LXXV
Eclipse

Tokio, 10 de noviembre de 1992, 10:14a.m.

Habían pasado tres meses desde la derrota de Polaris, y nada fuera de lo común había ocurrido, claro que sin contar lo que había ocurrido en la fiesta de cumpleaños de Amy. No era que ella hubiese hecho algo malo, pero Serena había confundido un vaso de licor con jugo, y eso casi le hizo prender fuego a la cocina de la casa de Rei. Eso sin contar las constantes salidas del país de Saori, pues buscaba fervientemente a Herbert Dixon con el propósito de matarlo. Sin embargo, no había sido capaz de encontrarlo, pese a que Amy le había provisto de las coordenadas de su base. Saori no dudaba de las capacidades de Amy, por lo que podía darse la posibilidad de que Herbert hubiera tomado medidas para que su base jamás fuese hallada. Al final, Saori desistió de su búsqueda, esperando que Herbert hiciera una aparición por su cuenta.

En cuanto a Serena y las demás, no había pasado gran cosa. Amy se había ganado un castigo por su aventura, la fiesta de cumpleaños se realizó con presencia de las Outer Senshi y de Rini. En cuanto a esta última, no se veía muy animada en burlarse de Serena, y, en su lugar, empleaba su tiempo dialogando con Hotaru. Las chicas hallaban positivo que Hotaru tuviera una amiga en la que apoyarse, porque la muerte de su padre durante la batalla contra el Faraón 90 le había afectado mucho, al punto de no querer salir de su casa. Habría terminado en un orfanato, de no ser por la intervención de Haruka y Michiru, quienes se ofrecieron a cuidarla. Setsuna también compartía con las demás, pero permanecía un poco distante, como perdida en pensamientos.

Sin embargo, el evento más relevante de esos tres meses ocurrió en octubre, cuando todas las Sailor Senshi recibieron una carta de parte de Naciones Unidas. Todas ellas decían lo mismo. Hablaba de una citación al Consejo de las Naciones Unidas por un asunto de seguridad mundial. La mayoría de ellas no entendía por qué una organización tan importante como Naciones Unidas las citaría. Solamente Amy parecía estar al tanto de la situación, y puso al corriente a sus amigas y compañeras.

—¿Cómo se atreven esos idiotas? —gruñó Rei cuando se enteró del motivo de la citación por parte de la ONU.

—No es justo —añadió Serena, cabizbaja.

—Eso nunca nos había pasado —dijo Lita, con los puños crispados.

—Políticos de mierda —dijo Saori, con los ojos como rendijas.

—No deberíamos ir —dijo Mina, quien estaba de pie y con la mirada perdida—. No respondemos ante nadie. Nadie puede decidir cómo, cuándo y dónde debemos actuar, salvo nosotras.

—Podríamos ir —intervino Serena, alzando la vista, tomando una decisión—. Escuchar qué nos tienen que decir. Tal vez podamos convencerlos de que seamos independientes de cualquier entidad, gubernamental o no.

—No lo sé —dijo Amy, llevándose una mano al mentón—. Esto no salió en la prensa ni en la televisión. La única forma en que supe de esto es porque mi computadora de bolsillo obtiene información de todas las fuentes, aunque estén protegidas. Toda esta situación me da mala espina.

—Concuerdo con Amy —dijeron, Lita, Mina y Saori.

—Pues yo creo que solamente deberíamos ir para escuchar sus puntos de vista y expresar los nuestros —dijo Serena en un tono definitivo—. No hay que ponerse a la defensiva o demostrar hostilidad. Tenemos que mostrarnos como aliadas y no como una amenaza. Tal vez así podamos convencerlos de que no hagan lo que intentan hacer.

Amy consideraba que aquella alternativa era el mejor paso que podían dar. Lita y Mina pensaban igual, pero Saori y Rei eran de la idea de mandar al diablo a la ONU y continuar haciendo las cosas de la forma habitual, o sea, sin pedir permiso a nadie para luchar contra el mal. De la misma forma, Haruka creía que no poder decidir cuándo, dónde y cómo actuar era una limitante que no podía tolerar, pero Michiru y Setsuna solidarizaban con Serena y Amy. Hotaru era la única que se había mantenido al margen de opinar, al igual que Rini, pues eran muy jóvenes para entender de política. De ese modo, se tomó la decisión de viajar a Nueva York para la reunión con la ONU. Rei, pese a que estaba en desacuerdo, escogió acompañarlas, pero Saori se mantuvo congruente con su postura, y no quiso ir con ellas. Alegaba que hasta su trabajo en el taller era más importante que lidiar con "políticos de mierda".

Ese mismo día, Amy recibió un mensaje de parte de Violet, diciendo que ellas y sus compañeras también habían recibido la citación de la ONU, y que iban a acompañarlas. Incluso Nicole les había ofrecido su jet privado para que todas pudieran viajar sin tener que pagar pasajes. Sin embargo, Violet no se mostraba demasiado animada, y Serena se dio cuenta que era por Saori y su renuencia a presentarse ante las Naciones Unidas.

Por la tarde, todas las Sailor Senshi, a excepción de Saori, estaban sentadas dentro del jet. Sophie y Scarlett eran piloto y copiloto. Tanto las Inner Senshi como las Outer Senshi se sentían un poco incómodas compartiendo espacio con las Sailor Gems, porque ellas eran significativamente mayores que las demás. La única excepción era Setsuna, quien era incluso mayor que las Sailor Gems.

Cuando el jet despegó, ninguna de las presentes intercambió palabra alguna. Era como si se dirigieran a la horca en lugar de una reunión. Serena miraba por la ventana del jet cómo el suelo se alejaba más y más, todo el tiempo pensando si había tomado la mejor decisión al ir a la oficina central de la ONU. Tal vez Amy tuviera razón, después de todo.

Washington, 09 de noviembre de 1992, 23:08p.m.

Desaparecer del edificio de la NSA había sido pan comido para Amy Snow. Con Alfombra Roja en sus manos, cualquier sistema de seguridad era un chiste. Escondida en una casa abandonada, Amy se entretenía investigando sobre las Sailor Senshi, y había tenido una fijación especial por el personaje de Sailor Mercury, la dueña de la computadora de bolsillo en el que había hallado el programa que tantos buenos resultados le había dado.

Resultaba que Amy Mizuno era una persona interesante, pues poseía características, rasgos y cualidades opuestas a las de ella misma. Mientras que Amy Snow era egoísta, fría, solitaria, engreída y con demasiada confianza en sí misma, Amy Mizuno era desinteresada, amable, valoraba la amistad, modesta, insegura y tímida. Amy Snow creía que esas cualidades la hacían débil como Sailor Senshi y que no merecía ser una. Su única cualidad que realmente valía la pena era su inteligencia, pero Amy Snow sabía que la inteligencia y la timidez no iban de la mano, al menos no para ser una Sailor Senshi. Si la comparaba con las demás, ella era la que menos destacaba del resto, y había averiguado lo suficiente para darse cuenta que, mientras Sailor Moon y las demás gozaban de una gran popularidad en Japón, Sailor Mercury no caía demasiado bien a los jóvenes de su misma edad, porque les recordaba mucho a ellos mismos cuando debían estudiar. Por todo eso, Amy Snow decidió que Amy Mizuno debía dejar de ser una Sailor Senshi, y Amy Snow debía tomar su lugar. Y para ello, iba a hacer lo mismo que hacía la prensa para desacreditar a un personaje de la farándula.

Buscar grietas en la armadura.

Por fortuna, hacer eso era extremadamente fácil cuando se trataba de alguien tan insegura como Amy Mizuno. Con la información correcta, podía hacer que se arrodillara a sus pies. Con eso en mente, salió de la casa abandonada, juzgando que debía permanecer móvil para dificultar su captura a las autoridades. Sin embargo, había un escollo que superar, y se trataba de uno financiero.

Debido a su deserción de la NSA, todas sus cuentas bancarias habían sido congeladas, de modo que ella no pudiera salir del país o transferir sus fondos a paraísos fiscales. Sus tarjetas de crédito también habían pasado por el mismo tratamiento. Amy Snow sabía que aquello lo hacían para tenderle una tenaza financiera, y facilitar su captura. Desgraciadamente, para la policía y el FBI, ella contaba con Alfombra Roja, un aliado extremadamente poderoso en su situación. Con ese algoritmo, podía penetrar en cualquier cortafuegos, como el de un banco por ejemplo, y hacer operaciones sin el conocimiento de la institución financiera, como crear una cuenta fantasma y transferir, por ejemplo, diez millones de dólares a dicha cuenta. Aquello fue precisamente lo que hizo, y le tomó menos de un minuto hacer todo eso. Con Alfombra Roja también obtuvo acceso a la base de datos del Registro Civil, y cambió todos sus antecedentes, desde su nombre hasta su número de Seguro Social. Lo único que no podía alterar era su fotografía, pero aquello era lo de menos. La policía sospecharía de ella, la llevaría a alguna comisaría, pero su expediente diría que jamás había aceptado un empleo en la Agencia de Seguridad Nacional, y, por supuesto, en lo pertinente a los papeles, ella nunca estuvo allí. Entonces, la dejarían en libertad. El FBI haría exactamente lo mismo, así como cualquier otra agencia gubernamental.

Una vez hecho todo eso, Amy Snow, ahora Natalie Martin, compró una casa en los suburbios de Washington (con parte de los diez millones de dólares que había robado usando Alfombra Roja), la amobló, contrató servicios de internet, y comenzó a vivir allá. Sabiendo que las autoridades no podrían meterla tras las rejas aunque quisiesen, se dispuso a armar una extensión para la computadora de bolsillo que había construido replicando la que poseía Amy Mizuno, con el propósito de mejorar su poder computacional y por cuestiones de comodidad. Para cuando hubo acabado, comenzó con su tarea principal.

Desacreditar a Amy Mizuno.

Nueva York, 14 de noviembre de 1992, 10:33a.m.

Gracias a los esfuerzos combinados de la madre de Amy y Nicole, todas las chicas se pudieron hospedar en un hotel cinco estrellas. Por supuesto, Amy había contestado unas preguntas bastante incómodas sobre su viaje a Estados Unidos. Dijo que era amiga de las Sailor Senshi (87), y que necesitaban ayuda para trasladarse a Nueva York y asistir a una reunión de las Naciones Unidas. La madre de Amy simpatizaba con las Sailor Senshi, y puso a su disposición una buena cantidad de dinero para los gastos de movilización y alojamiento. Nicole también hizo un aporte sustancial, lo que causó suspicacia, sobre todo en Haruka. Cuando ella le preguntó a Nicole de dónde había sacado su fortuna, ella explicó que de la misma forma en que Michiru ganaba su dinero, con la diferencia que Nicole confeccionaba esculturas, y era tal la calidad de su trabajo que tenía muchos clientes, varios de ellos con bolsillos tan hondos como la fosa de las Marianas. Además, varias de las esculturas de Nicole eran de gran tamaño (y, a diferencia de Miguel Ángel y Gianlorenzo Bernini, ella tallaba la totalidad de sus trabajos), y ella rentaba aquellas esculturas a magnates por una suma mensual. Había muchas ocasiones en las que el propietario ya no quería (o podía) seguir teniendo la escultura, y aparecía otro comprador. De ese modo, las esculturas podían pasar por muchas manos, pero siempre serían de propiedad de Nicole.

La reunión había sido agendada para las once de la mañana de ese día, y las chicas ya estaban dentro del edificio de la ONU. Amy, a diferencia de las demás, quienes lucían tensas, tenía una expresión taciturna en su cara, y cuando Serena le preguntó por qué, su respuesta no fue la que esperaba.

—Lo que pasa es que no sé cuánto va a durar esta reunión, y justo hoy hay un eclipse solar —repuso Amy, bajando un poco la cabeza, indiferente a su entorno, el que las demás devoraban con la mirada—. No me gustaría perdérmelo, pero creo que voy a tener que conformarme con fotografías y videos.

—Bueno, a mí me habría gustado que Darien nos acompañara, pero él dijo que tenía algo importante que hacer. Me deseó suerte, eso sí.

—Es mejor que no esté aquí —dijo Amy, componiendo una sonrisa—, en caso que yo tenga razón sobre esta reunión.

La reunión iba a tener lugar en uno de los pisos más elevados del edificio, por lo que las chicas tuvieron que dividirse para abordar los ascensores. A Amy le sorprendió lo rápidos que eran los ascensores, porque atravesaron más de veinte pisos en menos de treinta segundos.

El segundo grupo de chicas tuvo que esperar al primero, porque ese ascensor había recibido más gente que el otro. Después, el grupo completo avanzó por los pasillos, guiándose por los letreros que colgaban del techo, hasta que llegaron a unas puertas dobles. Fue Haruka quien las abrió, solamente para ver que el comité de Naciones Unidas ya se encontraba reunido. Los representantes de la mayoría de los países del mundo las miraban tomar sus respectivos asientos. Serena, mientras se acomodaba en su lugar, vio lo amplia que era la sala. Era allí donde las decisiones que concernían a todo el globo eran tomadas, y no pudo evitar sentirse empequeñecida frente a los dignatarios que la miraban con una extraña mezcla de asombro, desconcierto y aversión.

Eran las diez con cincuenta y siete minutos cuando el secretario general de la ONU dio inicio oficial a la reunión.

—Señores aquí presentes —dijo el secretario general, un hombre que respondía al nombre de Arthur Fleming, un sujeto achaparrado, con una incipiente calva en su cabello, pero que tenía una voz grave que no concordaba con su aspecto—. Estamos aquí porque tenemos una contingencia inesperada, para la que el mundo no se encuentra preparado. Con esto me refiero a la existencia de las Sailor Senshi. Como ustedes ya saben, las Sailor Senshi son guerreras con poderes mágicos que van más allá de nuestra comprensión. Y, como ustedes también saben, aquellos poderes llevan, de forma inevitable, a preguntarnos si las mujeres aquí presentes son capaces de usar sus dotes de forma responsable, que es lo que pretendemos aclarar con esta reunión.

—Pues déjeme decirle, señor secretario —dijo Haruka, sin levantarse de su asiento y con una voz pareja—, que nosotras somos más que capaces de emplear nuestros poderes para el bien de la humanidad en su conjunto.

—Si quiere una respuesta a su pregunta, no se necesita una reunión —añadió Rei, quien sí se puso de pie, dedicando una mirada fulgurante al secretario—. Basta con ver los noticieros de Tokio. Hemos salvado al mundo tres veces ya, sin que ninguno de los gobiernos del planeta haya tenido alguna participación. Espero que tenga en cuenta mis palabras para la próxima vez que necesiten nuestra ayuda, porque estoy segura que la necesitarán.

Hubo un silencio profundo después de aquellas palabras, durante el cual los dirigentes de más de ciento cincuenta naciones taladraban con la mirada a Rei y a las demás chicas. Lucían como si cada uno de ellos quisiera responderle con algún comentario hiriente. Sin embargo, el señor Fleming no perdió la calma. Por algo había sido nombrado secretario general de la ONU.

—Señor Fujita —dijo Arthur Fleming, desviando la mirada hacia el aludido—, ¿usted cree que las Sailor Senshi son capaces de actuar de forma independiente, sin comprometer la seguridad mundial de ninguna forma?

—Se lo dije durante la reunión con la señorita Kobayashi, y se lo voy a repetir ahora —repuso el señor Fujita de forma lenta y deliberada, cosa que el señor Fleming no se perdiera ni una sola palabra—. Las Sailor Senshi cuentan con todo mi apoyo. Es verdad que hay efectos colaterales en sus batallas, pero es un precio aceptable, sobre todo si toma en cuenta la alternativa.

Hubo otro silencio en la sala, pero no era tan denso como el que le siguió a las palabras de Rei. Era como si aquellas palabras no causaran ninguna sorpresa en los demás líderes, y Arthur Fleming lo interpretó de ese modo.

—Que muestren las imágenes, por favor —pidió el secretario general, y las luces se apagaron, de modo que todos los presentes pudieran apreciar el material con más detalle. En un recuadro blanco aparecieron fotografías de Tokio después de la batalla contra Metalia. Las chicas miraban las fotografías con horror, pues mostraban lo peor de aquella contienda, como los cadáveres ensangrentados, los niños que llamaban a sus padres, esposos que llamaban a sus mujeres, personas heridas, escombros, destrucción por doquier. Serena sabía que aquellas eran las consecuencias de pelear contra enemigos a quienes no les importaba en absoluto la pérdida de vidas humanas. Amy, por otro lado, se había dado cuenta que las fotografías, aunque impactantes, habían sido escogidas de forma deliberada para causar el efecto deseado en los demás líderes mundiales.

—Como pueden ver, señores presentes —continuó el señor Fleming—, el costo de derrotar a los enemigos de las Sailor Senshi es demasiado alto. Miles de vidas humanas perdidas, cuantiosos daños materiales, heridos por doquier. La pregunta es, ¿podríamos haber evitado todo esto? ¿Qué pasos debemos dar para evitar que las tres tragedias que han azotado Tokio en los últimos meses vuelvan a repetirse? ¿Son las Sailor Senshi las personas indicadas para proteger la paz mundial?

El primero en hablar fue el presidente ruso, un hombre alto, calvo y de aspecto enjuto.

—Puede que las imágenes hablen por sí solas, pero lo que yo me pregunto es, ¿qué habría pasado si las Sailor Senshi no hubieran hecho nada, o si fuesen más precavidas? Yo creo que, para empezar, no estaríamos reunidos en esta sala, discutiendo estos asuntos. Estaríamos luchando contra un oponente al que no podríamos vencer, ni con nuestras mejores armas. Lo queramos o no, las Sailor Senshi son nuestro mejor escudo contra las amenazas externas, y ya han demostrado que pueden enfrentar una crisis de forma efectiva.

El segundo líder que tomó la palabra fue el presidente chino, un tipo bajo, de contextura robusta y que parecía estar en sus cuarenta y tantos.

—Yo soy de la idea que debe haber un control para las Sailor Senshi. Ellas, con la debida supervisión, serían mucho más efectivas, y menos vidas humanas se perderían. Con esto me refiero a que ellas no recibieron ningún entrenamiento militar, y pueden ser fácilmente presas de las emociones, especialmente porque son mujeres. Es su naturaleza ser así.

Las chicas arrugaron la cara al escuchar las declaraciones del presidente chino. Decir que era machista era un sobreentendido del porte del sistema solar.

—¡Repite eso, cerdo imbécil! —exclamó Lita, poniéndose de pie violentamente, pero Amy le dijo con la mirada que se tranquilizara. Lita volvió a tomar asiento, imaginando que le pasaban cosas horribles al presidente chino.

Y así, todos los líderes expresaron sus puntos de vista. A medida que las chicas escuchaban sus argumentos, más se iban dando cuenta que Amy siempre tuvo la razón. Había un consenso casi generalizado en que las Sailor Senshi debían actuar bajo supervisión de una entidad a definir por el consejo de las Naciones Unidas, y daba la impresión que Arthur Fleming estaba al tanto de aquello.

—Después de escuchar las opiniones de los líderes presentes, es claro que las Sailor Senshi deben ser supervisadas. Al ser solamente unas jóvenes, el hecho que tengan poderes representa un arma de doble filo. De ese modo, para asegurarnos que no actúen por iniciativa propia, se fundará un subcomité de Naciones Unidas, dedicada exclusivamente a la toma de decisiones sobre dónde, cuándo y cómo las Sailor Senshi deben actuar.

—Si me permite decir unas palabras —dijo Serena, alzando una mano y poniéndose de pie—, creo que están cometiendo un error. Es cierto que somos demasiado jóvenes para este rol, pero también es verdad que ninguna de nosotras eligió ser una Sailor Senshi. Es un papel que debemos desempeñar, para bien o para mal, y ningún subcomité puede decirnos qué hacer, cómo hacerlo y dónde hacerlo. Nuestra misión es defender al mundo de las fuerzas del mal, no obedecer a un grupo de personas, que seguramente tienen objetivos distintos a los que dicen tener.

—Señorita Tsukino, ¿está diciendo que solamente debemos confiar en ustedes?

—Sí. Es algo muy fácil de hacer. Confíen en nosotras.

—Lo dice una joven de catorce años que ni siquiera sabe lo que es el bien y el mal —dijo Arthur Fleming, sin perder la calma, como era usual en aquella reunión—. Combaten contra sus enemigos, dejando un reguero de cadáveres, ¿y no les importa? Generan millones de dólares en daños, ¿y no les importa? Lamento tener que decirle esto, señorita Tsukino, pero este mundo es más complejo de lo que usted imagina. Toda acción tiene consecuencias, ya sean políticas o económicas. Y ustedes no parecen entender aquella simple verdad.

—No nos van a someter —dijo Serena, con más firmeza que antes—. Nosotras luchamos a favor del amor y la justicia. Ustedes luchan por el poder. Accedí a esta reunión, pensando que podríamos llegar a un consenso que nos beneficiara a todos, pero ahora veo que eso no es posible. Nuestros objetivos son muy diferentes. Lo lamento, pero no accederemos a su propuesta. Vámonos, chicas.

Hubo un acuerdo generalizado entre las chicas, e iban a ponerse de pie, cuando Amy vio unas sombras detrás del estrado donde Arthur Fleming se encontraba parado. Sin embargo, los vio demasiado tarde.

Todas y cada una de las chicas recibió un dardo en diversas partes de sus cuerpos. Amy, a medida que su visión se estaba yendo a negro, lamentó no haber tenido el coraje para oponerse a la idea de asistir a la reunión, porque, claramente, había sido una trampa.

Tokio, 14 de noviembre de 1992, 03:33p.m.

Saori estaba sentada en un parque, junto a Rini, usando gafas especiales para contemplar el eclipse solar, el cual ya había comenzado.

—Me pregunto cómo les habrá ido a las chicas —dijo Saori distraídamente, mientras contemplaba cómo el sol comenzaba a oscurecerse por el paso de la luna entre éste y la Tierra.

Pero Rini no podía estar menos pendiente de la reunión en la ONU, porque, desde que llegó al parque, había estado escuchando unas campanas que no parecían provenir de ninguna parte. De hecho, cuando le comentó a Saori sobre el asunto, ella le dijo que tenía mucha cerilla en las orejas, porque no escuchaba ninguna campana. Pero Rini seguía mistificada por el sonido. Era como si algo estuviera a punto de ocurrir, algo importante.

Y mientras tanto, la luna seguía oscureciendo al sol.


(87) A esas alturas, la madre de Amy aún no sabía que su hija era una Sailor Senshi.