la población del planeta no vería los resultados del proyecto, porque habrían sacrificado sus vidas y sus posesiones por algo que ni siquiera iban a ser testigos. Se suponía que esta clase de cosas se hacía para que toda la humanidad pudiera ver lo lejos que había llegado en su entendimiento del cosmos, pero todas estas incongruencias me hacían ver que, lejos de tratar de comprender el funcionamiento del universo, el proyecto del acelerador de partículas se trataba de algo completamente distinto, y mis deseos por saber qué era lo que realmente se estaba cociendo se incrementaron hasta niveles inverosímiles, incluso para alguien que solía trabajar en un lugar donde lidiaba a diario con lo inverosímil.
No obstante, para emprender aquella tarea, iba a necesitar ayuda. Mucha ayuda.
Pasé la mayor parte de las tres horas que duró el evento sacando fotografías, con un poco más de ánimo que antes, rezando para que el desfile de los pavos reales concluyera de una maldita vez. Pero, como siempre ocurría cuando deseabas escapar del tedio, el evento, en lugar de tres horas, me pareció que continuó por toda la noche. Para cuando hubo acabado la última ronda de fotografías, estaba que echaba la lengua para afuera, pero iba a hacer el ridículo, por lo que no lo hice, guardé mi cámara y volví a mi cubículo a descargar las fotografías, imprimirlas y presentarlas a mi jefe.
—Se nota que no te gustan los famosos —me dijo, arqueando una ceja—. Mostraste los peores ángulos de ellos… fascinante.
Por un momento pensé que me iba a reprender por mi desidia en el trabajo, pero su cara denotaba aprobación. Al parecer, a Patton tampoco le gustaban los famosos.
—Buen trabajo, Burns. No tengo más labores para ti, así que podrías continuar con esa cacería de brujas que parece que estás llevando a cabo.
No hice ningún comentario al respecto, pero creía que no era ni remotamente una cacería de brujas saber qué era lo que Robert Griffin estaba tramando con todo eso del acelerador de partículas. Recordando que necesitaba ayuda para mi "cacería de brujas", pesqué mi teléfono y marqué un número al que no había prestado atención en mucho tiempo. Me sorprendió que obtuviera una respuesta tan pronto.
—¡Hola, Jeremy! —dijo Nicole con una voz que hacía imaginar la luz del sol—. ¿Cómo has estado?
—Me sentí como un imputado, pero el juicio fue favorable. Soy inocente.
—¡Eso es fantástico, Jeremy! —exclamó Nicole, tan fuerte que casi me dejó sordo—. Yo también te tengo buenas noticias. Nuestra misión ha llegado a su fin. Estoy en el aeropuerto en este momento, esperando por nuestro vuelo a Londres. Sabes lo que esto implica, ¿verdad?
—Lo sé —dije, sintiendo que un peso muy desagradable caía en mi interior, aunque no por las razones que ustedes podrían asumir—. Podrán ayudarme con mi investigación.
—Eso, y también recuerdo que te prometí que, si cumplía con mi misión, volvería por ti.
Ante eso, quedé completamente en silencio. No tenía corazón para decirle a Nicole que ya había encontrado pareja, y cuando se entere, quizás le duela demasiado para querer verme a la cara.
